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domingo, 27 de noviembre de 2011

WILCO Y SU GIRA PRESENTANDO THE WHOLE LOVE.




El sexteto de Chicago acaba de publicar su último álbum de forma independiente, por eso todavía no tiene edición local. En su show en Frankfurt estremeció al público con un show intimista, pero con una variedad de estilos asombrosa.

Por Cristián Elena

  A esta altura no es aventurado imaginar que en algún momento del año próximo ese sucedáneo trotamundos llamado The Wailers vuelva a pisar Ezeiza para hacer cada vez más presente la ausencia de Bob Marley, o que Megadeth pase para poner a prueba la lealtad de sus fans argentinos nuevamente. Algunos integrantes de la miríada de artistas y bandas que la Argentina generosa recibe anualmente se han convertido en “gente de la casa” o algo así. Sin embargo, existen otros casos que parecen estar abonados al amague y al rumor en condicional, haciendo que la ansiedad entre sus fans argentos cotice alto. Wilco tal vez sea hoy en día el ejemplo más prominente. La pregunta sobre una posible presentación del sexteto de Chicago en la Argentina se ha repetido con avidez tras la edición de –por lo menos– sus últimos cuatro álbumes. Y, a juzgar por el show que Página/12 presenció en Frankfurt, Alemania, días atrás, tanta expectativa está totalmente justificada.
En la Alte Oper (finísima sala que solía ser parada obligatoria de Mercedes Sosa en sus giras europeas), Wilco invita al público a pasar a lo que debe ser una reproducción a escala del mítico loft que mantiene en su patria chica, incluida una porción generosa de las más de cien guitarras que –se dice– la banda acopia allí. Y es en esa intimidad de living donde Jeff Tweedy, con su look sempiterno de siesta reciente, aparece junto a sus compañeros (John Stirrat en bajo, Glenn Kotche en batería, Mikael Jorgensen en teclados, Nels Cline en guitarra y Pat Sansone en guitarra y teclados) para iniciar una excursión por su vasto repertorio con “One Sunday Morning”, que paradójicamente cierra el flamante The Whole Love.
Ya para el tercer tema (“Art of Almost”, también del nuevo disco) la banda ha revisitado todos los estilos en los que se ha tratado de encasillar su música: folk, progrock, pop beatle, krautrock y demás. Justo sería reconocer que, en más de quince años de trayectoria, Wilco ha logrado una amalgama que es la que pone a las bandas relevantes por encima del resto del pelotón: un sonido identificable, que sin falsa modestia pueden atribuirse como propio. En “One Wing”, otro punto alto del concierto, Jeff Tweedy canta “Eramos parte de un pájaro/ esto es lo que pasa al separarnos/ un ala sola no puede volar”, y define el final del amor con sobriedad y un dejo de ironía. Como en todas sus letras, es inútil buscar allí el gesto plañidero. Del mismo modo que resulta en vano buscar el eslabón débil en la aceitada cadena que conforman Tweedy y sus muchachos, porque tal cosa no existe: son seis músicos versátiles, que interactúan sin pisotearse y que, con frescura contagiosa, logran transportar al escenario la filigrana que es parte esencial de su trabajo en estudio.
Aun así, sería imperdonable soslayar la labor de Nels Cline, el comodín que lleva a la banda a dimensiones antes apenas anheladas. Cline, quien el año pasado sí visitó la Argentina con su trío, es un iconoclasta que conoce tanto los secretos del noise como el vocabulario de los maestros del jazz (incluso de aquellos que no eran guitarristas, como John Coltrane). Desde la ferretería de guitarras y pedales de efecto que inundan su rincón del escenario, atiende toda la variedad de climas que piden las canciones de Tweedy. En un momento puede ser el sutil encantador de serpientes que le exprime a su lapsteel los gemidos más dulces (“Black Moon”), para luego comandar los abrasadores raídes de ruido y disonancias que la banda suele lanzar sobre su propia música (no para destruirla, sino para demostrar que, detrás de lo que se percibe como caos, a veces se esconden otras formas de belleza). La dinámica “loudQUIETloud” es un campo que suelen arar otro tipo de bandas, lo cual no impide que Wilco la emplee con maestría. Tal vez el mejor ejemplo de la noche sea “Via Chicago”, que en el primer compás enciende la aprobación cómplice del público: Tweedy canta con una serenidad que roza la indolencia y, a sus espaldas, sus colegas irrumpen sin previo aviso, tocando la música atronadora que produce un edificio cuando cae por desidia, llevándose puesta la capacidad de asombro colectiva. En ese trámite, Tweedy no sale del modo “calma chicha” y hace pensar en aquel guerrero (zen, en este caso) que jamás detiene su marcha. Ver para creer. Escuchar para estremecerse.
A lo largo de dos horas habrán sonado las gemas jóvenes del nuevo disco como “Born Alone”, “Dawned on Me” y “Capitol City”, alternándose sin desentonar con infaltables de la talla de “I Am Trying to Break your Heart”, “Handshake Drugs”, “Jesus, Etc.” y “Hummingbird”. Pero la lista de temas también habrá tenido un espacio reservado para las rarezas que tocan un nervio especial en el fan cautivo: el turno –entre otras– de “Theologians” y “Box Full of Letters”. ¿Cuánto falta para que el público argentino pueda corroborar lo que desde muy lejos describe esta crónica? La respuesta tal vez esté en el título de esa pieza de cuño harrisoneano que Wilco toca salteado: “Nunca se sabe”.


Una temporada en el amor


La edición argentina de The Whole Love, el álbum que Wilco está presentando en su gira europea, es aún incierta. La banda de Chicago eligió el camino de la independencia creando dBpm Records, su sello propio. Es conocido (por lo ridículo) el trámite que en 2002 los llevó a fichar para el sello Nonesuch, luego de que Reprise Records rechazara el material de Yankee Hotel Foxtrot (y quien no lo conozca puede repasarlo en el excelente documental I’m Trying to Break your Heart). Detalle picante: tanto Reprise como Nonesuch eran subsidiarias de Warner Music.
La formación responsable de The Whole Love terminó de consolidarse en 2004, después de años de fluctuación de personal; al mismo tiempo, Jeff Tweedy lograba retomar control sobre sus tormentas personales. Desde afuera es aventurado precisar cuál de los procesos influyó en cuál. Lo cierto es que hoy las artes compositivas de Tweedy lucen soberbias y, al cruzarse con la destreza instrumental de sus colegas, generan sinergia pura. A los siete minutos de tensión con que abre “The Art of Almost” y los doce con que cierra “One Sunday Morning” no les sobra ni un segundo y dan cuenta de un estado de libertad absoluta. En el medio está todo lo demás: la gracia pop de “Born Alone” y “Standing O”, los aires de vodevil de “Capitol City”, la melancolía de “Black Moon” y “Rising Red Lung”, y –se vuelve inevitable la cita– rastros de un lenguaje amplio que Los Beatles crearon y cultivaron a partir de “Rubber soul”. Desde el título, Wilco pondera esta joyita como “el amor completo”; bien vale la pena entonces creerles a sus integrantes y prepararse para pasar una gratificante temporada en el amor.


jueves, 10 de junio de 2010

NELS CLINE, GUITARRISTA DE WILCO, TOCARA HOY EN LA TRASTIENDA CON SU TRIO



“A veces el virtuosismo es aburrido”

La multiplicidad de fuentes en las que abreva este músico de Los Angeles determina su sonido, en el que la sorpresa siempre es aliada: puede pasar del romanticismo al ruido, de la improvisación a la balada jazzera, y siempre encuentra una voz propia.






Por Roque Casciero

Initiate, su último disco al frente de Nels Cline Singers, sirve como muestra de la diversidad de intereses musicales y la versatilidad del guitarrista Nels Cline. En formato de trío instrumental, pasa de una balada jazzera hasta cierto punto “tradicional” a un track de noise rock llamado “Thurston County” porque a su autor le recuerda el trabajo de Thurston Moore, de Sonic Youth. Si a eso se le agrega que Cline es el guitarrista de Wilco, una de las mejores bandas de rock “alternativo” de la actualidad, y que suele trenzarse en cuanta sesión de improvisación se le pone por delante, el panorama cierra más. Y si encima se tiene en cuenta que las revistas especializadas en jazz lo llaman “antihéroe de la guitarra” o “el guitarrista más peligroso del mundo”, la idea termina de redondearse. Claro que él, a punto de debutar en Buenos Aires con sus Singers (el bajista Trevor Gunn y el baterista Scott Amendola, más la ex Cibo Matto Yuka Honda como tecladista invitada), descree absolutamente de esos rótulos, por más halagüeños que sean: “Lo único que hago es tocar lo que me gusta. Desde hace muchos años toco principalmente música que está basada en la improvisación y hasta cierto punto en el jazz, y luego empecé a tocar rock and roll, así que lo que hago es una especie de híbrido entre todo eso. No sé cómo eso afecta al mundo, pero es el modo en que me gusta expresarme cuando hago música”.

–Pero al tener tantas influencias diferentes, el público nunca sabe con qué va a encontrarse en el siguiente tema.

–Gracias, no lo hago a propósito (risas). Eso sucede porque cuando escucho música, y especialmente cuando lo hacía en mi juventud, siempre tengo una gran variedad de discos o voy a diferente tipo de conciertos. Creo que uso esos valores para hacer mi propia música, pero también trato de combinar cosas que para mí son naturales y otras que no son exactamente naturales pero que a mí me gustaría escuchar. Por eso combino elementos que tienen un feeling que trato de comunicar. El resto del concierto es lo que somos como grupo, espontáneos al improvisar. Tengo mi voz en la música, pero trato de sintetizar y dejar que todos tengamos una voz de modo igualitario. De ese modo, cualquier cosa puede suceder.

–Lo de tener voces individuales guarda cierta relación con el irónico nombre de su trío: son “singers” (cantantes) que hacen música instrumental.

–(Se ríe.) Es una buena metáfora. Igual, la idea del nombre era que fuera gracioso, como los Ray Conniff Singers, una especie de nombre genérico. Pero, para colmo, en Initiate empecé a usar mi voz en una especie de canto sin palabras, así que ahora hemos ensuciado el nombre de la banda: la ironía del nombre ya no es más irónica.

–¿Cómo desarrolló su estilo? Porque pareciera que incorporó cada pieza de información musical.

–Supongo que es mi personalidad: mis gustos no son consistentes, excepto en algunos pocos casos. Cuando era chico, a fines de los ’60, empecé escuchando rock psicodélico y blues rock, y también algo de pop y soul de la época. Tenía 12 o 13 años en un momento maravilloso y muy colorido para empezar a interesarte en los sonidos. Eso ha permanecido conmigo durante toda mi vida, eso sí ha sido consistente. Y esa creatividad y exploración que había en esa época fue lo que me llevó, junto a mi hermano gemelo, que es baterista, a artistas como Weather Report, Herbie Hancock y Miles Davis y durante un tiempo a grupos de rock progresivo como King Crimson o Yes. La combinación de esas dos informaciones musicales ya es mucho, ¿no? Pero después, en los ’70, me interesé en Rob Tyner, John Abercrombie e improvisadores como Anthony Braxton o el Art Ensable of Chicago. Escuchábamos toda esa música y tratábamos de decidir qué hacer con nuestro propio vocabulario, que en mi caso era bastante limitado porque no había tenido entrenamiento. Sólo era un tipo con una guitarra al que le gustaban todas estas cosas y que no sabía cómo juntarlas. Además, mucha de la música de improvisación y de jazz de ese momento no tenía guitarra, así que trataba de imaginar cómo ese instrumento podía contribuir a esa música. Así fue como mi instinto o lo que sea creó el estilo que tengo hoy.

–¿Y el rock?

–Ciertamente, mi estilo actual también recibió la influencia de Sonic Youth, Television, DNA y bandas así. Quizás en eso está la diferencia, por eso es que no sueno como John Abercrombie o John Sco-ffield. Me interesan también los guitarristas que piensan en el instrumento como sonido puro. Como los hago para el público, en mis discos y conciertos siempre hay variedad, en cualquier set hay composiciones e improvisación, música ruidosa y tranquila, de todo, y trato de buscar un balance. Sin embargo, creo que, en cierto sentido, sólo toco para mí.

–Además de tocar en Wilco, que tiene una agenda bastante ocupada, usted parece estar involucrado en muchísimos proyectos. Debe ser difícil incluso para usted seguirle el rastro a sus grabaciones.

–En realidad, soy terrible para eso. No llevo registros, sólo de mis discos. El resto son colaboraciones, trabajos que hago como sesionista o lo que llamo “lanzamientos accidentales”: alguien dice “tengo esta grabación en vivo y quiero publicarla”, y le contesto “¡Ok!” Hay decenas de sesiones publicadas de las cuales me olvido. Pero, bueno, me siento muy afortunado de participar en tantos proyectos interesantes. No hago todos los que quisiera porque lo principal es tocar con Wilco. Pero incluso si no estuviera tan ocupado con la banda, estoy tratando de encontrar una vida más allá de tocar la guitarra, aunque me resulta difícil rehusarme a la oportunidad de tocar con mis camaradas.

–¿Cómo se retroalimentan todos estos proyectos?

–Al tocar siento un placer infantil, hasta tonto. Me rejuvenece tocar, nunca hago cosas que siento como una carga. Este año tenemos shows con los Singers y con el Cellestial Septet (los Singers más un cuarteto de saxofones), con el trío Sons of Champignon (junto a Tim Berne y Jim Black), a dúo con Yuka Honda y con Scarnella (dúo con la cantante Carla Bozulich, con quien tocara en The Geraldine Fibbers). Y Wilco, obviamente. En todos puedo abordar aspectos diferentes de la interpretación. Es muy inspirador poder contribuir y compartir esos momentos con la gente con la que toco. A veces puede ser agotador emocionalmente no estar en casa durante mucho tiempo, pero tampoco es para tanto. Hace unos años andaba con mi auto por toda la costa oeste ganando un par de cientos de dólares, peleándola, y no me iba tan bien. Ahora las cosas son mucho más fáciles y puedo concretar muchas cosas que quiero hacer, así que me siento muy afortunado. Además, la gente con la que toco son mis amigos.

–Para alguna gente, en Wilco usted es el que agrega cosas locas. Sin embargo, algunos de sus solos son muy melódicos.

–Lo que hago en Wilco es tratar de encajar en lo que está sucediendo: no me interesan el feedback ni las escalas locas si no son apropiadas con la canción. A veces Jeff Tweedy (cantante y líder de Wilco) trae una canción hermosa, yo toco algo muy simple y él me dice: “Sonás muy reverente, hagamos quilombo”. Y a partir de eso cambiamos la canción. A él le gusta hacer eso, tener cierta discordancia para transformar la música. Así que, básicamente, no creo que mi rol sea diferente al de cualquier otro: soy parte de la orquesta. Si se requiere que haga un solo de guitarra muy melódico o dejar la canción hecha jirones, voy a hacer lo mejor posible.

–Usted dijo en una entrevista que tocar la guitarra no le resultaba fácil. ¿No estaba siendo demasiado modesto?

–No, es muy duro. No creo que tocar rock and roll me resulte necesariamente difícil, pero sí tocar música como la que hacían Wes Montgomery, Rob Tyner o Jim Hall. Creo que no tengo la disciplina necesaria para ser tan bueno. Por otra parte, encarar ciertas bifurcaciones estilísticas supusieron un gran dilema para mí cuando era más joven. En algún momento casi abandono completamente por pura desesperación: no estaba nada feliz tratando de decidir qué hacer. Pensé en tocar otro instrumento y estuve a punto de decidirme por el bajo acústico, lo cual hubiese sido un terrible error, porque es muy difícil transportarlo en los viajes (risas).

–Pero, ¿puede imaginarse sin tocar la guitarra?

–Ya no, pero sí en ese entonces, porque no estaba nada feliz. No es que no amara la guitarra: una de las razones por las que entré a Wilco es que soy un fan del instrumento, aunque eso no quiere decir que ame mi forma de tocar. Me gusta ser capaz de encajar en Wilco, que es una banda de guitarras muy cool. Eso es algo que nunca me hubiera imaginado cuando tenía 14 años y escuchaba a los Allman Brothers. Pero, volviendo a su pregunta anterior, sí me resulta difícil. Lo que sinceramente puedo decir sobre mi forma de tocar es que intento hacer cosas que resuenen emocionalmente. Mi mayor conexión con el sonido es que tenga cierta clase de sentimiento. A veces el virtuosismo es demasiado aburrido.