Apoya mis publicaciones con un ME GUSTA!

Mostrando las entradas con la etiqueta LEON GIECO. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta LEON GIECO. Mostrar todas las entradas

martes, 17 de enero de 2012

EL NUEVO DISCO DE LEON GIECO: DESEMBARCO.


A punto de cumplir 60, León Gieco editó “El desembarco”, un disco en el que revisa su propia historia y el pasado reciente de la Argentina.

Por Germán Arrascaeta
 
León Gieco lanzò nuevo disco después de seis años. Ese tiempo separa al precedente Por favor, perdón y gracias del reciente El desembarco, aunque en el medio no hubo años sabáticos, sino solidaridad y militancia pro Derechos Humanos. Todo eso hubo, además de una revisión exhaustiva de su obra que se tradujo en discos triples, documentales y demás.

La aparente dispersión es lo que paga un Gieco consecuente con lo que expresa. “Me gustaría que pase menos tiempo entre discos. Tengo planes para que no vuelva a pasar”, despacha el cantautor a punto de cumplir 60. E inmediatamente se predispone a contestar lo que se requiera con respecto a El desembarco, una obra a la que considera “de garage”.

“Quería grabar así porque ese es el sonido que tienen los discos de fines de los ‘60 y los ‘70 que me gustan; en ese período se creó la música que me marcó”, ilustra. Luego reivindica el pulso del baterista norteamericano Jim Keltner, que colabora con él desde hace 15 años, y de los otros músicos de primera línea que agrupó en el mítico estudio East-West, de Los Ángeles. Hablamos de Jimmy Johnson en bajo, y de los guitarristas Deán Parks y Mark Goldenberg. “Grabé con esos monstruos en vivo, utilizando cinta abierta y micrófonos antiguos con la idea de captar la sonoridad de esa época tan alucinante”, añade, a tono con Jack White, un clasicista que evita computadoras y tratamiento digital. El ítem “retro” se agota con la foto de tapa, que tiene a León con una eléctrica de caja. ¿Acaso abandonará en vivo su acústica fileteada? “No, para nada –contesta–. La viola de la tapa es la que usaba Edelmiro Molinari, en Almendra. La tengo en mi casa y quería una foto con ella para seguir con la reivindicación de los ‘60 y ‘70. Porque Almendra era todo”.

El desembarco tiene motivaciones personales ( Ella está dedicada a su madre fallecida), otras que atienden su propio instinto (sonar a la manera de los años ‘70) y una última de carácter histórico, que le da sentido al título. “El desembarco es porque, como canto en la canción homónima, ‘hay quienes desembarcan con un grito, sin armas y por la vida’. El desembarco llamaron las Madres de Plaza de Mayo a su acción de entrar en la Esma. Todas las fotos del booklet fueron tomadas en ese lugar signado por la muerte, convertido en un campus de la memoria”, explica.

A apropósito, es inevitable preguntarle a León por las sentencias en la causa Esma. “¿Cómo creés que estuve? Fue uno de los días más felices de mi vida”, repregunta y se contesta. Sobre cómo tomó que el represor Astiz se haya besado la escarapela, un símbolo patrio, León declara sin diplomacia: “Que se vaya a la concha de su madre. No me importa analizar sus actitudes. No merece un minuto de mi tiempo”.



Argentinidad, al palo


El desembarco, además, continúa con profundos análisis sobre el ser nacional. En ese plano se destacan el retrato del egoísmo argento de  El argentinito y la canción  Bicentenario, compuesta junto a Raúl Porchetto y en cuya grabación León reunió a PorSuiGieco. En la letra de esa pieza se alude a la inevitable alternancia de luz y oscuridad en 200 años de historia como patria. León: “Con Raúl pensamos que no hay mucho para festejar. No voy a festejar a Julio A. Roca, ni a las dictaduras militares, ni la década menemista. Tenemos que referirnos a esa alternancia”.

Gieco considera al presente como luminoso, lo que hace suponer que, siguiendo la lógica de la historia, se viene un período sombrío.

“Si pensás la historia latinoamericana, debería ser así. Pero primero vivamos esta luz. No obstante, tenemos que bajar el copete y dejar de pensar que tenemos un gobierno que puede mirar de arriba la crisis europea y estadounidense. Guarda con eso”, expresa.

“Conviene creer que este gobierno es un primer escalón para seguir subiendo en términos de progresismo real. Porque entre el 54 por ciento de la presidenta y el 16 de Binner, un 70 por ciento votó a un candidato progresista. Y si seguís bajando, hay un radical, Alfonsín, que no será un gran político pero no es una persona corrupta. Los opositores recalcitrantes y sin propuestas, como Duhalde y Carrió, sacaron muy pocos votos. Pienso que el argentino aprendió a votar, ¿no?”, redondea.



–¿Por qué reunir a PorSuiGieco?


–Con Raúl grabamos la versión elegida por Canal 7 para hacer los cortes en el día de la fiesta del Bicentenario. Como quería tener la mía, me acordé de Diego Capusotto, el único que rescató a PorSuiGieco en todos estos años. Él creó un personaje barbudo, de pelo largo y todo grasiento que, debajo de las revistas Pelo, tenía nuestros long plays. Reuní a PorSuiGieco como gesto de gratitud con Capusotto.



–Es curioso el uso del acordeón. ¿Lo podés capitalizar para una cumbia como “Hoy bailaré” o, como Dylan en “To get her”, para mecer un folk tal cual lo hacés en “Ella”.


–De Dylan uso todo (risas). Dylan es mi hermano; o yo soy su hermano no reconocido (más risas). El acordeonista es americano también.

–¿Cómo lograr que se latinicen músicos gringos?


–Te doy un ejemplo. Hoy bailaré, que es un híbrido, al momento de grabarlo Keltner me dice “¿y esto cómo lo toco?”; y le digo “tenés que tocarlo como un tema que vos grabaste con Ry Cooder, Down in Hollywood”. “Ahhh, all right”, me contestó y tocó exactamente lo mismo. Otro dato, para darle más toque latino a ese tema, llamamos a Luis Conte para que con sus congas le pusiera algo de cumbia. Y al triple colombiano lo ejecuta Deán Parks sin dramas. Hablamos de gente con demasiado oficio.

–Tanto en “Ella” como en “El argentinito”, es impresionante cómo te expresás. Deben ser los máximos gritos de tu obra.


–Grité un poco en el disco de D-Mente. Y mucho más cuando fuimos soportes de Metallica, ¿viste? Tenés que pelar con esos chabones (risas). Grito por dolor en la primera, y por indignación en la segunda. Cada letra me pidió eso.



–“8 de octubre” resulta de una colaboración con Spinetta. ¿Cómo fue escribir para él?


–Se dio naturalmente. Un día me llamó Dante para un video y me dijo “por ahí viene mi viejo”. No tenía una relación muy fluida con Luis. Nos conocíamos y nos respetábamos. Lo veo y me dice “estoy grabando una canción para homenajear a dos grandes. Guitarra, que es tuya y de Yupanqui”. “No puedo creer lo que estás diciendo. Es un chiste”, le contesté. Porque que me lo diga Spinetta... Después de que le agradecí, me dijo que tenía una melodía para que le pusiera una letra relacionada al 8 de octubre, el día de la tragedia vial de los chicos de Santa Fe. Le encantó lo que hice respetando mi instinto, y hasta la grabó en Las Bandas Eternas, ese show glorioso que hizo en Vélez. Me llevé una maqueta para hacerla con los americanos, y descubrí en un canal oculto la voz de Luis. Le pedí la autorización para usarla. Me la dio, lo sumé al disco.



Lo que viene


–¿Hay quienes se quejan porque tardás en entregar discos nuevos?


–Son los que no me siguen de cerca y no saben que en estos seis años propuse Por partida triple (disco de antología), trabajé en el proyecto inclusivo Mundo alas, hice su película, también los 18 capítulos para el Canal Encuentro sobre Ushuaia a La Quiaca y un disco con D-Mente. Trabajo todo el tiempo. Y el año que viene haré tres discos más.



–¿Tres?


–Tal cual. Uno será Soportando a Dylan (grabado cuando abrí para él en Vélez Sársfield), un compilado llamada Verdaderas canciones de amor y otro Por partida simple con colaboraciones con otros artistas. Además, está la posibilidad de que me produzca un colaborador de Dylan. Me gustaría componer nuevas canciones para que él me produzca. Pero no sé, nadie me corre. Voy tranquilo.



El baterista de la pensión


Jim Keltner lleva más de una década colaborando con León, con quien está relacionado de una manera especial. “Es el baterista de Bob Dylan, el que acompañó a Lennon en Imagine, el que tocó al lado de Ringo en el Concierto para Bangladesh, organizado por George Harrison. Jim es el baterista de todos los discos de Ry Cooder (soy muy fanático de Ry Cooder), el de Willie Nelson, el que completó a The Traveling Wilburys”, detalla León entusiasmado, y al toque tira “el” dato curioso: “Fue el primer baterista que sonó en mi pensión”.



-¿Cómo?


-Cuando me vine a vivir en Buenos Aires, y escuchaba discos en un Wincofon, fue el primer baterista que sonó ahí. Y te cuento por qué. El primer disco que compré fue Freewheelin de Bob Dylan, y no había baterías allí porque es todo armónica, guitarra y voz. Pero por la revista Pelo me entero que, como se había ido McCartney de los Beatles, John Lennon quería reemplazarlo con un amigo suyo que se llamaba Harry Nilson. Entonces, decidí ir a una disquería a comprarme un disco de Harry Nilson, para ver qué onda.



-¿Y entonces?


-Pasaron 40 años y grabo con Keltner por primera vez. Sabía casi todo con respecto a él, pero cuando lo googleo para dar un perfil más completo, leo que el muy hijo de puta había tocado con Harry Nilson. Cuando llego acá, voy a mi pila de long plays y encuentro el vinilo que me había comprado en los ’60... ¿Y quien figura en los créditos como baterista? El fucking Jim Keltner.

“Canté con Bono, pero me perdí el show de U2”


León fue “el” invitado de U2 durante su última visita. Cantó junto a Bono Sólo le pido a Dios, sin ensayo y con adrenalina a full. “Estaba en Chaco y me dicen que los U2 me invitan a ver su show. Hago un viaje relámpago, llego, me ubico y me tomo unos vinitos”, relata León.

“En eso viene su mánager y me dice ‘Bono lo quiere saludar’. Llego a él y me tira ‘cantemos algo’. Me bajó la presión... ‘Cantemos algo de Lennon’, insistió. ‘Ni en pedo, en inglés no puedo’, le dije”.

–¿Cómo se resolvió todo?


–Cuando faltan 10 minutos, bajamos al camarín y les pregunta a los otros tres “¿Qué puedo cantar con él?”, y los chabones le dicen “hacé lo que quieras”. Y ahí le recordé que, en una visita anterior, él había intentado cantar Sólo le pido a Dios. Se la canto con la acústica de The Edge y me grita “¡¡¡Mercedes Sosa!!!”. Le conté que era el autor y alucinó. Y empezó el show y me tuve que quedar en el back a esperar mi turno. Así que canté con Bono, pero me perdí el show de U2.

martes, 3 de mayo de 2011

SE PRESENTO LA VERSION ACTUALIZADA DE CRONICA DE UN SUEÑO, LA BIOGRAFIA DE LEON GIECO.






“Esperemos seguir sumándole hojas”








La frase de Carlos Ulanovsky, moderador del encuentro que incluyó a León y al autor Oscar Finkelstein, fue una adecuada expresión de deseos para el formidable relato de la vida del cantautor, para quien un par de años puede significar una multitud de hechos.

Por Facundo García

Diecisiete años pasaron desde que León Gieco y Oscar Finkelstein publicaron por primera vez Crónica de un sueño, la biografía del cantor que compuso “Sólo le pido a Dios”. Y es imposible resumir en pocas líneas lo que sucedió desde entonces. Pero fue mucho. Tanto, que los autores y Editorial Planeta consideraron necesario presentar en la Feria del Libro una segunda edición, corregida y aumentada. Además de las aventuras de León en su juventud, la versión nueva abarca lo vivido a partir de sus últimos discos, el apoyo a las recientes luchas en favor de los derechos humanos y la fundación de esa locura linda que se llama Mundo Alas. Casi otra vida más para sumar a la anterior.

Por la vuelta

Como en el lanzamiento de 1994, Carlos Ulanovsky se encargó de conducir la reunión y leer partes de la obra. “Ha corrido mucha agua bajo el puente. Aquella vez, ni yo ni León usábamos anteojos”, ironizó el periodista. Es cierto: la amistad entre Finkelstein y Gieco ya tiene su trayectoria. Se conocieron en un bar de Caballito hace dos décadas. Ahí tuvieron la idea de recopilar las anécdotas más jugosas del trovador. “Desde esa charla inicial –siguió Ulanovsky– el país, el público y los lectores cambiaron. Yo sólo espero que esto no termine aquí y que en el futuro ambos sigan agregándole hojas al proyecto.”

Escrita a dos voces –esto es, con declaraciones del protagonista y eventuales aportes de su biógrafo–, la crónica recupera jalones de una existencia novelesca. La naturaleza como guía y maestra durante la infancia en Cañada Rosquín, el viaje de León a Bolivia –con sólo trece años–, los primeros éxitos, De Ushuaia a la Quiaca y tantas otras perlas del pasado. Las experiencias de Raúl Alberto Antonio Gieco requirieron más de cuatrocientas páginas para pasar al papel. Y eso que están resumidas.

Finkelstein sostiene que en un principio León era Raulito, o Luli. Al comenzar los cincuenta, “vive en el campo familiar gestado con el trabajo de los abuelos José y Anuncia. Allí están sus padres, Onildo y Elda, los tíos Adelio y Nélida, los primos Hugo y Víctor y una treintena de vacas lecheras a las que van convocando por su nombre para ser ordeñadas”. Al pequeño campesino le parece increíble ver cómo su padre, sentado en un banquito atado a su cuerpo, va ordeñando a esas viejas conocidas, que responden a sus directivas. “‘Bueno, Blanquita, ya está’, le dice a una de ellas, y la vaca retrocede. ‘Vamos, Periquita’, y la vaca se hace presente. No falla nunca”, evoca el escritor en uno de los capítulos.

Las escenas trazan un arco iris de nostalgia. En una parte, se repasa lo que ocurría cuando el viejo Gieco terminaba sus tareas y se escapaba al bar. “El problema era que a lo mejor mi papá terminaba medio borracho a las dos de la mañana en el pueblo. Lo que hacían los amigos era subirlo al sulky, aflojaban un poco las riendas, las ataban y el caballo iba solo al campo, con él durmiendo arriba. Porque el caballo siempre vuelve a su casa (...) Yo lo escuchaba llegar y putear enseguida, porque ya clareaba y tenía que ponerse a ordeñar”, rememora en un tramo el cantautor. Después la familia se mudó “al centro”. El pequeño León descubrió que un vecino relojero tenía “un cajón del que salía música”. Y la canción que el niño escuchó en ese tocadiscos antes que ninguna otra fue “Puentecito de mi río”, de Antonio Tormo, un tema que entonaría a dúo con el propio Tormo en el disco 20 y 20, que Página/12 editó en 1997.









Intimo y compartido

Crónica de un sueño es un texto atravesado por la historia y las inquietudes sociales. El disparador puede ser la imagen de un cine de barrio, o el peso de haber tenido que suspender los juegos de niño para salir a vender revistas, empanadas y gaseosas a los pasajeros del tren que pasaba por Cañada Rosquín rumbo a la Capital. La llegada a Buenos Aires y el contacto con Gustavo Santaolalla –pieza clave para entender el sonido del Gieco más folk– también está narrado al detalle. Ulanovsky siguió poniéndole voz al relato de León en la Sala José Hernández: “A Santaolalla le mostré un par de temas y me dijo ‘ajá. Ahora yo te voy a hacer escuchar algo’. Y puso discos de Crosby, Stills, Nash & Young y Joan Báez. Cuando escuché The free Weelin’ Bob Dylan me cambió la cabeza”.

Entre lectura y lectura, en la sala de la Feria León interpretó canciones que fue mechando con recuerdos. Comparó “Hombres de hierro” con “Blowin’ in the Wind” de Dylan: “Un verdadero afano”, reconoció entre risas. Más tarde, se refirió a las varias versiones de “Sólo le pido a Dios” que se mencionan en el libro. “Hasta hubo un simple que sacaron para la época de Malvinas: en un lado tenía el Himno... ¡y en el otro estaba yo cantando!”, reveló. De yapa, el juglar tocó “El país de la libertad”, “La memoria”, “La colina de la vida” –con el Mundo Alas Alejandro Davio–, “Cinco siglos igual” –acompañado por Andrés Giménez, de D–Mente– y varios temas folklóricos junto al grupo Las Guitarras del Amor.

En el final, quedó claro que otro de los prismas que ofrece Crónica... es el de la visión que tiene un muchacho común y corriente cuando se levanta un día y descubre que es famoso. “Hasta están los que les dicen a los chicos: ‘Vení para acá que está León Gieco, mirá que está León Gieco, ¿eh?’. Y ahí, en un segundo, paso a ser el Hombre de la Bolsa”, chancea el ídolo en uno de los párrafos. Pocos saben que le gusta andar en bicicleta con barbijo, para conservar su anonimato. Tampoco se conocen masivamente los sitios públicos que llevan su nombre. Hay una avenida en La Quiaca, una calle en Tilcara, una calle en Vaqueros (Salta), más un colegio y dos centros culturales en Mendoza. “Cuando fui a inaugurar la calle en Tilcara me regalaron un terrenito para que me construyera lo que quisiera. Yo se los dejé a ellos. Pero el premio más importante es que fue todo el barrio a saludarme. Pensé que si construía algo ahí iba a vivir en León Gieco al 100 y me pareció muy gracioso”, cuenta el artista.

Los fans aplaudieron en cada estación del recorrido. En el cierre del fin de semana, y con el predio de la Rural ya casi desierto, una extraña fibra de intimidad unía a los que se habían quedado hasta tan tarde. Paulatinamente, cada quien volvió a sus asuntos. El propio Gieco lo hizo al explicar que lo que cuenta es verdadero, pero que hay aspectos que se reserva para sí. “Es justo decirlo –advirtió–, aquí no está todo (...) Las cosas que sólo yo sé y que jamás contaría pertenecen a un mundo al que ninguna otra persona tiene acceso (...) Son como un tesoro escondido. Solamente yo puedo descifrar las claves del mapa que indica dónde está. Y muchas veces creo haber olvidado cómo hacerlo.”

















Textual

“Viajar a la Antártida era un viejo sueño de Pity, mi manager. Era un loco genial y muy emprendedor. Tenía una locura interna, un tipo con pensamientos enmarañados, pero muy valiente a la hora de conducir la carrera de un artista. Desde que terminamos De Ushuaia a La Quiaca venía diciendo que lo único que nos quedaba por hacer era la Antártida. Insistió durante más de diez años hasta que lo consiguió. (...) Y fue alucinante. Viajamos en un Hércules, subimos en una combi con todos los equipos de ATC, un montón de periodistas, nos dieron los trajes... Volamos de Don Torcuato hasta Río Gallegos, reabastecieron el avión y de ahí a la Antártida. Un viaje incómodo, muy incómodo, porque no es un avión confortable. Ahí me di cuenta de cómo viajan los pobres soldados.

Fue en la época de Argentina en vivo y en cada lugar donde se hacía, además del artista que viajaba, tocaba un grupo del lugar. Nos preguntábamos en broma si habría en la Antártida un grupo soporte. La cuestión es que había uno. Cuando llegamos se nos acerca un militar, nos recibe muy bien y dice: ‘Nosotros tocamos folklore’. ‘Qué bueno, van a tocar de soporte, ¿no?’ ‘No, nosotros no podemos tocar, no tenemos autorización.’ ‘¿Para qué?’, le pregunté. ‘Tendríamos que hablar con un superior en Comodoro.’ Les propuse llamarlo yo. ‘¿Cómo se llama el grupo?’ ‘Yacansan.’ ‘¿Es un nombre indígena?’ ‘No, Yacansan es porque ya están cansados de escucharnos.’ Finalmente les dieron autorización, pero también les dieron la orden de no aplaudir mientras yo tocaba. No podían manifestarse. (...)

El programa se grababa dos horas antes por si había algún problema técnico. O sea que cuando terminamos de grabar faltaban dos horas para que lo pasaran. En ese tiempo comimos empanadas y tomamos unos vinos (...) Vimos el programa y cuando terminó estábamos todos en pedo, los Yacansan incluidos. Hay unas fotos muy graciosas en Gente de los militares haciendo pogo mientras yo tocaba ‘Guantanamera’ de sobremesa.”

jueves, 16 de julio de 2009

LEON GIECO Y CESAR ISELLA, EN ISRAEL

Los músicos tocarán hoy en el marco del Festival Argentino. Y hablan de sus expectativas.

Por: Shlomo Slutzky

BOSQUE DE LA MEMORIA CESAR ISELLA.

Un día antes de apadrinar la apertura del Primer Festival Argentino en Israel, Cesar Isella y León Gieco se muestran ansiosos por encontrarse con el público. Gieco, porque lo conoce de sus anteriores visitas. Isella, algo arrepentido de no haber encontrado la oportunidad de llegar a un país donde tantas de sus canciones sí llegaron, en castellano o traducidas al hebreo.

Isella se emociona al ver el CD que le trae Shimon Barak, con canciones suyas traducidas al hebreo, y no deja de agradecer a Mercedes Sosa que, con su voz, haya abierto las puertas a sus canciones. "Las canciones tienen un vuelo propio, están para ser cantadas, atraviesan fronteras y aparecen donde menos uno se lo imagina." Por ejemplo, en la Iglesia de la Enunciación en Nazareth: "Llegamos con mi mujer y un amigo a la Iglesia, y como si fuera una película, escuchamos a un grupo de peregrinos españoles cantando una parte de la Misa Criolla, justo una que canté yo en la versión original de Los Fronterizos..."

Isella quedó impresionado también por el Bosque por la Memoria, en el que se recuerdan a los 30 mil desaparecidos en la Argentina, 2.000 de ellos judíos. "El pueblo judío tiene un historial de participación en movimientos populares y sabe recordar a sus muertos como otros tardaron en hacerlo".

En el festival participarán otros cantantes de origen argentino y latinoamericano que viven en Israel, y se darán el gusto de cantar junto a ellos.

De más está decir que tanto a Isella como a Gieco hubo quienes les instaron a no tocar en Israel. "Vengo de una gira en España, donde unos chicos me intentaron convencer que había que boicotear a Israel -cuenta Gieco-. Les pregunté: '¿A qué Israel? ¿Hay una sola?' En Israel hay de todo, como en la Argentina. ¿Acaso hay que boicotear a todo un pueblo porque nos guste o no la política de su gobierno? Yo vengo a cantarle a la gente, a cantar por la paz como lo hago en cualquier parte del mundo".