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sábado, 24 de abril de 2010

LA GRAN DIONNE WARWICK EN BUENOS AIRES




LAS MIL Y UNA NOTAS


Por Juan Andrade


“Como un barco en miniatura dentro de una botella.” Con esa metáfora, Burt Bacharach definió ese prodigio de la naturaleza que Dionne Warwick conserva a la altura de sus cuerdas vocales. “Cuando canta con suavidad, tiene un tremendo lado fuerte y también una delicadeza única”, agregó el cantante, compositor y productor allá por 1967, cuando su alianza artística con la muchacha de los barquitos marchaba viento en popa y, hit tras hit, se erigía en una de las sociedades más fructíferas en la historia de la música popular. Esencialmente, son esas mismas canciones firmadas por la dupla Bacharach-Hal David y grabadas por Warwick las que pavimentan su llegada al país, para interpretarlas en vivo la noche del 20 de abril en el Gran Rex. Y ella larga la carcajada al otro lado del teléfono cuando se le pregunta cuántas fueron en total. “¡Oh, my goodness!”, exclama en su idioma natal antes de reírse nuevamente, ya tentada. “Bueno, digamos que fueron algunas pocas... No, en serio, ¡no tengo ni la menor idea!”.

Convertida en una leyenda viva de la corriente de raíz afroamericana que hoy cubre el mapa sonoro de Estados Unidos y mucho más allá también, esta señora que a fin de año alcanzará las siete décadas se toma las cosas con más sabiduría que calma. “Es maravilloso cuando se habla de mí como una voz ‘clásica’. Y, después de todos estos años, creo que de algún modo lo soy”, observa. Entonces confiesa cuál es la fórmula secreta para armar una lista de temas a partir de una cantidad casi infinita de posibilidades, una que seduzca a su audiencia pero que al mismo tiempo no la condene al embole de repetirse eternamente a sí misma: “Preparo cada show con bastante anticipación. Y elijo canciones con las que el público está muy familiarizado, las que ellos vienen con ganas de escuchar y que, a esta altura, ya forman parte de mi vida. Y también elijo otras que quizá no se esperan que haga, pero que tengo ganas de cantar porque me resultan emocionantes y refrescantes”.

En su lista de éxitos se anotan “Walk on by”, “I Just Don’t Know What To Do with Myself”, “I Say A Little Prayer”, “Heartbreaker” (resultado de su colaboración con Barry Gibb de los Bee Gees a comienzos de los ‘80, en plena fiebre disco), “That’s What Friends Are for” (registrado junto a Gladys Knight, Elton John y Stevie Wonder, para recaudar fondos en la investigación del VIH) y tantísimos otros que se metieron de cabeza en el Top 10 de su época, a un lado y al otro del Atlántico. Hoy se los reconoce al toque, junto con su voz. Warwick fue una de las figuras centrales del universo pop de su tiempo; sus grabaciones se escuchan casi como si fueran standards y se la promociona como una “diva del soul”, pero su figura trascendió más allá de los rankings, su registro no se amoldó a los cánones del jazz ni tampoco se conformó con ocupar un lugar de privilegio en el reino del R&B. ¿Cómo definiría a su estilo? “Soy una cantante de música hermosa. No podría categorizarla”, contesta. Así llegó a su primer Grammy en 1968, de la mano del single “Do You Know The Way to San José?”.

A pesar del largo camino recorrido, Warwick no se olvida de sus orígenes. Y no es una simple frase hecha, como lo demostró en Why We Sing, uno de sus discos más recientes. Fechado en 2008, el álbum cuyo título se podría traducir como “Por qué cantamos” documenta su vuelta al gospel después de casi medio siglo. Siendo una niña de apenas seis años, ya se lucía como solista en el coro de la iglesia baptista de Newark, Nueva Jersey, a la que asistía junto a su familia. La mayoría de edad la encontró presentándose con su grupo The Gospelaires en el mítico teatro Apollo de Harlem. “Un hombre entró corriendo frenéticamente en el backstage del Apollo y dijo que necesitaban coristas para una sesión con Sam ‘The Man’ Taylor. Y fuimos derecho para ahí. Ojalá me acordara el nombre de esta persona, porque fue el responsable del inicio de mi carrera”, se lamenta. “Por eso grabar Why We Sing fue una experiencia maravillosa”, agrega. “El gospel siempre va a ser mi primer hogar. Nací cantando gospel. Pero después me preparé y estudié para tocar el piano y para cantar y entender las letras. Seguí adelante con mi propio viaje”, dice la cantante que en 1973 obtuvo su doctorado en Música por el Hartt College of Music de Hartford, Conecticutt.

Fue durante una de aquellas primeras experiencias como corista con The Drifters, mientras el grupo vocal le daba forma a “Mexican Divorce”, que Bacharach paró su oreja de songwriter y productor afilado al intuir el potencial de esa joven que ya se destacaba por su talento. “Lo conocí en la primera sesión que compartimos, no sabía nada sobre él antes de ese momento. Y ahí me sugirió que podíamos hacer una prueba”, cuenta. “Me acuerdo muy bien de todo lo que pasó durante la sesión. El había escrito una canción para otro grupo, y me dijo: ‘Vamos a hacer ésta’. Y entramos al estudio a grabarla. También estaba por ahí Hal David, que era una persona muy educada y muy talentosa a la hora de hacer su trabajo. Así empezó todo”, cuenta la protagonista de la historia. El primer single compuesto y producido por la dupla BacharachDavid para Warwick, “Don’t Make Me over”, se lanzó en 1962 y un año más ya era un hit. Luego vendrían otros. Y otros más. “Me encantaría poder decir que nos imaginábamos lo que iba a pasar, pero no creo que nadie haya pensado entonces: ‘Esta combinación va a funcionar’. Llevó años de trabajar juntos conseguir lo que conseguimos”, confiesa. No sólo a partir de su trabajo con BacharachDavid, sino también con otros autores y productores, Warwick le cantó al amor de todas las formas posibles, a lo largo de casi medio centenar de discos y mil y una canciones. ¿Qué debe tener un tema para que ella quiera imprimirle el sello de su voz? “Primero leo la letra, porque tengo que creer en lo que dice. Y después, fundamentalmente, me tengo que sentir atraída para cantarla. Después de todo, las canciones me han hecho ser quien soy.”

miércoles, 24 de marzo de 2010

SERRAT VUELVE A CANTAR A MIGUEL HERNANDEZ



Siempre se vuelve al primer amor

En el año del centenario del nacimiento del poeta al que musicalizó en sus comienzos y que lo convirtió en un abanderado de la memoria de la República, los caídos de la Guerra Civil, la resistencia contra el franquismo y los olvidados del exilio, Joan Manuel Serrat vuelve a Miguel Hernández. Y lo hace de gran modo. María Rosa Lojo recorre el impacto de ese poeta, de su generación y de aquel disco en España y la Argentina.





Hernández en el Mediterráneo: fotografiado en Cartagena (Murcia) en 1933.

" Hijo de la luz y de la sombra"

Por María Rosa Lojo

El diáfano y oscuro Miguel Hernández, poeta extremo del amor y de la muerte, nació en 1910, en Orihuela, dentro de una familia de pequeños criadores de ganado, y murió en 1942 en una prisión de Alicante. Tras un fracasado intento de fuga a Portugal, al concluir la Guerra Civil Española con la derrota de la República, había sido primero condenado a la ejecución por su notoria actividad política. Luego se le conmutó esta sentencia por treinta años de cárcel que –enfermo de tuberculosis– no llegaría a cumplir. Menos de una década le había bastado para dejar una obra extraordinaria, que enhebra, entre otros, los títulos Perito en lunas, El rayo que no cesa, Quién te ha visto y quién te ve, Viento del pueblo, Cancionero y romancero de ausencias. Su poética relee y reescribe a los líricos del Siglo del Oro (como la de los autores de la generación del ’27, donde lo ubican unos, mientras que otros lo hacen en la del ’36). En cualquier caso, el único e inclasificable Miguel Hernández cruza este legado con potentes y audaces imágenes surrealistas.

En 1972, un joven cantautor catalán decide musicalizar algunos de los poemas de Hernández. Ya había emprendido una tarea similar tres años antes, con la obra de Antonio Machado, en un álbum que trascendió largamente las fronteras de España. Joan Manuel Serrat soportaba entonces el poco eficaz silenciamiento de la censura franquista. Aunque estaba prohibido promocionar su obra por los medios de prensa y difusión, los españoles seguían comprando sus discos. Se convirtió en frecuente visitante de Sudamérica y de la Argentina en particular a partir de ese tributo machadiano, y logró ser muy pronto uno de los afortunados artistas bendecidos simultáneamente por el gran éxito de público y la aprobación de la crítica.

Serrat cuenta, en la edición mexicana de su primer homenaje a Hernández, cómo lo descubrió en las “maravillosas ediciones” de Austral que llegaban desde la Argentina. Nuestro país le devolvió con creces esa gratitud. Todo en Serrat nos resultaba atractivo: su estilo innovador, que le ponía ritmos y melodías personales a la gran poesía española del siglo XX, en castellano y en catalán, sus elecciones temáticas, su juventud contestataria, su posición coherente contra el régimen franquista, que lo llevó incluso a tener pedido de captura y a permanecer en obligado exilio en México durante un año. En todo el período que, desde 1969, precedió a la muerte de Franco y al golpe militar del ’76, las nuevas generaciones de argentinos descubríamos a un tiempo la música de Los Beatles, el folklore nacional, la teología de la liberación, y la literatura y la filosofía en general.

Serrat, a la vanguardia de ese presente, reconstituía los vínculos con una España entrañable, sumergida durante el franquismo, y que ya había llegado a la Argentina a través del rico aporte de los exiliados, pero no era difundida tanto ni tan popularmente como hubiera podido esperarse. El abrió las puertas hacia la comprensión admirativa, por parte de los más jóvenes, de los ideales de la República y de sus héroes (ejecutados, encarcelados dentro de su patria o fuera de ella, en la invisible prisión de su nostalgia). Pero también anticipó, como su implícito embajador, vocero y representante, la España que vendría inmediatamente después. La de la transición democrática, la de la reivindicación de las libertades, la que comenzaría su largo proceso de integración con Europa. El “Nano” (como se lo llamó y se lo llama entre nosotros), con su Alberti, su Hernández, su Machado, su Cernuda, sin restarles jerarquía artística (por el contrario, añadiéndoles el plus de su propia creatividad), nos hizo (re)conocer una poesía memorable y también una agenda ética, en un clima de ebullición social, marcado por los debates intelectuales y, crecientemente, por la violencia política.

En el primer álbum, Serrat había seleccionado diez poemas: “Menos tu vientre”, “Elegía”, “Para la libertad”, “La boca”, “Umbrío por la pena”, “Nanas de la cebolla”, “Romancillo de mayo”, “El niño yuntero”, “Canción última” y “Llego con tres heridas”.

En el segundo recoge trece: “Uno de aquellos”, “Del ay por el ay por el ay”, “Canción del esposo soldado”, “La palmera levantina”, “El mundo de los demás”, “Dale que dale” (del poema original “Silbo del dale”), “Cerca del agua”, “El hambre”, “Tus cartas son un vino”, “Si me matan bueno”, “Las abarcas desiertas”, “Sólo quien ama vuela” e “Hijo de la luz y de la sombra”.

No hay repeticiones de textos y tampoco de estilos fuera de lo que es lógico, tratándose del mismo poeta y el mismo músico. El análisis de Agustín Sánchez Vidal, en El País, destaca que Serrat ha buceado en zonas de la obra del poeta recuperadas para el libro en los últimos años (desde su muerte hasta 1992, en que aparecieron las Obras completas, el material impreso y reunido de Hernández se quintuplicó), y marca asimismo la variedad y la riqueza en la musicalización, que incluye elementos del folk, del son cubano, del flamenco.

Ambas selecciones conforman una muestra seductora de la poesía hernandiana y sus “tres heridas”: la de la vida, la de la muerte, la del amor. Ecos de la copla, del romance, de la anónima voz popular se entrelazan con metáforas arriesgadas y exquisitas, que tocan siempre, infalibles, el límite de la experiencia. Algunos nudos temáticos: el varón en guerra por la libertad amenazada, la espera de las cartas de la esposa, que son como el vino, la reverencia ante el misterioso poder germinativo y erótico del vientre femenino, el dolor indignado ante la humillación de una clase condenada desde la niñez (que une “El niño yuntero” con “Las abarcas desiertas”), el vuelo liberador de la pasión que todo lo puede.

Esta última selección es más representativa de lo que podría considerarse como el centro simbólico de la cosmovisión de Hernández: la materialidad trascendente del cuerpo. Aun pulverizado, destruido, descompuesto, el cuerpo es sagrado porque guarda como una escritura indeleble, en la memoria más profunda de las células, la imagen del amor que se encarna, finalmente, en el “Hijo de la luz y de la sombra”. Serrat elige sólo algunos versos de ese extenso poema, prefiriendo los que describen la pasión de los esposos, como: “Daré sobre tu cuerpo cuando la noche arroje / su avaricioso anhelo de imán y poderío” (...) “Pide que nos echemos tú y yo sobre la manta, tú y yo sobre la luna, tú y yo sobre la vida”.

Pero vale la pena recordar también el magnífico cierre de esta composición en tres partes, que nos remite al poeta de “Nanas de la cebolla”, el que después de haber sufrido la muerte del primer hijo, sabe, en la cárcel, que su mujer tiene sólo pan y cebolla para alimentarse mientras amamanta al segundo. A pesar de todo, insiste tercamente la poesía, “aún tengo la vida” (“Para la libertad”). Por sobre la indigencia y el desamparo totales triunfará la esperanza de ese legado: “Con el amor a cuestas, dormidos y despiertos, / seguiremos besándonos en el hijo profundo./ Besándonos tú y yo se besan nuestros muertos, / se besan los primeros pobladores del mundo”.

Si Serrat contribuyó decididamente a la difusión popular de Hernández y otros autores españoles que fueron sus contemporáneos y sus hermanos en la sensibilidad, la poesía argentina, desde la generación del ’70 en adelante, no acusó demasiado recibo de este impacto. Mucho más cerca de Hernández, en cambio, están los poetas del ’60, como Juan Gelman, Miguel Angel Bustos, Juana Bignozzi y sobre todo, quizá, la intensa y aterciopelada Nira Etchenique, tanto menos conocida: “Sin embargo recuerdo / Un cuarto piso / Gorriones que venían con espejos / Un suave olor a nardo / Un suave olor a sexo / Un suave olor a noche / Un suave, suave, suave / Un suave olor a humano / Entonces las ventanas se abrían como madres / Y el cigarrillo ardía / Y ardía la campana, la lámpara, el abismo / Del muslo que gemía, del labio que quemaba / Del áspero silencio sangrando boca arriba”.













Todos ellos se vinculan con Hernández por el fuerte compromiso político que afectó radicalmente sus vidas y determinó, en algunos casos, sus muertes. Pero no se trata sólo de eso sino de estéticas afines: una diafanidad musical de la lengua, una entrega sin retaceos de la palabra al mundo y a los otros, con fervorosa confianza en su poder movilizador y conmovedor. No temen a la expresión desembozada de las pasiones –visceral, violenta, luminosa–, ni a la desmesura de esas pasiones que pueden modificar la realidad hostil. Es así, tensando hasta lo insoportable el registro pasional, exacerbando la fuerza del deseo, apostando por el exceso, como se realiza en plenitud la experiencia vital, en lo acerbo y también en lo dulcísimo. Dice Juan Gelman: “Un hombre deseaba violentamente a una mujer, / a unas cuantas personas / no les parecía bien, / un hombre deseaba locamente volar, / a unas cuantas personas les parecía mal, / un hombre deseaba ardientemente la Revolución / y contra la opinión de la gendarmería / trepó sobre los muros secos de lo debido, / abrió el pecho y sacándose / los alrededores de su corazón, / agitaba violentamente a una mujer, / volaba locamente por el techo del mundo / y los pueblos ardían, las banderas” (“Opiniones”, Gotán, 1962).

No temen tampoco estos poetas, ciertamente, a esas palabras-cliché (corazón, alma), gastados vehículos de la afectividad y la interioridad, que toman para darlas vuelta y que saben renovar de manera deslumbrante. Dice Hernández: “Ayer, mañana, hoy / padeciendo por todo / mi corazón, pecera melancólica, / panal de ruiseñores moribundos. / Me sobra corazón. / Hoy descorazonarme, / yo el más corazonado de los hombres,/ y por el más, también el más amargo” (“Me sobra el corazón”, Poemas sueltos).

Se ha dicho que la pena es un tema central de la poesía hernandiana. Recurre en ella, sin duda, pero nada sería más equivocado que asociarla a una suavidad melancólica. Es una pena visceral, de cante jondo, que traspasa la médula. No implica disminución del tono y la temperatura vitales sino, más bien, estallido y apogeo. La potencia es la clave de sol en la cual se inscribe toda esta poética. Potencia verbal y erótica, que elige como imágenes la sangre y el fuego; sensibilidad desollada y rabiosamente viva, capaz de transformar la desesperación en fe: “Soy una abierta ventana que escucha / por donde va tenebrosa la vida. / Pero hay un rayo de sol en la lucha / que siempre deja la sombra vencida” (Poemas últimos).

Miguel Hernández fue en mi adolescencia un “poeta de cabecera”. Hoy día, lejos de haber perdido actualidad para mí, la ha acrecentado. En la madurez, cuando todos, o casi todos, podemos afirmar con él “pintada, no vacía, / pintada está mi casa / del color de las grandes pasiones y desgracias”, el valor ético y estético de sus versos se multiplica. Lejos de la ingenuidad, su “dejadme la esperanza”, resuena en lo profundo de la memoria y sus decantados dolores como la afirmación de una palabra trasfundida en ser que, a pesar de todo, resiste frente al destino.

miércoles, 10 de marzo de 2010

DISCOS: IRM, OTRO DELICIOSO DISCO DE CHARLOTTE GAINSBOURG



Papá Serge estaría orgulloso

En su tercer álbum, la cantante y actriz puso su voz y sus vivencias en manos de un declarado admirador de su padre: Beck. El rubio californiano recupera la impronta del francés más provocador y hace sentir a la dama como en casa.

Por Roque Casciero


Durante mucho tiempo, Charlotte Gainsbourg le rehuyó a la música: la sombra de su padre, el gran Serge, era demasiado opresiva como para que se sintiera cómoda frente a un micrófono. La dama, hija también de la cantante y actriz Jane Birkin (la de los suspiros orgásmicos en “Je T’aime Moi Non Plus”), encontró más placer en la actuación, hasta que un cruce fortuito con sus compatriotas de Air le abrió las puertas a esa carrera que ya había olvidado (su padre le había producido un disco en los ’80). La dupla del french touch, más el productor Nigel Godrich (Beck, Radiohead) y el ex Pulp Jarvis Cocker, le ayudaron a dar forma al hermoso 5:55, aparecido en 2006. IRM, segundo álbum de la vida adulta de Charlotte, también la encuentra bien arropada por un gainsbourgófilo de primera: Beck. Y, otra vez, la dama puede poner su voz chiquita, casi susurrante, a veces atractivamente desapasionada, en un disco que haría sentir orgulloso a papá Serge.

Las líneas que se cruzan son tantas que, finalmente, uno se cuestiona por qué el álbum sólo lleva el nombre de la chanteuse. Porque bien podría ser un disco de Beck –que compuso y produjo todo el material y canta en el hitazo “Heaven Can Wait”– intentando pisar en las huellas de Serge Gainsbourg, con la presencia de la hija de éste como motivación. De allí ciertas orquestaciones, cierto pulso irreverente para intentar construir canciones de un pop maduro, profundo. Pero, por otra parte, Charlotte no sólo es central en el álbum por su garganta y su interpretación íntima: sin ella, estas canciones no tendrían sentido, ya que Beck las compuso en base a vivencias que ella le transmitió. De hecho, el nombre del álbum es la abreviatura de “imágenes de resonancia magnética”, un procedimiento médico que Charlotte debió pasar una veintena de veces después de sufrir una hemorragia cerebral tras un accidente. Mientras la máquina escaneaba su interior, ella se preguntaba si en el resultado aparecerían sus recuerdos y disfrutaba de los sonidos del aparato como verdadera música. Beck, rápido de reflejos, sampleó esos ruidos y los usó como ambiente sonoro del temazo que da nombre al álbum.

En el cover “Le Chat du Café des Artistes”, del canadiense Jean-Pierre Ferland, Beck pisa el palito y se acerca al “tributo a Serge Gainsbourg” (lo cual debe ser muy tentador teniendo cerca a su semilla), sensación que se repite en “Time of the Assassins”. En otros temas, en cambio, le permite a Charlotte moverse con elegancia y abandono en contextos de blues glamoroso (“Dandelion” tiene algo de T-Rex) o postpunk enfático (“Trick Pony”, “IRM”). Lo más “Serge” del disco son los usos particulares de la percusión, que llevan a Charlotte a convertirse en casi el único sostén melódico. Eso sucede en “Master’s Hands”, que abre el disco, y también en “Voyage”, con tambores africanos y una sección de cuerdas que ataca imprevistamente. ¿Se sentiría cómoda la cantante en un contexto diferente, en el que nada recuerde a su padre? Es probable que no, y que por eso elija trabajar con músicos que lo admiraron. A esta altura, es difícil precisar dónde termina el mundo creado por Serge y dónde empieza el que transita Charlotte, pero esto no le escapa a la lógica de la sangre. Además, ¿cabe cuestionar tanto cuando los resultados son tan encantadores como IRM?



viernes, 5 de febrero de 2010

CAROLE KING: Nació el 9 de febrero de 1942


Carole King (n. 9 de febrero de 1942) es una cantante, pianista y compositora estadounidense. Su época de mayor actividad como cantante fue durante la década de los 70, si bien tanto antes como después ha tenido considerable aceptación como compositora. King ha ganado cuatro premios Grammy y ha sido incluida en el Salón de la Fama del Rock (Rock and Roll Hall of Fame) y en el Salón de la Fama de los Compositores (Songwriters Hall of Fame) por su trabajo, junto con su compañero Gerry Goffin.

Biografía

Carole King nació en 1942 en Brooklyn, un barrio de Nueva York, en el seno de una familia judía. Su nombre era Carole Klein. Empezó a estudiar piano y comenzó a cantar, formando parte de un cuarteto vocal llamado The Co-Sines en su instituto, el James Madison de Nueva York.

Pasó a estudiar en el Queens College, donde fue compañera de clase de Neil Sedaka, quien le dedicó la canción "Oh, Carol", que fue su primer gran éxito. Ella, a cambió le escribió una canción de tornada, llamada "Oh Neil". Mientras estudiaba en el Queens College, trabó amistad con Paul Simon y Gerry Goffin.

Goffin y King pronto formaron una asociación en la composición, que devino en matrimonio, cuyo fruto son dos hijas: Louise Goffin y Sherry Goffin Kondor, las cuales también son cantantes.

Mientras trabajaba en el famoso Brill Building, donde actuaron muchas de las estrellas de éxito en la década de los años 1960, la pareja Goffin-King obtuvo su primer éxito con "Will You Still Love Me Tomorrow", grabado por The Shirelles y que entró en las listas de éxito en 1961 y más tarde tuvo diferentes versiones de Dusty Springfield, Laura Branigan, Little Eva, Roberta Flack, y de la misma Carole King. Otros éxitos de la pareja han sido:

* "Take Good Care of My Baby" (Bobby Vee y más tarde Dion, Bobby Vinton, Stephen Collins y Smokie)
* "The Loco-Motion" (Little Eva, y luego Grand Funk Railroad, Tina Turner, Kylie Minogue y Dwight Yoakam)
* "One Fine Day" (The Chiffons y más tarde Aaron Neville, Rita Coolidge y Natalie Merchant así como la propia King, en 1980)
* "Pleasant Valley Sunday" (The Monkees)
* "Porpoise Song" (The Monkees)
* "Some Kind of Wonderful" (The Drifters; no confundir con el éxito de Grand Funk Railroad)
* "Up on the Roof" (The Drifters, Laura Nyro, Billy Joe Royal, James Taylor, Neil Diamond, Peter Cincotti y más tarde la propia Carole King )
* "Chains" (The Cookies, y luego The Beatles)
* "Don't Say Nothing Bad About My Baby" (Cookies)
* "(You Make Me Feel Like) A Natural Woman" (Aretha Franklin y también Mary J. Blige, Laura Nyro, Patti LaBelle, Rod Stewart, Céline Dion, y la propia Carole King).
* "Don't Bring Me Down" (The Animals)
* "Hi De Ho" (Blood, Sweat & Tears)
* "Oh No Not My Baby" (Maxine Brown, Manfred Mann, y más tarde Rod Stewart y Linda Ronstadt entre otros)
* "Wasn't Born to Follow" (The Byrds)
* "Hey Girl" (Freddie Scott, y más tarde Donny Osmond y Billy Joel)
* "I'm into Something Good" (Ethel "Earl-Jean" McCrea de The Cookies, luego también Herman's Hermits)
* "Go Away Little Girl" (Steve Lawrence y más tarde Donny Osmond)
* "Time Don't Run Out On Me" (Anne Murray)
* "He Hit Me (And It Felt Like a Kiss)" (The Crystals)
























Además, en 1965 la pareja Goffin y King escribieron el tema de introdución de la serie de televisión de Sidney Sheldon, I Dream of Jeannie, pero la canción fue rechazada en favor de un tema instrumental compuesto por Hugo Montenegro.

Mientras, la carrera de Carole King como cantante avanzaba lentamente, esperando encontrar su momento. Tuvo un modesto éxito cantando una de sus propias canciones en 1962: "It Might As Well Rain Until September" (que alcanzó el número 22 en las listas estadounidenses y llegó al top 10 en Reino Unido, convirtiéndose más tarde en un éxito en Canadá pero de la mano de Gary & Dave). sin embargo, "He's a Bad Boy" sólo llegó al puesto 94 in 1963, y King no volvió a entrar en la lista de los cien singles más vendidos en los ocho años siguientes.
Primer divorcio y formaciones

Después de intentar sin éxito lanzar su carrera en solitario, Carole King apoyó a una incipiente discográfica, Tomorrow Records, mientras en lo personal se divorciaba de Goffin y se casaba con Charles Larkey (del grupo Myddle Class).

Trasladados a la costa oeste de su país, Larkey, King y Danny Kortchmar formaron un grupo llamado The City, con el que grabaron un álbum Now That Everything's Been Said, que fue un fracaso comercial. Entonces King grabó en solitario Writer (1970), que fue otro fracaso en ventas.
Tapestry y el inicio de una carrera exitosa
Sin embargo, la publicación de Tapestry al año siguiente fue una inflexión total en su carrera, ya que el álbum fue un gran éxito. Lleva más de 10 millones de copias vendidas y es uno de los 15 álbumes más vendidos de los años 1970.

Inmediatamente Tapestry obtuvo el reconocimiento de la crítica y del público, aclamado y considerado como uno de los álbumes que marcó el comienzo de los años 1970 y a una generación.

Con numerosos éxitos como singles, Tapestry permaneció en las listas de éxito durante cerca de seis años, vendiendo más de 10 millones de copias y siendo el álbum más popular de King tanto entre sus fans como para la crítica. El álbum ganó cuatro premios Grammy.

Music (1971), Rhymes and Reasons (1972) y Wrap Around Joy (1974) fueron los álbumes que siguieron a Tapestry, que fue situada en el puesto 36 de la lista de los 500 mejores álbumes de todos los tiempos por Rolling Stone.

En 1973, Carole King dio un concierto con entrada libre en Nueva York, en el Parque Central de esta ciudad, batiendo todas las plusmarcas de asistencia en este tipo de eventos, con más de 100.000 personas. (Este récord fue roto posteriormente en 1981 por Simon and Garfunkel, con 500,000 personas.)

Goffin y King se unieron de nuevo para componer Thoroughbred, que vio la luz en 1975, álbum para el que contó con la colaboración de David Crosby, Graham Nash y James Taylor, quien era un viejo amigo de Carole. Ese mismo año, Carole compuso varias canciones para Really Rosiem una producción de animación para televisión de Maurice Sendak.

Carole se casó de nuevo y de nuevo con un compañero en la composición, Rick Evers, tras grabar su siguiente álbum Simple Things en 1977. Rick Evers murió de sobredosis de cocaína un año después.

Tras grabar Speeding Time en 1983, se trasladó a Idaho, tomando unas vacaciones en las que destacó como activista en favor del medio ambiente.

Carole volvió a la música tras seis años de retito, en 1989, grabando City Streets, álbum al que siguió Color of Your Dreams en 1993, en el que colaboró Slash, el guitarrista de los Guns N' Roses. Por otra parte, su canción "Now and Forever" aparece con los títulos de crédito de la película de 1992 A League of Their Own.

En 1995, un abultado rol de estrellas consagradas de la música rindió homenaje a Carole grabando el álbum Tapestry Revisited: A Tribute to Carole King. De este álbum salieron algunos éxitos en las listas, como la versión de Rod Stewart de "So Far Away" y la que Celine Dion hizo de "A Natural Woman". Otros artistas que aparecieron en el álbum fueron Amy Grant ("It's Too Late"), Richard Marx ("Beautiful"), Aretha Franklin ("You've Got a Friend"), Faith Hill ("Where You Lead") o los Bee Gees ("Will You Still Love Me Tomorrow?").



















Además de las numerosas versiones con éxito de sus canciones con Gerry Goffin y de Tapestry Revisited, muchas otras versiones de los trabajos de Carole han ido apareciendo a lo largo de los años. Una de las más versionadas es "You've Got a Friend" un éxito inolvidable en la voz de James Taylor en 1971 (justo dos semanas antes de que la canción "It's Too Late", de Carole, fuera número uno durante cinco semanas en el Billboard Hot 100) y de nuevo éxito en las listas cantada por Roberta Flack y Donny Hathaway ese mismo año. Barbra Streisand consiguió entrar en las listas de éxitos dos veces con "Where You Lead" (la primera vez en solitario y la segunda como parte de "Sweet Inspiration"). The Carpenters grabaron la canción de Carole "It's Going to Take Some Time" en 1972 y alcanzaron el puesto número 12 en las listas del Billboard. Martika llegó al puesto 25 en 1989 con su versión de "I Feel the Earth Move", y "It's Too Late" fue retomada para entrar de nuevo en las listas de éxitos en 1995 por Gloria Estefan. Celine Dion también grabó "The Reason" en 1997 para su álbum Let's Talk About Love.

En 1996 se rodó una película basada en su vida, si bien bastante libremente: Grace of My Heart. En esta película, una aspirante a cantante, Denise Waverly (interpretada por Illeana Douglas, sacrifica su propia carrera como cantante para componer canciones de éxito y lanzar las carreras de otros cantantes. Reflejando la vida de Carole King, la película sigue su trayectoria hasta su primer éxito, a través del dolor del rechazo de la industria discográfica y del fracaso de su matrimonio, llegando a un éxito final y la realización del sueño de grabar su propio álbum.

Carole King ha sido muy activa políticamente como simpatizante del Partido Demócrata de su país. En 2003 hizo campaña a favor de John Kerry, visitando casas particulares para contactar con los delegados en las primarias demócratas. El 29 de julio de 2004, hizo un pequeño discurso y cantó en la Convención Nacional de los Demócratas, unas dos horas antes de que Kerry pronunciara su discurso en el que aceptaba el nombramiento de candidato a la presidencia por su partido. Durante la campaña presidencial, Carole continuó apoyando al candidato demócrata.

La canción "Where You Lead (I Will Follow)", compuesta por Carole, es el tema de la serie de televisión Las chicas Gilmore. En esta composición, Carole canta junto con su hija Louise. La propia Carole ha hecho cameos en la serie, en la segunda, quinta y sexta temporadas, representando el personaje de la propietaria de una tienda de música.

Carole King se embarcó en el "Living Room Tour" (enlazado con su presencia en hogares particulares durante las primarias demócratas) el 15 de julio de 2004, en el Auditorium Theatre de Chicago. Esta actuación, junto con las realizadas en el Greek Theatre de Los Ángeles y en el Cape Cod Melody Tent en Hyannis (Massachusetts) se grabaron para ser editadas como disco en directo con el nombre de The Living Room Tour, que fue editado cómo álbum el 12 de julio de 2005. Durante 2005 la gira "The Living Room Tour" se trasladó a Canadá.
Premios y reconocimiento

* En 1990, Carole King fue admitida, junto con Jerry Goffin, su ex marido y coautor de muchas de sus composiciones, en el Rock and Roll Hall of Fame por sus contribuciones como compositores.
* En 2007, Carole fue también admitida en el Long Island Music Hall of Fame.






















Discografía

* 1970: Writer - US #84 (1971)
* 1971: Tapestry - US #1 / UK #4
* 1971: Music - US #1 / UK #18
* 1972: Rhymes and Reasons - US #2 / UK #40
* 1973: Fantasy - US #6
* 1974: Wrap Around Joy - US #1
* 1975: Really Rosie - US #20
* 1976: Thoroughbred - US #3
* 1977: Simple Things - US #17
* 1978: Welcome Home - US #104
* 1979: Touch the Sky - US #104
* 1980: Pearls: Songs of Goffin and King - US #44
* 1982: One to One - US #119
* 1983: Speeding Time
* 1989: City Streets - US #111
* 1993: Color of Your Dreams
* 1994: In concert - US #160
* 1994: Time Gone By
* 1996: Carnegie Hall Concert: June 18, 1971
* 1997: Time Heals All Wounds
* 1998: Goin' Back
* 2000: Super Hits
* 2001: Love Makes the World
* 2005: The Living Room Tour

viernes, 27 de noviembre de 2009

CHAVELA VARGAS_BIOGRAFIA



































Isabel Vargas Lizano
(San Joaquín de Flores-Costa Rica,
17 de abril de 1919) es una cantante costarricense de
nacionalidad mexicana, conocida artísticamente como Chavela Vargas.

La canción ranchera es un género musical muy masculino y sensual, cantado generalmente por hombres. Chavela solía cantar canciones normalmente interpretadas por hombres sobre su deseo por las mujeres. Vestía como un hombre, fumaba tabaco, bebía mucho, llevaba pistola y era reconocida por su característico poncho rojo. En una entrevista para la televisión colombiana en el año 2000, expresó abiertamente que era lesbiana.

Chavela Vargas huyó a México cuando tenía 14 años y posteriormente adoptó la nacionalidad mexicana. Durante muchos años cantó en las calles hasta que a los treinta se hizo cantante profesional, de la mano de José Alfredo Jiménez, cantante y compositor de sus mayores éxitos.

Su primer álbum fue publicado en 1961 y desde entonces ha grabado más de ochenta discos. Se retiró a finales de los años setenta y regresó en 1991.


Apareció en la película de Julie Taymor Frida, cantando sus grandes clásicos "La Llorona" y Paloma negra. Se dice que la propia Chavela en su juventud tuvo un idilio con la pintora mexicana, Frida Kahlo, aunque ella nunca lo admitió. En 2003, a la edad de 83 años, se presentó en el Carnegie Hall.

También apareció en Babel, la película de Alejandro González Iñárritu, cantando "Tú Me Acostumbraste", inmortal bolero de Frank Domínguez.

Actualmente vive con su pareja en su casa en una playa de la península de Nicoya, pacifico central costarricense y también en México, donde tiene muchos amigos intelectuales, periodistas y del medio cultural y artístico de la República Mexicana.

Aparece inmortalizada en la canción "Por el bulevar de los sueños rotos" de Joaquín Sabina y Álvaro Urquijo.
Concierto de Chavela Vargas en 2006, Madrid (España)

Discografía

* El Corrido Hablado
* Piensa en mí, 1991
* Boleros, 1991
* Sentimiento de México (vol. 1), 1995
* De México y del mundo, 1995
* Le canta a México, 1995
* Volver, volver, 1996


martes, 24 de noviembre de 2009

PATRICIO JIMENEZ (1943-2009) FUE UNA VOZ FUNDAMENTAL DE LA RENOVACION FOLKLORICA



Adiós a un folklorista de vanguardia

Legendario integrante del Dúo Salteño junto con Chacho Echenique, Jiménez dejó su marca indeleble en un repertorio cuyo eje giró alrededor de la obra de Gustavo “Cuchi” Leguizamón.

Por Karina Micheletto

Patricio Jiménez, integrante junto a Chacho Echenique del mítico Dúo Salteño, falleció el domingo en Salta a los 66 años tras pasar cuarenta días en coma, luego de sufrir dos ataques cerebrovasculares. La muerte de la segunda voz del Dúo Salteño clausura la etapa de regreso de esta exquisita formación, que tras dos décadas de ausencia había vuelto a los escenarios en 2006 y se encontraba en plena actividad, con actuaciones en todo el país y con un gran homenaje que ahora queda pendiente: el que iban a tributarle a su mentor y arreglador, Gustavo “Cuchi” Leguizamón.

Además de ser el responsable del registro de barítono que imprimió al Dúo Salteño, Jiménez integró formaciones como el Quinteto Sombras, Los Cumpas y Los Cuatro de Salta, y durante los años en que el dúo estuvo escindido emprendió una carrera como solista. Fue además compositor, y entre sus obras se destacan “El tren de Alemanía”, sobre un soneto de Manuel J. Castilla –que refleja el pasado vivo y ferroviario de ese pueblo ahora fantasma, camino a Cafayate– y “Sin ella vienen los días”, con letra de Hugo Ovalle. Su nombre quedará ligado, sin embargo, a aquel dúo que marcó vanguardia en el folklore y que en los últimos años llegó a volver a poner en acto esa vanguardia, aunque sin llegar a cumplir la promesa que repetían en las entrevistas y en las charlas informales, la de una nueva grabación que reflejara esta nueva etapa de la formación.

Nacido el 13 de septiembre de 1943 en la ciudad de Salta, Jiménez recorrió varios cuartetos vocales antes de encontrarse con Néstor “Chacho” Echenique, la otra mitad del Dúo Salteño, y con el Cuchi, la guía musical de aquellos jóvenes con cualidades vocales sobresalientes. El encuentro con Echenique se dio en las porteñas galerías Kraft de Suipacha y Córdoba, donde en los ’60 se reunía el Nuevo Teatro y se armaban guitarreadas que convocaban a gente como una joven tucumana, Mercedes Sosa, por entonces mucho menos conocida que su marido, Oscar Matus. Leguizamón los escuchó en Salta, en una reunión en la casa del hijo de aquel Juan Riera que inmortalizó la “Zamba de Juan Panadero”.

Es fácil reconstruir imaginariamente el pulso de aquella velada iniciática, ya entrada la madrugada, después de varias rondas de guitarra y de vino, con el Cuchi escuchando su “Zamba del silbador” armonizada por esos jóvenes que nunca habían pisado un conservatorio, que ni siquiera sabían leer música, y gritándoles, exigiéndoles, con ese gesto exagerado suyo, que tenían que empezar a trabajar cuanto antes un repertorio y una forma, una nueva manera de interpretar en tiempos en que las formaciones vocales marcaban vanguardia. A partir de entonces, Jiménez y Echenique fueron para siempre el Dúo Salteño, siguieron siéndolo aunque se pelearan, aunque pasaran veinte años sin cantar, aunque una dictadura, un mercado discográfico concentrado en las nuevas olas, y también una forma medio hippie de encarar la carrera, les negaran espacio, fechas, grabaciones.

Los discos del Dúo Salteño –algunos reeditados, otros disponibles gracias a unos cuantos fanáticos que se encargaron de subirlos a Internet– alcanzan sin embargo para trazar la rica historia oficial de este dúo que en los ’70 y ’80 significó para muchos parte de la resistencia musical de este país. Entre Dúo Salteño I, editado en 1969, y Vamos cambiando, de 1991 (reeditado por Página/12 en 2006), dejaron una marca indeleble en un repertorio cuyo eje era la obra de Leguizamón en letra y música, con Castilla, con Tejada Gómez o musicalizando a Juan Carlos Dávalos, pero también incluía temas de Echenique, de Zitarrosa o el que Jiménez compuso con Ovalle.

En el repaso, la historia de Patricio Jiménez y del Dúo Salteño recorre aquella bohemia salteña habitada por gente como Leguizamón y Castilla; las difíciles épocas de pensión en Buenos Aires –sin la compañía del Cuchi, quien jamás aceptó dejar su Salta natal–; la incidencia del Nuevo Cancionero; los espectáculos con Armando Tejada Gómez; la participación en el Festival Internacional de la Canción, donde concursaron con “Zamba del imaginero” y corrieron la misma suerte que “Balada para un loco”, de Piazzolla y Ferrer por Amelita Baltar: sólo ganaron los silbidos y monedazos que volaban desde la popular. Y también la dificultad para trabajar con la llegada de la dictadura, los intentos de iniciar caminos separados, el regreso en el siglo XXI, el disco que nunca llegaron a grabar.

Los vitales 66 años que transitó Jiménez le alcanzaron para bajar de la categoría de mito, de folklorista de elite, en la que la primavera democrática congeló al Dúo Salteño. Para volver a maravillar con la gravedad de su voz en los escenarios de todo el país, en tiempo presente y humano. Para recibir en vida homenajes como el reciente libro El aire estaba quieto, de Carlos Juárez Aldazábal, o el que le rindieron el viernes pasado en la Legislatura al dúo, con músicos y música. Una postal queda en la memoria de esta cronista. El concierto de regreso en Cosquín, en 2006, la emoción contenida en las gargantas de tantos que en aquel contexto festivalero los esperaron como en misa. Las lágrimas de Luis Leguizamón, hijo del Cuchi, gritando desatado en primera fila, con ese gesto que es igual al de su padre, jurando que sí, que el Cuchi estaba ahí esa noche, y se estaba cagando de gusto.



lunes, 23 de noviembre de 2009

PANCHO CABRAL PRESENTA SU DISCO EL JUGLAR ENARINADO



Canciones de la otra Rioja

Ex integrante de Huanca Huá y Los Andariegos, músico y escritor, volvió del exilio para retomar el contacto con la realidad de su provincia. “La gente, el hambre y la energía dependen de los sabandijas de los gobiernos de turno”, señala.

Por Cristian Vitale

“Lo menos que se merece es un cuento”, dice y mira su noveno libro, El hombre de los veranos en la frente. Pancho Cabral, ex cantante de dos emblemáticos grupos de los ’70 –Huanca Huá y Los Andariegos–, luce un enterito azul, lentes y camisola hippie blanca con cuello multicolor. “Siempre decía que había que poner un oído en el pueblo para después hablar”, sigue. El destinatario es un coterráneo riojano, Enrique Angelelli. Cabral pensó un cuento centrado en un hombre mítico, de antepasados diaguitas, que llega de peón a una cooperativa viñatera para revelar misterios de liberación entre los trabajadores. “Yo reivindico al Angelelli hombre, pienso que hubiera hecho lo mismo siendo sacerdote o no. El personaje del cuento me hace acordar a él, por eso se lo dediqué”, argumenta.

La reivindicación del cura’e pueblo asesinado por la dictadura viene acompañada por un cuarto disco que el escritor, poeta y músico presentará mañana a las 20 en el Auditorio de la Uocra (Rawson 42). Se trata de El juglar enarinado, fresco musical de 16 piezas que conjuga géneros, militancia y ritmos de la región: vidalas a secas y chayeras, milongas, chacareras “a la riojana” y canciones. “La ausencia de la ‘h’ no es menor. A los cantores no les hace falta: es muda –se ríe–, y no me suena decir enharinado.” El juglar... cuarto mojón de la saga Cantor del viento-Intimo I-Intimo II, se ilustra con una pintura que Pedro Gaeta le regaló en 1978 y una serie de fotos que muestra a Cabral junto a la vidalera Mayela Gordillo, Mercedes Sosa, al “Tubo” Moya o a Néstor “Poli” Soria, que se mezclan con imágenes de patios chayeros, carnavales de harina y albahaca, un decálogo chayero cuyo primer mandamiento es “amar los topamientos por sobre todas las fiestas” y una declaración de principios: “Todo vino es poco”. “Gran parte de las canciones las compuse en Europa, nacieron de una nostalgia”, extiende él.

–Así lo testimonia en “Boliche de Santos Vega”. ¿Quiénes son esos hombres de boca morada?

–Era uno de los boliches que de chicos mirábamos desde la puerta. Nos quedábamos colgados con los hombres que fumaban en el fondo, que tomaban y jugaban al truco. Es un recuerdo entre humo que guardé siempre y lo compuse en forma de milonga... hombres de boca morada que nosotros queríamos imitar.

–¿Conoció a Angelelli?

–Estuve con él tres veces. No soy creyente, pero sí era un escucha de él. Me transmitía un montón de cosas y escuchaba sermones que al releerlos me hicieron entender por qué lo seguía. Fue un hombre que enseñó a armar las cooperativas, a ver la explotación en Los Sauces, en Anillaco... de ahí la sublevación y su muerte, ¿no? La familia que más lo persiguió fue la de los Menem: Amado Menem, sobre todo.

Cabral pasó su vida componiendo música y libros –acaba de editar Kakano y las divinidades diaguitas– entre La Rioja y Francia. Nació en San Vicente, estudió Agronomía en Catamarca hasta que un golpe de suerte lo depositó en Frankfurt. “Fue muy vertiginoso. Tenía 24 años y estaba con Falú, Sabato y los Huanca cantando el Romance de la muerte de Lavalle. Me miraba al espejo y me preguntaba: ‘Hace tres meses, ¿yo no estaba en el dique Las Quirquitas? ¿Qué hago acá?’”, se ríe. Cabral grabó dos discos con el grupo del Chango Farías Gómez (Guitarra, vino y rosas y De sal y canto), y después pasó a Los Andariegos. “Raúl Mercado se había ido con el Gato Barbieri a EE.UU. y entré por él, no para reemplazarlo –él tocaba la quena– sino para cantar. Me quedé un tiempo y me fui en el ’77.”

–¿Por la dictadura?

–Y... en Los Andariegos éramos comunistas. Había concordancia ideológica. Más que con los Huanca, que eran peronistas. Yo trataba de evitar discusiones con los Huanca, sobre todo cuando estábamos de gira. Había que portarse bien (risas).

–Pasaron treinta años, ¿pasó la militancia?

–Se resignificó. Ahora estoy viviendo en La Rioja, donde la gente, el hambre y la energía dependen de los gobiernos de turno. Estos sabandijas siempre se valieron de eso para atemorizar. Es muy difícil encontrar mucha gente en las manifestaciones, hay miedo. Ahora sucede algo terrible con la minería, a las autoridades se les ocurrió envenenar Famatina, un lugar que con sus deshielos riega todo un valle. Se van a contaminar las napas, se va a gastar el agua. En un día se gasta el agua de un año. También quieren destruir la Escuela Normal, un edificio de 1892 declarado monumento histórico, donde alguna vez dio una conferencia Rosario Vera Peñaloza, maestra señera de la patria, ¡para construir un shopping! Los maestros van por la marcha número 15...

SUSANA RINALDI, AMELITA BALTAR Y MARIKENA MONTI RECUPERARON TRES MUJERES PARA EL SHOW


Revival en tiempo presente

El espectáculo fue creado en los ’70, años en los que desde el escenario decían a través de sus canciones todo aquello que estaba vedado. Ahora, en Clásica y Moderna, retoman la idea original y la hacen resonar con la actualidad.

Por Karina Micheletto

Son tres mujeres de una cierta edad, que presentan un espectáculo de una cierta edad. De una edad cierta, para ser más exactos: un tiempo en que las canciones tenían texto y contexto, y era posible que un repertorio definiera claramente una carrera, una postura, una mirada. Alguna vez Susana Rinaldi, Amelita Baltar y Marikena Monti se juntaron para hacer un espectáculo de café concert en el que decían lo que no era posible escuchar en otros espacios. Lo hacían fundamentalmente a través de las canciones que elegían interpretar, pero también con sus parlamentos, surgidos de los diarios del día. Ahora, estas Tres mujeres para el show han decidido revivir aquel espectáculo que fue un éxito en los ’70. El revival cancionístico resultó otro éxito de público: llenan todos los días Clásica y Moderna, y el mes próximo reanudarán el ciclo, que culmina mañana.

Las tres mujeres de la canción le imprimen a este espectáculo sus estilos definidos, fuertes, inconfundibles. Son minas que van al frente, dicen ellas, y vale la definición en lo artístico: en escena se plantan con una fuerza disruptiva en la intimidad del espacio de Clásica y Moderna, imponen inmediatamente la cuarta pared del teatro en un contexto en el que no hay escenario formal, transforman las mesitas apretujadas del local en un espacio que les es propio, pareciera que desde siempre. Por unas horas son reinas del café concert, y desde allí cantan y encantan.

Y si los ’70, cuando este show fue creado, fueron una gran época para el género, en 2009 el revival es tan efectivo, quizás, por la potencia inplícita del café concert. Si bien estas tres mujeres se han puesto de acuerdo en no hablar de política –porque no acuerdan en todo, aunque “son más los puntos de encuentro que los que de debate”, dirá Marikena Monti–, la mirada política sobrevuela el espectáculo. Rinaldi agradece “al público que en 1973 hizo posible este show brillante, inquieto, curioso, acostumbrado a compartir opiniones”. Ese mismo público es, probablemente, el que llena Clásica y Moderna casi cuarenta años después, con la curiosidad en pie –y la capacidad adquisitiva para hacerlo, pagando una entrada costosa–, y es posible adivinar en los comentarios de muchos las comparaciones con aquel Tres mujeres... que fueron a ver hace tanto tiempo.

Lo cierto es que, en estos años que pasaron, Rinaldi, Monti y Baltar han modelado sus carreras con fuerzas propias y diferentes, y desde allí se plantan en este nuevo Tres mujeres para el show, en un espectáculo que aunque está claramente centrado en la canción tiene mucho de teatral, dadas las posibilidades histriónicas de las tres. Amelita, con un set de Piazzolla y Ferrer, y Piazzolla y Mario Trejo, y mostrando que sigue siendo la mejor intérprete que puede tener “Balada para un loco”. Acompañada por Aldo Saralegui en piano y Sebastián Barbui en guitarra y bajo eléctrico, también se animó a un par de milongas y zambas, recordando los tiempos en que interpretaba folklore (en Tres mujeres... lo hizo, según contó en el show, como despechada respuesta en una de sus peleas con Piazzolla).

Marikena Monti, siempre inclasificable, capaz de transitar la canción francesa, el tango o la bossa nova con un sello propio, propuso algunos de los autores que definieron su repertorio. Jorge de la Vega, Jacques Brel, Vinicius de Moraes o Chico Buarque, en una impecable interpretación –que incluyó un momento a capella– y un brillante final “a dúo” con una grabación de Edith Piaf en su himno “Non, je ne regrette rien”. El cierre fue para Susana Rinaldi, una tana arrolladora, que puede mostrar el tango más mugriento o la complejidad vocal del género con igual calidad artística. La suya fue la propuesta más sólida en el acompañamiento musical, con su director histórico, Juan Carlos Cuacci, en guitarra, Abel Rogantini en piano, Mario Cigna en bandoneón y Juan Pablo Navarro en contrabajo. Entre canción y canción, las tres mujeres bromearon con sus personalidades, con sus edades, con el reencuentro. Recordaron los tiempos de La Bola Loca, de Magoya, y la forma en que gestaron este espectáculo. Pero, sobre todo, mostraron su potencia en el presente.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Rubén Blades: Varias que sepamos todos


Rubén Blades El panameño dio un buen concierto en el Luna Park, a través de un maratónico recorrido por sus clásicos.



COMPLETO ADEMÁS DE CANTAR, BLADES SE DESPACHÓ CON HISTORIAS Y ANÉCDOTAS.

Contaba Rubén Blades que hace unos meses, al volver a la música después de cinco años como ministro de Turismo de Panamá, hasta sus músicos dudaban del estado de su voz. Quizás esa fue una de las razones por las que para esta gira (intencionadamente titulada Todos vuelven) eligió pisar terreno conocido: volvió a juntarse con los Seis del Solar y encaró un repertorio de grandes éxitos. Así dejó a todos contentos: al público, que siempre espera escuchar aquellas canciones que son parte de la banda de sonido de sus vidas, y a sí mismo, amplio vencedor en el reto de desentumecer las cuerdas vocales.

Entonces, temas como Buscando guayaba, Decisiones, Juan Pachanga, Ojos de perro azul, Maestra vida o Pedro Navaja, suenan frescos gracias a esa voz intacta y a una banda -no de seis, sino de diez músicos- donde se destacan las líneas de percusión y de vientos. Y resisten incluso a algunos solos demasiado prolongados, pensados menos en función de la canción que del lucimiento personal de cada músico (en busca de las ovaciones y el ¡mirá cómo toca! correspondientes).

Al encanto de esos cuentos musicalizados que son sus canciones, Blades -traje gris, corbata y sombrero de charlatán de feria al tono- suma sus dotes de actor y, por qué no, de político: el resultado es un perfecto entretenedor, sabio, a los 61 años, en el arte de contar anécdotas (vinculadas, en este caso, a su música y a la Argentina). Así, recordó que la primera vez que tocó en vivo El padre Antonio y su monaguillo Andrés fue en 1983, en Obras, en un show conjunto con Los Abuelos de la Nada, traído por "un hippie": Daniel Grinbank. O que hace "cuarentaipico de años", en sus épocas de estudiante universitario, fue hasta el hotel de un artista argentino que había llegado Panamá y le tocó una canción entera. Al pedirle que la grabara, se topó con una negativa: "Grábala tú, así somos dos haciendo el mismo trabajo". El artista era Piero y la canción, Pablo Pueblo.

También hubo lugar para la demagogia, con la proyección de los rostros de íconos argentinos (Maradona, Sabatini, Charly García, Spinetta, Fito Páez, Mercedes Sosa, Borges, Norma Aleandro) mientras sonaba Caminando. O la aparición de una gran bandera argentina en la pantalla -él sostenía una panameña- en Patria. Y, aunque fue un concierto con la vista en el pasado, se vio una muestra del futuro: hace poco, Blades anunció que quiere perfeccionarse en la guitarra para salir de gira solo, sin su banda. Así ("para que los músicos puedan ir al baño") tocó una gran versión de Adán García.

Otro momento emotivo fue con Desapariciones. "Algunos -explicó- me preguntan por qué tocamos ciertos temas. Yo les respondo que es porque hay que seguir tocándolos. La guerra no ha sido ganada, y no lo será hasta que no tengamos una sociedad más justa".«


Información:

Diego Torres, Andrés Calamaro, Piero, Miguel del Sel, Javier Calamaro, Juan Carlos Baglietto, Adriana Varela, Víctor Heredia y Luis Salinas fueron algunos de los famosos que estuvieron en el Luna Park escuchando el concierto de Blades.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Amelita Baltar, Susana Rinaldi y Marikena Monti.: Tres voces con historia


Un show con algo más que nostalgia.


Por: Eduardo Slusarczuk


INVITACION. Con estilos diferentes, Rinaldi, Monti y Baltar invitan a visitar el pasado sin perder de vista el presente.

Como 36 años atrás, la propuesta implica asumir riesgos. Si por entonces se trataba de convencer al público de que tres mujeres podían "vender" un show que valiera la pena ir a ver, ahora el desafío consiste en demostrar que el reencuentro es algo más que una expedición al pasado en busca de sueños perdidos. O peor, frustrados.

A esta altura está claro que ni Susana Rinaldi, ni Marikena Monti, ni Amelita Baltar tienen la obligación de revalidar su lugar en la música popular. Pero, es sabido: las excursiones al ayer suelen convocar fantasmas. Y Tres mujeres para el show, el espectáculo que el trío estrenó el martes en Clásica y Moderna, invita a mirar atrás. Sin embargo, la nostalgia es sólo una parte de la idea, que tiene presente.

Entonces sí tiene sentido que Marikena cuente que la primera vez fue en La bola loca, en la calle Maipú, en el '73, en una Buenos Aires surcada por personajes insólitos, como ahora, pero distintos. Y también tiene sentido que Amelita, la primera que le pone música a la noche, prologue sus canciones con recuerdos de Astor Piazzolla. Porque el recuerdo se queda ahí. Divierte. Emociona. Pero cuando el piano de Aldo Saralegui y el bajo de Sebastián Barbui suenan, el siglo XXI se abre paso, y pone cada cosa en su lugar.

Primero, Preludio para el año 3001. Después, Violetas populares. Habla Baltar, y su voz se quiebra. Pero renace cuando canta. Recupera potencia, mientras tensiona cada músculo de su cuerpo en cada nota. Vuelve a Piazzolla, y cuenta cómo decidió hacer folclore. Y se le anima a la guitarra para una milonga y una zamba, para el cierre, con Balada para un loco, tan previsible como bienvenido. Y aplaudido.

Ahí está ahora Rinaldi. Habla de compromiso, de aquel público brillante. Y le abre paso al segundo segmento de la noche. Ahí va Monti con su sonrisa franca. Enorme.

Primero pasa Jorge de la Vega. Después, Jacques Brel. La cantante cuenta cómo conoció a Vinicius de Moraes, y arranca con Samba e Preludio. Más Brasil con Minha Historia, de Chico Buarque. "Yo quería ser actriz", y el bar es más café concert que nunca, mientras Abel Rogantini musicaliza canciones y monólogos, hasta que Marikena cierra a dos voces con la Piaf.

Entonces la presentadora es Baltar. Pocas palabras y la Tana se apodera del escenario. Allí, otra vez Rogantini, pero esta vez con Juan Carlos Cuacci, Juan Pablo Navarro y Mariano Cigna. Luchar y existir, Sueño de barrilete, Naranjo en flor y compañía se entrelazan con referencias a los "años duros". "Cuando fui echada", dice Rinaldi, quien interpreta su repertorio, de punta a punta, con tanta pasión como pureza técnica.

Entonces sí, las tres mujeres se abrazan, se saludan, se despiden. "Hasta mañana".

viernes, 6 de noviembre de 2009

PALOMA SAN BASILIO: El tiempo del jazz


Paloma San Basilio.La cantante española viene con una propuesta jazzística. Cuenta las razones del cambio.

"PSB" PIANO, SAXO Y BAJO, EL FORMATO QUE ELIGIÓ LA INTÉRPRETE. "SENTÍ UNA ESPECIE DE LIBERACIÓN"

"Una voz de terciopelo"

El artista debe ser sincero. Si siente que hay un cambio, una evolución, tiene que ser valiente y asumirlo." La que habla, desde Madrid, es Paloma San Basilio, quien tras 35 años de trayectoria, dejó de lado las grandes orquestaciones y, a contramano de la apuesta segura, encaró un proyecto de trío con formato jazzero.

¿Cómo surgió la idea del cambio?

El año pasado hicimos una gira con una sinfónica dirigida por Luis Cobos, que me permitió sentir el peso y la maravilla de tener unos 70 músicos detrás. Sin embargo un día, para saldar una actuación pendiente, opté por el formato pequeño. Me sentí tan a gusto, tan bien, que me propuse explorar esa línea.

¿Qué es lo que más la sedujo?

Sentí una especie de desnudez, de liberación. Como que todo queda sin red. Hago lo que me apetece. Improviso, me equivoco. Es la música en estado puro.

No habla de conversión, ni reniega de las "puestas con coreografías ensayadas hasta el hartazgo, con escaleras por las que se subía y se bajaba mil veces". Pero sí confiesa estar algo cansada de tanto despliegue. "Siento que la producción, la tecnología, se come a los artistas. Y empecé a sentir de que más es menos, y menos es más", dice.

El resultado es PSB (Piano, saxo y bajo), un concepto que asocia con su origen. "El jazz me gustó siempre. Es un terreno natural para mí", comenta San Basilio, quien destaca la libertad que comparte con sus músicos. "Lo arreglos están muy cuidados, pero se improvisa mucho. Sé lo que voy a cantar, pero nunca sé cómo", advierte.

¿Cómo se compone el repertorio?

Es un poco la banda sonora de mi vida. Entro en músicas que no había hecho. También hay temas de musicales y hasta algo de Puccini.

¿Cuál es la reacción del público?

Por un lado es una batalla, porque la gente quiere lo que ya sabe. Es como ir siempre al mismo restorán a comer siempre lo mismo. Pero por otro, está la responsabilidad de ser sincera. Y creo también que hacer algo nuevo para la gente es un acto de agradecimiento.

La sensualidad siempre ocupó un espacio central en sus shows ¿Cómo evolucionó eso con los años?

Eso es algo que va contigo hasta que mueres. No creo que la sensualidad tenga que ver con la edad o la estética. Va más allá de eso. No me interesa parecer de 22. Es un error en el que caemos las mujeres con facilidad. Es difícil sustraerte a esa idea de explotar tu físico, porque tu edad te lo pide y tu entorno también. Pero hay que saber hasta qué punto podrás sobrevivir con eso, y cómo lo vas a manejar y modular para que no termine siendo una cárcel.

¿"PSB" tiene fecha de vencimiento?

Yo creo que no. Más allá de un proyecto que tengo con mi hija, Ivana, en torno a la música electrónica, y algo para el año próximo que cerrará mi ciclo de musicales, creo que es un formato que me permite moverme con comodidad. Y yo, la libertad la valoro cada día más.«

PSB, con el argentino Julio Awad en piano, Patxi Pascual en saxos y flauta y Pato González en bajo, se presenta el viernes en el Teatro Gran Rex, a las 20 y a las 23. Entradas, desde $60 y $240.

Apenas escucha el nombre de Mercedes Sosa, la cantante española retrocede en el tiempo y recuerda: "Estuve con ella en un colmadito donde hacían unas empanaditas buenísimas. Compartimos un encuentro con Oscar Martínez y Pepe Sacristán, cuando hacíamos El hombre de la Mancha en Buenos Aires. Allí cantamos juntas. La recuerdo como una voz de terciopelo, mágica. Hay una canción que ella cantaba, en la que decía (canta) 'hablar mirándose a los ojos, sacar lo que se puede afuera, para que adentro nazcan cosas nuevas'. Eso es muy bello. Muy bello."

domingo, 11 de octubre de 2009

MERCEDES SOSA VII: Vivir en voz


Mercedes Sosa fue una de las cantantes populares más emblemáticas del siglo XX. Su voz llevó el pulso trágico y heroico de Latinoamérica alrededor del mundo. Aquí, una evocación.

Por: Diego Manso

INTIMIDAD. Mercedes de frente a su balcón y sus plantas, hacia 2002, en la época en que presentaba su disco "Acústico".

1. La muerte siempre es ajena y, a veces, pero sólo a veces, consiste en una función biológica de los cuerpos amados. De los muertos amados, porque los demás se olvidan en la articulación de un pésame o en el remate de una noticia, nos quedan las menudencias que destrozan el corazón, el orden de los objetos en un cuarto cerrado, y nos queda cierto impulso, recóndito al principio, que confirma nuestros modos de acentuar una palabra, alzar la mano para componer un gesto o escoger, entre cientos, una perspectiva para la mirada. De los muertos apenas se avienen los rastros. Nada más. No balconean desde una nube ni recorren esferas innominadas ni aguardan con batas blancas el veredicto de un tribunal. Nadie va a ningún lado, todos somos parte de un mismo y único engrudo. Nuestros muertos son lo que somos, aunque vivir se trate, mayormente, de escurrirse a través de esa evidencia. Ahora que Mercedes Sosa está muerta y que los fastos necrológicos insisten en repetir las conjeturas de algún catecismo y machacan con la noción de eternidad, como si existiera certidumbre de cosa semejante, corresponde allanar las distancias: de los muertos nos separa una escasa milésima de segundo.

2. El canto es una potestad femenina que, salvo las excepciones a la regla (se me ocurren Carlos Gardel y Ney Matogrosso), los varones cultivaron con recato. En ese sentido, Mercedes Sosa fue una de las cantantes populares más grandiosas de la historia del mundo. Tal vez la última, por mero azar cronológico. En Argentina todavía no nos dimos palmaria cuenta, más allá de las aquiescencias de última hora, que siempre funcionan más como un pedido de disculpas que como una apuesta crítica. Sólo Ella Fitzgerald, Nina Simone, Amália Rodrigues, Edith Piaf o Elis Regina le son en rango comparables. Todas inventaron algo y todas discurrieron sobre su invento para, más tarde, comentar el origen con las heridas de la voz. Amália, por caso, concibió la forma de cantar la música orillera de Portugal, la revolucionó después para gloria y también escarnio, y regresó, hacia el final de su vida, al repertorio del autor Frederico Valério ("Confesso", "Que Deus me perdoe") para quitarle los ornatos de la juventud y afirmarlo como nostalgia o despojo del dolor. Mercedes otro tanto: fundó el movimiento Nuevo Cancionero "para dejar de robarle a la gente del pueblo su tesoro" literario musical, visitó géneros ajenos al folclore argentino a partir de la década de los ochenta (hasta grabó canciones indignas de su figura) y tornó en los últimos años hacia el revisionismo sensibilizado que se comprueba en los discos Acústico (2002) y Corazón libre (2005). El primero, recoge algunas piezas sustanciales de su discografía inicial, como las pasmosas "Zamba del chaguanco" (Hilda Herrera y Antonio Nella Castro) y "Canción de las cantinas" (Manuel J. Castilla y Rolando Valladares), en versiones que parecen enmalladas por la rumia de los tiempos. Su voz ya era allí la definitiva, la de la vejez. ¿Qué extraño erotismo descansa en las voces viejas? Escuchemos si no, el dúo de Mercedes con Eduardo Falú en "Tonada del viejo amor" y tratemos de encontrar la revelación. Está allí, un paisaje de cuerpos desnudos y mustios que reposan unos sobre otros, sujetos entre sí por las pobres hilachas del amor.

3. Un cantante popular es la representación de sí mismo, de allí nace la empatía que le profesamos. Un cantante popular no es un cantante pop porque no precisa colocar énfasis alguno sobre su identidad ni cubrirse de embozos. Un cantante popular es un ser arremangado frente al mundo. "Canto así porque soy comunista", me dijo Mercedes cierta vez . Un cantante popular es siempre un misterio de interpretación porque no existe en él nada que delate la impostura. Un cantante popular es un prodigio de ascesis interior. Un cantante popular es apoteósico a su pesar, no sobredimensiona la marca de la acción, es acción misma. Un cantante popular arroja su voz; un cantante pop sólo la impulsa. La voz de un cantante popular es trasunto de una interioridad y no técnica pura aplicada a la emoción o a sus signos consensuados. Un cantante popular es heroico por oposición al silencio. Así, Mercedes fue una cantante popular en la acepción profunda. Revisar su primer disco (que no se trata del clásico Canciones con fundamento, como creen algunos, si no de otro que lleva simplemente su nombre) devela que entre aquella Mercedes y la última, mucho más allá del derrotero que siguieron sus graves, late el mismo pulso. ¿Quién tuvo tanto swing para la chacarera? ¿Quién se apoyó como ella en los estribos de una zamba? A veces, se nace sabiendo.

4. Que Mercedes nació quince días después de que Gardel fuese, en Medellín, carboncitos. Que Mercedes partió al exilio luego de cantar "Cuando tenga la tierra" y de que la policía se la llevara presa junto a todos los presentes de un boliche de La Plata. Que Mercedes nació un 9 de Julio y que su madre oyó, mientras la paría, las salvas de los festejos por la Independencia. Que sus anécdotas, de inmensas oraciones subordinadas, transcurrían de aquillá sin miramientos: de pronto en la estepa rusa, de pronto en una horrible callecita limeña, como si el planisferio cupiese en la palma de una mano y los mares se contuvieran en un vaso... Son razones para el mito que se edificará al costado de la voz. Porque siempre importará más la voz que el mito. Porque Mercedes no necesitó morirse para ser milagrosa.

5. Barthes ensayó una definición preciosa para la voz: "mixtura erótica de timbre y de lenguaje". La voz es, ni más ni menos, una prolongación del cuerpo en el espacio. A la voz interior, en cambio, nadie la conoce, salvo nosotros mismos, que la atesoramos como un magma. "Estos son la soledad de la noche, el contorno de mi cuerpo sin las caricias que extraño, mi desorden de papeles, mi dialecto de la infancia, mis saquitos de té y mi calle", nos decimos –incluso en presencia de extraños– pero nadie nos escucha. Sólo nosotros sabemos cómo suenan esas palabras, qué ecos estallan detrás del pronunciamiento de la mudez. Está nuestra voz social y está nuestra voz interior. Sin embargo, ahora mismo, cabe pensar que aquello que Mercedes consiguió durante toda su vida de cantante fue descorrer el velo entre esas dos zonas independientes. Cuando canta Mercedes, entonces, escuchamos nuestra voz interior. Una de las pocas epifanías capaces de conjurarse en un mundo que suele negarlas. Mercedes reinventó la intimidad del canto en tiempos donde resulta arduo encontrar un rincón donde estarse solo sin dar explicaciones.

6. La muerte no conduce a ninguna parte ni se precisan retornos cuando quedan inmanencias. Carece de importancia el motivo, pero he llorado en brazos de Mercedes. Y ella en los míos. La anécdota nos es privada. Lloramos largamente abrazados una tarde de otoño con mucho sol, frente a ese balcón que se ve en la foto. Un balcón lleno de plantas, que Mercedes adoraba cuidar. Yo le dije que la amaba y ella también me dijo que me amaba porque en ese momento era cierto. Estábamos hermanados en ese abrazo, que aún me dura. Nos llorábamos a nosotros mismos y no fue patético ni triste. Apenas nos conocíamos, pero fue necesario. Ella recordaba esa tarde tiempo después: "cómo lloramos juntos", recordaba. Cómo lloramos juntos... Hay encuentros resistentes a las despedidas. Que cada cual enumere los suyos. Por suerte, el amor no es tumor: no se extirpa ni mata. Matan la idiotez y el olvido. Mercedes ya no está en ningún lado, sólo en los discos. Y en nosotros, que no somos negligentes ni idiotas. Una mano sobre el corazón: es acá.