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lunes, 26 de diciembre de 2011

EL 17 DE DICIEMBRE A LOS 70 AÑOS MURIO CESARIA EVORA.




Que la llamaran “la diva de los pies descalzos” es sólo una anécdota frente a lo que realmente la caracterizó, una voz personalísima. Su pintura local alcanzó dimensión global: el gobierno de Cabo Verde decretó dos días de luto y se multiplicaron las voces de despedida.

 Por Karina Micheletto

Fue “la diva de los pies descalzos”. La voz que mostró al mundo la música folklórica de Cabo Verde: la nostalgia insondable de una morna, tan rítmica a la vez, la picardía doméstica de una coladeira, en su fiesta de un solo tono. Una mujer a la que le sucedió lo que a unas pocas: ser portadora de un arte cuyo valor intrínseco es lo que tiene de “auténtico”, de propio e intransferible; ser “descubierta” como representante de lo que tiene de local; ser lanzada a nivel global. Cesaria Evora, Cizé, como era llamada cariñosamente en su círculo íntimo, murió ayer a los 70 años en San Vicente, su tierra natal, como consecuencia de serios problemas de salud que ya la habían alejado de la música unos meses atrás.

Era la cantante más importante de Cabo Verde y una de las más relevantes de toda Africa, una suerte de emblema cultural sostenido con orgullo también por las naciones de habla portuguesa. La importancia simbólica que había adquirido su figura volvió a ponerse de manifiesto con su muerte: el gobierno de Cabo Verde decretó ayer dos días de duelo nacional. Jefes de Estado, presidentes, ministros y numerosos representantes de la cultura lusitana se pronunciaron públicamente lamentando la pérdida y destacando el valor de su música como legado. El ministro de Cultura caboverdiano, Mario Lucio Sousa, fue quien confirmó su fallecimiento por “insuficiencia cardiorrespiratoria aguda y tensión cardíaca elevada”. En 2008, la cantante había sufrido un infarto cerebral, y aunque se recuperó y siguió con sus actuaciones por el mundo (en una de esas giras llegó a actuar por última vez en la Argentina, en 2009), su salud quedó debilitada. Finalmente, la artista ingresó a la unidad de cuidados intensivos del Hospital Baptista de Sousa, en la isla de San Vicente, “con un cuadro muy complejo, con problemas coronarios y un edema pulmonar”, “alternando momentos de lucidez con momentos de inconsciencia”, según informó el equipo médico.

Su cálida presencia en escena, sin atavíos de exotismo, su figura de matrona negra desgranando un canto lánguido y visceral, pero a la vez refinadísimo, era la marca que sorprendía al escucharla en vivo. Cantaba como si no le costara en absoluto alcanzar esa aura de suave perfección. Traía la cadencia del mar, el lamento de esa sodade (así se llama la nostalgia en el dialecto de Cabo Verde, así se llama uno de los temas más exitosos de Evora) de puerto. Lo de los pies descalzos, se ha dicho y se ha analizado, podía responder a alguna forma de rebeldía, de empatía y solidaridad con los desprotegidos. De gesto de protesta y desagravio, porque en su país, en tiempos coloniales, se prohibía caminar por la vereda a los que no tenían plata para comprar zapatos. La explicación que ella misma daba era mucho menos épica, mucho más del orden de lo práctico. “Yo canto descalza porque no me gustan los zapatos, nada más. No estoy acostumbrada, si hace frío a lo sumo puedo calzar unas sandalias, pero zapatos, no me acostumbro. Siempre canté descalza. Pasé mi vida cantando, pasé mi vida descalza”, le dijo a esta cronista en una entrevista para este diario, antes del último show que dio en Buenos Aires, en el Luna Park. Así de simple.

Nacida “en cuna de artistas”, como ella decía, su linaje reconoce un padre cantante –Armando da Cruz Evora–, un hermano saxofonista –“Lela”–, un tío poeta –Francisco Xavier “B. Leza”, por belleza en portugués, al que incluía en su repertorio–, y una madre cocinera, que nunca dejaba de cantar en su casa. A los 16 años Cesaria ya trajinaba los bares y restaurantes de su pueblo. En los ’70, mientras Cabo Verde conseguía su independencia de Portugal, la cantante enfrentaba un momento de crisis personal atravesado por el alcohol, que la alejó durante una década de la actividad artística. Volvió a actuar en 1985 en Lisboa, desde donde recomenzó en un local con música en vivo, grabando su primer disco.

La historia que sigue es conocida: un contacto con el productor acertado, una mudanza a París, un apodo artístico y un trabajo consagratorio, La diva descalza. El éxito planetario de Miss Perfumado, en 1992. Grabaciones con colegas tan disímiles como Caetano Veloso y Goran Bregovic. Títulos como el de Caballero de la Legión de Honor de Francia, o el Premio de la Música de la Unesco. Una veintena de discos grabados (sólo unos pocos fueron publicados en la Argentina). Más de cuatro millones de discos vendidos, como una estrella instalada en el firmamento consolidado como world music, en una industria redituable como era en los ’90 la discográfica. Siguió viviendo hasta el final en la casa de siempre, en San Vicente, junto con un hermano, una sobrina, una hija y varias nietas (marido, nunca, aclaraba ella, sólo tres padres de sus hijos que se fueron más temprano que tarde).

Cesaria Evora visitó tres veces Buenos Aires: la primera fue en 1999, en el escenario íntimo de La Trastienda, con tres funciones anunciadas que terminaron siendo cinco. Pasó después al Gran Rex, y en su última visita al Luna Park. Con una sencillez que no necesitaba devaneos para explicarse, Evora se despegaba de ese título de “embajadora” con el que involuntariamente había tenido que moverse por el mundo. “Yo no sé si Cabo Verde es conocido por causa de mis canciones, no puedo afirmar eso, no puedo pensarlo tampoco”, decía en aquella entrevista a este diario. Y aclaraba que eran muchos los cantantes caboverdianos que trabajaban girando por el mundo, y aunque su caso fuera el más exitoso, se definía como una más de las que cantaba y mostraba su cultura más allá de las fronteras del país-archipiélago en el que nació. “Sólo sé que muchos turistas preguntan por mi casa, llegan a Mindelo y quieren visitarme. Mi casa está en el centro de Mindelo, y es fácil encontrarla, usted pregunta a cualquiera y le indican –invitaba–. A veces no estoy, estoy de gira, entonces queda mi hija o mi sobrina a cargo, cuidando. Cuando sufrí el infarto cerebral, entonces claro que no recibí a nadie, me disculpé. Alguna vez han venido argentinos a mi casa. Me gusta escucharlos hablar. Y cantar tangos.”

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