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martes, 3 de julio de 2012

PEDRO AZNAR EN EL GRAN REX PRESENTO SU NUEVO DISCO AHORA.



Canciones para vivir en tiempo presente

El ex Seru Giran muestra su costado más cancionero y rockero en los temas de su nuevo álbum, recibido con calidez por el público que llenó el teatro. También hizo temas de Luis Alberto Spinetta, Gustavo Cerati, John Lennon y Elton John.

Por Sergio Sánchez
Pedro Aznar es unos de esos tipos cuya música trasciende la figura. No es mediático ni provoca la histeria femenina. Es un gran músico que hace grandes canciones. Y punto. Eso es lo que importa. ¿Para qué más? Durante la presentación oficial de su último disco, Ahora, el músico abrió sus brazos y entregó gestos y canciones que buscaron un diálogo genuino con el público. De forma recíproca, la platea lo recibió con la misma calidez: supo estallar en gritos con la medida justa, dejar caer algunas lágrimas y hacerlo salir un par de veces del camarín para los bises o sólo para un último saludo. Si bien Aznar abreva en el jazz, el tango, el folklore argentino y la MPB, lo que dejó entrever el jueves fue su costado más cancionístico y rockero. Es que de eso se trata el nuevo disco: once temas que se pasean entre un rock al palo y baladas acústicas, con toques de jazz, funk y finos arreglos de cuerdas. A esta altura, la versatilidad del ex Seru Giran ya no sorprende.










Que la música apela a las emociones es una obviedad. No tan obvio ni azaroso fue el clima que se vivió –y fue buscado– durante el concierto. Aznar centró su lista en canciones nostálgicas (“Pensaba en vos”), bellamente tristes (“Rencor”), reflexivas (acerca de este tiempo, como “Ahora”) y que evocaron al recuerdo de los que (casi) no están o están en otros mundos. Qué más da: si algo queda en la memoria, está, no desapareció. Así, Luis Alberto Spinetta renació en la hermosa versión de “Credulidad”, de Pescado Rabioso. Bastó que el rostro del Flaco apareciera en la pantalla para que el teatro estallara en aplausos. Lo mismo sucedió, pero esta vez con un aplauso más cerrado, esperanzador, cuando Aznar interpretó solo con su guitarra acústica “Lisa”, de Gustavo Cerati. El ex Seru es, además de un notable compositor, un creativo y amplio intérprete: por su garganta pasaron desde Atahualpa Yupanqui hasta Chico César. En esa sintonía invocó a la canción beat con “Jealous Guy”, de John Lennon, y se lució con su elevada y fiel versión de “Ya no hay forma de pedir perdón”, de Elton John, traducida al castellano por el propio Aznar. “¿Cómo voy a lograr que aún me quieras? / ¿Cómo lograr que quieras escuchar?”, entona Aznar, con el registro que mejor le queda. Y, ¿cómo no creerle a su música?












Sin embargo, el leitmotiv del show era presentar las nuevas canciones. Por eso, la lista abrió con la poderosa “Pantera del polvo” y se pegó inmediatamente con la melódica “Par”, una pieza con aire de hit. Aznar no tiene pinta de ser muy charlatán. Pero, cuando habían pasado apenas los primeros temas, quiso compartir con el público la esencia de su nuevo trabajo. “Este disco es uno de los más espontáneos y transparentes que hice. Fue un tiempo inspirador y sentí el placer de componer. Me propuse un desafío personal: cada día componer una canción. Fui por lo directo. Por ejemplo, la siguiente canción me despertó de una siesta.” Entonces, su acústica se encendió en la poética “Quiero decirte que sí”. Según Aznar, un mensaje atraviesa todo el disco: “Hay que vivir el presente, el ahora”. Mañana no se sabe qué pasará.
El concierto zigzagueó entre segmentos con su banda completa y momentos de Aznar solo con guitarra o teclado. Pero quizás el instante más rupturista haya sido durante los bises, cuando salió a escena con sus músicos y todos se sentaron al borde del escenario, sin micrófonos y con las guitarras desenchufadas. Sonaron “Hydra” y “Cuando el amor”. El teatro enmudeció. Sólo hubo lugar para la música. El diálogo con el otro se completó. Todo parecía haber terminado, era un gran final, pero aún quedaba una más. Entre gritos y aplausos, la banda se hizo nuevamente presente para tocar la clásica “Tu amor”, escrita por Aznar y popularizada por Charly García. “Tu amor me enseña a vivir / tu amor me enseña a sentir”, cantaron ellos. Todos. Ahora.

lunes, 30 de abril de 2012

EN CONCIERTO: Pedro Aznar celebró a Spinetta ante una multitud en Plaza Italia/ENTREVISTA A PEDRO AZNAR.

 Frente a más de 50 mil personas, presentó “Puentes Amarillos”, un espectáculo en el que repasó 26 canciones de “El Flaco”. El recital, en el marco del Día de la Ciudad en la Feria del Libro, duró dos horas.

 

  
29/04/12 - 22:46 

Como parte del Día de la Ciudad en la Feria del Libro, Pedro Aznar ofreció un emotivo recital gratis y al aire libre en Plaza Italia, para homenajear a Luis Alberto Spinetta. Ante más de 50 mil personas, abrió el show con "Tema de Pototo" de Almendra y siguió con "Cantata de Puentes Amarillos" del disco Artaud de Pescado Rabioso, "Perdonado (Niño condenado)", "Kamikaze", "Umbral" y "Los libros de la buena memoria", entre otros.
El músico presentó allí su espectáculo “Puentes Amarillos”, que en 90 minutos repasó 26 canciones de Spinetta. Lo acompañaron el pianista Andrés Beeuwsaert, Pomo Lorenzo -el baterista que acompañó al “Flaco” en las bandas Invisible y Spinetta Jade-, y la cantante Roxana Amed.
Frente al escenario hubo 8 mil sillas para el público que también pudo seguir el espectáculo por dos pantallas gigantes.
"Es difícil describir la emoción que representa. Fue alguien que ha cambiado nuestras vidas, tanto y para siempre y es un regalo de la vida homenajear a uno de los ciudadanos más importante de todos los tiempos", dijo el ex bajista de Serú Girán.en el escenario.
El músico abrió con "Tema de Pototo", solo acompañado de su guitarra y con la tapa del disco Artaud de fondo en una pantalla gigante, Aznar dio luz verde a este homenaje.
"Voy a conectar con las canciones y no con los recuerdos. Sino, no voy a poder cantar", advirtió aunque con el correr de la noche deslizó algunas anécdotas.  En este repaso, siguieron temas como "Kamikaze", "Umbral", "Cementerio club", "Cantata de puentes amarillos", "Todas las hojas son del viento" y "Dulce tres nocturno" junto al pianista Andrés Beeuwsaert.
Minutos más tarde y para iniciar otro tramo del recital, subió al escenario el legendario Pomo, "el dueño espiritual de muchas canciones de esta noche". Juntos tocaron "Resumen Porteño", "Figuración" o, como definió a esta canción el mismo Pedro, "un ensamblado de una exquisita soberbia", "Sexo" y "Blues de Cris" de Pescado Rabioso.
En este viaje que transportó a miles de personas, Aznar presentó el tema inédito que compuso con el Flaco: "Lenny Blues". Los aplausos coronaron esta presentación.
La cantante Roxana Amed, "una de las mejores voces que ha dado la Argentina" tal y como fue presentada la partenaire de Aznar para la interpretación a dúo de dos de los temas más aplaudidos de la noche: "Barro tal vez" y "Durazno sangrando".


"En todos se queda un pedacito tuyo, serás inspiración multiplicada por millares a lo largo de los años y lo ancho de las geografías", escribió Aznar cuando murió Spinetta y fue esta noche su mejor celebración, que concluyó con las canciones emblemáticas "aunque todas los son", aclaró, como "Seguir viviendo sin tu amor" y "Muchacha ojos de papel".  
 Fuente: http://www.clarin.com


Pedro Aznar: "Poder cantar a Luis es una forma de aliviar nuestro dolor"

 

   

 Entrevista. Mañana homenajea a Spinetta Será en Plaza Italia a las 19 horas. Además, tiene nuevo álbum: el bello y ecléctico “Ahora”, que lo muestra más directo.

 

28.04.2012 | Por Eduardo Slusarczuk 
 

En el "Mundo Aznar", todo luce prolijo. Como si cada cosa tuviera un lugar definitivo. Allá, de un lado, los libros, que acercan la poesía a la filosofía y la historia más urgente. Del otro, una especie de laboratorio sónico presidido por una gran consola. Más acá, una mesa y, al frente, un piano con un Debussy que se codea con un libro de entrevistas a directores de orquestas y una piña seca.

En ese espacio, donde todo, a su manera, tiene que ver con Ahora, su nuevo álbum -lo presentará el 28 de junio, en el Gran Rex, en medio de una gira argentina y latinoamericana-, Aznar se toma un descanso en la preparación del recital con que mañana "celebrará" la obra de Luis Alberto Spinetta (ver recuadro).

"La idea surgió de manera espontánea, antes de mi show en el ciclo Folclore en la Ciudad, dos días después de la muerte de Luis", cuenta. Y sigue: "El fatídico 8 de febrero, Roxana Amed estaba citada acá para ensayar. Cuando llegó, le dije que empezáramos con Barro tal vez. Se nos cerraba la garganta. Estábamos muy tristes, y se pensó en cancelar el concierto. Pero, después, pensamos que poder cantar a Luis es una manera de aliviar nuestro dolor, y también el de mucha gente. En ese marco, apareció esta propuesta. Y pensé que lo más hermoso que podía ocurrir, era que su ciudad natal lo homenajeara."

Después del recital de mañana, todo se enfocará en el material que Aznar concibió durante el invierno pasado, en Mar de las Pampas. "Me tomé un retiro compositivo. Estaba en un momento exacto para bucear en mí; para que saliera esta música. Entonces, paré todo, cargué mis instrumentos básicos –que son unos cuantos- en el auto, y me fui, con la idea de armar un pequeño estudio móvil para ir grabando mis partes. Y, de hecho, mis partes de guitarras, bajos y voces que están en el disco, en un 9 por ciento fueron grabadas allá. Después se agregaron los otros instrumentos", resume.

"Esta música" es una docena de canciones que, a primera escucha, suenan más accesibles que algunos de los trabajos anteriores de Aznar. "Es un disco más inmediato. Es música que te deja entrar inmediatamente. Después, podés ir encontrando distintas capas de significado, a medida que metés en el disco. Pero, es cierto que te deja pasar. Hasta uso esa imagen en una letra: ‘Como sendero que te deja pasar’".

¿Fue un efecto buscado?

Sí. Está decidido que sea así, por una necesidad personal mía de comunicar y de escribir directamente. Por decantación y maduración lógica… Bah, retiro lo de lógica. Y, también, porque salió así. Aunque, creo que en estas cosas, la espontaneidad de un cambio que se ve como una cosa muy natural y espontánea arrastra todo un proceso de un nuevo entendimiento. En mi caso, hay una búsqueda, una necesidad de condensación de sentido, de ir a lo medular.

¿Es un proceso consciente?



Va sucediendo con el paso del tiempo. Cuando me siento como preñado para un proyecto futuro, y veo que  algo está queriendo manifestarse, me suelo hacer una lista de lo que me gustaría que pase. De lo que a mí, como fan, me gustaría escuchar. Cuando producía a otros músicos, les recomendaba: ‘Tráiganme una lista de lo que les gustaría que pase con este disco, cuando lo pongan. Qué les gustaría verse diciendo, cantando. Cómo les gustaría oírse.  Qué los pondría felices de escuchar, de parte de ustedes. Qué cambio quieren ver con este disco.’ Y cuando yo hago un disco, hago lo mismo. Este no fue la excepción, y en la lista figuraban todas estas cosas. Dichas, tal vez, de otra manera.

 

¿La lista la llevás con vos?



No. La anoto, y queda. Es una expresión de deseos que, inconscientemente, empieza a trabajar en uno. Es como si yo me escribiera una carta a mí mismo diciendo: ‘Yo, Pedro, fan de Pedro Aznar, me gustaría en el próximo disco de él escuchar que pase esto’. Y tiro ese pedido. Después, el tiempo va haciendo su cosa. Y cuando me siento a escribir, pasa.

¿Por qué en Mar de las Pampas?

Porque es un lugar tremendamente inspirador. Mi refugio. Un lugar muy calmo, hermoso; que tiene como una de sus particularidades la de ser un bosque sembrado en un lugar en el que antes había un desierto. Por eso la letra del primer tema: ‘Mano del hombre, semilla generosa, sueño que brota, páramo a vergel’. Es un desierto, devenido jardín por la mano del hombre. El primero, fue el viejo Gesell. Lo trataban de loco, y el tipo se empeñó en fijar las dunas. Un acto que tiene esa cosa romántica de la quijotada que se logra. La de hacer que de un desierto surja vida. El hecho artístico es eso.

Pensaba en eso, y en que tu empeño en hacer cosas como "Paranoia y soledad", ante un público de rock, o rapear a Borges, en el Colón, aún a costa de las críticas más lapidarias, puede ser visto así.


Seguro. Desafiar al status quo léido (ironiza sobre la elite literaria).

Eso también requiere cierto temple.

Y ganas de mojar la oreja. Eso siempre estuvo. Y está en este disco también. Algunas de esas capas de significado de las que hablaba, contienen eso también. Hay desafíos al oyente. Porque yo los necesito como fan mío. Me gusta que mi música presente una cosa que despierte la curiosidad, que inquiete. Lo que sí siento es que esas mojadas de oreja las he ido refinado, y lo logro con elementos menos abigarrados. Entonces, en este disco, me da la sensación de que esos desafíos al oyente no se sienten como una cosa que asusta, como música compleja. Además, en pos de esa transparencia, en unos días subiremos a mi sitio web, un área de partituras donde estará transcripto todo el disco. Vas a tener los arreglos de cuerdas, con las cinco partes –violines uno, violines dos, violas, chelos y contrabajos-, la reducción para piano, las partes de piano nota por nota, cifrados y tablaturas para guitarra, exactas, con todas las posiciones y afinaciones que van. O sea que si te sentás con la guitarra y querés ver cómo se hace esta música, ponés el disco, te conectas al sitio, y lo tocás.



Imagino que no lo hubieras hecho con tus primeros discos, por eso de guardar los secretos y no revelar las fórmulas.



(Risas) Algo de eso nos pasa a todos. Porque cuando sos muy joven, pensás que si alguien copia tus truquitos, va a sonar como vos. Después, te vas dando cuenta de que no es así. Porque eso no atenta contra tu identidad. En todo caso va a ayudar a la de quien te copia. Sobre todo, si a partir de eso, busca por su cuenta.



En el caso de “Ahora”, parece haber una búsqueda que hace que las guitarras suenen de manera poco habitual.



Es verdad. Todo el disco está hecho con afinación de blues tradicional. Que consta de sexta, quinta y primera cuerdas bajadas un tono. Suena mucho menos extraño que la guitarra convencional. Es un acorde de Sol M.

 

¿Por qué lo hiciste?



Por varias cosas. Una, para lograr la sonoridad que deseaba; dos, porque en el verano 2010/2011 estuve leyendo en la biografía de Keith Richards, que es hermosa, lo que le pasó cuando descubrió la afinación del blues, y empezó a componer a partir de ahí. Y, un poco por jugar, me puse a hacer lo mismo. Todo el tiempo uso afinaciones alternativas, y esta vez me propuse darle una prioridad a esta afinación, porque suena muy lindo. Es una sonoridad muy particular.

¿Cómo se definió la temática de las canciones, que van de lo más íntimo, como en rencor, a la mirada social macro, que aparece en Ruina sobre ruinas, en un contexto muy distinto al que describe el tema?

Es lo opuesto. Desde una ciudad decrépita hasta un vergel. Hay de todo eso en el disco. La temática iba apareciendo sola. Lo de Ruina, surgió de una charla acerca de las mega ciudades latinoamericanas, medio arruinadas. En este caso, hablábamos de México. Pero, de alguna manera, también lo es Buenos Aires, y cualquier gran ciudad. Y lo de ruina sobre ruinas, habla de una ciudad que se construyó sobre las ruinas de otra gran ciudad. Es la “civilización” europea aplastando las civilizaciones americanas, acallándolas, y sometiéndolas, e imponiéndole sus dioses. Hablo de dioses, porque uno de ellos es el dinero. Esa es la mirada macro.



Que contrasta con un tema mínimo como “Pensaba en vos”.



Que lo grabé con el iPhone, mientras estaba componiéndolo, en la sala de la casa, en un día como describe la letra. Se venía la penumbra, en un otoño muy particular en el que el cielo estaba gris de ceniza hasta en los días claros; lo que daba una luz hermosa, perlada, muy especial. Rencor, en cambio, surgió en medio de una siesta. Me desperté con el principio de la canción completo: “Estás, preso del rencor, preso de un amor que te retiene en el pasado…” Prendí el piano, el iPhone, la computadora, lo empecé a componer y salió de un tirón.



¿Habías pasado ya por la experiencia de dirigir una orquesta, como lo hacés en varios de los temas?



Sí. Es la tercera vez que lo hago. La primera lo hice para cuando hice la música de No mires para abajo, de Subiela, la segunda para Quebrado. Y la tercera fue ésta, en Abbey Road, en Londres, donde ya había estado cuado grabé David y Goliath, en 1994.



¿La masterización también la hiciste allí?



Sí.



¿Cambia mucho el resultado que podés lograr en Londres, con respecto a Buenos Aires?

Lo que más cambia es el oído de cada técnico. Los fierros, fierros son. Pero se trata de buscar un tipo de color especial. Y por las cosas que había escuchado, me parecía que Tony Cousins era el tipo indicado. En el caso de la orquesta, la pasterización la hizo Sam Okell, quien había ganado un Grammy por ser parte del equipo que había remasterizado el catálogo beatle, y ahora obtuvo otro, por el nuevo CD de Paul McCartney. Además, trabajó en uno de mis discos favoritos de los últimos años, que es Chaos And Creation in the Backyard, también de Paul.

 

¿Te sentás, a veces, a pensar en qué lugares, y con quiénes estás trabajando?



Sí. Pero con prudencia, porque, si no, ese vértigo te puede jugar una mala pasada. Estando en Abbey Road, nunca me perdí el gustito de ir al Estudio 2, donde se hacía la mayor parte del trabajo de los Beatles. En una especie de peregrinación, para decir “en este lugar, en este aire, sonó la música que a mí me hizo querer ser músico”. Entonces, es un poco un lugar de pertenencia, un lugar de origen y de destino. Esa emoción está. Pero, al mismo tiempo, tenés que tener la cordura de suspender el deslumbramiento, y estar atento a si a la orquesta le sobran o le faltan graves.



La proyección que Aznar logró a partir de su salida de Seru Giran y su ingreso a la banda de Pat Metheny, potenciada a lo largo de más de 3 años de trayectoria, lo convirtió en un músico sumamente respetado, pero no siempre acompañado por un público masivo.



¿No pasa que la condición de músico complejo con que cargás, te da prestigio, pero te quita público?

Es que quizás no llegaron a escuchar mi música. Y creo que eso pasa porque la idea de que uno está en otro lado, lo único que hace es alejarte. Me parece que la admiración es una mirada de lejos. Es verte en la distancia. Y mi trabajo no es distancia, sino tocar una fibra emocional. Yo siento que logré lo que quería hacer, cuando me emociona lo que hice, y cuando el otro se emociona con eso. Y veo que hay una cantidad muy grande de gente que ya no se deja llevar tanto por esa admiración.

¿Hay cosas en el mapa del rock actual de acá que te emocionen?

No doy opiniones de otros músicos. En eso, soy tajante. Hablo de lo mío. Es lo único acerca de lo que tengo algún conocimiento. Y ni de lo mío sé todo. ¿Yo qué sé qué cosa se está expresando a través de mí? Yo soy un canal, y ahí va. Por mí pasa esto. Pero no me preguntes de dónde viene, porque no lo sé. Sé del oficio. Incluso, en parte, el uso de la afinación alternativa es para no saber dónde están las notas, lo que me permite componer como si tuviera ocho años, cuando jugaba a ser músico. Como si fuera un juego. Todo lo que hacemos es un juego. Si no lo entendés, te lo perdés.

La decisión de Aznar de no hablar de otros músicos va de la mano con la de mantener su vida privada en ese ámbito, en contraste con otros artistas, cuya exposición pone a la par, a veces, las cuestiones artísticas con las personales.

"Sin embargo -explica-, la exposición no implica un mayor conocimiento. Yo, por ejemplo, soy amigo personal de Charly, y sé cosas que le pasan, que no las sabe nadie. Por más que se sepa dónde o con quién vive, si se internó o no, o si tomaba o no bicarbonato de sodio. So, what? Sabés eso? ¿Y qué hacés con eso? Vos te leés la biografía de Richards. Y, ¿qué sabés de él? Unos datos. Punto. No sabés lo que pasa, realmente. Lo que hay es una exposición que hace que la gente termine hablando de vos como de Colgate. Sos una marca." Y concluye: "Ese es un juego en el que jamás voy a entrar. Este es mi trabajo; y yo no soy mi trabajo. No importa cuántos datos míos se sepan. Porque me preservo el hecho de que cuando me siento a escribir una canción soy Pedro, de ocho años, jugando a ser músico, y tirando de un piolín de una canción que le vino en sueños. Si yo me convirtiera en Colgate, eso no pasaría más. Sería la peor traición que me podría hacer en mi vida. Y no lo voy a hacer." 
      

lunes, 5 de diciembre de 2011

PEDRO AZNAR TOCO EN EL TEATRO ND ATENEO.







 

Los viajes de una voz

 



 Por Gloria Guerrero

Pedro cerró su concierto a las 23.20 sentado a lo indio al borde del escenario con sus músicos, tocando y cantando “Los chicos de la calle” sin ningún (ningún) tipo de amplificación mientras que en el teatro repleto, fascinado, reinaba tanto silencio que podían oírse hasta las ideas.
Pero casi dos horas antes había elegido empezar la noche con un set incendiario y a volumen feroz (“Mientes”, “Ella se perdió”, “Cucamonga Dance”, “Diana”; todo el mejor Tango Aznar-García); el teatro a tono, en llamas, levantaba un metro del piso cada butaca. Ahí el tipo se descolgó el bajo, transpirado; le alcanzaron una toalla para secarse la cara y dijo: “Arranqué con el final del show, ¿no?”.
Pedro Aznar tiene tantas medallas que su peso en oro podría quebrarle la columna. Sin embargo, pocos artistas mantienen un discurso tan distendido y tan humilde para con su grey. Termina de secarse la cara y alguien de las primeras filas le dice (no le grita; nadie grita en un concierto de Aznar) algo que desde la platea no se escuchó bien. “¡No, no voy a tirar la toalla!”, le contesta Pedro, riendo, como si fuera una declaración de principios. Y sigue charlando: intenta explicar por qué ha elegido una secuencia de temas “al revés” de los estímulos establecidos para los conciertos de rock. Dice que, aunque no tiene Twitter, sabe que la lista de canciones irá a ser desparramada instantáneamente a través de las redes sociales y que la idea de “la falta de sorpresas” le hará un nudo en su azotea personal. “Pero ahora van a venir las cosas refinadas”, promete. Y cumple lo que promete.
“Nocturno suburbano” y “Décimas”, con la espléndida poesía de la chilena Elizabeth Morris, cubrieron el puente hasta el segmento de la presentación formal del nuevo material de Aznar. Pedro vuelve a hablarle a la gente y cuenta que disfrutó/padeció de un estrictísimo “retiro compositivo” en “una casa” (¿?) que lo terminó convirtiendo en un “laburante de la corchea” (sic) hasta engendrar treinta canciones, de las que luego eligió doce para su próximo álbum, sucesor de A solas con el mundo, a grabarse “a partir de mañana” y a editarse en marzo próximo. Lo que muestra de lo nuevo es “Panteras de polvo” (power), “Quiero decirte que sí” (romántico) y “Rencor” (rencoroso); las tres están buenas.
Aquí hay un punto a considerar a futuro: las canciones de Aznar, tan lejos del tarareo como lo está Justin Bieber de Lao-Tsé, maduran a una velocidad impensable; hoy, después de pocos años, “Fugu” o “Quebrado”; “Lina de luto” o “Los perros del amanecer”, cosas intrincadas que jamás podrían llevar las cabecitas de un lado a otro, terminan en labios de todo el público de la sala y en coros y en headbanging. ¿Cómo pudo ser? Parafraseando al Innombrable: “Pedro lo hizo”.
Pero estuvieron allí también los héroes bien nombrables: Elton John con “Ya no hay forma de pedir perdón” (“Sorry Seems to Be the Hardest Word” y un eterno chapeau por esta maravillosa traducción, virtud de Aznar, que –cosa difícil si las hay– respeta tanto el sentido de la letra como la cadencia de vocales de la original); John Lennon con “Jealous Guy” (sí, ¡además el chabón silba perfecto!); los Rolling Stones (“Angie”) y Luis (“Credulidad”). Y también estuvo en alma Gustavo Cerati en una maravillosa “Lisa” que hizo Pedro solo con la guitarra; esa canción habría sido parte de Tango 3, lo que nunca llegó a suceder y esperan todos que alguna vez suceda.
No hubo folklore argentino esta noche (imperdonable) y no estuvieron “Alcira” con su torre ni el “Amelia” de Joni Mitchell (una inentendible omisión de A solas con el mundo); hubo demasiado “eco” a propósito en la voz de Pedro por momentos y, a ser sinceros, el recital terminó teniendo sabor a corto. Quizá los shows de este viernes y sábado terminen teniendo otras sorpresas, sólo para palmar a los twitters.
Alejandro Oliva, el percusionista, empieza a golpetear encerrado en su pared de vidrio/acrílico transparente: es un solo estupendo que empieza bajito y sigue reventado, alucinado, frente a casi un millar de personas que ni siquiera se anima a toser, inmóvil. Pero después Pedro abre los brazos, como un loco, y grita “La carne” (Aznar canta Brasil, 2005). “¡¡La carne más barata del mercado es la carne negraaaa...!!” Su garganta no tiene perdón. Y después hace “Quantum” de Fotos de Tokyo, e iba a parecer mentira que todo terminaría “al revés”, con todo el teatro al palo...
Pero ahora se sienta al borde, sin ningún micrófono, y canta: “Los chicos de la calle, dignidad en rotos trajes, pobre dios en carne viva y sin altar”.
Y se hace de nuevo el bendito silencio. El silencio, uno de los mejores sonidos que tiene el rock del país.
“¿Dónde está mi mapa?”, había preguntado en “Cucamonga”, hora y media atrás.
Pedro es el que viaja.

sábado, 11 de junio de 2011

PEDRO AZNAR HABLA DE SU PROXIMO CONCIERTO EN EL COLISEO.






“En esto tenés menos refugio,es un desafío importante”




“Revolver fue el disco que revolucionó la música de un grupo que revolucionó la música. Me hizo un daño irreparable...”

El material que puede apreciarse en su disco A solas con el mundo hace prever una noche de alta belleza. Aquí, Pedro Aznar repasa los riesgos y placeres de actuar “sin cómplices”, su relación con los instrumentos, el encanto digital y varias cosas más.

Por Karina Micheletto

A solas con el mundo, (se) propone Pedro Aznar. Grabó su nuevo disco a partir de una serie de presentaciones en solitario, un puñado de versiones que muestra en paralelo a los conciertos con su banda, un recorrido diferenciado. A solas también con Joni Mitchell y Cuchi Leguizamón, Bob Telson y Andrés Calamaro, George Harrison y Violeta Parra y la baguala y la copla con caja. Y a solas nuevamente, para reinterpretar ese vivo ya grabado en voz y guitarra, pero también en una cantidad de instrumentos a su cargo, en el concierto que dará hoy a las 21.30 en el Teatro Coliseo (Marcelo T. de Alvear 1125). Desnudez, salto sin red –sin la protección de algún tipo de “acolchonamiento musical”–, puesta en acto del cuerpo, cercanía, conciencia de la mirada del otro, del riesgo que ello implica. Todo esto se pone en juego, dice el cantautor y multiinstrumentista en las notas del disco, en una propuesta de estas características.

De todo esto parece estar hecho también el acercamiento de Aznar a la situación de entrevista, entre alguna forma arcaica de timidez, de inocultable y contagiosa incomodidad, y una distancia impuesta de antemano y pronto agigantada por el dato erróneo que –oh– cuela la cronista a poco de encendido el grabador. Una distancia que se va remontando a medida que se logra instalar algún clima, que los temas conceden la aceptación del juego hagamos como que charlamos. Y que finalmente se esfuma en seco tras el stop del grabador. Y faltan las fotos. Cuesta retomar el proceso en los escasos minutos disponibles. Sólo la cámara del talentoso Pablo Piovano podrá plasmar un juego temporal, a partir de una toma planteada desde otra toma recortada, que viene de unos años atrás.

Y al fin queda lo que vale. Las respuestas de Aznar no son ligeras ni obvias ni artificiosamente construidas ni pensadas para gustar. Se impone una conciencia de sí y de su obra que luce en el resultado, una diferencia con la media. Así, como su música.

El disco que hoy presentará Aznar abre con una bellísima versión de “Amelia”, de Joni Mitchell. Lo que logra con esta oda a la melancolía de la canadiense –que al parecer repasa uno por uno los pedidos de autorización para ser versionada, y se toma su tiempo para analizar si los acepta– es ir al núcleo del tema para encontrar aquello que tiene de esencial, retomándolo con una forma propia –en este caso, la operación se da también en la traducción, a cargo del propio Aznar–. Esta traducción, particularmente conmovedora, ya había sido grabada por Aznar junto a Roxana Amed en el primer disco de la cantante, que él produjo.

“No es un disco en vivo clásico, en el sentido de llevar sobre el escenario música que ya fue grabada”, dice Aznar sobre su A solas con el mundo. “A muchas de estas canciones las había grabado en formato de dúo y habían sido lanzadas en los discos de los respectivos colegas. Cuando las incorporé al show unipersonal, la gente empezó a preguntar en qué disco mío podía encontrarlas. Ahí me dieron ganas de hacer un disco que conservara la frescura del vivo y que tuviera todas estas canciones juntas.” Son todas obras ajenas: “Algunas fueron bises en algún momento, como las bagualas con caja; o ‘While my guitar gently weeps’, que hice por primera vez en un homenaje radial a The Beatles. A ‘Calling you’ (de la película Bagdad café) la había preparado para un festival de cine en Tucumán... Son gemitas que fueron quedando dispersas por ahí”.













–En las notas del disco habla del artista solo frente al público, de la exposición y la transformación que implica. ¿Cree que esto le ocurre también al público en esta situación?

–Sí, porque conectan con una interioridad tan fuerte como la del autor cuando escribió las canciones, o como la del intérprete cuando les está poniendo el cuerpo sobre el escenario. Es algo que nos atraviesa a los tres: al autor, que está presente en alma; al intérprete, que le está poniendo el cuerpo a esa voz poética, y al público, que está completando el ritual.

–¿La conexión es más directa, o es simplemente otro tipo de propuesta?

–No sé si es más directa, es más íntima. Tenés menos refugio en lo orquestal. Es un fenómeno en solitario, hay un instrumento y una voz, y lo único más despojado que podría haber es cantar a capella. Eso propicia un cierto tipo de encuentro mío con la música, especial, y con el público, me pasa una cosa diferente. Es un desafío importante.

–Todo debe estar multiplicado, para bien y para mal...

–Sí, no estás con tus cómplices compartiendo las pérdidas y las ganancias, estás solito y tu alma. Pero eso es como un deporte de riesgo, cuando aterrizás suavemente, te invade una adrenalina muy especial, porque te la jugaste por entero. Y sabés que, si salía mal, salía muy mal.

Título

En la biografía de Pedro Aznar apabulla ese camino recorrido al que refiere ahora Aznar, que con 16 años ya estaba tocando el bajo –y cómo– en “Madre Atómica”. Llaman la atención también un par de menciones personales: la importancia de Revolver, el primer disco que le regalaron. “Fue el disco que revolucionó la música de un grupo que revolucionó la música. Y a mí me marcó: esperaba un disco beatle yeah yeah yeah y me encontré con ‘Tomorrow never knows’, a los 7 años. Creo que eso me hizo un daño irreparable”, se ríe –¡al fin!– Aznar.

También está el detalle de una colección de discos de colores que había en su jardín de infantes: “Divinos. Combinaban mi pasión por la música y por los discos, con esos colores como caramelitos de distintos sabores. Sublime. No los volví a ver. Si los encontrara por ahí, los compraría inmediatamente”. Y la primera guitarra, regalo de su padre músico, comprada con un tío bandoneonista. “Todavía está por ahí, toda rota”.

–¿Tiene algún arraigo particular con los objetos?

–Con los objetos... más o menos. Ahora, un instrumento no califica como objeto. Un instrumento ni siquiera es una herramienta, es una voz más allá de la voz del cuerpo. Una voz más que le ponés a tu cuerpo. Una extensión de tu cuerpo, o mejor: de tu alma. No es algo externo, es una parte tuya.

–Pero para que sea eso primero tiene que haber pasado por uno.

–Absolutamente. Eso se da a partir de una relación de tiempo con el instrumento, o de una magia que a veces se produce de manera muy espontánea. Hay instrumentos que he sentido como propios desde la primera vez que los toqué. Y otros que tengo hace años, con los cuales me trato de usted. Instrumentos preciosos, que suenan divinos, que anhelé tener mucho tiempo. Pero aun así están ahí, los saco cada tanto, grabo algo y los guardo. Para contar mis instrumentos, los que son míos de verdad, me alcanza con los dedos de una mano.













–Está describiendo una relación amorosa: amor a primera vista, o “me gustás pero no llegaremos a nada juntos”...

–Se parece mucho a lo humano, sí...

–Es conocida su pasión por la exploración del sonido, desde los tiempos de Seru Giran. Si con los instrumentos tiene una relación humana, ¿cuál es su relación con la tecnología, en la búsqueda del sonido?

–Siempre tomé el sonido como parte de la magia de la música. El sonido es una parte indivisible de la música, y la búsqueda de un sonido es la búsqueda de una música. Tiene tanto de musa –origen de la palabra música–, como la propia música: ese soplo inspirador, esa cosa intangible que define al hacer música, también está en el sonido. La música se hace no solamente de una indicación de notas en un pentagrama, sino también del fenómeno sonoro que termina ocurriendo con el aire en movimiento. Y la búsqueda de la manera en que se expresa esa sonoridad es una búsqueda artística, sin lugar a dudas. Para mí eso fue claro desde el principio.

–¿Lo entusiasma tanto como la interpretación?

–Sí. El fenómeno del registro, la grabación del sonido, experimentar con eso, me fascinó desde chico. Me parecía un acto de magia, y me sigue pareciéndolo. Que uno pueda, a voluntad, hacer sonar una música en cualquier lugar, es maravilloso. Y ahora, al punto de que es como si las musas hubieran finalmente dominado al mundo: el soporte es cada vez menos físico, son números que están en no se sabe qué memoria, en un servidor andá a saber dónde, llegando por el aire, o qué sé yo. Se ha ido sutilizando cada vez más, al punto de hacerse cada vez más inmaterial. Pero, finalmente, la música, incluyendo su expresión sonora, sigue teniendo ese poder único de conmovernos. Porque un sonido –incluso un único sonido– tiene el poder de conmovernos. Si no, que lo digan los hindúes. Un solo sonido puede transformar tu mundo.

–Por lo visto lo suyo no es la apología analógica...

–¡Para nada! Entiendo que hay ciertos soportes materiales del audio o la imagen que tienen su propia personalidad, que le agregan a la obra una cierta cosa, es un sustento físico que trabaja de una cierta manera. Y hay ciertas cosas de la grabación en cinta analógica que son únicas, irreemplazables, que son un mundo sonoro en sí. Tenés que saber qué partido le sacás a cada soporte, con sus ventajas y desventajas. Pero para mí las ventajas de lo digital superan ampliamente a las desventajas. Y esas desventajas se han ido reduciendo muchísimo con el tiempo: el audio digital que escuchamos hoy no es el que escuchábamos hace 30 años, es infinitamente superior. Los primeros reproductores de CD eran bastante calamitosos, ahora cualquier reproductor de música tiene convertidores excelentes, y muy baratos. Tenerle fobia a lo digital hoy me parece un prejuicio más que otra cosa.

–¿Y cuáles fueron aquellos primeros experimentos de chico?

–El primer grabadorcito con cinta a carrete se lo capturé a mi hermana, pobre, se lo habían regalado mis viejos cuando cumplió quince años. Lo tengo ahí, lo quise guardar junto a toda la parafernalia ultramoderna, para no olvidarme de que es un juego, en el mejor sentido de la palabra. Para no olvidarme de lo creativo que yo era y del jugo que sacaba de eso. Pasaba las cintas al revés, cortaba, sobregrababa una pista sobre otra. Y después, cuando salieron los casetes, tenía un pasacasete de los de auto, le había puesto una batería, y un grabador a casete prestado. Ahí empecé a jugar a lo grande: copiaba de un grabador al otro, sumaba de un instrumento cada vez, regrababa, copiaba la sonoridad de grabaciones de discos que me gustaban... Era realmente mágico.

–¿Y esa magia sigue despertando su asombro?

–Sí. Voy a seguir gastando dinero en equipamientos de sonido, ¡hasta que me muera! ¡Voy a reventar todos mis ahorros en equipos por siempre!

Pedro Aznar se ríe otra vez. Con una suave intensidad.