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viernes, 6 de diciembre de 2013

CACHORRO LOPEZ, DE LOS ABUELOS DE LA NADA A LOS GRAMMY LATINOS


Cachorro Lopez
 “No creo que la popularidad esté en conflicto con la calidad”

Consagrado como productor de artistas tan diferentes como Andrés Calamaro, Miranda!, Bersuit, Julieta Venegas y Diego Torres, acaba de levantar una estatuilla en Las Vegas por su rol de compositor junto a Vicentico. En esta entrevista repasa su ecléctica carrera.

Por Joaquín Vismara

La carrera artística de Cachorro López está signada por los viajes. A fines de los ’70, el golpe de Estado cívico-militar fue motivo más que suficiente para que decidiera enfilar rumbo a Ibiza. Instalado en España, interactuó con comunidades de músicos de diversa índole y conoció a otro expatriado: Miguel Abuelo. Con él empezó a delinear el plan para revivir un grupo que el vocalista había tenido a fines de los ’60 en Buenos Aires, unos tales Los Abuelos de la Nada. En esta segunda encarnación, que comenzó una vez que ambos regresaron a la Argentina, la banda se volvió uno de los pilares del rock argentino en los últimos tiempos de la dictadura, un espacio de resistencia artística en el centro del huracán. Terminada la experiencia con el grupo, en 1987 López puso su bajo al servicio de Zas, el proyecto comandado por Miguel Mateos, y volvió a hacer las valijas, esta vez para girar por América latina durante dos años. Al llegar a México, el músico decidió probarse las ropas de productor, y lo hizo con el debut homónimo de Caifanes, que se volvió una de las piezas clave de la renovación del rock de ese país, a fines de los ’80. La experiencia fue el punto de partida para que López decidiese colgar el instrumento para plantarse detrás de la consola en álbumes ajenos.

Desde entonces, López ha recibido en su estudio a artistas de todo el continente y de estilos bien diversos: desde Miranda! hasta Andrés Calamaro (a quien le produjo el reciente Bohemio y también La lengua popular), pasando por Julieta Venegas, Diego Torres, Bersuit Vergarabat y Rubén Rada. El prefiere no moverse demasiado de su lugar de trabajo y últimamente sus viajes tuvieron un destino puntual: la Costa Oeste de Estados Unidos, donde se celebran los premios Grammy Latinos. En 2006 y 2009 fue galardonado por su trabajo como productor, y en noviembre también se lo reconoció por su labor en materia compositiva, como lo indica la estatuilla de Mejor Canción de Rock que López recibió en Las Vegas en noviembre, por su trabajo junto a Vicentico en la canción “Creo que me enamoré”.

–Es la tercera vez que recibe un Grammy Latino. ¿Cuán relevante es para usted este tipo de premios?

–Tienen una importancia relativa y, a su vez, son algo que viene bien de alguna manera. Son una autogratificación de la industria discográfica, pero el estar ahí da como una señal de que estás metido en cosas importantes. Para un argentino, ganar un premio en algo que es básicamente un show de Univisión es un mérito. Es jugar de visitante definitivamente, y quiere decir que estás todavía vigente allá, donde hay números diferentes y pasan otras cosas. Estoy muy contento porque nunca había recibido un Grammy por mi trabajo como compositor, siempre había sido como productor. Lo disfruto, porque además me gusta mucho escribir con Vicentico, y me gusta mucho esta canción.

–¿Cree que es importante ese reconocimiento regional?

–Claro, porque acá tenemos una visión muy particular de los Grammy, pero hay que ir ahí, estar y contar cuántos sombreros mexicanos ves (se ríe). De repente, en el rubro nuestro había muchos artistas de rock que acá no se sabe ni quiénes son, pero por ahí tienen unas ventas tremendas, tocan en foros enormes y tienen una presencia muy fuerte en ese territorio, que es básicamente donde se decide todo. También estuvo bueno que Illya Kuryaki and the Valderramas ganara en un rubro que es muy importante, como lo es “Mejor canción urbana”. Al principio, el hip hop era la categoría más pequeña de todas, y desde que entregaron los reguetoneros se volvió algo muy popular e importante, así que es un logro. Es triunfar en un territorio en el que estamos en desventaja.

–Habla del peso de los premios desde la perspectiva de industria. ¿Pesa ese concepto en su trabajo?

–A mí me gusta la música popular, así que no estoy forzando mi gusto para nada al integrarme a la intención vendedora de la industria. Incluso los mismos artistas tienen ganas de que los ayude con los temas que suenan, que son los que los mantienen tocando. Mientras la música me guste y se haga con la mayor calidad posible, me parece que es lógico que un artista trate de que lo que haga sea escuchado y sea recibido por la mayor cantidad de gente posible.

–¿Y no le pesa el planteo de que si algo es popular, entonces es comercial?

–Soy el primero que abandonó ese prurito, porque me encantan los hits. Por ahí tengo un gusto vulgar, qué sé yo. Quizá sea una herramienta profesional, pero no creo que la popularidad esté en conflicto con la calidad. Lo que puede pasar es que un tema que se vuelva muy popular, uno lo escuche demasiadas veces. Me pasa con temas que hago yo, pero prefiero eso a que una canción sea oscura y no se la pueda compartir con nadie.

–Por más que es partidario de los hits, ¿interpreta que el disco debe entenderse como una totalidad?

–Y, por lo menos en algún momento alguien le tiene que dar oportunidad al resto. Cuando yo era chico, esperaba que saliera en vinilo el Album Blanco haciendo cola en la disquería, iba a mi casa y escuchaba cada lado entero. No me salteaba ningún tema, lo volvía a escuchar, y todos teníamos más tiempo, paciencia y atención para darle a todo. Ahora es todo muy veloz y muy explosivo. No quisiera ser un pibe que recién empieza. Por ahí ellos están más acostumbrados y les parece un mundo maravilloso, a mí me parece demasiado vertiginoso. Bajo mucho de iTunes y me gusta la idea de los singles, pero también me gusta la de un álbum, en el que vos recibís un mensaje un poco más entero y articulado.

–Usted empezó como productor después de su experiencia junto a Miguel Mateos...

–En realidad, lo primero que produje lo hice durante la época de Abuelos, que fue un disco de Divina Gloria, y también hice unas cosas con David Lebon. Cuando estaba de gira con Mateos, surgió el disco de Caifanes, que terminó siendo una parte importante de la historia del nuevo rock mexicano, y ahí quedé más asociado al rol. Después de pasarme dos años de gira con Miguel, en los que estuvimos muy poco en la Argentina, decidí bajarme del tour y quedarme en el estudio.

Cachorro Lopez
  –¿Y qué lo llevó a tomar esta decisión?

–Si vos estás de gira, estás tocando las mismas veinte o treinta canciones durante un año. Y cuando el tour involucra mucho viaje, por cada hora en la que estás arriba del escenario, estás otras cuarenta en un avión, en un hotel, en un micro, probando sonido, haciendo prensa o paseando por una ciudad desconocida. Cuando estás produciendo en un estudio, estás haciendo música todo el día en una jornada de ocho o nueve horas, y al terminar te vas a dormir a tu casa. Hay más tiempo para hacer canciones y cada día me viene una diferente, de un artista o estilo distinto. Soy una persona muy inquieta y me es más natural esto. Tal vez, si tuviera un proyecto absolutamente mío o con el que me identificara, como lo era Abuelos, me bancaría toda esa parte operativa medio molesta. Los grupos ocurren cuando ocurren, uno no puede estar fabricando esa situación.

–Usted fue el artífice del regreso de Miguel Abuelo. ¿Tenía idea de la magnitud que podía llegar a tener ese proyecto?

–No, para nada. Nosotros éramos muy arrogantes y hablábamos con mucha visión de grandeza de lo que íbamos a hacer, pero era más una manera de sostenernos y no achicarnos ante las posibilidades muy bajas que tenían todos nuestros proyectos. Además, si a mí me hubieran dicho que iba a pasar eso, yo no lo hubiera creído, directamente. Nosotros estábamos contentos con tener nuestro grupito y poder tocar. Todo lo que nos pasó después nos desbordó a todos, creo.

–Y cuando ve que hay canciones suyas de esa época que siguen sonando a la fecha, ¿no le dan ganas de volver al rol de intérprete?

–Eso es verdad, pero los temas que hago con Vicentico, o los que compuse para La lengua popular con Andrés (Calamaro), tal vez también estén sonando de acá a veinte años, y son canciones que yo arreglé, toqué y produje, por más que no las toque en vivo. A veces tengo la fantasía de cómo sería volver a tocar en vivo, pero me doy cuenta de que son más ideas que otra cosa. Me gustaría empezar un proyecto que involucrara un grupo reducido de músicos, pero es una fantasía que vengo acariciando hace mucho tiempo y no parece estar materializándose.

–Trabajó con una gama muy amplia de artistas y géneros. ¿Qué cosas tiene todavía pendientes?

–Me divertiría algún día trabajar con Miguel Bosé. Su carrera es fascinante y me causa gracia: hay cosas que me resultan geniales y otras que me parecen horribles, pero es un tipo que siempre me pareció intrigante. No tengo mucha fantasía; van ocurriendo cosas y termino descubriendo gente. A veces me llaman por un artista que a mí no me sorprende, entonces escucho su material, veo su actitud frente a la música, y de repente me llevo sorpresas buenísimas. Me pasó con Bersuit, que es un grupo que viene de un palo con el que habitualmente no trabajo, pero elegí tirarme a la pileta. Los conocí en el estudio y son totalmente geniales. Todos tocan, cantan, componen y tienen una armonía entre ellos muy trabajada. Terminé disfrutándolo tanto que ahora estamos terminando un segundo disco juntos.

–¿Cómo mide la distancia a mantener con la obra de quienes trabajan con usted?

–Creo que el que tiene la última palabra es el artista. Ahora, como tampoco quiero hacer un disco que no me guste, trato de ser muy claro en la charla previa si veo que no va a haber cierto entendimiento. Sé que una vez que se empieza, el disco es del artista, porque aparte yo termino de grabar un álbum, descanso una semana y empiezo a hacer otro, mientras el artista se queda defendiéndolo dos años. Soy absolutamente insistente y voy muy fuerte si es un tema que puede cambiar el destino de un disco y se lo está arruinando por algún motivo. Después, si es una cosa personal o un guiño para su público, soy extremadamente abierto. Pero si pienso que se están por cargar el tema que puede levantar toda su obra en cuanto al poder de comunicación y popularidad, ahí me pongo un poquito más denso.

–¿Suele volver sobre trabajos ya realizados con una visión más crítica?

–Si lo hiciera, le cambiaría cosas a todo lo que hice. Trato de no entrar en esa neurosis y prefiero relajarme porque todo es cambiable. Escucho discos de Los Abuelos, en donde todo está un poco corrido, otro poco chorreado, y así y todo me parece que están geniales. Si quiero ponerme crítico con eso, que se supone que es lo más intocable que he hecho, tengo por dónde entrarle a todo lo demás.
 Junto a Miguel Abuelo, Cachorro López armó la formación más exitosa de Los Abuelos de la Nada.

viernes, 29 de marzo de 2013

A 25 años de la muerte de Miguel Abuelo, líder de una de las bandas pioneras del rock argentino




El poeta, bufón, cantautor y actor, quien lideró una de las bandas pioneras del rock argentino, Los Abuelos de la Nada, de cuya muerte se cumplen 25 años, se caracterizó por una personalidad inquieta que lo llevó a una vida compleja.

Miguel Ángel Peralta, (Munro, Provincia de Buenos Aires, 21 de marzo de 1946 - id. 26 de marzo de 1988)

"Algún día tendré que llamarlo a usted Padre de los Piojos y Abuelo de la Nada", escribió Leopoldo Marechal en su libro "El banquete de Severo Arcángelo", sin imaginar que un joven desgarbado y de rulos algún día adoptaría uno de esos nombres para bautizar a uno de los grupos más importantes del rock local.

Este martes se cumplen 25 años del la muerte de ese juglar y músico nacido como Miguel Peralta, cuyas cenizas fueron esparcidas en las playas marplatenses cerca del monumento a Alfonsina Storni.

Hijo de Virginia Peralta, nunca supo la identidad de su padre, pasó su infancia en un orfanato y luego bajo la protección de una pareja mayor que lo apadrinó.

Los Abuelos de la Nada surgió de una mentira piadosa de Miguel, quien a fines de los 60, en compañía del periodista Pipo Lernoud se presentó al productor artístico Ben Molar en las oficinas de la discográfica Fermata, cuando el rock cantado en castellano empezaba a ser negocio para algunos empresarios.

"Pibe, ¿vos tenés un grupo?", preguntó Molar al joven que todavía no había cambiado su nombre original por el de Miguel Abuelo. "Sí, se llama Los Abuelos de la Nada", contestó el muchacho. Acto seguido, el productor les comunicó que la banda -aún no integrada-, tendría "hora de grabación en tres meses".

"¿Te das cuenta en la que nos metimos?", le comentó Miguel a Lernoud. "No te preocupes -afirmó Pipo-, vamos a la Plaza Francia y encontramos a todos los músicos del grupo".

En ese clima improvisado, Claudio Gabis, Kubero Díaz, Pappo, Miguel Cantilo y Jorge Pinchevsky, entre otros, fueron pasando por la banda durante los primeros tiempos, aunque las grabaciones registradas en un sello independiente no tuvieron mayor difusión.

Luego de un extenso período en el que transitó por Bélgica, Inglaterra, España y Holanda, "el Abuelo" conoció a Cachorro López, un bajista argentino que tocaba en un grupo jamaiquino de reggae: Jah Warriors. Junto a Cachorro Miguel reflotó la idea de reclutar a Los Abuelos de la Nada.

A principios de los 80, el grupo se completó con el guitarrista Gustavo Bazterrica (ex La Máquina de Hacer Pájaros), el baterista Polo Corbella (ex Bubu), el saxofonista Daniel Melingo -actualmente cantante y compositor tanguero- y el tecladista Andrés Calamaro (ex Raíces), hoy devenido en uno de los artistas más prolíficos del rock.

Luego llegó la etapa más conocida de la agrupación, con la salida del primer álbum homónimo (1982) y la difusión radial de temas como "No te enamores nunca de un marinero bengalí", "Sin gamulán" o "Tristeza de la ciudad".

A ellos le siguieron "Vasos y besos" (1983), "Himno de mi corazón" (1984), "Los Abuelos en el Ópera" (1985), "Cosas mías" (1986), producciones que también marcaron la idílica relación entre la banda y el público que continuó hasta la última presentación en vivo en septiembre de 1987, en el teatro Opera.

"Yo soy el rock", señaló Miguel en una oportunidad, y la frase lejos de ser pretenciosa, se convirtió en un símbolo que determinó la vida de un hombre que terminó de alimentar su leyenda, en la tarde del sábado 26 de marzo de 1988, cuando el Síndorme de Inmuno Deficiencia Adquirida (Sida) lo debilitó tras una operación de vesícula.

En el 2011 llegó a la pantalla grande un homenaje a su vida con "Buen día, día", documental realizado por Sergio "Cucho" Constantino, resultado de un trabajo artesanal que el director fue tejiendo durante cinco años con el aporte en la dirección de Pintos.

"La idea era mostrar esos temas que nadie conocía y homenajear a uno de los grandes poetas del rock que no sólo influyó a Spinetta -quien expresó su admiración por su poesía en la película- sino a muchos artistas del rock. A Miguel se lo recuerda como al cantante loco que bailaba en Los Abuelos de la Nada y hay una generación que tiene 20 y pico que no lo conoce", sostuvo.

La película bucea en la verdadera identidad y el espíritu del artista, a través de los pasos de su hijo, Gato Azul Peralta, quien montado en su motocicleta reconstruye los pasos de su padre en diferentes barrios porteños y con la voz original del mismo Miguel de fondo. Para ello, Costantino supo explotar al máximo entrevistas que a lo largo de su vida le habían hecho Juan Alberto Badía, Alfredo Rosso y Víctor Pintos.

"El tipo -insistió- fue un buscador, el olvido lo hizo buscar, lo abandonaron, y un poco a Gato le pasó lo mismo. Su padre lo dejó cuando era un adolescente y la película lo ayudó a reconciliarse con la figura de Miguel, que es un rockero con todo un `back` de locura encima y nada de dinero".