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sábado, 2 de julio de 2011

SAMALEA-KABUSACKI: ESTRENAN DISCO.


AQUÍ Y AHORA. SAMALEA DESCRIBE SU NUEVO ÁLBUM, GRABADO EN DÚO CON FERNANDO KABUSACKI, COMO UN “FOTOGRAMA” DE ESTE MOMENTO DE SUS VIDAS.

Por Eduardo Slusarczuk

En un rincón del Bar Británico, la figura de Fernando Samalea poco tiene que ver con la imagen que algún desinformado podría llegar a tener de uno de los músicos más versátiles dentro de la escena musical argentina, y de más allá de la frontera.

El hombre, que de vez en cuando desordena sus pelos un poco más -como si eso fuera posible- exhibe un CV tan extenso como bajo es su perfil. Charly García, Joaquín Sabina, Gustavo Cerati, Jorge Drexler, La oreja de Van Gogh y Andrés Calamaro son algunos de los artistas que recurrieron a sus servicios de baterista, bandoneonista y profundo creador de climas.

Pero, a partir de 1998, Samalea, además, fue diseñando una carrera solista que acredita una decena de álbumes, a los que acaba de agregar Al limiti del mondo, de autoría compartida con Fernando Kabusacki, enriquecido con la colaboración del King Crimson Tony Levin.

“Para mí, Kabusacki sería algo así como un hermano. Nos conocemos desde mediados de los ‘90, hicimos juntos un montón de cosas, tanto en el mundo más silencioso y disciplinado de él, como en el mío, que resulta un poco más cercano al rock”, cuenta Samalea.

De ahí al proyecto en formato de dúo era apenas cuestión de tiempo. Sólo faltaba el disparador, que vino del sur. ”Todo tiene que ver con un viaje que hicimos para musicalizar películas de Alberto de Agostini, en el festival de Cine de Montaña de Ushuaia. De Agostini era un joven explorador italiano que en 1913 llegó a Tierra del Fuego, y fue el primero en retratar con cámaras de cine y en fotos a los yámanas, que estaban allí desde hacía más de 5000 años, incluso antes que los onas o selk’nam.”

Al regreso, la obra comenzó a tomar forma, a partir de pequeños experimentos, “bajo la premisa conceptual de que no tuviera teclados.”

¿Por qué?

Porque admiro mucho la forma de tocar de Kabusacki, y quería que la presencia de la guitarra fuese mucho mayor. De modo de poder construir toda la música en base a las cuerdas.

Tampoco hay bandoneón.

No. Sentí que era más interesante incursionar un poco con el vibráfono y en las percusiones. Y así lo construimos. Y en un momento, como siempre estuvimos en contacto con Tony Levin, se nos ocurrió proponerle una participación. Al fin de cuentas, se trata de un disco hecho entre amigos, sin grandes pretensiones. Simplemente con el deseo de plasmar juntos un fotograma de este momento de nuestras vidas.«

¿Cómo se va armando esa música, teniendo en cuenta que son dos (tres con Levin), y que los temas terminan

Es una manera de interactuar desde un lugar quizá no del todo ideal, porque siempre es más lindo compartir el mismo aire. Pero también es una manera de poder llevarlo a la práctica. En otra circunstancia, podremos hacer un disco en trío, con Tony Levin, que es uno de nuestros sueños. Y como siempre, o en la mayoría de los casos, los sueños se materializan, por insistencia, o simplemente por deseo. Pero mientras tanto, nos damos este tipo de cosa compartida, a la distancia.

¿Cuál es el espacio que sentís que ocupa -en el terreno de la audiencia-, esta faceta musical tuya, que contrasta con el costado más vinculado a lo mainstream que puede suponer tocar con gente como Charly, Sabina o Cerati?

No es algo que nos hayamos planteado con la idea de tener una repercusión masiva, ni nada por el estilo. La satisfacción viene cuando alguien te escribe desde otro país o desde culturas muy lejanas, y vos no sabés cómo llegó lo tuyo hasta ese lugar. No son muchos los casos, pero de golpe podés llegar a recibir un mail desde Japón, o desde Hungría. Son esas pequeñas satisfacciones. Sabés que hay casos puntuales de personas que tienen una sensibilidad al borde y pueden apreciar este tipo de cosas. Sabemos que es una gran minoría, pero no es lo más importante.

Pero también es lindo disfrutar de que las condiciones sean las que son. Las reglas de juego son así. Sabemos que las tendencias del mundo pasan por otro lado, que las inquietudes pasan por otro lado, y uno no tiene por qué imponer nada de lo que haga o considerar que lo que uno hace es más importante que otras cosas. Lo más lindo es que cada uno elija con libertad. Nosotros, en este caso, grabamos esto. El que quiera tomarlo es bienvenido. Y quien no quiera tomarlo está, por supuesto en todo su derecho. Tanto por que hay cosas que le gustan más o por lo que sea. Ya sabemos que el mundo está planteado con otro tipo de músicas, que son las que convocan a la mayoría, y está bien que sea así.

Cuando trabajan con Kabusacki, ¿de qué manera se expresan las influencias que cada uno lleva consigo? ¿Es algo que charlan, o simplemente sale así?

No se habla mucho. Las músicas que uno ha escuchado durante la vida dejan su impronta en el inconsciente de todos los músicos que intentamos hacer discos. Hay cosas que no hacen falta ni hablarlas. Uno, naturalmente responde a la información que ha recibido desde la niñez, y a las músicas que ha escuchado. Y un poco con pedacitos de todo eso se va congeniando lo que te sale naturalmente en el momento de armar una melodía, un ritmo, o componer, Pero no creo que sea algo que se hable mucho. Simplemente se da.

También hay otra cosa que va más allá de lo que uno se proponga convocar. Uno hace lo que puede dentro de sus propias posibilidades y de su propia conexión con la música. Siempre recuerdo una frase muy hermosa de Leonardo Favio que dice: “El cine no se hace. El cine es.” Y un poco la música tampoco se hace. La música es. Cuando te ponés los auriculares, y estás tratando de armar algo, sobre un cuaderno, un pentagrama, vas hacia donde te lleva el propio sentido musical. No pensás demasiado. Por lo menos, para mí es así. De la misma manera que, cuando tocás en vivo, se mantiene una especie de trance que va más allá de toda explicación.

¿Cómo cambia tu manera de enfrentar la música de acuerdo al ámbito en el que te toca hacerla? Imagino que no debe ser lo mismo sentarse a la batería frente a 40 mil personas, con músicos como Cerati o Sabina, que hacerlo con Favio Posca en un teatro o presentando un proyecto de esta índole.

No podría responder más que una obviedad. La conexión con la música es natural. Si uno adapta su forma de tocar la misma manera que adapta su forma de hablar de acuerdo a cada circunstancia. Uno se va adaptando constantemente a un montón de estímulos externos. Es completamente misterioso. No es lo mismo manejar una moto que tocar un instrumento que tocar o caminar. Pero en el caso de la música, el disfrute es el mismo. Porque pienso en la enorme alegría de permitirme tener la oportunidad de pasar por situaciones tan antagónicas, también, como músico, que lamentablemente no todos pueden vivir. Entonces, no me queda más que agradecer esa posibilidad de poder haber vivido todas las experiencias que viví dentro de la música, desde que soy muy chico, y aún seguir viviendo copsas diferentes. El mundo se hace muy entretenido, en cada situación aprendés cosas nuevas. Dudo que no aprenda de cada circunstancia.

A lo largo de esa vida de la que hablás, compartiste músicas y vida con gente como Richard Coleman, García, María Gabriela Epumer, Gustavo Cerati, lo que de algún modo te acercó a situaciones límites. ¿Qué tan difícil es salir indemne de semejantes experiencias?

Por supuesto que en la medida en que ocurren cosas que nadie desea, te va afectando. Pero las leyes propias de estar vivo en este mundo te las imponen desde el vamos. Mientras estamos hablando aquí, en otras partes del mundo están cayendo bombas, está muriendo gente en los hospitales. En cambio nosotros ahora podríamos hacer un chiste. Desde el vamos, al estar vivos, uno ya seba que va a sobrevivir a la muerte de sus padres, va a sobrevivir a un montón de tragedias ajenas, y aún así va a tratar de encontrarle algo hermoso a esta posibilidad de vivir. Entonces, en ese sentido, vivís esas cosas que te tocan, en la música, que son dolorosas, así como te lo estoy diciendo.

Tus discos, tu música, suele provocar una sensación de transitar por mundos imaginarios, por construcciones propias que se alejan de las referencias más cotidianas. ¿Coincidís en esa manera de apreciarla?

Yo voy conviviendo entre tipos de discos que puedo considerarlos más terrenales o más de la fantasía y la ilusión. En el caso de mi último disco, Primicias, tiene más que ver con lo greco romano, con la cosa mitológica, en otros puedo tener un contacto más fuerte con la vida de las ciudades, que también me fascina. Cuando tenés esas dualidades tan presentes, y podés ir tomando cosas de fuentes tan diferentes, no te queda otra que ir para todos esos lados. Tal vez hay personas que tienen más definidas sus formas, y apuntan siempre a un mismo estilo, y está muy bien que sea así.

Yo convivo no sólo con una conexión completamente cosmopolita de la música, con el bandoneón como una especie de buenos Aires portátil. Pero no deja de ser ago completamente cosmopolita, y tiene contacto con cosas de todo tipo. Ese halo árabe de algunos discos, cosas más de submundo imaginarios, del inconsciente, o la ilusión. En el fondo terminás respondiendo a lo que naturalmente te sale hacer. No es siquiera que me lo proponga. Es mi forma de expresarme musicalmente, o escribiendo, o incluso hablando.

¿Cuáles son las fuentes en la que rastreás los elementos de esas músicas más exóticas, de otros lugares tan lejanos? ¿Escuchás, leés, imaginás?

Salen de esa especie de percepción inconsciente que uno tiene constantemente respecto de las cosas. Una película, constantemente estamos recibiendo estímulos: estamos hablando, allí veo Bar Británico escrito al revés. Todo eso nos va influyendo, porque el mundo es una gran influencia sensorial. Entonces, pueden ser películas, yo tuve la fortuna de ir varias veces a Marruecos y de escuchar in situ determinados ritos, músicas. También pueden venir del cine en blanco y negro, de historias. Es inevitable que lo fantasioso genere una influencia enorme al momento de expresarme.

¿Por dónde suelen comenzar tus composiciones?

Por dónde comenzar, varía muchísimo. Lo que trato de hacer siempre es que todas las piecitas musicales que compongan un disco tengas que ver con un concepto común. De la misma forma que la tapa, que cada detalle esté vinculado con el todo.

¿Cómo aparece en tu historia musical esta manera de ir armando sonoridades que parecen tan aleatorias, con voces e instrumentos que entran, salen, aparecen, desaparecen?

En mi enorme fantasía, muy poco pretenciosa, y salvando las distancias con muchísimas cosas, lo que yo intento es construir un concepto musical que en algún punto tenga que ver con el cine, con lo visual. Lógicamente que eso es algo que tengo en mi cabeza, y de ahí a que el resultado sea ese, para otras personas, hay un trecho importante. Pero mi intención es que sea algo muy visual, que tenga que ver con las distintas inquietudes y las cosas que a uno lo van fascinando a lo largo del tiempo.

A mí me encanta leer biografías, interesarme en la vida de muchas personas que han creado, a lo largo de la humanidad. Entonces, inevitablemente, todos esss mundos conviven a la hora de plasmar algo. Pero no necesariamente está inscripto textualmente en l que uno hace, Son elementos que te dan estímulos, pero muy inconscientes y privados. Por eso es muy difícil de explicar cómo salen. Porque yo tengo como elemento fundamental el bandoneón, pero también lo es la percusión, también lo puede ser el vibráfono.

¿Tenés algún tipo de rutina para componer?

No. Son como ráfagas. Épocas. Normalmente, yo ando con una mochila, un cuaderno, y en los momentos menos pensados me pueden surgir melodías, historias, y entonces vas anotando ese tipo de cosas. Me llama la atención el movimiento, ver; me encanta sentarme en los bares, hacer lo que yo llamo turismo suburbano: tomarme un tren a cualquier lado, y aparecer en González Catán y pasarme la tarde ahí. Ya que la vida musical que me da ese privilegio de no tener que cumplir horarios laborales y tengo muchos días libres, me doy el gusto de desarrollar esa especie de ocio creativo, como se le dice habitualmente, y buscar los estímulos.

Si no lo ves, no sabés que todo eso está sucediendo. Me parece que es muy importante estar en contacto con todas las formas de vida. Estar atentos. Te pueden impactar muchas cosas, conocer gente muy noble, ver un festival de heavy metal en Catán un domingo a la tarde, con todo s esos personajes variopintos, con sus chaquetas de cuero, unos bateristas super virtuosos, que están allí y seguirán allí por mucho tiempo, y quizá nunca tengan la posibilidad de grabar o mostrarse. Me gusta también en ese sentido, más allá de lo anecdótico en sí, sino a la posibilidad de ver la vida ciudadana más allá del círculo de privilegio en el cual uno vive.

¿En algún momento te tentó la idea de convertirte en un baterista virtuoso?

En mi caso no hubiera sido posible… (Risas)

No lo creo así. Pero me refiero a que ya desde la época de Los enfermeros (Banda de Charly García de los primeros ’90) la crítica te ponía en un lugar destacado, sin que fueras un baterista de 400 millones de golpes por minuto o de solos eternos. Y me pregunto si alguna vez te sedujo la posibilidad de ir por ese lado.

No. No soy de escuchar solos de batería, porque de hecho gran parte de mi vida escuché músicas que no tienen baterías. Y lo sigo haciendo. Respeto el llamado interior de cada uno, y uno es lo que es. Entonces, más allá de cosas que yo pueda proponerme para seguir creciendo, hay cosas que ya uno sabe que no va a hacer. Podes vivir muchas variaciones, pero no todas. Nadie puede tener todas las actividades, una persona elige una o dos profesiones y se desarrolla en ellas. Y en la música pasa lo mismo. Vas buscando tu lugarcito, y es simplemente eso. Disfruto de mi medio vaso lleno, y agradezco las cosas que vivo. Y lo que no pueda alcanzar tampoco significa dramatismo alguno ni mucho menos. Es cuestión de disfrutar lo que sí puedo alcanzar.

En este caso, ser un baterista de canciones o de música instrumental, tocar un poco a mi manera. Compartir con los amigos la música, intentar ir siempre un escaloncito más en lo que yo pueda dar y ofrecer. No es mucho más que eso.

Días de moto

¿Qué hay de tu afición a los viajes en moto?

Durante años he tenido moto. Normalmente, desde los 20 estoy tocando con artistas populares, y siempre las giras y los compromisos no me permitían irme unos meses sin fecha de regreso. Ahora, me gusta mucho el estado de libertad que dan los viajes en moto por carreteras. Ir a lugares recónditos, donde no llega nadie. Subir caminos de ripio, de tierra, de montaña. Esa posibilidad es algo que estoy haciendo en este momento. Recorriendo el país de esa manera, y con planes de hacerlo por otros países tabién. Incluso, lo que simrpe me emocioan mucho esos grupos de médicos, de jóvenes maestros que van a lugares a los que no llega nadie y aportan su conocicmiento, al modo de los pilotos solidarios. Me parece maravilloso. Y también, sin ánimo de poner ningún tipo de solemnidad en eso, la posibilidad de ofrecer mi moto para llevar cosas. Un poquito con la música, el minimísimo granito de arena que puedo llegar a ofrecer para esos chicos, es algo que me gusta hacer, y que de hecho ya hice. He dado clases de dibujo.

Pienso en Santiago del Estero, Chaco, Formosa. También estuve recorriendo el sur, la Patagonia. Son cosas muy emocionantes las que ino vive, más allá de la música. De la misma forma que con Kabu tuvimos ese sueño de hacer Al limiti del mondo mientras recorríamos el canal de Beagle, otros viajes inspiran otras cosas. Y me gusta eso. Me emociona cuando la gente lleva adelante obras en las que anteponen la nobleza y la generosidad, más que nada. En definitiva, es lo que me parece verdaderamente trascendente.

La música es como un juego, es un gran estímulo, y en un montón de casos nos nutre y nos salva emocionalmente. Pero, esas otras cosas son tan o más trascendente aún. Y más necesarias, en este momento.

¿Viajas solo?

A veces viajo solo, a veces con mi novia.

¿Carpa u hotel?

Depende. Puede ser carpa, alguna casa de gente que te aloja. La idea, ahora, sería que se mezclen los viajes de placer con un granito de arena que uno pueda aportar. No tengo ningún reparo en mis deseos. Me encantaría recorrer la amazonia peruana, subir la moto en balsa. Ese tipo de cosas me parece fascinante. Encima, a ese sabor aventurero le encuentro el estímulo de hacer algún aporte, y no quiero dejar de disfrutarlo. El contacto visceral con la ruta, los animales, los olores. De golpe se te cruzan animales que no sabés de qué tipo son. Las personas que conocés. Su nobleza, la manera en que te abren sus casas. Gente que sólo tiene un colchón y te lo da para que duermas. Cuando sabemos que la gente que tiene, normalmente no da nada. Y esa gente humilde que abre su corazón, emociona y te lleva al borde de las lágrimas.

Por eso, perderme todo ese mundo, y quedarme en el círculo de la música, no tiene sentido. Tengo mi lado snob desarrollado. Puedo disfrutar de las fiestas delirantes, de artistas, concoer todo ese mundo de la noche. Me gusta. No es que esté completamente cerrado a todo. Pero como decía antes, tengo la suerte de poder disfrutar un montón de mundos a la vez. Entonces, es conmo vivir una vida que se nutre de varoas vidas diferentes.

Ya que mencionás las fiestas delirantes, hace poco veía una foto tuya, en Nueva York, con Charly, Coleman y Fito Páez, en unos años que uno imagina bastante agitados. ¿Cómo se hace para trabajar en un clima de semejante vorágine creativa y, en algún punto, hasta autodestructiva?

Bueno, si bien existe eso que te decía de que cada uno habla de una forma particular con cada persona, por otro lado me mantengo igual en todos los ámbitos en los que participo. Adaptándome en las cuestiones musicales, entregando todo lo que yo pueda entregar para cada proyecto, intentando ennoblecer esa expresión artística, pero nunca me ha costado, porque aprendí de chico que había cosas que yo no iba a vivir, por razones obvias. Me he mantenido alejado de un montón de vicios y cosas que, en mi caso, hubieran sido fatales.

Hay quienes han sobrevivido.

Sí, pero en mi caso me gusta vivir una vida distinta, aún cuando el medio sea como sea. Entonces, me mantuve al margen de un montón de cosas, y eso fue muy interesante, también. Porque pude ver desde fuera lo que pasaba. Me encanta trasnochar, esa especie de vida adrenalínica, quemándote a lo bonzo, tiene hasta un halo poético. Pero lo vivo desde un lugar, en algún sentido inocente también, como desde un estado de niñez y fascinación como desde afuera. Entonces, al estar un poquito fuera, podés compartir un montón de cosas con distintos artistas, y eso es algo maravilloso. Me da una perspectiva diferente. Siempre tuve esa multiplicidad de miradas, con respecto a un montón de proyectos. Y, a la vez, forman parte de un todo.

Ahora llevo adelante mi proyecto de bandoneón: estoy por editar un DVD, con los últimos conciertos del Ateneo, del Alvear más algunos clips especiales, hicimos el CD con Kabusacki, el del Sexteto Irreal. Estuve tocando con Pablo Dacal, estoy con rosario Ortega, grabé con Diego Frenkel, con Calle 13. Es un abanico bien abierto, pero quizá, emparentándome con lo que hago cuando preparo un disco, en el sentido de que cada una de las piezas forme parte conceptual de un todo, todas las cosas que hago forman parte, conceptualmente, de algo que me costaría mucho describir, porque es lo que vengo haciendo a lo largo de mi vida.

Sin limites

Al limiti del mondo reúne siete temas surgidos de “progresiones, acordes, ritmos o patrones melódicos de guitarra”. En ellos, los a veces marcados y otras veces sutiles cambios de climas están definidos por protagonismo repartido entre las guitarras de Kabusacki y la musicalidad percusiva de Samalea.

jueves, 10 de febrero de 2011

REPORTAJE AL GUITARRISTA FERNANDO KABUSACKI


“Las posibilidades creativas de la guitarra son infinitas”

El músico, que estudió con Robert Fripp y trabajó con él en varios proyectos, se siente completamente al margen del mundo del rock comercial, que alguna vez rozó al tocar con Charly García. “El under no tiene esas etiquetas y funciona de otra forma”, asegura.




Por Luis Paz

Fernando Kabusacki no tiene grandes rasgos orientales. Sólo un pequeño gesto: cuando sonríe, las comisuras de sus labios caen un poco, lo mismo que sus párpados, y su expresión queda más cerca de Asia. Pero quitando eso tiene los ojos claros, el pelo bien brilloso y las proporciones típicas del caucásico. Tampoco toca el koto, el otamatone o el mu-kkuri, sino la guitarra, una marioneta que domina a la perfección en un juego siempre fantástico, ensoñado y luminoso. También puede ser que el ser uno de esos tipos que tienen la suerte de ser mundiales, de cruzar fronteras bastante a menudo, le haya dado ese gesto universal. Cree que viajar es de los mejores modos de aprender y, aunque haya grabado con músicos de la talla de Juana Molina, Charly García, Seiichi Yamamoto, Kido Natsuki, el Mono Fontana, Mussa Phelps o Hermeto Pascoal, dice que aún le queda mucho por aprender. “Por supuesto que en la vida, pero además en la guitarra. Matemáticamente es finita, hay cierta cantidad de escalas y de acordes. Pero sus posibilidades creativas son infinitas”, distingue, también lejos de una cultura (la nipona) que ha sabido conjugar de un modo insuperable la matemática con el arte, las leyes de la proporción con las formas de la creación. Algo que en sus discos bien hace, como se podrá comprobar esta noche en Café Vinilo (Gorriti 3780, hoy a las 21), cuando suba a presentar su octavo trabajo, Luck.

Kabusacki está en su departamento en Coghlan, un ambiente fresco con ventanales que desnudan al comedor frente al sol. Los rayos le dan de lleno a una alfombra que resiste estoica en su color y que separa al piso de cinco guitarras: una Fender Jaguar del recuerdo, en un azul no muy eléctrico; otra dorada y aerodinámica, una acústica y dos guitarras criollas. Hay una caja de sonido, un amplificador Marshall, una banqueta y una pedalera que bien funciona como la caja de Pandora de su música. “No conocía el mito de Prometeo, pero ahora que sé cómo es, veo que estaba acertado lo que dice en la gacetilla. Efectivamente, Luck es como una caja de Pandora, pero de la que salen más cosas solas de las que intento sacar”, se pone al día.

Luck –o “Suerte”– es casi una banda de sonido para un corto de fantasía, al mejor estilo del Disney clásico. Son 28 pequeñas (a veces pequeñísimas) piezas funcionales a un clima general que hace ver a este disco como la mejor banda de sonido posible para un videojuego de rol que mezcle la aventura con el ingenio y el azar, o para una película de animación... nipona, ahora sí. “El otro día me mandaron un mensaje que decía ‘suerte en el año del conejo’ y yo pensé que era por el disco, porque tiene los conejitos en el arte de tapa. Pero resulta que en el horóscopo chino es el año del conejo”, revela cierta coincidencia esotérica, aunque no hay nada de literatura de ese estilo cerca: apenas un piano sin cola, unos sillones tan blancos como cómodos y muchos muñequitos de personajes históricos del dibujo animado. “Incluso le había pedido a Ludovica Squirru que escribiera un montón de horóscopos únicos para cada CD, para que los discos fueran como galletitas de la fortuna, pero no se pudo hacer”, lamenta y patenta.

No fue un problema de onda con Ludovica: parece ser que todos quieren trabajar con Kabusacki. Amigo de Robert Fripp y los King Crimson (fue su “secretario” cuando vinieron a tocar y tradujo la clínica que Adrian Belew dio en Samsung Studio), actualmente es miembro de la banda de Francisco Bochatón, de Vértigo Colectivo y de la banda de María Eva, pero fuera del país también es reconocido como miembro fundador de Los Gauchos Alemanes, con quienes giró por Sudamérica, Estados Unidos y Europa; y de la League of Crafty Guitarists y la Orchestra of Crafty Guitarists que comparte con Robert Fripp. Sin abstraerse por su nutrido currículum, convidó para su nuevo disco a una impresionante colección de músicos de primera línea: los hombres-ritmo Fernando Samalea y Santiago Vázquez, la pianista Paula Shocron y el baterista de Manal, Javier Martínez, bien conocidos en lo suyo, pero también la cantante Bárbara Togander y el trovador Maxi Trusso. “Cada uno que vino a tocar creó algo especial y personal para cada canción, y eso fue riquísimo. Me gusta trabajar con gente que sea gente linda, que cree con amor y no tiene otras intenciones. Si alguna vez tuve problemas con alguien, mi postura fue abrirme, porque no quiero saber nada con la gente mala”, distingue. Y aunque los conceptos de lo bueno y lo malo parezcan un tanto naïf, Kabusacki es uno de los músicos con más experiencia en esto de patear escenarios, estudios y geografías por fuera del circuito habitual del rock. “Del mundo del rock comercial estoy totalmente afuera. Alguna vez con Charly, hace mucho tiempo, pude haber estado cerca, pero yo estoy en un circuito paralelo”, dice, afirmado en la colectora.















La red social

Tampoco es que sea un circuito muy definido: la música de Kabusacki tiene su plaza en la intersección de las avenidas de la world music, el dream pop, las bandas de sonido fantásticas, los guitarristas virtuosos por el gozo y no por la velocidad, el free jazz y la improvisación. Por supuesto, más cerca de otros guitarristas. “La última vez que estuve con Fripp me pasó el dato del luthier que usa Robert Plant en Estados Unidos, que es un maestro en puentes, y yo siempre tengo problemas con el puente de mis guitarras”, cuenta. Problemas sí, pero nada de mañas ni fetiches: “Tengo una correa que me gusta mucho, esa roja, que era de María Gabriela (Epumer, de cuya banda fue parte). Y esa otra, que la tengo desde los 12 años y se la pasa guardada en un cajón, pero cuando no tengo otra la desempolvo. Pero mañas, ninguna”. La red social de los guitarristas comparte muchos links. “De lo que podés hablar es de eso: de correas, de cuerdas, de luthiers. No hablás mucho de fútbol o de salir, charlás de eso o de la familia”, rompe la burbuja. Dice que la mejor Telecaster que usó no era Fender sino G&L, la marca que Leo Fender abrió luego de que la histórica luthería de guitarras fuera vendida a CBS en 1965, en un proceso de industrialización veloz que le quitó buena parte de su calidad original.

No usa marcas, salvo de instrumentos. “Hay cosas en las que Fender es insuperable, o una marca de cuerdas, o una de amplificadores. Y tampoco creo que Kabusacki sea una marca de calidad. De lo que sí puedo ser una marca para los que me escuchan es de una música genuina y bien curada, donde lo que está ahí es porque está bueno de verdad. Soy como los chefs que ven una hojita de rúcula que no los convence y la sacan sin dudarlo.” Es, en cierto sentido, un músico gourmet, a la manera de sus admirados Ian Dury o Bryan Ferry: “Los Beatles estuvieron buenísimos, pero para mí hay una parte de los ’70 que fue igual de genial: Talking Heads, Television, Brian Eno o Laurie Anderson. Toda una movida artísticamente muy grossa que quedó fuera de los carteles grandes de la historia del rock”.

Igual entendió, gracias a los viajes y las lecturas, que la historia oficial no siempre es la correcta. “Basta fijarse en lo que los estadounidenses nos hicieron creer sobre los japoneses y los rusos. En las películas de Estados Unidos, los japoneses parecen unos aparatos y en verdad son tipos súper cool, macanudos, elegantes y que tienen mucha onda. Lo mismo en Rusia: te imaginás a uno con un coso en la cabeza, pero cuando estuve en Moscú no podía creer la onda que había y los músicos increíbles del under ruso. En Portugal también hay una movida increíble, no es el Portugal del fado. Todos los países tienen esa imagen mundial que no representa la realidad, o que quedó vieja. La Argentina no es Caminito ni es tango, para mí lo más rico es el folklore de Sixto Palavecino, de Atahualpa, esas cosas súper jugosas.”

En su ida y vuelta constante, Kabusacki sigue encontrando al volver “una movida que también es muy rica artísticamente y que no tiene nada que ver con el mundo del rock mainstream, que muy cada tanto saca algo interesante, y que es el under, todo un circuito muy notable”. Como en todo el mundo, infiere Kabusacki, lo que sucede en la Argentina es que el mainstream del rock, con su look y sus marcas, es algo totalmente paralelo para otro mundo desconocido, explica. “Al rock y al punk, como palabras, ya les desconfío. El under no tiene esas etiquetas y funciona de otra forma. Flopa (Lestani) me decía que ella no manda discos a la prensa porque no le hace falta, funciona a través de Internet y el boca en boca. Es un circuito muy rico de gente joven que tiene modos mucho más libres de hacer sus cosas, más que los que somos más grandes y estamos más formateados. Y no me refiero a nuestros abuelos sino a tipos de 40 años. Tengo la suerte de viajar seguido y veo que cada vez que viajo lo que pasa con los jóvenes en el mundo me sorprende más. Tienen otra capacidad de respeto, son más tolerantes. O estarán menos cansados.”

Industria liviana

Kabusacki no está para nada de acuerdo con que tener un disco sea lo mismo que bajárselo, y aclara que no es sólo por la economía del artista. “El disco tiene una energía que es importante cuando escuchás música”, marca y se entrega a una reflexión sobre la industria: “El principal problema de la industria musical, para mí, es la falta de honestidad. La peor piratería es la industrial, la del ejecutivo que se queda con la plata del artista, siendo pirata también con el público, estafándolo con cosas irrelevantes. Claro que no me cae simpático que alguien que puede pagar por el disco 25 pesos se lo baje, es el valor de una cerveza y hay un montón de gente que gasta mucha plata en jeans todos los meses. Los invito a comprar un jean menos y aportar a la cultura, comprar libros, discos. Después, si el artista quiere regalar su disco, está bien, pero que venga Sony o Ford y que te venda una camioneta con la música de Kabusacki precargada no me agrada... No creo que la piratería sea el problema, la industria discográfica se hundió sola”.

No toda, aclara, sino la del mainstream. Existieron y aún están esos sellos guía, esos faros pequeño-empresariales que de verdad apuestan por cosas de intereses. Menciona a Harmonia Mundi, a Matador. “Es importante la existencia de algunos sellos que sacan discos muy interesantes de world music o que son guías, está buena la existencia del sello como un respaldo, como algo que homologa algunos discos.” Igual, tampoco le cierra mucho la idea del CD y no por la cuestión de la fidelidad ni nada por el estilo: “Cuando se pasó del disco de vinilo al CD se decía que iba a ser buenísimo, casi una revolución, porque se iban a escuchar cosas que antes no y qué sé yo. Con ese verso pusieron todo más caro y le cobraron el doble a la gente por los discos que reeditaron y por los nuevos, porque el costo del CD es menor al de editar en vinilo. Evidentemente ahí pasó algo, y la ganancia sobrante y las regalías de las reediciones se la quedaron tipos que no las reinvirtieron”.

En lo particular, Kabusacki arma sus discos de manera azarosa, sin ideas previas. Simplemente va registrando lo que ocurre, invitando gente a la que no le indica qué tocar y desistiendo de convocar a productores. “No porque no respete el trabajo de muchos sino porque lo mío es espontáneo y está jugado, no debe ser ordenado por un productor. Y la escucha de los discos hoy es así. Difícilmente alguien se tire en el sillón a escucharlo completo, lo van a escuchar de manera azarosa porque le tocan el timbre, le suena el teléfono o se va a servir algo para tomar.”

Además, Kabusacki es parte a veces accidental y en otras incidental de otro arte: el cine. Compone música para dibujos animados, cine y teatro, y desde hace veinte años dirige y coordina La National Film Chamber Orchestra, con la cual musicaliza en vivo películas mudas, habitualmente en el Malba y en el programa Filmoteca de la Televisión Pública. “Hay muy buena música en cine actualmente. Sin ir más lejos, Trent Reznor acaba de ganar el Globo de Oro por la música de La red social y es impecable, ni siquiera te das cuenta de que está hecha por el tipo de Nine Inch Nails, es muy versátil. Cuando se premia a alguien así, me alegro, porque siento que ganaron los buenos. Me pasó por primera vez cuando ‘John, I’m Only Dancing’ de Bowie llegó al número uno.” A Kabusacki lo pondría contento ganar un reconocimiento del mundo del cine, siempre y cuando sea por una música que esté buena y sea genuina, y no como resultado de una banda de sonido que intentó el premio y no la funcionalidad a la historia.

Otros links

Le encanta Johnny Cash, pero también goza con algunos exponentes de la cumbia santafesina. Coincide en que los guitarristas de Los Del Fuego son buenísimos y que las orquestas de cumbia colombiana y peruana de antaño son impresionantes. Lo hacen mover tanto como los Bee Gees, ABBA y el Chic de Neil Rodgers. “Me fascina Chic con ese súper funk, pero por otro lado no me gusta que haya quedado representando a todo un mundo de glamour tonto y de merca.” Cree que la de The Clash debe ser una de las mejores músicas del mundo, que aunque a Phillip Glass no lo quieran en el ambiente clásico es autor de un pop de los más sofisticado que ha visto, y que Skay Beilinson y Luis Alberto Spinetta tienen una libertad de vida y de obra admirable. Se cruzó con Cerati en un disco de Samalea y siente que es uno de los violeros y cantantes más in-creíbles de la historia, a la par de John Lennon, Roger Waters o Lou Reed. Y lo dice en serio. “Es uno de los pocos que entendió todo: el concepto del disco, del show, de la gira, del vestuario, del videoclip, además de ser un cantante y guitarrista sin techo. Me hubiera gustado grabar algo con él.”