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lunes, 4 de marzo de 2013

RECITAL DE ELTON JOHN EN LA CANCHA DE VELEZ (Bs. As.)





Señor de las cuatro décadas

 

El pianista británico festejó los 40 años de su canción “Rocket Man” con un show que revivió todos sus grandes éxitos. Sin gran despliegue escénico, Elton les cedió el protagonismo a las canciones, que lo definen como algo más que un simple baladista.

Por Joaquín Vismara

En tiempos en que la industria musical vive más que nunca de su propio pasado sobre la base de reediciones de álbumes clásicos, shows conmemorativos del aniversario de un lanzamiento clave y giras de reunión de grupos ya separados hace rato, emprender un tour que celebra los cuarenta años del lanzamiento de una canción roza la polémica. Al menos, claro, que quien lleve a cabo esta empresa sea Elton John, y entonces uno pueda entender la ironía y la provocación sutil detrás del gesto.

El pianista británico nacido como Reginald Kenneth Dwight pasó por tercera vez por Buenos Aires en el marco de una serie de shows que comenzó en noviembre en Australia para conmemorar el cuadragésimo aniversario de la aparición del simple “Rocket Man (I Think It’s Going to Be a Long, Long Time)”. El motivo del festejo es válido: tanto la canción como el disco al que pertenece, Honky Château, fueron su primer gran éxito en ambas márgenes del Atlántico en 1972.
Pero no sólo de efemérides vive el hombre. La premisa de esta gira es clara: “Grandes éxitos en vivo”, y de eso Sir Elton sabe bastante. En cuarenta y cuatro años de carrera, el músico inglés se despachó con treinta discos de estudio y más de un centenar de singles. Lo que ofreció en Vélez fue ni más ni menos que lo más destacado y celebrable de su repertorio, veinticuatro luminarias tan personales como irreprochables.

A diferencia de otros tours de calibre mundial, aquí no hay grandes despliegues escénicos, juegos de luces complejos ni demás artificios. Un escenario despojado y dos pantallas laterales son más que suficientes cuando lo que importa son las canciones, sobre todo cuando están bien ejecutadas. Con 65 años a cuestas, John ya no está para treparse a su piano Yamaha como en otros tiempos (lo hizo al comienzo y con un poco de esfuerzo en “The Bitch Is Back”), pero eso pasa a ser un detalle menor si su voz y su digitación permanecen intactos.

El eje del show está puesto en su período más prolífico en términos de calidad artística, desde Madman Across the Water (1971) a Caribou (1974). Dispuesto a despojarse de la etiqueta de baladista blando que le fue injustamente calzada en los ‘80, John muestra sus credenciales desde el vamos, con el ritmo sanguíneo de “Bennie And The Jets” y el balance de fuerzas entre rock y disco de “Grey Seal”, ambas del laureado Goodbye Yellow Brick Road, que con el pasar de las canciones se volverá el álbum más visitado de la noche.

 

El pianista se limita a lo suyo porque tiene detrás una ajustada banda, sostenida por Nigel Olsson y Davey Johnstone, ambos colaboradores suyos desde hace más de cuarenta años. Ni ellos ni ningún otro de los músicos osa robarle el protagonismo a la figura central. Aunque John no se mueva de su taburete más que para hacer una reverencia al final de la canción y tomar un sorbo de agua, se percibe el acuerdo tácito de que la noche es suya y de nadie más.

La selección de temas se reparte entre la complacencia todo terreno y los guiños al público que siguió más férreamente su obra con los años. De un lado, “Tiny Dancer”, “Candle in The Wind” y “Don’t Let the Sun Go down on Me”. Del otro, “Levon”, “Honky Cat”, “Believe” y el retrato de la bohemia neoyorquina de “Mona Lisas And Mad Hatters”. En el medio, la corrección política: John no puede evitar su diplomacia y el lugar común de que Buenos Aires es uno de sus lugares favoritos en el mundo y una breve rendición instrumental del “Don’t Cry for Me, Argentina”, de Andrew Lloyd Webber y Tim Rice.
Pasan los minutos y John muestra todas sus facetas. Su traje negro con mostacillas y un monograma con sus iniciales en lentejuelas doradas que ocupa toda su espalda calza a la perfección tanto para baladas sufridas como “Sorry Seems to Be the Hardest Word” como para los ribetes de glam rock de “Sad Songs (Say So Much)”. También hay lugar para el coqueteo con el blues crudo de “Hey Ahab” (de The Union, el disco que grabó junto a Leon Russell en 2010) y para los tintes sinfónicos de “Funeral for A Friend/Love Lies Bleeding”. Que un tipo que ha amenazado con echar a sus sonidistas en pleno show haya hecho oídos sordos de los problemas de sonido durante este último tema es llamativo, aunque quizás el paso de los años convirtió a Sir Elton en alguien más paciente.

A pesar de que el músico inglés ya tiene álbum nuevo terminado (The Diving Board, que se editará en septiembre), aquí no hay lugar para estrenos ni anticipos. Quizás esas canciones sean futuros éxitos, pero no lo son ahora. Sí lo son en cambio “Daniel”, “Crocodile Rock” y “Saturday Night’s Alright for Fighting”, y ni el artista ni el público están dispuestos a que se quebrante ese hilo conductor.

Antes de dar por finalizada la noche, John vuelve solo al escenario para irse lo más lejos posible en el tiempo. Echa mano a su disco homónimo de 1970, le sacude el polvo a “Your Song”, y a medida que la canción avanza, la banda se acopla para convertir al Amalfitani en un gran karaoke masivo. Una vez que la última nota se disuelve en el aire, Elton se despide con un ademán escueto y abandona el tablado sin más. La retirada es abrupta pero redefine la dinámica general: el papel protagónico pertenece a las canciones y no a quien las interprete.

ELTON JOHN

Músicos: Sir Elton John (voz y piano), Davey Johnstone (guitarra, coros y dirección musical), Matt Bissonette (bajo y coros), Kim Bullard (teclados), John Mahon (percusión y coros), Nigel Olsson (batería y coros), Tata Vega, Rose Stone, Jean Witherspoon y Lisa Stone (coros).
Lugar: Estadio José Amalfitani, sábado 2 de marzo.
Duración: 140 minutos.

sábado, 2 de marzo de 2013

ELTON JOHN LLEGA A BUENOS AIRES.



 


ELTON Y EL SON

 

Elton John fue muchos –revelación y prodigio, apadrinado por John Lennon, creador de hits serial, diva, cocainómano, déspota, baladista meloso, celebridad, infiel notorio, padre abnegado, esposo feliz– y ahora llega a Buenos Aires convertido en lo que parece ser la suma de sus mejores partes: en plena búsqueda de su segundo hijo junto a su pareja, David Furnish, y con un disco junto al gran T-Bone Burnett que promete ser lo mejor en mucho tiempo, el hombre del single más vendido de la historia viene a tocar sus innumerables grandes éxitos y, con suerte, presente algo nuevo.

 Por Sergio Marchi

No fue algo hecho adrede, pero Elton John parece haber completado un círculo en su vida y en su arte. Alguna vez le puso música a una letra de Tim Rice, “Círculo de la vida”, uno de los tantos engendros que sonorizaron al film El Rey León, pero nada tiene que ver con esto. Es como si alguien hubiese escrito una partitura prolija y redonda que Elton ejecuta sin saberlo como por designio.
Primero, los datos fríos. Al tiempo que llega a Buenos Aires para tocar el 2 de marzo en Vélez, en el marco de una enésima gira de “Grandes éxitos” (que los tiene y a montones), Elton John dejó finalmente en proceso de fabricación un álbum nuevo que ya cambió de nombre dos veces. Al comienzo iba a llamarse The Diving Board y ahora será editado en el mes de mayo bajo el título Voyeur. En el medio, Elton John hizo algo a lo que no está acostumbrado: tomarse su tiempo para evaluar las cosas. Una vez que Elton hace un disco, ya está; no hay tiempo para reflexionar porque hay otra gira de por medio, otra celebridad a la que socorrer, otra causa benéfica que requiere su atención o algún mall que lo atrae como un imán al hierro (dejó todos sus malos hábitos, salvo el de comprar compulsivamente).

Entre The Diving Board y Voyeur transcurrieron casi dos años; mucho tiempo para alguien tan ansioso como Elton, que además aseguró que este disco era de lo mejor que había hecho en mucho tiempo. La gestación de este nuevo álbum comenzó en el 2010, cuando Elton trabajó con el productor T-Bone Burnett en un disco en conjunto con Leon Russell titulado The Union. Más allá de la satisfacción de haber podido ayudar con altura a uno de sus ídolos (de acuerdo con Russell, estaba “tocando en baños”), Elton se encontró con algo más: un coequiper en la figura de T-Bone Burnett. “No voy a grabar con ningún otro productor”, le dijo. “No hay ningún problema, así será”, contestó entre risas Burnett. Elton ya le había puesto el ojo para su próximo disco y de esa manera comenzaron las primeras tomas de grabación en el 2011.
Como siempre, Elton iba y venía; renovaba y perdía la fe en el proyecto, no quería avanzar hasta ver las letras de Bernie Taupin que, como siempre ha sido, alcanzaron la altura de sus expectativas. T-Bone Burnett le propuso volver a las raíces, pero ese plan estaba trillado: Elton John retomó el contacto y la calidad de sus primeros proyectos con sus últimos tres álbumes de estudio, una saga que inició con Songs From The West Coast (2001), continuó con Peachtree Road (2004) y concluyó con The Captain & The Kid en 2006, un disco que le dio continuidad al último de sus grandes discos de los ’70: Captain Fantastic & the Brown Dirt Cowboy. Luego vino el proyecto con Leon Russell, que constituyó a la vez que una bisagra, una continuidad muy bienvenida en una carrera que supo de espasmos y convulsiones.

Pero en esta ocasión, T-Bone le propuso a Elton ir más allá de esas primarias raíces examinadas en aquellos discos. Hay unas quinientas personas que tienen en claro el momento en que Elton John se convirtió en una superestrella, porque aconteció delante de sus propios ojos en The Troubadour, un renombrado club de Los Angeles cuyo titular, Doug Weston, elegía con ojo clínico a los artistas que harían una residencia; no existía para él la idea de un show único sino el concepto de crear un ambiente durante una serie de shows que podía ir de tres a cinco fechas. La serie de Elton comenzó el 25 de agosto de 1970. ¿Quién estaba allí? T-Bone Burnett que, como los demás, presenció algo nunca visto en aquel tiempo: un baladista muy especial que toca el piano acompañado por un bajista y un baterista, pero que además puede rockear como Little Richard. En tiempos en que Joni Mitchell y James Taylor marcaban el standard de lo que debía ser la música, Elton John parecía encajar a la perfección, y a la vez ampliar el menú.

Para este nuevo disco, la idea de T-Bone fue que Elton volviese a ese formato de trío: un bajo y una batería. Lo demás lo tenía que hacer él. Burnett arrojó una carta al lienzo: “Tengo un baterista que te hace todo y no necesitás nada más: melodía, tono y groove. Es Jay Ballerose”. Elton lo conocía porque lo habían utilizado en The Union y lo aprobó de inmediato. “Entonces, yo voy a elegir al bajista”, contraofertó el británico. Era un trato justo. El elegido fue Raphael Saadiq, un músico con una carrera propia a quien Elton admira. Tanto entusiasmo fue reducido en apenas dos días de grabación. “Fue como una catarata. Sin dudas el disco que hice más rápido, y también el más excitante.” El álbum estuvo listo antes que Elton pudiera disfrutarlo, pero no se podía editar tan inmediatamente después de The Union. Había que esperar un poco. Algo que a Elton nunca le gustó.

Pero ese tiempo le hizo bien porque tuvo tiempo de escuchar su nueva obra y reflexionar sobre ella, al tiempo que se preparaba para ser padre por segunda vez. Y encontró en un grupo de canciones una suerte de hilo argumental, y le pidió a Bernie Taupin que escribiese más letras con esa idea en la mente, lo que derivó en más canciones. Como la agenda de Elton siempre es muy complicada, las nuevas grabaciones no pudieron realizarse hasta comienzos de 2013, y es por eso que Voyeur recién verá la luz en mayo. De acuerdo con T-Bone Burnett, “el disco era demasiado feliz, necesitaba algún toque que lo equilibrara, y eso lo logramos con las nuevas canciones”.

 

 

AMOR UNIVERSAL

 

Hoy Elton John vive en varias realidades paralelas que son las que conforman un todo que lo exime de explicación alguna. Sin embargo, hay muchos que han olvidado o que nunca supieron que fue la gran superestrella de rock de la primera mitad de los ’70. Se habla mucho de David Bowie, de Marc Bolan, de Lou Reed y hasta de Iggy Pop, pero el reconocimiento popular más masivo lo tuvo Elton John, desde aquel artículo que el periodista Robert Hilburn publicara en Los Angeles Times, en el que anunciaba el nacimiento de una supernova rockera: “Su nombre es Elton John, se trata de un británico de 23 años y su show en el Troubadour fue, en todos los sentidos, sensacional”. Fue esa review la que lo consagró en Estados Unidos antes que Inglaterra terminara de despabilarse con respecto a la identidad de ese Dwight Reginald, que había sido el pianista de Bluesology, grupo de acompañamiento del genial Long John Baldry.

Es otro inglés el que le da a Elton la bienvenida al cielo de las estrellas de rock un poco más adelante: John Lennon. El beatle tenía olfato y también le gustaba brindar su apoyo a músicos que él estimaba sin ninguna razón más que una simpatía a primera oída, tan sólo por escucharlos en la radio. Con Elton John tuvo algo más que un gesto: desarrolló una amistad. Por un lado, lo veía como su reemplazante natural y lo trataba como a un ahijado, aconsejándolo sobre cómo sortear las trampas del show business. Cosa curiosa: Elton John se convertiría en el padrino de su hijo Sean y sería el único que podría atravesar las puertas del Dakota, tras el silencio que Lennon se autoimpuso desde 1975 hasta 1980. A lo largo de esa década, Elton John triunfó una y otra vez con hits como “Rocket man”, “Daniel” y “Your song” (que Lennon confesó querer grabar algún día), y también dejó sentada su innegable calidad en discos como Honky Château, Don’t shoot me, I’m only the piano player y Goodbye Yellow Brick Road.

 

La cocaína, los malos disfraces, cierta impertinencia imperial y el alcohol lo hicieron trastabillar durante 15 años en los que siempre tuvo un hit a mano para renovar su tanque. Fue meloso, bisexual, divo despiadado, gay no asumido, hombre de la casa, marido infiel, gay declarado, reina sin corona y zombie de sí mismo durante un tiempo que tardó demasiado en terminar. “Realmente malgasté esos años –reconoce Elton–; mucha gente moría a mi alrededor mientras yo no podía derrotar mi adicción. Así de mala es la enfermedad. Podría haber usado esos años en luchar contra el sida”. Después de la rehabilitación de rigor para toda estrella excesiva, llegó el desierto creativo que atravesó con el oficio que lo mantuvo a flote en los años desquiciados. Ya en los 2000, recuperó el prestigio artístico con obras que restauraron su buen nombre. Y ahora va por más.

Pero... ¿qué más puede querer un hombre que tiene el tema más vendido de todos los tiempos? “Candle in the wind”, compuesto en memoria de Marilyn Monroe en 1973, fue reconfeccionado prêt-à-porter para la muerte de su amiga Lady Di en 1997 y superó todos los records de ventas. Es el “Thriller” de los simples. Pero a Elton no le alcanza.
Lo dijo claramente en el 2001 en un tema de Songs from the West Coast: “Quiero amor”. Hay artistas a los que les basta con el cariño del público, los mimos de la prensa, la intensidad del entorno y el respeto de sus pares. Bueno, a Elton, no: él quiere amor. Por un lado, el matrimonio civil con su pareja David Furnish fue un gran paso en la dirección de ese amor, que se incrementó cuando planearon tener un hijo. Para ellos, no se trataba simplemente de una adopción sino de algo más complejo, que requería de un vientre de mujer y un óvulo a ser fecundado con espermatozoides de ambos mezclados. Y que el azar decidiera cuál sería el afortunado.

Obviamente eso condujo a que una vez nacido el niño y en tenencia de la feliz pareja, hubiese un escrutinio de la criatura para ver a quién se parecía más. ¿Pero en qué familia no ha pasado eso? La conclusión fue que Zachary Furnish-John se parece más a Elton. Ahora están esperando que crezca el segundo: Elijah Joseph Daniel Furnish-John, nacido de la misma madre que el anterior, a quienes David Furnish y Elton John quieren como una hermana más allá de que ha habido una recompensa material de por medio. “Queremos que los chicos sepan quién es su madre biológica”, aseguraron. “Queríamos un hermano para Zachary –reconoció Elton–, porque para él la vida va a ser difícil, ya que en el colegio le van a preguntar por qué tiene dos papás y no una mamá, y además el peso extra de tener un padre famoso. No queríamos agregarle la carga de ser hijo único.”

Y para que termine de quedar clara la determinación de su búsqueda amorosa, la hizo universal en el libro que escribió el año pasado. Quizás no sea el que todo el mundo podría llegar a querer leer, pero sí uno que ayudará a una causa para la cual creó la Elton John Foundation: la lucha contra el sida. “Cuando mezclás una droga y un trago, te sentís invencible. Yo tuve la suerte de salir HIV negativo de todo eso.” El libro se titula Love is the Cure: On Life, Loss, and the End of AIDS (El amor es la cura: en la vida, la pérdida, y el final del sida). Se editó a mediados de 2012 y en él Elton se apoya en testimonios de amistades como Elizabeth Taylor, en la conmovedora historia de Ryan White, un chico que murió de sida en 1990, y a quien Elton ayudó junto con Michael Jackson, Lady Di y Freddie Mercury. Las recomendaciones de Bill Clinton y Joan Rivers están a la altura y refuerzan el mensaje de amor medicinal que el pianista británico intenta brindar.
“Tenemos que liberarnos de este estigma –escribió Elton–; es la barrera más grande que hay hacia el progreso. Necesitamos detener el odio y la ignorancia. Es muy idealista decir que el amor es la cura..., pero en verdad lo es.”

 

 

DISTINTO TIEMPO

 

Pese a lo múltiple de sus ocupaciones, que también incluyen una compañía de representaciones que tiene entre sus artistas a Lily Allen y James Blunt entre otros, Elton John dice que jamás ha disfrutado tanto de su carrera. “Es que ahora tengo una vida –confirma–; ya no me acuesto tan tarde por ir a una fiesta, porque me quiero poder levantar para hacerle el desayuno a mi hijo o ver a mi pareja. Si tuviera que salir a tocar para poder pagar el alquiler o las cuentas, seguramente sería algo que haría con resentimiento. Pero en mi caso es un lujo que me doy, porque cuando me subo al escenario soy un hombre feliz. Ya no tengo la obligación de la estrella de quedarme tomando drogas hasta la madrugada. Mis obligaciones hoy son otras.”
Es ese nuevo tiempo, lejos del apuro, cerca del placer, y no obstante, urgido por la obligación que implica tener dos hijos (aunque puede reclutar un batallón de niñeras), lo que parece darle a este nuevo trabajo de Elton John la posibilidad de no ser hijo de la necesidad, sino del amor que siente por la música, y también de no ser hijo de la velocidad. “Lo que define este disco es que Elton ha tenido tiempo para escuchar lo que ha hecho y trabajar para mejorarlo”, resume su productor T-Bone Burnett.
Y es así como cierra el círculo: amor, hijos, tiempo, ganas, algún capricho satisfecho y ganas de ayudar a los que lo necesitan, se trate de estrellas de rock olvidadas (como lo fue Leon Russell) o de causas humanitarias como un orfanato en Lesotho (“nos regalaron como nueve cochecitos y los vamos a donar”), o bien de guerras no resueltas como la batalla final contra el sida. Aunque en verdad, Elton no cierra el círculo: lo retroalimenta. Y de ese modo lo mantiene en constante movimiento, el que, sabemos, se demuestra andando.

 
 

lunes, 29 de noviembre de 2010

ELTON JOHN Y LEON RUSSELL GRABAN: The Union.




Hace cuarenta años, Leon Russell era un miembro indiscutido de la aristocracia del rock americano: era número puesto en cada grabación de Phil Spector, había robado escenario en el concierto de Bangladesh, le armó la banda a Joe Cocker y salía de gira con Eric Clapton. Pero el tiempo pasó y la historia también. Su fan de entonces, un promisorio británico llamado Elton John, decidió este año devolverle lo que el tiempo le había quitado. Lo metió en un estudio y grabó, piano contra piano, The Union, un disco que les hace justicia a ambos.




Por Martín Pérez

Cuando le preguntan sobre lo que disparó la idea de su último disco, mano a mano con su ídolo Leon Russell, Elton John siempre dice que todo comenzó dos años atrás, en el primer programa de Spectacle, el extraordinario programa de televisión de Elvis Costello. Productor del show, Elton fue también el primer invitado, y cuando su amigo Elvis le preguntó por artistas que admiraba y consideraba injustamente olvidados, enumeró tres: Laura Nyro, David Ackles y Leon Russell. Los dos primeros son venerados cantautores de culto de los ‘70, ambos fallecidos a fines de los ‘90 luego de disfrutar, cada uno a su manera, un pequeño revival. Pero la de Leon Russell es otra clase de leyenda. Si se toma como verdad lo que Caetano Veloso dijo del rock del primer mundo, que el norteamericano es lo verdadero y el británico es un pensamiento sobre eso, el tan británico Elton siempre se arrodilló ante la verdad de Russell. De hecho, hacia 1971, cuando le preguntaron por el secreto de su flamante éxito, John no tuvo ningún empacho en responder: “Copié a Leon Russell y eso fue todo”. Casi cuatro décadas más tarde, ante las cámaras del programa de Costello, Elton hizo exactamente eso: se sentó al piano, imitó el inconfundible estilo de Russell, y se ganó todos los aplausos.

Pero justo cuando parecía que allí terminaba ese sano ejercicio de nostalgia, es que da comienzo el segundo acto de esta historia. Al escuchar a su pareja enumerar ese trío de músicos que desconocía, David Furnish decidió entonces cargar todos sus discos en el iPod. Una mañana a comienzos del año pasado, en medio de unas vacaciones en Africa, justo cuando sonaba una canción de Russell en el reproductor digital de Furnish (John detesta la tecnología, y no tiene ni siquiera celular: “debo ser el único que aún recuerda los números, el resto del mundo simplemente los carga en su teléfono”), Elton de pronto rompió a llorar. “Me retrotrajo a uno de los más hermosos y fantásticos tiempos de mi vida. No es justo que la gente haya olvidado cuán maravillosa es su música y esto me puso furioso”, recuerda en las notas internas del disco Elton, que se las ingenió para rastrear a Russell desde Africa. “Lo primero que hice al atender fue agradecerle que me haya nombrado en el programa de Costello”, aseguró Leon. Elton le repitió su admiración, se disculpó por no haberlo llamado en todo ese tiempo y le propuso que se mantuviesen en contacto.

Apenas colgó, sin embargo, ubicó a T Bone Burnett y le propuso que le produjese un disco a dúo con Leon. Aunque el productor del elogiado Raising Sand tenía planeado comenzar a trabajar en un segundo álbum de Robert Plant y Allison Krauss, prestó atención cuando escuchó a John decir que quería devolverle a Russell todo lo que el tiempo le había quitado. “Quiero que su nombre esté nuevamente en los labios de todo el mundo, como solía ser cuando lo conocí”, le dijo a Burnett. Ante la cámara del director Cameron Crowe, que filmó todo el proceso de grabación para un documental, Burnett asegura haber aceptado el reto simplemente porque “me parecía que era algo que había que hacer”. Recién entonces Elton volvió a conectarse con su ídolo, para proponerle hacer todo un álbum juntos. “Debe haber pensado que estaba loco: no lo llamo ni una sola vez en cuarenta años, y de pronto me atiende dos veces en el mismo día”, bromeó Elton, responsable de ese extraño milagro que es The Union, el resultado de cuatro décadas de historia, un año de recuerdos y un día de llamados telefónicos.


EL DISCIPULO Y EL MAESTRO

Allá lejos y hace tiempo, T Bone Burnett recuerda que Leon Russell daba miedo. “Hace tiempo que nadie me hace sentir intimidado, pero cuarenta años atrás Leon tenía lo suyo. Entendía a Henry Mancini pero también a Little Richard, y podía moverse muy fácilmente entre esos dos extremos. Por entonces lo encontraba imponente, con su actitud, su pelo largo y sus lentes oscuros. Pero hoy es un caballero amable”, dice el legendario productor, responsable de la música de las películas de los hermanos Coen como El gran Lebowski o ¿Dónde estás hermano? y reciente ganador del Oscar por Crazy Heart. Justamente, cuando recorre la historia de Russell, Elton John suele decir que es como la película que le valió el Oscar también a Jeff Bridges, pero sin las drogas y el alcohol. Cuenta la leyenda que ambos se conocieron el día del debut norteamericano de Elton, en el Trobadour de Los Angeles. “Fue en la segunda noche, en realidad”, aclara John. “Y por suerte lo vi recién al final del show, porque si no me hubiese ensuciado los pantalones, porque su presencia era realmente intimidante. Pensé que si me venía a saludar después del show, era para atarme y decirme: ¡Así es como se toca el piano!”

Por entonces, Elton John era un joven pianista y cantante británico intentando abrirse paso en los Estados Unidos, y Leon Russell integraba la elite del rock internacional por derecho propio. Nacido en Cleveland, se había escapado temprano de casa para tocar junto a Jerry Lee Lewis, y una vez afincado en Los Angeles había formado parte de la legendaria troupe de músicos de sesión que respondía a Phil Spector, armado la banda de Perros rabiosos e ingleses que hizo famoso a Joe Cocker, robado cámara en el Concierto por Bangladesh en el Madison Square Garden con una incendiaria versión de “Jumpin’ Jack Flash”, y se había ido de gira junto a Eric Clapton como parte de la banda de Delaney & Bonnie. “Hacia fines de los ‘60 y comienzos de los ‘70, fue el pianista y compositor que me influenció más que ningún otro. Lo tenía todo: country, gospel y folk. Todo estaba allí”, dice hoy Elton del hombre que para su álbum debut como solista tuvo invitados de lujo, como George Harrison, Eric Clapton y Steve Winwood.

Aquella noche en que ambos se conocieron, Russell venía siguiendo la carrera de Elton y pensaba que podía firmarlo para su sello. “Nos lo perdimos por apenas un par de semanas”, asegura. “Es que por entonces, salvo los Righteous Brothers, no había muchos cantantes de soul blancos”. Russell se lo llevó de gira, y asegura que, después de verlo abrir para él en el Fillmore de Nueva York, pensó que estaba acabado. “Es que Elton era demoledor en el escenario.” Fue durante esa gira que la balada “Your Song” llegó a los charts y a partir de entonces, como se suele decir, todo es historia. Russell se retiró de las luces del éxito, pero nunca dejó de hacer la música que siempre le gustó, y John atravesó los ‘70 rockeando al piano, y a partir de entonces jamás abandonó el centro del escenario. Casi cuatro después de aquel cruce, los roles han cambiado y ahora es aquel aprendiz, hoy una estrella, el que se lleva de gira a su maestro.

“La comunicación entre ambos durante la grabación del disco fue abierta desde el comienzo”, asegura Burnett. “Dejaron que sus dedos hablaran por ellos. Cuando se conocieron, Elton era un joven apurado. Pero ahora es más viejo, más sabio, con ganas de llegar más profundo. Elton está más imbuido en la música norteamericana, en la música sureña. Ha ganado un conocimiento más cabal de ella. Y eso es algo que se nota.”

UN PIANO EN CADA PARLANTE

Uno está sentado de frente al piano, y el otro recostado sobre el suyo. Elton con un aro y unos anteojos sorprendentemente sobrios –para su leyenda, al menos– y Leon con su pelo y su barba blancos desplegados como si fuera un verdadero león, venerable tanto por la abundancia de canas como por el bastón en el que apoya su mano derecha. La foto, tomada por la no menos legendaria Annie Leibovitz, es la portada del flamante The Union, y dice todo lo que hace falta decir de un disco que, como escribió David Fricke en su reseña para Rolling Stone, es el resultado de un raro gesto en una industria que está muriendo, un acto de gratitud.

“Tus canciones tenían todos los estribillos/ sos siete maravillas enrolladas en una sola”, canta Elton John en la bluseada balada “Eight Hundred Dollar Shoes”. “Podría haber estado enfermo/ podría haber muerto/ no haber intentado llegar al final del día”, le responde Russell en la emocionante “In the Hands of Angels”, que no sólo cierra el disco sino que resume su sentimiento ante la generosa entrega de su fan. Una suerte de conversación permanente entre ambos, algo que resalta una mezcla que pone un piano en cada parlante (“el último en haber usado dos pianos en un disco debe haber sido Spector”, bromea siempre Elton), The Union es un álbum emocionante, más que nada por la música que sobra en cada uno de sus temas, por el milagro que es poder disfrutar otra vez del talento natural de Russell en un trabajo cuidado y bien producido. Incluso cuando esa producción parece exagerar un poco, aparecen gemas como “Hey Ahab” (firmada por Bernie Taupin), los coros de Neil Young en la sureña “Gone to Shiloh” o los arreglos de voces de Brian Wilson en “When Love Is Dying” para hacer olvidar cualquier titubeo y entregarse a un álbum reposado, de esos que suelen quedarse en el equipo de música por un buen rato, revelando lentamente sus secretos.

A SUS PLANTAS

Como si su historia necesitase de un tercer acto, The Union esconde un retazo más de drama, después de la nostalgia y los llamados. Cuando todo estaba listo para empezar su grabación, Russell debió atravesar una larga intervención quirúrgica. Tres semanas después, sin embargo, comenzó a aparecer de a dos horas por el estudio, soltándose con el correr de los días. “Fue algo terapéutico para él”, recuerda Elton, que subraya que sus admiradores comenzaron a dejarse ver por la grabación: desde Ringo Starr hasta Stevie Nicks, todos fueron dejando sus saludos mientras The Union iba tomando forma, en las manos de T Bone Burnett y ante la cámara de Cameron Crowe. Como en aquel viejo sketch de un legendario programa humorístico de la televisión argentina, en el que las cosas más inverosímiles tomaban forma porque a alguien “le gustaba la idea”, a todos parece haberle gustado la idea de un disco de Leon Russell como corresponde. Acompañado por Booker T Jones, Marc Ribot y Jim Keltner, tan legendarios como él en los estudios de grabación, y con el innegable talento de Elton John bien enfocado gracias a la cercanía de su ídolo, The Union es un álbum mágico. “Yo simplemente toco”, repite Russell ante quien lo quiera escuchar. “Pero cuando algo te sale tan naturalmente, no te das cuenta de lo poco natural que es”, casi se disculpa el hombre de los anteojos espejados y la barba blanca, el caballero de su verdad, el Leon con la música en las manos. Y a sus pies.