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domingo, 11 de octubre de 2009

MERCEDES SOSA VII: Vivir en voz


Mercedes Sosa fue una de las cantantes populares más emblemáticas del siglo XX. Su voz llevó el pulso trágico y heroico de Latinoamérica alrededor del mundo. Aquí, una evocación.

Por: Diego Manso

INTIMIDAD. Mercedes de frente a su balcón y sus plantas, hacia 2002, en la época en que presentaba su disco "Acústico".

1. La muerte siempre es ajena y, a veces, pero sólo a veces, consiste en una función biológica de los cuerpos amados. De los muertos amados, porque los demás se olvidan en la articulación de un pésame o en el remate de una noticia, nos quedan las menudencias que destrozan el corazón, el orden de los objetos en un cuarto cerrado, y nos queda cierto impulso, recóndito al principio, que confirma nuestros modos de acentuar una palabra, alzar la mano para componer un gesto o escoger, entre cientos, una perspectiva para la mirada. De los muertos apenas se avienen los rastros. Nada más. No balconean desde una nube ni recorren esferas innominadas ni aguardan con batas blancas el veredicto de un tribunal. Nadie va a ningún lado, todos somos parte de un mismo y único engrudo. Nuestros muertos son lo que somos, aunque vivir se trate, mayormente, de escurrirse a través de esa evidencia. Ahora que Mercedes Sosa está muerta y que los fastos necrológicos insisten en repetir las conjeturas de algún catecismo y machacan con la noción de eternidad, como si existiera certidumbre de cosa semejante, corresponde allanar las distancias: de los muertos nos separa una escasa milésima de segundo.

2. El canto es una potestad femenina que, salvo las excepciones a la regla (se me ocurren Carlos Gardel y Ney Matogrosso), los varones cultivaron con recato. En ese sentido, Mercedes Sosa fue una de las cantantes populares más grandiosas de la historia del mundo. Tal vez la última, por mero azar cronológico. En Argentina todavía no nos dimos palmaria cuenta, más allá de las aquiescencias de última hora, que siempre funcionan más como un pedido de disculpas que como una apuesta crítica. Sólo Ella Fitzgerald, Nina Simone, Amália Rodrigues, Edith Piaf o Elis Regina le son en rango comparables. Todas inventaron algo y todas discurrieron sobre su invento para, más tarde, comentar el origen con las heridas de la voz. Amália, por caso, concibió la forma de cantar la música orillera de Portugal, la revolucionó después para gloria y también escarnio, y regresó, hacia el final de su vida, al repertorio del autor Frederico Valério ("Confesso", "Que Deus me perdoe") para quitarle los ornatos de la juventud y afirmarlo como nostalgia o despojo del dolor. Mercedes otro tanto: fundó el movimiento Nuevo Cancionero "para dejar de robarle a la gente del pueblo su tesoro" literario musical, visitó géneros ajenos al folclore argentino a partir de la década de los ochenta (hasta grabó canciones indignas de su figura) y tornó en los últimos años hacia el revisionismo sensibilizado que se comprueba en los discos Acústico (2002) y Corazón libre (2005). El primero, recoge algunas piezas sustanciales de su discografía inicial, como las pasmosas "Zamba del chaguanco" (Hilda Herrera y Antonio Nella Castro) y "Canción de las cantinas" (Manuel J. Castilla y Rolando Valladares), en versiones que parecen enmalladas por la rumia de los tiempos. Su voz ya era allí la definitiva, la de la vejez. ¿Qué extraño erotismo descansa en las voces viejas? Escuchemos si no, el dúo de Mercedes con Eduardo Falú en "Tonada del viejo amor" y tratemos de encontrar la revelación. Está allí, un paisaje de cuerpos desnudos y mustios que reposan unos sobre otros, sujetos entre sí por las pobres hilachas del amor.

3. Un cantante popular es la representación de sí mismo, de allí nace la empatía que le profesamos. Un cantante popular no es un cantante pop porque no precisa colocar énfasis alguno sobre su identidad ni cubrirse de embozos. Un cantante popular es un ser arremangado frente al mundo. "Canto así porque soy comunista", me dijo Mercedes cierta vez . Un cantante popular es siempre un misterio de interpretación porque no existe en él nada que delate la impostura. Un cantante popular es un prodigio de ascesis interior. Un cantante popular es apoteósico a su pesar, no sobredimensiona la marca de la acción, es acción misma. Un cantante popular arroja su voz; un cantante pop sólo la impulsa. La voz de un cantante popular es trasunto de una interioridad y no técnica pura aplicada a la emoción o a sus signos consensuados. Un cantante popular es heroico por oposición al silencio. Así, Mercedes fue una cantante popular en la acepción profunda. Revisar su primer disco (que no se trata del clásico Canciones con fundamento, como creen algunos, si no de otro que lleva simplemente su nombre) devela que entre aquella Mercedes y la última, mucho más allá del derrotero que siguieron sus graves, late el mismo pulso. ¿Quién tuvo tanto swing para la chacarera? ¿Quién se apoyó como ella en los estribos de una zamba? A veces, se nace sabiendo.

4. Que Mercedes nació quince días después de que Gardel fuese, en Medellín, carboncitos. Que Mercedes partió al exilio luego de cantar "Cuando tenga la tierra" y de que la policía se la llevara presa junto a todos los presentes de un boliche de La Plata. Que Mercedes nació un 9 de Julio y que su madre oyó, mientras la paría, las salvas de los festejos por la Independencia. Que sus anécdotas, de inmensas oraciones subordinadas, transcurrían de aquillá sin miramientos: de pronto en la estepa rusa, de pronto en una horrible callecita limeña, como si el planisferio cupiese en la palma de una mano y los mares se contuvieran en un vaso... Son razones para el mito que se edificará al costado de la voz. Porque siempre importará más la voz que el mito. Porque Mercedes no necesitó morirse para ser milagrosa.

5. Barthes ensayó una definición preciosa para la voz: "mixtura erótica de timbre y de lenguaje". La voz es, ni más ni menos, una prolongación del cuerpo en el espacio. A la voz interior, en cambio, nadie la conoce, salvo nosotros mismos, que la atesoramos como un magma. "Estos son la soledad de la noche, el contorno de mi cuerpo sin las caricias que extraño, mi desorden de papeles, mi dialecto de la infancia, mis saquitos de té y mi calle", nos decimos –incluso en presencia de extraños– pero nadie nos escucha. Sólo nosotros sabemos cómo suenan esas palabras, qué ecos estallan detrás del pronunciamiento de la mudez. Está nuestra voz social y está nuestra voz interior. Sin embargo, ahora mismo, cabe pensar que aquello que Mercedes consiguió durante toda su vida de cantante fue descorrer el velo entre esas dos zonas independientes. Cuando canta Mercedes, entonces, escuchamos nuestra voz interior. Una de las pocas epifanías capaces de conjurarse en un mundo que suele negarlas. Mercedes reinventó la intimidad del canto en tiempos donde resulta arduo encontrar un rincón donde estarse solo sin dar explicaciones.

6. La muerte no conduce a ninguna parte ni se precisan retornos cuando quedan inmanencias. Carece de importancia el motivo, pero he llorado en brazos de Mercedes. Y ella en los míos. La anécdota nos es privada. Lloramos largamente abrazados una tarde de otoño con mucho sol, frente a ese balcón que se ve en la foto. Un balcón lleno de plantas, que Mercedes adoraba cuidar. Yo le dije que la amaba y ella también me dijo que me amaba porque en ese momento era cierto. Estábamos hermanados en ese abrazo, que aún me dura. Nos llorábamos a nosotros mismos y no fue patético ni triste. Apenas nos conocíamos, pero fue necesario. Ella recordaba esa tarde tiempo después: "cómo lloramos juntos", recordaba. Cómo lloramos juntos... Hay encuentros resistentes a las despedidas. Que cada cual enumere los suyos. Por suerte, el amor no es tumor: no se extirpa ni mata. Matan la idiotez y el olvido. Mercedes ya no está en ningún lado, sólo en los discos. Y en nosotros, que no somos negligentes ni idiotas. Una mano sobre el corazón: es acá.

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