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jueves, 5 de diciembre de 2013

SKAY BEILINSON PRESENTA NUEVO DISCO.


Skay en concierto



Fue parte esencial del fenómeno de los Redonditos de Ricota junto al Indio Solari e indudable protagonista de esa épica intensa, tumultuosa y cargada de hermética belleza. Hoy parece haber dejado atrás tanto la agitada separación y las peleas como cualquier amague de nostalgia. Skay Beilinson abrió una carrera personal e independiente desde hace diez años y actualmente comanda banda propia, Los Fakires. Ahora es el turno de su quinto disco solista, La luna hueca, con formato de disco de vinilo de media hora y canciones que asumen una definida influencia oriental. En esta entrevista, Skay desanda un largo recorrido que desembocaría en los Redondos después de haber incursionado en experiencias comunitarias y rupturistas, de La Plata a Pigüé, y llega hasta un tiempo presente de revalorización de la herencia familiar, de serenidad y un crecimiento, paso a paso, en los bordes del circuito alternativo.


Por Mariano del Mazo

La paz que irradia –una serenidad imperturbable de cara al jardín de su casa– es inversamente proporcional a lo que proyecta su contoneo diabólico en vivo, esa amalgama mente-alma-muñeco-guitarra que parece la corporización punk del famoso óleo de Picasso del viejo y la guitarra. “Es que soy un perfecto esquizofrénico”, dice, detrás de los ojos celestes que le valieron el apodo levemente castellanizado.
No debe haber personaje vivo más unánimemente querible dentro del rock argentino que Eduardo “Skay” Beilinson. Las causas habrá que buscarlas en cierta manera de parecer siempre ajeno, una humildad distraída expresada con un tartamudeo breve, borgeano. Son balbuceos, formas: en definitiva Skay es quien es y supo correrse –al menos públicamente– de las traumáticas heridas abiertas luego de la separación de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota; paradoja de un músico: la disciplina que mejor maneja Skay de cara a lo social tiene que ver con los silencios, deudores tanto de un temperamento tímido como de su fascinación por la cultura oriental.
Espejismo, deseo o resignación, hoy las heridas parecen suturadas. Se atenuó el tiroteo mediático –casi un homenaje platense a los perdigones Beatles de los primeros años de la década del 70– y tanto el Indio Solari como Skay esquivan parejamente la nostalgia. Son, a su manera, artistas obcecados que cargan como pueden el peso de una épica demasiado hermosa, demasiado densa. Son como barcos que se intuyen en el medio del océano. Cada uno exhibe su plan: el Indio, con sus esporádicos conciertos que baten records y fogonean la ilusión de la misa ricotera eterna; Skay, con su trajín por teatros y salas de escala humana, en el borde de un circuito alternativo macerado después de Cromañón. En esas elecciones se vislumbran claves del insondable fenómeno de los Redonditos, el yin y el yan ricotero, el pasaje que fue de la clandestinidad al centro neurálgico del rock argentino, sobre todo de los ’90 para acá. “Nunca sé exactamente la cantidad de gente que hay en mis shows –dice Skay–. De movida, cuando subís al escenario hay como una especie de cortina que son las luces. No ves mucho más allá, apenas ves los primeros rostros. La única diferencia está en la cabeza de uno: es más fácil concebir un espacio cerrado. Cuando yo pruebo sonido, a la tarde, veo el límite. Es un sitio que después a la noche puedo recorrer con mi mente y mi imaginación. Los espacios abiertos para decenas de miles de personas escapan a la imaginación. No podés saber qué hay más allá, y la multitud es como un monstruo que... ¡más vale ni pensarlo!”

Skay con su Gibson 335

 

 

PIGÜE

En un discreto segundo plano, la Negra Poli deambula por la casa, atiende o no el teléfono que suena con ritmo sostenido o filtra con un viejo contestador, toma algún mate, fuma, acota y deja revelar las maneras del buen anfitrión: una amabilidad no invasiva, natural, de facturas, bizcochos y algún leve movimiento de cabeza que afirma o niega de acuerdo con los contenidos de la entrevista. Uno se pregunta cómo esta mujer morocha y cautivante llegó a manejar los hilos del formidable negocio del mastodonte redondito sin usar siquiera fax, celular, mail, y ahora mucho menos Facebook o lo que sea... No hay respuesta. Y si la hay, radica en la inteligencia feroz de la Negra Poli, en su capacidad de manejar los tiempos, en su sapiencia territorial, en su coraje mitológico –que refiere a enfrentamientos con comisarios sacados o a botellas rotas ubicadas en el cuello de quien cuadre–, en fin, en el conocimiento del alma humana. Hace 44 años que se conocen, incluso desde antes tal vez sin saberlo. Se cruzaron –chocaron– en un concierto compartido de Diplodocum Red & Brown y La Cofradía de la Flor Solar, en el Teatro Atenas de La Plata, en 1969. Cumbre de psicodelia y hippismo, Skay tocaba el bajo en Diplodocum y venía con la cabeza dada vuelta de un viaje a París y Londres que incluyó piedras y corridas frente a la policía en el Mayo Francés y un par de shows en vivo de Jimi Hendrix y Traffic. Poli se había acercado a La Cofradía de la mano de Rocambole y era artesana y actriz vocacional. Nunca más se despegaron. “¿Ves? Así éramos. Mirá qué facha”, dice Poli, y señala una foto colgada en la pared de una nota publicada en la revista dominical de La Nación en la que se los ve, dueños de una juventud insultante, como hippies o cuáqueros. Será 1970.

Ahora, primavera de 2013, la pareja no parece haberse alejado demasiado de la idea que los unió. El viaje seguramente es el mismo. Aunque Skay se queje de los ruidos molestos que truenan cada noche desde la calle Gorriti, aunque ya haya sido desechada la intención de comprar un pueblo entero para vivir con amigos, el viaje hoy asume la forma de una bohemia calma que los puede encontrar en un bar de Almagro fumando y tomando champagne con amigos, o viendo bandas de rock en cualquier sucucho (“Hay dos bandas que me parten la cabeza: La Doblada, de Javier Lecumberry, el tecladista de Los Fakires, y Les Inestables, de Daniel Amiano”, comenta con entusiasmo). Ahora 2013, en verdad, también, el pasado y el presente es una trama deshilachada. Hasta da la sensación de que la etapa de Patricio Rey funciona más como un recreo que como el episodio central de sus vidas. Hubo y hay vida más allá de los Redonditos de Ricota, porque la existencia de Skay y Poli fue configurada por una cadena azarosa pre-rock más que por una estrategia predeterminada. Concientizados en la más impoluta filosofía de los años ’60 –cuando en La Plata el maoísmo, el foquismo, el peronismo, el siloísmo, el situacionismo, la poesía, el sexo, la droga y el rock and roll se escudriñaban de cerca, con mayor o menor desconfianza, en caminos paralelos que a veces llegaban a cruzarse–, se hundieron y vivieron a tope la experiencia hippie. Por eso, cuando a Skay se le pregunta cuál fue el instante más feliz de su vida, pasa de largo de cualquier historia relacionada con los Redonditos, o con algún disco, o con el dinero. Skay dice: “Pigüé”.

¿Pigüé?
  –Sí, con la Negra nos fuimos a vivir en comunidad en medio de las sierras, en Pigüé. Eramos un grupo de siete viviendo solitos, sin nada, bajo el cielo y las estrellas. A la noche tocábamos la guitarra en un fogón. Habrá sido 1970. Creo que muchas de las cosas que hago todos los días tienen que ver con recrear ese momento alucinante.

Skay en concierto



¿Qué cosas?
–Salir a caminar, escuchar los pájaros del jardín, meditar. No medito de un modo ortodoxo, pero sí lo hago cada mañana a mi manera. Es ni más ni menos que estar un poco conmigo, cuestionar una y otra vez mis creencias, ponerme en paz con la gente que quiero.
De la experiencia de Pigüé, en la que vivían de la caza y de la nada, fueron “rescatados” por los padres de Skay bajo el diagnóstico de neurosis mística. Skay sonríe: hace tiempo que está reconciliado con la figura de Aarón y Berta, sus padres. Es más, no es alocado analizar su estilo guitarrístico en relación con una genética definida. Lo dice Kubero Díaz: “Skay toca como un judío errante”. Lo escribió Daniel Curto: “Skay hace rock árabe”. Lo cierto es que las escalas orientales están cada vez más presentes en su obra. “Es así –concede Skay–. Yo lo relaciono con mi viejo. En casa éramos judíos casi sin serlo, porque no se profesaba nada, no se celebraban fiestas, ni siquiera fuimos bautizados. Mis viejos eran ateos. Curiosamente, de grandes, la cosa cambió. Mi hermano Guillermo se volcó al estudio de judaísmo, de la Cábala. Me pasó un montón de textos, y descubrí una cultura riquísima. Te contaba lo de mi padre: él nació en Azerbaiján, en Bakú, en el Mar Caspio, que es la zona de los kurdos. Siempre pensé que había algún gen dando vuelta por ahí que me llevaba a hacer este tipo de escalas de Medio Oriente. Me salen solas, me resultan familiares.”

¿Y tu madre?
–Ella sí era una melómana total. Dejaba el dial clavado en la radio uruguaya El Sodre, y escuchaba música clásica, ópera. Tenía una gran colección de discos mi madre. A mí me apasionaban Carmina Burana, y Mozart y Vivaldi. Mi viejo fue uno de los impulsores de la Fundación del Teatro Colón, y supongo que no fue más que un gesto hacia mi mamá. Con toda esa data, genética y adquirida, a los ocho años me puse a aprender guitarra con un muchacho que tocaba jazz. El me tiró los primeros acordes y me enseñó temas de Eduardo Falú y Atahualpa. Cuando descubrí a Los Beatles largué todo. ¡Se me quemó la cabeza! Empecé a tocar solo, como un loco. Autodidacta total.
Los Beatles han sido el kilómetro cero de músicos tan disímiles que ya nadie sabe bien qué quiere significar esa influencia. La luna hueca, el quinto disco en once años de vida solista de Skay, ciertamente no escapa a la órbita beatle pero incursiona también en el Led Zeppelin más folklórico. Oriente es una omnipresencia tanto en letra como en música: “La fiesta del karma” profundiza la huella mística abierta por el Harrison de Sargent Pepper y que transitó con autoridad y a su manera Robert Plant y desata, como canta Skay, “una danza cósmica”. “El redentor secreto” narra una leyenda infantil sufí y “La nube, el globo y el río” –la perla del disco– es una alegoría zen con orquesta dirigida por Alejandro Terán, un cuarteto de cuerdas más trompeta y flauta que se eleva en un crescendo cinematográfico. “Es curioso, el concepto de los discos lo descubro después. Primero me voy guiando por el abanico rítmico, armónico y sonoro que reconozco como propio de mi mundo: quiero que en todas las canciones quede reflejado ese abanico. Con el título pasa algo similar. Estaba barajando títulos posibles y de repente me apareció La luna hueca. Me gustó la sonoridad. Después me pregunté qué sería una luna hueca, qué ocurriría en ese vacío. Lo fui llenando de ideas. Mi respuesta fue que lo que hay en esa oquedad es misterio, magia. En un momento pensaba ponerle al disco Después del fin del mundo. Hay una idea apocalíptica en el disco.


Skay y su Gibson Les Paul



Es además un disco bastante corto...
–Media hora, sí. Yo me acostumbré a escuchar música con el viejo formato del longplay. Para mí es un tiempo justo de atención, lo que se puede tolerar. No es que no tenga material, quedaron un montón de ideas afuera, que las descarté en el estudio. Yo entro con demos, con bosquejos, y es en el estudio donde las canciones empiezan a tomar carácter, a tomar forma. Algunas prosperan, otras quedan atascadas por ahí y las abandono, otras van mutando... Juego mucho en el estudio en ese sentido. El carácter es importante. “Ya lo sabés”, por ejemplo, lo pensé como un tango, y después varió en una rítmica muy Police.

Ahora que ya pasó el tiempo, ¿qué sentís que ganaste desde tu debut solista?
–De movida, estoy cantando mucho mejor. Como banda –Los Fakires– hemos avanzado muchísimo, creo que el tiempo hace bien a las bandas, entran a tomar cierta personalidad. Además, toda la complicidad que empieza a haber en la intimidad se refleja en la manera de tocar y de llevar adelante los arreglos en las canciones. En las letras también, creo que aprendí un poco a sacarme la ansiedad de que las letras tienen que ser una especie de manifiesto o que tienen que aparecer de un tirón, como una inspiración que viene del cielo. Las trabajo muchísimo. Siento que este disco es muy parecido a quien soy.

¿Qué te pasaba en ese sentido en los Redondos?
–A veces compartir la autoría con otra persona tiene sus glorias y sus desventajas. Tenés que conciliar tus mundos con los del otro. Componer solo me da la libertad de ir adonde mi corazón me lleve. Esa es la ventaja. En sentido contrario, laburar con el Indio me liberaba de cualquier preocupación letrística. El Indio es un gran letrista. Y la gente le presta atención a una buena letra. Aunque nunca supe bien cómo llegan. Es poesía, pero no específicamente poesía... La canción llega con letra y música, y a veces lo que la palabra no dice lo completa la música, o al revés. Para mí fue un desafío tratar de hacer una letra que no esté tan distante de la poesía que yo admiré, que es la poesía del Indio, y asimismo encontrar un lenguaje propio.

¿Y con la voz te pasó algo similar?
–No. Es que yo siempre canté. Tengo una voz en la que me reconozco, una especie de carraspera. Bueno, fumo y tomo alcohol.
¿Qué sentís cuando en tus conciertos la gente pide que se vuelvan a juntar, algo que también ocurre en los recitales del Indio? –Es una tradición. Si no lo cantan es como si faltara algo. Pero la gente sabe que ya fue, que fue otro tiempo.

¿Te da tristeza cómo se desarrolló la historia?
–Las amistades son así. Fuiste amigo de alguien y los caminos se bifurcaron. Una mira al Norte y el otro al Sur. Fueron años muy intensos, muy ricos, pero la vida sigue. Lo que pasó en los últimos años, de cierta disputa, es lógico de alguna manera. Nada que el tiempo no suavice.

¿Ahora vislumbrás algún motivo del final que destaque sobre otro?
–Cuando las cosas se vuelven tan gigantes a veces empiezan a desnudar miserias, y te hace perder de vista las razones por las que te metiste en esto, qué es lo más importante, por dónde pasa todo. El hecho de empezar de nuevo en una escala pequeña me permitió volver a recuperar la pasión, el gusto por tocar, por estar con mis compañeros. Para mí tocar una o dos veces al año con los Redondos era doloroso. Me hacía mal. A mí me gusta tocar, para mí el escenario es vivir, es un sitio terapéutico. Entonces esperar un año para tocar, con el quilombo agregado de estar atentos a un montón de cosas menos a lo fundamental, que es el arte, las canciones... Fue raro. La gente siempre nos decía: “Los Redondos son el pretexto para que nosotros podamos vivir esta aventura, para que nosotros podamos viajar, conocer gente y lugares”. Eran claros: “No se preocupen por nosotros”. Pero sí nos preocupábamos: por los enfrentamientos, por la puerta, por la policía. Cuando ves que gente que querés está sangrando, tiene heridas, en vez de una fiesta es un padecimiento. Siempre estuvimos al borde de la catástrofe.

¿Ves imposible un regreso?
–Yo lo veo como: “¿Volverán los Reyes Magos?” ¡Qué sé yo!

EL BLUES DE LA LIBERTAD

Los Fakires suenan como una añejada banda viajera. La voz nocturna de Skay parece llegar de otra dimensión: también sugiere viaje, ruta, nomadismo. Rocambole eligió para la portada una trama como de telaraña roja y negra, y un holograma que pendula entre el título del disco y una imagen lunar. Adentro los dibujos conceptualizan las letras y todo –música, letra, diseño– convierten a esta Luna hueca en un artesanal artefacto de rock and roll a la vieja usanza. El disco como un todo.


Skay caricaturrizado con su Gibson 335


¿Qué te pasa con los viajes?
–Me pasa que descubro la música propia de cada lugar. Creo que cada ciudad tiene un sonido propio: Montevideo tiene un sonido propio, que no es el de Buenos Aires, por ejemplo... Hay algo en el aire, y no hablo de música. Es como un espíritu, un pulso, que es posible traducir en músicas. La cultura se refleja en esas atmósferas. Mi fascinación por Oriente y Medio Oriente tiene que ver con eso. Hicimos con la Negra un viaje a Marruecos que fue revelador. Fez me mató. Fue un viaje al pasado. Fez es del año 1100 y siguen viviendo igual. Es un pueblo profundamente religioso. En Occidente se abandonó la religiosidad, sólo se adora al dinero. De Fez me traje instrumentos de percusión, varios tipos de flautas. Ahora venimos de Turquía. En Estambul conocí una especie de sitar de tres cuerdas dobles. Cuando me puse a tocar fue como si lo hubiera conocido de toda la vida. Me gustan los folklores. El tango, por ejemplo, lo descubrí hace poco.

Tal vez tapado, o aplastado, por el peso específico de los Redonditos de Ricota, Skay quedó envuelto en esa especie de logia endogámica que sugería la banda. Pero es una falsa impresión, porque en estás décadas grabó en discos de innumerables artistas –de Edelmiro Molinari y la Galletita a Dancing Mood, pasando por la banda uruguaya Níquel, de Jorge Nasser– y subió a muchísimos escenarios ajenos. Skay practica también el arte de compartir. Habla de una noche extrañísima junto a Pappo, Black Amaya y Alejandro Medina en Arpegios, y se acuerda de Luis Alberto Spinetta. “Siempre me fascinó. Es un artista que iba más allá. Siempre un poco adelantado a sus fans. Para mí fue una escuela, un camino a seguir, el que yo prefiero transitar. Me pasa a mí. En algún momento del show me parece que es bueno ser cómplice de un instante, y tocar dos o tres temas de los Redondos, no más. Después creo que si mis canciones son buenas tarde o temprano la gente las va a disfrutar. Por suerte, ya pasa con muchas. Charly García igual, un gran artista. Hace poco grabé para el nuevo disco de Daniel Melingo... Para mí a Melingo hay que ponerle el ojo: dio una vuelta de tuerca impresionante, pasó los límites de lo previsible y está haciendo cosas totalmente deformes, dementes y bellas.”

En definitiva, Skay Beilinson siempre habla de la libertad: la musical y la otra. Cree que luego de su muerte va a ser olvidado rápidamente, y que no hace discos para trascender. “Son, otra vez, actos de libertad. Estoy muy conforme con mi vida, pero sé que esto se acaba, al menos de la forma que conocemos. Lo demás es misterio.”
Uno de los últimos libros que lo atraparon del cuello y no lo soltaron hasta el final es Sobre Sánchez, la notable biografía escrita por Osvaldo Baigorria que, en su propia telaraña, fue también angustiosa autobiografía. El libro intenta enlazar la increíble y errática vida de Néstor Sánchez, el escritor de Siberia blues y Cómico de la lengua, que pintaba para gran revelación literaria argentina, pero que se perdió en una vida peregrina, alucinada, extrema. Entre el jazz y la devoción por el Cuarto Camino de Gurdjieff, Néstor Sánchez se deslizó en un delirio místico que surcó la década del 60. El libro, finalmente, habla de la libertad radicalizada, abismal. No cuesta entender por qué a Skay le gustó tanto Sobre Sánchez. De Pigüé a Fez, este hombre que no da 61 años y que concede que hizo de su limitación guitarrística un estilo, querría estar en cualquier lado menos en el centro de la escena. Como Sánchez, su vida tiene sentido en la experiencia, en el viaje. Por momentos parecería que el fenómeno de los Redonditos fue un gran malentendido: una noche Skay se fue a dormir luego de haber tocado con amigos en el teatro Lozano de La Plata a puro ácido, y se despertó al día siguiente en el medio de la cancha de River a punto de estallar. “La luna hueca, el vacío, ¿con qué llenarlo? Mi única arma es la música”, dice. Canta en “Cicatrices”: “Siempre me ha tocado estar en el fuego /el fuego cura y también deja cicatriz / Soy una gota en el mar de la historia /sólo un destello fugaz en la eternidad”.
Entre el amor y el dolor, entre el fuego y la cicatriz, en la fugaz eternidad, Skay parece un hombre feliz.


miércoles, 5 de diciembre de 2012

AMELITA BALTAR Y SU NUEVO DISCO: NUEVOS RUMBOS.





Spinetta, Raúl Carnota, Fito Páez, Luis Salinas y Pedro Aznar fueron algunos de los convocados. “Junto a los que grabé con Piazzolla, es de los discos que más amo en mi vida”, dice Baltar.



 Por Cristian Vitale

“Esto es todo muy loco y maravilloso.” Amelita Baltar –72 años biológicos, 50 de cantante, 30 de espíritu– apoya fuerte un vaso en la mesa y da algunas indicaciones para el gran asado gran que dará en su casa de la calle Austria. “Vienen los Catupecu, va a estar buenísimo... Y a Fer le tengo que hacer un buen guiso porque el pibe es vegetariano”, ríe ella, y detona en emociones. Sea cual fuere el plato, los motivos para festejar son varios. El principal es, claro, la flamante edición de un disco que no sólo contiene el aporte de Fernando Ruiz Díaz sino el de buena parte de la flor y nata del rock argentino (Luis Spinetta, Fito Páez, Pedro Aznar) más el de algunos “extras” que la Baltar adora: Luis Salinas, Raúl Carnota, Pablo Mainetti y Leopoldo Federico, entre ellos. Un disco que se llama Nuevos Rumbos y que la experimentada voz femenina que Astor Piazzolla prefirió para sus giros setentosos, presentará hoy a las 21 en Notorious (Callao 966). “Un disco que, junto a los que grabé con Astor, es de los que más amo en mi vida”, sentencia ella.

Un disco ecléctico, nutrido y participado, al cabo, que la cantante divide entre los que fueron a ella y viceversa. “Hice venir a muchos a mis temas, sí. Sebastián Barbui –el productor– que sabe leer mi subconsciente como nadie me sugirió que lo haga así, pero hubo dos excepciones: Spinetta y Carnota, los más grandes artistas que tenemos en nuestra música, ¿no? De Luis, y con él, hicimos ‘Laura Va’ y de Raúl, y con él, ‘La rosa perenne’, un vals peruano que me puede”, cuenta Amelita.

Excepciones al margen, el resto de los músicos que intervienen en el disco “vinieron” hacia Amelita. Páez hizo todo por lograr una muy buena versión de “Chiquilín de Bachín” en portugués; Aznar modificó al piano la sustancia sonora de un tema nacido de la pluma de la cantante (“Sería fácil decir”); Mainetti grabó bandoneón en una pieza reducida de “Madame Ivonne” y Leopoldo Federico metió bandoneón en el final del primer vals de “Balada para un loco”. “A la Balada la aggiornamos bastante. Le metimos también teclados rhodes y una batería que te vuela la cabeza. La verdad es que el disco se fue haciendo de una manera bastante artesanal. Tenía pensado hacer algo folklórico, como lo que hacía antes de conocer a Astor, pero después se fue nutriendo de otras cosas y, bueno, quedó un rompecabezas”, se ríe.

 

Un rompecabezas de identidades, estéticas y músicos que, además de los nombrados, incorpora a la banda estable de Amelita (Barbui en bajo y guitarra; Aldo Saralegui en piano y Demián González en batería) y a Hernán Jacinto, el Flaco Bustos, y Leo Genovese, entre los convidados. “También llamé a Eduardo Falú, pero me dijo ‘gracias Amelita, ya no puedo tocar la guitarra, no puedo cantar, estoy viejo’. Por suerte una noche entré a un restaurante de San Telmo y vi a Luis Salinas sentado ‘chau, dije, me lo puso Dios’. Y vino a grabar esa cosa hermosa que es ‘La zamba de Lozano’. Los encuentros fueron así, azarosos. A los Catupecu, bueno, los conocí viniendo del sur en un avión, charlamos dos minutos con Fernando mientras llegaban las maletas y me dijo ‘si hacen algo no dejen de llamarme’ y terminó cantando nada menos que ‘La milonga de la anunciación’. Todo se fue armando así. Hay una juventud que tiene una capacidad impresionante, como hay otra que no le da ni para el arrorró”, se ríe. “Pero a mí me encanta estar rodeada de jóvenes y de rock, porque me hicieron sacar la mentalidad tanguera de encima.”

–Amelita rocker...

–¡Totalmente! Sí, también me encantan los Divididos. Ricardo Mollo tiene una voz impresionante y toca la viola como los dioses; Arnedo es un bajista increíble. Sí, me encanta el rock.

–¿Y qué pensaba Astor del rock argentino, usted que lo tuvo tan cerca?

–En los años setenta, todas las compañías le mandaban los discos de música progresiva a Astor, él los escuchaba y un día me dijo: “Mirá, Negra, los tangueros ya hace rato que se terminaron. En estos chicos de la progresiva está naciendo la poesía de la Buenos Aires del futuro”. Después sale un Charly García y, bueno, tenía razón. Largamente la tenía. La poesía de Charly es enorme, Fito es un gran letrista, y Spinetta, el de las imágenes mágicas, es lo más grande que hemos tenido.

–¿Le motiva alguna sensación especial cumplir 50 años con la música?

–La verdad, no sé cómo merda llegué tan bien a los 72 años. ¿Y lo de los 50 años de carrera? ¡Qué sé yo!... Yo no tengo edad, soy feliz y disfruto como un caballo de la vida, del escenario, de todo.

martes, 15 de febrero de 2011

VOLBEAT NUEVO DISCO: BEYOND HELL / ABOVE HEAVEN




La banda hard europea grabó el tema Ahora te puedes marchar, conocido aquí por Luis Miguel, pero que en realidad era de Dusty Springfield, la dama blanca del soul. “Al carajo, él no la escribió”, dice Michael Poulsen.







Por Luis Paz
Cuando se supo que el cuarto disco de Volbeat, una de las bandas de mayor desarrollo en los últimos años del rock duro europeo, sería editado en la Argentina, y se rastreó en los sitios de videoclips, el resultado lindó lo bizarro: I Only Wanna Be with you, uno de sus cortes más festejados, es una versión thrash de Ahora te puedes marchar, el tema de Luis Miguel que marcó a fuego a nuestras poco instruidas tías/primas/hermanas mayores (tachar lo que no corresponda) a mediados de los ‘80. “En realidad es un tema de Dusty Springfield” (la dama blanca del soul), aclara el cantante de Volbeat, Michael Poulsen. Y explica antes de que aparezca cualquier confusión: “Sabíamos que él la había tocado; pero al carajo, él no la escribió y es una canción hermosa. Apareció mientras ensayábamos, al comienzo de la banda. Como sólo teníamos un demo con pocos temas, la sumamos a la lista en vivo, a la gente le encantó y se convirtió en un pico de los shows”.
Si bien la versión comprime tres de los elementos esenciales de Volbeat (una ingeniería de sonido thrash, una ejecución entre hard rock y hardcore y unas melodías ancladas en el pop de los ‘60 y los ‘70), no alcanza a registrar el resto de los elementos dispersos en Beyond Hell / Above Heaven, de pronta edición en la Argentina. Rockabilly, folk estadounidense, death metal, gothabilly. Algo así como Misfits revuelto con Elvis y los bloques centrales del programa Top of the Pops. “Al principio –evoca Poulsen–, un crítico le dio 10 puntos a nuestro demo, pero decía que ‘no hay modo de que estos tipos, después de este disco, sigan siendo interesantes: ya lo han tocado todo’. Por suerte pudimos seguir ampliándonos y moviéndonos.”
“Hay como dos grandes tipos de bandas: las que son como AC/DC, que sacaron una barbaridad de discos, creo que como treinta, y siguen con lo mismo, pero no dejan de ser geniales. Y otras como Volbeat, a las que nos cuesta la genialidad, pero que seguimos encontrando variaciones que nos incentivan. Me inspira la diferencia y estar abierto a lo que venga. Es como en la búsqueda del amor –compara–: si te gusta sólo un tipo de mujer, te estarás perdiendo de mucha belleza durante tu vida, amigo.”
Para graficarlo mejor, Poulsen lanza casi un haiku: “Mi cuerpo dice metal, pero mi corazón dice Johnny Cash”, uno de esos tipos que hizo del canto de raíz norteamericana, de la música de la profundidad estadounidense, una materia de alcance mundial. “Creo que él, Bruce Springsteen, Elvis y Bob Dylan son tipos súper americanos que lograron llevar su música al mundo. Y en esa lista, ¿sabés a quién más pongo? A Mike Ness, el cantante de Social Distortion.”
Estéticamente, la influencia de esos autores es indudable en Volbeat, lo mismo que la del rockabilly o la del thrash mundialista de Metallica, dos de los otros faros que alumbran el mar de estéticas e instrumentos que abarcan estos daneses: “Definitivamente no tengo miedo de intentar nada. En el tema Heaven or Hell pusimos una armónica y sé que la gente piensa: ‘¿Qué mierda hace eso ahí?’. Es el instrumento que escuchaba en ese momento en mi mente para esa canción, no se trata de provocar, o de intentar ser especial, sino de ser honesto”, distingue esta pequeña mole de 35 años que tiene una hermana melliza y otras dos hermanas mellizas entre sí.
Cuando habló , Poulsen estaba en “una hermosa casa en Dinamarca” con su esposa. Por estos días está comenzando un tour por su país para presentar el disco y luego irán a Estados Unidos para una gira de un mes y medio. “Sabemos que para los estadounidenses nuestra música es familiar, pero no tiene que ver con que nos consuman sino que ¡somos nosotros los que consumimos su música!”, vuelve a separar.
“Después volvemos a Europa y si podemos juntar voluntades en la Argentina, trataremos de estar ahí cuanto antes. Ahora que nuestro cuarto disco va a ser editado allá tal vez podamos conseguirlo.” De globalizar su música se trata la misión de Volbeat: “Es importante tener un lugar al que pertenecer y que te defina quién sos, pero es un error quedarse en eso. Somos lo que llevamos dentro, lo que pensamos, no dónde nacimos. Está mal quedarse siendo unidimensional”, alecciona este folk metalero en tres dimensiones.

martes, 8 de febrero de 2011

WEST COAST SEATTLE BOY: THE JIMI HENDRIX ANTHOLOGY




El testamento de nunca acabar

Un CD con quince canciones que poco agregan a la notable carrera del músico se ve enriquecido con un DVD que incluye imágenes de shows, entrevistas, cartas, fotos, dibujos y postales rescatados por su hermana Janie, responsable de su legado.





Por Fernando D´addario
Jimi Hendrix apenas necesitó cuatro años para cambiar la historia del rock. A su hermana Janie le llevó bastante más tiempo la concreción de su sueño más preciado: hacerse del control absoluto de la vida (post mortem, claro) y de la obra del fundador de la guitarra moderna. Montó una empresa, la Experience Hendrix, se adjudicó el cargo de directora general, distribuyó la mitad de los puestos ejecutivos entre miembros de la familia y se entregó con amor fraterno al rescate del más mínimo gesto artístico esbozado por su hermano. Un posterior acuerdo entre Experience Hendrix y Sony Music cerró el círculo de la felicidad: de aquí a diez años, el sello irá editando en cómodas cuotas (para no saturar) más de cien grabaciones de Jimi, entre clásicos, inéditos y rarezas.
El primero de estos productos se llama West Coast Seattle Boy: The Jimi Hendrix Anthology. Tiene una versión para melómanos irredimibles (cuatro CD de rarities y un DVD) y otra más modesta (un sólo CD, más el DVD), para gente que se conforma con una hora de canciones Clase B redimidas por la leyenda y el marketing. En rigor, si sólo de audio se tratara, no habría mucho para “rescatar” aquí: la única curiosidad relevante es “Tears of rage”, el tema de Bob Dylan que Hendrix grabó en la habitación de un hotel en Nueva York, en 1968. La versión es sucia, desprolija y hermosa. El resto, material inédito con registros alternativos de canciones como “Are You Experienced”, “Fire” y “Love Or Confusion”, más un cover poco feliz de “Hound Dog Blues”, entre otros deslices, no agrega nada a la obra genial del guitarrista de Seattle.
Más interesante es internarse en la hora y media de Voodoo child, un documental que debería tener como subtítulo: Cómo exprimí a Jimi hasta la última gota, pero con cariño. Le corresponde exclusivamente a Janie –nobleza obliga– el mérito de haber juntado en su momento cada carta de Hendrix a su padre, cada borrador con la letra del single que nunca grabó, cada entrevista brindada a la televisión. Semejante pulsión compiladora, expuesta con rigor cronológico y sin golpes bajos, terminó dibujando uno de los tantos retratos posibles de Hendrix: el del guitarrista autodidacta, cariñoso con su familia y apolítico. Un prurito entendible despeja el relato de alusiones a su vínculo creciente con las drogas; el pudor de Janie es menos ostensible a la hora de mostrar las reacciones que generaba Hendrix en el sexo opuesto. Hay una imagen imperdible: contratado con The Experience para tocar como invitado de los Monkees (grupo al que Hendrix define certeramente como “unos Beatles de plástico”), Jimi despliega un arsenal de movimientos fálicos con su guitarra ante unas colegialas pop que lo miran extasiadas, olvidándose de que sus padres están allí para poner el grito en el cielo y devolverlas a la realidad. Más para ver que para escuchar, West coast... no deja de ser, en definitiva, un Hendrix auténtico contándose a sí mismo. Por las dudas, mejor que no se entere.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

SE EDITO EN LA ARGENTINA LA BANDA DE SONIDO DE ZABRISKIE POINT, DE PINK FLOYD




Viaje olvidado





En 1970, Michelangelo Antonioni quiso abordar el movimiento hippy en una película, a la que llamó Zabriskie Point. Y para la banda de sonido convocó al grupo psicodélico que, creyó, mejor interpretaría su visión: Pink Floyd. La reciente edición de una versión extendida de dos discos con la música ya conocida de la película, más un segundo CD con outtakes, grabaciones nunca escuchadas previamente, sirve para volver a ese punto de inflexión en el choque entre la cultura del flower power, la vanguardia intelectual de la generación anterior y el establishment hollywoodense.



Por Alfredo García

Durante mucho tiempo, varios LPs con soundtracks originales con música de Pink Floyd de films fueron totalmente desconocidos por los fans argentinos de la banda fundada por Syd Barrett. En especial More, de 1969, con los temas del film de Barbet Schroeder sobre las andanzas drogonas de Mimsy Farmer en Ibiza, y también Obscured by Clouds, que incluía las canciones del soundtrack de otro film de Schroeder, el extraño viaje hippy–antropológico Le Valée. Dado que ambos films estuvieron prohibidos en la Argentina de los ‘70 (y aún son difíciles de encontrar en DVD, mucho menos en ediciones subtituladas al castellano), el disco más conocido con música para cine de los Floyd era el LP con la banda de sonido original de Zabriskie Point, de Michelangelo Antonioni.

Sólo que a diferencia de los otros dos álbumes citados, Zabriskie Point formó parte de la discografía oficial del grupo de Waters, Gilmour, Mason y Wright, ya que el LP incluye temas de otras bandas como Grateful Dead y The Youngbloods, a pesar de que originalmente fueron los Floyd los músicos convocados por el cineasta italiano famoso por La aventura y El eclipse.

La reciente edición de una versión extendida de dos discos con la música ya conocida de Zabriskie Point, más un segundo CD con outtakes, grabaciones nunca escuchadas previamente, sirve para volver a ese punto de inflexión en el choque entre la cultura del flower power, la vanguardia intelectual de la generación anterior y el establishment hollywoodense.

En realidad, el cineasta de vanguardia en cuestión no tenía mucho que ver con el rock o la estética psicodélica, y eso a pesar de que su reciente y muy exitosa Blow Up era un retrato perfecto del Swinging London, incluyendo una mítica performance de The Yardbirds justo en el breve momento en que dos de los grandes violeros de todos los tiempos, Jimmy Page y Jeff Beck, convivían en la banda.

Que Antonioni era de otro palo quedó claro en su siguiente proyecto, un desastre memorable que logró casi aniquilar por completo la carrera internacional de su director.

El proyecto flower power de la MGM Zabriskie Point (1970) tenía un argumento imposible de seguir sobre la relación entre una antropóloga, un fugitivo hippy acusado de matar a alguien durante una protesta antiestablishment y un ejecutivo straight insertado bastante a la fuerza en la trama, encarnado por Rod Taylor.

Los miembros de Pink Floyd nunca quedaron conformes con su colaboración con Antonioni para Zabriskie Point. Pocos saben que el director italiano convocó originalmente a los Doors, que llegaron a proveer su tema “L’America”, pero que Michelangelo Antonioni dejó afuera del film. Esto daría la razón a los Pink Floyd, que contaban que no había modo de satisfacer al cineasta italiano, quien incluso dejó fuera del score un tema que luego aparecería en The Dark Side of the Moon como “Us and Them”. “El decía siempre cosas como ‘este tema es demasiado lento, ¿no lo pueden volver un poco mas movido?’”, contaron los músicos tiempo después.

En cambio, el director explicó alguna vez que los Pink Floyd no parecían muy dispuestos a trabajar demasiado en el soundtrack, y se pasaban prometiendo más material musical que nunca terminaban de grabar (algo parecido a lo que contó Stanley Kubrick cuando, luego de pedirle a Pink Floyd música para 2001, tuvo que terminar usando valses vieneses).

Finalmente en el film hay música de Jerry Garcia y sus Grateful Dead mezclada con los Youngbloods, los Rolling Stones y The Kaleidoscope, y el único tema de Floyd al que realmente se le da importancia en relación con las imágenes es una tema preexistente, al que sólo le cambiaron el nombre: “Come in Number 51, your Time is Up”, utilizado en la escena en la que todo explota como en un mal ácido; no es otra cosa que el viejo instrumental “Careful with that Axe Eugene”, uno de los puntos culminantes del Pink Floyd inmediatamente anterior a la salida del líder y fundador de la banda, Syd Barrett. La única canción realmente nueva es la excelente “Crumbling Land”.

En los créditos originales, la música de Zabriskie Point figura a cargo de Pink Floyd y Jerry Garcia. La insistencia de Antonioni por tener temas menos lentos tiene una buena evidencia en el muy interesante doble CD con outtakes recién editado por Sony en la Argentina (el mismo material circula desde hace años en distintas ediciones extranjeras, incluyendo una muy recomendable de Rhino Records). Como todo el segundo CD con material inédito está sólo a cargo de piezas de Pink Floyd y algunas variaciones en guitarra de Jerry Garcia, es una experiencia sonora mucho más coherente que el disco con los temas ya conocidos del film. Por otro lado, en defensa de Pink Floyd aparecen dos o tres temas realmente contundentes, como “Red Queen” y “Rain in the Country”, que perfectamente podrían haber dejado por satisfecho al director italiano.

A diferencia de Blow Up, Zabriskie Point fue un estrepitoso fracaso comercial. Costó 7 millones de dólares y apenas llegó a recaudar menos de un millón, eliminando todo interés posterior de Antonioni en nada que tuviera algo que ver con el rock o el flower power. De hecho no pudo volver a filmar hasta la excelente El pasajero, con Jack Nicholson, de 1975.

Como síntesis general del intento fallido de Antonioni de intelectualizar el hippismo, basta este fragmento de la crítica de la época publicada en Chicago Sun Times por Roger Ebert: “Esta es una película tan estúpida, llena de referencias a una ideología que no comprende, que directamente da pena. Antonioni intentó hacer una obra seria, pero el resultado no llega a tener la profundidad de una película de fiesta playera”.

miércoles, 25 de agosto de 2010

DISCOS_EL MUSEO NACIONAL DEL JAZZ DE HARLEM Y UNA COLECCION INVALUABLE

Las grabaciones hechas por el ingeniero William Savory, que el museo acaba de comprarle a su hijo, comprenden más de cien horas de actuaciones únicas de artistas como Billie Holiday, Benny Goodman, Coleman Hawkins, Count Basie, Artie Shaw y Lionel Hampton, entre otros.





Por Alejandra Palés

Una colección de casi mil discos con grabaciones inéditas de actuaciones en directo de grandes iconos del jazz, como Billie Holiday o Ella Fitzgerald, y mantenida en secreto durante cerca de 70 años, se ha convertido en la joya más preciada del Museo Nacional del Jazz de Harlem, en Nueva York. “Tiene un valor incalculable. ¿Puede ponerse precio a una estatua de un faraón de la que sólo existe un ejemplar? No”, aseguró el director del museo, Loren Schoenberg, el responsable de su rescate después de años tras la colección. Así, Harlem recupera un material básico para conocer la historia de la música nacida a finales del siglo XIX en Luisiana, en el seno de las comunidades afroamericanas.

La enigmática recopilación, que comprende más de cien horas de música en vivo, fue confeccionada entre 1935 y 1941 por el ingeniero de sonido William Savory, quien, aprovechando los recursos técnicos de su trabajo, grabó actuaciones únicas de los grandes nombres de la era dorada del jazz. La colección de Savory fue durante años una obsesión para el director del Museo Nacional de Jazz de Harlem, quien supo de su existencia en 1980 cuando, trabajando para el clarinetista Benny Goodman (1909-1986), conoció al ingeniero. Savory mantuvo sus grabaciones escondidas y sólo él pudo disfrutar de las actuaciones exclusivas y jam sessions que los mejores intérpretes del género musical hicieron en diferentes locales de Estados Unidos. “Cada día, durante veinte años, le pedí que me dejara escucharla, pero nunca me lo permitió”, explicó el propio Schoenberg, quien aseguró que durante años Savory fue el único afortunado que pudo deleitarse con la música de primeras figuras del jazz como Artie Shaw (1910-2004) o Lionel Hampton (1908-2002).

Tras la muerte del ingeniero en 2004, Schoenberg, que también es pianista y saxofonista, empezó una intensa búsqueda para contactar con el hijo de Savory, y cumplir, por fin, el deseo que durante tiempo le había negado el propietario de la colección. El pasado abril, Schoenberg consiguió no sólo escuchar parte de los casi mil discos, sino que convenció al heredero de Savory, que vive en Chicago (Illinois), para que vendiera la colección al museo neoyorquino. Para Schoenberg, que durante años creyó que la compilación, simplemente contenía algunas grabaciones de Goodman, es difícil elegir una actuación. Sin embargo, no dudó en calificar de “desgarradora” la interpretación de Billie Holiday (19151959) de “Strange Fruit”, una canción sobre los linchamientos a los que eran sometidos los afroamericanos en el sur de Estados Unidos.

Otra de las “perlas” de la colección es la versión que el saxofonista Coleman Hawkins (1904-1969) hizo en 1940 del clásico “Body and Soul”, escrito en 1930 e interpretado en otras ocasiones por Ella Fitzgerald, Frank Sinatra y Carly Simon. Las grabaciones de Savory servirán además para reconstruir la historia del jazz, ya que contienen fragmentos únicos de las actuaciones que Count Basie y Stuff Smith realizaron en 1938 en el Carnival of Swing, en la isla de Randalls (Nueva York), considerado el primer festival dedicado al género al aire libre y del que hasta ahora se creía que no había sobrevivido evidencia musical alguna. La colección, que se está sometiendo a un proceso de digitalización que llevará al menos un año, podrá ser disfrutada a partir de septiembre por los amantes del jazz en una serie de veladas musicales que se celebrarán cada jueves y sábado en el museo neoyorquino. Por el momento, el museo ha colgado en su web los fragmentos de ocho temas de la colección.

domingo, 20 de junio de 2010

ENTREVISTA A LA PERUANA EVA AYLLON Y SU DISCO GRABADO EN BUENOS AIRES




“La música criolla tiene mucho valor como símbolo multicultural de mi tierra”, dice la cantante rotulada como “reina del landó”.











Eva Ayllón, peruana, cantante, “reina del landó”, acepta que su origen es difuso. Que creció con su abuela materna y nunca le han dicho mucho, por ejemplo, sobre sus antepasados próximos. Abstraída tempranamente de esa huella pudo arrojarse liviana, sin prejuicios de cuna, a un mundo de posibilidades: pudo, no sin fraguar una voz que naturalmente impacta, utilizarla a favor de la música criolla –la más mestiza, la de Lima, su ciudad– tanto como la afro, también con un arraigo profundo en el Perú. “No he intelectualizado si sirvo como nexo entre ambas vertientes, sí que ambos, yo y mis audiencias, disfrutamos de las dos a plenitud”, se limita a contestar ella sobre el péndulo. Un péndulo que hoy está instalado, cómodo, en una de sus dos referentes mayores: Chabuca Granda. Fruto de dos conciertos dados en el ND Ateneo en mayo del año pasado, acaba de salir un disco en vivo (DVD incluido) con el eje puesto en la poeta de Apurimac: Eva Ayllón canta a Chabuca Granda. “De chica no entendía bien sus metáforas, pero su música y su manera de cantar me embrujaban... Ya como adolescente entendí el significado de sus temas y me terminaron de cautivar para el resto de mi vida”, trata de encauzar con palabras algo que, claro, sólo puede sentirse con música.

El disco consta de 18 piezas que, si no pertenecen directamente a Chabuca (“La flor de la canela”, “Fina estampa”, “José Antonio”, “Vértigo”, “Un barco ciego”), anclan en aquellas versiones que ella, la Granda, disfrutaba hacer: “Nostalgias” o “Alfonsina y el mar”, por caso. “Estos temas quedaron porque, aparte de que a mí me gustan inmensamente, Chabuca los cantaba en sus visitas a la Argentina –ratifica–. A ‘Nostalgias’ le dimos un tratamiento de lamento afroperuano que yo lo sentía como pariente del tango y ‘Alfonsina...’ se convirtió en una zamba argentina. Mis amigos de allí –Laura Albarracín y Franco Luciani– se han encargado de darle el toque de hogar.”

–La versión de “Alfonsina...” la conecta con su otra gran referente, Mercedes Sosa. ¿No ha pensado en hacerle un homenaje a ella, también?

–De hecho fui invitada al Lincoln Center de Nueva York para el tributo a ella con León Gieco, Teresa Parodi y otros músicos. También estaba programada para participar en un homenaje con ella presente antes de que nos dejara físicamente. Pero hacerle un homenaje personal... bueno, lo he pensado mucho. No quise hacer uno sola por ahora, quiero que pase un tiempo porque no me acostumbro todavía a su ausencia. Con ella conversábamos y nos carteábamos y para mí no ha terminado de partir. Con lo comercial que se ha vuelto el mundo de la música, creo que mejor esperaré hasta que sienta que la gente se está olvidando de su legado.

–Ha escrito en el disco que tanto Chabuca como Mercedes “tallaron su corazón para siempre” desde la primera vez que las escuchó, a los 12 años. ¿Podría profundizar en qué las aúna, según su mirada?

–Las dos son mujeres que lucharon mucho por la vida en el tiempo que les tocó vivir, cuando los prejuicios llevaban a la sociedad a mantener apariencias ilusas. Las dos fueron artistas que salieron adelante en un medio dominado por hombres y como madres también pasaron momentos de lucha. A pesar de todo eso, se convirtieron en iconos de sus países. Personalmente, muero cada vez que escucho “El fusil del poeta”, de Chabuca, por su riqueza poética. Y por la versión que hacía Mercedes de “Los mareados”... Me desgarran el alma y el corazón.

Pero Eva es algo más que la retransmisora del legado de dos de las cantantes más amadas del continente. Desde que su voz, versátil, imponente, comenzó a oírse en las peñas limeñas de la década del ’70, no fueron pocos los que fijaron atención en ella: primero fueron Los Kipus –grupo peruano de fuste en los ‘80–, después Los hijos del Sol, banda clave del jazz “a la peruana”, y al final un reconocimiento como solista que la llevó a llenar el Carnegie Hall de Nueva York –instancia sólo alcanzada por su coterránea Yma Sumac, en los cincuenta– y ser nominada tres veces para los premios Grammy. “Yo me formé en unas instituciones de barrio que ya casi desaparecieron. Eran los llamados centros culturales, donde se reunía gente de la comunidad y espontáneamente aparecían artistas que ya brillaban. Cuando empecé a frecuentar las peñas recuerdo que tenían cierta mística como los clubes de jazz en Nueva York. Pero las peñas de mi época ya no existen y las nuevas se han convertido más en centros de esparcimiento que perdieron su misión cultural”, reseña, con cierto dejo de nostalgia.

–¿Qué importancia tiene, para usted, que la mencionen para el Grammy? ¿Le interesa?

–Conozco colegas que dicen que no les interesan los Grammy, pero se molestan cuando no lo ganan y públicamente maldicen el sistema. Por otro lado, hay artistas como Willie Colón que fueron nominados como una docena de veces antes de ganarlo, y en su caso se lo merecía todas las veces que lo nominaron. La nominación en sí representa un triunfo por el reconocimiento que conlleva, pero si me mencionan o no, no me preocupa. En general los promotores de conciertos son los que usan estas referencias como herramientas de marketing.

Eva, nacida en un barrio popular del distrito de Lince –Lima–, tiene 40 años. Vive en Nueva Jersey y se define como un ama de casa dedicada a sus hijos, pero con tiempo para ensayar y estudiar inglés. “Mi ritmo diario sólo cambia cuando estoy de gira... Todo es agitado, de ciudad en ciudad, de aeropuerto a aeropuerto y de un escenario a otro, pero el resto de los días los paso tranquila. ¿Por qué me fui? Originalmente por amor, pero cuando eso falló me quedé porque ofrecía más oportunidades a mis hijos, y la verdad es que me siento a gusto en este país. Al comienzo tuve choques con la cultura, con la adaptación a una nueva vida y con el idioma. Pero poco a poco he vencido estos obstáculos.”

–¿Le incomoda el rótulo “la reina del landó”?

–Creo que fue resultado de una observación a mi canto y una alabanza comercial. Salió sorpresivamente entre unos amigos en una noche de jarana (risas)... No sé, como limeña me identifico con la música criolla y como afrodescendiente me siento orgullosa de interpretar esta vertiente de la música peruana. La música criolla tiene mucho valor como símbolo multicultural de mi tierra, porque incluye el aporte de los descendientes europeos, de los andinos y de los negros. Y yo soy las dos cosas.

lunes, 14 de junio de 2010

DISCOS: LO NUEVO DE 107 FAUNOS.



Son de La Plata y pertenecen al semillero de bandas indies que florecen en la ciudad. Comparten sello con el otro grupo central de la movida, El Mató a Un Policía Motorizado, pero son muy diferentes a sus compañeros: 107 Faunos ha hecho una estética de la desorganización, al punto de que sus ensayos suelen ser los shows en vivo, pueden cambiar de formación antes de subirse al escenario y algunos de sus integrantes pasan largas temporadas fuera del grupo. Tanto capricho logra discos breves y fantásticos como el recién terminado Creo que te amo, con canciones de dos minutos y medio que son verdaderas delicias.


Por Santiago Rial Ungaro

Los 107 Faunos no le escapan a la fiebre de la “mundialitis”: en La Plata, en el depto de Gastón Olmos, donde está reunida la banda, el baterista y anfitrión tarda unos instantes en saludar. Está abstraído, pegando con Plasticola las figuritas en su álbum del Mundial. Cuando levanta la cabeza saluda finalmente, con la simpatía característica de este grupo de gente que, en base a caprichos sistemáticos, ha logrado grabar uno de los discos más lindos del año: Creo que te amo.

Si hubiera un álbum de figuritas de grupos, los 107 Faunos serían la figurita difícil, la que nunca se consigue y que, por eso, vale más.

Criticados por infantiles y desprolijos, los Faunos decidieron ser aún más infantiles y desprolijos. Y, paradójicamente, gracias a este subrayado el disco suena maduro, prolijo e inteligente. Gastón Olmos, los hermanos Félix y Javier Sisti Ripoll, Miguel Ward, el cantante Juan Pablo Bava y la tecladista y xilofonista Mora Sánchez Viamonte son una familia bizarra, unida por “afinidades electivas”. Y efectivas, porque varios de sus integrantes son también miembros de Laptra, el sello platense que, con El Mato a Un Policía Motorizado a la cabeza, ha generado una valiosa movida independiente con el inconfundible sabor de “lo artesanal”. Miguel, guitarrista y compositor, explica que ellos le dan “igual de importancia a lo que opinamos nosotros que a lo que opinan los demás miembros de Laptra”.

Malentendido y caos

Como sea, los Faunos no se parecen a sus compañeros de sello. Entre la ternura ruidosa de The Pastels y la rebeldía punk de Flema, los Faunos son un caso aparte: si todas las bandas para desarrollar su música necesitan juntarse en una sala para ensayar los temas, ellos han aceptado, casi desde el principio (que, durante la nota, algunos dirán que fue en el 2007, el 2006 y hasta el 2005) que ensayar es prácticamente imposible, porque coordinar los horarios entre todos es un lío. Como dice el proverbio chino, un problema que no tiene solución ya no es un problema: a cambio, los Faunos tocan en vivo permanentemente. “Ensayamos en vivo”, explica Miguel Ward, el otro compositor de los 107, haciendo un contrapunto poético perfecto con los temas del Gato: “El malentendido y el caos que nos rodea también tiene que ver con lo creativo. Esa confusión permanente es también una forma de hacer las cosas: a último momento, sin demasiada planificación y con mucha desorganización. Y dejamos que eso se note en lo que hacemos”. También es común que en sus recitales (en los que suele subir gente a cantar con ellos), falte alguno de los Faunos. Reemplazantes potenciales, claro, siempre sobran. En La Plata o en... ¿Rosario? “La otra vez tocamos en Córdoba y unos pibes después del recital me decían que les había encantado, pero que ésos no eran los 107 Faunos. Y es que habíamos ensayado en Rosario y después fuimos a tocar con una formación especial rosarina.” Quizá sea por eso que, cuando el Gato aúlla en “El Jefe de los malos”: “Ser el mejor en lo peor, toda una misión cumplida. Una obra gigante” suena tan convincente. Más que cuando explica que “nadie tiene el lugar asegurado”, y mira con actitud severa a sus compañeros de banda. De hecho, ahora mismo, mientras se escribe esta nota, los 107 Faunos tocan en un festival... sin el Gato, de viaje por Barcelona. Mimoso, arisco, callejero y relajado. El Gato, Javier Sisti Ripol le hace honor a su apodo siendo el líder gatuno de un grupo también felino.

Miniaturas de canciones

Producido por Peta (guitarrista de Go Neko), el disco respeta la esencia de la banda: las canciones. Así, el álbum hará las delicias de los amantes del sonido de los 90’s, a lo Pavement o Guided By Voices, grupo clave para entender su estilo por lo cortitas que son sus canciones. “Todas las mañanas empezamos de cero, soñamos con aviones cayendo. Despertamos felices pero con miedo de perder. El sabor efímero de la gloria secreta” canta promediando el disco el Gato, quizá definiendo la estética de un grupo que vive como un rompecabezas: armándose, desarmándose y volviéndose a armar en estas miniaturas de canciones en las que aparecen caballos enanos, peces leopardo, se inventan neologismos como “carretear” y se humaniza a una pandilla de lobos del Bosque, en una temática recurrente, ya presente en el disco anterior con “Muchacho Lobo”, brevísimo hit que enfervoriza a los hinchas de Gimnasia y Esgrima pero que en verdad fue inspirado en un viejo film ochentoso protagonizado por Michael J. Fox.

Si en su primer disco los Faunos describían sus derivas situacionistas alrededor de El Cuadrado (la parte histórica más antigua de la Ciudad de las Diagonales por donde suelen deambular) y le cantaban a una remera de pez espada dentro de una valija, en Creo que te amo el grupo vuelve a confirmar que su imaginario poético es inagotable, confirmando su talento para sacar canciones lindas de la galera, escapándole siempre a la obviedad. Breves y escurridizas como los seres mitológicos que las habitan estas canciones palpitan: tiene vida propia. De tan breve (ningún tema pasa los dos minutos y medio), el disco es doblemente bueno e invita a ponerlo en repeat.

“Creo que tiene que ver con que nuestra atención es medio fragmentada. Me cuesta prestar atención a un tema largo, a no ser que sea algo genial, como ‘Rapsodia Bohemia’ de Queen. Además, es lo único que podemos hacer”, dice para ganarse la desaprobación de sus compañeros que explican, con razón, que esa brevedad y esa síntesis es un logro, una idea y no una limitación. Amigos de la Facultad de Bellas Artes, los 107 Faunos son de hecho una síntesis de muchas otras bandas (Grupo Mazinger, Muchacho Lobo, Campeón Mundial, Destino y muchas otras). Y si sus canciones (que inspiraron una película homónima de Germán Greco, que ya entró en la etapa de edición) parecen un libro de relatos es porque, a fin de cuentas, su disco, contra todos los pronósticos, termina siendo fantástico, lindo y adictivo. Como una golosina favorita.

jueves, 10 de junio de 2010

CHRISTOPHER OWENS, DE GIRLS




El flamante Album (así se llama el disco) es una colección de doce canciones con la mejor tradición del pop rock americano.





Por Daniel Jimenez

A medida que avanza Album, el disco debut de Girls lanzado a fines del año pasado, es inevitable dejarse llevar por ese camino imaginario y luminoso que conduce río abajo hacia verdes praderas. O sentir la brisa del primer sol de una mañana de domingo en la cara, ligeramente colocado y con tiempo para caminar. Christopher Owens, cantante y mitad de Girls junto a Chet White, dice que las dos secuencias podrían definir perfectamente a la banda. “Son lindas formas de describir nuestra música y podrían ser buenas descripciones, aunque me gusta la idea de que cada uno tenga su propia opinión al respecto sobre lo que hacemos. Ya que se hable de nosotros en la Argentina me pone muy feliz”, reconoce.

Album es una colección feliz de doce canciones que abrevan de la mejor tradición del pop rock americano, de Buddy Holly a los Beach Boys, con algunos guiños (de Owens) a la new wave y del propio Owens al gran Elvis Costello (su parecido en Hellhole Ratrace es asombroso). Según sus palabras, “el proceso de grabación, mirando hacia atrás hacer el álbum, fue difícil pero divertido al mismo tiempo, porque aprendimos y utilizamos cada recurso hasta lo último. Además lo hicimos todo con cosas baratas, nada muy caro. Y eso lo hizo excitante”.

A diferencia de White, Christopher viene de dos experiencias previas que marcaron su rumbo siendo un joven sin futuro, perdido en San Francisco: Children of God y Holy Shit, donde comienza a escribir muchos de los temas que terminarían en el debut de Girls. Proyecto que se asienta en las constantes composiciones de Owens, quien asegura que no hay una fórmula para la canción pop. “Una canción de tres minutos puede que te lleve también tres minutos escribirla, por eso no trato de cambiar la idea original. Es como descubrir una canción que ya estaba escrita en mi cabeza, como poder observar un sueño durante la noche. Y es importante aclarar que no existe, al menos para mí, la idea de que la música pop no puede hablar de cosas serias. Creo que se puede encontrar un punto justo al cual se puede llegar”, dice, y aconseja: “El propósito del arte es atraer la atención hacia sí mismo, y la música pop es una parte importante de la vida moderna. Por eso no hay reglas para componer una canción pop, excepto que tiene que ser pegadiza”.

Girls, al igual que muchos artistas nacidos musicalmente en la última década (quizá con los Arctic Monkeys como ejemplo), halló en Internet un universo de posibilidades que sus colegas de los ‘70 y los ‘80 ni siquiera imaginaron: MySpace, blogs, Twitter y un abanico de espacios por donde filtrar su música. Para Owens, estos tiempos no son mejores, ni peores, sino diferentes. “Haber entrado al mercado en la época de Internet es... distinto. Antes era mucho más difícil poder expresarte y ahora te encontrás con que todo está más cerca y disponible. Pero, por el otro lado, atención: si cometés un error, debés saber que todo el mundo va a estar ahí para verlo.” Este próximo domingo, Girls realizará su primera y única presentación en Buenos Aires con sólo tres años de vida y un disco bajo el brazo. Tal vez esa urgencia y voracidad se reflejen en el tono firme de Christopher, que amenaza: “Vamos a hacer rock and roll”. Que así sea.

sábado, 29 de mayo de 2010

LOS TIPITOS PRESENTAN EL CLUB DE LOS MARTES ESTA NOCHE EN EL LUNA PARK



“La canción debe atrapar una verdad”

El cuarteto publicó un álbum más introspectivo y con una sonoridad diferente después del éxito de Armando Camaleón. Sin embargo, los músicos aseguran que lo que los mueve a componer “es siempre lo mismo, desde el primer disco hasta ahora”.

Por Matías Córdoba

Los Tipitos, inconscientemente o no, dejaron de lado la composición y se metieron en un brete: desde mucho tiempo atrás se mezclaron en la realidad apabullante de todos los días para hacer letras de canciones. Es cierto que en algunas de ellas hay bronca, pero el amor, al fin y al cabo, siempre es el que triunfa. Y ellos nunca perdieron su encanto: siempre fueron un grupo popular y a la vez “comprometido” con lo que estaba pasando en las calles. Le propusieron a su público –y a los miles que los escucharon por la radio– baile, fiesta y unos minutos de sosegada reflexión. El brete, más que un problema en sí, se presentó a la hora de seleccionar –junto a Alfredo Toth y Pablo Guyot, los productores– las trece canciones que integrarían El club de los martes, el nuevo disco de la banda que conforman Walter Piancioli (voz, teclados), Raúl Ruffino (voz, guitarra), Federico Bugallo (bajo) y Pablo Tévez (batería). Están a punto de presentarlo en el Luna Park (esta noche, a las 21). Pero durante la entrevista los cuatro se relajan sobre un sillón. Nadie puede sacarlos de su sala de ensayo del barrio de Flores. “Estamos acá desde hace tres años y ya nos acostumbramos”, confiesan, mientras recorren con la vista las paredes. Sin embargo, el mundo Tipito vive inmerso en el sueño que les deparó su nueva producción, un álbum más alejado de lo que habían hecho anteriormente, pero que no traiciona el espíritu cancionero del grupo.

–En este último disco, hay canciones como “La paz” o “No viene hasta mí”, que poseen una sonoridad nueva para la banda, y que también atraviesa todo el disco. ¿A qué se debió el cambio?

Raúl Ruffino: –Se nota que hay otra búsqueda. Nos gusta delirar. En el demo que hicimos antes de grabar había muchas propuestas, éramos otra banda, directamente. Eso viene de la exploración. A la sala traemos otros sonidos que no tienen mucho que ver con la banda. Pero hay veces que no sabemos cómo resolverlos, pero está en la búsqueda de otras cosas. No es que nos proponemos explorar, sino que vamos para esos lugares casi sin saber qué puede llegar a pasar.

Walter Piancioli: –Sí, son ritmos que no veníamos haciendo muy seguido, pero son momentos que se presentan en la sala. No sé, es como el hit: es difícil proponerse hacer un éxito, se da o no se da. Una vez Guyot me dijo: “Es difícil superar el primer éxito porque es el primero”. Muchos medios se quedan con esa primera fotografía de una banda y después cuesta sacársela de encima, hay que remar. Cuando nosotros decidimos hacer un disco, no está en nuestra cabeza la decisión de superar lo anterior, sino hacer algo que nos convenza en el momento.

–El club de los martes parece un disco más introspectivo. ¿Es una respuesta a todo lo que pasó con Armando Camaleón?

W. P.: –No lo sé. Como decía recién, son momentos que atraviesa cualquier grupo. No sé si uno se replantea cosas después de cinco años. Se puede hacer un análisis posterior y en ese punto sí se puede decir “Ah, esta canción es una respuesta a tal cosa”, pero es algo del momento compositivo. Es muy difícil hacer canciones y mucho más escribir letras. En una canción, uno tiene que atrapar una verdad, una realidad. La composición, como la entendemos nosotros, es más exploratoria que proposicional.

–Sin embargo, el espíritu de la banda parece no haberse modificado.

R. R.: –Lo que nos mueve a hacer canciones es siempre lo mismo, desde el primer disco hasta ahora. Muchas de nuestras canciones tienen la misma idea, como la idea del laberinto. Tal vez estén cambiadas algunas palabras, pero la locura está siempre presente como una obsesión. Lo que se plantea cualquier artista es cómo hacer una obra para que sea todavía más bella.

W. P.: –A los escritores o a los cineastas o a cualquier productor de objetos artísticos les pasa que tienen preocupaciones de toda la vida que van a llevar hasta el final. El espíritu está en las herramientas que van adquiriendo a través de que pasa el tiempo, y que toman forma de una manera determinada. La esencia del tipo que se sienta a hacer un tema va siempre por el mismo lugar, desde el primer momento hasta el último. En las canciones de Raúl uno se encuentra con el mismo grupo de palabras, desde la primera que compuso hasta la última. A veces agrega alguna nueva (risas).

–En la Argentina son contados los grupos populares, aquellos que son festejados por todos en cualquier festival. Ustedes parecen formar parte de ese grupo selecto.

W. P.: –Puede ser. Nos gustan los objetivos de plantear una popularidad, pero también con un poco de reflexión. Siempre pienso en Roberto Fontanarrosa: su estilo era humorístico y tenía un costado muy popular, y verdaderamente profundo. Nunca decía boludeces.

–La letra de “Pueblo” es polémica: hablan de una ciudad en donde “manda el hambre” y “hay que matar o te matan”. ¿Qué quisieron decir con eso?

Federico Bugallo: –La letra habla de lo que pasa todo el día, de lo diabólico del planeta. Es la ley que rige en una selva. Describe esa obligación de sí o sí comerte a alguien o si no te van a comer a vos. Básicamente, la ley de la vida. Tenés que alimentarte de algo a lo que previamente tuviste que matar. Es una ley planetaria y que hace a la vida misma. Es tan fuerte esa ley que en la canción se puede llegar a pensar en la inseguridad, en estar atento, pero también con otros problemas: es un mensaje para que te cuides de los cagadores, de los que les serruchan el piso a los compañeros de trabajo.

W. P.: –Además, lo cruel es tener que morirse. La canción hace referencia a que es feo vivir con la idea de que un día vamos a dejar de existir, que tenemos a la muerte presente, ahí, en la vereda de enfrente, que estamos a un paso de ella.

–De alguna manera, “Laberinto” también trata el tema de la violencia y la muerte...

W. P.: –Sí. En principio la idea era más universal, después salió como algo más nacional. Surgió con la Campaña del Desierto y el asesinato de muchos indígenas. Fue escrito desde ese lugar y puede que tenga una connotación, pero da una idea más nacionalista. En realidad, la letra original hablaba de la venganza, de ese rencor que se transmite de generación en generación. Ese rencor que a cualquiera lleva a decir: “Si hace doscientos años mi abuelo mató al tuyo, tu papá se va a vengar del mío”. Y que, creo, es algo que hasta hoy persiste. Es una idea que no está muy lejos de la realidad.

–A sus recitales asisten jóvenes, adultos y hasta chicos de primaria. ¿Qué representa para ustedes todo esto y, además, tocar en el Luna Park?

F. B.: –La verdad, no nos importa cuánta gente vaya, sino cuánta gente haya escuchándonos. Nos preocupa la cara que pongan y si están disfrutando o no.

jueves, 27 de mayo de 2010

EZEQUIEL CUTAIA: Una linda oscuridad


Ezequiel Cutaia Es hijo de Carlos Cutaia, de Pescado Rabioso, y ahora se lanza como solista con "Solitaria felicidad".

Por: Guillermo Zaccagnini

UN VIAJE Y UN LIBRO DE JOYCE FUERON LOS QUE LO LLEVARON A LA CREACIÓN DEL DISCO, EN EL QUE TOCÓ TODOS LOS INSTRUMENTOS.

Los búhos no son lo que parecen". La revelación que tuvo el agente especial Dale Cooper en Twin Peaks se hace carne en la estética de Solitaria felicidad, el disco debut como solista de Ezequiel Cutaia. Porque si en la tapa aparece Cutaia de espaldas mirando las aves, en el disco prima una música con clima misterioso y lánguido con tanto de Lynch como de Syd Barrett. "Tampoco me gusta la mano John Cage, un acorde menor que dure media hora y eso es el tema. Me gusta el balance. Me interesa más que te tiren una punta, encontrás un lugar para pararte y después quedás en un lugar medio extraño. Me gusta más Blue Velvet que Inland Empire".

Si el adjetivo lyncheano quedó bastardeado en el mismo momento que se inventó como sinónimo de "no entiendo", la referencia sirve para entenderlo por el lado de la belleza enrarecida. Algo está podrido debajo de las canciones de Solitaria felicidad, un disco oscuro, pero cálido. "El balance lo busqué: me gusta la música tonal, me gustan las melodías simples que te pueden emocionar. Dentro de mi gusto y mi visión encontré armonía en un disco escuchable que puede ser raro para algunas personas. Bueno, depende la información que uno tenga adentro. Tal vez, un tipo que está acostumbrado a otras cosas te dice '¿qué onda, hermano?' y para otro no es raro. Para mí no es raro. Tiene algunos puntos que lo colocan en otro lugar, pero de alguna manera es un disco de canciones".

Cutaia tocó diez años en Open 24, junto con su hermano Lucas en lo que empezó como un cuarteto de funk y terminó como un trío más rockero. Es el hijo de Carlos Cutaia, ex Pescado Rabioso y ex La máquina de hacer pájaros. "Mis padres son músicos y en mi casa, cuando yo tenía 8, estaban tocando el piano, había gente tirada en el sillón con las páginas amarillas en la panza respirando por las lecciones de canto. A los 20 empecé a dedicarme más en serio, me puse a tocar el contrabajo, a estudiar música, armonía y qué sé yo. Pasé por un montón de cosas y ahora fue como empezar de cero y juntar todo lo que viví en todo este tiempo. Yo toqué en el Colón, en la fila de contrabajos en la orquesta, así que empecé al revés: primero lo serio y después la boludez. La boludez linda".

En Open 24, Cutaia usó textos de Walt Whitman para ponerle letra a la música como Syd Barrett hizo con Golden Hair, de James Joyce. Y la forma de trabajo se trasladó a Solitaria felicidad. "El disco empezó con un viaje que hicimos con mi mujer, al sur, a las montañas, y me fui con una guitarra, con un cuaderno en blanco. Me había comprado Chamber Music, un libro de poemas de Joyce. Y me di cuenta que el tema de Barrett salió de un poema de ese libro. Ahí empezó, el año pasado. Me despojé de todo, quise hacer algo bastante delirante, sin ningún parámetro de cómo tienen que ser las cosas, ni cuánto tienen que durar los temas. Bueno, se encontró algo medio experimental y viajero. Y con ese halo de misterio en todo el disco, que es una consigna que sigue a todos los temas".

Para el disco, Ezequiel tocó y grabó todos los instrumentos. "Pero yo soy contrabajista, el resto lo toco de oreja. No me considero un multiinstrumentista", dice. También hay un guitarrista invitado y un extracto de El arpegiador, un viejo tema de su papá. "Tengo muy buena relación y muy buen diálogo. Tengo una conexión importante con él. La verdad es que mi viejo no es Spinetta, no tengo ese karma 'no me vinculen con...', nah. Con mi papá tengo una relación musical desde siempre, yo toco con él desde los 20. Es lo más natural del mundo, o sea, es raro que él no esté en algo que hago yo. Lo tengo muy cerca y lo quise poner ahí". ¿Por qué solo? "En principio tampoco dije que quería hacer un disco todo solo. Lo empecé a bocetear y dije 'acá voy, acá estoy'. Siento que con este disco estoy empezando de nuevo y estaba bueno hacerlo solo para ver qué pasaba conmigo y también probarme en lugares que para mí son nuevos".