Lou
Reed, neoyorquino por excelencia, está alabando el cuartel de Metallica
en California. “Su magnífico estudio está armado por músicos y para
músicos”, dice. “¿Esas cosas con las que uno desperdicia mucho tiempo
peleando? No existen ahí. No aparecen porque está claro quién maneja la
cosa: músicos creativos. No hay buitres. Es el sistema más magnífico
para el poder real, el sentimiento y la emoción. Todo el mundo está en
el mismo cuarto al mismo tiempo. Las voces, la batería, ese guitarrista
en mi cadera, por Dios, esa cosa atronándome...”
“Ey –se ríe James Hetfield–, ¡vos también hacías bastante
estruendo!” “Sí, yo les respondía atronando”, concede Reed. “No llegué
desarmado.”
Hoy, Reed viene armado de ocurrencias, entusiasmo y un montón de fe
para discutir la colaboración que demuestra ser la más profundamente
esperada y hablada del año. El disco Lulu, en el que la –para algunos–
rara unión entre Reed y Metallica ofrece cerca de noventa minutos de
arte sónico perturbador y edificante, sin concesiones ni dilución, está
destinado a correr los límites de lo que se entiende como rock. Ambas
partes han dado anteriormente pasos agigantados en esa dirección, por
supuesto. Hoy todos están felices de hablar acerca de un salto de la
fuerza de voluntad, que muestra las palabras de Reed revolcándose entre
los túneles y aros de riffs, ritmos, dinámicas y drones de Metallica.
Lou Reed, James Hetfield y Lars Ulrich están sentados en una suite
del hotel Claridges de Londres. Están dispuestos a compartir su pasión
por su nuevo proyecto, felicitándose afablemente unos a otros con
bonhomía genuina. Reed hizo música inconmensurablemente influyente con
The Velvet Underground en los ’60, luego se convirtió en una estrella
solista de formas cambiantes con discos como Transformer (producido por
David Bowie), el monumental y macabro Berlin, el pelador de empapelados
Metal Machine Music y la poesía callejera de New York. El fusionó lo
literario y lo lisérgico, siempre desde la diversidad y lo demandante, y
desafiando los estereotipos. Metallica, formada en 1981, es la banda de
thrash metal más vendedora de la historia (con más de un 100 millones
de álbumes facturados), y nunca se ha apichonado a la hora de darles a
la velocidad y al volumen nuevas formas en álbumes que son mojones
sísmicos como Ride the Lightning y Masters of Puppets.
Muchos se sorprenderán por esta conjunción de titanes, ya que Reed,
con toda su calle, siempre ha cultivado un aire literario (al mismo
tiempo que su beligerancia instintiva), mientras que se puede decir
tranquilamente que Metallica ha rockeado duro con pocas pretensiones.
Pero, si se mira más de cerca, la conjunción tiene mucho sentido. Ambas
partes siempre han estado dispuestas a tocar temas incómodos como la
alienación, el miedo, el sexo, la muerte. Aquí, ellos se zambullen en...
“No lo llamaría el corazón de la oscuridad”, musita Reed. “Lo llamaría
el corazón de la iluminación.” El niega enérgicamente que la unión sea
sorprendente. “¿Por qué?”, pregunta. “Una colaboración extraña sería
Metallica con Cher. Eso sí sería raro. La nuestra es una colaboración
obvia.”
Esta unión de fuerzas imparables genera una estimulante noticia y un
intenso, incendiario ruido, ya que dos pioneros se combinan para
entregar algo diferente, oscura aunque refrescantemente, tanto en el
plano visceral como en el cerebral. Lulu es un conjunto de canciones
extendidas, inspiradas en las obras teatrales de principios del siglo XX
Earth Spirit y Pandora’s Box, del expresionista alemán Frank Wedekind,
muy admiradas por Sigmund Freud. Las obras, originalmente publicadas en
1904 y ambientadas en Alemania, París y Londres en 1890, giran entre los
puntos de vista de Lulu, una especie de Eva invertida, un espejo
cifrado de deseo y abuso, y la gente que se enamoró desesperadamente de
ella. Hay un montón de sexo. Y entonces ella se encuentra con Jack El
Destripador. Así que también hay un montón de muerte. “No tengo
sentimientos reales en mi alma. / Donde la mayoría tiene pasión, yo
tengo un hueco”, exponen las terribles letras de Reed.
El había bosquejado canciones para las producciones teatrales de las
obras de Lulu –muy controvertidas en su momento y a apenas un poco
menos cien años más tarde– del director y coreógrafo Robert Wilson en
Berlín. “El nos preguntó si nos enganchábamos –dice Ulrich– y hemos sido
tocados y cambiados para siempre por la experiencia.” Hetfield agrega:
“Pensamos: ‘¿Qué podemos hacer? ¿Qué podemos agregarle a la potencia que
tiene esto para llevarlo a otro nivel, para hacerlo rockear?’”. “Esto
es perfecto –asegura Reed–. Lo mejor que hice, con los mejores tipos que
pude encontrar sobre el planeta. No le cambiaría ni una coma. Por
definición, todos los involucrados lo hicieron honestamente. Esto ha
llegado al mundo puro. Empujamos tanto como pudimos dentro del mundo de
la realidad.”
El objetivo confeso de Reed ha sido a menudo hacer fraguar el
espíritu de Burroughs, Tennessee Williams, Selby y Poe con tres o cuatro
acordes, maridar la alcantarilla con las estrellas, fusionar la basura y
la majestuosidad. Cierta vez él dijo: “Abrigué la esperanza de que la
inteligencia que alguna vez habitó las novelas y las películas ingeriría
al rock”. Y agregó: “Quizás estuviera equivocado”. O, después de esto,
quizás él lo haya hecho bien.
Estos dos gigantes de la música se juntaron por primera vez en
octubre de 2009, para los conciertos del 25º aniversario del Salón de la
Fama del Rock and Roll en Nueva York. Metallica –Hetfield en voz y
guitarra, Ulrich en batería, más el guitarrista Kirk Hammett y el
bajista Rob Trujillo– tocó con el héroe local Reed los clásicos de
Velvet Underground “Sweet Jane” y “White Light/White Heat”. Reed: “Desde
entonces supimos que estábamos hechos los unos para los otros”.
“Nos invitaron a ser anfitriones de un segmento en la fiesta del
aniversario del Salón de la Fama”, recuerda Ulrich. “Supongo que
nosotros representábamos a los outsiders, a los artistas más radicales.
En el primer lugar de nuestra lista para colaborar estaba Lou, quien es
como una versión de Metallica en una sola persona, en un sentido. El
siempre ha hecho lo suyo, durante décadas, siguió reinventándose,
de-safiándose no sólo a sí mismo, sino también desafiando a sus
seguidores. Y simplemente se sintió bien, no hubo que hacer esfuerzos.
Así que nos las arreglamos, inspirados. Entonces Lou nos lanzó: ‘¿Por
qué no vamos más allá y hacemos un disco juntos?’. Nosotros tuvimos que
dar vueltas por el mundo y terminar nuestra gira de Death Magnetic, y
después... ¡estuvimos listos!”
El plan original fue quizá menos arriesgado y atrevido: revisitar lo
que el baterista describe como “algunas de las joyas perdidas de Lou”.
“Eran canciones a las que él quería darles otra vuelta de rosca y
nosotros podíamos hacer eso que hacemos con algunos de esos temas.” Esa
idea “estuvo en el aire durante un par de meses”. Entonces, sólo una
semana antes de que empezaran las sesiones, “Lou llamó y nos dijo:
‘Escuchen, tengo esta otra idea...’”.
“Nosotros teníamos mucho interés en trabajar con él”, explica
Hetfield. “Yo tenía estos signos de pregunta enormes: ¿cómo va a ser?,
¿qué pasará? Así que estuvo buenísimo cuando nos mandó las letras para
Lulu. Era algo a lo que nosotros le podíamos hincar el diente. Yo podía
salir de mi rol de cantante y letrista y concentrarme en la parte
musical. Estas letras eran muy potentes, con un paisaje sonoro detrás de
ellas como atmósfera. Lars y yo nos sentamos con una acústica y dejamos
que esta página en blanco nos llevara hacia donde ella necesitara ir.
Fue un gran regalo que nos pidieran que estampáramos ‘Tallica en esto. Y
eso fue lo que hicimos.”
“¿Estampado?”, se ríe Reed. “¡Marcado a fuego! Ya está ahí y no va a salir...”
“Esta idea sonaba como una situación incluso mejor para nosotros”,
sugiere Hammett. “Nos daba la oportunidad de colaborar realmente con Lou
en algo que no estaba establecido de antemano. Terminamos escribiendo y
grabando con él en directo, sin demasiado trabajo posterior, ni
ocurrencias tardías. Fue un ejercicio de espontaneidad, de
improvisación: hay cosas que simplemente no podíamos recrear. Nos
rendimos ante la magia.”
Reed repasa la génesis de su Lulu: “Había trabajado en esto durante
un tiempo. En Berlín me dijeron que había catorce versiones de esta obra
dando vueltas, con el énfasis puesto en lugares diferentes, pero la
idea central es como la caja de Pandora. Lulu es la gran femme fatale.
Fue concebida como inmoral, o amoral. Ella era impactante para la
burguesía de esos tiempos; supongo que por eso fue escrita. Entonces
metí mis zarpas en eso, traté de encontrarle un sentido con mi media
naranja, Laurie Anderson. Al principio fue casi imposible. Tuvimos que
entender quién era Lulu, su psicología. Tuvimos que darle vida de un
modo sofisticado, usando el rock. Y el rock más duro y poderoso en el
que se puede pensar es el de Metallica. Ellos viven en ese planeta.
Tocamos juntos y lo supe: un sueño hecho realidad”.
“Mi Lulu tenía una cabeza, pero necesitaba un cuerpo”, sigue Reed.
“Ellos dijeron: ‘Vamos, hagámoslo, no podemos esperar’. Yo había estado
sumergiendo mi psiquis en Lulu y los otros personajes, y en el estudio
lo examinamos más a fondo. No siempre canta Lulu; cambio de equipo, de
personaje. No es fácil. No es un disco fiestero. Es tipo: ‘¿Qué pasa si
tratás de llevar todo esto a un nivel superior?’. Se dice que si tenés
que pensarlo, no podés rockear. Pero la mente es la zona más erógena que
conozco, así que ése es un comentario inusualmente estúpido. Esto es un
nuevo género; aquí es donde me gusta existir.”
Entonces, ¿cómo podrán los demás sentirse después de escuchar Lulu,
con sus letras gráficas de celos, lujuria, violencia y revancha, sus
riffs chirriantes y sus tonos tentadores? ¿Encantará u ofenderá a uno o
ambos grupos de fans? “Definitivamente, no es ni un disco de Metallica
ni uno de Lou Reed”, asegura Hammett. “Es algo diferente. Un nuevo
animal, un híbrido. Nadie de nuestro mundo, el del heavy metal, ha hecho
antes algo como esto.” Trujillo complementa: “Nos ha hecho ser una
mejor banda. Y va a hacer que algunos pierdan la compostura. Y eso es
bueno. Podría ser perturbador. Y al mismo tiempo podría ser hermoso. Es
un matrimonio de actitudes”.
Cuando se le pregunta si sacó a Metallica fuera de su zona de
confort, Reed se ríe. “¿Alguna vez escuchó su ‘zona de confort’?” Lars
sonríe: “¡Estábamos inventando la rueda! Nos excitaba habernos arrojado a
una situación sin estructura específica. A lo largo de los años hemos
tratado, en ciertas piezas instrumentales, de ir lo más lejos posible,
pero nada de lo que habíamos hecho nos preparó para el lugar hasta donde
fue esto. Pasamos cuatro semanas en nuestro estudio; Lou llegó el
primer lunes y para la hora del almuerzo ya estábamos metidos bien
profundamente en esto, más rápido que lo que cualquiera pudiera medir.
Ha sido un viaje auténtico, intuitivo e impulsivo. No estábamos siempre
seguros de hacia dónde iba, pero seguro que era muy excitante vivirlo”.
Reed acuerda: “Todos nos sentimos del mismo modo”.
Hetfield continúa: “Es fantástico tener con nosotros a otra fuerza
poderosa como Lou. Hubo un período de sentirse fuera de lugar, pero
enseguida –a pesar de que los otros Metallica me habían puesto el
sobrenombre Dr. No– no podía parar de decir que sí. Pensé que
simplemente teníamos que estar de acuerdo en que esto es fabuloso.
¿Quién maneja el barco en este punto? El momento. Tan pronto como nos
sacamos el miedo a no poder controlarlo, estábamos en el paraíso. Tantas
ideas, pero todos acordando en que esto es mágico, en que no había que
arruinarlo. Celebremos lo que está pasando aquí”.
Reed dirige la atención al extraordinario track de 18 minutos
“Junior Dad”. “Hay un tema clásico de una nota al final, que dura cierta
cantidad de tiempo. A mí me resulta casi imposible escucharlo de nuevo.
Pero era –es– lo que es. Entonces no se lo toca. No hasta la última
nota. Me cortaría un miembro para asegurarme de que nadie toque eso y
que expire naturalmente. Que vaya hasta donde va. Y como todo el mundo
sentía lo mismo, no fue una medida tan difícil de tomar. Ahí está la
clave: todos sentíamos lo mismo. Hubo miles de accidentes felices.
Simplemente se trataba de nuestras respuestas emocionales, y de
habilidad para tocar.”
“Disfrutamos cada momento”, dice Ulrich. “Cada momento”, repite.