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lunes, 5 de diciembre de 2011

PEDRO AZNAR TOCO EN EL TEATRO ND ATENEO.







 

Los viajes de una voz

 



 Por Gloria Guerrero

Pedro cerró su concierto a las 23.20 sentado a lo indio al borde del escenario con sus músicos, tocando y cantando “Los chicos de la calle” sin ningún (ningún) tipo de amplificación mientras que en el teatro repleto, fascinado, reinaba tanto silencio que podían oírse hasta las ideas.
Pero casi dos horas antes había elegido empezar la noche con un set incendiario y a volumen feroz (“Mientes”, “Ella se perdió”, “Cucamonga Dance”, “Diana”; todo el mejor Tango Aznar-García); el teatro a tono, en llamas, levantaba un metro del piso cada butaca. Ahí el tipo se descolgó el bajo, transpirado; le alcanzaron una toalla para secarse la cara y dijo: “Arranqué con el final del show, ¿no?”.
Pedro Aznar tiene tantas medallas que su peso en oro podría quebrarle la columna. Sin embargo, pocos artistas mantienen un discurso tan distendido y tan humilde para con su grey. Termina de secarse la cara y alguien de las primeras filas le dice (no le grita; nadie grita en un concierto de Aznar) algo que desde la platea no se escuchó bien. “¡No, no voy a tirar la toalla!”, le contesta Pedro, riendo, como si fuera una declaración de principios. Y sigue charlando: intenta explicar por qué ha elegido una secuencia de temas “al revés” de los estímulos establecidos para los conciertos de rock. Dice que, aunque no tiene Twitter, sabe que la lista de canciones irá a ser desparramada instantáneamente a través de las redes sociales y que la idea de “la falta de sorpresas” le hará un nudo en su azotea personal. “Pero ahora van a venir las cosas refinadas”, promete. Y cumple lo que promete.
“Nocturno suburbano” y “Décimas”, con la espléndida poesía de la chilena Elizabeth Morris, cubrieron el puente hasta el segmento de la presentación formal del nuevo material de Aznar. Pedro vuelve a hablarle a la gente y cuenta que disfrutó/padeció de un estrictísimo “retiro compositivo” en “una casa” (¿?) que lo terminó convirtiendo en un “laburante de la corchea” (sic) hasta engendrar treinta canciones, de las que luego eligió doce para su próximo álbum, sucesor de A solas con el mundo, a grabarse “a partir de mañana” y a editarse en marzo próximo. Lo que muestra de lo nuevo es “Panteras de polvo” (power), “Quiero decirte que sí” (romántico) y “Rencor” (rencoroso); las tres están buenas.
Aquí hay un punto a considerar a futuro: las canciones de Aznar, tan lejos del tarareo como lo está Justin Bieber de Lao-Tsé, maduran a una velocidad impensable; hoy, después de pocos años, “Fugu” o “Quebrado”; “Lina de luto” o “Los perros del amanecer”, cosas intrincadas que jamás podrían llevar las cabecitas de un lado a otro, terminan en labios de todo el público de la sala y en coros y en headbanging. ¿Cómo pudo ser? Parafraseando al Innombrable: “Pedro lo hizo”.
Pero estuvieron allí también los héroes bien nombrables: Elton John con “Ya no hay forma de pedir perdón” (“Sorry Seems to Be the Hardest Word” y un eterno chapeau por esta maravillosa traducción, virtud de Aznar, que –cosa difícil si las hay– respeta tanto el sentido de la letra como la cadencia de vocales de la original); John Lennon con “Jealous Guy” (sí, ¡además el chabón silba perfecto!); los Rolling Stones (“Angie”) y Luis (“Credulidad”). Y también estuvo en alma Gustavo Cerati en una maravillosa “Lisa” que hizo Pedro solo con la guitarra; esa canción habría sido parte de Tango 3, lo que nunca llegó a suceder y esperan todos que alguna vez suceda.
No hubo folklore argentino esta noche (imperdonable) y no estuvieron “Alcira” con su torre ni el “Amelia” de Joni Mitchell (una inentendible omisión de A solas con el mundo); hubo demasiado “eco” a propósito en la voz de Pedro por momentos y, a ser sinceros, el recital terminó teniendo sabor a corto. Quizá los shows de este viernes y sábado terminen teniendo otras sorpresas, sólo para palmar a los twitters.
Alejandro Oliva, el percusionista, empieza a golpetear encerrado en su pared de vidrio/acrílico transparente: es un solo estupendo que empieza bajito y sigue reventado, alucinado, frente a casi un millar de personas que ni siquiera se anima a toser, inmóvil. Pero después Pedro abre los brazos, como un loco, y grita “La carne” (Aznar canta Brasil, 2005). “¡¡La carne más barata del mercado es la carne negraaaa...!!” Su garganta no tiene perdón. Y después hace “Quantum” de Fotos de Tokyo, e iba a parecer mentira que todo terminaría “al revés”, con todo el teatro al palo...
Pero ahora se sienta al borde, sin ningún micrófono, y canta: “Los chicos de la calle, dignidad en rotos trajes, pobre dios en carne viva y sin altar”.
Y se hace de nuevo el bendito silencio. El silencio, uno de los mejores sonidos que tiene el rock del país.
“¿Dónde está mi mapa?”, había preguntado en “Cucamonga”, hora y media atrás.
Pedro es el que viaja.

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