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jueves, 4 de noviembre de 2010

THE PIXIES EN BUENOS AIRES.


La banda de Boston, admirada por Kurt Cobain y el mismísimo David Bowie, acaba de pasar por Buenos Aires donde, sin necesidad de un disco nuevo, explotó con su arsenal de hits noventeros. Entretelones de una música irrepetible.




Por GUIDO CARELLI LYNCH Y ANA PRIETO

El poeta argentino Fabián Casas reflexionaba semanas atrás, durante, sobre "el excedente" que para él prevalece en el mundo del arte. Con esa categoría quería referirse a todas las expresiones y gestos que no son necesariamente artísticos, pero que potencian el caldo de cultivo que retroalimenta el mundo del arte. Que lo sobrevuela como un satélite a un planeta. Un mercado amplio, decía Casas, favorece más y más excedentes. Luego arrojó la sentencia que aquí nos compete: "Yo no sé si la cultura argentina podría haber generado a una banda como Pixies". La referencia no es casual, aunque podría. Casas apenas tenía 23 años cuando los Pixies irrumpieron para generar ¿la última? revolución del rock norteamericano. Entonces era joven (joven en serio, no como ahora que es "un escritor joven"). Tenía 25 cuando los Pixies lanzaron su disco cumbre Doolitle y 27 cuando se separaron. La referencia no es casual, porque cuando Casas mencionó a Pixies, sólo faltaban días para que el mundo se equilibrara y esos jóvenes argentinos de los primeros 90 pudieran ver a la banda que la fatalidad les prohibió, que el dólar barato no alcanzó a traer y que esta convertibilidad modelo 4 a 1 sí hizo posible.

Ocho mil personas -jóvenes de ayer y otros tantos de hoy- en el Luna Park el 6 de octubre estallan con Doolitle Live Tour. "Bone machine", el primer tema que suena a través de los gritos del vocalista Black Francis, el riff furioso de la guitarra de Joey Santiago, el bajo dulce y los coros de Kim Deal y la batería de David Lovering. Pero no son sólo las letras neuróticas, románticas, catárticas y otras veces sin sentido que canta Francis lo que hace de Pixies una banda irrepetible en la Argentina o en cualquier otra parte del mundo. No es tampoco, a pesar de lo bello de la imagen, la austeridad que presentaron en Buenos Aires, en Chile y siempre. Apenas unas luces y cero demagogia; sólo la voz, la música y la furia de Francis y su enorme panza, que no corre por el escenario como Jagger, que no dice en vano que somos el mejor público del mundo.














Quizás lo mejor de Pixies resida otra vez en la apreciación de Casas, que al fin y al cabo, por eso es poeta. Pixies acaso sea el excedente de ese inmenso mercado norteamericano, de una tradición tan vasta como inabarcable. Pixies ha generado, a su vez, sus propios excedentes, que lograron trascendencia mítica, pero que no hubieran sido posibles sin ellos cuatro. Vale el ejemplo citado hasta el cansancio de Nirvana y Kurt Cobain, a quien en 1994 le preguntaron cuál había sido su inspiración para componer el hitazo "Smells like teen spirit". "Yo estaba intentando escribir la canción pop definitiva. Estaba tratando de robarles a los Pixies: tengo que admitirlo". Eso mismo enfureció a David Bowie: "La primera vez que escuché Nevermind, de Nirvana, me enojé muchísimo. La dinámica de las canciones era un robo total a los Pixies", sentenció. Thom Yorke, de Radiohead, también dijo lo suyo: "Los Pixies cambiaron mi vida". Pavada de elogio de parte del vocalista de una de las bandas de rock más reconocidas de los últimos 20 años.

Pixies se formó en Boston en 1986. Charles Thompson, verdadero nombre de Black Francis (adoptó el seudónimo mucho antes de tocar en vivo por primera vez, porque le parecía "un pomposo y gracioso nombre escénico, como Iggy Pop o Billy Idol"), convenció a su viejo compañero de Economía de la universidad, Joey Santiago, a dejar, como él, los estudios y armar una banda. Pusieron un aviso buscando bajista y la única que apareció fue Kim Deal, sin bajo. Al baterista David Lovering lo sugirió ella. Ensayaban en el garaje del padre de David y pronto se hicieron famosos en la escena under de la costa este de Estados Unidos. En uno de esos recitales, los vio el productor Gary Smith de Fort Apache Records, que les dijo que no iba a dormir tranquilo mientras no fuesen mundialmente famosos. Con él grabaron un demo de dieciocho canciones (y hay que decir "canciones"; la impronta melódica de Pixies los despega de su impronta punk), de las cuales ocho se transformaron en el primer EP de la banda, Come on pilgrim, de 1987. Después fue un álbum por año hasta completar cinco. Y fue girar por Estados Unidos y Europa, consiguiendo primeros puestos en los charts de Gran Bretaña, pero nunca en los de su propio país. En 1992 fueron teloneros de U2 para el Zoo TV tour por Estados Unidos, y poco después Black Francis anunció, en una entrevista a la BBC, que la banda se separaba, algo que no había tenido la delicadeza de comunicar a los otros miembros. Deal llevaba por entonces el proyecto paralelo de The Breeders, con su hermana gemela. Y Francis tenía sus propios planes como solista. Al parecer las peleas entre ambos fueron uno de los causales de la separación. Deal, se dice, quería más incidencia en las composiciones de la banda ¿de ella es, por ejemplo, el tema "Gigantic", que tocaron como bis en este último tour y que la reacción extática del público confirma como uno de los hitazos de Pixies y Francis no quería saber nada con compartir el liderazgo. Y la cosa venía de años: en Stuttgart, durante la gira de Doolittle, su tercer álbum, Francis le arrojó una guitarra a Deal en pleno escenario. "Me deprimí cuando me enteré de la separación", dijo Bowie, quien no fue el único en deprimirse. "Qué desperdicio; hubieran sido enormes".

Quiso el destino, los negocios discográficos o su disfuncionalidad interna que la enormidad de Pixies no se midiera nunca en facturaciones o giras internacionales. Pero cuando volvieron a juntarse en 2004, sin disco nuevo, las entradas se agotaron en Estados Unidos, Europa, Brasil y Japón a una velocidad que la banda no terminaba de creer. Parte de esa gira puede verse en el documental LOUDQUIETLOUD, en el que Joey Santiago parece un poco culpable por salir a la ruta y dejar a su familia, Lovering se empastilla y no deja de jugar con los palos de su batería, Deal, rescatada del hogar materno en Ohio, se atiborra de cerveza sin alcohol y Francis está más obeso que nunca. A él no le gustó el filme: "manipularon todo", dijo. "Supongo que esperaban que fuésemos como The Monkees, siempre portándonos mal, pero somos aburridos."

Aburrido será para ellos, pero abajo del escenario -otra vez, en Buenos Aires, en Santiago o en cualquier parte- los fans deliran, saltan, rebotan extasiados. Nadie se queja de que no toquen temas nuevos. Al contrario, todos festejan que las notas entre el vivo y el estudio no varíen. Sólo Francis hace trampa de tanto en tanto y entra con su voz un segundo más tarde o un instante antes. Ahí canta "Debaser", su pequeño homenaje a Un perro andaluz, por eso grita: "I am a chien andaluz"; ahí suena el verano en "Here comes your man", ahora Kim canta "Gigantic", un tema gigante de amor. Ahora en Chile tocan 33 canciones (una por cada minero rescatado), ahora empiezan a cerrar el recital con "Where is my mind", famosa por clausurar la película El club de la pelea. No varían nada, mejor así. Al fin de cuentas, nadie va a ver un concierto de música clásica esperando escuchar variaciones.


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