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jueves, 5 de diciembre de 2013

SKAY BEILINSON PRESENTA NUEVO DISCO.


Skay en concierto



Fue parte esencial del fenómeno de los Redonditos de Ricota junto al Indio Solari e indudable protagonista de esa épica intensa, tumultuosa y cargada de hermética belleza. Hoy parece haber dejado atrás tanto la agitada separación y las peleas como cualquier amague de nostalgia. Skay Beilinson abrió una carrera personal e independiente desde hace diez años y actualmente comanda banda propia, Los Fakires. Ahora es el turno de su quinto disco solista, La luna hueca, con formato de disco de vinilo de media hora y canciones que asumen una definida influencia oriental. En esta entrevista, Skay desanda un largo recorrido que desembocaría en los Redondos después de haber incursionado en experiencias comunitarias y rupturistas, de La Plata a Pigüé, y llega hasta un tiempo presente de revalorización de la herencia familiar, de serenidad y un crecimiento, paso a paso, en los bordes del circuito alternativo.


Por Mariano del Mazo

La paz que irradia –una serenidad imperturbable de cara al jardín de su casa– es inversamente proporcional a lo que proyecta su contoneo diabólico en vivo, esa amalgama mente-alma-muñeco-guitarra que parece la corporización punk del famoso óleo de Picasso del viejo y la guitarra. “Es que soy un perfecto esquizofrénico”, dice, detrás de los ojos celestes que le valieron el apodo levemente castellanizado.
No debe haber personaje vivo más unánimemente querible dentro del rock argentino que Eduardo “Skay” Beilinson. Las causas habrá que buscarlas en cierta manera de parecer siempre ajeno, una humildad distraída expresada con un tartamudeo breve, borgeano. Son balbuceos, formas: en definitiva Skay es quien es y supo correrse –al menos públicamente– de las traumáticas heridas abiertas luego de la separación de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota; paradoja de un músico: la disciplina que mejor maneja Skay de cara a lo social tiene que ver con los silencios, deudores tanto de un temperamento tímido como de su fascinación por la cultura oriental.
Espejismo, deseo o resignación, hoy las heridas parecen suturadas. Se atenuó el tiroteo mediático –casi un homenaje platense a los perdigones Beatles de los primeros años de la década del 70– y tanto el Indio Solari como Skay esquivan parejamente la nostalgia. Son, a su manera, artistas obcecados que cargan como pueden el peso de una épica demasiado hermosa, demasiado densa. Son como barcos que se intuyen en el medio del océano. Cada uno exhibe su plan: el Indio, con sus esporádicos conciertos que baten records y fogonean la ilusión de la misa ricotera eterna; Skay, con su trajín por teatros y salas de escala humana, en el borde de un circuito alternativo macerado después de Cromañón. En esas elecciones se vislumbran claves del insondable fenómeno de los Redonditos, el yin y el yan ricotero, el pasaje que fue de la clandestinidad al centro neurálgico del rock argentino, sobre todo de los ’90 para acá. “Nunca sé exactamente la cantidad de gente que hay en mis shows –dice Skay–. De movida, cuando subís al escenario hay como una especie de cortina que son las luces. No ves mucho más allá, apenas ves los primeros rostros. La única diferencia está en la cabeza de uno: es más fácil concebir un espacio cerrado. Cuando yo pruebo sonido, a la tarde, veo el límite. Es un sitio que después a la noche puedo recorrer con mi mente y mi imaginación. Los espacios abiertos para decenas de miles de personas escapan a la imaginación. No podés saber qué hay más allá, y la multitud es como un monstruo que... ¡más vale ni pensarlo!”

Skay con su Gibson 335

 

 

PIGÜE

En un discreto segundo plano, la Negra Poli deambula por la casa, atiende o no el teléfono que suena con ritmo sostenido o filtra con un viejo contestador, toma algún mate, fuma, acota y deja revelar las maneras del buen anfitrión: una amabilidad no invasiva, natural, de facturas, bizcochos y algún leve movimiento de cabeza que afirma o niega de acuerdo con los contenidos de la entrevista. Uno se pregunta cómo esta mujer morocha y cautivante llegó a manejar los hilos del formidable negocio del mastodonte redondito sin usar siquiera fax, celular, mail, y ahora mucho menos Facebook o lo que sea... No hay respuesta. Y si la hay, radica en la inteligencia feroz de la Negra Poli, en su capacidad de manejar los tiempos, en su sapiencia territorial, en su coraje mitológico –que refiere a enfrentamientos con comisarios sacados o a botellas rotas ubicadas en el cuello de quien cuadre–, en fin, en el conocimiento del alma humana. Hace 44 años que se conocen, incluso desde antes tal vez sin saberlo. Se cruzaron –chocaron– en un concierto compartido de Diplodocum Red & Brown y La Cofradía de la Flor Solar, en el Teatro Atenas de La Plata, en 1969. Cumbre de psicodelia y hippismo, Skay tocaba el bajo en Diplodocum y venía con la cabeza dada vuelta de un viaje a París y Londres que incluyó piedras y corridas frente a la policía en el Mayo Francés y un par de shows en vivo de Jimi Hendrix y Traffic. Poli se había acercado a La Cofradía de la mano de Rocambole y era artesana y actriz vocacional. Nunca más se despegaron. “¿Ves? Así éramos. Mirá qué facha”, dice Poli, y señala una foto colgada en la pared de una nota publicada en la revista dominical de La Nación en la que se los ve, dueños de una juventud insultante, como hippies o cuáqueros. Será 1970.

Ahora, primavera de 2013, la pareja no parece haberse alejado demasiado de la idea que los unió. El viaje seguramente es el mismo. Aunque Skay se queje de los ruidos molestos que truenan cada noche desde la calle Gorriti, aunque ya haya sido desechada la intención de comprar un pueblo entero para vivir con amigos, el viaje hoy asume la forma de una bohemia calma que los puede encontrar en un bar de Almagro fumando y tomando champagne con amigos, o viendo bandas de rock en cualquier sucucho (“Hay dos bandas que me parten la cabeza: La Doblada, de Javier Lecumberry, el tecladista de Los Fakires, y Les Inestables, de Daniel Amiano”, comenta con entusiasmo). Ahora 2013, en verdad, también, el pasado y el presente es una trama deshilachada. Hasta da la sensación de que la etapa de Patricio Rey funciona más como un recreo que como el episodio central de sus vidas. Hubo y hay vida más allá de los Redonditos de Ricota, porque la existencia de Skay y Poli fue configurada por una cadena azarosa pre-rock más que por una estrategia predeterminada. Concientizados en la más impoluta filosofía de los años ’60 –cuando en La Plata el maoísmo, el foquismo, el peronismo, el siloísmo, el situacionismo, la poesía, el sexo, la droga y el rock and roll se escudriñaban de cerca, con mayor o menor desconfianza, en caminos paralelos que a veces llegaban a cruzarse–, se hundieron y vivieron a tope la experiencia hippie. Por eso, cuando a Skay se le pregunta cuál fue el instante más feliz de su vida, pasa de largo de cualquier historia relacionada con los Redonditos, o con algún disco, o con el dinero. Skay dice: “Pigüé”.

¿Pigüé?
  –Sí, con la Negra nos fuimos a vivir en comunidad en medio de las sierras, en Pigüé. Eramos un grupo de siete viviendo solitos, sin nada, bajo el cielo y las estrellas. A la noche tocábamos la guitarra en un fogón. Habrá sido 1970. Creo que muchas de las cosas que hago todos los días tienen que ver con recrear ese momento alucinante.

Skay en concierto



¿Qué cosas?
–Salir a caminar, escuchar los pájaros del jardín, meditar. No medito de un modo ortodoxo, pero sí lo hago cada mañana a mi manera. Es ni más ni menos que estar un poco conmigo, cuestionar una y otra vez mis creencias, ponerme en paz con la gente que quiero.
De la experiencia de Pigüé, en la que vivían de la caza y de la nada, fueron “rescatados” por los padres de Skay bajo el diagnóstico de neurosis mística. Skay sonríe: hace tiempo que está reconciliado con la figura de Aarón y Berta, sus padres. Es más, no es alocado analizar su estilo guitarrístico en relación con una genética definida. Lo dice Kubero Díaz: “Skay toca como un judío errante”. Lo escribió Daniel Curto: “Skay hace rock árabe”. Lo cierto es que las escalas orientales están cada vez más presentes en su obra. “Es así –concede Skay–. Yo lo relaciono con mi viejo. En casa éramos judíos casi sin serlo, porque no se profesaba nada, no se celebraban fiestas, ni siquiera fuimos bautizados. Mis viejos eran ateos. Curiosamente, de grandes, la cosa cambió. Mi hermano Guillermo se volcó al estudio de judaísmo, de la Cábala. Me pasó un montón de textos, y descubrí una cultura riquísima. Te contaba lo de mi padre: él nació en Azerbaiján, en Bakú, en el Mar Caspio, que es la zona de los kurdos. Siempre pensé que había algún gen dando vuelta por ahí que me llevaba a hacer este tipo de escalas de Medio Oriente. Me salen solas, me resultan familiares.”

¿Y tu madre?
–Ella sí era una melómana total. Dejaba el dial clavado en la radio uruguaya El Sodre, y escuchaba música clásica, ópera. Tenía una gran colección de discos mi madre. A mí me apasionaban Carmina Burana, y Mozart y Vivaldi. Mi viejo fue uno de los impulsores de la Fundación del Teatro Colón, y supongo que no fue más que un gesto hacia mi mamá. Con toda esa data, genética y adquirida, a los ocho años me puse a aprender guitarra con un muchacho que tocaba jazz. El me tiró los primeros acordes y me enseñó temas de Eduardo Falú y Atahualpa. Cuando descubrí a Los Beatles largué todo. ¡Se me quemó la cabeza! Empecé a tocar solo, como un loco. Autodidacta total.
Los Beatles han sido el kilómetro cero de músicos tan disímiles que ya nadie sabe bien qué quiere significar esa influencia. La luna hueca, el quinto disco en once años de vida solista de Skay, ciertamente no escapa a la órbita beatle pero incursiona también en el Led Zeppelin más folklórico. Oriente es una omnipresencia tanto en letra como en música: “La fiesta del karma” profundiza la huella mística abierta por el Harrison de Sargent Pepper y que transitó con autoridad y a su manera Robert Plant y desata, como canta Skay, “una danza cósmica”. “El redentor secreto” narra una leyenda infantil sufí y “La nube, el globo y el río” –la perla del disco– es una alegoría zen con orquesta dirigida por Alejandro Terán, un cuarteto de cuerdas más trompeta y flauta que se eleva en un crescendo cinematográfico. “Es curioso, el concepto de los discos lo descubro después. Primero me voy guiando por el abanico rítmico, armónico y sonoro que reconozco como propio de mi mundo: quiero que en todas las canciones quede reflejado ese abanico. Con el título pasa algo similar. Estaba barajando títulos posibles y de repente me apareció La luna hueca. Me gustó la sonoridad. Después me pregunté qué sería una luna hueca, qué ocurriría en ese vacío. Lo fui llenando de ideas. Mi respuesta fue que lo que hay en esa oquedad es misterio, magia. En un momento pensaba ponerle al disco Después del fin del mundo. Hay una idea apocalíptica en el disco.


Skay y su Gibson Les Paul



Es además un disco bastante corto...
–Media hora, sí. Yo me acostumbré a escuchar música con el viejo formato del longplay. Para mí es un tiempo justo de atención, lo que se puede tolerar. No es que no tenga material, quedaron un montón de ideas afuera, que las descarté en el estudio. Yo entro con demos, con bosquejos, y es en el estudio donde las canciones empiezan a tomar carácter, a tomar forma. Algunas prosperan, otras quedan atascadas por ahí y las abandono, otras van mutando... Juego mucho en el estudio en ese sentido. El carácter es importante. “Ya lo sabés”, por ejemplo, lo pensé como un tango, y después varió en una rítmica muy Police.

Ahora que ya pasó el tiempo, ¿qué sentís que ganaste desde tu debut solista?
–De movida, estoy cantando mucho mejor. Como banda –Los Fakires– hemos avanzado muchísimo, creo que el tiempo hace bien a las bandas, entran a tomar cierta personalidad. Además, toda la complicidad que empieza a haber en la intimidad se refleja en la manera de tocar y de llevar adelante los arreglos en las canciones. En las letras también, creo que aprendí un poco a sacarme la ansiedad de que las letras tienen que ser una especie de manifiesto o que tienen que aparecer de un tirón, como una inspiración que viene del cielo. Las trabajo muchísimo. Siento que este disco es muy parecido a quien soy.

¿Qué te pasaba en ese sentido en los Redondos?
–A veces compartir la autoría con otra persona tiene sus glorias y sus desventajas. Tenés que conciliar tus mundos con los del otro. Componer solo me da la libertad de ir adonde mi corazón me lleve. Esa es la ventaja. En sentido contrario, laburar con el Indio me liberaba de cualquier preocupación letrística. El Indio es un gran letrista. Y la gente le presta atención a una buena letra. Aunque nunca supe bien cómo llegan. Es poesía, pero no específicamente poesía... La canción llega con letra y música, y a veces lo que la palabra no dice lo completa la música, o al revés. Para mí fue un desafío tratar de hacer una letra que no esté tan distante de la poesía que yo admiré, que es la poesía del Indio, y asimismo encontrar un lenguaje propio.

¿Y con la voz te pasó algo similar?
–No. Es que yo siempre canté. Tengo una voz en la que me reconozco, una especie de carraspera. Bueno, fumo y tomo alcohol.
¿Qué sentís cuando en tus conciertos la gente pide que se vuelvan a juntar, algo que también ocurre en los recitales del Indio? –Es una tradición. Si no lo cantan es como si faltara algo. Pero la gente sabe que ya fue, que fue otro tiempo.

¿Te da tristeza cómo se desarrolló la historia?
–Las amistades son así. Fuiste amigo de alguien y los caminos se bifurcaron. Una mira al Norte y el otro al Sur. Fueron años muy intensos, muy ricos, pero la vida sigue. Lo que pasó en los últimos años, de cierta disputa, es lógico de alguna manera. Nada que el tiempo no suavice.

¿Ahora vislumbrás algún motivo del final que destaque sobre otro?
–Cuando las cosas se vuelven tan gigantes a veces empiezan a desnudar miserias, y te hace perder de vista las razones por las que te metiste en esto, qué es lo más importante, por dónde pasa todo. El hecho de empezar de nuevo en una escala pequeña me permitió volver a recuperar la pasión, el gusto por tocar, por estar con mis compañeros. Para mí tocar una o dos veces al año con los Redondos era doloroso. Me hacía mal. A mí me gusta tocar, para mí el escenario es vivir, es un sitio terapéutico. Entonces esperar un año para tocar, con el quilombo agregado de estar atentos a un montón de cosas menos a lo fundamental, que es el arte, las canciones... Fue raro. La gente siempre nos decía: “Los Redondos son el pretexto para que nosotros podamos vivir esta aventura, para que nosotros podamos viajar, conocer gente y lugares”. Eran claros: “No se preocupen por nosotros”. Pero sí nos preocupábamos: por los enfrentamientos, por la puerta, por la policía. Cuando ves que gente que querés está sangrando, tiene heridas, en vez de una fiesta es un padecimiento. Siempre estuvimos al borde de la catástrofe.

¿Ves imposible un regreso?
–Yo lo veo como: “¿Volverán los Reyes Magos?” ¡Qué sé yo!

EL BLUES DE LA LIBERTAD

Los Fakires suenan como una añejada banda viajera. La voz nocturna de Skay parece llegar de otra dimensión: también sugiere viaje, ruta, nomadismo. Rocambole eligió para la portada una trama como de telaraña roja y negra, y un holograma que pendula entre el título del disco y una imagen lunar. Adentro los dibujos conceptualizan las letras y todo –música, letra, diseño– convierten a esta Luna hueca en un artesanal artefacto de rock and roll a la vieja usanza. El disco como un todo.


Skay caricaturrizado con su Gibson 335


¿Qué te pasa con los viajes?
–Me pasa que descubro la música propia de cada lugar. Creo que cada ciudad tiene un sonido propio: Montevideo tiene un sonido propio, que no es el de Buenos Aires, por ejemplo... Hay algo en el aire, y no hablo de música. Es como un espíritu, un pulso, que es posible traducir en músicas. La cultura se refleja en esas atmósferas. Mi fascinación por Oriente y Medio Oriente tiene que ver con eso. Hicimos con la Negra un viaje a Marruecos que fue revelador. Fez me mató. Fue un viaje al pasado. Fez es del año 1100 y siguen viviendo igual. Es un pueblo profundamente religioso. En Occidente se abandonó la religiosidad, sólo se adora al dinero. De Fez me traje instrumentos de percusión, varios tipos de flautas. Ahora venimos de Turquía. En Estambul conocí una especie de sitar de tres cuerdas dobles. Cuando me puse a tocar fue como si lo hubiera conocido de toda la vida. Me gustan los folklores. El tango, por ejemplo, lo descubrí hace poco.

Tal vez tapado, o aplastado, por el peso específico de los Redonditos de Ricota, Skay quedó envuelto en esa especie de logia endogámica que sugería la banda. Pero es una falsa impresión, porque en estás décadas grabó en discos de innumerables artistas –de Edelmiro Molinari y la Galletita a Dancing Mood, pasando por la banda uruguaya Níquel, de Jorge Nasser– y subió a muchísimos escenarios ajenos. Skay practica también el arte de compartir. Habla de una noche extrañísima junto a Pappo, Black Amaya y Alejandro Medina en Arpegios, y se acuerda de Luis Alberto Spinetta. “Siempre me fascinó. Es un artista que iba más allá. Siempre un poco adelantado a sus fans. Para mí fue una escuela, un camino a seguir, el que yo prefiero transitar. Me pasa a mí. En algún momento del show me parece que es bueno ser cómplice de un instante, y tocar dos o tres temas de los Redondos, no más. Después creo que si mis canciones son buenas tarde o temprano la gente las va a disfrutar. Por suerte, ya pasa con muchas. Charly García igual, un gran artista. Hace poco grabé para el nuevo disco de Daniel Melingo... Para mí a Melingo hay que ponerle el ojo: dio una vuelta de tuerca impresionante, pasó los límites de lo previsible y está haciendo cosas totalmente deformes, dementes y bellas.”

En definitiva, Skay Beilinson siempre habla de la libertad: la musical y la otra. Cree que luego de su muerte va a ser olvidado rápidamente, y que no hace discos para trascender. “Son, otra vez, actos de libertad. Estoy muy conforme con mi vida, pero sé que esto se acaba, al menos de la forma que conocemos. Lo demás es misterio.”
Uno de los últimos libros que lo atraparon del cuello y no lo soltaron hasta el final es Sobre Sánchez, la notable biografía escrita por Osvaldo Baigorria que, en su propia telaraña, fue también angustiosa autobiografía. El libro intenta enlazar la increíble y errática vida de Néstor Sánchez, el escritor de Siberia blues y Cómico de la lengua, que pintaba para gran revelación literaria argentina, pero que se perdió en una vida peregrina, alucinada, extrema. Entre el jazz y la devoción por el Cuarto Camino de Gurdjieff, Néstor Sánchez se deslizó en un delirio místico que surcó la década del 60. El libro, finalmente, habla de la libertad radicalizada, abismal. No cuesta entender por qué a Skay le gustó tanto Sobre Sánchez. De Pigüé a Fez, este hombre que no da 61 años y que concede que hizo de su limitación guitarrística un estilo, querría estar en cualquier lado menos en el centro de la escena. Como Sánchez, su vida tiene sentido en la experiencia, en el viaje. Por momentos parecería que el fenómeno de los Redonditos fue un gran malentendido: una noche Skay se fue a dormir luego de haber tocado con amigos en el teatro Lozano de La Plata a puro ácido, y se despertó al día siguiente en el medio de la cancha de River a punto de estallar. “La luna hueca, el vacío, ¿con qué llenarlo? Mi única arma es la música”, dice. Canta en “Cicatrices”: “Siempre me ha tocado estar en el fuego /el fuego cura y también deja cicatriz / Soy una gota en el mar de la historia /sólo un destello fugaz en la eternidad”.
Entre el amor y el dolor, entre el fuego y la cicatriz, en la fugaz eternidad, Skay parece un hombre feliz.


domingo, 18 de abril de 2010

ENTREVISTA A SKAY BEILINSON, QUE SACA EL DISCO "¿DONDE VAS?"



“Ya hicimos mierda todo”

El ex guitarrista de Los Redondos dice que el modelo de “negocio” del rock está terminado, que ya se rompió todo lo que había que romper y ahora el rock quedó “desnudado como música dependiente de sponsors”. Sólo queda inventar algo nuevo: “Hay que recuperar la belleza”, piensa.



Por Lucas Kuperman y Luis Paz


El modelo Redondos ha caducado. Con un Gitanes en la izquierda, una porción de budín de naranja en el plato y un mate en la derecha, Skay Beilinson sentencia el final de la política de imitación de modelos, incluso del de la banda a la que le puso alma y solos, y alecciona: “Obviamente yo no soy quién para juzgar, a esta altura. Pero si hacés mucho hincapié en copiar un modelo anterior, perdés la otra cosa, que es lo que tenés que hacer, lo que tenés que construir vos mismo. Hoy copian modelos de rockstar y lo que estoy diciendo es que por lo menos tenés que inventarte un modelo. Eso de tirar televisores, fumar porro y todo eso de los que creen que son unos bananas, es estúpido. Inventate un modelo. El modelo de Redondos funcionó porque antes no había nada así, pero ahora es momento de construir donde no se ha construido aún, de inventar y crear”.

Cuando llegamos a la casa palermitana de Skay y Poli, se encuentra con Eduardo Beilinson, que invita a pasar a su “baticueva” cual Bruno Díaz desenmascarado, sin sus lentes, su sombrero ni su pañuelo característicos. La intención es hablar sobre ¿Dónde vas?, su flamante cuarto disco solista (aunque luego se verá si, efectivamente, se trata o no de una carrera “solista”), en batea desde el viernes; y tener un acercamiento al universo Skay, ese que incluye la posibilidad de una isla, magia y misticismo, simbologías, cosmogonías, rock, estudios, viajes (mentales y físicos), shows, púas, budines, pajaritos y los zapallos de Poli, la eternizada compañera de Skay desde su adolescencia pre Redondos.

Vagan perdidos, sedientos de amor

“De alguna manera, ¿Dónde vas? es una invitación a recorrer distintos territorios, lugares, comarcas. Es el diario del viajero que emprende su camino y al que el reloj de arena le está recordando que sólo está de paso”, explica Skay sobre la obra, que estuvo por llamar “Bitácora”, entre “otros muchos nombres”. En este álbum, así como en A través del mar de los Sargazos (2002), Talismán (2004) y La marca de Caín (2007), el guitarrista vuelve a referirse a caminos, viajes y tiempos: “No es algo adrede, son esas cosas que uno no puede sacarse. Las canciones son territorios, tanto físicos, imaginarios y mentales. Son otra manera de entender el espacio”.

Visualmente, el disco impacta: un reloj de arena en relieve, que deja ver una cara en vías de sufrimiento, en la tapa; un lienzo que envuelve el libro, cosido e ilustrado; y el propio libro, contenedor del disco. Un trabajo magistral del Mono Cohen, Rocambole. “Es pura genialidad suya. El trajo la idea del reloj de arena, que cierra con el concepto del viaje, el paso del tiempo y ese volver al inicio.” El disco fue registrado en los Estudio Conde, con Joaquín Rosson como ingeniero (el mismo de su anterior disco). “Es un estudio sencillo, como estar en tu casa. De todas maneras, no me meto a grabar y termino un disco, entro diez días, salgo para tocar, pasa una semana, vuelvo al estudio, arreglo alguna, cambio otra”, cuenta.

–A esta altura, ¿por qué no un estudio hogareño?

–Soy muy malo para la tecnología, no tengo computadora ni celular. Se necesita tiempo para usar bien el Protools, que está genial, pero si sos ágil. El tiempo que me lleva usarlo es demasiado. Soy del viejo modelo analógico. Elijo estudios chicos, con ingenieros que entiendan Protools y que me sepan leer. Lo demás es buen gusto, imaginación y creatividad.

La rueda de las vanidades

“Como dice Troilo, yo nunca me fui, siempre estoy volviendo”, parafrasea Skay, antes de comenzar una exposición sobre los comienzos de las cosas. “Siempre empezar tiene una gloria que después no vuelve. Los momentos del principio están cargados de mucho entusiasmo: explorar esos sonidos donde no buscaste, encontrarte con otros músicos y la manera de hacer música nueva. Esa gloria es lo que más rescato de mi trabajo. Y también que hoy nos entendemos perfectamente con la banda y podemos tocar en cualquier lugar y formato y divertirnos.” Sin comparar a Los Seguidores de la Diosa Kali con aquellos Redonditos de Ricota (de quienes prefiere no hablar en lo particular sino conceptualmente), Skay considera que la banda ha ganado solidez y que eso acabó en una conexión con matices más interesantes. Y eso, en definitiva, hace que sienta que “no se trata de un proyecto solista sino de una banda”. Es que, para Skay, “un solista es algo como Luis Miguel”.














–¿Te conflictúa el paso del tiempo?

–No, pero me hace tomar conciencia de que si me pierdo este día, me lo perdí. No estoy encima de los días como una especie de cruzada, pero trato de recordarme que mañana será otra cosa y que hay cosas que van a aparecer hoy y van a quedar, una frase, un riff, un sonido. Hago un balance diario.

–Se dice que todo viaje es un camino hacia lo desconocido. ¿Componer también lo es?

–De alguna manera, sí. El lenguaje de la música me es conocido, pero desconozco el territorio al que voy. A veces caés en los ya conocidos y se produce un vicio; y otras veces caés en lo desconocido y ahí creo que está lo más importante, en ver cómo usar eso en una canción. Me pasa con las escalas, un lugar recurrente que no se me agota, que siempre es novedad.

El rock, territorio caníbal

La charla transcurre en la Skaycueva, entre recortes de diarios, cuadros y azulejos de su cosmogonía (peces, relojes, dragones), en un sinfín de relieves y texturas como el que alberga el jardín, ése que Skay mira desde la mesa del comedor, con la pava a medio llenar. Un ave quilombera distrae al NO, que mira a través de los vidrios desempañados al jardín primitivo de los Beilinson. “Esos zapallos los plantó Poli. A veces se pone a tirar semillas, pero normalmente dejamos que las plantas crezcan por sí mismas.” Así, en su propia isla, que no será la soñada (ver recuadro), la pareja se relaja con música (jazz, preferentemente) y vino (tinto, por favor). O discute títulos de discos. O piensan algún show. O hablan sobre el rock.

–¿Qué creés que le falta romper al rock?

–Creo que romper se ha roto todo, es tiempo justamente de lo contrario, de construir, de poner donde no hay. Ya hicimos mierda todo y llegamos a tal punto de vacío que parece que ya no hay nada. Lo que falta, creo, es recuperar la belleza. Está faltando un poco de belleza aquí.















–¿Y no creés que para que haya belleza debe haber romanticismo?

–Totalmente, el romanticismo le hace bien a la vida. De lo que me tocó vivir (como estar en el Mayo Francés o en el under de los ‘80), los más heroicos y bellos momentos tenían un grado muy alto de romanticismo. Creo que no hay cambio posible sin romanticismo, donde mires: Guevara, Gandhi. Por más pragmáticos, siempre tienen un alto grado de romanticismo. Lo malo fue que rompimos demasiado y ese espacio de romanticismo quedó vacío. Hoy faltan esos locos como Omar Chabán que ponían lugares como Cemento, que era un espacio de expresión, donde todos podíamos hacer los primeros pasos, probar la banda, y si él ganaba o perdía plata era lo mismo. O lo que hace José Luis Luzzi en el Marquee, que es de los pocos que quedan.

–¿Hay esperanza de recuperar a los románticos?

–Sí, creo que hay buenas bandas aquí. Pero hay un problema: el rock era interesante porque era el vehículo de una contracultura; esa contracultura desapareció y el rock quedó desnudado como música dependiente de sponsors y de compañías, donde se nota que hay cada vez menos aventura. Lamento que todo intente ir hacia el lado de la industria, que también está haciendo agua y no sabemos para dónde va a disparar.

–Ahora que, según vos, el rock perdió el romanticismo, ¿tiene fecha de vencimiento?

–Depende de cómo veas al rock. Si lo ves como una cosa de jóvenes que tienen que saltar y todo eso, supongo que sí, porque todos envejecemos. Igualmente, creo que el rock es más que eso, creo que es una cultura.

Talismanes

La carrera de Skay está fuertemente atravesada por los símbolos. Desde el universo simbólico de La Cofradía de la Flor Solar y de Los Redondos hasta la presencia del reloj (el tiempo), los peces (la perseverancia), el mate (el convite), las rotas cadenas (la libertad o liberación), el lienzo (el arte y lo antiguo), cosas que, a su modo, son sus talismanes. “El simbólico es otro espacio perdido por el rock. Lo que tuvimos con Los Redondos fue que hicimos algo que antes no existía, generamos un modo de hacer autogestionado e independiente. Pero, en realidad, fue la gente la que lo proyectó, la que reconoció esa bandera de la independencia y de la libertad, y nos alzó. De última, nosotros hacíamos canciones”, evalúa.

Con el modelo Redondos, muchas bandas generaron sus simbologías, sus logos y sus modos de vestir. No casualmente, las últimas bandas masivas de la Argentina –Los Piojos, La Renga, Babasónicos– y no tan masivas –Catupecu Machu, Viejas Locas– en cobrar trascendencia pasaron de boca en boca, de mochila a mochila y de hoja de carpeta a hoja de carpeta en logotipos (el piojito, el ojo rojo y las chalas) y tipografías particulares. “Tal vez tenga una relación con nosotros, pero no sé. En nuestro caso había artistas plásticos. Las ideas de Rocambole fueron importantes porque tenían peso, no porque estaban asociadas a Los Redondos. Se imponían por sí solas. Pero bueno, acompañadas de una banda que tenía su peso musical y poético, su postura, su independencia, así se concretó toda una propuesta. Con Poli nos reímos, muchas veces, de que hay gente que te dice ‘yo soy artista’, y te entregan un papelito de mierda. Y bueno, flaco, entre vos y Ciruelo hay un abismo”, compara, sonríe y sorbe.













–¿El problema sería, entonces, que el rock es música y no más cultura?

Skay: –Sí. Y seguirá siendo así hasta que se piensen cosas nuevas y se pongan en discusión otras, que se apuntale nuevamente una contracultura. Para eso se tiene que mover todo, no sólo la música: la pintura, la escritura, todo.

Poli: –Hoy a nadie se le ocurre unirse con el otro, porque están todos con la computadora, creyendo que están unidos. La idea de cambiar el mundo se da únicamente cuando estás con otros. Si estás con tus amigos, te aparecen ideas para cambiarlo. Siempre está la posibilidad de cambiar las cosas. Ustedes piensen que antes, a los 20 ibas al servicio militar, volvías, te casabas, armabas tu familia y listo: tu vida se terminaba.

Skay: –Esa es la idea romántica que se perdió, la de que todavía es posible cambiar las cosas. Es inevitable que el mundo cambie, no sé si para mejor o para peor. Lamentablemente, si no hacemos algo, creo que se viene uno peor, un mundo al que le va a faltar mucho la gracia.

ESPIRITU NON SANCTO

"Todos creemos en algo"

“Lo espiritual es un campo bastante impreciso –admite Skay–. Pero, de alguna manera, siempre presente. Cuando hacés una canción, hablás sobre cómo la realidad te golpea en tu interior, cómo recreás esa realidad y lo que representa para vos en tu mundo espiritual, donde está todo: los miedos, las alegrías, los sueños, todo eso en lo que uno cree.”

–¿Sos creyente?

–En realidad todos creemos en algo, hasta el ateo más ateo o el agnóstico más agnóstico. Claro que uno se va armando sus propias creencias de acuerdo a experiencias, a determinados tipos de informaciones y cómo las vas procesando. Todos creemos.

–¿Creés en la inspiración?

–Muchas veces, desde lo musical, los viajes son bastante inspiradores. Me gusta pensar que cada lugar tiene una sonoridad propia. Estás en Nueva York y el rock and roll le suena perfecto, vas a Fez y es esa música, vas a Tilcara y el folklore le sienta bárbaro. En viaje, me dejo influenciar por lo que veo y, al regreso, intento integrar todo eso en una canción.

–¿En la magia?

–Sí, la música es magia pura. En otras cosas no estoy seguro, pero en ese tipo de magias, como la musical, sí creo.

–¿Y en los fantasmas y en los dragones, presentes en tus canciones?

–Creo en ellos como personajes mitológicos, que te permiten hablar de alguien o de algún rasgo de la personalidad sin tener que nombrar a esa persona específica. Hablar de personajes mitológicos es hablar de todos. Como la idea de Dragones (la canción del disco Talismán), de San Jorge y el dragón simbolizando toda su maldad, contra la que San Jorge combate. Y después hay cosas raras, que no comprendo. La otra vez me desperté con un nombre desconocido en la cabeza. Quise buscarlo en la guía y llamarlo, pero no me animé. Otras veces sueño con música que después no puedo reproducir del mismo modo.

–Volvemos al viaje como concepto de tu disco. ¿Creés que existe un lugar en el mundo para cada quien?

Skay: –Con Poli hemos pensado, alguna vez, en una isla donde poder vivir con nuestros seres queridos y bajo nuestras propias leyes.

Poli: –Creo que como utopía es bastante buena.

–Y vos, Skay, ¿adónde creés que vas?

–Hacia allá, hacia la isla vamos. Esa es la idea. Si está en la cabeza, está en algún lugar. Y si está en algún lugar, se puede considerar real.




BIOGRAFIA BREVE

Eduardo Beilinson nació el 15 de enero de 1952 en La Plata y tardó sólo 12 años en comenzar a tocar la guitarra. En 1968 realizó el mítico viaje a Francia con su hermano Guillermo, que lo depositó en pleno Mayo Francés hasta que fue deportado a Londres, tal vez para mejor: allí vio a Hendrix en el Royal Albert Hall, una figura que lo marcaría para siempre. A su regreso a la Argentina conoció a Carmen Castro, la Negra Poli, y junto a Guillermo comenzaron una vida ambulante. Pegaron onda con la gente de La Cofradía de la Flor Solar y allí conocieron a Rocambole. Después, en el Di Tella, a Marta Minujín, que lo bautizaría “Skay” en referencia al color cielo de sus ojos. De La Cofradía surgió Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, que debutaron en 1977. Luego de 24 años, nueve discos de estudio, uno en vivo e infinidad de shows en todo el país, en 2001, Los Redondos comienzan un parate por ahora sin fecha de retorno. Pero, un año antes, Skay ya se había juntado con el baterista Daniel Colombres y el bajista Daniel Castro para dar forma a su debut solista, A través del mar de los Sargazos. El tecladista Javier Lecumberry, el guitarrista Oscar Reyna y el bajista Claudio Quartero, hijo de Poli, lo acompañarían en las grabaciones de Talismán. El baterista Mauricio “Topo” Espíndola reemplazaría a Daniel Colombres para La marca de Caín, y esa formación se mantendría en vivo y en estudio para el actual ¿Dónde vas?, cuarto disco de un romántico del arte de la guitarra en tiempos de Guitar Hero y melodrama.