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lunes, 17 de agosto de 2009

TRICKY POR PRIMERA VEZ EN BUENOS AIRES



Hecho humo

En los años ’90 fue una figura que revolucionó la escena musical con su genialidad en el estudio, su talento poético, su imagen y la excelente compañía de mujeres como Björk, Martina Topley Bird, P.J. Harvey y hasta Yoko Ono. Nacido en Bristol, en una familia pobre, creó el trip-hop y, dice, se convirtió en médium de su madre suicida, que le “dicta” las letras. Su musa se eclipsó cuando terminó la década que supo definir. Pero ahora acaba de editar un disco que lo devuelve a las primeras ligas, Knowle West Boy. Y con este trabajo y toda su historia se presenta por primera vez en Argentina.

Por Santiago Rial Ungaro

“Esto va a sonar estúpido”, se ataja Tricky de antemano, sabiendo que lo que va a decir no tiene ninguna lógica, “pero un día estaba en Los Angeles y un tipo que estaba sentado cerca mío me dijo: ‘No lo puedo explicar, pero siento que tenés dos almas’. Y me preguntó: ‘¿Dónde están tus padres?’. Y le dije que mi mamá se había suicidado. ‘Es eso’, me dijo el tipo. Para mí es como si ella se hubiera matado para darme una oportunidad, para darme mis letras. Mi madre solía escribir poesía, pero en su momento ella no podía hacer nada con eso, no había ninguna oportunidad para ella. Yo nunca pude entender por qué yo escribo como mujer, pero creo que tengo el talento de mi mamá: soy su vehículo. Y por eso necesito una mujer para cantar eso”.

“Eso”: esas hermosas y espectrales canciones que aparecen cada tanto en los discos de Tricky y que hacen que su primera visita al país sea un acontecimiento es, según él, consecuencia de una relación postmortem que mantiene con su madre, muerta desde hace décadas, desde el más allá. Y aunque la idea por cierto no tenga de hecho lógica y parezca sólo una fantasía de su mente afiebrada y superintoxicada, esa metáfora (y en definitiva, esa idea) se aplica perfectamente a los mejores momentos de su música, esos en los que su voz (áspera, susurrante, jadeante, nasal, casi incapaz de cantar) se las ingenia para fusionarse con una armonía escalofriante (como si realmente Tricky fuera el médium de su madre muerta) con una voz femenina, siempre de una belleza abstracta y contrastante: el Ying y el Yang que le dicen, enroscándose entre sí como dos serpientes alrededor de un árbol.

Que el hombre tiene un don para estar bien acompañado es un hecho. Y si no, basta con una enumeración: desde Martina Topley Bird (quizá su mejor acompañante, que aún hoy sigue brillando con sus discos solistas), hasta su actual novia franco-marroquí Lubuna (que canta en este disco en “Past Mistakes”), Tricky ha cantado con Björk, Neneh Cherry, Alison Moyet, Cyndi Lauper, Alanis Morrisette, PJ Harvey y hasta Yoko Ono.

Aunque lo cierto es que esos momentos de epifania no definen a Adrian Thaws (1968), un artista que ha sabido crear un mundo propio, lleno de ruido, furia y de trucos fantasmagóricos que llama “juegos mentales”, que lo convirtieron a mitad de los ‘90 en una figura que, de algún modo, revolucionó la escena con su sonido (entre post punk y jamaiquino), su imagen y su talento poético. Su debut con Maxinquaye (1995) en donde justamente aparecía con Martina vestida de hombre y él vestido de mujer fue impactante; luego lanzó varios discos excelentes hasta que, por alguna razón, su talento quedó un tanto eclipsado por las propias sombras de su ira o de su carisma. Como bien decía Leonard Cohen, lo malo de ser el portavoz de una generación es que cuando ésta pasa, uno pasa, de algún modo, a ser el viudo de su generación: por alguna misteriosa razón, la estrella de Tricky se fue apagando con los ‘90.

Viviendo en Los Angeles, se diría que su espectral musa materna no lograba sintonizar con él, algo que ahora ha cambiado un poco con su regreso a Bristol.

Por eso, la salida el año pasado de Knowle West Boy es, por varias razones, una especie de vuelta a sus raíces. Por un lado, el disco, aunque desparejo, es digno y tiene un par de momentos excelentes. Por el otro, desde su título, lo muestra reencontrándose consigo mismo y con su historia de muchacho huérfano (su mamá se suicidó, su papá nunca apareció).

No se puede negar que Tricky, con sus contradicciones, siempre ha sido un artista auténtico. Y de hecho, mas allá de su carisma personal, de su impresionante trayectoria (siempre se dijo que gestó con Massive Attack y Portished el trip hop, y es cierto) y lo innegable que es su influencia, nunca fue un “músico pop” propiamente dicho y quizá esa fue la razón de lo improductiva (por lo menos a nivel musical) que fue su época californiana.

Pero también es cierto que, aunque esencial para su propuesta, su faceta más ruidosa, “post-punkera” y sus ataques de ira por el estado de la industria (que estigmatizó en 1998 trabajos como Angels With Dirty Faces anacrónicamente furioso para una estrella de rock) fueron quizá los responsables de ahogar el lado más sutil, melódico y, sí, femenino de su música.

Por eso es que, más allá del lado biográfico, el primer corte del disco (“Council state”, quizá el peor), que repite un tanto obsesivamente “Acordate pibe que sos una superestrella” tal vez sea engañoso. Pocas cosas más aburridas e insoportables para un oyente que escuchar un estrella frustrada y resentida. Por un momento parecería que el hombre decidió seguir la corriente. Pero dentro del juego de contrastes que se dan en su música este nuevo disco de Tricky nos ayuda, a quienes siempre seguimos su música, a reencontrarnos con un viejo y querido amigo de esos que siempre, para bien o para mal, se las ingenian para sorprendernos. Quizá quienes se fascinaron con su aparición en la escena ahora añoren sus comienzos: su primer disco sigue siendo el más “pop” o “soul” dentro de su trayectoria. Pero, en definitiva, aunque lo suyo no resulte tan moderno ni tan raro como hace 14 años, basta escuchar “Cross To Bear” (inspirado según él en La Pasión de Cristo de Mel Gibson!) con la islandesa Hafdis, el bizarro cover de Kylie Minogue que hizo para aceptar que, una vez más, las que lo salvan siguen siendo las mujeres: “Me gusta poner a las mujeres en el rol masculino. Hacer que jueguen de fuertes y los hombres de débiles. Uno de mis tíos estuvo preso por 30 años, el otro por 15. A mi papá no lo veía nunca. Y a mí me educaron mi abuela y mi tía, yo las vi agarrándose a piñas, luchando en la calle para darme de comer todos los días. Yo veo a las mujeres como duras. Ellas me defendían. Ningún hombre hizo eso por mí. Todo lo que conozco son mujeres”.

lunes, 3 de agosto de 2009

Tricky: "No negocio con mi música"





Antes de su primera visita a la Argentina, el creador del trip hop reniega de su invento, reflexiona sobre la industria discográfica, habla de los chicos de su barrio y de la dimensión política de sus letras y evoca su contacto con la filosofía callejera y el crimen. El artista inglés actúa el 21 en El Teatro.

Por: Juan Andrade

Cuando su voz cobró notoriedad a partir del seminal Blue Lines, de Massive Attack, Tricky era todavía una joven promesa rapera curtida en el Knowle West, un barrio humilde de las afueras de Bristol. Fue por entonces que la prensa rockera cubrió bajo el paraguas nominal del "trip-hop" la producción de bandas como Massive Attack, Portishead y el propio Tricky, que después de participar en el segundo trabajo del grupo (Protection) se cortó como solista y en 1995 se despacho con otro disco fundamental para la incipiente escena: Maxinquaye.

Las mismas cuerdas vocales que caracterizan a su registro áspero y oscuro se tensan al otro lado de la línea telefónica, al escuchar por enésima vez la pregunta de si alguna vez se identificó con el trip- hop. "No sé nada sobre eso. Te soy honesto, nunca estuve involucrado. Participé en Masive Attack como colaborador: es todo lo que tenemos en común", se desmarca con un tono cortante. La vertiente downtempo del pop electrónico que ayudó a fundar y que luego otros imitaron hasta el hartazgo, al parecer se convirtió en una especie de espina molesta.

Obviamente, su entusiasmo aumenta al referirse a su presente artístico: después de girar por varias ciudades europeas y orientales, próximamente aterrizará en Ezeiza. Pero el hombre nacido como Adrian Thaws no reniega de su pasado, precisamente: su último disco, Knowle West Boy, lleva marcadas a fuego las coordenadas de sus orígenes. "Cada álbum es un aprendizaje, siempre se trata de encontrar lo que querés. Todo es muy naïf. No sé qué estoy haciendo o hacia dónde voy: la cuestión es experimentar, porque no entiendo nada de acordes o del tempo de los temas", describe.

¿En serio pensás que el disco es como una de esas recopilaciones caseras que grababas en cassettes para los amigos?

Sí, es como uno de esos mixtapes que uno armaba y le daba a un amigo o a una chica que le gustaba. Este es como un CD para mis amigos: por primera vez, siento que grabé algo pensando en la gente que todos estos años me siguió y escuchó mi música. Knowle West Boy es para los que me dieron su apoyo cuando más lo necesitaba.

¿Y cómo eran las cosas antes?

Antes me importaba un carajo la gente que me escuchaba. Nunca había grabado nada pensando en los que me bancaban: lo hacía básicamente para mí. Pero después de haberme tomado un tiempo, empecé a escuchar a la gente que se me acercaba y me decía cosas lindas. Que me dieran su aliento, incluso cuando estaba alejado de los escenarios, me hizo muy bien. Y cuando entré al estudio pensé: "Esto es para ellos".

Pasaron cinco años entre "Vulnerable" (2003) y "Knowle West Boy" (2008), ¿qué hiciste en el medio?

No tenía ganas de hacer nada. La industria de la música no me interesaba en absoluto. No entendía hacia dónde estaba yendo. Y, en el medio, no encontraba un lugar para mí. Había perdido el interés.

¿Te sentiste perdido en medio de la crisis de la industria?

No diría que me haya sentido perdido, pero todo se terminaba pareciendo demasiado a Justin Timberlake: el pop sonaba como si todo hubiera sido cortado por la misma tijera. Y hacia ahí iban las corporaciones de la música, hacia un lugar al que definitivamente no pertenezco.

¿El recambio tecnológico te generaba alguna expectativa?

¿Sabés qué? No me enteré de nada de eso. Hacer un álbum es hacer un álbum. Escribir una letra es escribir una letra. Así que no estaba atento a los cambios, solo me interesaba la posibilidad de seguir haciendo álbumes.

El álbum se llama como la zona de Bristol en la que creciste. ¿Es una vuelta a los orígenes?

No, es más amplio que eso. Hay un Knowle West en todos lados. Debe haber uno en la Argentina, como lo hay en París o en los Estados Unidos. Y ahí encontrás a la misma clase de gente que me rodeaba cuando nací. En un lugar así, si tenés una oportunidad mejor que la aproveches. Entonces quizás puedas ser lo que quieras ser. Ahí las cosas no suelen ser fáciles; muchas veces hay complicaciones. Y eso se refleja tanto en mí música como en mi manera de ser. En cierta forma, me hizo ser lo que soy. Estoy muy pero muy orgulloso del lugar que vengo. Para la gente no es fácil vivir ahí. Y sobreviven.

Algunos de tus parientes estuvieron metidos en el mundo del crimen. Aunque es obvio que seguiste otro camino, ¿en algún punto eso te marcó?

Bueno, no negocio con mi música. No soy un tipo duro en la calle, pero en la música no acepto acuerdos o imposiciones de ningún tipo: hago lo que se me canta. Tengo familiares que no negocian nada, pero ellos son así en la calle. Yo soy igual, pero en el estudio de grabación.

¿Seguís pensando que tus canciones son "juegos mentales"?

Sí, no tienen un mensaje obvio. Depende de lo que se interprete. No son directas. A veces, incluso, son medio complicadas.

Pero también hay clara una dimensión política en tus letras.

Todo el tiempo. En temas como Council Estate esa preocupación aparece claramente: la gente viviendo en comunidades pobres, en las que el nivel de educación es bajo. Tiene que ver con la política.

En Council Estate cantás: "Acordate pibe/ vas a ser una superestrella".

Nadie nace como una superestrella. Yo era nada más que un chico del barrio, hasta me convertí en alguien exitoso. Y eso quiere decir que hay una superestrella esperando su oportunidad, en cualquier lado. Son iguales que yo: no somos diferentes. O sea, esto les puede pasar también a ellos.

¿Algún músico te hizo sentir lo mismo cuando eras chico?

Para serte sincero, nadie me dijo algo así hasta que tuve éxito. Por eso está bueno que les pueda decir a los chicos de ahí que son superestrellas en potencia.

¿Y les va a resultar más fácil que a vos abrirse camino?

Más difícil. Todo se ha vuelto más extremo. En Inglaterra las armas están en todos lados: se las usa hasta para jugar. Cuando yo era chico también las había, pero no las usaba o las tenía cualquiera. Ahora también están en manos de los chicos.