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miércoles, 29 de julio de 2009

RUBEN RADA Y SU NUEVO ESPECTACULO EN LA TRASTIENDA



“Las canciones para niños perduran”

El músico uruguayo asegura que llegó al mundo infantil superando sus temores. Pero ahora ya se siente seguro en ese terreno. Lo prueba en El reino de Rada en 3D, un show “para toda la familia”. El Negro desmiente su retiro de los escenarios y anuncia nuevos discos.

Por Sebastián Ackerman

Pelo mota en puntas, aritos con forma de guitarra, chaleco con prendedor de Stars Wars y zapatillas fucsia. Rubén Rada no pasa inadvertido. “¿Querés que me pare un poco el pelo? ¿Queda bien así como puntas?”, pregunta para la sesión de fotos. “Una vez fui a verlo a Edmundo Rivero con el pelo así, medio afro –recuerda –, y algunos del público me puteaban. Pero como Edmundo me conocía, cuando me vio me dio un abrazo y después me dedicó un par de canciones”, cuenta el uruguayo. A los 65 años, pero con una barba entrecana como única muestra del paso del tiempo, Rada sigue haciendo sobre el escenario lo que le gusta. Es un showman. Esta vez cruza el charco para presentar El reino de Rada en 3D (las tres dimensiones: alto, ancho y profundo; “en su caso, bastante profundo”, bromea en la obra), un espectáculo para toda la familia en el que se divierte trabajando para los más chiquitos y que se presenta desde mañana hasta el domingo a las 16.30 en La Trastienda (Balcarce 460).

Rada podría considerarse un músico de culto: de copiar a Jorge Negrete, Dean Martin, Nat King Cole o Frank Sinatra cuando de chico barría la sala del cine Première en Montevideo, formó parte de tres míticas bandas uruguayas como El Kinto, Opa y Tótem; vivió la época hippie argentina actuando en Hair en los ’70 y fue corista y compositor por encargo en México, donde luchaba para sobrevivir con su familia. Pero él asegura que llegó al mundo infantil superando sus temores. “Había un grupo en Uruguay que se llamaba Canciones Para no Dormir la Siesta, dirigido por Horacio Buscaglia, el padre de Martín. Y me decía ‘Negro, los chiquitos necesitan que vos les cantes’. Porque necesitaban una identidad, quería convencerme. Y yo les tenía terror a los niños, un miedo terrible. Porque me asusta que se queden secos, que no te miren o se pongan a gritar. Yo no sabía manejar eso... Pero al final agarré.”

–¿Cómo definiría su trabajo con los chicos?

–Esta es una obra de teatro seria, pero en broma. En el show no hay ninguna canción boluda para chicos. Están muy rápidos hoy. No podés cantarles la canción el mosquito que te picó porque no se enganchan. Hoy se prenden y bailan con lo que ven en la tele. Pongo esas canciones porque bailan los chicos y también bailan los padres, se divierten. No es Rada para niños, más bien es Rada para toda la familia. Se me hace fácil porque tengo más de 30 canciones. Las canciones para niños perduran, y los chicos quieren escuchar esa canción. Si hago un show con 15 canciones nuevas, tengo que cantárselas diez veces para que las aprendan. Y se van y dicen que no les gustaron. Ahí el chico es igual que el adulto o incluso tiene un poco más de gusto por la repetición. Entonces pongo una o dos canciones nuevas por show, cambio la temática (este año es el Reino, en el que una princesa es mi hija, pero fue Rubenrá en Candombia), pero las canciones están porque me las piden. En Uruguay vi a un padre en el hall del teatro que le decía al hijo: “Nene, te juro que si entrás te llevo a Disney”. ¡El quería verlo!

En El reino de Rada el uruguayo maneja los tiempos: pide ver “ese grito de locura” y todos gritan, enseña los coros de algunas canciones y asegura que “hasta que no se la aprendan no nos vamos de acá”, y también pide escuchar a grandes y chicos para que le cuenten “qué les revienta”. Y ahí unos y otros se animan a decir lo que tal vez les resulte difícil sin la mediación del Negro. “El show es bien para los padres de los chicos, y los padres también hacen catarsis y dicen lo que sienten. Los chicos dicen ‘me revienta que no me dejen estar con la compu hasta las 5 de la mañana’ o ‘me revienta que me rete mi papá’, y el otro día una señora dijo ‘me revienta que hace dos meses que Macri no me paga’. ‘Bueno, comenzó el comité de base’, le contesté (risas). Está bien eso”, interpreta.

–¿Le divierte trabajar para chicos?

–Me divierte muchísimo. Es como rejuvenecer: estoy como Drácula con cuello nuevo. No lo veo sólo de esta manera, pero sabés que al estar dentro de los niños estás formando público para el futuro. Y por ahí en un par de años empieza a escuchar su música y elige al Negro Rada o a (Luis Alberto) Spinetta. Sabés que estás formando un público nuevo. No lo hago por eso, pero bienvenido sea.

Cada vez que recuerda una canción, la canta bajito y golpea la mesa como si tuviera sus tambores enfrente. Y le gusta cantar. Entonces cuenta la historia de “Al chancho le gusta la gallina”, que “era un tema que cantaba yo en joda por la calle. Salíamos con la banda y cantábamos por la calle inventando cosas. ¡Tendrá veintipico de años esa canción! Hasta que un día se la llevé a Horacio y la convirtió en un tema completo, para un show”, confiesa. Cuando tararea sus canciones preferidas de Opa, los pocillos de café tiemblan sobre la mesa. Rada es ritmo.

Sin embargo, la música es una de las pasiones del uruguayo. La otra es –rioplatense puro– el fútbol: soñaba con ser lateral derecho de Peñarol. “Muerto por el fútbol. Soy fanático. Yo siempre digo que el plan B mío era cantar. Yo me crié desde los dos años a cinco cuadras del estadio Centenario. Cuando tenía siete Uruguay fue campeón del mundo. Recién había sacado la cédula de identidad, y la mostraba por la calle y pedía plata. ¡Me llenaba los bolsillos de monedas! Después fui alcanzapelotas en el estadio. Eramos los anforizados, que era una marca de ropa de esa época, como Far West, y cuando venía el entretiempo armábamos un arco con ropa en la mitad de la cancha y jugábamos un partidito. Y la gente aplaudía a rabiar, porque había algunos que la movían de verdad. De hecho, algunos llegaron a jugar en primera división, como (Luis) Cubillas. Ahora ponen las minas, las porristas...”, bromea.

–¿Cómo era como jugador?

–Yo era rápido nomás, pero no pude jugar al fútbol porque de los dos a los cuatro años tuve tuberculosis. Entonces, cuando tenía 12 o 13 años me presentaba para jugar al fútbol y te obligaban a hacerte la ficha médica. Estaba todo bien, pero cuando me hacían la placa salía una mancha en el pulmón. Yo estaba curado, pero igual no me fichaban. Llegué a quedar entre los aspirantes a Peñarol, que eran los que podían entrar a jugar en las inferiores, pero por la ficha médica no entré.

Por eso ganó la música. Ya desde chiquito Rada despuntaba el vicio. “Yo siempre digo que el plan B fue cantar. Cantaba en el cine Première, cantaba en los cumpleaños. Mi vieja me decía que si cantaba como en los cumpleaños iba a ser famoso”, cuenta. “Y acertó”, afirma, aunque agrega que la fama no asegura la plata. “En Tótem era un músico de elite y decíamos cosas duras. En esa época me cagué de hambre. La única vez que me fue bien y gané dinero fue cuando grabé ‘Cha cha muchacha’, que además fue un éxito de televisión. Las radios no la pasaban porque decían que yo era ‘grande’ de edad. Yo no era del target. ¡Podían pasar Miranda!, pero no al negro Rada. Y cuando llegó el momento de tocar, vino el corralito, y me decían en los boliches o la municipalidad que no me podían contratar porque no podían sacar plata del banco. Todo ese año me lo perdí, y ése era un tema para explotar”, se lamenta.

–Hace poco dijo que quería retirarse. ¿Sigue pensando lo mismo?

–Quería salir un poco de la vorágine de los shows. Pero decidí hacer unos discos más: estoy grabando uno de versiones, homenajeando a los tipos que quiero como (Luis Alberto) Spinetta, Fito Páez, Charly García, (Andrés) Calamaro, y otros músicos uruguayos, como Los Shakers, algunas canciones mías. Probablemente se llame De puerto a puerto. Y ya tengo grabado un disco instrumental, con el grupo Confidence, en el que tocan mi hijo y (Osvaldo) Fatorusso. Es un grupo para no cantar. Y después veremos. De lo que realmente tengo ganas, si tuviera mucho dinero –que no tengo–, es de meterme en un boliche a tocar dos veces por semana con amigos, las canciones que me gustan. Porque me cansan los aviones, me cansa saber que ya no canto como antes. Eso es cierto. Una cosa es cantar como Jobim o Caetano Veloso, que cantan siempre dentro de una tonalidad, pero los shows míos son de agudos, graves... hago muchas cosas con la voz. Y cuando veo que no lo puedo hacer me da mucha rabia. O preguntarme antes de un recital “¿Podré cantar esta canción?”. “Montevideo”, por ejemplo, no la hago más. La canto en mi casa. En los shows a veces tengo miedo de hacer las cosas que hacía antes.

–No pudo ser futbolista. Si no hubiera sido músico, ¿qué habría hecho?

–Imposible. No había ninguna posibilidad de que no fuera músico. La música era el plan B porque mi pasión era el fútbol, pero sé que si nazco de nuevo soy músico otra vez. Seguro. No habría otra cosa que pudiera hacer. Hubo momentos en los que me cagué de hambre y trabajé cantando en hoteles. Cuando me fue mal acá en Argentina me fui a México a hacer coros, trabajé con Tania Libertad. ¡Estuve cuatro años haciendo vocales! Componiendo a pedido... Cuando vos le dabas una canción a Mijares, Tania León o Alejandro Fernández te adelantaban 500, 1000 dólares. Y con eso vivíamos un tiempo.

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