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domingo, 27 de noviembre de 2011

PETECO CARABAJAL Y SU DISCO EL VIAJERO.





“Hay distintos lugares desde donde ver un viaje y verse”

 

Con una amplitud que va de su Santiago natal, Chaco y Salta a la urbanidad de Soda Stereo y el sonido cubano, el violinista dice ir superando “el miedo a defraudar”.



Por Cristian Vitale

Ocurrió que Peteco y Demi caminaban por las calles de Shanghai. Era un día de calor, casi como Santiago del Estero en febrero, y el hermano menor (Demi) escuchó un sonido familiar. “Escuchá, ¡coyuyos!”, le dijo al mayor. El sonido, que podría ser el de una chicharra, un grillo, un coyuyo o cualquier pájaro chino de similar especie, los voló directo al monte. Un traslado sin escalas. Peteco, siempre inquieto, entró en una casa de instrumentos, compró una flauta china de bambú e intentó tocarla en el cuarto del hotel. “Es un moño, no entendí nada”, admite él. Igual le alcanzó para sentar las bases melódicas de “El coyuyo de Shan-ghai”, una de las veinte piezas que pueblan El viajero, su flamante disco. El chiste termina en que los hermanos bandeños, vueltos a Buenos Aires, tuvieron que buscar un músico chino para hacer sonar esa cosa complicada, “china”, de dos cuerdas y mil sonidos, para terminar de darle forma a la chacarera. Y así quedó en el disco: original, distinta, como acostumbra el vate Carabajal. Y así opera, también, como una llave posible para abrir las puertas de un disco que hace honor a su nombre. “Es una mezcla de cosas, no sé, por un lado el viaje específico, el viaje que uno hace a través de distintas geografías. Por otro, el viaje interior, el viaje humano. La vida es un viaje, el planeta anda viajando. Y hay distintos lugares desde donde ver un viaje y verse a uno, que es el protagonista de ese viaje. Igual, a veces una idea es y no es...”

–¿Cómo es eso?

–No necesariamente uno tiene que dar concreciones sobre determinada cosa que plantea. Yo digo El viajero. ¿Qué quiere decir el viajero? Bueno, podrá ser muchas cosas y a la vez no saber si hay algo que decir.
La ambivalencia de Peteco no anula factores empíricos. El disco, que presentará mañana en La Trastienda Club (Balcarce 460), muestra al compositor y multiinstrumentista en viaje permanente. No sólo por las lejanías de Shanghai, sino por otras geografías más o menos ajenas al Puente Carretero, y su río dulce. Por el sur pampero, hondo y llano, a través de “Quimey Neuquén”, el contundente loncomeo de Marcelo Berbel y Milton Aguilar que inmortalizó José Larralde. Por la urbe y su pop encarnado en Gustavo Cerati (“Corazón delator”), la Cuba universal de Silvio Rodríguez expresada en “Vamos a andar”; el aura nostalporteña de Gardel (“Volver”) o la rústica triple frontera interior que conforman Santiago, Chaco y Salta mediante la chacarera díscola –también distinta–- que hicieron Francisco Sánchez y Abel Saravia: “La mataca ollera”. Partes de un todo viajero y viajado que Carabajal grabó en vivo durante un concierto en el Teatro El Círculo de Rosario, sustentado por su banda–clan: el mismo Demi en batería, Ricardo Carabajal en percusión, su hijo Homero y Daniel Patanchón en guitarras, y Juancho Farías Gómez en bajo. “Cuando estaba terminando de mezclar el disco, invité a Pajarín y a Koki Saavedra para que lo escucharan, y justo llegaron cuando hacíamos ‘Quimey Neuquén’. Estaban en silencio y en un momento, Pajarín, al que conozco de chico, me dijo: ‘Vuelves a lograr la sorpresa’... me serené, yo ya estaba con miedo”, relata.

–¿Miedo a qué? ¿Al estancamiento, a la rutina, a la repetición?

–Fue en tono de humor, pero sí, antes yo era medio inconsciente y no pensaba tanto en la recepción de lo que hacía, pero me han dicho tantas veces que siempre se espera algo nuevo de mí que al final me hizo pensar. Me hizo tener miedo de defraudar.
Descartado. En El viajero, Peteco revalida sus laudos de creador nato e intérprete “a más”. Los nuevos y propios (el homónimo y “Amanecer revolución”, un maravilloso huayno lisérgico) lo ubican otra vez con un pie en el monte y otro en el cosmos. Lo encarrilan en el saco de hechicero musical. Los viejos y propios (“Juan del Monte” o “Como arbolito de otoño”) no descuidan su pasado y los atemporales y ajenos (“La guitarra”, de la yunta Yupanqui-Valles y “Cuando tenga la tierra”, de Toro y Petrocelli, más allá de los nombrados), muestran –paradójicos– un capricho más o menos reciente: “En este momento siento que estoy retomando la bandera de Mercedes Sosa. Ella ya no está, entonces me gusta mucho esto de tener a los grandes autores en el repertorio. Ya no me interesa tanto la cosa de que sea mía la canción, sino ser un intérprete y largar algo mío cada tanto. Nutrirme de los grandes autores y volver sobre ‘Cuando tenga la tierra’ o ‘Quimey Neuquén’, por ejemplo. Volver a un repertorio que ya ha hecho la Negra, pero tiene que seguir renovándose”, subraya.

–El caso de “Cuando tenga la tierra” es clave. La Presidenta insiste, por ejemplo, con limitar la compra de tierras a los extranjeros...

–Por eso está en el repertorio. Los argumentos que ha puesto alguna gente de la oposición al Gobierno me parecen ridículos y los considero antipatria, porque el patrimonio se cuida concretamente con medidas así, hay que empezar a ver que los nativos puedan tener su lugar, su tierra. Hay una antigua deuda que nunca se ha saldado, ni siquiera se ha intentado saldar, que es esa distribución que ha habido de las tierras en Argentina. Y esto hace a una discusión que siempre tiene que estar vigente, por eso no puedo entender cómo (Jorge) Lanata dice que está podrido de que le hablen de la dictadura, cuando yo quisiera que se vuelva a retomar hasta Julio Argentino Roca en la discusión.

–¿Cómo se las arregla para “arreglar” versiones ajenas, en esta etapa de su vida en la que pone el énfasis en las creaciones de otros?

–Ya no está esa cosa de arreglar. Tenía razón Atahualpa: “¿Por qué me lo vas a arreglar si no estaba roto?” (risas). Me parece una pérdida de tiempo arreglar algo y dar solo la visión de uno.

–¿Cómo lo resuelve?

–Cantando un tema y compartiéndolo con mis músicos. “Yo lo hago así, ¿a ustedes qué les parece?”, ¿no?, y entonces pasa que se arma algo que yo no tengo, algo que no está preestablecido y que me sorprende.

–¿Ese negarse a los arreglos operó también en las versiones que hizo de “Corazón delator” y “Quimey Neuquén”?

–En el caso de “Quimey...”, no tiene una versión de la que se pueda decir “ésta es la original”. Es cierto que la de Larralde es la más fuerte, pero también es la más imposible de igualar porque es sólo su voz y su guitarra... después hubo una muy linda de Los Trovadores como grupo vocal, pero no hay una referencia, no está “la” versión. En nuestro caso, creo que logramos lo mejor. El grupo suena verdadero en esta versión. En el caso de “Corazón delator”, hemos tratado de hacerla lo más parecida a la versión de Soda, pero acá hay que tener en cuenta hasta la calidad de los instrumentos.

–¿Le cuesta el pop?

–Sí. No tengo tanto manejo en esas aguas. En este tema, lo mío ha sido meterle el violín nada más. Después, la cantada es al unísono y sacamos un sonido que sería el color de la voz, porque no me daba para cantarla solo, y tampoco para hacer voces. No se trató de eso, además, sino de un homenaje a Gustavo en este momento, una forma de conectarnos espiritualmente con su creación.

–¿Le gusta Soda?

–Sí.

–¿Le gustó siempre?

–Una vez que los empecé a escuchar con atención sí, pero no es que los conocí de entrada. El que es fanático desde siempre es mi hermano Demi. Sí he escuchado y disfrutado mucho de los trabajos de Gustavo como solista, por eso este reconocimiento hacia su gran aporte a la música popular.

–Retomando su esencia, otra de las chacareras nuevas es “Aleluya”. La pregunta se relaciona con el factor sorpresa que mencionaba antes: ¿cómo lograrlo, después de haber compuesto e interpretado tantas chacareras durante treinta años? ¿En qué se inspira para escribir algo que no haya dicho?

–Bueno, acá hay que quedarse quieto y esperar.

–¿Esperar qué?

–Que pase algo y que lo puedas ver con otros ojos, o con otros ánimos. No cabe otra, ya no es el hecho de salir a componer.

–De sentarse a orillas del río Dulce y pensarle una vuelta nueva a “Desde el puente carretero”...

–(Risas.) O esperar que pase un bagre igual, pero que vos lo veas distinto. La chacarera es eso, porque yo ya no compongo. Ya no hago. Me quedo quieto a esperar y en algún momento viene lo mismo, desde una visión distinta. No sé cómo será, es difícil hablar de esto, pero largo algo que considero que vale la pena largar...

–“Vamos a andar”, otra vez un tema de Silvio Rodríguez: ya había grabado “Oh, Melancolía” en Aldeas, el disco anterior.

–Lo considero un maestro de los maestros, un hombre como Spine-tta, o como Atahualpa Yupanqui, que son verdaderos vanguardistas. Ellos son la verdadera vanguardia de belleza, de poesía, de profundidad, de lo que es la vida y el camino de un artista verdadero.

–Otro posible nexo al viajero.

–Tiene que ver, porque en el momento en que lo estábamos ensayando, había otra canción que me gusta mucho de Silvio, que yo canto en la intimidad, pero Pata, el guitarrista, me dijo “hagamos ‘Vamos a andar’, que es más para arriba y es un tema conocido”. Porque también se trata de eso, no se trata de hacer la canción que más te guste, sino que simbolice cosas, como también podría ser el caso de “La maza”, que no es la que más me gusta, pero que es bien representativa.

–Tanto como “Volver” en el caso de Gardel-Le Pera. La recreó a viola pelada y se nota que le cuesta cantarla...

–Sí, porque yo tengo una voz y una forma de cantar que están identificadas con la tierra. Una voz medio aguda que anda siempre por los medios, y encima una forma de cantar que es bien del estilo folklórico, de zambas y chacareras, entonces hay un color que tiene la música ciudadana que siempre ha estado identificado con la voz grave, lo mismo que en la milonga. Por eso me cuesta... tengo una voz demasiado norteña. La piloteé porque me encanta cantar tango y lo puedo hacer a una buena velocidad.

–¿Escuchó la de Canario Luna? Es maravillosa.

–No.
Peteco frena. Pide una lágrima y el chiste sobreviene fácil: “Para ponernos melancólicos”. El primer sorbo lo lleva a otro de los temas –casi– ajenos del disco: “Agoniza bandoneón”, de su hijo Homero. Es un tango tremendo. Sufrido pero suave. Lo cantan a dúo y al padre se le cae la baba. “Es de una madurez linda. Pareciera hecha por un hombre andado y sufrido, y tiene 20 años (risas). Homero no está en el grupo porque sea mi hijo, sino porque encuentro condiciones y belleza en sus composiciones. Cuando lo escuché, me ha hecho acordar a algunos temas de Lo que me costó el amor de Laura, la obra conceptual de Dolina... es un poco ese estilo, podría estar en esa obra.”

–A la vez refrenda y profundiza la diversidad: el tema no tiene nada que ver con “Amanecer revolución”, por tomar un caso,

–Pero son todas sensaciones que alimentan una creación. Para mí es válido ese mundo de sensaciones, ese provocarme a mí y tratar de provocar a los demás. Ojalá sea válido para los demás.

–“La mata collera”, la chacarera chaqueña, entraría en ese plan. ¿Cuál es su particularidad? ¿Qué la desprende del gen santiagueño?

–Es la primera vez que incluyo una chacarera de esa zona y no sé si algún artista santiagueño ha hecho este tipo de chacareras, porque son completamente distintas del corte, el ritmo y la esencia de las santiagueñas. Las melodías y el tumbado que tienen son de otro estilo. Hay, sí, una parte de Santiago que tiene que ver con la zona de Pellegrini, Nueva Esperanza o 7 de Abril, que está en el límite con Salta y con Chaco, donde hay chacareras de este estilo, con mucho violín. Quizá la más famosa sea “La chicharra cantora”, que han grabado Las Voces de Orán en su tiempo, y ése es un claro ejemplo de cómo son las chacareras de esa zona: la mayoría en tono mayor, y más livianas. Las del centro de la provincia, las de Salavina, La Banda o Santiago tienen el dramatismo del tono menor, y son más secas, más ásperas.

–¿Por qué la incluyó, entonces?

–Tal vez como una forma de acercamiento desde Santiago hacia esa zona, y a dos autores salteños como Francisco Sánchez y Abel Mónico Saravia, porque los artistas santiagueños siempre hemos grabado chacareras santiagueñas, nunca hemos hecho una obra de un salteño, por ejemplo.

–¿Por orgullo, identidad, pertenencia?

–No. Tal vez por una cuestión de no sentir la necesidad. Yo me podría nutrir de las chacareras santiagueñas sin fin, pero me ha parecido bueno poder hacer e interpretar una chacarera completamente ajena al estilo y creo que ha sido un acierto. Se produjo algo fuerte, y eso es, llanamente, lo que busco.

miércoles, 16 de marzo de 2011

ENTREVISTA AL MUSICO SANTIAGUEÑO PETECO CARABAJAL (MARZO 2011)








“Viajero es el que siempre está retornando al mismo lugar”








Su nuevo CD/DVD, próximo a salir, incluye un puñado intenso de canciones nuevas, propias y ajenas. El eje es la chacarera, pero también se permite sus “viajes”, como “Vamos a andar”, de Silvio Rodríguez, y “Corazón delator”, en homenaje a Gustavo Cerati.


Por Cristian Vitale

El audaz Peteco descansa en Paso del Rey. Hay breves ruidos caseros, clímax familiar y es el mediodía. Hay paz. “La verdad es que decidí hacer el trabajo más liviano”, dice el poeta volador de Santiago del Estero, con un tono que jamás supera el tempo sereno y cálido de su tierra. Es el balance resultante de la gira de verano que se cargó ¡30! recitales, casi una bicoca para el agitado planeta Peteco. Dos meses en los que uno de los mil Carabajal se encargó de mostrar en cada festival, en cada punto del país, lo nuevo: un CD/DVD próximo a salir bajo el nombre de El viajero que contempla, en su parte estrictamente musical, un puñado intenso de canciones nuevas –propias y ajenas–, y en la visual-musical, lo mismo, más esos clásicos que jamás pueden faltar: “Soy santiagueño”, “La estrella azul” o “Digo, la mazamorra”, entre ellos. “No fue el año de más trabajo, pero sí de los mejores, porque ha sido una gira tranquila y descansada. Podría haber hecho más festivales, pero andar viajando mucho es peligroso. A veces uno, en el afán de ganar un poco más, agarra todo y no mide los riesgos. Hay que hacer justo lo que hay que hacer”, redondea, reflexivo.

–En Cosquín tocó todos temas nuevos, antes de que el disco viera la luz. ¿Es no medir riesgos o es lo que hay que hacer, también?

–No lo tomo como un riesgo, al contrario, porque para mí es algo propicio, ya que tuve poco tiempo en el Festival y decidí no desperdiciarlo cantando cosas conocidas. Además, siempre tomo a Cosquín como un lugar especial, como para presentar lo que uno proyecta hacer en el año. Me refiero a los cambios, a las cosas nuevas.

–¿Y eso no conlleva una cuota de intrepidez artística para usted?

–No, porque me siento respaldado por la gente, por el escenario. Me dan seguridad como para hacer eso... lo que hago es aprovecharlo al máximo.

Peteco, en rigor, dedicó los 40 minutos del Festival de Cosquín a mostrar su puñado de canciones nuevas, algo que proyecta repetir –ampliado– el miércoles 23 de marzo en el Teatro Coliseo de La Plata. Entre ellas, “Amanecer revolución”, el tema que grabó para el disco del Bicentenario; “El coyuyo de Shangai”, una chacarera instrumental compuesta en aquella ciudad para la Expo que cuenta, en su versión original, con un violinista chino; “Bienvenidos” y la zamba “Símbolo universal”, ambas de su hermano Demi; “Agoniza bandoneón”, de su hijo Homero; clásicos de la década del ’70 (“Cuando tenga la tierra”, de Daniel Toro y Ariel Petrocelli; “Vamos a andar”, de Silvio Rodríguez y “Quimey Neuquén”, de Marcelo Berbel) y un plus emotivo en honor a Gustavo Cerati: “Corazón delator”. “La hice por agradecimiento y por conexión espiritual, porque Cerati ha sido muy importante como creador en los últimos años. Demi tenía 15 años y se pasaba todo el día sacando temas de Soda Stereo con la guitarra, cuando yo casi no los escuchaba. Estaba como enloquecido y cuando propuse hacer el tema, todos los compañeros se han sentido felices. Está hecho desde ese lugar y por eso no lo canto solo”, explica.

Cantan todos, claro. Peteco, que además empuña violín, guitarra, charango, sikus y quena; Demi, ahora baterista; Juancho Farías Gómez –hijo del Chango–, en bajo, y Daniel Patanchón y Homero Carabajal en guitarras eléctricas y acústicas. La banda joven, ecléctica, eléctrica, poderosa y casi horizontal que Peteco armó para ir a más en la innovación sin obviar las raíces. “El nudo está en la libertad de poder compartir con ellos, porque capaz que si yo estuviese solo me arreglo con la guitarra y un bombo... también estaría seguro y gustoso, pero como comparto con compañeros de distintos tiempos, edades y conocimientos, tengo que aceptar lo que me aportan. No coartarles esa expresión por un sinsentido, ¿no?. Lo acepto y confío en que Pata y Demi, por ejemplo, conocen bien de abajo lo que es la chacarera, que es lo único que nos importa como forma folklórica”, reseña el multiinstrumentista de La Banda.












–El eje sigue siendo la chacarera, pero también hay expresiones diversas: un huayno, por ejemplo.

–Sí, “Amanecer revolución”. Igual, a este tipo de temas yo les pongo canción nomás, incluso cuando los registro en Sadaic, porque puede pasar que vos digas huayno y de huayno no tenga nada. Recomiendo a todos que hagan esto porque al cabo todos son híbridos; por supuesto que uno trata de hacerlos con el sabor de lo que ha conocido. Yo he andado por el norte y he visto bien de cerca muchas cosas, puedo llegar a darme cuenta por dónde pasa el sabor de las melodías en ese tipo de músicas, y desde ahí animarme como en “Digo la mazamorra” o “La estrella azul”, que son melodías que he escuchado en el aire de esos lugares, pero aun así no me animo a ponerles el nombre de un género en especial.

–“Amanecer revolución” está claramente ubicada en la senda de esos clásicos...

–Es una canción que compuse para la Cantata del Bicentenario, donde participan Gieco, Raúl Carnota, Víctor Heredia, Teresa Parodi, el Chango Spasiuk y cada uno tenía que hacer un tema referido al momento. A mí se me ocurrió una letra de amor, un romance entre la patria y yo.

–Patriada brava fue retomar “Quimey Neuquén” después de la versión tan redonda que había logrado José Larralde allá lejos en el tiempo. Esto sí fue un riesgo...

–La idea de hacerla fue porque, durante el período de ensayo y elección del repertorio, escuché una versión en Radio Nacional que había hecho Marité Berbel, la hija de Marcelo, y me pareció muy buena, porque se hizo completamente eléctrica, con teclados, guitarra, bajo y batería. Y también con un concepto fuerte y moderno. Tanto me gustó, que decidí hacer una versión parecida, que además era de la hija del autor. Les hago mucho caso a esas cosas porque precisamente lo hizo su hija, que ha cantado tanto con él y ha vivido una historia musical con él. Ella toma un tema tan emblemático de su padre, y lo hace sin prejuicios, con elementos que nadie puede discutir por ese vínculo familiar. No creo que Marité haga algo con lo que su padre pueda estar en desacuerdo ¿no?... de ahí tomo el concepto como para darme la libertad de hacerlo así. Y es uno de los temas más fuertes del repertorio, porque se luce la banda y me luzco yo como intérprete. Está en un tono de voz justo para cantarlo. Lo siento como mío.

–Una versión, por lógica, bien distinta a la “minimalista” de Larralde.

–Totalmente. No quiero decir que es rockera porque eso se dice para explicar alguna cosa, pero la fuerza folklórica, al cabo, es de la misma naturaleza. El tema tiene una fuerza implícita, ya sea con guitarra eléctrica, en nuestro caso, o con una sola guitarra y criolla, en la versión de Larralde, que es conmovedora también.

El viajero fue fruto de tres meses de ensayos y preparación. Algunos con público (gratis y a beneficio del Hospital Garrahan) en el Centro Cultural Haroldo Conti de la ex ESMA, y otro, el definitivo, ante 1500 personas en el teatro El Círculo de Rosario. “El viajero es el resultado de sensaciones y miradas como viajero de los lugares en que me ha tocado estar, vivir. Es el tipo que anda, que conoce lugares, que ve pueblos y gentes. Y agrego que el viajero no es sólo el que anda geográficamente, sino el que siempre está retornando al mismo lugar. Se puede estar viajando aún estando quieto”, define Peteco.









–Un viajero del tiempo también. Muchas de las canciones remiten al acervo popular de los ’70...

–Sí. La idea fue retomar ese hilo tan fructífero que ha tenido la música popular en los ’70 y que por ahí se ha cortado con la dictadura, por la prohibición de autores, la censura y todo lo que ya conocemos. Es cierto que después se lo ha retomado, pero algunas canciones han sido dejadas de lado, y me pareció que estos tiempos son propicios como para volver a recurrir a esas canciones.

–¿Por ejemplo?

–“Cuando tenga la tierra” tiene mucho que ver con el momento histórico que está viviendo el país. Es una canción que, sin dudas, ha recobrado vigencia.

–¿A qué se refiere puntualmente?, ¿al proyecto que lleva a cabo el gobierno de Cristina en general?

–No es algo puntual, sino que engloba todos los cambios que están ocurriendo en el país. Me refiero a los cambios de mentalidad, o a ciertos quiebres que hay, al replanteo de situaciones en general. En este contexto, una canción como “Cuando tenga la tierra” vuelve a adquirir presencia. Se resignifica.

–Siempre recurre a Silvio Rodríguez. Ya lo hizo con “Oh Melancolía” y en este caso optó por un tema que podría leerse como una especie de constatación del contexto social y político que se vive: “Vamos a andar”.

–Silvio está constantemente en mi cabeza y en mi oído, igual que Serrat, Blades o León Gieco. Músicos que siempre me están acompañando. Me pasa seguido que estoy en una conversación o en una nota y me acuerdo de cierta frase de alguna canción que explica en forma concisa alguna situación.

–Se refería a una resignificación en el caso de “Cuando tenga la tierra”. ¿“Vamos a andar” va por ese lado o fue una decisión más “artística”?

–Sí. Es más, cuando terminamos un concierto casi siempre nos despedimos con una chacarera, pero esta vez lo vamos a hacer con la canción de Silvio, porque siempre va desprendiendo nuevos significados. Son canciones que, pese a las vicisitudes políticas, nunca mueren.

–¿Qué pasa con Los Carabajales? Grabaron un disco, lo defendieron un poco, más bien poco, y ahora se presentan de manera muy salteada... ¿Desentendimientos en el clan?

–(Risas) Pasó que este verano, más allá de la peña de Cosquín, se ha frustrado el trabajo porque Cuti y Roberto decidieron ir a trabajar a un teatro de revistas en Mar del Plata. Para mí era el momento de salir a tocar en los festivales, pero bueno, no se ha podido hacer... ellos prefirieron otra cosa.

–Le ganaron 2 a 1...

–Claro (risas). Ahora la cosa está stand by. No es muy complicado juntarse, pero a la vez no es un grupo que sí o sí tenga que cumplir con determinadas reglas como grabar un disco por año y cosas así. No tenemos ninguna obligación. Cada uno está siguiendo su carrera y ojalá se dé, pero si no está todo bien.

–El péndulo generacional lo ubica del lado de los más jóvenes, entonces...

–Tal vez. Demi, además de tocar muy bien la batería, está consolidado como compositor, y Homero está empezando de a poco. Tiene condiciones, sobre todo con la escritura. Yo, cuando tenía su edad, no había hecho nada en términos de composición. Nada.