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domingo, 19 de febrero de 2012

El violinista Joshua Bell tocó música de Bach en el metro de Washington.



El violinista Joshua Bell tocó música de Bach con su violín de 3 millones de euros en el metro de Washington, ante el desdén de los ciudadanos.
 
12 de abril de 2007

Juan Antonio González Fuentes

Hace unas cuantas semanas el periódico de la capital estadounidense The Washington Post llevó a cabo un curioso experimento cuya finalidad era calibrar, más o menos, el gusto artístico del ciudadano medio de la capital del imperio, y por extensión, el del americano “tipo medio”, que francamente no sé en qué consiste. Para llevar a buen término su experimento, convencieron a uno de los más grandes y prestigiosos violinistas del mundo en la actualidad, Joshua Bell, para que, vestido con vaqueros, una camiseta sencilla y llevando consigo, eso sí, su violín de 3 millones de euros, descendiese a primera hora de la mañana hasta uno de los andenes de una estación del metro, y tocase con su carísimo instrumento seis piezas de Bach. Los promotores de la idea querían averiguar si los usuarios del metro sabían distinguir el sonido de un concertista de violín de calidad excepcional del de un sencillo músico callejero, y hacer del resultado una piedra de toque de cómo está calibrada la sensibilidad artística del ciudadano común. El resultado fue que durante los poco más de cuarenta minutos que Joshua Bell tocó las piezas de Bach, sólo obtuvo unas cuantas monedas de limosna y sólo unos pocos usuarios del metro, que podían contarse casi con los dedos de las manos, se detuvieron algunos minutos a escuchar con atención al músico de excepción. El resto de los ciudadanos que a esa hora deambulaban sus prisas y preocupaciones por los pasillos del metro, pasaron al lado del violinista dirigiéndose a sus quehaceres cotidianos con la velocidad de siempre, sin prestar ni un segundo de especial atención a la música de Bach que salía de un violín de 3 millones de euros tocado por un instrumentista que llena en todo el mundo salas de concierto costando decenas de dólares las entradas más baratas. Al parecer sólo una mujer llegó no sólo a interesarse de veras por la calidad de la música que podía escuchar gratis en los túneles del metro, sino que incluso reconoció al intérprete y le dijo que ya le había escuchado en la Biblioteca del Congreso, y que recordaba aquel concierto como maravilloso.



Los resultados del experimento están ahí, pueden incluso contemplarse y escucharse, pues están grabados en video. Yo escuché en la radio viniendo en coche desde Madrid la música del violinista interpretada en el metro, y puedo asegurarles que cualquier aficionado distingue sin dificultad la calidad inusual de la ejecución. Pero una vez realizado el experimento y sabidos los resultados, lo interesante es conocer qué conclusiones se han sacado. Para unos esta es una demostración palpable más de la ignorancia del ciudadano común, alguien a quien se le puede dar gato por liebre con extrema facilidad, alguien que sólo presta ya atención a los asuntos convenientemente publicitados y avalados por criterios de autoridad que no cuestiona, sobre los que no ejerce la crítica. Otros opinan que de realizarse la prueba en cualquier metro europeo, los resultados serían distintos, achacando a la casi congénita estupidez del ciudadano norteamericano el lamentable resultado de la prueba. Otros, sin embargo, creen que el experimento es inútil e inservible, pues la inmensa mayoría de los ciudadanos que utilizan el metro de las grandes ciudades, van por los túneles sin prestar atención a lo que sucede a su alrededor, concentrados en sus pensamientos, sus horarios, sus obligaciones..., hartos de los músicos, mimos, vendedores, acróbatas, locos, oradores, etc..., que pueblan ese universo bajo tierra, o si no hartos, al menos completamente acostumbrados a ellos, tanto, que no se les presta ninguna atención, casi como autoprotección.
Yo sólo sé que creo distinguir perfectamente la ejecución de un gran músico del de uno normal, y más del de uno aficionado. Distingo también una buena voz de una mediocre, una sinfonía interpretada de manera rutinaria de una interpretada por una gran orquesta bien dirigida. Pero también sé que mañana mismo, si me hallase en un metro cualquiera de los que he conocido, París, Madrid, Barcelona, Londres, Moscú, San Petersburgo, Budapest, Lisboa, Roma, Praga..., no me detendría a escuchar ni a Caruso ni a la Callas resucitados, no le prestaría especial atención a Rostropovich tocando el violonchelo, no reconocería a Scarlett Johansson caminando a dos pasos de mí, y pensaría que el mismísimo Napoleón sentado en el asiento de al lado es un pobre diablo perturbado del que tan sólo espero no me dirija la palabra ni perturbe la lectura del libro que tengo entre manos, a cuyo autor miraría con cierto desdén inhumano si quisiera pararme para preguntarme algo, y al que casi escupiría un ¡lo siento, tengo prisa! Signo terrible y quizá miserable de estos tiempos, pero signo al fin y al cabo, nada más y nada menos.
Joshua Bell (Bloomington, Indiana, 9 de diciembre de 1967). Violinista estadounidense. Su primer contacto con el mundo de la música se remonta a cuando tenía cuatro años. “Mis padres me introdujeron en el sonido del violín”, dijo. “No fui yo quien lo eligió”. Realizó sus estudios de violín en la Universidad de Indiana bajo la dirección de Josef Gingold. A los catorce años, apareció como solista con la Orquesta de Filadelfia, dirigida por Riccardo Muti. Debutó en el Carnegie Hall en 1985 con la Orquesta Sinfónica de Saint Louis. Desde entonces ha tocado con las orquestas y los directores más importantes del mundo. Además de interpretar el repertorio normal de conciertos, Bell ha tocado obras nuevas -Nicholas Maw le dedicó su concierto de violín, el cual Bell estrenó en 1993. Interpretó la parte solista de la banda sonora escrita por John Corigliano para el filme "El Violín Rojo" película por la que recibió un Oscar a la mejor banda sonora. También toca música de cámara. Actualmente tiene un violín Stradivarius de 1713 llamado el Gibson ex Huberman (dado a que antes le perteneció al violinista Bronislaw Huberman), por el cual pagó un precio cercano a los 3.5 millones de dolares

martes, 26 de julio de 2011

LAURA CANOURA VIENE A CANTAR A BUENOS AIRES.























Fue parte de la generación que creció cantando contra la dictadura y 30 años después es casi la voz oficial femenina de la canción uruguaya. En el medio, cantó el mítico “A redoblar” con el grupo Rumbo, se hizo solista de la mano de Jaime Roos y cantando a Eduardo Darnauchans y Fernando Cabrera, hizo covers memorables de Joni Mitchell, cantó bolero, tango y Edith Piaf. Y ahora, después de diez años sin grabar temas propios, presenta Un amor del bueno, su nuevo disco.





Por Martín Pérez

“Hubo muchos fotógrafos en mi vida, así que sé lo que hay que hacer”, confiesa una cómplice Laura Canoura hacia el final de la improvisada sesión fotográfica, que la inmoviliza ante una ventana del cuarto, y a la que se entrega sin una sola queja. El sol de una generosa tarde de invierno porteña aún insiste en brillar, y la voz oficial del canto popular uruguayo promociona la edición local de su nuevo disco, Un amor del bueno, con un día de entrevistas en el primer piso de una casa de Almagro, al que se accede luego de una larga escalera. Un gato enorme duerme plácido en un sillón, un perro nervioso ladra encerrado en un cuarto, y Canoura en papel de anfitriona se queja porque los periodistas no le comen las masas y los sanguchitos que acompañan la maratón de preguntas y respuestas. “La primera vez que vine a Buenos Aires fue con el grupo Rumbo, en la primera mitad de los ’80. Y la última fue hace un año, para tocar en un boliche llamado Vinilo”, precisa. “Pero quisiera haber tenido más permanencia, para no tener que estar contando cada vez que vengo desde arriba del escenario toda mi historia musical.” Una historia que arrancó casi tres décadas atrás como parte del grupo Rumbo, luego supo hacerse solista de la mano de –nada menos– Jaime Roos y más tarde intentó una carrera internacional, que la terminó llevando decididamente hacia el rol de intérprete, de Edith Piaf, de tangos, de boleros. “Siento que tengo una manera de cantar que es súper normal, que tiene mucho que ver con cómo habla la gente común y corriente. No tengo esa impostación que veo mucho en ciertas cantantes, que las escuchás cantar y pensás: si hablasen así, qué ridículo sería. Me gusta que haya un sello, una marca Canoura en mi canto. Pero yo no trabajo eso”, asegura esta cantante pequeña pero de voz profunda, cuyo currículum incluye el haber cantado no sólo en la asunción de Tabaré Vázquez en su país, sino también en la de Michelle Bachelet en Chile, con lo que esa marca Canoura deviene prácticamente en algo nacional, que excede a su generación. “Eso de ser parte de un icono, o de ser referente es algo que me da mucho miedo. Porque lo que a mí me gusta es la búsqueda, y si sos referente significa que llegaste a algún lado. Y yo me siento en carrera todavía, no creo haber llegado a ningún punto definitivo”, se defiende Laura, la más chica de tres hermanas, que nunca tuvo que anunciar que se dedicaba a la música en su hogar del barrio montevideano de La Unión, porque creció rodeada de ella. Pero que mientras estudiaba quiso ser, confiesa casi al pasar, diseñadora industrial.

QUE SE CALLEN LOS LEONES

Cuando se le pregunta por el primer tesoro que llegó a su discoteca, Canoura señala Tapestry, de Carole King, el álbum que prácticamente por sí solo inventó el rol de la cantautora confesional femenina dentro de la generación rocker. “Aunque cuando lo escuché entonces no entendía nada de lo que estaba cantando, sabía que estaba diciendo cosas importantes”, confiesa. Después vendría Mujeres Argentinas, de Mercedes Sosa. Y también, recuerda, la influencia de unos vecinos que tenían familiares argentinos, a través de los cuales pudo acceder a cosas tan aparentemente disímiles como el primer disco de Almendra (“¡Esa tapa!”) y María Elena Walsh. Y lo que termina de completar su magma original es la llegada de Chico Buarque a ese sistema musical, de la mano –recuerda– de algún tío. “Ahí empezó mi amor por la música brasileña, y desde entonces Chico fue para mí una marca compositiva, un gusto particular por cómo se hacen las cosas”, cuenta la cantante que aprendió su oficio en público, la que –como todos los de su generación– apareció en escena durante el fin de la dictadura. Como parte del grupo Rumbo, Canoura pasó en apenas un año de tocar para cien personas –amigos y familiares, digamos– en el auditorio de la Alianza Francesa, a llenar el Palacio Peñarol, un estadio con capacidad para cinco mil personas. La culpa la tuvo “A redoblar”, ese himno contra la dictadura, que compusieron Mauricio Ubal y Rubén Olivera, y cuya importancia subrayó el admirable documental Hit (2008), que lo incluyó entre las cinco canciones uruguayas más importantes de la segunda mitad del siglo pasado. “No sé qué les sucedió a los demás integrantes del grupo, pero a mí me pegó. Yo me recuerdo asustada, olvidándome la melodía de un tema sobre el escenario, esa clase de cosas”, cuenta Canoura, que asegura que ellos igual eran bravos. “Salíamos ante un estadio lleno y abríamos con ‘Como un pájaro libre’, a capella, y que se callen los leones. ¡Y los leones se callaban!” Tres épocas son las de Rumbo, coincidentes con sus tres discos que atravesaron los ’80. “La primera es la del comienzo, la segunda es más grupal, con muchos arreglos vocales, y la tercera se vuelca más a mí como solista, y es la que no me gusta tanto. Yo prefiero la segunda”, explica Laura, que debe su carrera solista a que un día Jaime Roos le propuso hacer un disco. Pero mirá que no tengo repertorio ni nada, le aclaró. No te preocupes, soy tu productor, fue la respuesta. “Soy muy tímida, y por eso me he perdido varios trenes en mi vida. Pero por suerte ese tren no lo perdí”, asegura aún hoy con una sonrisa franca al recordar aquel momento.

DETRAS DEL MIEDO

Durante su larga carrera, dos fueron los momentos en que Laura Canoura asegura haber perdido la brújula. El último fue cuando, después de casi tres lustros de trabajo codo a codo, el guitarrista Jorge Nocetti le anunció que necesitaba aire. “No puedo decir que fue como perder mi mano derecha, pero sí mis cuerdas vocales”, cuenta Canoura, que confiesa que la novedad la dejó casi en el vacío. “Por suerte tenía un disco de tango recién editado, así que no fue tan complicado. Pero entonces tomé una decisión: nunca más todos los huevos en una canasta.” Dos décadas antes, cuando Jaime Roos decidió abrirse de su carrera, le sucedió lo mismo, pero peor. Se pelearon por el video que debía hacerse de su segundo disco solista, también con producción de Roos. “Jaime tendría que haberme dicho: se hace éste, porque lo digo yo, que soy el productor. Y ahí se hubiese terminado todo. Pero no, decidió abrirse. Y no me habló más”, cuenta Canoura, que asegura que con el tiempo se volvieron a encontrar, y hoy son grandes amigos. Pero entonces se quedó sin saber qué hacer, sin banda, sin nada. Sin embargo, aún hoy, pese al tiempo transcurrido, aquellas dos joyas discográficas que hicieron juntos –Esa tristeza (1985) y Puedes oírme (1991)– siguen sonando modernas, sensibles y con garra. Especialmente el debut, donde Canoura tuvo a su disposición temas cedidos por los mejores representantes de su generación: “Magnone, Cabrera, Ubal, Darnauchans y Galemire”, enumera. “Mirá que es difícil pedirle canciones a un colega, ¿eh? Yo cuando me piden doy la que me parece que no voy a poder cantar, por ejemplo. Pero entonces me dieron sus mejores temas. Eramos jóvenes, había cierto prestigio que yo cantase sus temas, y además estaba Jaime, algo que era clave.” Bautizado con el título de una canción de Eduardo Mateo y con un hit irresistible compuesto junto a Fernando Cabrera (“Detrás del miedo”), no falta nadie en Esa tristeza. Darnauchans incluso aparece con el extraño “Trama”, compuesto junto a Ubal, un tema con una sonoridad atípica tanto en la carrera del Darno como en la de Canoura. “Eso es porque Jaime decidió experimentar un poco con la producción. Los hombres siempre hacen lo mismo, experimentan en los discos de las mujeres, no en los propios.” Al recordar a Darnauchans, Laura confiesa que en la última época ya no lo podía ver. “Pero en los ’80 nos veíamos seguido”, recuerda. “Por entonces me acababa de separar y tenía una hija pequeña, y mis amigos se habían complotado para no dejarme sola. Así que se aparecían por casa Cabrera, el Darno o Esteban Kilisich, como si pasasen por ahí. Mucho tiempo después me confesaron que se turnaban para visitarme. Yo iba de veraneo a Atlántida, y mi hija Ana Clara nunca dejaba de comentar la clase de invitados que llegaban a su cumpleaños. ‘Un señor que habla raro y usa botas’: ése era entonces el Darno para ella.”

LA VIDA DE JONI

A diferencia de aquellos discos iniciáticos –y venerados– de su carrera, Un amor del bueno es un trabajo obviamente maduro, pero que no deja de sorprender. Son diez temas estilísticamente tan variados y tan sólidos que parecen una selección de varios compositores. Al repasar el librillo interno se ratifica la firma de Canoura en todos y cada uno de ellos. Hay una perfecta ranchera feminista, como “Una marca en la culata de tu rifle”, y también un hermoso valsecito canouriano –a falta de otra palabra– titulado “Una mujer en blanco y negro”, sin dudas lo mejor del disco. Album romántico, de separación y vuelta a empezar, es su primer trabajo con temas propios en una década, luego del fallido Mujeres como yo (2001), que sucedió al primero que grabó en Chile, con pretensiones continentales, Pasajeros permanentes (1998). “Pasajeros... es un disco que amo, pero Mujeres... fue un fracaso. Todo estuvo mal, salvo los temas, que aún sigo cantando. Nos dimos cuenta enseguida... ¡pero recién cuando estuvo en las disquerías!”. El tiempo transcurrido desde entonces se explica aún mejor cuando Canoura confiesa que intentó entrar a grabar con Pedro Aznar primero en la producción, y Adrián Iaies después. Pero todo quedó en nada, esas canciones se fueron archivando, y el modo “intérprete” siguió dominando su última década, hasta que hizo su aparición Andrés Bedó, al que conocía desde el primer disco de Rumbo. Empezaron a trabajar juntos, y él la empujó a ir sacando esos temas guardados, a dar forma a un disco en el que sólo se extraña alguna de las clásicas traducciones a las que Canoura tiene acostumbrado a su público desde que Jaime Roos se dio el gusto de versionar a la mejor Joni Mitchell para su voz. “La última vez que vi a Richard” sigue siendo uno de los puntos altos de su carrera, y Canoura lo sabe. O al menos lo acepta. “Conocí a Joni gracias a Jaime. ‘Tenés que escuchar esto, Laurita’, me dijo. Y fue algo que cambió mi vida. Aún hoy, yo quiero una carrera como la suya”, confiesa con la mirada encendida una cantante que cruzó mil veces la línea de llegada, pero sigue en carrera. Y buscando.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

VIDEO: RUBEN BASUALTO SOLO DE BATERIA.

jueves, 4 de noviembre de 2010

THE PIXIES EN BUENOS AIRES.


La banda de Boston, admirada por Kurt Cobain y el mismísimo David Bowie, acaba de pasar por Buenos Aires donde, sin necesidad de un disco nuevo, explotó con su arsenal de hits noventeros. Entretelones de una música irrepetible.




Por GUIDO CARELLI LYNCH Y ANA PRIETO

El poeta argentino Fabián Casas reflexionaba semanas atrás, durante, sobre "el excedente" que para él prevalece en el mundo del arte. Con esa categoría quería referirse a todas las expresiones y gestos que no son necesariamente artísticos, pero que potencian el caldo de cultivo que retroalimenta el mundo del arte. Que lo sobrevuela como un satélite a un planeta. Un mercado amplio, decía Casas, favorece más y más excedentes. Luego arrojó la sentencia que aquí nos compete: "Yo no sé si la cultura argentina podría haber generado a una banda como Pixies". La referencia no es casual, aunque podría. Casas apenas tenía 23 años cuando los Pixies irrumpieron para generar ¿la última? revolución del rock norteamericano. Entonces era joven (joven en serio, no como ahora que es "un escritor joven"). Tenía 25 cuando los Pixies lanzaron su disco cumbre Doolitle y 27 cuando se separaron. La referencia no es casual, porque cuando Casas mencionó a Pixies, sólo faltaban días para que el mundo se equilibrara y esos jóvenes argentinos de los primeros 90 pudieran ver a la banda que la fatalidad les prohibió, que el dólar barato no alcanzó a traer y que esta convertibilidad modelo 4 a 1 sí hizo posible.

Ocho mil personas -jóvenes de ayer y otros tantos de hoy- en el Luna Park el 6 de octubre estallan con Doolitle Live Tour. "Bone machine", el primer tema que suena a través de los gritos del vocalista Black Francis, el riff furioso de la guitarra de Joey Santiago, el bajo dulce y los coros de Kim Deal y la batería de David Lovering. Pero no son sólo las letras neuróticas, románticas, catárticas y otras veces sin sentido que canta Francis lo que hace de Pixies una banda irrepetible en la Argentina o en cualquier otra parte del mundo. No es tampoco, a pesar de lo bello de la imagen, la austeridad que presentaron en Buenos Aires, en Chile y siempre. Apenas unas luces y cero demagogia; sólo la voz, la música y la furia de Francis y su enorme panza, que no corre por el escenario como Jagger, que no dice en vano que somos el mejor público del mundo.














Quizás lo mejor de Pixies resida otra vez en la apreciación de Casas, que al fin y al cabo, por eso es poeta. Pixies acaso sea el excedente de ese inmenso mercado norteamericano, de una tradición tan vasta como inabarcable. Pixies ha generado, a su vez, sus propios excedentes, que lograron trascendencia mítica, pero que no hubieran sido posibles sin ellos cuatro. Vale el ejemplo citado hasta el cansancio de Nirvana y Kurt Cobain, a quien en 1994 le preguntaron cuál había sido su inspiración para componer el hitazo "Smells like teen spirit". "Yo estaba intentando escribir la canción pop definitiva. Estaba tratando de robarles a los Pixies: tengo que admitirlo". Eso mismo enfureció a David Bowie: "La primera vez que escuché Nevermind, de Nirvana, me enojé muchísimo. La dinámica de las canciones era un robo total a los Pixies", sentenció. Thom Yorke, de Radiohead, también dijo lo suyo: "Los Pixies cambiaron mi vida". Pavada de elogio de parte del vocalista de una de las bandas de rock más reconocidas de los últimos 20 años.

Pixies se formó en Boston en 1986. Charles Thompson, verdadero nombre de Black Francis (adoptó el seudónimo mucho antes de tocar en vivo por primera vez, porque le parecía "un pomposo y gracioso nombre escénico, como Iggy Pop o Billy Idol"), convenció a su viejo compañero de Economía de la universidad, Joey Santiago, a dejar, como él, los estudios y armar una banda. Pusieron un aviso buscando bajista y la única que apareció fue Kim Deal, sin bajo. Al baterista David Lovering lo sugirió ella. Ensayaban en el garaje del padre de David y pronto se hicieron famosos en la escena under de la costa este de Estados Unidos. En uno de esos recitales, los vio el productor Gary Smith de Fort Apache Records, que les dijo que no iba a dormir tranquilo mientras no fuesen mundialmente famosos. Con él grabaron un demo de dieciocho canciones (y hay que decir "canciones"; la impronta melódica de Pixies los despega de su impronta punk), de las cuales ocho se transformaron en el primer EP de la banda, Come on pilgrim, de 1987. Después fue un álbum por año hasta completar cinco. Y fue girar por Estados Unidos y Europa, consiguiendo primeros puestos en los charts de Gran Bretaña, pero nunca en los de su propio país. En 1992 fueron teloneros de U2 para el Zoo TV tour por Estados Unidos, y poco después Black Francis anunció, en una entrevista a la BBC, que la banda se separaba, algo que no había tenido la delicadeza de comunicar a los otros miembros. Deal llevaba por entonces el proyecto paralelo de The Breeders, con su hermana gemela. Y Francis tenía sus propios planes como solista. Al parecer las peleas entre ambos fueron uno de los causales de la separación. Deal, se dice, quería más incidencia en las composiciones de la banda ¿de ella es, por ejemplo, el tema "Gigantic", que tocaron como bis en este último tour y que la reacción extática del público confirma como uno de los hitazos de Pixies y Francis no quería saber nada con compartir el liderazgo. Y la cosa venía de años: en Stuttgart, durante la gira de Doolittle, su tercer álbum, Francis le arrojó una guitarra a Deal en pleno escenario. "Me deprimí cuando me enteré de la separación", dijo Bowie, quien no fue el único en deprimirse. "Qué desperdicio; hubieran sido enormes".

Quiso el destino, los negocios discográficos o su disfuncionalidad interna que la enormidad de Pixies no se midiera nunca en facturaciones o giras internacionales. Pero cuando volvieron a juntarse en 2004, sin disco nuevo, las entradas se agotaron en Estados Unidos, Europa, Brasil y Japón a una velocidad que la banda no terminaba de creer. Parte de esa gira puede verse en el documental LOUDQUIETLOUD, en el que Joey Santiago parece un poco culpable por salir a la ruta y dejar a su familia, Lovering se empastilla y no deja de jugar con los palos de su batería, Deal, rescatada del hogar materno en Ohio, se atiborra de cerveza sin alcohol y Francis está más obeso que nunca. A él no le gustó el filme: "manipularon todo", dijo. "Supongo que esperaban que fuésemos como The Monkees, siempre portándonos mal, pero somos aburridos."

Aburrido será para ellos, pero abajo del escenario -otra vez, en Buenos Aires, en Santiago o en cualquier parte- los fans deliran, saltan, rebotan extasiados. Nadie se queja de que no toquen temas nuevos. Al contrario, todos festejan que las notas entre el vivo y el estudio no varíen. Sólo Francis hace trampa de tanto en tanto y entra con su voz un segundo más tarde o un instante antes. Ahí canta "Debaser", su pequeño homenaje a Un perro andaluz, por eso grita: "I am a chien andaluz"; ahí suena el verano en "Here comes your man", ahora Kim canta "Gigantic", un tema gigante de amor. Ahora en Chile tocan 33 canciones (una por cada minero rescatado), ahora empiezan a cerrar el recital con "Where is my mind", famosa por clausurar la película El club de la pelea. No varían nada, mejor así. Al fin de cuentas, nadie va a ver un concierto de música clásica esperando escuchar variaciones.


VIDEO

lunes, 1 de noviembre de 2010

GREGORY ISAACS: SU MUERTE.










Murió el cantante de reggae Gregory Isaacs










El músico jamaiquino tenía 59 años y padecía un cáncer de pulmón. Con su estilo suave y canciones románticas, había actuado por última vez en el país a fines de 2009.

El cantante de reggae Gregory Isaacs murió hoy a los 59 años, tras padecer un cáncer de pulmón. Había visitado la Argentina por última vez en noviembre del año pasado.Por su estilo suave y sus canciones románticas fue conocido como "Cool Ruler''. Vivía en Londres y, a pesar de que le habían diagnosticado la enfermedad hace un año, siguió actuando hasta hace pocas semanas.Su esposa Linda dijo que Isaacs fue "querido por todos, sus seguidores y su familia, y trabajó realmente duro para asegurarse de ofrecerles la música que les encantaba y disfrutaban''.Nacido en un barrio pobre de Kingston, Jamaica, en 1951, Isaacs comenzó a grabar en su adolescencia. Fue un importante exponente del estilo de reggae conocido como "Lovers Rock'', y alcanzó la popularidad a mediados de los 70 con baladas como "Love is Overdue'' y "All I Have Is Love''.Más tarde esa década se unió al dúo de productores jamaiquinos Sly Dunbar y Robbie Shakespeare, con los que grabó éxitos que incluyeron ''Soon Forward'' y ''What A Feeling''.
''La voz de Gregory y su capacidad para escribir eran increíbles. Era uno de esos cantantes conmovedores que uno puede sentarse a escuchar por horas'', expresó hoy Dunbar.

Internacionalmente Isaacs fue mejor conocido por la canción homónima de su álbum de 1982 ''Night Nurse'', favorita de clubes de la cual luego Simply Red realizó luego una exitosa versión.

BIOGRAFIA


Gregory Anthony Isaacs, más conocido como Gregory Isaacs, (Fletchers Land, Kingston, Jamaica, 15 de julio de 1951 – Londres, 25 de octubre de 2010) fue un cantante y escritor de reggae jamaicano. Milo Miles, describe a Isaacs en el periódico The New York Times, como «el artista más exquisito del reggae».


En su juventud, Isaacs se convirtió en el veterano en las competencias de talentos que regularmente tenían lugar en Jamaica. En 1968, hizo su debut discográfico a dúo con Winston Sinclair, Another Heartache, grabado por el productor Byron Lee. El sencillo fue poco vendido y luego mas tarde Isaacs pasó a formar una agrupación con otros dos artistas (Penroe and Bramwell), durante el corto tiempo el trío The Concords, grabaron para Rupie Edwards y Prince Buster. el trío se separó en 1970 y Isaacs inició su carrera como solista, inicialmente él mismo producía y grababa sus canciones, también hacia muchas grabaciones para Edwards. En 1973 se asoció con otro joven cantante, Errol Dunkley para empezar la Compañía discográfica y tienda African Museum, y pronto tuvo su gran éxito con el tema «My Only Lover», tema por el cual fue acreditado como la primera grabación en el género Lovers rock. Grabó para otros productores musicales para también financiar la compañía discográfica African Museum, teniendo una serie de éxitos que van desde las baladas al Roots reggae, incluyendo el tema «All I Have Is Love», «Lonely Soldier», «Black a Kill Black», «Extra Classic», y su versión musical de Dobby Dobson «Loving Pauper». En 1974 empezó a trabajar con el productor Alvin Ranglin, y en ese año tuvo su primer sencillo numero uno de Jamaica con «Love Is Overdue».















Isaacs grabó para muchos productores importantes de Jamaica durante los años 1970, incluyendo a Winston "Niney" Holness, Gussie Clarke («My Time»), Lloyd Campbell («Slavemaster»), Glen Brown, Harry Mudie, Roy Cousins, Sidney Crooks, y Lee Perry («Mr. Cop»). Para más tarde en los años 1970, Isaacs fue uno de los más grandes intérpretes de reggae en el mundo, regularmente estaba de gira en los Estados Unidos y en el Reino Unido, cuestionados por Dennis Brown y Bob Marley. Entre 1977 y 1978, Isaacs una vez más se asocia con Alvin Ranglin, grabando una series de éxitos como: «Border» y «Number One» para la productora Ranglin's GG.
















El Estrellato internacional parecía estar asegurado para Isaacs en 1978, luego que firmó con la compañía discográfica británica Virgin Records rama de la empresa Front Line Records, y apareció en la película Rockers, en la que interpretó a "Slavemaster". Los álbumes Cool Ruler y Soon Forward, no se vendieron tan bien como se esperaba, a pesar de que ahora se consideran uno de sus mejores trabajos. En 1981, hizo su primera aparición en el festival de Reggae Sunsplash (celebrado anualmente hasta el año 1991), y luego se trasladó a la discográfica Charisma Records, quien lanzo álbumes como The Lonely Lover y More Gregory junto con una serie de sencillos exitosos incluyendo temas como: «Tune In», «Permanent Lover», «Wailing Rudy», y «Tribute to Waddy». Firmó con la discográfica Island Records y lanzó su producción que finalmente le permitió abrirse un público más amplio, «Night Nurse», canción de su primer disco (Night Nurse (1982)). Aunque Night Nurse no llegó a la lista de éxitos en el Reino Unido o Estados Unidos, fue muy popular en los clubes y en la radio, y el álbum alcanzó el número 32 en el Reino Unido. Este éxito de Isaacs coincidió con problemas de drogas, para luego cumplir una condena de seis meses de prisión en Kingston en 1982 por posesión de armas de fuego sin licencia.Isaacs, afirmó que tenía las armas sólo para su protección personal, pero se supo que se trataba de su detención número veintisiete y que Isaacs se había involucrado luego en el tráfico de drogas y se había convertido en un adicto al Crack. Celebró su lanzamiento desde la cárcel con su segundo álbum para la empresa Island, Out Deh! en (1983).




















Cuando su contrato con Island terminó, Isaacs regresó en el año 1984 con su sencillo «Kool Ruler Come Again», y empezó un periodo de proliferas producciones, trabajando con productores incluyendo Prince Jammy, Red Man, Bobby Digital, Tad Dawkins, y Steely & Clevie, manteniendo un nivel constante a pesar del volumen de trabajo realizado. Isaacs tuvo entonces una fuerte relación con Gussie Clarke del sello Music Works. Ellos empezaron con Isaacs en 1985 con el álbum Private Beach Party, y tuvo masivos éxitos con el tema «Rumours» en 1988, el cual fue seguido por sencillos más populares incluyendo «Mind Yu Dis», «Rough Neck», «Too Good To Be True», y «Report to Me». Su asociación con Clarke continuó en la década de 1990, haciendo agrupaciones con cantantes como: Freddie McGregor, Ninjaman, y JC Lodge. Hizo duetos con Beres Hammond y por el año 1993 Philip "Fatis" Burrell produjeron «One Good Turn». Burrell también estaba produciendo con Isaacs en 1994 el álbum Midnight Confidential.

En la década de 1990, el sello discográfico African Museum continuó para lanzar musicalmente todos los temas de Isaacs, y todos los artistas que él mencionó. En 1990 el artista Panameño Nando Boom de reggae en español sacó la única versión latina y en español del tema «Night Nurse» titulada «Enfermo de amor» traduciendo algunas estrofas y partes de la canción original de Isaacs. En 1997 la banda británica Simply Red hizo su versión musical de «Night Nurse» y tuvieron éxito con el tema. Isaacs continuó grabando y haciendo conciertos en vivo en los años 2000. En el 2005 la cantante Lady Saw produjo otra versión del tema «Night Nurse» usando la técnica del toasting sobre las originales letras musicales.
















También actuó en la inauguración de la Copa mundial de críquet de 2007 en Jamaica.

En el año 2007 colaboró con el grupo de rap en español Flowklorikos en el álbum Donde duele inspira.

En el 2008, después de cuarenta años como artista de producciones, Isaacs lanzó un nuevo álbum de estudio llamado Brand New Me. El álbum recibió comentarios positivos de los críticos, como este comentario de Reggae Vibes:
«Gregory está de vuelta. Brand New Me es un título de álbum muy adecuado para el nuevo álbum Cool Ruler. Él está de vuelta en un estilo diferente, más o menos como estábamos acostumbrados a hacer !lovers & roots!»


VIDEO


lunes, 6 de septiembre de 2010

LUCCIANO PIZZICHINI: NIÑO PRODIGIO.



Lucciano Pizzichini, un niño de 8 años que es un genio con la guitarra.



Toca rock, blues y jazz, giró por Estados Unidos y Japón y deslumbró a capos como Santana y Scofield. Y Como buen nene, ama los dibujitos.






VÍDEO: Pizzichini y Carlos Santana

Tiene ocho añitos, pero ya toca la guitarra como muchos músicos adultos jamás lo harán. Hizo giras por Estados Unidos, actuó en Japón, deslumbró a estrellas como Carlos Santana, John Scofield y Juanes y, como no podía ser de otra manera, se convirtió en un fenómeno de visitas en la web (más de 200 mil usuarios vieron su My Space). Se llama Lucciano Pizzichini, y además de todo eso, mantiene intacto el niño que en realidad es, con un carisma y un “ángel” que sólo se consigue si viene de fábrica.

Lucciano (así con dos cc) nació en Buenos Aires, el 14 de marzo de 2000, pero su contacto con la música se remonta varios meses antes, cuando su papá Adrián le ponía música a través de la panza de su mamá. “Sobre todo le ponía Pat Metheny, un disco acústico bien tranquilo, y era un momento de relax que teníamos con la mamá”, explica Adrián. Antes de que cumpliera un año, la familia se mudó a vivir a Miami (el año pasado regresaron a Argentina).

“La primera vez que toqué una guitarra fue a los dos años y medio. Me acuerdo que mi papá me hacía estudiar con la guitarra con una cinta con seis números, y tenía que ir tocando melodías con una cuerda”, dice Lucciano en referencia al método que desarrolló especialmente su padre para que Lucchy aprenda. Claro, Adrián es músico y profesor de guitarra, específicamente.

Lucciano, obviamente, habla como un niño de 8 años que tiene que atender el teléfono para conversar con un señor que no conoce. Sin embargo, su cándida timidez al momento de responder consultas genéricas sobre sus gustos personales, contrasta con su madurez cuando habla sobre música. Y lo mismo pasa cuando se ve un video suyo: su idioma “natural” es el de la viola. Cuando improvisa con el instrumento, habla. De hecho, su padre cuenta que aprendió a leer música mucho tiempo antes que a leer palabras.

A los tres años leía piezas clásicas con el método Carcassi; a los seis años completó el primer libro de la prestigiosa y exigente escuela de música de Berklee (actualmente va por el tercer tomo) ; y ya maneja de modo natural e instintivo las teorías de armonización y las distintas escalas. “Sus libros, a mí me cuestan horrores”, confiesa su papá.

La primera canción. “La primera que aprendí fue La pantera rosa. Y después pasó un tiempo, empezamos a tocar en vivo y también aprendimos a tocar algunos covers, hasta que salió una canción original mía”, comenta relajado con la misma vocecita con la cual canta temas de Creedence o los Beatles.

“Empecé tocando con una guitarra clásica hasta que pasaron los años y ahora tengo bastantes”. A muchas les puso un calcomanía de Bob Esponja.

–Te vi tocar con una eléctrica y también con una electroacústica. ¿Con cuál te gusta más?
–Con la eléctrica, porque tiene más sonido, mucho swing.

–¿Y cuál es el estilo que más te gusta tocar?
–Me gusta mucho tocar blues, es lo más divertido.

–¿Y tus ídolos en la guitarra?
–Me gusta mucho John Scofield, los Beatles y me encantan los cuatro como solistas, Creedence, Stevie Ray Vaughan, Pat Metheny, también estoy escuchando un poco de Steve Vai. En español, lo que más me gusta es Spinetta.

–A algunos de esos los pudiste conocer personalmente...
–A Scofield lo conocí. Tocamos un blues... el ni lo sabía y igual lo tocó re bien, metía muchos acordes que sonaron recontra bien.

–También lo dejaste helado a Carlos Santana cuanto tocaste para él.
–Ah, sí... me dio una bendición, me dijo que Dios está a través de mis manos.

Disco propio. El desafío de Lucchy hoy es terminar su primer disco. “Lo estoy haciendo con temas míos en estudios de amigos y en mi casa. Tengo un tema llamado The Lady”.

–¿Y cómo se te ocurren las canciones?
–A veces cuando juego con los juguetes o ¡por la vida! je.

Adrián explicar que su hijo siempre está tarareando melodías que inventa, y que él lo graba mientras juega y después se las hace escuchar para ponerle música con su guitarra. “Todo de modo natural, de la forma en que él se toma todo esto”, dice Adrián, y afirma que Lucciano toca una o dos horas por día, “cuando tiene ganas, aunque no pasa un día sin que agarre la guitarra”.

Ahora, incluso, tiene muchas violas para elegir: la reconocida marca de instrumentos Gibson (junto con Fender, la marca de guitarras más famosa del mundo) lo esponsorea y está desarrollando un modelo especial para él.

Antes de cortar, Lucchy cuenta que le gusta jugar a la pelota, al tenis, que es buen nadador –“es verdad, je”, asiente– y que sus compañeros de colegio “sienten algo lindo” por la forma en que toca la guitarra. A veces también juega a la Play Station: “Tengo el Guitar Hero, terminé el nivel ‘easy’ (fácil) pero después no paso más porque es muy difícil. No es como tocar la guitarra en verdad”.

–Seguro que ya sabés qué querés ser cuando seas grande...


–Sí, cuándo sea grande quiero ser un gigante súper guitar hero.

LUCCIANO PIZZICHINI

Por: Sandra Palacios

En el cuerpo de su preciada guitarra Gibson, Lucciano Pizzichini tiene adherido un gracioso sticker de Bob Esponja, su caricatura favorita; además de dormir la siesta todos los días al mediodía, jugar fútbol con sus amigos y hacer las cosas normales de un pequeño, Lucci, con tan solo 8 años, ya interpreta con propiedad temas de leyendas del rock como Jimi Hendrix, Carlos Santana o George Benson, y estudia muy aplicadamente el método de música de Berklee.

Este pequeño gran talento argentino llegó a Miami con sólo 11 meses de nacido; su padre Adrián, guitarrista, y su mamá, Sandra, soñaban, desde que Lucci estaba en el vientre, con verlo tocar la guitarra, pero tal vez nunca imaginaron el virtuosismo y el talento con el que su hijo los iba a sorprender, a ellos y a todo el mundo.

Para muchos en Miami, Lucciano es ese niñito que sale con su guitarra y su amplificador a animar las calles de Lincoln Rd. y Ocean Dr.; para otros, es el niño prodigio de la guitarra que ha conmocionado la internet con sus páginas en My Space y Facebook, con miles de fans que desde ya le siguen los pasos.

Lo cierto es que Lucciano, quien ya ha aparecido en decenas de programas de televisión, como cuando tocó para Carlos Santana, o cuando interpretó con Juanes uno de sus éxitos en vivo para una cadena internacional, asegura que no hay otra cosa en el mundo que quiera ser cuando grande, sino un guitarrista profesional.

''Empecé a tocar a los 2 años y medio'', dice el pequeño. ``Mi papá me regaló la primera guitarra y me comenzó a enseñar a interpretarla con una sola cuerda; luego dos y así sucesivamente; ya sé leer música y practico todos los días. Cuando crezca no me imagino haciendo otra cosa que no sea tocar la guitarra; me encanta interpretar canciones de los Beatles o los Rolling Stones''.

''De tocar para Santana lo que más me emocionó fue cuando al final se acercó en privado, puso su mano sobre mi hombro y me dio su bendición'', agrega Lucciano.

Su padre, un profesor de música consagrado, se ha dedicado a tiempo completo a cultivar el gran talento de Lucci.

''Lo más importante es enseñarle con mucho amor y buena onda'', explica. ``Para nosotros la música es un juego y lo disfrutamos mucho. Así mismo, el día que está cansado y no quiere tocar nosotros se lo respetamos; él maneja su espacio y su tiempo, pero eso sí, le gusta mucho estudiar''.

De los tres libros que se requiere para cursar el método de aprendizaje de Berklee, Lucciano ya va por el segundo leído, y de esa manera ya interpreta partituras que muchos adultos todavía no logran leer.

Actualmente, Pizzichini es el talento más joven patrocinado alguna vez por las legendarias guitarras Gibson, los que desde ya aguardan pendientes cada uno de los pasos del pequeño, quien este verano emprendió su primera gira por América.

''Vamos a irnos de tour en nuestro Luccimóvil, por todo Estados Unidos'', dice Lucciano con la propiedad de un profesional de la música, pero con la ternura propia de un niño.

''¡Pero primero voy a ir a conocer a Mickey Mouse en Disney!'', agrega emocionado el argentino. La gira que tomará todo el verano, llevará a Lucci por ciudades como Los Angeles, en donde planea grabar algunos temas con el cantante Beto Cuevas, además de Nueva York, en donde se presentará en vivo en diferentes lugares, y también Washington, en donde tiene programadas una serie de presentaciones en la embajada argentina.





link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=LdxSKjYhN-s&feature=related





link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=J4aebIYukWE&feature=fvw






miércoles, 1 de septiembre de 2010

MURIO GEORGE DAVID WEISS COMPOSITOR DE WHAT A WONDERFUL WORLD.


El estadounidense, de 89 años, también fue el autor de canciones tan populares como "Can´t Help Falling in Love" o "Tha Lion Sleeps Tonight".




INMORTAL. Un video de "What a Wonderful World" por Louis Amstrong.



El estadounidense George David Weiss, quien compuso algunas de las canciones más famosas del siglo XX, como What a Wonderful World, inmortalizada por Louis Armstrong, o Can't Help Falling in Love, que cantó Elvis Presley, murió a los 89 años, según dijo su esposa al diario The New York Times de hoy.

Weiss murió en su casa en Oldwick, en el estado norteamericano de Nueva Jersey. Nacido en Nueva York en 1921, también compuso la música de varios musicales de Broadway. El más famoso de ellos fue Mr. Wonderful, en el que actuó Sammy Davis Jr.

Una de sus primeras canciones, Oh! What It Seemed to Be, de 1948, fue grabada por Frank Sinatra, que quedó fascinada con ella la primera vez que la escuchó. Weiss también compuso The Lion Sleeps Tonight para la banda Tokens, una versión de una canción popular sudafricana.

Como presidente de la Asociación de Compositores, Weiss luchó durante años por la defensa de los derechos de autor. En 1984 su nombre fue incorporado al Songwriters Hall of Fame (Salón de la Fama de los Compositores).


Fuente: DPA.

jueves, 27 de mayo de 2010

SARGENTO GARCIA: Al ritmo del salsamuffin



Bruno García, el músico franco español llega por primera vez hoy a Buenos Aires, enamorado de los ritmos latinos. Su ritmo rebelde fusiona rock, salsa, reggae y cumbias en busca de la fiesta perfecta, a la que quiere sin diferencia entre público y artista.










Por: Pedro Irigoyen

"Yo soy Salsamuffin", último corte de Sargento García.

Los primeros pasos de Bruno García en la música fueron agitando los sótanos de París como guitarrista del grupo punk Ludwig Von 88. En su adolescencia, había vivido en Barcelona, donde se nutrió de mucha música urbana, reggae y hip hop dando vida a su alter ego, el Sargento García, que no era ni más ni menos que él en formato Soundsystem haciendo raggamuffin en español -cantando sobre pistas grabadas- como parte de un colectivo de Djs. Sólo faltaba el toque latino de cumbias, salsa y merengue que sumaría un tiempo después para dar forma definitiva al proyecto musical. Hoy, el músico francés, llega por primera vez a la Argentina de la mano de su Salsamuffin Tour.

¿Cómo surge tu interés por la música latina?

Mis padres escuchaban mucha música latinoamericana. Se intensificó en Barcelona, y luego cuando volví y empecé a frecuentar fiestas latinas en París. Entonces descubrí bandas como los Van Van, y empecé a vivir el ambiente que se respiraba con esa música. Apenas puse un dedo ahí, me tomó todo el brazo. Cada vez que abría una puerta, había diez más. Fue un mundo para mí.

¿Algún músico argentino en especial que te guste en esta sintonía?

Muchos, me vienen a la mente Los Fabulosos Cadillacs, Alika y Nueva Alianza, Bersuit... En ese estilo.

¿Cómo describirías la evolución de la banda a través de los discos que fueron editando?

Cada disco tiene su identidad y gira alrededor de la música de un país. Salvo Un poquito quemao, que es el lugar donde volqué todo lo que ya traía acumulado. Sin fronteras se concentró en la fusión de la música de Cuba y de Jamaica, salsa y reggae; para La seña escondida decidí ir a grabar directo al Caribe, fue interesante ver cómo los músicos latinos interpretaron mi música de fusión. Para este último trabajo, Máscaras, nos enfocamos en una música urbana, continental, cumbia enfocada en Colombia.

Hace meses que estás instalado en Bogotá, ¿te gusta Latinoamérica como lugar para vivir?

Uf, mucho. Si no fuera por mis niños, me quedaría aquí. Me gusta mucho la energía que tiene este continente. A veces siento que en Europa tenemos mucha historia, pero que la llama está un poco apagada. La gente está como dormida. Aquí siento esa energía del que quiere cambiar las cosas, de avanzar, montar proyectos, hacer cosas nuevas...

Será tu primera vez en Argentina, ¿qué tipo de show nos espera?

Tengo dos formatos, uno con una banda de diez músicos, y este que llevamos a la Argentina que es como nuestro equipo todo terreno tipo comando. Vamos con la pequeña fórmula para abrir puertas, y hacer un viaje por todas nuestras canciones, con percusión y con un Dj. La idea es hacer una fiesta sin que haya diferencia entre tarima y público.

viernes, 14 de mayo de 2010

Willy Chirino: una salsa anticastrista


Cubano exiliado en los Estados Unidos, fanático de Los Beatles y enemigo del régimen castrista. Llega por primera vez a cantar en vivo a la Argentina y habla de música y política.


Por: Pedro Irigoyen

"Pa'Lante", corte de difusión de su último trabajo del mismo nombre.

Lo que iba a ser una charla sobre música, salsa y merengue, finalmente devino en un contrapunto sobre las bondades y defectos de la Revolución Cubana y sus matices. Willy Chirino es anticastrista, está exiliado en Miami desde niño y allí aprendió a cocinar su salsa. Estuvo varias veces promocionando sus discos en nuestro país, pero por primera vez llegará para cantarlos en vivo, y dice, estar ansioso, entusiasmado y con un gran espectáculo con canciones de Pa' Lante, su último disco, y de todas sus épocas.

Telefónicamente desde sus oficinas en La Florida, así se presenta el artista: "Yo soy un hombre que viene del campo de Cuba, nací en Consolación del Sur, un pueblo muy pequeño en el extremo occidental de la Isla. Mi familia no tiene nada que ver con la música. Mis padres y mis tíos son todos graduados en la Universidad de La Habana. Pero yo desde niño sabía que iba a ser cantante. El click fue a los ocho años en un show de Benny Moré. Quiero hacer sonreir y disfrutar a la gente, pensé en ese momento. Y así fue."

Aquí bailamos tango, no tenemos ese ritmo latino en el ADN, ¿Se puede disfrutar de la salsa sin ser un gran bailarín?

El tango es mucho más difícil de bailar que la salsa, que sólo se trata de moverse de aquí 'pa' allá'. Es una coreografía espectacular y admirable. Todo aquel que pueda bailar tango puede bailar salsa. Por otro lado, no es fácil disfrutar de la salsa si uno no baila. No hace falta ser un gran bailarín, pero es necesario mover el cuerpo. La música requiere que el cuerpo se exprese. Los movientos inducidos por la música están en nuestra esencia desde que nacemos.

¿Quiénes han sido tus referentes y maestros?

Tal vez el número uno sea Benny Moré. Gran exponente de la música cubana de todos los tiempos. Cantante y director de orquesta. No sólo cantaba temas rápidos, sones, sino que además era un gran bolerista. Tenía una voz afinada y perfecta. Es el más imitado y reconocido.

Hay algunos pequeños síntomas de acercamiento entre La Habana y los Estados Unidos, ¿cómo lo has tomado?

Yo diría que es inevitable que Cuba se abra al mundo y que el mundo se abra a Cuba. Tiene que existir eso. No puede ser que el país se mantenga cerrado al mundo durante casi cincuenta años. El desarraigo familiar de padres por un lado e hijos por el otro debe terminar. Es lo más triste.

¿Has tenido la chance de volver a Cuba?

No, yo soy persona non grata para el Gobierno Cubano, porque a través del tiempo he usado mis canciones para manifestarme en contra de su régimen. Mi música no pide violencia, todo lo contrario, es mi punto de vista.

¿No hay nada que rescatarías de la Revolución Cubana?

Yo creo que hasta en la época de Hitler podrías encontrar algo para rescatar. Algo positivo debe haber, naturalmente. Pero no puedo concebirlo a través de reprimir a la gente y no poder elegir los gobernantes. Todo lo positivo, considerando esas alternativas, no es bueno.

Bueno, es un debate muy largo...

Pero me encanta hablar de esto, yo siempre pregunto, ¿tú le ves algo positivo a la situación de Cuba?

Personalmente sí le veo sus aspectos positivos, también los negativos. Por otro lado, tampoco siento que las oportunidades de Miami sean iguales para todos...

Los beneficios que tu alegas, no son así. Yo quiero que recuerdes que el Gobierno maneja toda la comunicación, la gran mayoría nació bajo ese sistema. Son muy pocos los que pueden pensar libremente. Viven amedrentados porque todos trabajan para el Estado. Estoy rodeado de cubanos que llegan desde la isla. Mi casa es una especie de embajada para todos los artistas cubanos. Yo siento un amor muy grande por mi patria y esto me duele profundamente.

Córdoba y Buenos Aires

El 27 de mayo, producido por los Midachi, llegará al Teatro Gran Rex el "Pa' Lante Tour" de Willy Chirino. El martes 25, hará lo propio en La Vieja Usina de Córdoba.

El fanatismo Beatle

¿Qué otros géneros y artistas disfrutás de escuchar fuera de la salsa? "Yo soy un ardiente fanático y conocedor de la música de Los Beatles. Respeto mucho sus canciones. Ahora mismo estoy en un setenta por ciento de mi próximo disco, que está compuesto por mis versiones de catorce canciones de ellos. Me tiene muy entretenido en el estudio. No las voy a poder cantar en la Argentina, porque todavía no están terminadas. Pero sí puedo adelantar que las canciones no necesariamente están todas en versiones de salsa. Yo hago una especie de fusiones musicales desde el principio de mi carrera incorporando varios ritmos y estilos y hago unas ensaladas importantes. En mis comienzos no eran tan populares y me costaba mucho ubicarlas en estaciones de radio y compañías discográficas que iban por géneros más claros y definidos."

ALDO LAGRUTTA_CONCIERTO DE ARANJUEZ


VIDEO del elogiado guitarrista Aldo Lagrutta interpretando
EN VIVO el 2do. movimiento (Adagio) del "Concierto de Aranjuez"
de Joaquín Rodrigo, para guitarra y orquesta.




Fuente: "Claves Musicales"


domingo, 18 de abril de 2010

Diego Amador: "El flamenco no se explica"


El artista sevillano, de 36 años, introdujo el piano como instrumento de la música gitana. Al principio fue resistido. Ahora, ovacionado. A fin de mes viajará por cuarta vez a la Argentina. Dice que su arte "no se cuenta... se siente".

Por: Silvina Lamazares

Diego Amador, Israel Varela, Pat Metheny y Javier Colina en su presentación en el Vitoria Gasteiz Jazz Fest 2009.

El punto de encuentro, junto al monumento del torero Curro Romero en la Plaza de Toros, lo fijó ella. Las callecitas de trazado antojadizo donde se harían las fotos, en una ciudad envuelta por el aroma de los naranjos, las eligió ella. La información turística durante la recorrida en plena primavera española la aporta ella. El, Diego Amador, exquisito artista flamenco, nacido en esa tierra que ahora se rinde a sus pies, la sigue. Pero de pronto se detiene frente a la imponente Catedral gótica -la más grande de Europa en su estilo- y dice: "Mira -sin acento en la a- lo que es eso, jamás la había mirado tan a fondo, es bellísima. Preciosa arquitectura, no se puede creer... Siempre paso de largo por muchos lugares que merecen ser apreciados y yo, sin darme cuenta, me los pierdo. Por suerte María conoce cada rincón como si fuera de aquí y me sabe llevar". María es argentina, pero parece más sevillana que el sevillano de su marido. Y él, caprichos del destino, soñaba con vivir en Buenos Aires mucho antes de conocerla.

Están juntos desde hace 12 años, desde aquella primera visita suya a la Argentina. Y en unos días irá por la cuarta, cuando sea una de las figuras más convocantes de la Primera Feria Flamenca en Buenos Aires, que se realizará entre el jueves 29 de este mes y el domingo 2 de mayo (ver Cuatro días...). "Una vez, en un reportaje, hace mucho tiempo, dije que si alguna vez me fuera de Sevilla me iría para allá. Cuando llegué a la ciudad sentí ese vientito en la cara, esa sensación de bienestar, como una señal de los sitios que te reciben bien. Y en ese viaje conocí a María, nos enamoramos y me la robé", cuenta el artista que descubrió a la Argentina a través de uno de sus máximos referentes.


"Un día estaba viendo televisión y pasaban un show de Astor Piazzolla maravilloso y no me pude despegar. En ese momento tenía una cinta en la video con algo mío, pero la borré para grabar ese concierto. Y apenas llegué a la Argentina me quise empapar de tango. Tuve la suerte de ir con el maestro Luis Salinas, ya casi un hermano para mí, y me enseñó su tierra. También estuve de gira junto a Tomatito -guitarrista español- y Salinas y conocí lugares mágicos y gente entrañable. Me gusta mucho esa manera de hablar de ustedes, esa alegría", dice Amador, con su inocultable decir andaluz, poblado de zetas.


Gitano de pura cepa, integra una de las familias de artistas más reconocidas de España. Hermano de los músicos Raimundo y Rafael Amador, Diego debutó sobre un escenario junto a la emblemática banda de ellos, Pata negra: "Yo tenía 8 años, el pelo largo y era todo un espectáculo, porque tocaba la batería en algunos temas, pero no llegaba a los pedales y la gente pedía 'que pongan al niño'. Igual, mi primer instrumento fue la guitarra. Después también toqué el bajo y finalmente me decidí por el piano".


Decisión que le costó la aceptación ajena. "Cuando empecé, iba a los festivales de flamenco buscando un lugar. Llegaba con mi teclado portátil y de muchos me han echado. Más de una vez me he ido llorando a mi casa porque decían que ese instrumento no era flamenco... Y ahora se habla del 'piano flamenco' con una naturalidad que sorprende. Me hace gracia eso, ese esfuerzo por clasificar las cosas. Lo que existe es el flamenco y punto. Y el flamenco no se explica, no se cuenta... se siente. El público lo puede captar viendo al artista cantando, bailando, tocando. Siempre he dicho que si quieren que hable de lo que hago que me pongan un piano", aclara el español, nacido en el gitano barrio de Las tres mil viviendas.


Considerado uno de los rupturistas más atrevidos del género, reconoce que no entiende "cuando por ahí dicen que hago música fusión o algo así. El flamenco que yo hago es puro, aunque es cierto que he estirado los límites y me muevo también con la música contemporánea. Pero la falta de conocimiento de algunos hace que lo que no se puede encasillar sea visto como 'diferente'. Por la familia en la que me he criado, por la música que he escuchado, no creo que sea menos puro que otro que haga flamenco tradicional con la corbata puesta".


Padre de Diego (ver El otro Churri) y de María -la niña que sueña con las princesas de Disney y quiere ser astronauta-, a los 36 años siente que "la vida del músico es dura y más cuando quieres hacer la música que te gusta y no la que pretende el mercado. Pero he encontrado recompensas: no me he traicionado, puedo vivir de esto y me considero un privilegiado... Me siento libre y si bien no soy popular, soy reconocido por el público y respetado por los músicos".
Criado en una familia humilde, sus hermanos mayores le hicieron escuchar algunos acordes de jazz y blues cuando su camino inequívoco lo llevaba hacia el flamenco. "A mí me marcó mucho la música de Miles Davis, que era lo que ellos llevaban a casa. Pero luego descubrí a Jaco Pastorius y a Chick Corea. Y así, en vez de tocar en la guitarra los temas tradicionales españoles, empecé por las canciones de Bill Evans y Duke Ellington, que me gustaban, me inspiraban y me ayudaron a encontrarme. Tanto, que en un momento creía que me estaba olvidando del flamenco... pero eso era lo que yo creía, porque en realidad nunca me olvidé de él, sino que lo enriquecí o eso intenté".


De aquellos tiempos, con poco más de 10 años, cuando descubrió el jazz como musa inspiradora, recuerda los esfuerzos que hizo para comprar sus primeros discos: "Mis padres vendían ropa en el mercado, yo los ayudaba todo el día, y ellos me daban lo que podían porque éramos ocho hermanos. Capaz estaba meses y meses ahorrando para poder comprar un disco, pero cuando lo tenía lo escuchaba todo el día". Su primer sueldo como músico lo cobró integrando la compañía de La Susi -artista española-, con 13 años. "Cobré como 15 mil pesetas, que hoy podrían ser poco menos de 100 euros, muy bien para un comienzo", se sincera, agradecido.


No olvida Diego Amador. Ni a quienes lo formaron, ni a quienes lo ayudaron, ni tampoco -aunque sin resentimiento- a aquellos que lo echaban de los festivales por tocar el teclado. Qué dirán ahora cuando sus finos dedos largos parecen robarle al piano sonidos de clásicas guitarras flamencas. Magia que, como su música, no se explica.



martes, 16 de marzo de 2010

Chopin está vivo



El mundo celebra el bicentenario de su nacimiento con más de 2000 conciertos y actos. Nuevas grabaciones, paseos turísticos, films, videojuegos y un merchandising que incluye estampillas, vodka y chocolates completan los festejos. Los críticos lo rescatan como gran compositor más que como emblema de un romanticismo desaforado. El músico detrás del mito. Informe especial



Por Paola Suárez Urtubey


Witold Malcuzynski, nacido en Varsovia y alumno de Paderewski, establecido en París en 1939, era un visitante asiduo tanto de Buenos Aires como de otras ciudades argentinas. Se lo acogía como a un celebrado pianista, moldeado en el estilo francés del savoir-vivre, hombre de mundo, de tacto en la vida social, de respetable altura física y bastante atractivo. Según se desprende de los registros del Teatro Colón, brilló como estrella durante las décadas de 1940 a 1960, años en que despertaba oleadas de admiración entre la elegantísima platea femenina (y también masculina) que asistía los sábados por la tarde a los conciertos de grandes figuras internacionales. Además, era un artista de refinada cultura. Hay una foto muy difundida de Malcuzynski con el compositor y director de orquesta Juan José Castro, en la casa de este último, donde conversan sin duda sobre literatura, pintura y, claro, sobre música, diálogos a los que la mujer de Castro, la inolvidable Raka Aguirre, aportaba su inteligencia y humor. Pero Malcuzynski también debía soportar los embates de la crítica periodística, que le señalaba duramente, al lado de una que otra galantería por su sensibilidad como intérprete dilecto de Chopin, sus indiscretas pifias técnicas sobre el teclado.

Video: «Maratón chopiniana» en Varsovia (BBC)

En cierta ocasión, y ante un grupo reducido de asistentes a una comida, el pianista polaco contó una emocionante experiencia: en un hotel, no sé bien de qué ciudad, se le arrimó un señor para pedirle un autógrafo. El hombre, joven, tenía una deuda de gratitud y necesitaba hacerle esta confesión: llevaba tiempo de tratamiento psiquiátrico por dificultades que había sufrido en los últimos tiempos para mantener relaciones sexuales con las mujeres. Como vivía en constantes viajes -era comandante de Aerolíneas Argentinas-, una noche, en una de esas situaciones de riesgo (no con el avión, sino con una dama en la pieza del hotel), tuvo la idea de poner como música de fondo una serie de obras de Chopin grabadas por Malcuzynski. Y entonces se produjo el milagro. Nuestro hombre logró superar su drama gracias a los dos polacos, de modo que, impedido de agradecérselo al autor de la música, lo hacía al intérprete, con una fascinación conmovedora.

Chopin está vivo

Durante décadas, ocurrió que el genial polaco-francés (Fryderyk Franciszek o Frédéric François Chopin), autor entonces de aquella música y destinatario ahora de nuestro homenaje, fue objeto de una devoción desinteresada, pero sin duda malentendida. Se veía en él al tuberculoso genial, refinado en extremo, que vomitaba sangre sobre el teclado (según una versión de Charles Vidor para Hollywood, con Merle Oberon y el buen mozo de Cornel Wilde, que más que pianista tísico parecía un boxeador) y que mantenía extrañas relaciones con una literata marimacho (George Sand) hasta que la muerte se lo llevó en 1849.



Es que era demasiado tentadora aquella versión que nos hablaba de un joven que en 1831, apenas pasada la veintena, había llegado a París y se había adueñado de la ciudad, tocando en las reuniones de la más encumbrada aristocracia o de la más adinerada burguesía, entre los Rotschild, los Radziwill y los Potocki, o dando clases a las muchachas más selectas del faubourg Saint-Germain. Con esa vida, el tierno inmigrante polaco llegaba a ganar por las lecciones algo más de tres mil francos mensuales, lo cual era en la época toda una hazaña.

Imaginar a Chopin respirando el aire del Sena no parece difícil. Su recuerdo sigue vivo para el que camine, tanto por el boulevard Poissonnière, a la altura del n° 27, donde habitó a poco de llegar, como por la muy chic y parisina Place Vendôme, donde un bello edificio con el número 12, situado frente al Ritz, indica que allí murió Chopin, ciento sesenta y un años atrás. Pero también es posible fantasear con su recuerdo cuando se está en la Sala Pleyel, en cuyos salones ofreció conciertos desde su llegada, o en la iglesia de la Madeleine, donde pocos días después de su muerte, el 17 de octubre de 1849, se realizarían los funerales, en los que se tocó la "Marcha fúnebre" de su Sonata para piano en si bemol menor, en versión orquestada por Napoleón-Henri Reber, y la Misa de réquiem de Mozart.

Video: backstage de The Flying Machine (YouTube)

Pero la imagen de Chopin, todo lo estereotipada que se quiera, no impedía que los oyentes de décadas pasadas gozaran con sus melodías y ritmos fascinantes. Pero al mismo tiempo, una legión de excelentes pianistas, un público de mayor formación y sobre todo un núcleo de estudiosos y compositores sabían también que la música de Chopin encerraba una mina de diamantes, accesible para quienes estuvieran en condiciones de reconocerla. Y esta corriente no se ha detenido nunca, pese a la cantidad de libros y artículos de oportunistas escritores (y versiones pianísticas, dicho sea de paso) que durante años se empeñaron en mostrar a un Chopin ridículamente edulcorado.

Más cerca del ideal

¿En qué estamos hoy, cuando se conmemora el bicentenario de su nacimiento? Mucho más cerca del momento ideal de evaluación y reconocimiento total de su arte, entre otras razones porque todo aquel grupo de bien pertrechados intérpretes y estudiosos de la música, desde la década de 1940, se propusieron echar por tierra la idea de Chopin como estandarte de un romanticismo desmelenado. Hay que aceptar que este persistente y gratuito añadido no ha sido aún derrotado por completo, pese a que choca, literalmente, con la actitud del polaco, hostil a toda música "literaria", confesional, a toda efusión no controlada, y a sus esfuerzos por transmitir sentido lógico, claridad y una percepción aguda de las proporciones.

Es cierto que en alguna ocasión Chopin dijo: "Prefiero escribir todas mis sensaciones antes que ser devorado por ellas". Lo que en cambio se advierte hoy es que, al transformar en música esas sensaciones, las despojaba de su carácter individual. Dorel Handman, en un inteligente estudio publicado en 1963 en la Encyclopédie de la Pléiade (Histoire de la musique, vol. II), reconocía que en esa transposición residía para Chopin su liberación, pues sus tormentos perdían en el tránsito un sentido destructor y contribuían a reconstruir su personalidad entera, su verdadera densidad específica.

No es errado aceptar que la lógica, la claridad y la necesidad profunda del músico de alcanzar un arte suprapersonal lo ubican en una línea que viene directamente del Barroco y del clasicismo. El conocimiento de Bach y de Mozart, dispensado por sus maestros en Polonia (el violinista Adalbert Zywny y el compositor Kozef Elsner, director además del Conservatorio de Varsovia), lo guió hacia el logro de un equilibrio de su natural sensualidad, que lo llevaría a adquirir una considerable seguridad de trazo en sus líneas melódicas. Sin embargo, los renovados aires de su propia época llevaban a Chopin hacia nuevos territorios, en los que su sensibilidad y formación francesas, orientadas por el padre, lo convertirían en un puente entre el arte de los clavecinistas de Francia del Setecientos y las fantásticas armonías de Claude Debussy, que empezarían a emerger ya casi en el siglo XX, es decir, más de cuarenta años después de la muerte de Chopin.

Fue la gran clavecinista polaca Wanda Landowska, generadora de un fecundísimo revival de su instrumento a partir de 1910, quien advirtió que la consustancialidad de la melodía con la armonía en Chopin trae el recuerdo de François Couperin, al igual que el contorno y el balanceo de la frase, y aun la manera de comprender la ornamentación. Pero al mismo tiempo y aquí -con la arrolladora complicidad de Franz Liszt- pone al descubierto el gusto por tornar difuso un sonido, mientras que la tendencia a dejarse guiar por las posibilidades sonoras del piano anticipaba las sutilezas del modernismo francés.

También Italia puso lo suyo. No sólo porque la música de ese país desempeñó un papel importante en la vida musical polaca, sino porque el jovencísimo Chopin amaba las obras de Rossini, como más tarde, viviendo en París, amó las de Bellini. Gracias a estos influjos, el autor de los nocturnos dio un especial sentido al término "cantábile" en los dominios del teclado. Allí cobra impensada dimensión esa melodía, con sus escorzos melódicos de pura esencia vocal, tan novedosa en el repertorio pianístico, como que ella emana de la expansión del arabesco lineal, que se enriquece con la ornamentación, el melisma y la variación, a la manera del estilo bel canto de aquéllos.

Con la patria a cuestas

Pero más allá de todo, está la presencia de Polonia, que provoca en él una íntima correspondencia entre su sensibilidad y la expresión popular de su tierra. Esa música intensamente amada y, según se sabe, apasionadamente estudiada desde sus tempranos años, dirige no sólo sus polonesas y mazurcas sino también, en diversos grados, su obra entera.

Los estudiosos chopinianos, teóricos o pianistas, saben bien que las irregularidades métricas, los compases inesperados vienen de aquella misma fuente, además de las sucesiones de intervalos de quintas, el empleo de la cuarta aumentada lidia, de la segunda frigia, entre otros recursos técnicos de la música tradicional folklórica. Todo ello se puede apreciar en sus cincuenta y cinco mazurcas, que inauguran, en suma, la era de las músicas nacionales. "Cañones ocultos entre las flores", fue la definición de Schumann, deslumbrado con la fuerza y originalidad de estas creaciones.

También la polonesa, como especie tradicional, tiene una larga historia. Pero llevada por sus antecesores a un terreno de mayor especulación compositiva, debieron parecerle a Chopin vacías de contenido, escuálidas y carentes de un estrecho vínculo con la sensibilidad social. Varios creadores lo habían intentado, dentro de Polonia y fuera de ella. Sin embargo, es Chopin el que les insufló una vida nueva, fuerte, provocativa, aun sin modificar sus exigencias formales como danza.

Sus valses están más cerca del Occidente europeo, porque los destellos patrióticos se atenúan frente a esta música de salón. Un territorio que para Chopin significaba gran parte del sentido de su vida. En esa atmósfera de seres refinados, el hijo de un francés de Lorena y una aristócrata polaca, pobre y huérfana, podía sin esfuerzo imponer su aspecto y sus maneras tan nobles como los de la más alta nobleza que lo halagó, mientras tenía el camino abierto para dar rienda suelta a su imaginación, a sus dotes de improvisador. Su fantasía se exaltaba y era una de las fases más auténticas de su personalidad la que allí cobraba forma a través de su ingenio musical. Preludios, estudios, sonatas, fantasías, baladas, scherzos, impromptus, conciertos para piano y orquesta completan la obra de este personaje que ningún biógrafo ha podido hasta el momento descifrar con absoluta certeza. Ni siquiera su carácter alcanzó a ser desmenuzado, entre otras razones porque las referencias de George Sand no parecen demasiado creíbles o, al menos, lo suficientemente coherentes para pisar terreno firme. Aunque es probable que la personalidad de Chopin haya sido resbaladiza como pocas en el panorama de la música. Se dice que sus opiniones políticas eran las de un conservador intransigente, razón por la cual el clima ideológico que se respiraba en la mansión de su amante, en Nohant, con provocativas vocaciones democráticas, lo exacerbaba. Tampoco quedan en claro sus sentimientos religiosos. En muchos casos, al parecer, ingresaba en los templos católicos sólo para admirar su belleza y sus grandiosas dimensiones.

Algunos de sus biógrafos opinan que existió en él una mentalidad de tuberculoso, aunque un buen analista de su técnica de composición puede asegurar que la organización interna de esa música no refleja las debilidades del enfermo. Hay una salud que estalla por todos lados. Claro, si se la sabe reconocer.

El análisis de la obra

El desafío para algunos buenos maestros, hoy, tanto de composición como de piano, reside en primera instancia en ubicar al alumno frente a una realidad indiscutible, es decir, aquella que emana del análisis de la obra.

En tren de palpar más de cerca este escenario, se me ocurrió consultar a uno de nuestros ejecutantes, y a su vez maestro, del teclado. A José Luis Juri lo primero que le viene a la mente, en relación con la interpretación y la enseñanza de Chopin, es su reivindicación como autor de música pura. Por ahí vamos bien, sin duda. "Durante generaciones -dice-, Chopin ejerció una fuerte seducción extramusical, de música de salón, de emblema del kitsch romántico. Sin embargo, haciendo un análisis serio de su obra, comprendemos lo alejada que se encuentra (sobre todo en su cotejo con la de muchos de sus contemporáneos) de motivaciones extramusicales." Para este maestro, los valores melódicos, la transposición al piano de la cantabilidad lírica, las exigencias de la respiración de la frase y de la flexibilidad rítmica que conlleva han provocado la creación de un lenguaje armónico inexistente hasta entonces y la de una técnica del instrumento que aún hoy sirve de modelo. "Observo -añade- en los jóvenes que, desconociendo la fascinación 'salonista' que ejerció Chopin durante años, reciben en forma inmediata y pura la belleza y los valores de su música, y van al encuentro de los valses y mazurcas, sin las asociaciones e imágenes que, en algunos casos, nos han contaminado a las generaciones anteriores."

Por cierto, es lo que queríamos escuchar. A su vez, para algunos maestros de armonía y composición la tarea hoy es develarles a esos mismos jóvenes todas las razones que conducen a hacer del polaco un faro dentro de la música del siglo XIX. Es que parece estar más próximo el momento en que todos los músicos, sin excepción, reconozcan hasta qué punto Chopin ha provocado un avance impresionante en el terreno de la fantasía armónica, que es uno de los rasgos profundos de la creación sonora.

Seguramente con esa misma convicción la pianista argentina Martha Noguera viene trabajando desde hace años en la difusión de la obra de Chopin, a través de ciclos que lleva adelante en colaboración con la embajada de Polonia.

La música para piano, la música toda, tuvo un antes y un después de Chopin. Porque ni el derroche de aquella vida social ni las mujeres a las que amó, aunque a su manera, le impidieron crear obras en las que no se sabe si admirar más la perfección del orfebre o la pródiga fantasía del genio. Por eso no extraña cuando hoy, en los concursos para piano, parece difícil medir en su real estatura a un intérprete si antes no demuestra que es idóneo para traducir la maestría formal de una polonesa, un vals o una mazurca, su planteo armónico, rítmico o melódico, pero también capaz de transmitir ese mundo expresivo chopiniano, donde pulsa todas las cuerdas entre los extremos de lo lírico y lo heroico.

Estamos lejos ya de Malcuzynski y de nuestro comandante de Aerolíneas Argentinas. Sin embargo, más allá de todo, Chopin sigue siendo una fuente que cura cualquier clase de males. Hasta los de la mala política que nos acosa.