Apoya mis publicaciones con un ME GUSTA!

Mostrando las entradas con la etiqueta LILIANA HERRERO. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta LILIANA HERRERO. Mostrar todas las entradas

domingo, 12 de febrero de 2012

LILIANA HERRERO PUBLICA UNA NUEVA EDICION DE ESTE TIEMPO.



“La música lleva en sí misma el debate sobre la identidad”

 

La versión del álbum que saldrá en pocos días contendrá además un DVD que grabó en la fábrica recuperada IMPA. La cantante presentará estas canciones recientes y otras que la acompañan “desde la infancia” el sábado 21 en Ciudad Cultural Konex.

Por Sergio Sánchez

Así como para un padre no es tarea fácil elegir un nombre para su hijo, para un músico tampoco lo es titular un disco. En definitiva, según confiesan muchos artistas, el vínculo afectivo es similar. En ambos casos, se trata de una experiencia significativa, definitiva y que implica una gran responsabilidad. Si algo evidencia el nombre del nuevo disco de Liliana Herrero, Este tiempo, es un fuerte compromiso no sólo con el presente, sino también con el pasado y el futuro. Fiel a su estilo, la folklorista increpa en el álbum a las nuevas generaciones y a quienes tienen responsabilidad política en el campo de la cultura. Durante la charla con Página/12, Herrero se muestra preocupada por la desatención a un gran número de músicos contemporáneos que, a su entender, están marcando un camino en cada uno de sus lugares de origen. Su mirada abraza a los artistas de todos los rincones del país. “Veo con preocupación que no haya una mirada con relación a la multiplicidad extraordinaria y a la enorme cantidad de compositores y poetas que existen en el país”, señala Herrero. Sin embargo, admite que se trata de un tiempo de intenso debate, revisionismo y reflexión. “Este es un tiempo promisorio. Entonces, acompañemos esa promesa, profundicemos esa promesa”, alienta y se le dibuja una sonrisa en el rostro.
Lo mismo le sucede cuando cuenta que en estos días saldrá a la venta una reedición del disco, que incluye un DVD que grabó en agosto del año pasado en la fábrica recuperada IMPA. “Es un lugar precioso y a mí me resultó muy interesante que se grabara allí”, se alegra. El audiovisual está compuesto por cuatro de las nuevas canciones: “Bagualerita” (una inédita de Luis Alberto Spinetta), “ABC” (Pitufo Lombardo), “Antiguo barracón” (Ramón Ayala) y “Tu nombre y el mío”. Esos temas y algunos que la acompañan “desde la infancia” se podrán escuchar el sábado a las 21 en Ciudad Cultural Konex (Sarmiento 3131).

Coherente con su discurso, en su nuevo disco grabó “Tu nombre y el mío”, una bella canción con aires patagónicos del cantautor Lisandro Aristimuño, la inquietante “Un punto solo en el mundo” del ascendente músico Diego Schissi y una sentida interpretación de “Se me va la voz”, del joven compositor Guillermo Klein, que cuenta con la participación de Fito Páez (otro músico que dialoga con las nuevas generaciones). En esta preocupación por atender el paisaje sonoro de “este tiempo”, Herrero entrega un disco con un claro posicionamiento regional. Es que incluyó composiciones tanto de músicos argentinos como uruguayos. Hay canciones de Fernando Cabrera, Rubén Rada, Jaime Roos, Edu “Pitufo” Lombardo y Hugo Fattoruso: una verdadera selección charrúa. “Esta ligazón que tengo tan intensa con Uruguay seguramente viene de mi gran admiración por los músicos de allí y por ese país, posiblemente por ser entrerriana –confiesa Herrero–. Lo cierto es que ahí hay músicos para tirar para arriba, con dificultades para tocar y grabar, porque se trata de un mercado mucho más chico que el argentino. Me siento siempre muy estimulada por las producciones musicales uruguayas.” A lo largo del disco, se pueden apreciar la diversidad de colores y vaivenes vocales que Herrero le imprime a las obras que elige hacer propias. Una estética con sello distintivo y con un largo camino recorrido. Resulta curioso que, a esta altura, no sea convocada para participar de festivales populares como el de Cosquín (ver recuadro).

–¿Por qué buscó un anclaje presente y contemporáneo?

–Quería señalar la singularidad de este tiempo, los acontecimientos promisorios que tiene este tiempo político, cultural y musical. En este sentido, quería mostrar una vez más –y sin ponerlos a todos– un panorama de los compositores que a mí me interesan mucho en estos momentos, que están produciendo música hace tanto tiempo y con tanta belleza. Siempre me he puesto a trabajar fundamentalmente sobre músicos que ya no están, y esta vez quise señalar la peculiaridad de este tiempo en la Argentina y en el Cono Sur; en este caso, en Uruguay. Quería destacar las formas magníficas que tiene la composición de la música popular en esta región. Pero aclaro que no están todos los compositores que a mí me gustan. Que así sea es un estímulo para seguir haciendo discos e interrogando a aquellos autores que no están. Me dispongo a dialogar con esas composiciones para saber qué me dicen. Me sentí muy contenta de hacer el disco porque es un signo de estos tiempos, un señalamiento de la música como un modo bello de mirar el mundo. Es un tiempo complejo y la música lo es. Nadie nos dijo que la música era fácil; en todo caso, lo dicen ciertos medios, pero cualquiera que se ponga a estudiar la historia de la música en un sentido universal o de esta región percibe rápidamente que no hay simplicidad, al contrario. Lo cual no quiere decir que haga una apología de la complejidad, pero sí que uno debe trabajar alegre y responsablemente en relación a la música.

–¿Qué implica esa responsabilidad?

–Cuando digo responsable me refiero a no conceder tan alegremente y no ser cómplice de un empeño furioso que tiene el mercado, los medios y a veces también los festivales para ubicarse con relación a la música. A mí me gusta más otro modo de ubicarme con respecto a la música. Hay una historia de la música más que interesante para pensar, porque hay grandes compositores y cantores en América latina, en el mundo y en la Argentina que nos señalan claramente un camino por el cual ellos ya han transitado. Y me interesan aquellos músicos que han introducido novedades y riesgos artísticos. Después, no logro escuchar con interés las formas más convencionales de la música, más estandarizadas, más banalizadas o simplificadas. Hay que saber que hay una hegemonía cultural que está marcada a fuego por una estandarización del oído y que no resuelve el gran problema, que es la interrogación misma sobre la música. Entonces, en lo que yo hago tiene que haber una actitud absolutamente responsable con la propia historia de la música y con los grandes compositores y poetas de este país. En ese formato canción que muchas veces ha sido devaluado pero no es nada fácil de sostener. A veces los gobiernos tampoco saben cómo resolver eso y terminan cediendo fácilmente a conceptos que no me resultan estimulantes para pensar los espectáculos. Se concentran en recursos ya comprobados. Eso me parece un poco errático en términos artísticos. Me parece que hay poderosísimos compositores que están fuera de toda convocatoria. Y habría que romper con eso. Esto no lo veo sólo en los festivales, sino también en los espectáculos gubernamentales de cualquier color.


–¿Qué políticas culturales deberían implementarse?

–No estamos pensando bien cultural y artísticamente al país. ¿Qué se necesita para que podamos poner en el escenario personas valiosísimas y que son desconocidas por la propia Argentina? Tomar ese riesgo, nada más. Tomar el riesgo de diseminar en todo el país conciertos simultáneos para festejar cualquier cosa. En cambio, se repiten los mismos artistas. Y no porque los que tocan sean malos músicos, sino porque no se amplía la cosa. Hay que apostar a que los públicos puedan escuchar algo absolutamente diferente de lo que ya saben. Son muchas lenguas las que están dando vueltas alrededor de los grandes temas de la música. Y tenemos que poder escuchar todas esas formas y modos musicales. Si no, hegemonizamos amparados bajo conceptos que no alcanzan para explicar lo que pasa culturalmente en el país. Por ejemplo, creo que no alcanza para explicar lo que sucede con el concepto de juventud. En sí misma, no me lleva a nada esa idea. Es decir, me puede llevar tanto a una idea de grandes transformaciones de la realidad como a tribus conservadoras. Así como el concepto de vejez no me lleva necesariamente al concepto de sabiduría. Y trataría de zafar de ciertas formas muy previamente trazadas por los medios. Veo con preocupación muchas de las planificaciones musicales y culturales que se hacen en el país, por parte del gobierno, de los festivales, los contratos privados o lo que sea. Cuando se apuesta a lo que uno ya sabe, perdemos la posibilidad de conocer a las personas que están tan intensamente trabajando desde hace tanto tiempo en el más profundo anonimato. Un gobierno tiene la responsabilidad de mostrar aquello que existe en el país. No podemos perder a músicos como Horacio Castillo, gran guitarrista y compositor misionero, sin saber que lo tuvimos.

–Entonces, usted toma la responsabilidad de dar a conocer a esos artistas.

–Siempre que puedo, lo hago. Pero de algún modo estoy afuera de ciertos aparatos culturales. No me incomoda eso. Siempre uno va armando caminos paralelos, siempre hay hendijas y recorridos preciosos que uno puede realizar. Y recorro mucho el país. Me place mucho ir a todas las regiones de la Argentina porque me encuentro con personas preciosas y con formas musicales que son muy estimulantes para pensar mi propia música. Si no podemos escuchar lo que se está haciendo, estamos imposibilitados de pensar nuestra propia identidad. No podemos olvidar eso porque estamos en problemas y no podemos pensarnos a nosotros mismos. Están el Negro Aguirre, Juan Quinteros, Coqui Ortiz, Lilian Saba y tantos otros. Y me quedo corta, no me alcanza la memoria, me olvido de nombrar un montón más. ¿Qué hacemos con todos ellos? Hay que prestar atención a eso, hay que estar alerta a ese mundo. Ellos tienen mucho para decir. El músico que viaja, como yo, tiene la ventaja de tener en su corazón y en su cabeza un mapa musical argentino que es extraordinario.

–Y políticamente, ¿cómo ve este tiempo?

–La música es un acontecer político. No hay una literalidad en eso. Aun con críticas, veo un momento propicio para la discusión sobre lo que somos como argentinos y latinoamericanos. Veo un tiempo promisorio para pensar esto. Sin duda, la reflexión crítica la permiten las condiciones de debate y diversidad que hay en este momento. La música lleva en sí misma el debate sobre la identidad. Basta con mirar la historia del folklore, del rock argentino, del tango o del jazz. Entonces, no perdamos la posibilidad que nos da la misma historia de la música popular en la Argentina para pensar también el país. No la pongamos como un aporte, como un adorno, pongámosla en el seno mismo de la cultura, de la discusión de lo que somos. Cuando Raly Barrionuevo el otro día invitó a Vitillo Abalos, a la cubana Yusa, a Pedro Rossi y a mí, ¿qué hizo? Juntó generaciones para poder pensar lo que somos. Y eso me parece un hecho político extraordinario, más allá de la denuncia que quiso hacer sobre Famatina, con la que yo acuerdo. Es posible ese diálogo entre generaciones, aun con diferencias. Aun en esa desatención, la música siempre se abre un camino. Eso siempre me deja una especie de sentimiento optimista. Pero no un optimismo tonto creyendo que en los hechos está todo lo dado y no hay más que eso, sino un optimismo doliente porque sé que venimos del abismo y al mismo tiempo sé que aún falta mucho.

–Si bien en el disco hay un discurso que habla de estos tiempos, lo cierto es que no deja de revisar el pasado, como en discos anteriores.


–El pasado no es nada si no es interrogado por el presente. Y el presente a su vez no es nada si no interroga al pasado. Ese es un principio sobre el cual pienso la música. Por eso siento que en las composiciones de Este tiempo hay siempre resabios por donde aparecen los restos de algo que ya sucedió. Tal vez sean los restos de un naufragio. Estoy convencida de que venimos del abismo, de las formas más oscuras del terrorismo de Estado y de la década infame de los ’90 basada en la globalización. En general, cuando tomo una canción como intérprete, termino convirtiéndola en otra cosa. Eso sí, llamaría de atención a las personas que escuchan esas canciones: tómense el trabajo de buscar el original. Porque lo mío es una mera lectura contemporánea de algo que tal vez no sea así. Mercedes (Sosa) inventó una forma maravillosa de cantar. Creó una estética novedosísima que tenemos que escuchar permanentemente, como a otros. Pero lo de ella fue absolutamente significativo. Y fue una influencia para mí. Hay que seguir la huella que dejó y en ese camino hay que intentar crear la propia huella.

lunes, 30 de mayo de 2011

LILIANA HERRERO Y SU NUEVO DISCO: ENTREVISTA.


Dejemos cantar al viento

A tres años de su último disco, y después de pensar y pensar qué hacer sin llegar a ninguna conclusión, Liliana Herrero saca un trabajo formidable: en un momento en que parece haber alcanzado la plenitud de su modo tan único de cantar, apostó por dejar de lado el folklore más tradicional para grabar canciones de compositores contemporáneos. A punto de presentar Este tiempo en Buenos Aires y el interior, habla de su primer disco sin Mercedes Sosa cerca, del lugar de heredera que muchos le asignan, de la polémica sobre Vargas Llosa encendida por su pareja Horacio González y de por qué no le quedó otra que hacer un disco que pateara el tablero para estar en consonancia con los tiempos que corren.


Por Mariano del Mazo

La primera frase que se escucha cuando rueda el CD-R blanco y radiante es “hoy se respira viento sur”; el último track es “Austral”, un viejo tema de Rubén Rada con voz y clarín improvisados en el estudio. Liliana Herrero tratará de explicar a lo largo de una hora y media su empecinamiento por ese punto cardinal que envuelve, circular, a Este tiempo, el disco que empezará a mostrar dentro de algunos días por todo el país. El Sur, el bendito Sur, que Manzi, Benedetti, Solanas y tantos más estigmatizaron como planteo romántico e ideológico se enlazará con otras temáticas ásperas (Horacio González vs. Vargas Llosa), heréticas (¿es Herrero la heredera natural de Mercedes Sosa?), políticas (“banco al gobierno y lo banco a Martín Sabbatella”) y estéticas (“No tenía ni idea el disco que quería hacer”).

Ya todos conocemos a Liliana Herrero: su discurso suele enredarse en vehementes disquisiciones filosóficas que contradicen aquella humorada de Frank Zappa: “Escribir y hablar sobre música es como bailar sobre arquitectura”. Pero ocurre que Herrero no habla de música: sus palabras se ubican más allá, en un lugar indefinido y espeso donde las preguntas tienen más fuerza que las respuestas. Finalmente la verdad inobjetable habrá que buscarla en Este tiempo, un gran gran disco que confirma la dirección que tomó en los últimos años su sinuosa carrera. Una dirección de menor a mayor, que arrumba aquellos audaces discos de la década del ’80 –totalmente atípicos para el folklore de entonces– a eso, a audacias, a experimentos de ensayo y error con un sonido de época que hoy se escuchan como de otro planeta. Sin embargo, tanto en sus últimos trabajos conceptuales (los realizados junto a Juan Falú sobre la obra de Cuchi Leguizamón y Manuel Castilla y de Eduardo Falú y Jaime Dávalos, y el doble Litoral) como en Igual a mi corazón (2008), la entrerriana parece estar en el punto justo de ebullición en cuanto a hallazgo de repertorios jugados, bellos y equilibrados, y en el tratamiento tímbrico. Pianista oculta y todavía tímida (“Fito siempre me insiste a que me anime y saque un disco de piano y voz”), entre tanto productor que se asienta en un par de ideas musicales y las exprime hasta la extenuación, está logrando una originalidad sonora significativa, un entramado de instrumentos acústicos que no se parece a nada: no huele a rock, ni a folklore, ni a eso que se llamaba proyección. Es el aporte de una aristocracia instrumental (Ernesto Snajer, uno de los capos musicales de este disco, sería el máximo representante de esa aristocracia) que combina madurez y juventud y que en el disco suena compacto, orgánico. A su vez, la compulsión interpretativa de Herrero a desestructurar armonías, ese canto “fuera de quicio”, ya dejó de ser resbaladizo, ya no pedalea en el aire: derivó finalmente en matriz artística, es su aporte a la tradición, un mensaje valiente, su “forma de dialogar”, dirá ella. O, enunciado de otro modo, un juego que cada día juega mejor, serio como todos los juegos, que se puede advertir en maravillas como su abordaje (su apropiación) de “La casa de al lado” o, antes, “Palabras para Julia”, para citar sólo dos canciones. No hay retorno después de esas interpretaciones. Por eso, no deja de ser cierto que el sustento de su búsqueda se encuentra en una máxima que ella dice separando cada sílaba, como subrayando: “No hay cover posible”.

“Es verdad. Los primeros discos hasta Isla del tesoro incluido son un tanto desaforados. Muy ochentas. Se nota en el audio, en el uso de los instrumentos. Lo que no cambió es el mecanismo de volver extraño lo que canto. De meter acompañamientos que las canciones no piden. La operación es exactamente igual a la actual. Mercedes me dijo una vez: ‘Vos te inventaste un modo de cantar sobre algo complicadísimo, algo que no pide el tema’.”

La pregunta incauta sería: ¿eso es bueno o malo?

–Yo creo que la música tiene que decir algo. Por eso pienso que no hay cover posible. Lo contrario nos condenaría a repetir hasta el infinito lo que ya está hecho, lo que ya está dicho. Hay que decir algo más. Yo he abandonado canciones porque no encontraba qué decir... ¡Podría sacar dos discos seguidos con las canciones abandonadas! A “Dulzura distante”, por ejemplo, no le encontraba la vuelta. Desde hace años venía merodeándola. Y la fui dejando. Le preguntaba cosas a Fernando Cabrera, pero no había forma...

“Dulzura distante” es uno de los grandes momentos del álbum. Herrero se ha hecho una especialista en Cabrera, un artista uruguayo intrigante, complejo y de alto vuelo poético-musical (ya había grabado de él dos perlas: “La casa de al lado” y “El tiempo está después”). El porcentaje de músicos uruguayos que interpreta es notable. Además de “Dulzura distante”, hace “Nueva” (letra y música de Hugo Fattoruso), “Abc” (Edú Pitufo Lombardo), “Tema del hombre solo” (Jaime Roos) y “Austral” (Rubén Rada). Este tiempo se completa con “Tu nombre y el mío” (Lisandro Aristimuño), “Bagualerita” (inédito de Luis Alberto Spinetta), “Se me va la voz” (Guillermo Klein), “Un punto solo en el mundo” (Diego Schissi) y, más del palo folklórico, “Antiguo barracón” (Ramón Ayala) y tres de Juan Falú: “Fada”, “A puro fierro” (compuesta con Pepe Núñez) y “Laurel” (con Jorge Marziali).












¿Cómo pensás los discos?

–En este caso no tenía ni idea qué disco hacer. Fue angustiante. Hacía tres años que había sacado Igual a mi corazón y andaba perdida. Me fui un mes a un campo en Colón a despejarme, a recuperar el cielo entrerriano, a cranear el disco. Al final, un disparador fue Spinetta. Nos encontramos una noche en una avant première y totalmente desubicada le pregunté si no tenía una canción para darme, para grabar en un futuro disco. Después le mandé un mail pidiéndole perdón por lo inoportuno. Al tiempo me envía una canción hermosa, “Bagualerita”. Venía el Bicentenario y yo quería hacer algo al respecto. Pensé que encajaba perfecta. Al final descarté lo del Bicentenario porque lo que había pasado era tan fuerte que no me dio... Y ahí se me ocurrió una idea: hacer un disco sobre autores actuales. Ya tenía título: “Contemporáneo”.

¿Qué pasó?

–Me pareció más apropiado Este tiempo, más abarcador, menos cerrado. Es un puñado de canciones de autores contemporáneos con el que mi canto intenta dialogar... Yo siempre hice lo inverso: retomar viejos temas y ponerlos a funcionar en el mundo contemporáneo. Ahora fue al revés. La pregunta fue: ¿qué diálogo puedo establecer cantando ya no con el pasado sino con autores de este tiempo? Estoy convencida de que la música es un diálogo extraordinario con texturas, con instrumentos. Son conversaciones, encuentros, escuchas... No es algo solitario. Ese mundo me inspira y me estimula. También pensé que aunque sean canciones del presente se cuela una memoria. O al menos una futura memoria.

La idea la completa –o la origina– Guillermo Korn en el sobre interno del CD: “Un telón se abre y asoma Este tiempo. Si en los discos anteriores se auscultaba el pasado; aquí es el presente, siempre tenso, el que se indaga. Menos trágico y más lúdico. Sonido y banda nueva para interpretarlo. En la voz de Liliana Herrero se insinúa la risa. No hay desdén por los viejos legados. La tradición, esa buscona, siempre asoma entre las sombras. En esta obra hay autores y compositores que no son clásicos, aunque podrán serlo. El tiempo dará su veredicto. Quien no puede imaginar el futuro –está dicho– no puede imaginar el pasado. En este tiempo todo es apertura y desafío. Liliana amasa la canción, la mastica y saborea, en sus vetas dulces y en sus hebras amargas, quebrando roca por roca”.

Habrá que abonar el tono apologético porque sí, porque la tradición asoma nomás en la atemporal voz de río de Ramón Ayala en “Antiguo barracón”, en su recitado: “Sube la selva, llena de sombras y montes verdes / Catedral viva de los helechos y las serpientes./ Adentro del río, adentro, los ojos del jangadero / preso en su tumba de agua allá por el Uruguay, / sueñan con llevar la luna para su rancho alumbrar / y alimentar sus gurises con rebanadas de pan./ Adentro del río, adentro, allá, allá por el Uruguay”. O en el fraseo del canto de Juan Falú y su tono oscuro y severo en “A puro fierro”, esa canción enorme dedicada al herrero Daniel Nico. O, por qué no, el aporte de Fito Páez en “Se me va la voz” de Klein. Es el colchón más o menos conocido donde Herrero puede descansar aún dentro del vértigo de su intrepidez de intérprete, y desde donde puede permitirse naufragar en la versión de “Tema de un hombre solo”, una de las canciones más extrañas, viscerales y autobiográficas de Jaime Roos (“Recién vi a un extraño, con rostro familiar / ahora entiendo al resto, cuando me mira mal / El del espejo soy yo, extraño animal / Alguien dijo que nacemos y que morimos solos / Yo que nací varias veces, suscribo todo”). Y darle una impronta oblicuamente folklórica a “Bagualerita”, con cambios de tiempos y un trabajo percusivo formidable.

“El tema de Jaime me lo sugirió él mismo: a pesar de que tenemos el mismo representante, yo nunca había grabado nada de Roos. La canción es complicada, la escuché una vez, la pasamos a partitura porque prefería leerla para no pegarme su fraseo, tan característico... Y le suprimí una partecita de la letra. Para mí también es una forma de homenajear a Eduardo Mateo, que fue muy amigo de Jaime, de Cabrera y de Rada. El de Spinetta tiene una pequeña historia atrás: a mí se me ocurrió meter en el medio el ritmo de baguala. No sabía cómo decirle. Un día le comenté: ‘Luis, ahí en el medio oigo una baguala’. Me miró y me dijo: ‘Liliana, hacé lo que quieras’. Como diciendo: basta, la canción ya es tuya. No somos amigos, pero hay mucho afecto. Coincidimos en el Festival Medio y Medio, en Punta Ballena, y hablamos mucho de música, de cultura, del país. Cuando le mandé mi versión, sin masterizar, me respondió un mail con un montón de elogios. No sabés cómo quedé: volaba. Agrandadísima.”

En tus últimos discos se advierten dos características: ponés el foco en compositores, digamos, en vías de desarrollo e incluís una gran cantidad de canciones de Uruguay...

–Es cierto. En Uruguay pasan cosas poderosas. Pero también estoy alerta a lo que pasa acá. Es decir, no hago una diferencia: para mí es lo mismo Ana Prada que Coqui Ortiz. U Osiris Rodríguez Castillos y Atahualpa. Lo otro es relativo: pensá que canto a Jaime Roos, a Spinetta, a Falú, a Ayala..., artistas consumados, que obviamente no necesitan de mí. Eso sí, me interesan Lisandro Aristimuño, Diego Schissi, Guillermo Klein, Pitufo Lombardo. Me tomé un año para armar este disco. No delego nada. Cuando se formó la banda ya se fue definiendo el sonido. Son decisiones: si pongo contrabajo en vez de bajo eléctrico, si tengo vientos de madera, percusión... más o menos el sonido va saliendo solo. Los chicos son geniales: Ariel Naón, Mario Gusso, Martín Pantyrer y Pedro Rossi. El grupo se llama Nueva, como la canción de Hugo Fattoruso. Pantyrer fue el que lo armó. Y después son claves los músicos que participan: Fito Páez, Juan Falú, Ramón Ayala, Richard Nant, Pitufo Lombardo, y el aporte fundamental de Ernesto Snajer.

La socióloga María Pía López –amiga de Herrero– gusta hablar de “optimismo dolido” cuando se refiere a Este tiempo. “Lo escuché un par de veces y me parece que tiene como una serenidad nueva, que permite mayor sutileza. No se nota tanto la alarma o la tragedia, es como una especie de exploración que incluye la felicidad y la espera. Me gusta mucho la sensación de que la época permite esa ambivalencia de sentimientos y me irritan cuando aparecen las voces del optimismo puro y obligatorio.” Herrero sonríe como aprobando: todo lo que refiera a su música parece embriagarla. Le encanta que los conceptos se desplieguen como capas sobre capas sobre capas a riesgo de que se diluya la profunda sencillez que suele habitar en toda buena canción popular. Resulta curioso: así como se supone que hay al menos dos países, hay al menos dos folklores que a veces se cruzan. El hecho desde la Argentina profunda y el hecho desde la ciudad de Buenos Aires. Este último suele alcanzar niveles de calidad exquisita, inversamente proporcional a su representación masiva. Hace ya casi 20 años Liliana Herrero lloraba silenciosamente en un bar cercano al escenario del Festival de Cosquín: había sido vapuleada por el público. Eran años destemplados y al mismo tiempo festivos de Soledad, Nocheros y menemismo y se hablaba de “folklore joven”, un concepto de marketing que capotó a los 100 metros. Pero la dicotomía existe y por ahora parece irresoluta. Hasta Mercedes Sosa decía con más sapiencia que resignación: “Yo no soy popular, popular es Guarany”. Liliana Herrero recuerda aquel Cosquín, y dice que ahora hay otro campo de acción. “Todo cambió. Es otro tiempo. La música no es ajena a los cambios políticos. Yo pienso en fuerzas históricas, pienso que la música no es un mero aporte: al contrario, la memoria musical argentina es la misma memoria conflictiva de la constitución de la Nación”.

LA CANTANTE NECESARIA

Liliana Herrero ostenta un extraño orgullo: Igual a mi corazón fue el último disco en el que Mercedes Sosa participó como invitada. “Me estremece de solo pensarlo. Canté con ella ‘Zamba del arribeño’, de Juan Falú y Néstor Soria, tucumanos como Mercedes. La extraño mucho, extraño su humor. Era hermoso grabar y después ir a tomar helado.”

Las diferencias artísticas e incluso políticas entre las dos cantantes son evidentes y tal vez más profundas de lo que parece. La sabiduría de Mercedes Sosa era básicamente intuitiva y su voz y talento quizá nunca sean superados. Herrero tiene una gran necesidad de enhebrar discursos y tal vez su plan artístico surja más desde decisiones racionales. ¿Es válida la comparación? ¿Tiene sentido? La cuestión es que fue Mercedes Sosa la que dijo que Herrero era su “heredera”. “Fue una expresión suya que me incomoda”, dice Liliana.

Hay aspectos, sin embargo, innegables. Ambas son fenómenos urbanos, ambas indagaron más allá de las fronteras del folklore. Desde que murió Mercedes Sosa nada es igual en la música popular argentina, y menos para las cantantes...

–Sí, tal vez. Siempre señaló el camino. Ella apreciaba mi canto. También me pegaba: por ejemplo, no le gustaba nada mi versión de “El cosechero”.

Este es tu primer disco sin su presencia... Mercedes Sosa siempre tuvo algo maternal, de Pachamama protectora y aglutinadora.

–No había pensado que es mi primer disco sin que ella esté. Antes lo primero que hacía era mostrarle lo que había hecho... No sé... ¡No tengo respuesta para todo! Lo que sí sé es que el procedimiento que yo he usado en todos mis trabajos es muy diferente al de Mercedes. Ella era “la” voz, una voz realmente privilegiada, y en el armado de los temas era más orgánica. Yo me manejo más con secuencias. Hay otra frase que me da pudor decirla, pero que ella la expresó públicamente. Mercedes Sosa dijo que yo era la cantante que la Argentina necesita...

Fuerte... ¿Y qué cantante necesitaría la Argentina?

–No sé. Te voy a decir algo muy arriesgado: es claro que yo simpatizo abiertamente con el Gobierno. Sin embargo no basta con simpatizar: el mundo de la música debe opinar sobre lo que pasa en este tiempo en términos políticos y sociales. ¿Viste que hay un grupo de gente que formó Músicos Por Cristina? Perfecto... ¿Alcanza con estar en Músicos Por Cristina? No. Lo que alcanza para estar a la altura de este tiempo es interrogar cada vez con mayor radicalidad aquello que damos por dado y por supuesto. Es lo que se necesita.

Explicalo mejor...

–Así como Cristina un día se levanta y dice: el Estado va a participar en los directorios de las empresas porque tiene dinero puesto ahí, uno debería hacer el mismo correlato en la música, con gestos valientes, radicales, extremos, claros... Yo aspiro a que mi disco dialogue con los cambios extraordinarios de este momento. Un momento tan promisorio como convulso. Me interesa la gente que patea el tablero. Si yo no pateo el tablero en el seno de la música, que es mi métier, siento que no estoy en sintonía con los tiempos. Por eso quise empezar el disco con “hoy se respira viento sur...” Para los que somos del interior, el viento sur es un viento que limpia, que te deja un cielo claro y despejado. Creo que cultural y políticamente estamos respirando ese viento.











EN EL TERRITORIO DE LAS PREGUNTAS

Fuma un puchito en su departamento de San Telmo, entre libros, discos y teclados. El humo busca el sol casi perpendicular que entra desde la ventana, y la imagen tiene su encanto otoñal. Linda casa: hay una disposición tipo chorizo, en un primer piso, que en su momento Cacho Vázquez (el histórico dueño de El Club del Vino) ayudó y conminó a reciclar. “Ganamos mucha luz. Igual, ya nos queda chico”. Hay un interesante desorden de fotos, premios y papeles: se puede adivinar qué sector corresponde a Liliana Herrero y cuáles son los espacios de Horacio González, su pareja desde 1984, director de la Biblioteca Nacional desde 2005. Cada tanto, en medio de su verba, la cantante pregunta: “¿se entiende?”. Habla de su hija Delfina y de su nieta, Rita, de tres años. “Delfina trabaja en la Municipalidad de Rosario, en una organización que se ocupa del regreso de los chicos a la escolaridad. Y Rita... es un solcito”. Dice que le cuesta autoabastecerse “porque yo me quedo con los masters de las grabaciones” ¡Eso es lo que va a heredar Rita!.. “Pero al final –concluye– el dinero lo consigo... Me apoya una tarjeta de crédito y Suterh, el gremio de Víctor Santa María.”

Ofrece café y se queja de un dolor: necesita masajes. Es más baja de lo que parece. Recuerda sus tiempos de docente en la Universidad Nacional de Rosario. “Estaba a cargo de la cátedra de Filosofía. La última clase la di en 2005. Tuve problemas políticos y dejé. Extraño a veces. Pensá que yo empecé a cantar profesionalmente de muy grande. Soy de 1948, y recién canté a partir del retorno de la democracia.” Dice que a veces se acuerda de su infancia, de su condición de “mujer de río”. “Los cielos entrerrianos y rosarinos están en mí, por más citadina que sea.” Tiene la fantasía de continuar haciendo discos con Juan Falú sobre duplas compositivas de la música argentina (“el único problema que tenemos es de tiempo”). Concede que detesta su propia versión de “Cinco siglos igual” y que durante la concepción de Este tiempo pensó mucho en Omega, el formidable disco que el cantaor granadino Enrique Morente grabó con la banda heavy Lagartija Nick. Luce serena, es buena conversadora. Su talante cambia ante la sola mención de un apellido doble: Vargas Llosa.

¿Cómo viviste todo el proceso de la cacareada polémica?

–Con mucha angustia. El acoso periodístico fue grande. Algunos medios pusieron dos rótulos de los cuales es difícil salir: la Presidenta lo retó y Horacio González es un censor. Y ninguno de los dos son ciertos. Los medios le dieron unos mazazos... De todas maneras, debo decirte que yo me siento profundamente orgullosa de su desempeño en los programas de televisión en los que estuvo. Lo que más me dolió fue lo que dijeron viejos amigos.

¿Quiénes?

–Muchos. Cosas terribles, ofensivas. Martín Caparrós dijo que Horacio era un peón de Cristina, y que era autoritario. ¡Martín Caparrós!

¿Se equivocó en algo Horacio González?

–En nada. Lo de Horacio fue una gran reflexión acerca de la posibilidad de dar un debate sobre la Feria del Libro, sobre la relación de literatura y política, sobre Vargas Llosa, sobre lo que significa el Premio Nobel. Bueno... por si hiciera falta, quedó demostrado con Obama el tono político de ese premio. Más allá del señalamiento de la Presidenta, que fue correcto y Horacio así lo entendió, al mismo tiempo sirvió para debatir. Por eso creo que este tiempo es auspicioso. Todo se discute y está bueno. El debate con Beatriz Sarlo fue bien interesante... Ahora el debate con ese tal Andahazi... no sé. Yo no lo conozco..., ¿quién es? ¿Vos leíste algo de él? ¿Tiene entidad?

Dicho esto se para, va a la cocina, vuelve, cuenta una anécdota más sobre Spinetta, menciona a Juan L. Ortiz, habla de la importancia de improvisar en el estudio, mira a los ojos, señala el grabadorcito digital, se ríe (“¿qué va a salir de todo esto?”), la risa es invadida por un fugaz gesto de preocupación y la artista que se maneja mejor en las preguntas que en las respuestas ametralla: “¿Te gustó en serio el disco?”.




domingo, 1 de agosto de 2010

ERNESTO SNAJER Y LA VERSION DE LILIANA HERRERO DE “LA CASA DE AL LADO”, DE FERNANDO CABRERA





QUE NADIE ME MIDA EL CORAZON








Por Ernesto Snajer

Cuando era chico y escuchaba algo que me gustaba, creo que entraba en trance. Empecé a escuchar música de muy chico: es algo con lo que tuvieron mucho que ver mi mamá y mi tía, pero especialmente un abuelo muy melómano, que era colectivero y cuando él volvía de trabajar se ponía con el combinado. Yo lo miraba a escondidas, pero de ahí adquirí el hábito. Luego escuché Sgt Pepper’s y me volvió loco, y a los 11 años ya tenía la colección completa de Los Beatles. Si una canción me gustaba mucho yo entraba en un estado de beatlemanía: de pronto estaba en Liverpool tocando con ellos.

Ahora, por lo general, siempre estoy tratando de recuperar ese sentimiento de cuando alguna canción me transportaba a otro lugar. A mí me pasó que a medida que iba juntando más experiencia como músico, cambió mi manera de escuchar y de relacionarme con la música. Siempre existen cosas para descubrir o redescubrir, pero son pocas las cosas que me conmueven profundamente como al principio. Hoy tengo una escucha más quirúrgica de la música, aunque aquella otra experiencia de mi infancia no se perdió del todo. Sigo buscando. Y eso es lo que me sucedió con “La casa de al lado” de Fernando Cabrera, en especial con la versión de Liliana Herrero.

Conocí esta canción cuando Liliana estaba armando el repertorio de Igual a mi corazón, y me la cantó a capella. Ella arrancó con: “No hay tiempo, no hay horas, no hay reloj” y yo ya estaba otra vez en Sarandí con Pablo Ramos y los pibes, en verano y sin hacer nada. Tardes enteras en cueros, muertos de calor, en patas en la vereda, con el tocadiscos fuerte en la casa de mis abuelos. No nos aburríamos de hacer eso. Ese tema que hizo acordar de aquello. Una de las cosas sensacionales de la letra es que describe algo del barrio, pero aunque puede parecer costumbrista no lo es demasiado: el costumbrismo mucho no me gusta, tiene que tener algo psicodélico en el medio, y esto lo tiene. Es la clase de temas que uno conoce aunque no lo haya escuchado antes, parece que siempre hubiera estado ahí, como “Muchacha”, “Yesterday” o “Lately”, de Stevie Wonder. La melodía es hermosa y los acordes iban sonando en mi cabeza, a pesar de que Liliana cantaba a capella.

Creo que el mérito mayor de Fernando, es que es imposible imaginar otra melodía para esa letra (y viceversa). Son geniales las dos cosas e inseparables. Y es muy lindo cómo llega el estribillo después de las estrofas, parece un desahogo. Me gusta mucho que si bien hay un tono melancólico, no es un bajón. En general no me gustan los temas tristes, y a éste no lo siento exactamente triste. La letra parece decir que, bueno, las cosas eran así; está buenísimo que fueran así pero ya han pasado, y el mejor momento es ahora. “Se pasa el año, se pasa volando”, dice la canción, y el verso me resulta impactante: el momento es ahora, es importante, no hay que dejar que se nos escape. Al menos eso es lo que yo interpreto, lo que me llega.

La manera de Liliana de cantarla es conmovedora, muy profunda y tiene todos los matices posibles. Matías Arriazu en la guitarra y Mariano Cantero en la percusión tocan como los dioses, son dos tipos que juntos se potencian y parecen un grupo más numeroso. También tiene un rol importante en la grabación Marcelo Moguilevsky. Sus frases de clarinete parecen las voces de las personas que vivían en ese universo que pinta Cabrera en la canción, ecos de gente que uno conoció –los vecinos del barrio tal vez– y que no está más.















La casa de al lado

Letra y música de Fernando Cabrera (Versión adaptada por Liliana Herrero para su interpretación)

No hay tiempo no hay hora no hay reloj
no hay antes ni luego ni tal vez
no hay lejos ni viejos ni jamás
en esta olvidada invalidez.
Si todos se ponen a pensar
la vida es más larga cada vez
te apuesto mi vida una vez más
aquí no hay durante ni después.
Dejá no me lo repitas más
nosotros y ellos vos y yo
que nadie se ponga en mi lugar
que nadie me mida el corazón.
La calle se empieza a incomodar
el baile del año terminó
los carros se encargan de cargar
los restos del roto corazón.
Acá no hay tango
no hay tongo ni engaño
aquí no hay daño
que dure cien años
por fin buen tiempo
aunque no hay un mango
estoy llorando
toy me acostumbrando
Acá en esta cuadra viven mil
clavamos el tiempo en un cartel
somos como brujos del reloj
ninguno parece envejecer.
Mi abuelo me dijo la otra vez
me dijo mi abuelo que tal vez
su abuelo le sepa responder
si el tiempo es más largo cada vez.
Se pasa el año
se pasa volando
ya no hay más nadie
que pueda alcanzarlo
y yo mirando
sentada en el campo
como se pasa
el año volando.
No pasa el tiempo
no pasan los años
inventa cosas
con cosas de antaño
a nadie espera
la casa de al lado
se va acordando
se acuerda soñando.

Fernando Cabrera (1956, Montevideo)

Guitarrista y cantautor, docente de música y poeta. La primera agrupación musical que integró fue el trío MonTRESvideo junto a Gustavo “Pacho” Martínez y Daniel Magnone, hasta 1977. En 1982 formó el grupo Baldío junto a Andrés Recagno, Gustavo Etchenique y Andres Bedó, y luego Bernardo Aguerre; con ellos grabó un único disco. En 1984 empezó su carrera solista con el álbum El viento en la cara y ya lleva grabados quince discos. Destacado como productor, cumplió esa función para el disco Litoral, de Liliana Herrero.










Liliana Herrero (1948, Villaguay, Entre Ríos)


Intérprete de folklore y profesora universitaria de filosofía, se inició como cantante en los ‘60. En sus interpretaciones busca fusionar temas de raíz folklórica con sonidos y tratamientos contemporáneos, e influencias del rock y el jazz. Compartió escenarios y grabaciones con músicos como Juan Falú, Gerardo Gandini, Adrián Iaies, Hugo Fattoruso, Raúl Barboza, Arismar do Espirito Santo o Hermeto Pascoal. Sus tres primeros discos fueron producidos por Fito Páez, quien también la acompaña en el disco El Tiempo, Quizás, al igual que Luis Alberto Spinetta. Herrero grabó la versión de “La casa de al lado”, de Cabrera, para su disco Igual a mi corazón, en 2008.