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jueves, 25 de agosto de 2011

FALLECIO EL CHANGO FARIAS GOMEZ. TENIA 73 AÑOS.








El último adiós a un músico popular y argentino






Figura clave de la música popular argentina, fue un artista capaz de arriesgar para avanzar en el folklore: rompía los moldes formales del género, pero en base a su profundo conocimiento. Fue el creador de Los Huanca Hua, M.P.A. y La Manija.


Por Karina Micheletto

Ayer por la mañana, a los 73 años, murió Juan Enrique Farías Gómez, “el Chango”, figura clave de la música popular argentina. Se encontraba internado desde el fin de semana en la clínica Otamendi a causa de una afección pulmonar, que agravó el cuadro por el cáncer contra el que luchaba desde hacía años. El título de su último disco, Chango sin arreglo, sintetiza quizá la doble marca que ha dejado este artista en la cultura argentina. La de ser, por un lado, el gestor de una música perdurable, rompiendo con los moldes formales de un género del que evidenciaba, al mismo tiempo, un profundo conocimiento (“sin arreglo”, en este caso, estaba lejos de significar “sin red”). Y también la de ser un artista capaz de arriesgar para avanzar en el folklore, un género que ha dado muestras de optar por permanecer estático, en tantos casos.

La lucha del Chango Farías Gómez contra su enfermedad fue activa y creativa hasta el final: sin ir más lejos, estaban en pie los conciertos de los martes en el Teatro del Viejo Mercado del Abasto, que en los últimos meses funcionaron como grandes encuentros con amigos, apuestas también por lo que iba a venir. Se habían puesto como nombre “Los Amigos del Chango” y se definían como una “orquesta popular de cámara” que interpretaba “música clásica argentina”. La integraban compañeros de numerosas aventuras musicales del Chango como el flautista Rubén “Mono” Izarrualde, el trompetista Ricardo Culotta, los guitarristas Agustín Balbo y Néstor Gómez, y nuevas generaciones como el baterista Jerónimo Izarrualde. Planeaban entrar a grabar el disco que ya tenía por nombre, justamente, Música clásica argentina.

Decir que el de Chango Farías Gómez fue un nombre fundamental del folklore argentino implica repasar sus criaturas musicales y la forma en que marcaron profundamente las diferentes décadas. El Chango fue arreglador, percusionista, guitarrista, cantante, docente, productor de trabajos ajenos (el bellísimo disco de Mercedes Sosa Corazón libre, grabado para la Deutsche Grammophon, lleva por ejemplo su marca de gracia). Pero Farías Gómez fue además un promotor, un gestor capaz de imaginar y poner en marcha, sumando otras voluntades talentosas, formaciones legendarias como Los Huanca Hua, el Grupo Vocal Argentino, Músicos Populares Argentinos (MPA) y La Manija, todas apuestas por la renovación de los sonidos de época.

En la era de oro que fue para el folklore la década del ’60, formó junto a su hermano Pedro, Hernán Figueroa Reyes, Guillermo Urién y Carlos del Franco Terrero Los Huanca Hua, aquel conjunto vocal que inauguró otro modo de cantar en conjunto, no sólo las melodías, abarcando con las voces también onomatopeyas e imitaciones de instrumentos, con complejos arreglos vocales e introduciendo la polifonía en el folklore argentino. En una segunda etapa de Los Huanca Hua, Marián Farías Gómez reemplazó a Figueroa Reyes. En 1966 el Chango dejó este grupo, que siguió dirigido por su hermano Pedro, y formó el Grupo Vocal Argentino, que marcó la actividad coral en la Argentina, incorporando al repertorio coral la música popular.

En 1976 debió exiliarse, primero en España y luego en Francia. En el exilio grabó un disco instrumental, Lágrima, con la participación del pianista Gustavo Beytelmann y el bandoneonista Juan José Mosalini, entre otros músicos radicados en Francia. A su regreso a la Argentina mostró con su hermana, la cantante Marián Farías Gómez, y con el pianista Manolo Juárez, el espectáculo Contraflor al Resto, que luego fue grabado. El folklore de los ’80 tuvo la marca potente de MPA, aquellos Músicos Populares Argentinos que completaban Jacinto Piedra, Peteco Carabajal, Verónica Condomí y Rubén “Mono” Izarrualde. No es exagerado decir que toda una generación de músicos retomó contacto con el folklore deslumbrada por aquella formación que hacía sonar de nuevo –renovaba– clásicos del cancionero o que ponía en arreglos maravillosos creaciones como “Digo la mazamorra”, de Peteco Carabajal, inaugurando nuevos clásicos. La MPA puso en escena también la voz inigualable de Jacinto Piedra, aquel santiagueño que murió joven, en un accidente. Incorporó batería e instrumentos eléctricos y, para poner en perspectiva la revolución que significó, es conocida la anécdota que repite Peteco Carabajal, sobre la forma (nada amable) en que fue recibido tamaño atrevimiento en su Santiago natal.

En los ’90, con el grupo La Manija, la apuesta del Chango sería por llevar al folklore más allá de sus raíces criollas, poniéndolo en diálogo con sus descendencias hispanas y africanas. La “condición negra” del folklore argentino, la evidente marca africana de ritmos como la chacarera, era uno de los temas que apasionaban al músico, sobre los que podía extenderse interminablemente en las entrevistas y charlas.

El repaso de su carrera es una continua búsqueda de reuniones, proyectos, juntadas con amigos, con más o menos éxito de público. Experiencias como el trío que formó en los ’70 con el bandoneonista Dino Saluzzi y el guitarrista Kelo Palacios, con la improvisación como eje, o el espectáculo que compartió con Gustavo Cuchi Leguizamón en los ’80 definen también sus iniciativas. Antes, en 1964, fue convocado por Ariel Ramírez para hacer los arreglos de percusión de su Misa Criolla y para interpretar la primera grabación de la obra, ese mismo año, junto a Los Fronterizos. Recién en 2003 editó un disco solista, ese Chango sin arreglo que lo define en título y música.

Marcas de familia

Farías Gómez nació en 1937, en Buenos Aires, y se crió en el barrio de San Telmo. Su primer grupo se llamó Los Musiqueros, que integró a los 16 años junto con Mario Arnedo Gallo y Hamlet Lima Quintana. La suya fue una familia musical: su padre, Enrique Napoleón (“El Tata”, o “El Huachito”), fue pianista, recopilador y compositor; su madre, Pocha Barros (“María Pueblo”), compositora y poeta. Sus hermanos Marián y Pedro (fallecido en 2004) también siguieron la vocación artística (Mariano fue el único de los hermanos que no se dedicó a la música). El linaje musical de los Farías Gómez se continuó en la siguiente generación, con los propios hijos del Chango, Juancho y Facundo (el Changuito, percusionista de la banda rock Los Piojos), y con sus sobrinos, Sebastián, Gabriel y Guadalupe.

La política fue otra marca de familia, al igual que su fuerte identidad peronista. Como funcionario, y asumiendo diferentes candidaturas políticas en diferentes partidos, su trayectoria fue menos lineal que la musical. En 1989 fue designado por el entonces presidente Carlos Menem director Nacional de Música, cargo en el que se desempeñó hasta 1991. Un logro de esa gestión fue la creación del Ballet Folklórico Nacional, bajo la dirección de Santiago Ayala “El Chúcaro” y Norma Viola. En 2003 entró a la Legislatura porteña como integrante de una de las cuatro listas de Mauricio Macri, Movimiento Generacional. “Si estoy en la lista de Macri es porque fue el único que me ofreció un cargo. Y como no quiero transformarme en un músico de protesta, prefiero ponerme a hacer cosas. Desde la Legislatura sé que puedo discutir ideas, buscar consensos y proponer soluciones. Pues bien, allí estaré. No importa por dónde entre”, explicaba entonces a esta cronista, con férreo pragmatismo peronista.

En 2005, ya como legislador del Frente para la Victoria, su voto, en contra del de su bloque, fue decisivo para lograr el juicio político a Aníbal Ibarra, como integrante de la sala acusadora. En 2007, finalmente, fue candidato a diputado nacional por la Democracia Cristiana, partido que respaldaba a nivel nacional la fórmula Cristina Fernández de Kirchner-Julio Cobos. En los últimos años se había retirado de la actividad política “porque sigue siendo muy asquete”, según había explicado, y había vuelto a la música. Rodeado de amigos, como siempre.
























¡Mchiporobón! ¡Mchiporobón!


Por Marcelo Simón

Las voces, frente al micrófono, sonaban nítidas, redondas, graciosas, contundentes, pese a lo extraño de esas onotomatopeyas que dictaba uno de esos cinco muchachos en el estudio de grabación que parecía ser el jefe, pese a su juventud.

Y era el jefe: los otros cuatro obedecían ciegamente esos dictados curiosos, tan poco parecidos a los que conformaban el universo de Los Chalchaleros o Los Hermanos Abalos, que entonces estaban de moda.

¡Mchiporobón!

Era un juego y una afirmación, una muestra de la vanguardia todavía no explorada y al mismo tiempo un dato de la tradición: imitar las guitarras y el bombo vocalmente ya se había hecho, aunque sin la aceptación popular extraordinaria –además de las impugnaciones más o menos tradicionalistas que cosechó entonces– que ese flaquito comenzó a lograr con lo que entonces se llamaba un conjunto vocal. Era lúdico, pero sonaba veraz: ahí estaban no sólo las trincheras santiagueñas de los ancestros del que mandaba, sino todo el país lírico: había cuecas cuyanas, rancheras bonaerenses, se navegaba por el Paraná y se exploraba el lejano horizonte pampeano de las milongas con naturalidad, sin esfuerzo aparente. Todo a cinco voces y sonriendo.

¡Mchiporobón!

“¿Usted sabe lo que es un conjunto vocal?” Ahora que se ha muerto el flaquito, recuerdo que me preguntó socarronamente Atahualpa Yupanqui una tardecita. “A mí me lo explicó el Indio Pachi, de Cerro Colorado, que como era un paisano salidor había visto a Los Huanca Huá en Córdoba”, añadió el autor de “Luna tucumana”. “Un conjunto vocal es un muchacho buenmocito que canta adelante en el escenario, y cuatro atrás que le hacen burla”, completaba el viejo zorro, que en otra oportunidad parece que dijo: “El Chango Farías Gómez es capaz de ponerle mostaza a la tira de asado. Pero a él le sale bien”.

Alboreaban entonces los años ’60 y el Chango estaba reinventando el folklore, palabra que detestaba. ¡Si habremos discutido por esta pavada!

Ayer el corazón del Chango dejó de latir.

Pero las antiguas pulsaciones siguen en las discotecas donde la obscena mano de la censura no pudo actuar. Citando de memoria, ahí están el Grupo Vocal Argentino, la tierra sembrada por M.P.A. con Verónica Condomí, el Mono Izarrualde, Peteco Carabajal, Jacinto Piedra... Todavía suenan en la radio la guitarra flamenca y las coplas que enfrentaban la tradición quichua con la música afrocubana en el grupo La Manija, que formó cuando volvió del exilio; ahí está la memoria del mítico trío que armó con Kelo Palacios y Dino Saluzzi, sin grabaciones, y aquel envío de Contraflor al Resto, son su hermana Marián y Manolo Juárez, imperdible.

Ahora, ¿quién vendrá para sembrar algo que se parezca al eterno desarreglo tan bien armonizado del Chango en nuestra música? ¿Quién con la voz rota como él se plantará en el centro del estudio y pasará una a una las voces que hacen falta para hacer el conjunto del que hablaba el Indio Pachi?

Ayer me di cuenta de la falta que nos hará encontrarlo en otro o en otra.

Fue cuando mis lágrimas, cuando lo supe, sabían a mostaza, mientras el corazón me cabalgaba con un mchiporobón.










Otras voces

*Marian Farías Gómez: “Mi hermano fue un renovador. Después de lo que hizo con Los Huanca Hua, el Grupo Vocal Argentino, MPA y La Manija, hasta lo último, que no llegó a dejar grabado, inspiró a muchos. Queda mal que lo diga yo, pero en el folklore hay un antes y un después del Chango, y esto va a ser para siempre. Era un tipo brillante, y un apasionado. En Francia le decían ‘enfant terrible’, me llamaron de todo el mundo consternados por lo que pasó, recordando su labor como músico. Así lo recordaremos, y como un tipo que desde la cultura siempre peleó por los derechos sociales. Mi madre decía que el Chango carecía de sentido común, porque la música no tiene sentido común. Y el Chango era todo música”.

* Juan Falú: “El Chango era la prueba de que al folklore se lo podía abordar desde el conocimiento de sus modelos y avanzando hacia cualquier lugar, sin límite. Marcó a los músicos de varias generaciones; en mi caso personal, el Grupo Vocal Argentino fue el que en especial generó un proceso de aprendizaje. La experiencia de la MPA también fue destacada, con ese grupo incorporó tímbricas ajenas a la tradición del folklore. Mantuvo toda una posición frente al arte, una búsqueda constante por la evolución del folklore, aunque él no aceptaba ese término. Siempre las búsquedas incluyen un riesgo y él hizo muchas jugadas en ese sentido”.

* Liliana Herrero: “El Chango tuvo un paso iluminado por la música popular. Su camino no pasará inadvertido porque ha sido un andar creativo y de gran conocimiento de la música argentina. Nos regaló versiones inolvidables como la que hizo de ‘Zamba del carnaval’, sobre las que se recuestan músicos enormes como el pianista Guillermo Klein. Guardo recuerdos como los de cuando recién llegó del exilio en España. Venía mucho a mi casa en Rosario donde compartíamos comilonas, guitarreadas y recitales con otros amigos como Jorge Cumbo, el Mono Izarrualde y Fito Páez”.

* Teresa Parodi: “Ha muerto una especie de gurú de la música argentina, un investigador y un alto revolucionario. Tenía una juventud en la cabeza y en el espíritu, una forma de entender el mundo, construir e ir para adelante dejando un rumbo claro. Empujaba, convocaba y desde esa actitud alentó de manera notable al semillero de la música popular argentina. Era un tipo que cuestionaba todo, que pateaba el tablero y enseguida hacía otra vez algo luminoso, porque en todo tenía esa militancia de eterno peronista. Lo vamos a extrañar, pero nos deja toda su obra y también la preocupación por lo que todavía queda por hacer”.

*Rubén “Mono” Izarrualde: “Como músico, creo que el Chango ha dejado un semillero increíble. Desanduvo un camino fructífero. En cada una de las agrupaciones en las que estuvo al frente dio una vuelta de tuerca. Fue un tipo muy importante para la música criolla y folklórica argentina, así como lo fue Astor Piazzolla en el tango. Y siempre trabajó con sangre nueva y joven. Fue un referente en eso de mezclar la música nuestra con la improvisación. Movía la música: supo jugar con el candombe, el jazz y la bossa nova. En cuanto a su personalidad, era un gran compañero. En él no existía el egoísmo. Siempre estaba ahí cuando lo necesitabas. Y también tenía un costado cascarrabias, que salía a la luz cuando defendía sus ideas. Fue un maestro”.

*Jorge Coscia (secretario de Cultura de la Nación): “El mayor mérito del Chango Farías Gómez, maestro de la música popular argentina, fue haber revolucionado la interpretación de nuestro folklore. A lo largo de su extensa carrera, tanto como solista como en los grupos que integró, renovó el género folklórico a partir de la experimentación, la innovación, la fusión y la incorporación de nuevos instrumentos. Además de sus méritos artísticos, el Chango fue un hombre comprometido con su patria y con sus ideas, indiscutiblemente asociadas al peronismo. Como a muchos hombres y mujeres de su generación, tal compromiso le costó el exilio. Se nos fue el Chango, pero como todos los artistas genuinamente populares, nos deja su obra profundamente arraigada en el sentir del pueblo argentino”.


















El Chango peronista


Por Mariano del Mazo

El Ekeko argentino pasó a ser llamado Chango sin arreglo; y no pudiendo desentrañar el sentido último de esta expresión, sus seguidores tienen interpretaciones diferentes sobre este punto, pues están aquellos, los músicos, que dicen que tiene que ver con su inevitable condición de “inventor” de nuevos y polémicos rumbos para la música popular; y que están los otros que creen ver en la expresión “sin arreglo” una relación con la esencia de la compleja doctrina política que este Ekeko abraza como propia, pues se sabe por tradición oral, que los llamados “peronistas” no eran ni buenos ni malos, sino incorregibles.

Chango Farías Gómez, el incorregible, murió el miércoles a la mañana a los 73 años. En estos días se ha escrito mucho sobre el significativo sitio que dejó vacío en la música argentina. Pero debajo de las capas y capas formadas por palabras como “renovador”, “innovador”, “revolucionario”, debajo incluso de sus zigzagueos políticos dentro de ese océano tempestuoso y sentimental que es el peronismo, hubo un Chango de un humor impiadoso. El librito interno de su extraordinario disco Chango sin arreglo (2003) es una muestra cabal de un sarcasmo abrasivo que incluía, también, la tomadura de pelo a liturgias peronistas varias.

El libro tiene una línea argumental y parte del hallazgo de un Ekeko de “lentes, bigotes y abundante panza” y pasa por las conocidas, ladinas frases que Atahualpa Yupanqui le dedicó: “En los Huanca Hua uno canta y los otros le hacen burla” o –elogio a la manera yupanquiana pero elogio al fin– “los Farías Gómez son los únicos capaces de ponerle mostaza al asado y que no pierda el gusto”. Completa la saga el dardo dirigido a los Quilapayún: “Parecen un camión lleno de peronistas”. También Farías Gómez se rió en el librito, en el ítem “El mito del asado peronista”, del extendido prejuicio burgués que aseguraba que con las viviendas otorgadas en la primera presidencia de Perón los beneficiados hacían asado con el parquet. Y mucho más: para hablar de Jacinto Piedra y del glorioso dream team de M.P.A., Chango aparece dibujado como un rollinga bajo la leyenda de Jacinto Stone.

Si a usted no le parece interesante el libro de Chango sin arreglo, puede probar poner el disco. El álbum rescata su entrañable faceta como cantante, una expresividad tensa y abismal que estaba siempre a punto de quebrarse, como un cante jondo criollo que emociona desde la “Zamba del grillo” transformada en samba hasta la notable versión de “Vieja viola”. Qué diferentes se escuchan ahora los versos del tango: Es que la gola se va / y la fama es puro cuento / andando mal y sin vento / todo todo se acabó.

Chango Farías Gómez, lúdico y megalómano como casi todos los rupturistas, trazó su propio epitafio hacia el final del librito del disco. Y dicen que el espíritu de este Ekeko artista y benefactor se encuentra hoy en lo que se conoce con el nombre de salamanca o casa del Diablo donde, fiel a su oficio terrestre, hace las veces de arreglador de las músicas ensoñadoras y ancestrales que brujos, duendes y diablos llevan adelante en ese lugar.

El texto es de Jorge Moreno, pero Chango estaba atrás de todo. Ahora está atrás de esta misma página. Ahora está diciendo que tenía planeado actuar en un par de semanas en el Teatro del Viejo Mercado en el Abasto, ahora está explicando su paso por el menemismo y justificando su paso por el macrismo, ahora recuerda cuando creó el Ballet Folklórico Nacional y habla del folklore argentino y del aporte de la cultura africana y su mestizaje con la indígena; cuenta historias formidables del exilio, dice que en Francia lo llamaban el “enfant terrible” y se ríe con carcajada de tabaco. Ahora habita la casa del Diablo. El, el innovador, el renovador, el revolucionario. El incorregible.


martes, 11 de enero de 2011

CHARLA CON EL CHANGO FARIAS GOMEZ.





“Lo que diferencia a las músicas es el ritmo”

A los 73, el guitarrista, cantante y percusionista juntó a varios amigos en una suerte de resignificación de las zapadas que organizaba a principios de los ’80 y del espíritu que lo transformó en una especie de gurú para los nuevos músicos de raíz.







Por Cristian Vitale

Cuando Juan “Chango” Farías Gómez evoca a Jacinto Piedra, tótem de la música santiagueña, lo refleja como un rebelde que no estaba de acuerdo con nada. “Con nada”, insiste. Justo él, que hace cincuenta años, desde el mismísimo arranque de los Huanca Huá, viene provocando con su intrepidez al folklore dinosaurio. Si rebelde fue Piedra –aquella voz que de tan viva se apagó joven– que lo acompañó en vuelos provocadores en MPA, el Chango lo ha doblado por insistencia, supervivencia y bravura. Lo hizo en los ’60 con esa polifonía coral que “distorsionó” lo que la media esperaba del folklore, primero con los Huanca y después con el Grupo Vocal Argentino, que terminó de acomodar las fichas de un tablero “de vanguardia” en nada parecido al boom del período. Volvió a hacerlo en los ’70, en trío con Dino Saluzzi y Kelo Palacios y la improvisación como eje madre, o en el exilio como arreglador y director del sello francés Exagone. Y en los ’80, mediante Contraflor al Resto (junto a Marian Farías Gómez y Manolo Juárez), el ciclo “El memorial de los cielos”, en conexión suprema con Cuchi Leguizamón y MPA (con Piedra, Peteco Carabajal, Verónica Condomí y el Mono Izaurrualde). Y en los ’90 –lapsus político mediante– a través de una conversión, tal vez tardía, a la docencia que, mixturada con el grupo La Manija y varias composiciones para obras de teatro y películas, lo fueron transformando en una especie de guía y gurú para las nuevas generaciones que acercaron a la música de raíz. Justo él, entonces, que ha hecho de la rebeldía y el riesgo los principios motores de su obra.

Y así sigue, claro, porque hoy, a los 73 años, este santiagueño trasplantado a San Telmo no esquiva el rumbo. Como una resignificación a nuevo de las zapadas que hicieron roncha en los primeros ’80, el guitarrista, cantante y percusionista juntó a varios de sus amigos y reanimó el viejo espíritu para transformarlo: alguno que estuvo en aquella gesta (el Mono Izarrualde) y otros que se fueron sumando: Néstor Gómez (guitarra), Omar Gómez (bajo), Ricardo Culotta (trompeta), Jerónimo Izarrualde (batería), Cacho Ferreyra (saxo), Fabián Cartier (piano), Bernabé Romero (violín) y Daniel Gómez (bandoneón). “El arte no es copiar otras cosas, y en la Argentina se tiene ese concepto. Yo les pregunto a los arquitectos cuál es la arquitectura argentina y ninguno sabe responderme; y como eso, un montón de cosas... ¿Cuál es la literatura argentina? Es una necesidad que tiene este país para realizarse como un cuerpo vivo”, dice él. Es la manera de orientar sobre las razones de la reaparición del Chango y Sus Amigos, esta vez con la intención de tocar en vivo (martes en Jazz & Pop, Paraná 340), grabar un disco, y pretender que su proyecto de una Orquesta Popular de Cámara, de Música Clásica Argentina, interese a la política cultural, al “cuerpo vivo”. “La idea es transformar esto en una orquesta escuela y organizar una gran convención para discutir en términos concretos la creación de una escuela de música argentina y latinoamericana porque, sí, existe el Conservatorio Nacional de Música, pero ahí aprendés a tocar música clásica”, se manda el Chango.

–Y la Orquesta Popular de Cámara se trata de zambas, cuecas, chacareras, tangos, chamamé...

–Música de acá, claro. Queremos discutir en grande cómo se escribe esta música y cómo se toca. Apuntamos a una orquesta con músicos de toda laya, sin diferencias de géneros y estilos. Hace cincuenta años que vengo laburando con esto y recién ahora veo la oportunidad de concretarlo, por lo que nos está sucediendo como país y como región. Por primera vez diviso que la vieja idea que nació con los Huanca Huá puede llegar a prosperar.

–¿Se puede hablar, entonces, de los Huanca Huá como un proyecto inconcluso?

–De alguna manera sí, porque con los Huanca teníamos discusiones tremendas con los directores de coro acerca de por qué no cantábamos música popular. Como la respuesta era siempre que se trataba de una música menor, caprichosamente me puse a trabajar para ver si era cierto... Y bueno, algo de eso hubo, porque hace poco me he sentado como jurado de un Pre Cosquín y una compañera, Susana Galimberti, directora de coro de una escuela de música, me dijo: “Para mí es un honor estar con usted, maestro, porque fui con mi coro a Grecia y ganamos un concurso con un arreglo suyo del ‘El pintado’”. Quiere decir que hoy, después de años de discusión, incorporar la música popular a un coro es harto común. Es un gran avance, por cierto.

–Que se concretaría plenamente con una voluntad política. ¿La hay?

–Bueno, en la organización del Estado en general tenemos a la cultura como el último rincón de las cosas. Hablamos de los procesos sociales, de los políticos, pero en verdad son todos culturales. El desarrollo de una sociedad, de un pueblo, de una nación, radica en procesos culturales. Entonces, cuando te ponés a analizar el resultado de lo que somos culturalmente, te das cuenta de que hay mucha necesidad de interpelarlos, porque la cultura es algo anónimo que viene del pueblo. Tenemos la posibilidad de llevarla a un lugar de mayor excelencia. ¿Cómo tratamos a nuestros chicos? ¿Qué hacemos con nuestros viejos? ¿Cómo es la relación entre nosotros en la sociedad? ¿Quiénes tienen razón, los inmigrantes o los que eran de acá? Esas preguntas, llevadas al terreno de lo artístico, tienen varias pruebas que se pueden decir ahora.

–La hay, entonces...

–Sí. Es cierto que todavía falta, pero la población en la calle es clave. Al poder nunca le gustó la gente en la calle, por eso se prohibieron el Carnaval y tantas fiestas populares. ¿Qué demostró el Bicentenario? Que éste es un pueblo tranquilo. No hubo quilombo de ninguna naturaleza.

–Ese acto fue como el cenit.

–El pico supremo, claro. Pero tenemos tanta dictadura en el medio con el fin de destruir siempre el pensamiento y el sentimiento nacional y popular que, bueno... Pensemos que el proyecto golpista cívico-militar viene del ’55, no del ’76, que fue su pico.

–A propósito, cuando usted habla de música o de cultura, siempre subyace una posición política explícita y reconocida: su adhesión al peronismo. ¿Cómo analiza, parado desde ese lugar, el proceso que se ha vivido durante el kirchnerismo?

–El kirchnerismo vino a hacer luz sobre la sombra. Cuando decían “viene un tal Kirchner de la mano de Duhalde”, pensaba que era más de lo mismo; pero cuando él dijo “no vengo a dejar mis convicciones en la puerta de la Casa Rosada”, bueno, cambié de opinión. El tipo vino a poner luz, y hoy podés decir cabalmente que el poder económico está en un lugar y el político en otro.

–Alejandro Dolina lo ha expresado con supina claridad en el discurso que dio el Día de la Democracia en el ND Ateneo...

–Todo aquel que piense en argentino lo va a decir claramente. Hoy se puede hablar de la justicia de una manera diferente.

El Chango ha pasado de la palabra a la acción política dos veces. Una fue como legislador de la Ciudad de Buenos Aires durante el período 2003-2007; la otra, más lejana en el tiempo y más compleja de explicar, como director nacional de Música durante los primeros dos años del gobierno de Carlos Menem. “No llegué a estar dos años: asumí en julio del ’89 y me fui en marzo del ’91, cuando dieron el indulto”, evoca. En esos convulsionados años tuvo a su cargo la Orquesta Sinfónica Nacional, el Coro Polifónico y el Instituto Carlos Vega, entre otros cuerpos estables. Y defiende dos méritos: la creación del Ballet Folklórico Nacional, bajo la dirección de El Chúcaro y Norma Viola, y la realización del primer Encuentro Nacional de la Música al que asistieron casi trescientos músicos de todo el país. “Fue un gran acto, vinieron músicos de todos lados a conocer sus derechos. La verdad es que me quedé para que la Dirección Nacional de Música no fuera disuelta, que no la desguazaran como venían haciendo con todo lo del Estado... Para defender la Sinfónica Nacional, que creó Perón, como un organismo que brinda grandes servicios al país.”

–¿Cómo y por qué aceptó el cargo? ¿Desconocía como dirigente, “desde adentro”, el plan neoliberal?

–Bueno, recuerdo que, cuando asumimos, Página/12 tituló “La izquierda desembarca en Cultura”. Julio Bárbaro, ¡Octavio Getino!, Martín García, ¡Coco Blaustein!, yo... Supuestamente era un gobierno peronista, ¿no? Y como peronista, uno a veces puede votar Perón-Drácula (risas), y después por ahí tiene que arrepentirse.

–¿Se arrepiente?

–No.

–¿Pero hizo una autocrítica?

–Eso sí. El tema es que nosotros asumimos con un proyecto que le llamábamos de vasos comunicantes. ¿Vio cuando se tira una piedra al agua y los círculos se van desparramando? Eso, del municipio a la provincia, a las regiones, y a la Nación –que comunicaba todas las regiones culturales–, después Latinoamérica y después el mundo. Pero cuando vino Bárbaro y nos anunció que iban a indultar a los militares, lloramos como locos. Nos sentimos traicionados y lo dije públicamente. No era quién para decírselo al presidente, pero los indultos y el desguace del Estado fueron demasiado. Fue un plan “civilizador” que me hizo acordar mucho a Jauretche cuando decía que en nuestro país civilizar era sinónimo de desnacionalizar. Esto viene desde el fondo de nuestra creación como pueblo y, llevado al terreno de la música y el arte, bueno, da Huanca Huá (risas).

–O MPA.

–El grupo que armé a la vuelta del exilio con la premisa de arreglar nuestra música, de no tocarla a la parrilla, y utilizar como eje la improvisación. Es algo propio de la música popular en todo el mundo, ¿no? Lo que pasa es que nosotros lo tomamos como si fuera jazz y no es así: los ragas hindúes, el flamenco, el jazz y todas las músicas del mundo tienen a la improvisación como eje, algo que por ahí nosotros ignoramos. MPA fue, de alguna manera, interpelar a aquellos que denominan esta música como folklórica, un término científico que pone a esta música en un lugar fuera de la ley de la evolución. Entonces me interrogo: ¿cómo crear tradición si para hacer esta música tengo que volver al pasado y quedarme quieto, cuando la idea es que cada generación vaya tomando elementos importantes de lo argentino para seguir llevándolos a otros lugares? En ese momento fue incorporar la batería, el bajo, la guitarra eléctrica en el repertorio de Peteco o de Piedra, que era un rebelde que no estaba de acuerdo con nada. Y eso era lo más importante, tanto como la música... ¡que era de acá!

–¿El tango es folklore?

–Por supuesto. ¿Qué otra cosa puede ser? Las polémicas en torno a eso son todas re pelotudas. Son tipos que se quieren quedar con algo que no es de ellos. El tango se cocinó en el horno de la Capital Federal, sí, pero de él participó toda la provincianía; lo negro o la cultura inicial, que tiene una matriz europea, pero a partir de los hijos de los inmigrantes, no de los inmigrantes en sí. Además, toda la música de acá está hecha con instrumentos que no son de acá, tanto el folklore como el tango: bandoneón, violín, guitarra española, mandolín...

–Hay discusiones sobre la caja, pero no por la sacha guitarra que inventó Elpidio Herrera en Santiago del Estero...

–Bueno, la sacha guitarra es una creación admirable, pero suena como sonaban los mandolines.

–¿Cuál es su mirada sobre la divergencia de opiniones que hay entre ortodoxos, masivos, innovadores, baladistas y taquilleros dentro del género?

–Yo qué sé... ¿Qué es la balada folklórica? Es un engendro. Al margen, vengo escarbando hace tiempo en todo esto de qué es música criolla. Esto nace del criollismo, de los hijos de los inmigrantes, y lo más importante que tiene es que es de acá, de la Argentina. Hay que hacerle referencia desde ese lugar y tenemos que interpelarla culturalmente porque, si no, todo es banal. Ahora, lo que usa la industria de la cultura es otra cosa: la industria de la cultura va atrás de la guita y los artistas que trabajan para esa industria son tipos que no tienen espíritu crítico. ¿Lo van a ver muchas personas? Y sí... Es como cuando vienen estudiantes a verme a una clínica, les pregunto sobre sus ideas y me hablan de las armonías. ¿Y? Un La menor te lo hacen la Mona Jiménez, Beethoven, Piazzolla, todos. Lo más importante es el ritmo, es lo que diferencia a las músicas. La armonía, bueno, sí, es una construcción matemática que puede estar mejor o no, pero el tema es qué pulso usás vos para tocar. Nosotros tenemos banalizados todos esos conceptos, y eso es lo que me parece terrible.

–El ritmo da una identidad, o una definición de identidad.

–Póngale. Yo digo que el que piensa que venimos de los barcos tiene una cosmovisión de lo argentino totalmente diferente a la de aquel que dice “vinimos de los barcos, también”, porque éste incluye un montón de cosas, sobre todo la verdad histórica. Para nosotros es más importante Borges que cualquier grande de Forja, ¡y Borges era un inglés! Decimos que aquello es el Primer Mundo y, si usted lo pone ahí, claro, su ambición está ahí.