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sábado, 30 de mayo de 2009

ANDRES CALAMARO_EL ROCK ME HA DADO TODO





Una caja recopilatoria que lleva por título, simplemente, su nombre de pila, reúne más de cien canciones históricas de Calamaro, además de grabaciones inéditas y registros en vivo. En esta entrevista exclusiva, el músico habla de su actualidad y revisa una trayectoria que ya se ha convertido en influencia central para el rock en español.

Por: Mauro Libertella

EN EL OJO DE LA TORMENTA. “No tengo un estilo fijo”, dice Calamaro, al tiempo que se confiesa reconciliado con todo el arte popular.

Como en una arquitectura de perfectas simetrías, Andrés Calamaro abrió la década con un disco quíntuple (El salmón, del 2000) y anticipó su final con una caja de seis compactos (Andrés, del 2009). En el medio pasó de todo. Su encierro alucinado y altamente creativo en departamentos y hoteles de acá y de allá se esparció como un secreto a voces y los medios quisieron leer en esos días de reclusión una especie de apuesta conceptual. Los años siguientes estuvieron signados por cierta mitología del regreso: a la canción popular con El cantante y Tinta roja, a la colaboración, con El palacio de las flores, a los recitales masivos, con Made in argentina, y a la canción pop de perfecta costura, con La lengua popular. Andrés tiene, por lo tanto, una rara inclinación a lo definitivo, como si viniera a clausurar una época que nunca se terminó, sólo por el placer vital e irrefrenable de empezar de nuevo.

Es notable: la industria cultural moderna ha inventado mecanismos de canonización solapados y casi perfectos, que tienden a repetirse y que, sin embargo, no pierden su efecto. En el mundo de las artes plásticas están, por ejemplo, las retrospectivas. En la literatura existen los premios que consagran la obra de una vida y que después resplandecen como credencial en las fajas de las reediciones de los libros. Las cajas de discos o box sets se podrían pensar, quizás, en sintonía con ese universo. Agrupan una obra al mismo tiempo que la solidifican y le dan un marco contextual, para luego venderla a precios exorbitantes en el mercado. Sin embargo, la marca de lo moderno está en el músico que puede apropiarse de ese formato y hacer algo distinto. Usar al mercado para seguir haciendo obra. Algo de eso tiene Andrés. Por un lado ofrece los discos de grandes éxitos, que despliegan, una tras otra, esas canciones que supieron tocar el nervio del imaginario popular; raros chispazos de genialidad que ya son un patrimonio nacional. Y, por el otro lado, los discos de inéditos, lados B, colaboraciones y reversiones. Los restos, o ese diálogo personal con los márgenes del canon que es la marca de fábrica de Calamaro. Visto en perspectiva, como si tuviéramos entre las manos un pedazo en miniatura de la vida de Calamaro, Andrés trasluce una tensión entre el centro y los márgenes, que es siempre una tensión vital y que define su música. .

Días atrás, cuando Calamaro circulaba por España presentando los discos y dando algunos conciertos, un diario ibérico publicó esta breve apostilla: "Una rueda de prensa de Andrés Calamaro es sinónimo de espectáculo. Empezando por su pose ante los periodistas: de pie, con el micro en la mano y contorneándose a un lado y al otro. Una mezcla entre Elvis y Cassius Clay". Mientras tanto, entrevistado por email, Calamaro dice que la caja "es un balance de los años posteriores a los Rodríguez". Agrega: "no decidí si cierra una etapa o si necesito un par de discos más... También es posible que exista una segunda parte de las 'Obras Incompletas'... incluso más (partes)". .

-Armar algo así implica internarse de lleno en la propia obra. ¿Cómo trabajó en la selección de las canciones? .

-Encontramos la forma de simplificarlo un poco. No pudimos escuchar el archivo entero, ni el de audio ni el de imágenes, pero suponíamos que teníamos suficiente para compaginar tres buenos discos "best of" y tres de inéditos, inconseguibles, colaboraciones, etc..

-En los últimos años colaboró con varios músicos, ya sea en el proceso de composición, de interpretación, de producción o de grabación; pasaron Javier Limón, la Bersuit, Cachorro López, Litto Nebbia. ¿Cuáles fueron los puntos altos de esos cruces? .

-La grabación de Alta Suciedad. La dinámica incendiaria de escribir y grabar Honestidad Brutal. Mi retiro voluntario para explorar las profundidades de la música, la grabación doméstica y del universo amoral de los excesos y la libertad. Mi encuentro con la aristocracia flamenca y Jerry Gonzalez. Mi vuelta al pago y el regreso con gloria en 2005. Reunir una banda de nuevo. Cantar en América. El encuentro deseado con Nebbia y elegirnos con Cachorro (López) para grabar La Lengua popular..

-Hace un par de años editó un disco en vivo, y ahora recopila también algunas grabaciones en vivo. ¿Cómo fue cambiando su relación con los conciertos y el escenario en los años que abarca el recorte de "Andrés"? .

-Fuimos mejorando entre el 97 y 99, después me retiré de los "ruedos" por cinco años. Volví en 2005. En marzo y en diciembre ya estaba en mi mejor estado; después tocamos muy bien con Ariel (Rot), en 2007, volvimos a empezar y seguimos mejorando. En octubre llegamos a otro de nuestros mejores momentos..

-A la hora del revisionismo, hoy se habla de "Honestidad brutal" como un pico de creatividad en su carrera. ¿Cómo fueron en aquel entonces las primeras devoluciones de amigos y colaboradores?.

-Estábamos todos muy animados, nos dábamos cuenta de que teníamos un material muy bueno, escribíamos y grabábamos en el estudio, había inestabilidad y diversión, no teníamos nada planeado; sabíamos que estábamos poniéndole sangre, era una de esas grabaciones donde puede aparecer alguien muerto dentro del bombo de la batería a la mañana siguiente. Cuando salió editado, las críticas estaban muy divididas entre horribles y buenísimas..

-El título de su último disco, "La lengua popular", surge de una línea del tema "Mi Cobain", pero muchos de los que escuchan sus discos sienten que ahí se juega una verdad respecto de "lo popular", en sentido amplio. ¿Cuál es su relación personal con las formas del arte y de las expresiones populares?.

-El arte y lo popular son asuntos antagónicos para una elite, el rock está en una zona intermedia, pertenece a un ghetto, o a varios, pero no esta considerado materia intelectual ni académica, ni arte con mayúsculas. Nací y crecí entre la crema de la música, la literatura, la pintura, el psicoanálisis y la política de los años sesenta, sin embargo heredé un sólido respeto por las culturas regionales, y terminé reconciliado con el abanico todo del arte popular..

-Ya han pasado algunos discos desde esa famosa temporada de composición frenética y encierro de la que salió "El Salmón". ¿Cuáles son los momentos inolvidables de esos días?.

-Supongo que son más interesantes mis olvidos que mis memorias. Pero créame que aquello fue más de lo que cualquiera pueda imaginarse; vivíamos en el ojo de la tormenta, dinamitando horarios y calendarios, expuestos a una permanente sobredosis de libertad..

-Hace un par de semanas escribió unas líneas muy elogiosas en su Web acerca del show que dio Radiohead el 24 de Marzo. ¿Cómo fue esa experiencia? .

-Me sincero y le confieso que no soy de salir mucho, sin embargo fui a ver a Radiohead, a quienes apenas había escuchado, y me gustaron mucho; hacen que el escenario parezca la sala de ensayos de Pink Floyd, el sonido exquisito y un show de luces espléndido; probablemente sea el grupo inglés más original, y respetado, de los últimos quince años..

-¿Y hubo alguna otra experiencia en cine, literatura o incluso en política, que le haya pegado fuerte en el último tiempo?.

-Petróleo sangriento, Cuna de gato, Extras de Ricky Gervais, Grizzlie de Herzog , la sexta temporada de The Sopranos, Zoolander, Rob Zombie, derogar las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, Sandor, The Office version británica, Los videos de Peter Capusotto, Weeds, Alec Baldwin, Marcel Proust..

-En este último tiempo hubo en el país una relectura de la historia nacional por la muerte de Alfonsín. ¿Cómo vivió los años de la llamada "primavera alfonsinista"?

-Todas las primaveras son iguales. Recuerdo aquellos años, cuando promediaban los ochenta, como "los años de oro del rock pobre". Yo tenía veinte años, era mi propia primavera también, una larga primavera que todavía florece. .

-Imbuidos en esta aura de revisionismo, una pregunta obligada. Hoy que ya grabó varios discos, y su carrera dio volantazos fundamentales, muchos lo tienen como referente. ¿Ve una herencia de su legado en el rock argentino?.

-No estoy seguro, no va a ser tan fácil decodificarme, no tengo un estilo "fijo". A mí mucho no me importa, no tengo esa clase de orgullo, vivo de la música, el rock me dio todo y yo le di demasiado... No espero mucho más..

NITO MESTRE_"Conocí el infierno y me salvé"



Dice que tocó fondo con el alcohol y que hace doce años dejó de tomar. "Ahora me quiero más", se sincera el Sui Generis que quería ser Beatle. Se define terco y rebelde. Y confiesa que se ve "como un pibe".

Por: Silvia Lamazares

Varias veces, a lo largo de la nota, habla de su terquedad y su rebeldía. Y cuando no habla de ellas, su propio relato se encarga de evidenciarlas. "Siempre tuve ideas fijas, que si no las cumplo, es por poco", cuenta Nito Mestre, el Sui Generis que a los 11 años tenía muy planificado su futuro: "Decía que me iba a recibir de médico, que iba a ganar una beca y que volaría a Inglaterra a conocer a Los Beatles. Resolvía varias pasiones de un tiro... la medicina, la música y viajar". Hombre de convicciones, estuvo ahí nomás de cumplirle el sueño al pibe que en sexto grado cambió el jopo por el flequillo beatle: largó medicina en cuarto año y en el 93 fue telonero de Paul McCartney en River. Y se dio el gusto, además, de no necesitar la beca.

El pelo largo, la charla franca, la sinceridad despojada. Entiende que el confesionario es un espacio que se aleja de la coyuntura y transita por otras zonas, que él se anima a pisar con paso firme, sin eufemismos ni reparo. Y entonces comparte que "hay cosas en las que he madurado y otras en las que no. No me da vergüenza decir que me veo como un pibe... un pibe grande, porque no soy un nene. Tengo 56 años, pero conservo valores e ideales que tenía cuando era así de chico. Recuerdo que sentía mucho recelo a ser el típico maduro de 50 pirulos... Odiaba cuando alguien aseguraba que después de los 40 no podías ser rockero. ¿Cómo que no? Insistí mucho y acá me ves".

En un bar sin testigos —le habilitaron la planta alta, cerrada al mediodía—, toma una Coca-Cola light y vuelve a eso de "ser terco me ayudó en la vida. Cuando hace mucho, por ejemplo, tuve serios problemas con el alcohol, todo el mundo pensaba no, este tipo va a volver a chupar. ¿Ah, sí? Van a ver si puedo o no".

¿Pudiste?

Finalmente sí. Hace doce años que no tomo. La pasé muy mal. Llegué a estar internado varios días en terapia intensiva, luego estuve internado un mes y ahí afloró el verdadero Nito, el que quería vivir. Pero para darme cuenta de eso tuve que ir hasta el fondo... Yo conocí el infierno y me salvé.

Hijo de una danesa "preciosa, con ojos color del tiempo" y de un violinista y cirujano (murió cuando tenía 11 años) al que sus compañeros apodaban el mago del bisturí, reconoce que "tuve que pedir ayuda para salir de esa película de terror que en parte tenía su encanto. Pero el sufrimiento era enorme. Y una vez que salí redescubrí muchas cosas, sé lo que es la felicidad. Ahora me quiero más", desliza el músico que sostiene que "no soy de volver atrás. Me gusta recuperar algunas cosas del pasado, pero no suelo retroceder".

La profunda frase conceptual le permite encontrar una anécdota de su infancia, que a esta altura oficia casi de punta de ovillo: "En la primaria tenía un grupo folclórico, pero apenas supe de Los Beatles le dije a mi maestro Yo me cambio de bando y me voy a hacer rockero. Y así fue, no volví al folclore". Su pasión por los muchachos de Liverpool tuvo una señal cuando una amiga de su madre, en el 63, llevó un disco a su casa: "No lo pusimos, pero me sorprendió la tapa con ellos cuatro apoyados en el balconcito (Pease, please me). Al poco tiempo fui con un compañero del colegio, Carlos Piegari (coautor de Natalio Ruiz), a una disquería que tenía cabinas para escuchar. Entre las novedades había uno de Rita Pavone y el de Los Beatles. Elegimos el de ellos y morimos. Lo compramos entre los dos y nos fuimos a su casa... Creo que puse Twist y gritos como cinco veces seguidas. Al día siguiente me cambié el flequillo. Y más adelante le pedí a mi maestro, el periodista Julio Ricardo, un capo, que nos llevara al cine a ver Anochecer de un día agitado".

En la secundaria, en el histórico Dámaso Centeno, conoció a Charly García, con quien armó el mítico Sui Generis. Más tarde llegarían Los desconocidos de siempre y su carrera solista: "Cuando repaso siento la intensidad de los vivido y no me arrepiento de nada", confiesa el músico que este viernes se presentó en el ND Ateneo con Silvina Garré, donde estrenó Flores en el mar, "la canción que le escribí a mi madre y le puse violín en memoria a mi padre... De alguna manera los volví a juntar". Así se lo había propuesto, así será.-

VIVIVA GENAUX_DEBUTA EN ARGENTINA


























Una cura contra el frío
Nacida y educada en Alaska, la notable cantante lírica Vivica
Genaux debuta en la Argentina.


Por: Sandra de la Fuente

Nada más alejado del frío paisaje de Alaska, su tierra natal, que la cálida voz de la mezzo especializada en barroco Vivica Genaux. Ni las más difíciles coloraturas haendelianas ni la incómoda conversación telefónica con una inquisidora y desconocida cronista logran quitarle vivacidad a su expresión. Es que la música ha sido para Genaux el más efectivo curativo contra el frío y la soledad. "Alaska no es para nada esa tierra abandonada a la buena de Dios que muchos imaginan. Las artes están muy desarrolladas porque propician el encuentro, son un modo de escaparle a los larguísimos inviernos. Durante mi infancia y adolescencia aquí no me privé de ninguna de las ofertas musicales: estudié violín durante 9 años y toqué en la orquesta, canté en coros y en bandas de jazz", cuenta desde Fairbanks, a poco de emprender la gira sudamericana que la traerá a Buenos Aires para actuar en el Teatro Coliseo, junto con el Concerto Köln de Alemania, dentro del ciclo del Mozarteum, el 1ø y 2 de junio.


Pero los escenarios de ópera no abundan en Alaska, ¿no es cierto?

Hay dos compañías de ópera con ambiciones. Cuando vivía aquí no había ninguna, pero teníamos mucho teatro musical. Por allí comencé, a los 13 años, con una producción extracurricular de mi escuela haciendo la Eliza Doolittle de My Fair Lady. La ópera había comenzado a desarrollarse en los años en que se venía a Alaska a buscar oro. Esos solitarios aventureros necesitaban diversión, y crearon nuestros primeros escenarios para canto y danza. Como los buscadores de oro venían de Italia se escuchaba buena ópera italiana en el paisaje más inhóspito. Pero esa tradición no volvió a alimentarse hasta estos años.


Es sencillo comprender su pasaje del teatro musical al bel canto, pero cuesta más imaginar cómo y cuándo entró en contacto con el director René Jacobs y lo más granado del movimiento historicista europeo.

Hacía ya tres años que cantaba La italiana en Argel y La Cenicienta de Rossini o la Musetta de La bohème de Puccini, y los entendidos empezaban a reclamarme más repertorio. Matthew Epstein, director artístico de la Ópera Lírica de Chicago, me sugirió que me acercara a la música de Johann Hasse.


¿Sabe por qué le sugirió el nombre de Hasse?

¡No! (Se ríe) Hace años que lo interpreto y sigo sin tener idea de por qué Epstein relacionó su obra con mi voz. Pero lo importante de la historia es que un mes después de esa charla tuve una audición con René Jacobs, que estaba armando una obra de Hasse y me sumó al elenco. La experiencia de trabajar con Jacobs y con el Köln -¡escuchar por primera vez una orquesta barroca!- significó abrir una enorme ventana a mi vida, me dio una pasión por esa música que, creo, tiene llama para rato.

FIDEL NADAL-BAHIANO_Somos músicos todo el año


"Somos músicos todo el año, no un verano"

Contemporáneos, fueron pioneros en los '80 en hacer reggae. Uno, Fidel Nadal, con la banda punk Todos Tus Muertos; el otro, Bahiano, con Los Pericos. Eran años en que se sabía muy poco del ritmo jamaiquino. Ahora que la escena de reggae criollo parece cada vez más sólida y masiva, se juntaron para analizar la actualidad musical. Y para recordar aquellos años locos.

Por: Gustavo Bove
Juntos son demasiado. Con una caligrafía certera, escribieron las bases que hoy sostiene a la liturgia del reggae argentino, una escena protagonizada por decenas de bandas cada vez más sólidas y masivas.

A uno se lo conoce popularmente como Bahiano (Fernando Javier Luis Hortal, delata su DNI), mientras que el otro se presenta en sociedad con su mote real: Fidel Nadal, omitiendo a Ernesto, el segundo nombre que su padre le colocó en honor al revolucionario Che.

Ni en el sueño más cannábico, Bob Marley habría imaginado que donde se termina el mapa le iban a florecer estos dos apóstoles de descendencia afro, fogoneados en los años '80. Fidel y Bahiano. En definitiva, ambos materializan el binomio perfecto para ensayar una explicación acerca de cuándo fueron los primeros chispazos del romance incondicional que unifica al reggae con el público criollo.

¿Fue Sumo la primera banda en demostrarles que se podía tocar reggae fuera de Jamaica o Inglaterra?

Fidel: Cuando Sumo tocó reggae, comenzó algo que sonaba un poquito mejor. Porque acá había mucho underground, se tocaba reggae, pero no se lo tenía muy bien.


Bahiano: Además, yo escuchaba a The Clash con el disco Sandinista!, que tenía mucho de reggae blanco. También, en esa época sonaba mucho The Police que era blanco, como el de UB40, que era un reggae de Birmingham, fino, elegante. Pero, cuando descubro Marley, el primer disco que me compro que fue Kaya, ahí me cambió toda la escena. Hoy en día, armás una banda de reggae y ya tenés íconos nacionales, latinos y de afuera. En ese momento, eras un autodidacta, porque tenías otra influencia que venía del punk, del rock o del pop... No había una matriz de lo que era el reggae argentino.


¿Y creen que ya existe esa matriz, ese sonido local?

Fidel: Sí, sobre todo en la cadencia, esa cosa melancólica, cercana a lo tanguero. La escena argentina está mejorando mucho y a pasos agigantados. Desde que nos pasábamos los casetes hasta hoy, ha avanzado muy rápido. Creo que ha ganado masividad, calidad, cantidad. Ha ganado por todos lados. Y no creo que sea el techo, aún tiene para más... El reggae llegó para quedarse acá, como un estilo fuerte y al lado de otros también fuertes como lo son la cumbia y el rock. Es algo ya grande, porque la gente lo hizo así.


Bahiano: Igual, es diferente a lo que pasa en otros lugares donde hay negros, con ideales, con bandera y cultura arraigada de siglos, la cual va mucho más allá de nuestros conocimientos. Coincido con Fidel de que acá hay muchas bandas de reggae que están creciendo, pero siento que tendría que haber un poco más de originalidad, sin desmerecer.

Hablan sin parar. Se ríen de sus ocurrencias. Despejan el humo con sentencias arteras. Rememoran los ochenta, cuando entraban a bares darks diciendo que eran hermanos. Comen pizza y fuman. Son Bahiano y Fidel. Uno muestra su pelada a la manera de quien presenta su registro de marcas. El otro esconde sus dreadlocks bajo un turbante, como si fuese miembro de la pandilla rastafari del filme Depredador 2. Se van por las ramas, pero el objetivo siempre es el mismo: el Reggae.


¿Cuál fue el punto de quiebre, donde notaron que el reggae ya no era la música de verano en Argentina?

Fidel: ¡Nosotros somos músicos todo el año! ¡No somos de verano nada más! Lo que pasa es que acá les encanta hacer de la música géneros y subgéneros, y subgéneros del subgénero. Además, les encanta tirar titulares tipo: El tema del verano, La banda del verano... Te suben, te bajan, te ponen, te sacan. Y después todos repiten lo que uno escribió. Porque ahora hay mucho de eso: nadie sabe nada, escriben tres cosas y repiten para zafar. En realidad, el primer quiebre fue cuando salió Bahiano con los Pericos, que en el primer show había 10 personas, en el segundó había 15 y al tercero 500... Lo que a una banda le lleva un año, a ellos les llevó tres shows. ¡Ese fue el primer sacudón! Y más en aquella época¿


Bahiano: Pero, al nivel de darnos cuenta de que iba a pasar algo definitivo con el reggae, fue nuestra visita a Jamaica. Me acuerdo de que estaban todos los medios alterados preguntando si era verdad que estábamos tocando en Jamaica. Preguntaban: "¿Qué están haciendo?", "¡No nos jodan! ¿Es verdad?" (risas) Ese titular de que habíamos tocado en el Festival Reggae Sunsplash, abrió la puerta no sólo en la Argentina sino en toda Latinoamérica, lo que es Caribe. Cuando nos fuimos, tenían una mirada de nosotros. Cuando volvimos, esa mirada cambió. Encima, cuando llegamos acá, explotó Big Yuyo que fue el disco más vendedor que habíamos hecho con 350.000 ejemplares...


Fidel: ¡Es mortal! ¡Le pusieron a un disco Big Yuyo! (carcajadas)


¿No sienten malestar cuando ciertas bandas de acá vinculan al reggae sólo con el sol, la playa y la marihuana, convirtiéndolo en una caricatura?

Fidel: Claro que sí. Lo que pasa es que esa es una mirada superficial, un poco escueta. Puede ser lo primero que salta a la vista. Pero si profundizas un poquito, vas a encontrar un montón de cosas más. Vos escuchas a Marley cantar Get up, stand up y tenés que saber que ahí hay un mensaje por los derechos humanos. Tiene letras de lucha, pero al lado está Is This Love. Sí, es verdad, hay gente que toma al reggae como algo banal pero, bueno, está en nuestras manos demostrarle que hay mucho más.

Bahiano y Jamaica
Jamaica tiene sus caminos: tiene religiosidad y el roots. Pero también tiene rap, el dancehall, el raggamuffin, el hip hop tipo gansta. Entonces, cuando vuelvo de Jamaica a mí me sale Párate y mira, que tenía una base bailable, que era lo que veía en la calle con los soundsystem, que se hacían en Kingston y a los que no podíamos entrar nosotros por ser blancos. Entonces, la gente de Steel Pulse, que estaba en el mismo hotel que nosotros, nos llevó. Y vi la verdadera Jamaica, la pesada. Me invitaron a conocer a la madre de Shabba Ranks, que era una vieja que estaba sentada con la gambas abiertas y tomando aguardiente (risas) Y después, nos llevaron al Trendstown, que es como la villa de acá. Recuerdo que cuando me subí al escenario del Sunsplash, lo primero que hice fue mirar para atrás y miré el sinfín que dice "Uniendo al mundo con esta música", y me dije: "¡Esta foto la vi en los libros y estoy acá!". Era el sueño del pibe.

Fidel y Jamaica
Cuando llegas a Jamaica, entendés realmente lo que es el reggae. El tema es que allá se respira reggae, pasan los autos con el reggae sonando, las radios lo tienen. Está por todos lados. El reggae es Made In Jamaica. Hay fiestas todas las noches. Es la cuna, es la fuente. Me acuerdo de que cuando llegué a Kingston me tomé un taxi y, cuando llegamos al hotel, miro que era uno bastante bien, medio careta, de turistas. Entonces, le digo al taxista: "¡Flaco, a mi llevame donde están los jamaiquinos! ¿Por qué me traes acá? ¿No me ves cómo estoy vestido?" (risas) Claro, yo venía con el gorro rasta, los dreadlocks... Ahí, el chabón me dice: "¡Ah! ¿querés ir donde están los negros?" Y salió arando con el taxi, hasta que me metió en un hotel que ni te cuento, ¡de terror! (risas) Allí, el pibe me dice: "¿Vos querías ver negros? ¿Estás seguro de que querés quedarte?" (risas)¿ Ahí, me di cuenta de que Jamaica no es fácil para nadie.

BENNY GOODMAN_EL HOMBRE ORQUESTA


Los 100 de Benny Goodman, el hombre orquesta

Lo llamaban "el rey del swing". Nació el 30 de mayo de 1909 y murió en Nueva York el 13 de junio de 1986. Brilló al frente de su Big Band y también con formatos más pequeños. En una nota sobre su vida y obra, lo recuerda el dibujante y también músico Hermenegildo Sábat.

Por: Hermenegildo Sábat
"Sing sing", interpretada por Benny Goodman para la película "Hollywood Hotel" en 1937.
El jazz hubiera sido sólo una corriente musical relevante para pocos iniciados de no haber intervenido Benny Goodman en 1935, quien lo transformó en una pandemia de caracteres globales. Ese impulso, articulado por su clarinete y 14 músicos disciplinados a quienes no permitía minúsculos errores, determinó un éxito impensable en medio de una depresión que vulneró, como ya fue contado, todos los estratos de su país. El fenómeno le valió el sobrenombre publicitario de Rey del Swing y arrastró diferentes industrias, desde la discográfica hasta la fabricación de instrumentos de viento, y generó émulos del ambicioso joven nacido en Chicago, entusiasmados con la posibilidad de gratificaciones similares.

Su humilde origen no preanunció que Bela Bartok, Aaron Copland y Paul Hindemith dedicarían obras para que brillase su virtuosismo. Miembro de una familia judeo-rusa, fue octavo hijo entre once hermanos. Su padre, sastre (como el de su archirrival Artie Shaw) insistió que sus vástagos debían estudiar música y así lo hicieron en una academia donde, además, les proveían los instrumentos. La criatura devino pronto en un prodigio.

Tuvo un maestro alemán de nombre Franz Schoepp, que le inculcó el rigor para domesticar un instrumento arduo y dificultoso.El sastre apareció un día con una victrola y unos discos de 78 RPM. Ahí descubrió Benny a Ted Lewis, un modelo poco imitable, del que se mofaría, con imitaciones, en su propio barrio. Con pan talones cortos conoció a Bix Beiderbecke, que le faltó el respeto hasta que lo escuchó. Su oido absoluto ya le había hecho absorber a los "african-americans" Johnny Dodds y Jimmie Noone y a Leon Ropollo, un blanco místico que terminó en un manicomio. Noticias de su precoz talento fueron recibidas por Ben Pollack, que mantenía una exitosa orquesta cerca de Los Angeles. A los 16 tomó un tren hacia California, pero, como Aníbal Troilo "no se fue del barrio": desde ese momento solventó a su abundante familia. Bud Freeman, un original saxofonista tenor, también nacido en Chicago fue certero: "Benny era un genio inconsciente de su talento. Pero no se puede ser, al mismo tiempo, un genio y una buena persona". Convivió con Pollack un año y medio e intervino en grabaciones donde los elogios de sus colegas no son exagerados (Bashful Baby, Yellow Dog Blues, al lado de Jimmy Mc Partland y Jack Teagarden). Su sonido era (y sigue siendo) inconfundible y su swing no era el capricho de un joven que se formó escuchando los grandes músicos negros. Cuando Pollack llegó a Nueva York, en 1928, Benny decidió abrirse e inició una carrera como free-lance, donde tocó de todo pero nunca tocó mal.

Grabó Clarinetitis un tema propio donde se florea por todas las escalas, acompañado por un piano y una batería casi inaudibles, pero poco importa. Fue la estrella en sesiones junto a Red Nichols (Indiana, China Boy, Who's Sorry Now -en saxo alto-), pero preanunciando su mal carácter le pasó una factura al trompetista: durante una actuación pública comenzó a urdir sonidos ajenos y fuera de tono. Nichols entendió el mensaje y le preguntó qué estaba haciendo: "¿Escuchaste lo mal que toco cuando quiero? Siempre tocás así". En 1931 intervino en otras sesiones organizadas por Ted Lewis, su mentor inicial. Pero no estaba solo. Lo acompañaban Fats Waller, Muggsy Spanier y George Brunis. Por lo menos tres de los temas podrían haberlo consagrado (Dallas Blues, Royal Garden Blues, Dip Your Brush on the Sunshine) para erigirlo entre los grandes improvisadores. El año siguiente, víctima de un accidente automovilístico, murió Frank Teschemacher, otro chicagüino brillante citado por Artie Shaw como modelo de Goodman. Otro artista que utilizó el instrumento como un medio fue Pee Wee Russell, a quien Goodman respetó pero nunca recomendó para que alguien se acercara al clarinete.

Goodman comprendió, hacia 1934, que no tenía opciones: o formaba una orquesta que le obedeciera o debía cambiar de profesión. Ni recibiría órdenes ni esperaría para tocar solos irrelevantes. Tuvo suerte. Aparecieron un joven aristócrata llamado John Hammond, que lo alentó y vinculó con músicos, empresarios y hasta con su hermana Alice (que devino señora de Goodman) y la radio, un medio nuevo, que juntos generaron , de golpe, el trampolín mágico que transformaría a un joven del ghetto de Chicago en un nombre tan repetido como el del presidente Roosevelt. Después de actuar en un programa que comenzaba a las once de la noche, y en el que tocaba arreglos que no recordaban ni a Nueva Orleans ni a sus colegas de Chicago, pero contenían solos que remedaban esos estilos, el público, agobiado por una situación económica que parecía interminable, se abrazó a Goodman. Pero llegar a ese gesto cariñoso tomó su tiempo. La audición inicial, titulada Let's Dance duró una semanas y fue continuada por una gira desde Nueva York hasta California. Cuando llegaron a Denver, Goodman estuvo a punto de disolver la banda: nadie se interesaba ni los escuchaba. El gran pianista Jess Stacy rogó a Benny que esperase . Algunos miembros desertaron, entre otros el magnífico trompetista Bunny Berigan. Pero Stacy acertó: en San Francisco muchos jóvenes dieron bienvenida a la banda y en Los Angeles se produjo una explosión de alegría -y de público- en una sala juiciosamente llamada "Palomar". Los jóvenes bailaban en el escenario, en los corredores, (casi) en los techos.

Desde ese instante Goodman pudo grabar lo que quiso, tocar en lugares hasta entonces negados a músicos de jazz y librar una silenciosa batalla por la integración racial, convocando a grandes instrumentistas de color (Teddy Wilson, Lionel Hampton) y compartiendo escenarios con ellos.

Como nadie es perfecto, Goodman cargó con sus peculiaridades. A veces es saludable ignorar las anécdotas de la gente que se admira.

FITO PAEZ_En concierto

Fito Páez: canciones de liberación

El rosarino realizó la primera de sus dos funciones en el Palacio de los Deportes porteños.

Fito Páez. Foto de Santiago Filipuzzi.

No importa si es Baires o Madrid o si la lluvia cae sobre Medellín o París, los recitales de Fito Páez siempre están atravesados por dos infinitivos: entregar y compartir. En la primera de sus dos funciones en el Luna Park, el rosarino tomó la columna vertebral de su última producción en vivo (el goce de cantar tanto solo como acompañado) para recorrer de punta a punta su carrera, sustentado por los coterráneos The Killer Burritos y por invitados que resignificaron la esencia de sus letras. Así, Fito fue para arriba con "Salir al sol", se metió en un bar céntrico con "11 y 6" y fue paulatinamente contagiando el optimismo de El mundo cabe en una canción a través de sus dos himnos arrebatados: "Eso que llevas ahí" y "Enloquecer". Como si ese "no seas tan drástica, por fin sacudítelo, si no nunca vas a ser feliz" fuera una invitación a la estridencia de las guitarras, Juanse Paranoico pisó el escenario en clave rojo furioso - todos los invitados llevaban ese color en su vestimenta -, con una "Naturaleza sangre" más rock 'n bluesera y la propia "Sigue girando".

"Si estás como cegado de poder, tirate un cable a tierra", "Hay ciertas cosas que ya no están, dame un talismán", "Cuando el pecho aprieta a más no poder, cantá, cantar hace bien (.) yo se que te aliviará la pena". Ninguna de estas canciones estuvieron dentro del repertorio, pero el mensaje común de encontrar un hueco esperanzador en la música fue lo que definió el segundo segmento del recital, ése en el que Fito se reencontró, a solas, con su piano. En "El amor después del amor", "Dos días en la vida" y "Tumbas de la gloria" no se oyeron ni las intervenciones de Claudia Puyó, ni los lamentos de Fabi Cantilo y Celeste Carballo, ni el sonido laberíntico propio de esa oda al amor sin salida. Sin embargo, nada de esto impidió que Fito, cual profeta, enalteciera el poder curativo de la energía positiva (ese "las sombras que allí estuvieron no estarán" lo dejó a merced del público), sin grandilocuencia, más bien trabajando con la mínima expresión, como queriendo volver a las fuentes, a Los Beatles, a la caña Legui y a las maravillas de su Rosario de pobres corazones. No es casual, entonces, que Carlos Bandera y Gonzalo Aloras aparecieran para emprender con él esa travesía por los recuerdos con "La rueda mágica" y "Normal I", dos canciones nostálgicas por excelencia, evocadoras del placer del primer contacto con la música a través de "un póster y una Gibson Les Paul" y del despertar adolescente "cuando el uniforme generaba frenesí". En medio de ese clima retrospectivo, Fito aludió al grupo Irreal y a su abanderado, Juan Carlos Baglietto, quien subió al escenario y se llevó la ovación de la noche antes y después de "Contigo" y de la infaltable "La vida es una moneda".

Luego, Páez se fue despidiendo a todo pulmón, desde "Dar es dar", pasando por la confesional "Al lado del camino", la desgarradora "Ciudad de pobres corazones" y la intensa "A rodar la vida", en la que sí lo acompañó Fabi Cantilo. Pero nada podía resolverse si el nombre de Charly no entraba en la ecuación. Por eso, el rosarino llegó (e hizo llegar) al clímax con una rotunda versión de "Cerca de la revolución" para de inmediato reconfirmar que lleva la voz cantante y el destino errante con "Mariposa tecknicolor", cuyo espíritu festivo se cristalizó mediante una lluvia de globos multicolores.

Con su primer show en el Luna, Fito Páez demostró que no necesita ni trabajar la puesta en escena (elegante y sobria) ni valerse de explosiones y brillitos. Con buenas compañías, el piano y un mensaje circular (salir, vivir y dejar una señal), el rosarino sigue siendo ese pibe triste y encantado que solo quiere darnos cosas simples: canciones.

Por Milagros Amondaray



Lista de temas:
Tratame bien
Salir al sol
11 y 6
Lejos en Berlín
Taquicardia
Eso que llevas ahí
Enloquecer
Naturaleza sangre
Sigue girando
Polaroid de locura ordinaria
La tormenta
El amor después del amor
Dos días en la vida
Volver a mí
She's mine
Dale alegría a mi corazón
Tema de Piluso
Tumbas de la gloria
La rueda mágica
Normal I
Contigo
La vida es una moneda
Dar es dar
Al lado del camino
Brillante sobre el mic
Circo Beat
Tercer mundo
Ciudad de pobres corazones
A rodar la vida
Un vestido y un amor
Cerca de la revolución

ZAPPA PLAYS ZAPPA, UNA REVISITA AL UNIVERSO DEL ENORME FRANK

Dweezil apela a una banda eximia y temas inoxidables como “Peaches en Regalia”, “Cosmic Debris” y “Zomby Woof”.

Dweezil, subcomandante zappatista

La idea podía despertar los peores temores entre los seguidores del bigotudo guitarrista y compositor, pero su hijo encontró la manera de homenajear sin caer en la parodia involuntaria: al cabo, queda claro que Zappa Jr. sabe lo que hace.

Por Cristián Elena

Desde Frankfurt

“Mirá hijo, ahí afuera hay un montón de gente haciendo cualquier cosa con la obra que tu padre construyó con un trabajo de décadas. Nos parece que es hora de que te hagas cargo, salgas y pongas las cosas en su lugar...” Todos sentados alrededor de la mesa, los tres hermanos asintiendo de diferente forma y, sobre el mayor de sus hijos varones, la mirada impertérrita de Gail, la Zappamama, refrendando los puntos suspensivos. La escena puede haber sido así. O tal vez no. Con esa familia nunca se sabe...

Cierto es que en 2006 el Zappa Family Trust, la empresa familiar que ha cosechado rencores por doquier gracias al celo de cancerbero con que cuida el legado del bigotón irreverente, anunció el Za-ppa Plays Zappa – Tour de Frank, una gira en la cual un ensamble semianónimo al mando de Dweezil (que es Zappa) saldría por los escenarios a interpretar la música de su progenitor. El tal Dweezil había sido protagonista hasta ese momento de una errática producción (no se podría hablar de “carrera”), iniciada en su adolescencia con un puñado de discos mediocres, enchastrados con los yeites guitarrísticos del momento y escarceos humorísticos que no superaban el nivel de estudiantina sexista de las bandas de hard rock californiano de la época. Changas como VJ en MTV, un puñado de apariciones en cine y televisión y un fugaz romance con Sharon Stone le dieron algo de atención mainstream, mientras la música aparecía sólo en dosis homeopáticas.

Sin embargo, el proyecto ZPZ –que coincidió con el lanzamiento de su muy logrado Go with what you know– puso su figura y su talento bajo otra luz; una que tal vez le ayude a salir de la sombra enorme del viejo Frank.

La descendencia del Olimpo ro-ckero no la tiene nada fácil en términos de reconocimiento, menos aún si papá dejó su huella en los ‘60-’70 (¿acaso las décadas del rock?). Julian Lennon, Ziggy Marley, Jakob Dylan, todos saben que el apellido abrirá algunas puertas pero no los liberará del peso de las comparaciones y las expectativas. Y cada vez que se le animen a la obra de sus padres, la mirada escrutadora del público tendrá su razón de ser.

En lo que respecta a Zappa, pretender abarcarlo en toda su dimensión es una quimera. Nadie puede hacer covers de su agudeza intelectual y su sarcasmo cáustico, y quien lo intente probablemente logre quedar sólo como alguien que se hace el gracioso. Su hijo lo sabe y por eso, al subir al modesto escenario de un club alemán para iniciar una nueva etapa de ZPZ, puso el foco en aquello que mejor le sale: soberbias interpretaciones de piezas que requieren una meticulosidad quirúrgica, para empezar. Ahora bien: eso es algo que hacen no pocas bandas-tributo alrededor del mundo. ¿Cómo despegarse entonces del pelotón, más allá de la mera portación de nombre? Con actitud. Dweezil cultiva sobre las tablas la misma antipose de su padre pero, al contrario de éste, no inspira respeto reverencial sino complicidad. Es más: quien se deje llevar por lo que ve y escucha, podría cometer el error de pensar que las intrincadas figuras que dibuja Zappa Jr. con su guitarra están al alcance de cualquiera, sólo porque él lo hace con una naturalidad exasperante y esa sonrisa distendida que esporádicamente muta en cara de póker. Como instrumentista el muchacho ha dejado atrás muchos de los vicios pirotécnicos propios de su formación (la escuela Vai Halen), en beneficio de un virtuosismo sutilmente más sobrio, cuyos matices recuerdan a una madera bien estacionada antes que a la efímera brillantina del Sunset Boulevard.

Si el line up de la primera gira había estado salpicado con un par de históricos del Clan Zappa como Steve Vai, Terry Bozzio y Napoleon Murphy Brock, recién un googleo previo de baja intensidad arrojó un puñado de referencias sobre los integrantes actuales de la banda..., información que se volvió estúpidamente innecesaria cuando la simpática morocha Scheila González arremetió con su saxo, el cual soltó por un rato para subirse al vértigo de un pasaje de scat, que ella misma acompañaría con su teclado, para luego volver al sa... ¡uf! Todo eso dentro del mismo tema. O Pete Griffin, con su bajo de impronta grunge (y remerita de Itchy & Scratchy), complemento ideal de Joe Travers, dotado baterista con B de Bozzio o de Bruford, si se quiere. Ni hablar de Jamie Kime, con su guitarra a la altura requerida por las salvas de riffs y cambios de ritmo/clima, pero también capaz de aportar solos de extraña belleza. El eslabón más débil de la aceitada cadena fue un tal Ben Thomas, a cargo de la voz líder. Sin embargo, este grandote con motricidad de gorila y limitado rango vocal (un shouter más que cantante) protagonizó uno de los momentos más desopilantes de la noche: un solo de megáfono, seguido por un solo de axila. Ridículo, sí, pero festejado rabiosamente por un público sub-65 (estimación generosa de la franja etaria), tal vez con aquel ¿Hay lugar para el humor en la música? en mente.

¿El repertorio? Hitero, para las expectativas del fan sibarita: “City of tiny lites”, “Why don’t cha do me right?”, “Cosmik Debris”, “I’m The Slime” ya son experiencias artísticas de fácil degustación para esos paladares curtidos por décadas. Para los nacidos tarde –en cambio– fueron un rito iniciático que desembocó en pura perplejidad. El reggae de “Lucille” y el ¿soul? de “Outside now” trajeron momentos de cadenciosa calma antes del asalto final, que tuvo en “Peaches en Regalia” (¡cuestión de honor!), “Zomby Woof” y “Willie the Pimp” sus puntos culminantes.

La modestia encantadora y el gesto agradecido de Dweezil y sus músicos, accediendo al final del concierto a cada pedido de autógrafo/foto/choque-esos-cinco, deben haber disparado algunos interrogantes en la Ortodoxia Zappatista, camino a casa. Atmósfera de club. Irreverencia a media asta. Menos jazz (a propósito: ¿dónde quedaron la trompeta, la percusión y el vibráfono?). Más roña rockera. ¿Hacia dónde se desplaza la Galaxia Zappa? Este pibe, ¿sabe lo que hace? ¡Vaya si lo sabe! Mientras su madre querella a media humanidad por uso no autorizado del bigote-logo, él sale por el mundo y parece encontrar su identidad haciendo el trabajo de hormiga, recreando con devoción jovial la música de su viejo, que aún hoy sigue pellizcando el cerebro y acariciando la sensibilidad ahí, donde ésta a menudo no se deja.

WILLY CROOK VUELVE A ENCENDER LOS MOTORES DE LOS FUNKY TORINOS



“Comprobé que no soy indispensable”

Un incidente en un show rosarino lo llevó a una reclusión que llevó a este presente: “¡Tocar sobrio es una experiencia embriagadora!”, dice antes de su show de regreso, hoy en Palermo.

Por Juan Ignacio Provéndola

El tiempo tiene sus caprichos. Willy Crook permanecerá en el imaginario popular como aquel que pudo ser y no fue, y no como el que terminó siendo a partir de un largo camino que comenzó hace más de dos décadas, cuando decidió abandonar a los Redondos, tras un breve paso en donde música y grupo se dejaron mutuamente la marca indeleble de Gulp (‘85) y Oktubre (‘86). Repasar su carrera a partir de ese entonces sería evocar una larga biografía en donde la música se coló en las maletas de un viaje a veces sin rumbo, a veces sin fin. Y tantos años de trajín turbulento pasaron factura de la forma más despiadada: en pleno show. “Fue en Rosario, el año pasado”, recuerda Crook. “Se me salió la cadena groseramente y tuve que recluirme un tiempo en un campo cercano a Villa Gesell donde viví hasta los 14 años. Empecé a practicar cómo se hacía para tocar sobrio y, como mis días terminaban temprano, hacía nada con total éxito.”

–Los 40 se le presentaron poco amables...

–¡Absolutamente! ¡Jóvenes éramos los de antes! La vida empieza a los 40... ¡y se acaba! Verdaderamente, tenía muchos problemas con el alcohol y logré cortarla. Una mochila menos, porque en todos estos años ya no era una novedad, sino directamente una mochila. ¡Tocar sobrio es una experiencia embriagadora! Descubrí cosas nuevas como, por ejemplo, todos mis errores. ¡No era tan bueno como creía! Estuve en Gesell hasta que mi madre, que siempre me reclamaba por no visitarla nunca, me dijo: “Hijo, ¿todavía estás acá?”. Comprobé que la visita es como el pescado: a los dos días se pudre.

–¿Dónde vive ahora?

–Comprobé que no soy indispensable en ningún lado, así que mantengo mi parque automotor en condiciones y no vivo precisamente en ningún lado. Tuve que vender mi casa por sugerencia de mi socia en la fábrica de hijos así que, así las cosas, tengo un par de lugares en Capital donde parar cuando hay algo realmente que hacer. Si no, dispongo de un circuito de amigos molestables en diversas localidades.

De allí hasta acá pasó menos de un año. Será poco para el oficinista que tacha días en su agenda como un autómata, pero una eternidad para quien hizo del tiempo una simple anécdota que sólo puede medirse en años–Crook. Es que únicamente bajo esas coordenadas podrá entenderse ese recorrido que, desde la debacle en Rosario, pasó de presentaciones íntimas en Pinamar acompañado por pistas (“un coñazo”, Willy dixit) a su intención de recuperar lo mejor de su mejor versión solista con el virtual regreso de los Funky Torinos que propondrá hoy en Belushi (Honduras 5333). “No sé si hablar de vuelta, ¡porque nadie se dio por aludido de que nos fuimos!”, bromea el saxofonista y guitarrista, que ahora cuenta entre sus filas con sesionistas de fuste como el tecladista Patán Vidal y el vientista Fabián Silberman, con los cuales recreará las canciones grabadas entre 1994 y 2000 “como quien vuelve a paladear una vieja golosina o rasca con la novia de la adolescencia. Es una gozada mayúscula, de la que se ruborizaría un marinero yugoslavo”.

–¿Quiere grabar un nuevo disco o prefiere probar un poco más con el último que sacó?

–Fuego amigo (2005) pasó sin pena ni gloria, pero supongo que debería sacar uno nuevo, pese a que los antecedentes de cómo fueron tratados mis últimos discos no me entusiasman mucho. También sucedió que fue todo tan fantástico y tan fluido que cuando llegó el momento de tomármelo como un trabajo, mi escaso método hizo que lo arruinase todo. Como buen cobarde coherente, la única fuga que conozco es hacia delante y hacia arriba, así que mi disco anterior es historia vieja.

–Con esa mentalidad, su paso por Redondos sonaría prehistórico.

–Supongo que muchos periodistas lo pueden contar solos, sin mi ayuda... ¡e incluso sorprenderme! Creo que en la banda estuve lo justo y necesario. Ojalá hubiese tenido ese tino para haberme separado de algunas mujeres. Fue una parte de mi vida que no tuvo desperdicio, así que estoy muy orgulloso. Patricio Rey es mi ex novia, porque ella me lo dijo así, así que haber vuelto a tocar con ellos años después en Mar del Plata fue muy grato.

–¿Nunca pensó qué hubiese sido de su carrera si permanecía en la banda?

–En el momento tal vez no me daba cuenta, pero con el tiempo me volví orgulloso de la mochila espiritual que me dio Patricio Rey a la hora de las libertades artísticas y todo eso. De otro modo, no hubiese estado tan bueno mi devenir artístico posterior. Asistí al nacimiento de Los Redondos como banda de rock, justo en el momento en el cual ellos se deshacen de la parafernalia multidisciplinaria que los rodeaba y se convierten en lo que luego fueron. Con los cambios que tuvo el mundo, sería imposible actualmente armar algo similar.

–¿Se siente un músico muy conocido pero poco reconocido?

–Suele suceder que en cualquier show alguien me salte con un “¡vamos Los Redondos!” y yo, con mi habitual diplomacia, le conteste: “Te equivocaste de show, pelotudo”. Me gustaría que vengan a buscar algo nuevo, antes de morir por un golpe de la P mayúscula que precede a la voz de “¡puto!”. Tocar música siempre justificó mi existencia. Me transformó de un simple reventado a un reventado que tocaba música. Eso te cuelga un sambenito que te hace lo suficientemente conocido como para no poder trabajar de otra cosa, pero lo insuficientemente famoso como para no poder vivir de ese prestigio. Como dijera Miguel Abuelo: lo que gané con mi éxito no me alcanza para comprar medio fracaso decente.

–¿Hay tiempo para los arrepentimientos?

–A esta altura, ya no puedo reparar en eso. Estoy tranquilo de haber sido absolutamente sincero en cada letra que escribí y en cada nota que toqué. No hay máculas y todo fue un suceso formidable que habita en cada uno de mis discos y, sobre todo, en sus respectivos agujeros del medio.

–¿Qué tiene para ofrecer en este momento?

–Una delicia que nadie se debería perder, con posibilidades de más. Aunque de momento no puedo comprometerme más que a asistir a mi propio show, debidamente bañado, con todos mis dientes y en un insólito estado de sobriedad.

DISCOS_ “BRUJA” SALGUERO HABLA DE SU DISCO FLOR DE RETAMA



“Mi fuerte es la sutileza”

La cantante riojana, que recién con su quinto disco pudo hacer pie en Buenos Aires, dice sufrir cierta desconexión con la tierra, pero a la vez se explaya sobre lo que significó llegar aquí y entrar a grabar en los míticos estudios ION.

A María de los Angeles le pusieron “Bruja” en la secundaria. No sabe por qué. Nunca se lo dijeron. Supuestamente, porque todas las chicas del colegio tenían que tener un sobrenombre que las individualizara entre el resto. “Descarte que se trate de algo místico o asociado a brujerías o gualichos. No doy con el perfil”, se ríe ella. Como fuere, es una bruja que ama el sol. Desde que llegó a Buenos Aires, hace casi tres años y con su hijo Mateo en el vientre, lo que más extraña son los rayos del padre naturaleza. Vive en Belgrano. “Extraño un montón el contacto de sus rayos con mi piel... allá lo tenés ni bien salís a la puerta. Y la lluvia, el olor a tierra mojada. Es muy triste ver llover en Buenos Aires, ¿sabe? Muy triste.” Resulta que, también, esta particular bruja canta. Y canta bárbaro. Con fraseos suaves, llenos de matices y adaptables a casi todos los géneros que engloba el folklore del NOA y La Pampa surera. Traía, cuando llegó, 34 años de vida, cuatro discos –independientes– grabados en su tierra natal y esta es la primera vez que se le abre la puerta grande en Buenos Aires con el quinto: Flor de Retama, que fue presentado de manera oficial en estos días en el Centro Nacional de la Música.

“Con este disco necesitaba volver a La Rioja, identificarme con sus olores. Lloré un montón cuando elegí los temas, cuando los grabé. Por eso, la mitad pertenece a autores riojanos”, introduce, sobre una obra de once versiones. Algunas de autores de su tierra –Ramón Navarro, Pancho Cabral, Ana Robles– y otras de ciertos consagrados “para hacer entrar el disco”: Víctor Heredia, Raúl Carnota y Hamlet Lima Quintana, entre ellos. “Es cierto que necesito entrar en la gente a través de ellos, pero también me gusta grabar a gente nueva que se pone las pilas buscando lo bello a través del arte. Yo creo que no hay que ir en contra de la corriente, pero tampoco inmolarse. Lo mío pasa por encontrar el equilibrio. ¿Se entiende?”

–Al menos queda claro en la elección del repertorio...

–Y elegir un repertorio siempre es difícil para mí, porque necesito encontrar un equilibrio entre la cuestión musical y la estética, literaria. Puedo encontrar una melodía bellísima, pero si la letra es vacía, pasa. Y a veces encuentro poesías hermosas, pero su melodía no me llega. No es fácil. Me gusta la poesía metafórica, no directa. La idea, por eso, es encontrar un equilibrio entre la belleza literaria y lo musical.

–¿Se podría tomar “La casi trunca”, de Raúl Carnota, como el ejemplo más eficaz? ¿Lo acepta?

–Sí. Cuando me enteré que Raúl había nacido acá, no podía creer cómo tenía tan adentro la cuestión de la tierra... yo he visto mucha gente cantar folklore acá, pero les falta esa cosita, esa tierrita, que Carnota tiene no sólo en la manera de cantar, sino también en lo que dice y compone: sus composiciones se rigen a los compases que necesitás para bailar, pero tienen otro vuelo. A eso apunto, porque si bien me pongo fuerte cuando abordo alguna chaya, mi fuerte es la sutileza. Cuando represento un chamamé o una chacarera, entro a divagar. Me pongo suave.

–Dice que Buenos Aires le resulta hostil por la lluvia y el sol. ¿Qué fue lo positivo de instalarse aquí?

–Se compensa por otro lado. Llegar a un estudio de grabación –ION– y encontrarse con que el productor –Daniel Homer– contacta a Baglietto, a Nolé, a Franco Luciani, es una a favor de Buenos Aires. Me acuerdo de estar caminando por el estudio con mi bebé en brazos, dándole la teta, y ver fotos de Mercedes Sosa o de Pedro Aznar grabando ahí. Eso me shockeó. Es algo mágico, inexplicable para alguien que viene de tan lejos. Además, es la primera vez que tengo acceso a un tipo de público que no es el mío, el riojano, el de círculo chico, digamos.

En rigor, el plus de nombres que le da un toque de distinción a Flor de Retama –además de lo que la Bruja es en sí– pasa por los aportes de Juan Carlos Baglietto en “Destino de caminar”, de Víctor Heredia; de Ricardo Nolé en “Zamba para no morir”, del inmortal Lima Quintana y de Peteco Carabajal en, claro, una chacarera: “De ahicito”. Ellos, y la voz adaptable de la Salguero. “Yo llevo la bandera del folklore en alto desde que era chica, porque mi padre me cantaba chayas y chacareras. Pero también canciones españolas, que me fueron dando una apertura. Hoy escucho de todo... soy ávida de otras músicas. Si ve mi discoteca, ni se cree todo lo que tengo. Me apasiona poner al mango el volumen del equipo con Nirvana, porque el alma te pide satisfacer todo tipo de necesidades espirituales. Muchos me piden que me defina por algo más específico, pero yo ya me definí: me abro a todo lo que me gusta.”

–¿Menem es el mayor clavo del ser riojano?

—(Risas.) Y... es una carga muy pesada. Recuerdo que, cuando viajaba a Buenos Aires para alguna tocada, subía al taxi, te escuchaban la tonada y te empezaban a dar. Los riojanos éramos todos malos acá... se lo vivía en la prensa, en los taxis y en los recitales. Una vez se hizo un concierto con grupos de todo el país representando la idiosincrasia de cada provincia, y cuando me tocó subir a mí, menos mal que no escuché a la presentadora. Dijo: “Y ahora vamos a presentar a una cantora que viene de los pagos de un personaje nefasto y pa pa pa pa”... lo sufrí, porque se metió con mi gente. Por suerte, también tenemos a los caudillos y llevamos como emblema esa cuestión de lo federal. Y al padre Angelelli, claro... poco se sabe aquí de las peñas que siempre se hacen allí para homenajearlo. Ellos también son el ser riojano.

TONINO CAROTONE, DE REGRESO EN BUENOS AIRES



“Somos personajes desde que nacemos”

El entrañable músico español, nacido como Antonio de la Cuesta, habla de su alter ego, ése que canta en italiano y sorprendió a todos hace nueve años con el disco Mondo Difficile. “Todo evoluciona, incluso yo”, dice Tonino, que trae un nuevo CD: Ciao Mortali.

Por Facundo García

Tarde o temprano, el tejido de respuestas prefabricadas que tapan a la vida se deshilacha y –sea porque ha caído la noche o porque hay ánimo de juerga y redención– dan ganas de compartir la barra con un tipo como Tonino Carotone. Enamorado vocacional, chamuyero políglota y autor de mil canciones, el español bautizado originalmente como Antonio de la Cuesta representa una estirpe que sólo se extinguirá cuando no quede una pizca de estilo sobre la Tierra. Carga un orden personal que lo hace establecer sus propias prioridades: lo segundo que hace al llegar a Buenos Aires es contar que estará mañana a las 21 en La Trastienda Club (Balcarce 460) y el sábado en Captain Blue (Boulevard Las Heras 124, Córdoba). Lo primero, naturalmente, ha sido llenar su copa hasta el tope y brindar con todo el que anduviera cerca.

“Salud”, se escucha. Eso y una risa atorranta. Más allá del éxito de Mondo Difficile (2000) –su disco debut–, los medios han mostrado una parte de lo que tiene para dar el cheronca transatlántico. La placa siguiente fue Senza Ritorno (2003), y por más que la apuesta resultó tan interesante como la anterior, el mainstream pareció quedarse pegado a una caracterización freaky del artista, sin valorar el rescate de los giros mediterráneos con el que estaba insistiendo. Ahora Ciao Mortali tiene todo para enmendar esa falta. No solamente llega después de la publicación en Italia de Il Maestro dell’ora Brava –libro de aventuras bukowskianas que Tonino completó junto al escritor Federico Traversa–, sino que contó con la participación de amigotes que remarcan a fuego su línea estética. A Manu Chao se sumaron referentes como Eugene Hutz –del grupo gipsy punk Gogol Bordello– y los florentinos itinerantes de Bandabardò. Con esa delantera, está de más aclarar que lo que quedó suena súper fiestero y madrugador.

Eso sí: el mundo se ha vuelto mucho más “difficile” que aquel que inspiró a Tonino cuando comenzaba la década y él se desahogaba cantando “estoy sufriendo/y no me arrepiento” para rematar con el célebre “me cago en el amor”. Los amantes no correspondidos de hoy tienen un abanico de razones mucho más amplio si de sufrir se trata. Pero Carotone-De la Cuesta ha sabido pasarla duro en otras épocas, así que no se amedrenta.

Nació en Burgos en 1970 y se crió en un barrio humilde de Pamplona, el Rotxapea. “No tenía tocadiscos, así que eduqué mi oído con la radio y admirando por la tele los viejos festivales de San Remo. Recuerdo que escuchaba a mis vecinas entonar los estribillos mientras limpiaban la escalera. Extraño eso. Actualmente la gente ni siquiera sabe cómo es la voz del que vive al lado. Por eso yo voy en sentido contrario, no he elegido la manera anglosajona de cantar, eso de los lentes de sol y la apatía. Canto las canciones como me salen del alma. Dejo la piel ahí arriba”, se emociona el dandy.

Durante la post adolescencia decidió desertar del servicio militar por razones ideológicas, rodeado por un clima de tensión generalizada que ocasionó el encarcelamiento de más de dos mil personas sólo en Navarra. Entre los detenidos estaba el muchacho que en ese año de reclusión seguiría absorbiendo la efervescencia del nuevo rock radical vasco y terminaría de completar su sueño de escenarios. “Me siento orgulloso de haberme negado al ejército –eslabona el entrevistado–. La guerra favorece a los ricos, y los pobres son los que mueren. Por supuesto que hay luchas armadas positivas, lo que pasa es que considero que la violencia debe usarse para defenderse y no para agredir.” En el pabellón donde encerraron al Tonino que todavía no era Tonino había gitanos. El recién llegado empezó a escuchar con atención. “Ellos me enseñaron a tocar acordes en la guitarra. Les gustaba el flamenco, y no obstante escuchaban mis rancheritas, que eran todas do-fa-sol”, evoca. ¿De dónde salió el Don Juan que se presentaba en la tapa de su CD montando una Vespa? “La mayor parte fue pura búsqueda autodidacta”, explica Carotone.

–¿Y cómo surge Tonino?

–A partir de un espectáculo que se llamaba El rey del vodevil. Yo era Toñín, que luego se italianizó y se ganó el apellido en homenaje a Renato Carosone. De todas formas, creo que somos personajes desde que nacemos, el nombre ya es una influencia. En cuanto a cantar en italiano, al principio no entendía la mayoría de las cosas. Me divertía, obviamente. Hacía un cover de Nico Fidenco que decía “ti voglio cullare”, que significa “te quiero acunar”. Te puedes imaginar que no era exactamente ése el sentido que yo le daba.

–¿Siempre con bigote?

–Sí. Eso empezó con los Huajolotes, una banda punk-mariachi. Estábamos en una encrucijada, porque todos los policías llevaban bigote y otro tanto hacían los mejicanos. ¿Qué hacer? Decidimos que nos importaría un pepino y los usábamos enormes, cuanto más grandes mejor. En una de ésas hubo una manifestación con quilombo (sic) en la calle. Los polis venían reprimiéndonos y nos refugiamos en un bar. Cuando entraron a revisar, encontraron a varios tipos de bigote y vestidos como charros. Creyeron que no teníamos nada que ver, así que luego, en honor a esa aventura, compusimos un mini hit que se llamó “Nos salvaron los bigotes”. Más tarde lo llevamos al extremo: ¡el que se afeitaba tenía que pagar una cena!

“Creo que Ciao Mortali confirma que lo mío es más que esa arista exclusivamente paródica que han reflejado los medios y las promociones. Todo evoluciona, incluso yo”, observa Tonino cuando su copa va por la mitad. Doce canciones redonditas más un título con reminiscencias míticas expresan la confianza que se tiene el hombre tras haber andado repartiendo tragos y conciertos por varios continentes. Se disfraza de inmortal, de bicho que renace y de pecador que no niega sus ansias de divinidad. En su doble carácter barrial y global, se reapropia de idiomas y estéticas y digiere el cóctel según lo dictan sus ganas. Como han dicho sus colegas Kike Babas y Kike Turrón, “él traslada el Veni, vidi, vici del César” a una fórmula que resumible en “Vino, vida y vicio”.

viernes, 29 de mayo de 2009

BENNY GOODMAN_Chicago, 30 de mayo de 1909 – Nueva York, 13 de junio de 1986




















Benjamin David Goodman (Chicago, 30 de mayo de 1909 – Nueva York, 13 de junio de 1986), Benny Goodman, clarinetista y director de jazz estadounidense. Conocido como El rey del swing, es, junto con Glenn Miller y Count Basie, el máximo representante de este estilo jazzístico. Director de una de las big band más populares de su época, desarrolló sobre todo la variante más suave del género, la de las sweet bands, y fue el iniciador de la llamada era del swing. Una de sus canciones más famosas es, por ejemplo, "Sing, sing, sing (with a swing)", empleada en múltiples bandas sonoras y obras de teatro y musicales, aparte de ser una de las canciones destacadas entre las mejores por los Grammy.

Biografía

Comienzos de su carrera

Goodman nació en Chicago, el noveno de doce hermanos, hijo de emigrantes judíos procedentes de Polonia, donde vivían en el barrio Maxwell Street. Su padre, David Goodman, era sastre procedente de Varsovia, su madre Dora Rezinski, era de Kaunas. Sus padres se conocieron en Baltimore, Maryland y se trasladaron a Chicago antes de que naciera Benny.[1] Comenzó a tocar el clarinete a la edad de diez años en la sinagoga, tras lo que se unió a una banda local. Hizo su debut profesional a los doce años y abandonó la escuela a los catorce para hacerse músico profesional.

A los 16 años, en agosto de 1925, se unió a la banda de Ben Pollack, con la que hizo sus primeras grabaciones en diciembre de 1926. Sus primeras grabaciones bajo su propio nombre las realizó en enero de 1928. A los 20 años, en septiembre de 1929, abandonó a Pollack para dirigirse a Nueva York donde trabajó como músico independiente, trabajando en sesiones de grabación, espectáculos radiofónicos y en las orquestas de los musicales de Broadway. Hizo también grabaciones bajo su propio nombre con orquestas alquiladas, alcanzando grandes éxitos con "He's Not Worth Your Tears" (cantada por Scrappy Lambert) en Melotone Records en enero de 1931. Firmó con Columbia Records en el invierno de 1934 y alcanzó el top ten a comienzos de 1934 con "Ain't Cha Glad?" (cantada por Jack Teagarden), "Riffin' the Scotch" (cantada por Billie Holiday) y "Ol' Pappy" (cantada por Mildred Bailey), y en primavera con "I Ain't Lazy, I'm Just Dreamin'" (cantada por Jack Teagarden).

Formación de su orquesta

Todos estos éxitos y un ofrecimiento que se le hizo para actuar en el Billy Rose's Music Hall inspiraron a Goodman para organizar una orquesta permanente; su primer concierto se produciría el 1 de junio de 1934. Su grabación instrumental de "Moon Glow" alcanzó el número 1 en julio y consiguió dos éxitos más dentro del top ten con los temas instrumentales "Take My Word" y "Bugle Call Rag". Tras unos meses en el Music Hall, firmó por el programa radiofónico Saturday night Let's Dance de la NBC, tocando la última hora de las tres que duraba el espectáculo. Durante los seis meses que estuvo en el programa, consiguió seis éxitos más con Columbia, y otros cinco más con RCA Victor, su siguiente compañía.

Tras dejar el programa de radio, Goodman emprendió una gira nacional en el verano de 1935. No fue especialmente exitosa hasta que llegó a la Costa Oeste, debido a que sus actuaciones en el programa de radio habían podido ser oídas a una hora más temprana que en la Costa Este. Su actuación en el Palomar Ballroom cerca de Los Ángeles el 21 de agosto de 1935 fue un éxito espectacular, recordado como el comienzo de la era del swing. Se trasladó durante seis meses a vivir al Congress Hotel en Chicago, empezando en noviembre. Alcanzó 15 éxitos que entraron dentro del top ten en 1936, entre los que estaban "It's Been So Long", "Goody-Goody", "The Glory of Love", "These Foolish Things Remind Me of You" y "You Turned the Tables on Me" (todos cantados por Helen Ward). Se convirtió en el protagonista de la serie radiofónica The Camel Caravan, que duró hasta finales de 1939. En octubre de 1936 la orquesta hizo su debut cinematográfico en la película The Big Broadcast de 1937. El mismo mes, Goodman empezó a vivir en el Pennsylvania Hotel en Nueva York.

El siguiente gran éxito de Goodman en febrero de 1937 lo consiguió con la participación como cantante de Ella Fitzgerald y como trompetista de Harry James. Fue el primero de seis grandes éxitos durante ese años, entre los que estaban "This Year's Kisses" (cantado por Margaret McCrae). En diciembre, la orquesta apareció en otra película, Hollywood Hotel.

Concierto en el Carnegie Hall

El punto más alto de popularidad de Goodman se alcanzó el 16 de enero de 1938 cuando dio un concierto en el Carnegie Hall; en todo caso, a lo largo de ese año conseguiría numerosísimos éxitos, como "Don't Be That Way" (instrumental), "I Let a Song Go out of My Heart" (cantado por Martha Tilton) y "Sing, Sing, Sing (With a Swing)", que más tarde entraría en el Grammy Hall of Fame.

Hacia 1939, Goodman había perdido a importantes músicos como Gene Krupa y Harry James, que se habían encaminado a crear sus propias orquestas; por lo demás, la competencia seria apareció con las bandas de Artie Shaw y Glenn Miller. No obstante, Goodman consiguió nuevos éxitos durante ese año, tales como "And the Angels Sing" (cantado por Martha Tilton), también situado en el Grammy Hall of Fame. Regresó a Columbia Records. En noviembre, apareció en el musical de Broadway Swingin' the Dream, liderando un sexteto. El espectáculo duró poco, pero le proporcionó un nuevo éxito en marzo de 1940 con la canción "Darn That Dream" (cantada por Mildred Bailey). Ese año solo consiguió tres éxitos debido, en parte, a una enfermedad que le llevó a operarse de una hernia discal. En 1941, ya recuperado, consiguió dos nuevos top ten, uno de los cuales fue "There'll Be Some Changes Made" (cantado por Louise Tobin), y regresó a la radio con su propio programa. Entre sus éxitos de 1942 estaban "Somebody Else Is Taking My Place" (cantado por Peggy Lee) y el tema instrumental "Jersey Bounce". Apareció también en la película Syncopation.

En 1943, con material grabado tiempo atrás ante la imposibilidad de grabar en esa época tras la entrada de Estados Unidos en la Guerra, Goodman consiguió dos grandes éxitos, uno de ellos con "Taking a Chance on Love" (cantado por Helen Forrest). Su tiempo libre lo empleó para trabajar en películas, apareciendo en tres durante ese año: The Powers Girl, Stage Door Canteen y The Gang's All Here.

Goodman disolvió su orquesta en 1944. Apareció en la película Sweet and Low-Down en septiembre y actuó con un quinteto en la revista de Broadway Seven Lively Arts, debutando el 7 de diciembre y alcanzado 182 representaciones. En abril de 1945 su recopilatorio Hot Jazz fue un gran éxito. Reorganizó también su orquesta, produciendo temas muy exitosos como "Gotta Be This or That" (cantado por él mismo), "Symphony" (cantado por Liza Morrow), etc. Goodman protagonizó una serie radiofónica con Victor Borge en 1946-1947, y continuó grabando tras firmar con Capitol Records. Apareció en la película A Song Is Born en 1948 y empezó a experimentar con el bebop. A finales de 1949 disolvió de nuevo su orquesta y volvió a organizar grupos temporalmente para giras y sesiones de grabación. Murió en Nueva York, en 1986.

Con Lionel Hampton

Uno de sus mayores momentos, y uno de los momentos más importantes de la historia musical de los EEUU se produjo gracias a su amistad con Lionel Hampton y Teddy Wilson, con los cuales hizo la primera actuación pública de músicos interraciales. La leyenda dice que conoció a Lionel Hampton (vibrafonista) cuando desayunaba en la cafetería donde este trabajaba como camarero, cocinero, cantante e intéprete.

Goodman y la música clásica

Diversos músicos del mundo clásico compusieron obras para él. Así, Aaron Copland le dedicó su Concierto para Clarinete (1947), como también lo hicieron Béla Bartók con su obra Contrastes para violin, clarinete y piano, Paul Hindemith con su Concierto para Clarinete (1947) y Malcolm Arnold con su Concierto nº 2 para clarinete (1974).

Tras una carrera llena de éxitos y de actuaciones con los intérpretes y cantantes más importantes del jazz, Peggy Lee, Ella Fitzgerald, Gene Krupa, Martha Tilton, murió en Nueva York, en 1986.

Bandas sonoras

Se le ha referenciado en diversas películas, siendo un habitual de las bandas sonoras de Woody Allen, e incluso en películas como Swing Kids ("Los rebeldes del swing") es el leif motiv que dirige a los personajes.

Con Artie Shaw (judío), Django Reinhardt (gitano) y Lionel Hampton (negro) se convirtió en uno de los símbolos de la apertura cultural y la tolerancia, y de como la música no entiende prejuicios.

BENNY GOODMAN_Mañana cumpliría 100 años


Nueva York rinde homenaje al legendario 'jazzman' Benny Goodman




El Centro Lincoln de Jazz recuerda al desaparecido clarinetista, llamado 'el Rey del swing' y habitual de las bandas sonoras de Woody Allen.- Mañana cumpliría 100 años

EFE - Nueva York - 29/05/2009

Los amantes del jazz recuerdan el genio y el arte del clarinetista Benny Goodman, una de las leyendas de la música estadounidense que mañana cumpliría 100 años, de la mano del homenaje que le rinde en Manhattan el Centro Lincoln de Jazz. Benjamin David Goodman (1909-1986) es de nuevo protagonista de la programación de jazz en Nueva York, gracias a las sesiones especiales que le dedica la Orquesta del Centro Lincoln de Jazz, que interpretará los temas que "el rey del swing" ofreció en su famoso concierto de 1938 en el Carnegie Hall.

"En los años treinta, el país aún sentía los efectos de la crisis y la gente necesitaba algo que los animara y los hiciera sentirse felices de nuevo. Entonces llegó el clarinete de Goodman"

Las melodías de temas como Sing, Sing, Sing, After You've Gone o One O'Clock Jump suenan de nuevo con fuerza en Manhattan gracias al homenaje que le rinde la conocida orquesta de jazz, que en esta ocasión dirigirá Bob Wilber y que estará acompañada por otros conocidos clarinetistas como Buddy DeFranco y Ken Peplowski. "Tengo muy buenos recuerdos del tiempo que me pasé trabajando junto a Benny. Ha sido un gran privilegio para mí estar asociado a un músico que dejó la calidad de la música en un lugar muy elevado", dijo hoy en un comunicado Bob Wilber, quien en los años cincuenta y sesenta trabajó mano a mano con Goodman y otros genios del jazz.

El concierto del Carnegie, el mejor

Wilber dirige estos días la recreación del concierto que Goodman ofreció junto a su banda el 16 de enero de 1938 en la emblemática sala neoyorquina y que fue descrito por la crítica de la época como "el mejor concierto de música popular de la historia". Ese recital, que Goodman ofreció diez años después de llegar a Nueva York desde su Chicago natal, demostró el gusto por el jazz que empezaba a profesar el gran público cuando EEUU aún se recuperaba de la Gran Depresón. "Benny Goodman fue un gran ejemplo de una persona que está en el lugar adecuado en el momento adecuado. En los años treinta, el país aún sentía los efectos de la crisis y la gente necesitaba algo que los animara y los hiciera sentirse felices de nuevo. Entonces llegó el clarinete de Goodman", explicó Wilber.

Goodman, , reconoció que "aquella noche en el Carnegie Hall fue una gran experiencia, pese a que, cuando me ofrecieron la oportunidad de actuar por primera vez, tuve mis dudas". "Personalmente fue una verdadera emoción salir a ese escenario en el que el público, que incluso nos escuchaba sentado sobre las tablas, rodeaba a la banda y felicitaba a todos los músicos por lo que estaban haciendo", dijo Goodman sobre un recital que marcó su carrera para siempre.

Nueva York estuvo ligado siempre así a este genio del clarinete quien acabó sus días hace veintitrés años como consecuencia de un ataque al corazón precisamente en su apartamento de Manhattan. Goodman, que había nacido en el seno de una familia humilde, supo hacerse un hueco a tiempo entre los músicos que descubrieron el jazz al público blanco y, después de recibir formación musical, recorrió el país ofreciendo conciertos que harían historia. Antes de la estelar noche en el Carnegie Hall, Goodman ya había conseguido la fama en 1935 en el Palomar Ballroom de Los Ángeles, una velada que muchos historiadores consideran el nacimiento del swing que tan bien representó.

Goodman pasó a la historia, además de por conciertos memorables, por intentar derribar la barrera racial al unir a músicos negros y blancos sobre el escenario, y también por haber ofrecido conciertos en la Unión Soviética en 1962, en plena Guerra Fría, con el apoyo del Departamento de Estado de EEUU. "Benny Goodman es nuestro embajador internacional con clarinete", dijo el entonces presidente de EEUU, John F. Kennedy, a la vuelta de Goodman de su gira rusa. La celebración del centenario de Goodman seguirá adelante en el Centro Lincoln de Jazz el próximo 6 de junio con el espectáculo Who is Benny Goodman? (¿Quién es Benny Goodman?), un concierto en el que el clarinetista Víctor Goines acercará la historia y la obra de Goodman a la audiencia infantil.