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martes, 6 de noviembre de 2012

WALTER “CHINO” LABORDE Y “I WAS MADE FOR LOVIN’ YOU” DE KISS




  Yo sé que vendrán caras extrañas

 

 Por Chino Laborde

El destino me dio la fortuna de haber sido criado en un hogar con mucha música en el aire. No sólo escapándose de algún tocadiscos o de la radio, sino también de la televisión. Mi abuelo materno, herrador de caballos, músico aficionado, tenía el maravilloso berretín del bandoneón. En mi casa se tocaba música en vivo con distintas formaciones (dúo, trío, cuarteto... guitarras, violines), entonces fui abriendo los ojos y los oídos con esos instrumentos que usaban para recrear los tangos. A esto se sumaban la voz de mi tía, la de mi madre y la de muchos otros parientes y vecinos que se acercaban, generalmente los sábados, a la herrería de caballos de Sarandí, en Avellaneda. Langostinos, asado y largas cantatas con las maravillosas poesía y música porteñas del siglo XX, que nos legaron los grandes creadores de ese género excepcional: el tango.
Corría el año 1980. Cargaba yo con mis siete años casi ocho, cuando de repente se apagó el bandoneón: mi abuelo Pepe, mi primer ídolo, nos dejó físicamente. Entonces, de una manera muy natural, el tango y toda su riqueza pasaron a estar de luto en mi hogar. La casa se silenció. Yo, como buen hijo único, ya era un niño muy amigo del televisor. Era el comienzo de la era del videoclip, todavía no existía el control remoto para el zapping. Y, para ese pibe que creía que el mundo de la música era un señor canoso, con una caja que se abría y se cerraba sobre su regazo exhalando melodías muchas veces tristonas o melancólicas (música que amo), sucedió un evento inesperado y revelador.

Lo que vi de repente en la pantalla fueron unos “seres humanos” vestidos de una forma estrafalaria y con sus caras ocultas tras un maquillaje blanco con tintes negros, empuñando unas guitarras estrambóticas, muy diferentes de las criollas que ya conocía. Saltaban y destilaban un misterio, una suerte de magia, algo para decodificar. Un sonido estruendoso, agresivo, sensual y sexual, cantado en un idioma totalmente desconocido para mí. Era la llegada del rock a mi vida. En definitiva, una revolución dentro de mi cabeza y mi sangre. Era la primera vez que me topaba con semejante cuadro dantesco: ¡¡¡los neoyorquinos Kiss!!!

Un poco alienígenas, un poco superhéroes, un poco hombres, un poco mujeres, interpretando una canción con una melodía hiperpegadiza que instantáneamente se clavó en el centro de mi ser: “I Was Made for Lovin’ You”. O “Fui hecho para amarte”, la canción que, con el paso del tiempo, se transformaría en nuestro Himno Kissero. Canción que me acompañaría por toda la eternidad. Canción que marcaría el antes y el después. Canción que todos (creo) cantamos y silbamos o bailamos alguna vez, seamos de donde seamos, escucháramos lo que escuchásemos. Algo dentro mío me decía que esa melodía era universal, absoluta, totalitaria, presente y futura; ésa era la música de los dioses, el himno universal del mundo de los adultos. Todo esto mirado con los ojos de un borrego de siete años, obviamente fascinado. La GRAN Revelación.

La vida también me dio la posibilidad de presenciar “I Was Made for Lovin’ You” en vivo y en directo varias veces, y en mi país, pero recuerdo con mucha alegría y regocijo la primera vez. Luego de un intento fallido allá por agosto del ’83 –milicos argentinos en fuga y el “clero” de por medio–-, en septiembre del ’94 el maravillante cuarteto pisó tierra argentina en el marco del primer Monsters of Rock. Se presentaron en River Plate teloneados por Slayer, Black Sabbath y otros para el delirio y la satisfacción inenarrable de todos los que pudimos concretar la fantasía tan anhelada de tener finalmente nuestro “encuentro cercano del tercer tipo” con nuestros héroes rockeros de la infancia y la adolescencia. Y con nuestro Himno Kissero. Más el “plus” de haberlo coreado en las tres fechas posteriores en Obres Sanitarias, ese mismo año, a las que concurrí con mi madre, una de las hijas de mi primer ídolo: mi abuelo Pepe, herrador de caballos y bandoneonista aficionado. Gracias a esa canción, hoy soy feliz cantando también rock. Gracias a esa canción.


Según Paul Stanley, “I Was Made for Lovin’ You” fue compuesta para demostrar lo fácil que resultaba escribir una canción de música disco. El género estaba en su apogeo por entonces y el guitarrista y cantante de Kiss, además de lo anterior, también percibió la oportunidad que se les presentaba a la banda de los maquillados: embocar un hit con un tema que podía sonar perfectamente en un boliche, bajo la bola espejada, en plena fiebre de sábado por la noche. “I Was Made for Lovin’ You” fue lanzado como primer corte del álbum Dinasty, de 1979. Editado en formato simple, en agosto de aquel año alcanzó el disco de oro, con un millón de unidades vendidas.



lunes, 30 de mayo de 2011

PABLO SBARAGLIA Y “SHE LOVES YOU” DE LOS BEATLES




PABLO SBARAGLIA Y “SHE LOVES YOU” DE LOS BEATLES








Por Pablo Sbaraglia

“She Loves You” terminó marcando el destino de lo que, en definitiva, es mi vida hoy. Casualidad, afinidad o como lo quieran llamar, hay experiencias decisivas que hacen que tu camino se encauce. Y esta canción marcó, justamente, un gran viraje: fue un punto de inflexión, a una edad muy temprana.

La fiebre que me daba al escuchar “She Loves You” marcó a fuego el principio de mi historia. La beatlemanía generaba euforia, algo medio inexplicable, las ganas de querer abrazarlo, hacerlo tangible, tocarlo. Era muy chico, tenía cuatro o cinco años. Y esa sensación, ese ardor que sentía adentro mío tenía que sacarlo de alguna forma. Cuando uno está con un ataque de ansiedad o excitación, tiene que hacer algo. Y, en este caso, lo que sucedió es que me fui convirtiendo en músico.

Estamos hablando del año ‘75 o ‘76. Mi viejo ponía la canción y me excitaba mucho. Mucho. El era fan de la música, un melómano que siempre tenía un equipito medianamente bueno. Entonces lo ponía fuerte y se escuchaba bien. También terminé heredando de él la pasión por el audio en sí mismo. Era un chico de Sáenz Peña, un barrio pegado a Devoto, del lado del conurbano. Y le pedía a mi viejo: “Dale, poneme el tema”. Me pasaba algo parecido con “Ob-La-Di, Ob-La-Da”, por ejemplo. En general con los temas rápidos, que para un chico de esa edad son más inmediatos: lo que captaba era la cosa energética. No pasaba por entender la letra o prestarle atención a un arreglo. Simplemente, era algo que te golpeaba sin filtros, sin barreras.

Después, a los 12 o 13, cuando empecé a estudiar, a tocar y a juntarme con otra gente, pude profundizar en el tema, en el disco y en la discografía de Los Beatles. Hoy si quiero puedo analizar la canción, pero en el fondo me vuelve a suceder aquello. Regreso a ese lugar, idéntico. Manejo la excitación y la euforia de otra manera, obviamente. Aunque también tiene algo doloroso, angustiante, porque es un grupo que ya no existe, una infancia que se terminó hace rato. La sensación es ambigua.

En la adolescencia solía soñar con esa canción y con Los Beatles. Me los encontraba en un bar, uno de esos típicos de españoles. Había muy poca gente, pocas mesas, una barra. Con luz de tarde. Y yo entraba, me pedía un café con leche y me sentaba con ellos. Estaban los cuatro vestidos normal, pero con el corte de pelo y los bigotes de la psicodelia onda Sgt. Pepper. No lo podía creer, era buenísimo: aprovechaba para preguntarles todo lo que quería saber. Eran charlas tipo: “¿Y cómo hicieron para escribir ‘She Loves You’? ¿Les salió naturalmente? ¿La letra cómo apareció? ¿Y los arreglos? Y vos, Paul, ¿qué tocás en tal parte?”. Un sueño recurrente, que me acompañó durante años, hasta los 16. Pero si lo hubiera podido cumplir en la realidad, creo que me hubiera puesto a llorar y les hubiera agradecido por todo. “¡No soy digno!”

“She Loves You” es bien visceral. Tal vez el mejor adjetivo que la describe sea “afiebrada”. La fiebre producto de la excitación, del alto nivel de energía que contagia. Si uno la analiza, es una canción con dos acordes, bastante sencilla. La letra no tiene demasiadas vueltas. Sin embargo, ahí está impreso ese caudal gigantesco de energía que tenían. En general, toda la discografía de Los Beatles me genera esa sensación. Pero la música de cuando eran pendejos calientes que se la pasaban todo el día tocando, tiene una fuerza especial. Algo más bien primitivo, lo que me llegaba más directo cuando era chico. Y hasta lo imaginaba, lo visualizaba: una pelota de aire blanco que se me metía en el cuerpo y me ponía en tensión, en un estado de querer crear cosas. Un motorcito.

Uno se acostumbra a hacer lo que hace, empieza a seguir ciertas rutinas. Por eso, de vez en cuando, recibir una inyección de aquello está buenísimo. Hace poco, cuando estuvo en Argentina, a Paul le preguntaron en una entrevista cómo hacía para seguir pegándose palazos y saliendo de gira cada seis meses. Y contestó algo que tenía mucho que ver con la energía de “She Loves You”. Dijo que cuando llega a la sala, prende el equipo y escucha el “track”, el ruido a encendido, eso ya lo pone en tensión. Y es tal cual. Para resumirlo, es la gran motivación que me dio “She Loves You” en esa primera etapa. Fue lo que me trajo hasta acá.

sábado, 19 de marzo de 2011

ANDREA ALVAREZ Y “PORQUE HOY NACI”, DE MANAL







Despiértate nena











Por Andrea Alvarez

Soy fanática del rock argentino de los ‘70. Las bandas de esa época son las que más me gustan, porque han conseguido algo que es muy difícil de hacer: un rock con raíz en el blues pero con grandes letras en castellano, con un nivel muy alto de poesía. En esos años el rock nacional tenía grandes poetas, como Javier Martínez (con quien me identifico también porque es un baterista-cantante). Eran rockeros que tenían una especie de antena que los conectaba con el mundo, en un sentido muy distinto al de hoy, que tenemos una antena gigantesca que a veces sólo produce desconexión. Bandas como Manal, Color Humano y Pescado Rabioso estaban directamente conectadas con Cream, con Jimi Hendrix, con los grandes de ese momento. Para dominar música como la que ellos hacían tenían que ser además muy buenos instrumentistas, pero lo que de verdad me impresiona de aquellas canciones son las letras. Hace poco hice el ejercicio de volver a revisar algunas letras que conozco desde hace mucho, pero esta vez por escrito, sin la música, porque de esa manera uno las lee como si fueran poesía, y volví a descubrir que son espectaculares. En ellas encuentro algo que aparece mucho en las canciones de ese momento, y que a mí me interesa y me toca especialmente, que es la idea de renacer, de resistir, de construirse a uno mismo a pesar de todo. Son letras increíbles de cuando el rock era un movimiento de resistencia.

Podría haber elegido un montón de temas, por ejemplo la canción “Avenida Rivadavia”, que es tan de varón rockero, cuando dice: “¿Cuándo subiste a mi tren, mujer, que yo no te vi?” (es como que las mujeres se van colando en la vida de los varones del rock y éstos no las registran). O “El león”, o “Necesito un amor”, que son tan argentinas y a la vez tienen un swing tan poderoso que parece mentira que hayan conseguido escribir con tanta clase algo tan cotidiano, con tanto vuelo algo tan urbano, fino y musical y muy lindo de cantar a la vez. Son canciones bien porteñas, por la problemática que cantan, cantadas por personajes que están solos por ser quienes son, rodeados de gente mediocre, chata, que no la ve. Todas las letras remiten a eso: al tipo que está en una frecuencia distinta, al que le dicen que no se puede volar, y lo dicen todo en un castellano tan de charla coloquial, bien argento, y a la vez con poesía.

“Porque hoy nací” es una de mis favoritas de Manal. Tiene una letra de sólo siete renglones que se repiten, y que hablan de un “despertar”, de ese renacer que es un tema común a las canciones de su tiempo. Es una cuestión que me obsesiona; me interesa mucho la gente que está buscando despertarse permanentemente, y que busca otra gente que la despierte. “Porque hoy nací” habla sobre un tipo que está registrando que, a partir de este mismo momento, de este mismo segundo, está despertando, está naciendo. Y que a partir de ahora vive. Ya no vegeta. Es una canción sencilla y profunda; no tiene estribillo pero ¡cómo me emociona! Es perfecta: dice lo que tiene que decir y lo dice como nadie. Es uno de esos temas que hace que seamos músicos.

“Porque hoy nací” significó una especie de despertar personal para mí. Yo tuve miles de despertares en mi vida, pero uno fue definitivamente cuando escuché esta canción por primera vez, cuando era muy chica. Mi maestro Horacio Gianello me mostró música que me hizo cambiar, y yo creo que hice y hago lo mismo con mis alumnas, que las habré ayudado y sigo ayudando a tener sus despertares. El último despertar grande que tuve fue cuando hice mi penúltimo disco, ¿Dormís?, que marcó un cambio enorme para mí. Uno a veces en la vida trata de amoldarse para vivir más cómodo; de borronear las diferencias que uno tiene con los demás, en lugar de escucharse a uno mismo en su esencia. Y a veces hay un momento, una canción que escuchás o alguien a quien conocés, que te pone en tu propia frecuencia, y te ayuda a encontrar un camino propio. Yo encontré finalmente un camino propio cuando hacía este disco. Y me inmunicé, no me importó más nada. Dejé de tratar de gustarles a todos, porque acepté que eso es imposible. Y así es como uno puede empezar a expresarse de verdad.

Ese fue mi último gran despertar y esta canción, “Porque hoy nací”, trata sobre todo esto: sobre alguien que está en medio de la nada, de pronto lo ilumina algo y empieza a vivir de otra manera. Yo tuve esa iluminación y empecé a vivir de otra manera, y ahora ya no voy más en contra de mí.

Andrea Alvarez está presentando el DVD Doble A en vivo en estudio ION, con ella misma en voz y batería, Lonnie Hillyer en bajo, León Peirone en guitarra y Mariano Martínez y Richard Coleman como invitados, a través de su página web, donde se ofrece su descarga gratuita. www.andreaalvarez.com

Banda fundacional del rock argentino, Manal se formó en 1968, cuando Javier Martínez y Claudio Gabis –que se habían conocido el año anterior en un happening en el Instituto Di Tella– se juntaron con Alejandro Medina, que venía del grupo beat Los Seasons. Su primera intención como grupo fue grabar un repertorio de soul y blues, influencia esencial que dio forma luego a las composiciones propias de la banda. La creación casi simultánea de Mandioca, el primer sello discográfico del rock nacional, permitió que editaran sus primeros simples entre el ‘68 y el ‘70, que fue el año en que lanzaron el primero de sus dos únicos discos LP en esta primera etapa, Manal. Este álbum incluyó varios de sus temas clásicos, como “Jugo de tomate”, “Avellaneda Blues”, “Avenida Rivadavia” y el favorito de Andrea Alvarez para esta página: “Porque hoy nací”. En 1971 editaron El león, un segundo disco, que no tuvo la repercusión esperada, y poco después se separaron. En 1981 se juntaron nuevamente y dieron una serie de recitales exitosos en Obras y en el interior, y editaron un álbum de materiales inéditos, Reunión, pero a fines de ese año volvieron a separarse y las futuras reuniones serían ya sin Gabis.

Porque hoy nací
(Del disco Manal, 1970)
Letra de Javier Martínez


Hoy adivino qué me pasa
por qué mi nombre no soy yo
por qué no tengo una casa
por qué estoy solo y no soy.
Porque hoy nací, hoy nací.
Hoy recién hoy, el sol me quemó.
Y el viento de los vivos me despertó.
Hoy adivino qué me pasa,
por qué mi nombre no soy yo
por qué no tengo una casa
por qué estoy solo y no soy.
Porque hoy nací, hoy nací.
Hoy recién hoy, el sol me quemó
Y el viento de los vivos me despertó.

lunes, 15 de noviembre de 2010

EL NIñO JOSELE Y “ENTRE DOS AGUAS” DE PACO DE LUCIA.







Cómo conocí a mi guitarra

Por El Niño Josele






La primera canción que escuché, al menos desde que tengo uso de razón, es “Entre dos aguas”, de Paco de Lucía. Era muy pequeño cuando mi padre la tocaba con su guitarra para que yo me quedara dormido; pero, según me cuenta él, yo hasta me ponía nervioso escuchándola y me ponía a bailar en la cuna.

Luego, la verdad es que a los 7, 8 años ya empezaba a gustarme todo, no sólo Paco de Lucía, sino toda la música: mucha música clásica; me gusta mucho el tema de la película Jardín secreto, que es una melodía que me emociona; o la banda sonora de la película El francotirador, de Michael Cimino, que tiene un tema muy bonito que se llama “Cavatina” (de Stanley Myers), ¡o la banda sonora de Rocky, que yo escuchaba mucho cuando era niño...! Pero yo he nacido en el flamenco.

Empecé a tomarme en serio el tocar la guitarra a eso de los 11 años. Si a los 7 ya sabía cómo tomar una guitarra, poner los acordes, fue porque eso formaba parte de mi vida familiar. Pero a los 11 empecé a estudiar con constancia, y todavía estoy aprendiendo: nunca se deja de aprender, sería muy aburrido saberlo todo, y siempre me acompaña esa inquietud de seguir aprendiendo...

Y como he nacido en el flamenco, me es imposible recordar cuándo fue que tomé conciencia de lo que me gusta o no; el flamenco es lo que me ha envuelto desde que nací, está en mis venas. Mi padre es guitarrista flamenco, mis tíos, mis primos son flamencos, y todos los guitarristas hemos tocado “Entre dos aguas”. Por supuesto que yo la he tocado también. Así que cuando empecé a tocar, todo era flamenco: mi casa era un sitio de músicos y todo el mundo cantaba y bailaba. Desde pequeño he tenido la oportunidad de estar con grandes del flamenco y de disfrutar de esas fiestas que duraban hasta las tres, cuatro de la mañana, escuchando aprendí qué era una soleá, una seguiriya, una malagueña.

Pero si entre tantos temas, autores e intérpretes, “Entre dos aguas” sigue siendo tan influyente para mí es porque a pesar de todo el tiempo transcurrido y la experiencia ganada y la música conocida, es este tema el que vuelve a mí recordándome mi niñez, y aquella primera ocasión en que escuché la guitarra. “Entre dos aguas” representa para mí aquella época; es el espíritu, y también las ganas de seguir tocando la guitarra.

Siempre admiré la habilidad de Paco de Lucía con la guitarra, su técnica, pero también su dulzura, su ritmo. Paco es una persona muy tranquila que transmite mucha seguridad cuando uno sale a tocar con él. La primera vez que lo vi en persona fue cuando tenía unos 10 u 11 años. El tocaba en Palma de Mallorca, en la Plaza de Toros, y mi padre me llevó a verlo. Fuimos a su camerino, y allí Paco me dijo que si me gustaba la guitarra que siguiera estudiando, y también me prometió: “Si alguna vez tocas la guitarra y me gusta, te vienes conmigo de gira y te regalo una guitarra”. Pasó el tiempo y para sorpresa mía me llamó para hacer la gira de Cositas buenas. Nunca le hablé de ese encuentro porque me daba mucha vergüenza. Pero luego supe que él se acordaba perfectamente de mí; se acordaba de mi padre y, de hecho, cuando fuimos a mi tierra, Almería, en uno de los conciertos, mi padre vino a recogerme al aeropuerto, y allí Paco y él se saludaron, estuvieron hablando y se fueron juntos en un coche mientras yo me iba en otro con los músicos. Más tarde mi padre me contó que Paco le había dicho que se acordaba de mí y que al final de la gira me iba a regalar una guitarra. Y así fue: cuando terminamos me regaló la guitarra que él había estado tocando al principio de la gira, y que es la misma guitarra que yo sigo tocando hoy.


Entre dos aguas

(Del disco Fuente y caudal, Paco de Lucía, 1973)

Paco de Lucía (nacido Francisco Sánchez Gomes en Algeciras, Cádiz, en 1947) es uno de los guitarristas vivos más virtuosos del mundo. Criado en el musical ambiente hogareño, tomó su nombre artístico de su madre, Lucía Gomes “La Portuguesa”, y tuvo tempranas lecciones de guitarra a cargo de su padre y su hermano. Suerte de heredero del Niño Ricardo y de Sabicas (dos de las principales figuras de la guitarra flamenca), a fines de los ‘60 conoció a Camarón de la Isla, y juntos dieron comienzo a una sociedad creativa que hoy es mítica, y que alumbró los primeros discos de cada uno de ellos: el de De Lucía se llamó Dos guitarras flamencas (1965, junto a Ricardo Modrego, con quien ese mismo año lanzó también 12 Canciones de García Lorca para guitarra).

A Paco de Lucía se le adjudica la popularidad internacional de la que goza actualmente el flamenco, a veces mediante una experimentación libre en la que se permitió fusionarlo con otros géneros y estilos, en particular el jazz, además de haber resuelto algunos requerimientos percusivos de su música mediante la introducción del cajón, tras escuchar al músico afroperuano Caitro Soto.

“Entre dos aguas” es un tema que pertenece a su disco de 1973 Fuente y caudal, el quinto de su carrera, compuesto de ocho temas de De Lucía y Torregrosa, y considerado de un nivel de perfección técnica sin precedentes en el flamenco. En un principio eran siete temas, pero una vez grabados éstos, se les agregó una rumba “semiimprovisada” que es justamente “Entre dos aguas”, interpretada con bajo y bongó, y que es la obra que termina de catapultar al músico de Algeciras a la fama internacional.




Niño Josele


Juan José "Niño Josele" Heredia (n. Almería, 1974) es un guitarrista flamenco.
Hijo del Josele, cantaor almeriense, es descendiente de una larga dinastía de tocaores y cantaores almerienses, comenzó a despuntar a mediados de los años 1990, ganando en 1996 el Concurso de Jóvenes Intérpretes de la Bienal de Flamenco de Sevilla.

Ha tocado en multitud de países y en compañía de músicos de todos los ámbitos, desde flamencos como Paco de Lucía,Montse Cortés, Duquende, Remedios Amaya, Pepe de Lucía, Enrique Morente o el Cigala, a intérpretes de talla internacional como Andrés Calamaro, Joan Manuel Serrat, Lenny Kravitz, Alicia Keys o Elton John.

Con él han colaborado productores musicales como Javier Limón o Fernando Trueba.

Discografía

* Calle Ancha (1995).
* El Sorbo (2001), con Javier Limón.
* Teatro Real (2002), con Diego El Cigala.
* Niño Josele (2003).
* Paz (2006).
* La venta del alma (25 de Agosto del 2009). edición limitada.
* Española (2009).

miércoles, 1 de septiembre de 2010

JULIA ZENKO Y “CON LAS ALAS DEL ALMA”, DE ELADIA BLAZQUEZ Y DANIEL GARCIA


















Por Julia Zenko

Leí la letra de “Con las alas del alma” por primera vez en la misma época en que colocaron la bomba en la embajada de Israel, y al leerla sentí que expresaba todo lo que me estaba pasando a mí en ese momento. Yo no soy compositora, no tengo ese talento ni tampoco, por ahora, la necesidad de escribir. Pero cada vez que elijo una canción trato de que represente mi pensamiento y mi sentimiento. Precisamente por eso siento que encontrar “Con las alas del alma” fue casi mágico.

Yo estaba buscando repertorio para grabar, y cuando le pedí a Eladia Blázquez una canción tenía ésta, que no sé si la había escrito inspirada en la historia trágica del atentado del ‘92. Estoy casi segura de que no. Pero lo que sí supe desde el primer momento era lo mucho que me gustaba; sentí que era como si la hubiera escrito yo. Desde la angustia hasta la emoción final del epílogo, se asemeja mucho a la manera en que yo sentí esa realidad que estábamos viviendo todos en ese momento.

Hay un momento en que la letra dice: “Más allá del asombro me levanto entre escombros / sin perder el aliento / y me voy de las sombras por algún filamento / y me subo a la alfombra con la magia de un cuento”. Esa estrofa me transporta a la imagen televisada de la gente ayudando a levantar los escombros para rescatar a los heridos, para ver si quedaba alguien con vida allá abajo. A pesar de todo el dolor, con vuelo, con amor, con la vida, se sigue adelante. Ese cuento es, también, ese espacio único que el arte puede crear para uno, y en el que uno puede encontrar un refugio.










La fantasía y la música ocuparon ese lugar en mi vida desde muy chica. Cuando era una nena, mi vida familiar podía ser a veces muy difícil. No quiero exagerar: nadie mató a nadie y yo tuve a mi mamá y a mi papá a mi lado, pero había ciertos secretos, cosas que nadie me contaba pero que yo intuía. Y desde siempre supe que podía encerrarme en mi cuarto a escuchar música y a cantar, y de esa manera alegrarme y ponerme un poco, por un rato, a resguardo de todo aquello, de toda esa angustia y esa tristeza. Eran también momentos muy difíciles para vivir en el país, y mi hermano seis años mayor que yo –que fue en parte uno de los responsables de que se escuchara música en mi casa desde que yo era muy chica; él fue el que llevaba los discos de Mercedes Sosa, Daniel Viglietti, de Víctor Heredia, o de música brasilera– tuvo mucha militancia política. Entonces, a aquellos secretos y discordias de mi vida familiar, en un momento se sumó eso, la persecución política de gente muy cercana, lo que hizo nuestra vida todavía más dura. La música llenó un espacio entonces.

Y sin embargo, en mis primeros discos no siempre busqué decir algo importante a través de mis canciones; creo que fue recién después de al menos tres discos que tomé conciencia de la necesidad de encontrar y hacer mías canciones que me permitieran ir más allá de la simple conexión emocional y me permitieran decir algunas cosas. Eso es justamente lo que encontré al leer y cantar “Con las alas del alma”.

Poco después del atentado a la embajada fue el de la AMIA, y hoy los familiares de las víctimas me llaman para cantar esta canción en los aniversarios y homenajes. Yo sé que Eladia no la escribió pensando en aquellas desgracias, pero no han sido muchas las canciones que me pegaron de esa manera, y creo que fue algo un poco intuitivo de mi parte, porque hoy, tantos años después, expresan una emoción parecida para mucha gente.















Eladia Blázquez

(1931-2005) Fue compositora, autora y cantante. Fue una de las más exitosas y prolíficas creadoras de tangos desde fines de los ‘60, cuando la popularidad del género ya había menguado. Resistida por los tradicionalistas por su estilo de letrista moderno, se la llamó la “Discépolo con faldas”. Formada en el repertorio popular español que cantaba de chica –cuando Buenos Aires era la mayor ciudad gallega del mundo–, luego abordó el folklore argentino, el bolero, el tango y la balada. Grabó su primer LP tanguero en 1970; en él incluyó el celebrado “Sueño de barrilete”, además de algunos de sus mejores temas (“Contame una historia”, “Sin piel”, “Mi ciudad y mi gente”). Su tango más popular fue “El corazón al sur” (1976).

Daniel García

Es hoy el director musical y arreglador del quinteto Tangoloco. Productor con un estudio de grabación propio, García cuenta con una trayectoria internacional. Grabó diez CD para Julia Zenko, y trabajos junto a Mercedes Sosa, Víctor Manuel, Pedro Aznar, Alejandro Lerner, Lito Vitale, Rubén Rada, León Gieco y el cellista Yo Yo Ma, entre otros. En 1994 ganó el Martín Fierro por la canción “Con las alas del alma”, cuya melodía compuso sobre los textos de Blázquez.


domingo, 1 de agosto de 2010

ERNESTO SNAJER Y LA VERSION DE LILIANA HERRERO DE “LA CASA DE AL LADO”, DE FERNANDO CABRERA





QUE NADIE ME MIDA EL CORAZON








Por Ernesto Snajer

Cuando era chico y escuchaba algo que me gustaba, creo que entraba en trance. Empecé a escuchar música de muy chico: es algo con lo que tuvieron mucho que ver mi mamá y mi tía, pero especialmente un abuelo muy melómano, que era colectivero y cuando él volvía de trabajar se ponía con el combinado. Yo lo miraba a escondidas, pero de ahí adquirí el hábito. Luego escuché Sgt Pepper’s y me volvió loco, y a los 11 años ya tenía la colección completa de Los Beatles. Si una canción me gustaba mucho yo entraba en un estado de beatlemanía: de pronto estaba en Liverpool tocando con ellos.

Ahora, por lo general, siempre estoy tratando de recuperar ese sentimiento de cuando alguna canción me transportaba a otro lugar. A mí me pasó que a medida que iba juntando más experiencia como músico, cambió mi manera de escuchar y de relacionarme con la música. Siempre existen cosas para descubrir o redescubrir, pero son pocas las cosas que me conmueven profundamente como al principio. Hoy tengo una escucha más quirúrgica de la música, aunque aquella otra experiencia de mi infancia no se perdió del todo. Sigo buscando. Y eso es lo que me sucedió con “La casa de al lado” de Fernando Cabrera, en especial con la versión de Liliana Herrero.

Conocí esta canción cuando Liliana estaba armando el repertorio de Igual a mi corazón, y me la cantó a capella. Ella arrancó con: “No hay tiempo, no hay horas, no hay reloj” y yo ya estaba otra vez en Sarandí con Pablo Ramos y los pibes, en verano y sin hacer nada. Tardes enteras en cueros, muertos de calor, en patas en la vereda, con el tocadiscos fuerte en la casa de mis abuelos. No nos aburríamos de hacer eso. Ese tema que hizo acordar de aquello. Una de las cosas sensacionales de la letra es que describe algo del barrio, pero aunque puede parecer costumbrista no lo es demasiado: el costumbrismo mucho no me gusta, tiene que tener algo psicodélico en el medio, y esto lo tiene. Es la clase de temas que uno conoce aunque no lo haya escuchado antes, parece que siempre hubiera estado ahí, como “Muchacha”, “Yesterday” o “Lately”, de Stevie Wonder. La melodía es hermosa y los acordes iban sonando en mi cabeza, a pesar de que Liliana cantaba a capella.

Creo que el mérito mayor de Fernando, es que es imposible imaginar otra melodía para esa letra (y viceversa). Son geniales las dos cosas e inseparables. Y es muy lindo cómo llega el estribillo después de las estrofas, parece un desahogo. Me gusta mucho que si bien hay un tono melancólico, no es un bajón. En general no me gustan los temas tristes, y a éste no lo siento exactamente triste. La letra parece decir que, bueno, las cosas eran así; está buenísimo que fueran así pero ya han pasado, y el mejor momento es ahora. “Se pasa el año, se pasa volando”, dice la canción, y el verso me resulta impactante: el momento es ahora, es importante, no hay que dejar que se nos escape. Al menos eso es lo que yo interpreto, lo que me llega.

La manera de Liliana de cantarla es conmovedora, muy profunda y tiene todos los matices posibles. Matías Arriazu en la guitarra y Mariano Cantero en la percusión tocan como los dioses, son dos tipos que juntos se potencian y parecen un grupo más numeroso. También tiene un rol importante en la grabación Marcelo Moguilevsky. Sus frases de clarinete parecen las voces de las personas que vivían en ese universo que pinta Cabrera en la canción, ecos de gente que uno conoció –los vecinos del barrio tal vez– y que no está más.















La casa de al lado

Letra y música de Fernando Cabrera (Versión adaptada por Liliana Herrero para su interpretación)

No hay tiempo no hay hora no hay reloj
no hay antes ni luego ni tal vez
no hay lejos ni viejos ni jamás
en esta olvidada invalidez.
Si todos se ponen a pensar
la vida es más larga cada vez
te apuesto mi vida una vez más
aquí no hay durante ni después.
Dejá no me lo repitas más
nosotros y ellos vos y yo
que nadie se ponga en mi lugar
que nadie me mida el corazón.
La calle se empieza a incomodar
el baile del año terminó
los carros se encargan de cargar
los restos del roto corazón.
Acá no hay tango
no hay tongo ni engaño
aquí no hay daño
que dure cien años
por fin buen tiempo
aunque no hay un mango
estoy llorando
toy me acostumbrando
Acá en esta cuadra viven mil
clavamos el tiempo en un cartel
somos como brujos del reloj
ninguno parece envejecer.
Mi abuelo me dijo la otra vez
me dijo mi abuelo que tal vez
su abuelo le sepa responder
si el tiempo es más largo cada vez.
Se pasa el año
se pasa volando
ya no hay más nadie
que pueda alcanzarlo
y yo mirando
sentada en el campo
como se pasa
el año volando.
No pasa el tiempo
no pasan los años
inventa cosas
con cosas de antaño
a nadie espera
la casa de al lado
se va acordando
se acuerda soñando.

Fernando Cabrera (1956, Montevideo)

Guitarrista y cantautor, docente de música y poeta. La primera agrupación musical que integró fue el trío MonTRESvideo junto a Gustavo “Pacho” Martínez y Daniel Magnone, hasta 1977. En 1982 formó el grupo Baldío junto a Andrés Recagno, Gustavo Etchenique y Andres Bedó, y luego Bernardo Aguerre; con ellos grabó un único disco. En 1984 empezó su carrera solista con el álbum El viento en la cara y ya lleva grabados quince discos. Destacado como productor, cumplió esa función para el disco Litoral, de Liliana Herrero.










Liliana Herrero (1948, Villaguay, Entre Ríos)


Intérprete de folklore y profesora universitaria de filosofía, se inició como cantante en los ‘60. En sus interpretaciones busca fusionar temas de raíz folklórica con sonidos y tratamientos contemporáneos, e influencias del rock y el jazz. Compartió escenarios y grabaciones con músicos como Juan Falú, Gerardo Gandini, Adrián Iaies, Hugo Fattoruso, Raúl Barboza, Arismar do Espirito Santo o Hermeto Pascoal. Sus tres primeros discos fueron producidos por Fito Páez, quien también la acompaña en el disco El Tiempo, Quizás, al igual que Luis Alberto Spinetta. Herrero grabó la versión de “La casa de al lado”, de Cabrera, para su disco Igual a mi corazón, en 2008.


domingo, 18 de julio de 2010

PALO PANDOLFO Y LAURA VA DE LUIS ALBERTO SPINETTA





Por Palo Pandolfo



“Laura va”, del primer disco de Almendra, es una de las obras maestras del rock nacional, una de esas canciones que te muestran un mundo diferente. Yo empecé a escuchar música desde chiquito, y lo primero que conocí de Almendra lo escuché por la radio, en la década del ‘70. Cuando tenía 6 o 7 años, en el ‘71, ‘72, escuchaba radio todo el día. No teníamos televisión y en los momentos en que mi viejo y mi vieja estaban en otra cosa, yo me acaparaba la radio un rato, una hora, y de vuelta después a la noche, cuando me iba a dormir. Para los 11, 12 años, que es cuando empecé a componer mis propias canciones, empecé también a darme cuenta de que “Canción para mi muerte” y “Muchacha ojos de papel” eran algo diferente a todo lo que daban por ahí. Y la cuestión era Almendra, que me enloqueció desde tan temprano, desde antes incluso de tener el disco, al que escuché completo recién cuando me lo prestó un amigo, a los 15.

A “Laura va” se la puede encarar por millones de lugares, pero creo que lo más importante es la forma de cantar de Spinetta, la intimidad que genera con el oyente. El arreglo de Alchourron para arpa y bandoneón es totalmente anticipatorio, y de alguna manera abre el juego para la creación desde la música eléctrica, que es lo que había en los ‘60 y ‘70, haciendo una fusión tremenda de lo global con lo argentino. El bandoneón lo grabó Rodolfo Mederos, que había sido llamado por Alchourron. Y el resultado es increíble: si una banda sacara hoy un tema como “Laura va”, sería totalmente de vanguardia, por moderna y progresista, y eso que es un tema que ya tiene cuarenta años. Hay una parte de la letra que me impacta mucho, que es cuando dice: “La cubre de besos / y el sol también”. Spinetta tiene ese lado femenino muy a flor de piel, esa dulzura y esa feminidad al cantar, pero al mismo tiempo es tremendamente varonil. Es un tema yin yang: él es el sol que cubre de besos a esa criatura, a Laura, cuando decide irse.

Yo me crié escuchando a Los Beatles, y Almendra es la banda beatlesca argentina. Es fundacional: si le afanás a Almendra, vas a hacer algo buenísimo. Por otro lado es muy interesante el año en que sale el disco: ‘69, ‘70. Todavía latía el sueño de un país mejor, más sano, con una historia en la cultura de la música argentina en la letra; todavía estaba presente la vida de un país posible más justo. No habían pasado la Triple A, ni la dictadura militar, ni toda la masacre, y creo que todo lo que se producía en la época era revolucionario en el mejor de los sentidos, porque generaba un cambio hacia adelante, hacia el bien, hacia la elevación del espíritu humano. Me parece muy profunda la época, la manera en que se vivía la sociedad; todo el mundo veía que el de al lado era un hermano. Después de todo lo que pasó entre los ‘70 y los ‘90, creo que sólo pasamos a sentir más aversión los unos por los otros. Y “Laura va” habla de una fe en nosotros, en un público que quiere escuchar algo elevado, profundo, original, que no se escuchó antes. Una banda como Almendra se permitía un experimento así, y además lo editaba y le iba bien tocándolo en los recitales.

Cuando empecé a escribir canciones, yo estaba bajo el aura de “Canción para mi muerte”, “Muchacha”, y de Sgt. Pepper, Revolver y algún que otro disco de Los Beatles. Cuando armé mi primera banda en el ‘78 y debutamos en el ‘79, estaba muy influenciado por Aquelarre, Pescado Rabioso y Color Humano, que es un poco la diáspora de Almendra. Y cuando hice Don Cornelio, que éramos modernos y punk y dark y qué sé yo, en el ‘84, al grabar nuestro primer disco, me escuché grabado y me dije: “Soy re–spinettiano, canto como Spinetta”. Esa fue mi influencia, el aura de Spinetta, desde los 12 hasta los 23 años; después ya me volcaría a Sumo, a la influencia tremenda de Joy Division y haría ese clic, generando ese personaje más oscuro. Desde entonces, y hasta ahora, sigo teniendo mis dos caras, una más luminosa y otra más oscura; y Spinetta sigue estando ahí, en el principio de todo, con ese don, con esa ley armónica que inventó él en su guitarra, con esa capacidad para conectarse con mundos elevados, con el cielo.

Después de decidir que iba a hablar de “Laura va”, me puse a buscar versiones y videos en YouTube y la saqué por primera vez en la guitarra. No lo había hecho nunca hasta ahora, pero la voy a seguir tocando... ¡Y ahora la puedo empezar a tocar en los fogones!

Laura va

Laura va,
lentamente guarda en su valija gris
el final de toda una vida de penas.
Laura va,
unos pasos la alejan del pueblo aquel,
donde ayer jugaba al salir de la escuela.
Laura, pobre tu dolor
se cayó de una oración.
Por eso te vas con él.
Por eso te vas
y hay algo de bueno en tus ojos
sin querer.
Laura ve,
los años le han dado la resignación
y el dolor.
Se fue con sus pocas tibiezas.
Laura ve,
aunque es grande su vida comienza aquí
y a la vez termina la sed de su espera.
La valija pesa y él la ayuda a entrar en el tren.
La cubre de besos
y el sol también.


Fue compuesta por Spinetta y editada el 5 de enero de 1970 como último tema del lado B del álbum Almendra I, con arreglos orquestales de Ricardo Alchourron. La canción fue inspirada por “She’s Leaving Home”, de Los Beatles (Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band). En ambas se cuenta la partida del hogar de una mujer joven. La canción tiene una cadencia tanguera y se la considera la primera del rock que incorpora un bandoneón.

Como todas las canciones del álbum, “Laura va” estaba identificada con un símbolo, en su caso una sopapa, que según la definición que se daba en los créditos del disco significaba “tema que le cantan esos hombres a esa lágrima del hombre de la tapa, atados a sus destinos”.

Spinetta ejecutó otra versión de esta canción junto a Los Socios del Desierto en un recital unplugged realizado para MTV en 1997, con una orquesta de cuerdas dirigida por Carlos Franzetti y piano del Mono Fontana.

domingo, 6 de junio de 2010

TERESA PARODI Y “EL ARRIERO”, DE ATAHUALPA YUPANQUI













EL ARRIERO

Por Atahualpa Yupanqui/Pablo del Cerro

En las arenas bailan los remolinos,
el sol juega en el brillo del pedregal,
y prendido a la magia de los caminos,
el arriero va, el arriero va.
Es bandera de niebla su poncho al viento,
lo saludan las flautas del pajonal,
y animando a la tropa por esos cerros,
el arriero va, el arriero va.
Las penas y las vaquitas
se van por la misma senda.
Las penas son de nosotros,
las vaquitas son ajenas.
Un degüello de soles muestra la tarde,
se han dormido las luces del pedregal,
y animando la tropa, dale que dale,
el arriero va, el arriero va.
Amalaya la noche traiga un recuerdo
que haga menos pesada la soledad.
Como sombra en la sombra por esos cerros,
el arriero va, el arriero va.

El arriero” de Yupanqui es una de las canciones que más me han conmovido desde siempre. Creo que fue la primera con la que sentí un nudo en la garganta, siendo muy pequeña, cuando la letra me resonaba en el alma repitiendo: “Las penas y las vaquitas, se van por la misma senda / las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas...”

Por Teresa Parodi

La descripción de aquel oficio de tanta soledad, caminos infinitos, cerrazones, invierno, lejanías, me parecía tan nítida y hermosa entonces como ahora mismo.

Recuerdo la primera vez que la canté a “voz en cuello” fue en la escuela, un 25 de mayo y mi profesora de música me abrazó muy fuerte cuando bajé. Me sentía asustada cuando la cantaba pero aquellos versos poderosos me hicieron poner de pie tan erguida, con la responsabilidad de tener que contar algo que le sucedía a otros. Esos otros que Yupanqui traía a nuestros ojos y nuestro corazón en su bellísima pluma.

Conozco de niña aquellos oficios del campo. Tal vez por eso podía contar la historia con esa certeza.

En los veranos siempre íbamos al campo que tenía mi abuela en el medio de la provincia. Me gustaba oír a la peonada hablando en la cocina grande de la casa. Contaban sus idas y venidas, los pormenores de sus tareas.

Más de una vez, a caballo paseando con mi padre, los veía arreando la tropa, el ganado, en sus caballos briosos. Papá sabía explicarme que aquél era un trabajo duro. Que llevaban días de andar por los caminos bajo el sol o la lluvia, en los veranos calcinantes de Corrientes o en los inviernos de ventolera y llovizna, que no veían a su familia quién sabe por cuánto tiempo, que esto los hacía ser solitarios y silenciosos.

Las penas son de nosotros, pensaba y pienso, las vaquitas son ajenas...

Yupanqui me parecía y me parece un señor que decía las cosas muy claramente, tanto que hasta me dolían y me duelen.

No grabé, sin embargo, nunca “El arriero”. Tal vez porque tiene tantísimas versiones. Tal vez porque en ninguna voz puede sonar tan verdadera como en la de él. Tal vez porque no podía encontrar una manera de hacerla que me resultara a la altura.

Me gustó, en su momento, sobremanera, la versión apasionada y novedosa que hizo Divididos. Le agradecí en el alma que acercaran a Yupanqui a las nuevas generaciones que, estoy segura, no lo conocían.

Mi generación estuvo muy marcada por su música y su poesía. En mi casa esa música, como la de otros tan importantes, fue parte de lo que aprendí con amor. Me lo enseñaron mis padres.

Hoy no sé si Yupanqui y por supuesto aquellos tantos otros son moneda corriente en los medios y en las escuchas cotidianas de los argentinos.

Si alguna vez junto coraje y encuentro un lenguaje sonoro y expresivo que me arrime a lo que siento por esta emblemática canción, no sé pero ojalá suceda, tal vez, digo, me anime y la grabe. Por qué no.


viernes, 14 de mayo de 2010

CIRO FOGLIATTA y Long Tall Sally, de LITTLE RICHARD




VINTAGE



Por Ciro Fogliatta

Hoy escucho poca música por placer, ya que generalmente estoy trabajando sobre proyectos o trabajos propios de mi profesión y ello me lleva todo el tiempo. Pero cuando empezaba a relacionarme con este arte, en una época en que no había tantas posibilidades para escuchar música como ahora, sí dediqué mucho tiempo a escuchar música. Es ese momento en la vida en que uno recibe de todo, y en el que entonces aparece un disco que te marca. Y yo puedo decir que los discos que me marcaron han sido todos de rock and roll, de rhythm and blues, y de blues, que es el padre del rock’n’roll, y hasta me atrevo a afirmar, de toda la música pop actual: aunque el sonido haya cambiado, las melodías son las mismas que las que tocaban los músicos negros de los años ‘20.

En esos años en que empezaba a estudiar piano me llegaron algunos vinilos, simples, de 78 revoluciones, de los cuales uno fue especialmente importante para mí y fue ese single de Little Richard que tenía “Tutti Frutti”, y del otro lado “Long Tall Sally”, un tema que después grabaron Los Beatles y que acá llegó traducido como “Sally la lunga”. Ahí, en ese simple, en esas dos canciones, está condensado todo. El rhythm and blues, la música que vino de Nueva Orleans, que fue la ciudad en la que se cocinó casi todo.

Por ese entonces yo tocaba jazz en una banda de aficionados, la Eagle Dixieland Band. Eramos un grupo de muchachos del secundario y universitarios, todos mayores que yo, y me enseñaron mucho sobre el jazz. En los ‘50 hubo un revival de jazz muy importante en todo el mundo, que impulsó a muchos músicos, también acá, en Buenos Aires y en Rosario, que es donde yo vivía. El revival empezó en Estados Unidos, donde a fines de los ‘40 empezaron a reeditar todo lo que se estaba perdiendo. Estaba el periodista Alan Lomax, que era un diputado al que mandaron a recorrer todo Estados Unidos en busca de toda esa gente, esos músicos que estaban perdidos, para grabarles reportajes y algunas canciones. Se reeditaron grandes como Eddie Condon, King Oliver y Bix Biderbeke. Las ediciones en vinilo de todo eso rebotaron en el mundo entero, y acá nos llegaron incluso algunas cosas europeas de grupos nuevos armados bajo la sombra del fabuloso revival norteamericano, como Los Estudiantes Holandeses. Pero lo cierto es que los movimientos que llegan de otros países tardan en conocerse aquí y cuando te querés acordar afuera ya se terminaron. A mí me pasó cuando fui a Inglaterra en el ‘71 a buscar el swinging London; creí que me iba encontrar con las radios piratas y la glamorosa Carnaby Street y pasó que ya no había nada de eso; ya estaban Génesis y otros empezando la aventura de los ‘70. Con el revival del jazz pasó algo así: cuando empezamos a tocar con nuestra banda, a los clubes de barrio ya había llegado el rock. Nosotros tocábamos en los clubes del centro de Rosario. Aunque el primer grupo de rock en Rosario, Dany Alfaro y los Rockets, comenzó tocando en bailes del suburbio rosarino.

Pero volviendo a ese simple de Little Richard, todo estaba condensado ahí. Sólo hace falta poner esos discos ahora, subiendo bien el volumen, para ver que es impresionante: el swing, la dinámica que tienen. Ahora es mucho sonido y mucha pegada pero la grandeza que tiene esa música ya no la tiene nadie en el rock actual; es un grito que sale del corazón y una potencia que ya fueron transmitidos a los siguientes estilos, porque hasta los grupos de hard rock serían imposibles de no haber existido aquella música. En ese blues está todo lo que me importa. La letra en la música ahora es muy importante, pero para mí, lo que importó siempre fue la música. Lo digo porque tengo ahora la certeza, como la tuvo Schopenhauer hace 200 años, de que la música es un arte “excelso” que está por encima de todas las otras artes. La letra en el blues puede ser importante cuando respeta la música, y los músicos negros la han respetado muy bien. En el blues no se usan todas las palabras, sino sólo las que suenan bien. En inglés por eso se aceptan muchas arbitrariedades, y acá lo hizo Pappo con sus canciones y encajaba las palabras con sumo respeto por la melodía.

Un single como “Long Tall Sally” fue determinante para mí, para enrolarme en un género. Cuando empecé a dedicarme al rock todos decían que yo era “el blusero”, aunque lo cierto es que no me dediqué de lleno al blues hasta mucho tiempo después. El blues no es una música para progresar, para evolucionar: es siempre el mismo. Hay un tema de Albert King que dice “Blues no change”. Botafogo me contó que, cuando en Estados Unidos subía a tocar con un músico negro de blues, éste le decía “Vintage”, indicándole “no metas nada moderno”. El blues es una música bastante desconocida para muchos, pero para mí es exactamente un mensaje que viene del corazón. Yo no quiero que la música me haga explotar la cabeza. Con el blues no te va a explotar nada, con el blues vas a aprender a amar sin condiciones.

Tutti Frutti - Long Tall Sally (1956)

Little Richard (Richard Penniman, nacido en Georgia, 1935) ganó un concurso en 1951, y fue invitado por RCA Records para grabar ocho simples que no tuvieron demasiado éxito. Durante los siguientes años se mantuvo como pudo con diversos trabajos mientras seguía tocando. En 1955 envió un demo al sello Specialty, que seis meses después lo aceptó para una sesión de grabación en Nueva Orleáns, en la que no impresionó tanto por las canciones que grabó como por la melodía que improvisaba entre sesiones, al ritmo de “Tutti Frutti”. Ese fue el comienzo: debió modificar la letra (considerada obscena en su momento) del tema para grabarlo, pero fue su primer gran éxito, y el modelo de muchas canciones siguientes. Pronto le seguirían éxitos como “Slippin’ and Slidin’”, “Jenny, Jenny”, “Good Golly, Miss Molly” y “Long Tall Sally”. Esta canción, que Richard ensayó hasta la perfección, fue escrita por él junto a Robert Blackwell y Enotris Johnson y lanzada por Specialty en marzo de 1956. Al principio fue plagiada, con cierto éxito, por radios “para público blanco”, especialmente por Pat Boone.

El lado B del single fue “Slippin’ and Slidin’”, y ambas canciones aparecieron después en el LP Here’s Little Richard (marzo de 1957). El simple llegó al número uno en las listas de rhythm and blues, y ahí se quedó por 19 semanas. Unos años atrás, la versión grabada por Little Richard quedó en el puesto 56 de las 500 mejores canciones de todos los tiempos según la revista Rolling Stone. Muchos músicos hicieron sus propias versiones, pero una de las más famosas es la que grabaron Los Beatles (que la tocaban en vivo desde 1957) en 1964. “La primera vez que escuché de Little Richard –contó John Lennon– fue por un amigo que había traído de Holanda un 78 con ‘Long Tall Sally’ de un lado. Nos voló las cabezas, nunca habíamos escuchado a nadie cantar de esa manera en nuestras vidas, y esos saxos tocando como locos.”


sábado, 24 de abril de 2010

MIGUEL ZAVALETA Y El SILENCIO ES DORADO





EL CAMINO DORADO


Por Miguel Zavaleta






Cuando era chico, en la tele casi no pasaban videos musicales. Pero había dos que aparecían muy de vez en cuando: uno era “Born to Be Wild” de Steppenwolf, y luego otro de los Tremeloes, que se llamaba “Silence is Golden”. O sea: “El silencio es dorado”. Fue a fines de los ‘60, yo tenía 12 o 13 años, y los veía en la tele en blanco y negro. En esa época podías encontrarte dos o tres fotos de Los Beatles, pero nunca escuchabas una grabación suya. ¡No había nada! No llegaba nada. No veías las pequeñas filmaciones de las bandas, la cosa interna: tenías que imaginártelo todo. La gente se iba de viaje y, a la vuelta, le preguntabas qué concierto había ido a ver.

Uno de esos pocos videos que daba vueltas por ahí, entonces, era el de los Tremeloes. No se conseguía el disco, porque no había sido distribuido en la Argentina. Sólo estaba el video dando vueltas, pero lo pasaban muy de vez en cuando. No sólo no había programas de videos... ¡no había videos! Por eso el de “El silencio es dorado” pude pescarlo, a lo sumo, cuatro veces en el término de tres años. Pero cada vez que lo enganchaba, para mí era un éxtasis. Sigue siendo una canción sensacional: la escucho y me encanta.

De alguna manera, el rock se me apareció a través de “El silencio es dorado” y de la imagen de los Tremeloes. En el video aparecían ellos tocando en vivo, con sus trajecitos y sus flequillos, en pleno estallido beatle. Fue la primera canción de rock lisa y llana de la que me enamoré perdidamente. Nunca dejé de amarla, en realidad. Si hay una canción que me siguió a lo largo de toda la vida o, más bien, yo la seguí a ella, no hay dudas: es ésta.

En ese momento, el rock recién estaba empezando a llegar al lugar en el cual yo vivía, en el esquema de una familia muy poco musical. De hecho, a mi alrededor se comentaba que Los Beatles eran “unos maricones de pelo largo”. Era un ambiente conservador, de Barrio Norte; pero ya estaba explotando la locura de la juventud. No en mí todavía, pero yo sentía que esos videos que venían de afuera traían algo diferente. Después comprobé que era verdad que existía, pero en aquel momento creo que soñaba que había un mundo loco al cual se podía acceder. De alguna manera me veía yendo derecho a un mundo de abogados y de otros lastres de la sociedad. En todo caso prefiero ser un lastre de la sociedad musical.

No tengo ni la más remota idea de quiénes fueron los Tremeloes, el éxito que tuvieron ni nada parecido: lo único que conozco de ellos es ese tema. Traté de conseguirlo, pero durante años no pude. O quizá no lo hice. O quizá me olvidé. Sólo sé que es una gran canción que ha quedado en la historia y que, cada vez que la pasaban, me volvía loco. En mi cabeza siempre experimentaba la necesidad de volver a escucharla. Nunca había podido llegar a memorizarla en detalle, entonces cada vez que aparecía, volvía a renovarse su belleza: me sorprendía como la primera vez.

La primera vez que la toqué fue hace dos años, cuando la bajé de YouTube. Es una canción bellísima. Bellísima. El tema tiene unas voces y unos coros buenísimos, pero son apenas tres acordes: es muy fácil de tocar. Fue una experiencia lindísima: me di una panzada de tanto cantarla. Pero antes nunca la había tenido, ni siquiera en casete. Sólo la había escuchado una vez en lo de un amigo, que es coleccionista de discos. Le comenté que me gustaba mucho y dijo: “Ah, The Tremeloes...”. Fue, sacó un disco, lo trajo y lo puso en el equipo. Eso debe haber sido hace quince años. Después, con el advenimiento de la banda ancha en mi casa, empecé a investigar. Y me la paso escuchando temas que me pegaron de chico y que ni me acordaba que existían. Pero “Silence is Golden” es el primero que busqué. Algo marcó y, de alguna manera, hizo que nunca olvide el momento mágico, fascinante, en el que la oí por primera vez.


martes, 23 de marzo de 2010

GUILLERMO VADALA ELIGE SU CANCION PREFERIDA: “Quedándote o yéndote” de SPINETTA






“Quedándote o yéndote”

Por Guillermo Vadala

Hay un tema del Flaco Spinetta que me dejó sin aliento desde que lo escuché por primera vez, cuando era chico y practicaba con mi guitarra encima de los discos que me gustaban. “Quedándote o yéndote” tiene una letra genial, inspirada, que habla sobre la vida y la naturaleza. Es una de esas letras que te llega, y la música es súper dulce. Un punto muy alto en la inspiración de Luis, un tema que es piano y voz nada más, lo que logra un efecto muy intimista.

La canción está en Kamikaze, este disco que ya es bien viejo; no me acuerdo bien del año en que salió, pero sí que llegó en un momento en que pudo marcar un período fundamental de mi vida, ese momento en que empezaba a descubrir a algunos músicos, mientras escuchaba a Sui Generis, a Jethro Tull, a Deep Purple, a Zeppelin. Recuerdo que lo escuché un verano, que estaba de vacaciones, y que intenté sacarlo con la viola –yo ya tocaba un poco–, y que era un tema bastante intrincado del Flaco: se abría un poco de su ramo de composiciones con guitarra, riffs y líneas melódicas. Esto era otra cosa, una perla con una textura sonora notable.

Yo era un pibe, tendría 15 o 16 años, esos años en los que te vas formando, vas adquiriendo un gusto, y por ahí hay un día de tu vida en que un tema te rompe la cabeza. A lo mejor es un tema heavy, por ejemplo, o una letra de Charly, y yo ya había sintonizado un poco en la obra de Luis. En esto tuvo bastante que ver mi hermano Aldo, que tiene cuatro años y pico más que yo, y que hizo lo que hacen siempre los hermanos mayores, internarse en la jungla con el machete y abrirte el camino sin darse cuenta. El fue el primero en obsesionarse con tener un bajo eléctrico y el primero que trajo uno a la casa. Por esa época había estado hinchando todo el tiempo con que quería un bajo, y ya tenía un trabajo y un día se lo compró. Ese día llegué a casa de la escuela, y vi sobre el sillón este instrumento que nunca antes había visto. Sabía que era la viola porque teníamos una guitarra eléctrica, pero creo que por ese entonces ni siquiera sabía que un bajo tiene sólo cuatro cuerdas. Era un Caiola Mobel, que es una porquería, pero todavía lo tenemos. Y me acuerdo que empecé a tocarlo, a tocar sobre los discos de Rush, de Purple, de Led Zeppelin, sin saber que eso que hacía de hobby se iba a transformar en mi trabajo y en mi vida. Que eso que arrancó como un juego –levantarme a la mañana y en lugar de ir a tomar el desayuno lavarme la cara y ya directamente agarrar la viola y ponerme a tocar– iba a ser para siempre. Me automezclaba, practicando sobre los discos de los grandes, y yo creo que eso me hizo mejor que tocar con otros músicos, que fue el mejor entrenamiento posible: porque por ahí cuando uno es chico toca en bandas donde todos somos malos, y llegar a grabar un demo era por lo general terminar con la banda, ya que era el momento en que nos dábamos cuenta de que éramos un desastre y que todavía nos faltaba mucho. Mientras que si tocás sobre estos discos estás tocando con tipos que tocan de puta madre, manteniendo siempre el tempo, sin que nadie se equivoque –o en todo caso equivocándote sólo vos– y así vas aprendiendo a hacer las cosas como deben estar hechas.

Pero volviendo a “Quedándote o yéndote”, creo que lo que más me gustaba era que habla de la vida, de lo que ocurre más allá de tu participación, de lo que va a ser siempre así, de lo que no podés modificar ni torcer ni un poco el rumbo. La canción termina diciendo “y esto será siempre así / quedándote o yéndote”, y también me gusta mucho ese momento en que dice: “y deberás amar amar, amar hasta morir”. Creo que el significado de estar vivo es eso: el pulso de la vida es el amor. Amor romántico, amor por tu familia, por tus amigos, amor por la música que hacés, amor por la naturaleza –incluso preocuparse por no ensuciar la calle–; el amor referido en el sentido más amplio imaginable, así aparece en la canción.

Esta canción está hecha con el piano y no es muy guitarrística, y yo traté de tocarla con guitarra, pero sin llegar a esa magia que tiene el original, eso que lograba el Flaco con Diego Rapoport. Pero fui papá el año pasado y hay un tema, el último de mi nuevo disco, que le dediqué a mi hija: lo compuse yo, que soy bajista, pero lo ejecuta el Mono Fontana con piano solo. Hay algo en eso que para mí empezó y me marcó para siempre con el piano y la voz y las palabras de la canción del Flaco. Algo que se quedó conmigo para siempre desde que el día en que aquel chico que fui empezó, un verano, a tocar la guitarra encima de los grandes.

Quedándote o yéndote


Luis Alberto Spinetta

Y deberás plantar
y ver así a la flor nacer
y deberás crear
si quieres ver a tu tierra en paz
el sol empuja con su luz
el cielo brilla renovando la vida
y deberás amar
amar, amar hasta morir
y deberás crecer
sabiendo reír y llorar
la lluvia borra la maldad
y lava todas las heridas de tu alma
de ti saldrá la luz
tan sólo así serás feliz
y deberás luchar
si quieres descubrir la fe
la lluvia borra la maldad
y lava todas las heridas de tu alma
este agua lleva en sí
la fuerza del fuego
la voz que responde por ti
por mí...
y esto será siempre así
quedándote o yéndote.

Editado en el disco Kamikaze,
grabado en febrero de 1982 en
Estudios del Cielito.
Guitarras y voces: Luis Alberto Spinetta
Percusión de “banqueta”: David Lebon
Teclados: Diego Rapoport

Kamikaze es un disco que Spinetta hizo como solista en paralelo a Spinetta Jade, con algunas canciones anteriores (“Barro tal vez”, entre ellas) y otras nuevas que consideraba más apropiadas para ejecutar él solo. En él predomina la voz de Spinetta, un poco como en Artaud, acompañada por las armonías de su guitarra acústica. Además de “Quedándote o yéndote”, se destacan “La aventura de la Abeja Reina”, “Aguila de trueno”, “Ella también” y “Kamikaze”, y uno enteramente instrumental, “Almendra”.