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jueves, 3 de octubre de 2013

JAZZ: CIEN TÍTULOS Y MUCHAS JOYAS.




WARNER IMPORTO LOS VOLUMENES DE JAZZ BEST COLLECTION
 

La mayor parte de este centenar de CD editados en Japón son fundamentales y varios, figuritas difíciles desde hace décadas. Ahora se consiguen a buen precio en varias disquerías porteñas. Hay discos del Modern Jazz Quartet, Corea, Ellington, Mingus y Brubeck, entre otros.

 Por Diego Fischerman

No hay por qué elegir un solo momento. Aparece, por supuesto, la tentación de referirse a la manera en que Art Farmer frasea la melodía en el flugelhorn, su exquisito contrapunto con la guitarra de Jim Hall y el posterior solo de Steve Swallow en contrabajo (en 1968 todavía tocaba ese instrumento) en “Sometime Ago”, el bello vals compuesto por Sergio Mihanovich, incluido en un disco con nombre exacto: Interaction. Pero inmediatamente surge “Plastic Dreams”, esa especie de tango que John Lewis toca en clave, con el Modern Jazz Quartet, en el álbum del mismo nombre. O los formidables arreglos de Quincy Jones para Plenty, Plenty Soul, de Milt Jackson. O el extraordinario Tones for Joan’s Bones, de Chick Corea. Por no nombrar las grabaciones en vivo del cuarteto del saxofonista Charles Lloyd, con un brillante pianista de 22 años llamado Keith Jarrett.
Son cien discos, la mayoría fundamentales y muchos de ellos verdaderas figuritas difíciles desde hace décadas. Y no hay ninguna necesidad de optar entre unos y otros, salvo por el hecho de que difícilmente se pueda comprarlos todos. El hecho, en todo caso, es que la filial europea de la compañía Warner hizo un convenio con su par japonesa, que durante años mantuvo una gran autonomía en sus catálogos, para publicar en ese continente una selección de los títulos de Atlantic y Reprise (además de algún otro sello subsidiario) que ellos habían editado. Las ediciones japonesas, todo un capítulo para los discófilos, habían tenido, desde siempre, dos grandes atractivos: su sonido y una variedad de títulos mucho mayor que los que habitualmente se conseguían en Europa y los Estados Unidos (y ni hablar en los satélites más alejados del sistema solar, como la Argentina). Y, también, dos poderosas contras: su precio y su inaccesibilidad.

La selección de cien títulos, a la que bautizaron Jazz Best Collection, puso en circulación clásicos como The Modern Jazz Quartet, el primer álbum que ese grupo grabó para Atlantic, en 1957; Ornette!, de Ornette Coleman; The Avant-Garde, de John Coltrane y Don Cherry; o Bud Powell in Paris, con una calidad sonora inédita (todos los volúmenes están remasterizados con 24 bits). Pero, también, hizo accesible (y barato) aquello que hasta el momento había sido patrimonio exclusivo del tesoro del sol naciente: los discos de la genial cantante Chris Connor, la big band del compositor y pianista Clare Fischer, el cuarteto de Art Farmer con Jim Hall, el notable primer disco solista de Joe Zawinul o el excelente debut del contrabajista Miroslav Vitous, Infinite Search, registrado en 1970 por un súper grupo que incluía a John McLaughlin en guitarra, Joe Henderson en saxo, Herbie Hancock en piano y Jack De Johnette en batería.

La representante local de Warner, sorpresivamente –una maravillosa sorpresa, en todo caso–, decidió importar la colección entera. Y varias disquerías de Buenos Aires (Minton’s, RGS, Zival’s) la ofrecen a muy buen precio. Entre las joyas que no deberían pasar inadvertidas, además de las ya nombradas, están Concert in the Virgin Islands, de Duke Ellington; Three or Four Shades of Blues, donde Charles Mingus toca con Larry Coryell, John Scofield y Philipp Catherine en guitarras; The Wonderful World of Jazz, un disco genial del pianista John Lewis; Soul Brothers, el encuentro entre el vibrafonista Milt Jackson y Ray Charles, que aquí toca saxo además de piano; All The Things You Are, el álbum de Dave Brubeck en el que tocan saxo Lee Konitz y Anthony Braxton; los dos volúmenes del arreglador Marty Paich, con una auténtica selección de músicos de la Costa Oeste (I Get a Boot Out of You y The Broadway Bit); el magnífico Hear Ye!!! Hear Ye!!! Hear Ye!!! del quinteto de Harold Land y Red Mitchell; y West Coast Wailers, del trompetista Conte Candoli y el pianista Lou Levy.
Los hipotéticos compradores sólo deberán huirle a un título, Vibrations, de Milt Jackson. Y no por razones musicales sino porque toda la partida llegó mal impresa y el disco que figura con ese nombre (y en esa cajita) es otro: Trav’lin’ Light, del Trío de Jimmy Giuffre. El álbum es extraordinario pero, desde ya, conviene comprarlo en su propio envase que, afortunadamente, contiene lo que se anuncia.

lunes, 5 de agosto de 2013

MURIO EL EXCEPCIONAL GUITARRISTA, COMPOSITOR Y DOCENTE WALTER MALOSETTI, A LOS 82 AÑOS.

 





Cuando tocar es enamorarse de la música

Su fascinación por el jazz llegó desde temprano y través de la radio; desde ese primer momento desarrolló una tarea de intensa actividad, grabando, tocando en vivo y a través de una escuela que lo convirtió en referente de la enseñanza.

 Por Diego Fischerman

La noticia circuló primero por las redes sociales. Y hubo un dato llamativo. Había
muerto, a los 82 años, Walter Malosetti, uno de los músicos más queridos y respetados
del jazz argentino. Y entre los comentarios resaltaba una palabra, escrita una y otra
vez por quienes se inspiraron en él, por quienes fueron sus discípulos, por los que
tocaron junto a este notable guitarrista o, simplemente, por los que lo conocieron o
estuvieron cerca suyo en algún momento de su fructífera vida: “maestro”.

“Finalmente papá terminó su lucha y ahora descansa en paz. Gracias por el amor que
sabemos sus hijos y familiares que todos ustedes sienten por él”, escribió su hijo, el
excelente bajista Javier, que siempre reconoció haber aprendido de escuchar tocar a su
padre. Nacido en la provincia de Córdoba el 3 de junio de 1931, Walter Malosetti se
enamoró del jazz, como muchos en esos años, a través de la radio. Su padre y su hermano
mayor eran músicos y ya desde antes de cumplir veinte años tocaba en bandas de jazz, la
Guardia Vieja Jazz Band, la California Ramblers, The Georgians Jazz Band. “Uno siempre
toca solo”, había dicho en una charla con Página/12 en la que se refería a la grabación
de su primer disco a solas, PALM (iniciales de Pedro Alfredo Lucas, su hermano, luthier
y también guitarrista). Un disco nacido del insomnio y, a la vez, de un largo sueño.
“Había muerto mi mujer, de golpe tenía mucho tiempo, al no tener que cuidarla, y no
podía dormirme, así que tocaba la guitarra toda la noche.”

Además de prócer del jazz argentino, con una trayectoria que incluye el paso por Swing
39, aquel grupo en el que transitaba por el estilo del quinteto del Hot Club de Francia
de Django Reinhardt y actuaciones con los más importantes músicos de jazz de varias
generaciones, parte de su peso en la escena musical local tiene que ver con la escuela
con la que durante años fue referente en el campo de la docencia de música de tradición
popular. “Hay cosas, desde ya, que no pueden enseñarse”, explicaba. “Paradójicamente,
no se le puede enseñar a alguien a ser músico; a ser sensible, a escuchar, a tener algo
para decir. Pero sí se pueden dar los elementos para que quienes tienen adentro eso tan
difícil de transmitir lo puedan sacar afuera. Para que quienes son músicos de alma
encuentren la mejor manera de serlo. Creo que puedo ser útil –decía– y que lo que se
transmite no es sólo la técnica; también hay palabras, hay cosas que se le pueden decir
a un chico que uno ve que tiene real interés y pasión por aprender, para guiarlo. A
veces es más importante decirle ‘no toques’, ‘guardate algo’, ‘dejá que se oiga el
silencio’, que enseñar a tocar. Hay que buscar la sencillez.”



Con Swing 39 grabó seis discos, y participó en el primer álbum solista de David Lebon.
También tocaría, años después, en el tema “Cazar toreros”, del disco Horno para
calentar los mares de Illya Kuryaki and the Valderramas. Autor de los libros Bases de
improvisación para guitarra y Armonías de blues, había sido reconocido como Ciudadano
Ilustre de Buenos Aires y, también, de Ushuaia, donde el Festival de Jazz de esa ciudad
lo homenajeó en 2010, cuando cumplió 79 años. Un año antes, Mariano Otero había grabado
Desarreglos, el disco con la música que había escrito en homenaje al guitarrista, a
pedido del Festival de Jazz de Buenos Aires. “Walter fue muy amigo mío, lo admiré
mucho”, comentaba ayer el contrabajista. “Era un maestro. Me dio mucho amor, y yo lo
quise como un padre o un abuelo. Nunca nadie habló mal de él. Tengo mucha tristeza.
Sabía que estaba mal, y que se iba, y cuando vos querés a una persona querés lo mejor
para ella, pero cuando esa persona se va, eso te destruye.”

La última producción discográfica de Malosetti, del año pasado, fue Esencia. Allí
tocaban con él Mauro Vicino y Walter Coronda en guitarras rítmicas, Guillermo Delgado,
Pablo Carmona y Fernando Lupano alternándose en contrabajo, Pablo Gignoli en bandoneón,
Larry Martin en batería y Marcelo Peralta en saxo tenor, y el repertorio incluía una
versión de “Soledad”, de Gardel y Lepera. “Elegir lo que uno va a tocar no se trata
sólo de quedarse con los temas que a uno más le gustan, sino con esos con los que
siente que tiene una afinidad”, contaba a este diario. “En mis últimos discos
predominan los temas lentos, y tal vez sea porque es allí donde siento que tengo algo
que quiero expresar. No sé, también los músicos que me gusta escuchar son los que
eligen más lo que dejan de tocar que lo que tocan. Mi ídolo es Jim Hall y él jamás va a
meter una escala veloz porque sí, sólo para lucirse o para demostrar que puede tocarlo.
Todo es fino, tiene que ver con los matices, con el desarrollo de una idea. Ojo, hay
músicos como John McLaughlin que tocan rapidísimo y son muy grandes artistas. A mí
puede no gustarme demasiado lo que hacen, pero eso es sólo una cuestión de gustos. En
casos como el de él, la cantidad de notas y la velocidad son, directamente, parte del
estilo. Ellos son eso. Sé que muchos dicen lo mismo, pero lo importante es lo que hay
para decir, no la técnica. Louis Armstrong no había estudiado música y era genial. B.
B. King toca pocas notas y a uno se le pone la piel de gallina. Y Pappo era
maravilloso. Mis discos, no sé. Tardo en conocerlos. Yo soy lento para valorar mis
cosas. Las acepto, simplemente, porque entiendo que me representan.”




Martes, 30 de julio de 2013

“Entre nosotros no existe la competencia”

El 19 de octubre de 2007, luego de un encuentro en el escenario de La Trastienda,
Cristian Vitale reunió a Malosetti padre e hijo en una charla imperdible. Aquí se
ofrecen algunos pasajes.

    “A la gente le gusta esto de ver a padre e hijo juntos, es lindo y muy familiero...
pero para nosotros es natural. No le damos tanta pelota, porque convivimos toda la vida
así. El es socio, amigo y compañero de mis peores juergas. Cada vez que viene a casa,
me da un beso y lo primero que hace es fijarse arriba de qué cama hay una viola. Se
pone a tocar, yo agarro el bajo y tocamos juntos antes de hablar de nada. Tocar juntos
para nosotros es más natural que comer juntos.” Javier.

    “Al tocar con él se me aparece toda la vida... desde que él era chiquito y estaba
sentado en una alfombra, cuando ni siquiera sabía caminar, y ya entonaba canciones. Las
inventaba y eran coherentes. Pero mucha oreja de Javier deriva también de la madre,
eh.” Walter.

    “El free jazz no es tan osado como dicen. Es un lugar cómodo para un músico que no
tiene ganas de aprenderse las formas. Tocar cualquier cosa no es nada osado, me parece
más osado poder decir sobre ciertos cánones. No es loco el free, es una boludez. Lo
valiente es todo lo contrario. Un ejemplo: es más fácil andar en bolas por la calle,
pero eso es de boludo.” Javier.

    “Yo, por mi forma de ser, enseñé con mucho cariño. No sé si seré el mejor profesor
o el peor, pero entendía y entiendo a mis alumnos, me da igual si les gusta el rock, el
tango, el folklore o el jazz, porque pienso que si no tenés amplitud sos un gil. Hay
que escuchar de todo. A Javier le noté condiciones desde muy chiquito. A los 12 años ya
lo llevaba a tocar la batería, y a veces lo retaba porque tocaba muy fuerte.” Walter.
    “Sé de muchos músicos que tienen padres o hijos músicos, que son como una carga el
uno para el otro. Se da una relación traumática o tortuosa, en el que uno aparece como
la sombra del otro. En este caso no ocurrió nunca, porque cada uno está en su mundo,
feliz de los logros del otro. A la par, 50 y 50, hombro a hombro. Entre nosotros no
existe la competencia. Yo vivo y soy músico gracias a él...” Javier.

    “Entre nosotros hay un vaivén que siempre está entre los músicos, sea tu hijo o no.
Generalmente, hablamos de gustos. ¿Te gusta éste? ¡Mirá lo que toca el animal!, y así,
pero los gustos personales no se imponen. A lo mejor, a él le gustan cosas que a mí
no... pero las terminé incorporando. Javier me descubrió a The Beatles cuando yo les
daba una importancia relativa. Pero también aprendí mucho de mis alumnos. No hay que
negar la espontaneidad. Si podés aprender algo todos los días, mejor. La integración en
música es fundamental, porque un tipo que toca solo toda su vida encerrado en una
pieza, no procede.” Walter.

Martes, 30 de julio de 2013

 

Formador de músicos

 Por Adrián Iaies

Se fue Walter, finalmente. Después de pelear hasta el final. No tuve la fortuna de
tocar con él, pero sí de tratarlo, en los últimos diez años, aproximadamente. Alguien a
quien siempre daba gusto encontrar. Ese mix perfecto de dulzura, swing e ironía. Y
siempre con algo para contar. Un guitarrista de excepción con una virtud no tan
sencilla de encontrar en los guitarristas: su estilo nunca dependió de las modas, el
tocaba swing, y eso es atemporal. Tocó casi hasta el final y seguramente se trate de
uno de los jazzmen argentinos con una carrera más dilatada, con una buena cantidad de
grabaciones y con muchísimas noches de escenario. Sin embargo, aun antes que esa faceta
de artista talentoso, honesto y trabajador, lo que necesariamente prima es su condición
de gran maestro. A diferencia de la música clásica –donde la tradición descansa sobre
un corpus de papeles, las partituras–, en el jazz esa reserva, esas raíces están en los
discos y, por ende, se trata de una condición naturalmente más abstracta y donde la
figura del maestro que guía a través de esa región siempre un tanto misteriosa es
clave. Y Walter fue un gran maestro. La prueba de ello no son sólo los miles de alumnos
que pasaron por su escuela, sino que él mismo prefería tocar con músicos más jóvenes
que luego fueron, ellos mismos, líderes y continuadores de esa tradición. Pienso, en
principio, en Javier, su hijo. Uno de los músicos de jazz más completos que hay por
estas tierras, puro talento. Pero pienso, por ejemplo, en Pepi Taveira o en Mariano
Otero. En Armando Alonso, en Lito Epumer. A mí siempre se me antojó –a los músicos de
jazz nos gustan especialmente las analogías, por alguna razón– que Walter era una
especie de Art Blakey local, un formador de músicos y de líderes. Evidentemente sabía
transmitir esa condición. En mi primera edición como director del Festival de Jazz de
Buenos Aires le hicimos un homenaje, del modo que yo personalmente creí que más lo
reconfortaría. Más allá de la plaqueta de rigor y los discursos, le comisionamos a
Mariano Otero que reescribiera algo de la música de Walter para luego impregnarla de su
propio estilo. Eso y no otra cosa es el jazz. Y de eso Walter sabía mucho. Lo vamos a
extrañar.


 

   

miércoles, 12 de junio de 2013

EL JAZZ EN EL PARÍS OCUPADO BAJO EL DOMINIO DEL NAZISMO.




 
  Por: Manuel Recio


La guerra introdujo el jazz en Europa. Esta afirmación, por chocante que pueda resultar, es tan real como paradójica. Los soldados norteamericanos que lucharon en la Primera Guerra Mundial no solo portaron sus armas, sino también su música al viejo continente. Las unidades militares a menudo se hacían acompañar de bandas, generalmente formadas por negros, que interpretaban marchas y ragtimes. La del 369º Regimiento de Infantería, los Hellfighters, destinados en Francia y dirigidos por el teniente James Reese Europe, interpretó en 1918 números sincopados tanto para militares aliados como para civiles galos. Gracias a grupos como ellos, el jazz llegó a territorio europeo con algunos años de retraso, pero de manera triunfal. Es curioso cómo, a pesar de ser una música popular de origen afroamericano, enseguida gozó de la admiración de las clases más pudientes. Artistas e intelectuales vieron en el jazz un signo de modernidad.

En principio, Inglaterra, Francia y Alemania fueron los países donde más rápidamente se asentó. Durante los años 20, Berlín se erigió en la capital europea del jazz debido a su intensa actividad nocturna en cabarets y salas de baile. El Wild-West-Bar programaba hasta seis bandas de jazz en una misma noche. En los 30, ese privilegio correspondió a París. Los músicos, escritores y pintores de Montparnasse acudían al Club Bobino para ver cómo la afamada bailarina negra Josephine Baker se desnudaba a ritmo de charlestón. Music-halls, tabernas, bistrós o nightclubs de la Ciudad de la Luz, enloquecían con los sonidos negros venidos del otro lado del Atlántico. El jazz se benefició de los movimientos literarios y asimismo inspiró a poetas y bohemios. La locura era tal que el distrito de Montmartre era conocido por entonces como el “Harlem de Europa”.

Al mismo tiempo, en el período de entreguerras, muchos músicos norteamericanos y pequeñas orquestas se lanzaron a la conquista europea. La llegada de la Original Dixieland Jazz Band causó furor en el Londres de 1919. Ese mismo año, la Southern Syncopated Orchestra trajo por primera vez a Sidney Bechet a París. Sería el inicio de una serie de constantes visitas a la ciudad. Otros artistas, bien huyendo de la Ley Seca o atraídos por el dinero y la fama, se ganaron el respeto del oyente europeo. Nombres como Louis Armstrong o la orquesta de Duke Ellington alcanzaron una inmensa popularidad en Europa durante esa época, antes incluso que en Estados Unidos. Además, a medida que el jazz se hacía más bailable —la Era del Swing— los salones y hoteles de las grandes capitales se rindieron a los encantos de un estilo que caló hondo entre la juventud europea. El jazz conectaba con la gente, era diversión, pero también libertad.


 
Oficiales nazis en los Campos Elíseos.

Hot Club de France


En 1931 nace en París el Jazz Club Universitaire, que más adelante se transformaría el Hot Club de France, la primera sociedad de fans creada en torno al jazz. A su amparo, los jóvenes franceses se reunían para escuchar grabaciones americanas, hacer críticas y formar las incipientes orquestas. Las primeras publicaciones periódicas de jazz surgieron en París. En 1934 el crítico Hugues Panassié, presidente del Hot Club, fundó Le Jazz Hot, revista fundamental para la difusión del jazz en Europa, que toma el testigo de la pionera La Revue du Jazz, creada en 1929. Las reseñas y los textos publicados en sus páginas contribuyeron a aumentar el conocimiento del jazz por parte de los aficionados europeos.

Pero la importancia del Hot Club radica en que sirvió como plataforma de difusión a unas jam sessions informales que se llevaban a cabo en el Hotel Claridge parisino. Allí tocaban un violinista llamado Stephane Grapelli y un guitarrista belga de origen gitano de nombre Django Reinhardt. La asociación de ambos dio lugar en 1934 al Quintette du Hot Club de France, una combinación de swing y ritmos autóctonos (gipsy-jazz), que muchos autores cifran como la mayor aportación europea a la historia del jazz. La popularidad del quinteto trascendió fronteras francesas y se extendió por toda Europa. Sin embargo su ascenso se vio interrumpido por el estallido de la Segunda Guerra Mundial. La banda tenía programadas actuaciones en Inglaterra justo en el momento de declararse la guerra en septiembre de 1939. Grappelli se quedó en Londres, pero Reindhart, que no hablaba nada de inglés, volvió a la capital francesa. “Mejor estar atemorizado en tu propio país que en cualquier otro”, confesó. El 14 de junio de 1940 los nazis ocuparon París. La ciudad oscureció, las enormes luces rojas del famoso Moulin Rouge se apagaron. Los cabarets de Montmartre y Montparnasse languidecieron. La actividad artística degeneró…

Música degenerada



entartete_musik_poster



Ya en la Alemania prenazi el jazz tuvo sus detractores. Seigfried Wagner, hijo del célebre compositor, lo definió en 1925 como un “ruido bárbaro”. Una década antes, el káiser Guillermo había prohibido a sus oficiales cualquier baile negro por su carácter grotesco. No es de extrañar, por tanto, que con la llegada del nazismo, el jazz estuviera en el punto de mira. Todo arte judío, comunista, homosexual o negro se calificó como “degenerado”. El término alemán entartete, con origen en la psicopatología clásica, fue acuñado por el psicoanálisis para hacer referencia a la degeneración o enfermedad mental. Sin embargo, los nazis lo utilizaron para designar todo lo que no siguiera los preceptos estéticos establecidos de la raza aria, es decir, todo lo que no fuera alemán. Presentarlo como un término médico —aunque totalmente distorsionado— otorgó al movimiento una autoridad moral para conseguir mayor aceptación entre el pueblo.

En 1938 se organizó en Munich una exposición llamada Entartete Musik (música degenerada), en la que se exhibían y ridiculizaban piezas de compositores modernos, vanguardistas, de influencia judía o extranjera. Por supuesto se incluía el jazz. Estábamos en plena Era del Swing. La libertad musical, el desenfreno y rebeldía del swing, así como sus connotaciones sexuales, chocaron de lleno con los preceptos totalitarios de Hitler. Si algo distinguía al nazismo era la búsqueda de la pureza racial, por lo que una música afroamericana que además contaba con grandes intérpretes judíos —en ese momento triunfaba Benny Goodman como “Rey del Swing”, un hijo de emigrantes judíos nacido en Chicago— no podía ser vista con buenos ojos por los ideólogos del régimen.

Además, de manera sorprendente muchos autores germánicos contemporáneos también fueron calificados como entartete musik, ya que se dejaron seducir por los ritmos del jazz. El compositor austríaco Ernst Krenek es un claro ejemplo. Había estrenado en 1927 la obra pionera Jonny Spielt Auf (traducida como Jonny empieza a tocar), que se ganó el título de “la primera ópera de jazz en el mundo” y que obtuvo un gran éxito de público. Pero el personaje principal era un violinista negro que tocaba jazz y ragtime. A pesar del catolicismo y su buena reputación como prototipo de artista renovador, la obra se marcó como “degenerada”.

Más sangrante aún es el caso de Kurt Weill. En 1928 publicó Die Dreigroschenoper (La ópera de tres centavos, también traducida como La ópera de cuatro cuartos), escrita en colaboración con el escritor Bertolt Brecht. La obra, de marcada influencia jazz, requería de un combo de 15 músicos para interpretar el libreto. Uno de los números más famosos era Mackie Messer (popularizado como Mack the Knife), que no tardó en incorporarse al repertorio del jazz y ser inmortalizado por grandes como Louis Armstrong, Ella Fitzgerald o Frank Sinatra. Antes de su prohibición por el régimen nazi, la ópera se tradujo a 18 idiomas y se representó más de 10.000 veces en toda Europa. Pero el delito de Weill no fue solo componer una ópera de jazz sino también nacer judío. Por ello se ganó el título de “degenerado” y tuvo que exiliarse a Francia.
 
Prohibidos los solos negroides


Por si la “música degenerada” no bastara, otra de las obsesiones del régimen fue instaurar políticas coercitivas para erradicar el jazz de la vida pública. En 1935, Joseph Goebbels, ministro de Propaganda nazi, prohibió la radiodifusión de la “música judeo-negroide del capitalismo norteamericano”. El objetivo final era acabar por completo con el jazz, así como con la música de baile extranjera, y reemplazarlos por obras de compositores alemanes. A tal efecto, bajo la supervisión directa de Goebbels, se creó la Cámara para la música del Reich, destinada a clasificar toda forma musical existente, realizar listas de músicos, compositores y salas de conciertos con la finalidad de controlar la producción musical. Por medio de ese control absoluto sobre todas las formas de expresión cultural (también política y social), Hitler crearía su llamada “comunidad nacional” como estandarte fundamental de la nueva Alemania.

Una ordenanza emitida por ese organismo dictaba rigurosamente cómo debía ser la música para no pervertir a la sana juventud aria. El decálogo, de precisión represora, definía las “buenas formas musicales”. Los ritmos de swing no podían exceder el 20% del repertorio de las orquestas, que daría preferencia “a las escalas mayores y composiciones ligeras” en lugar de las lentas (blues). Los ritmos, a su vez, no debían de sobrepasar el allegro de acuerdo al sentido ario de disciplina y moderación. Cualquier exceso de “índole negroide o ejecución solista” no sería tolerado. Las composiciones de jazz podrían tener hasta un 10% de síncopa; el resto, un movimiento natural legato que expresara la alegría de vivir, a diferencia de las deprimentes letras judías.

Quedaba estrictamente prohibido el uso de sordinas que convertían “el noble sonido de los instrumentos de viento en aullidos judíos”. Otra prohibición afectaba al contrabajo, que solo podía ser tocado con arco, ya que pulsar las cuerdas (el conocido walking) podía resultar “perjudicial para la musicalidad aria”. Se recomendaba a las agrupaciones no incluir saxofones y sustituirlos por violonchelos y violas. Por último, tampoco estaban permitidos los solos de batería ni las improvisaciones vocales como el scat. La minuciosidad descriptiva de los guardianes musicales nazis rayaba lo obsesivo. A todas estas limitaciones hay que añadir que a partir 1942 Goebbels también prohibió todo disco proveniente de los estados enemigos. Los vinilos, por ejemplo, entraban en Francia de manera ilegal vía Suiza. La prohibición también incluía cualquier tipo de representación de música norteamericana o inglesa en el territorio del Reich.



La clandestinidad



Jazz y nazismo - refugiados judíos en un sótano parisiense



Este panorama no facilitaba el oficio de músico, sobre todo de jazz. En el París ocupado, muchos de ellos, especialmente los afroamericanos, intentaron huir. Los más afortunados permanecieron escondidos; otros —principalmente los músicos judíos y romaníes (gitanos) — fueron perseguidos y deportados a campos de concentración. No hay que olvidar que los nazis exterminaron a unos seis millones de judíos y a más de 400.000 gitanos. Había toque de queda. La ciudad sufría apagones constantes. El jazz pasó a la clandestinidad. Los bailes, actuaciones y reuniones de fans se llevaron a cabo de manera oculta por temor a la represión nazi.

Uno de los músicos que acompañaba a Django Reinhardt describía así el ambiente del París clandestino: “Después de que pasara la patrulla de oficiales nazis y el terreno estuviera despejado, quitábamos las mesas y empezaba la fiesta. Tan pronto como sonaba la alarma colocábamos las mesas en su sitio de nuevo y todo volvía a la normalidad”. El Hot Club de France jugó un papel fundamental para dar cobijo a esa acción clandestina, pero tuvo que cambiar su sede de la Rue Calais a un pequeño hotel en la Rue Chaptal. Allí, en los sótanos, se producían reuniones discretas destinadas a mantener el entusiasmo de los jóvenes por el jazz, pero al mismo tiempo el lugar servía de sede a los miembros de la resistencia francesa. Para muchos el jazz constituía una vía de escape, un símbolo del mundo libre y por supuesto una forma de sublevarse contra los nazis.

 
El burdel de la Europa nazi



 




Curiosamente en París las autoridades nazis fueron más tolerantes que en otros lugares del Reich. No por filantropía cultural, ni mucho menos. Su intención era más bien convertir París en una infinita área de recreo para soldados y oficiales, una especie de “distrito rojo” gigante de todo el nazismo. De nuevo Goebbels perpetró el plan de transformar la capital de Francia en un escaparate bullicioso y alegre de la nueva Europa. Alrededor de 125 cabarets y nightclubs se refundaron después de la ocupación. En 1943 el club burlesque Abbaye, conocido anteriormente por parodiar a Hitler, abrió reconvertido en Le Chapiteau, uno de los puntos de encuentro favoritos de oficiales de la Gestapo. La Place Blanche, justo enfrente del Moulin Rouge, era ahora un café reservado exclusivamente a soldados alemanes. Teatros y cines también reabrieron, engalanados con banderas esvásticas, aunque no para proyectar las películas americanas de Hollywood, sino cine alemán de propaganda. El Cinema Normandie era uno de los más concurridos.

Comandantes de las SS se mezclaban con parisinos en las tabernas de Pigalle o Montmartre, que recuperaron la efervescencia de antaño. Una noche podían escuchar cantar a Edith Piaf, a la siguiente codearse con la diseñadora Coco Chanel. Pero también oían bandas de jazz alemán. Una de las agrupaciones más reconocidas fue Charlie and His Orchestra, que había obtenido el permiso de Goebbels para adaptar letras y arreglar temas populares de jazz. Ludwig Lutz Templin, líder y saxofonista de la banda, cantaba con un marcado acento alemán clásicos como St Louis Blues, en un estilo más cercano al swing sinfónico que al jazz. Grabó varios discos bajo la supervisión nazi, muy radiados en toda su área de influencia, y viajó por los territorios ocupados, donde recogía piezas de jazz para reconvertirlas. Había incluso fervientes seguidores de jazz entre los nazis. El miembro de la Luftwaffe (fuerzas aéreas alemanas), Dietrich Schulz, apodado como “Doktor Jazz”, fue un oficial nazi aficionado a la música de los Hot Clubs que proporcionó refugios temporales a Django Reinhardt durante la ocupación. 




Los zazús y el jazz francés


A pesar de todos los esfuerzos del nazismo por acabar con el jazz o germanizarlo, los jóvenes parisinos seguían escuchando el original americano. Estos jóvenes mostraban su descontento por la ocupación nazi y se rebelaban ante lo que consideraban una humillación. Es la llamada generación zazú, algo parecido a lo que hoy entendemos como tribu urbana: grandes americanas de cuadros, jerséis de cuello alto, pantalones ajustados, provocativas faldas cortas para ellas y un elemento diferenciador, los paraguas. A través de su vestimenta de influencia inglesa, de sus costumbres y de su amor por el baile, manifestaron su descontento por las restricciones nazis. Fue el primer movimiento joven que se sublevó contra el régimen, aunque también se levantaban contra el gobierno ultraconservador de Vichy.

Utilizaban el término swing como algo que encajaba con su forma de ver el mundo. Todo tenía swing. Además, el jazz era el centro de la vida de los zazús, que vieron en Django Reindhart a un ídolo además de la personificación de su malestar. En ese momento Django había fundado el Nouveau Quinteto of Paris y actuaba habitualmente por toda la ciudad. En esa época registró alguna de sus composiciones más memorables como es el caso de Nuages. Esta popularidad originó que algunos entusiastas hicieran ver a los oficiales germanos que el jazz era en realidad una costumbre francesa. Restándole esa connotación americana, pensaban que evitarían la prohibición nazi. Algunos estándares de jazz se tradujeron al francés. Así St Louis Blues se transformó en Tristesses de St Louis, o I got rhythm en Agate Rhytme.

En octubre de 1943 la Gestapo halló el cuartel general del Hot Club. Se llevaron como rehenes a su presidente, Charles Delaunay, a su secretario y al presidente del Hot Club de Marsella. Estaban buscando al líder de la resistencia francesa, aunque ninguno de ellos lo era. Delaunay fue liberado un mes después pero sus compañeros no tuvieron tanta suerte. Lo último que vieron fue la cámara de gas. El seis de junio de 1944, el Día D, se produjo el desembarco de Normandía por parte de los aliados. París quedó libre el 25 de agosto de ese mismo año. El Holocausto y el exterminio racial habían acabado. Django y Grappelli no tardarían mucho en volver a reunirse y en hacer giras multitudinarias acompañando a Duke Ellington. Volvieron también los artistas norteamericanos. El bebop se había adueñado ya de las sonoridades del jazz. La fascinación del público francés no dejaba de crecer. Europa tomaba el relevo. El jazz se expandía por el viejo continente a pasos agigantados y nada ni nadie podría evitarlo esta vez…

Jazz en el Tercer Reich

Durante la República de Weimar, el jazz conquistó Alemania y en el proceso se convirtió en un símbolo de “los felices años veinte”. Sin embargo, ya se estaban gestando protestas por parte de los conservadores nacionalistas y los círculos de derecha. Después de que Hitler subió al poder en 1933, se intensificó el conflicto por el jazz. La denominada música fremdländisch (extranjera) tenía que ser erradicada. Luego de prontas prohibiciones en este aspecto y de la creación del Reichsmusikkammer (Consejo de Música del Reich), que significaría la exclusión de los músicos judíos e impediría el intercambio artístico con músicos extranjeros, hubo una fase liberal ya que los Juegos Olímpicos de 1936 se llevaron a cabo en Berlín. A pesar del éxito del nuevo estilo de jazz, swing, y del fortalecimiento de los denominados Swingjugend (Jóvenes del Swing), llegó más represión en 1937 y 1938. Los líderes de distrito del Partido Nazi, autoridades policiales y empresarios locales comenzaron a emitir numerosos decretos donde prohibían el swing, el jazz y el baile del swing en sus respectivas regiones, ciudades o sistemas locales. Pese a estas restricciones, la presencia del jazz continuó debido a la facilidad con la cual se burlaba a los inspectores y las tendencias a favor del swing que albergaban incluso algunos funcionarios nazis.

Luego del inicio de la Segunda Guerra Mundial, el boicot a los productos culturales de las denominadas naciones enemigas y la prohibición del baile también afectaron al jazz. Sin embargo, el jazz experimentó un repunte en los años de la Blitzkrieg alemana. Tanto es así que, luego de los iniciales éxitos de guerra, la prohibición del baile del swing, por ejemplo, se levantó nuevamente. Por otra parte, trajeron bandas de jazz de países ocupados por Alemania o aliados con Alemania para reemplazar a los músicos alemanes convocados por los servicios armados. Estas bandas satisfacían las demandas de música popular sincopada de la población civil y de los soldados que no estaban en el frente. Por razones económicas, el régimen nazi incluso toleró por un largo tiempo la producción y distribución de películas y discos alemanes y extranjeros con contenido de jazz. Más aún, en varias ocasiones, el swing se usaba también en propaganda extranjera. Esto ocurría, por ejemplo, en grabaciones o programas de radio de la gran banda de propaganda “Charlie y su orquesta”, que se creó por orden del Propagandaministerium (Ministerio de Propaganda) de Goebbels. Recién el 17 de enero de 1942, se prohibieron los eventos de baile públicos y privados. La derrota en Stalingrado (del 31 de enero al 2 de febrero de 1943) y la proclamación de Goebbels de “guerra total” (18 de febrero de 1943) marcaron el final de la mayoría de los lugares de actuación de las bandas de swing, que finalmente condujo a la caída del jazz también.

A pesar de todas las campañas de difamación y prohibición, como así también de la encarcelación de algunos músicos y admiradores de jazz, no se puede decir que no hubo jazz alemán en el Tercer Reich. Sostenido por músicos profesionales y amateurs, bandas de jazz y también por entusiastas admiradores de swing y coleccionistas de discos, sería más apropiado decir que el avance del jazz se vio severamente perjudicado por las condiciones políticas. Esto hizo que la supervivencia del jazz dependiera en gran medida de resquicios en las políticas culturales nazis. Dichos resquicios existían puesto que las políticas culturales del Tercer Reich con respecto al jazz y a la música relacionada con el jazz estaban caracterizadas por la coexistencia de medidas contradictorias y ambivalentes, para las cuales no existía una estrategia unificada. Dependiendo de la dinámica interna de la ideología nazi y de los desarrollos de la política extranjera, las reacciones del nazismo frente al jazz oscilaban entre proscripción y prohibición por razones ideológicas, y tolerancia y apropiación por cuestiones económicas y de mercado. Esto explica por qué los nazis no decretaron una prohibición amplia y nacional del jazz ni tampoco emitieron la ley correspondiente.


 

Jazz en los campos

Aunque excluido por el régimen nazi por “degenerado”, los informes de testigos históricos y sobrevivientes corroboran que el jazz y la música relacionada con el jazz se podía escuchar en varios campos nazis. Estos informes no son una excepción, ya que existían experiencias similares con prisioneros de guerra, en campos de civiles extranjeros y campos de trabajo forzado, en campos de detención policial, en campos de prisioneros en Francia de Vichy, en el campo de tránsito holandés Westerbork, y en los guetos polacos de  Lodz, Varosvia y Vilna, sin mencionar las sesiones secretas de jazz de los miembros de Swingjugend en los campos de concentración y detención juveniles. Algunos ejemplos servirán para dejar en claro el espectro de estas actividades de jazz.

En el primer campo de prisioneros francés, en Perpiñán, en 1942, por ejemplo, el vienés Erich Pechmann, encarcelado por su fe judía, cantaba blues y además imitaba instrumentos con su voz. A pesar de estos métodos simples, como cuenta Fred Wander, Pechmann lograba levantarle el ánimo a sus queridos compañeros prisioneros:

    Cuando él tocaba, todo se tranquilizaba. Mágicamente producía sonidos de una banda entera […]. Por donde Pechmann fuera, transmitía tranquilidad a esa gente asustada.

Pechmann no sobrevivió a su detención. Murió de tifus el 4 de agosto de 1944.

Por otra parte, en noviembre de 1939, un grupo de estudiantes de Checoslovaquia fundó un octeto vocal llamado “Canten, canten, niños” (Sing Sing Boys) en Sachsenhausen.  Una parte de su programa consistía en números musicales de baile muy conocidos, basados en melodías de películas con arreglo de swing. Más allá de eso, usaban composiciones con el estilo de jazz de su líder musical Karel Stancl y también canciones satíricas del Teatro Liberado de Praga, que había sido cerrado en 1938 debido a sus tendencias antifascistas. Estas canciones contenían melodías con fuerte influencia de jazz de Jaroslav Jezek y sus presentaciones fueron prohibidas por los ocupantes alemanes. Josef Sárka describió los conciertos del grupo “Canten, canten, niños” en una carta:

    Las presentaciones se planeaban con regularidad: sábado, domingo, pero también espontáneamente, cuando los prisioneros mayores del campo venían de visita, por ejemplo; o durante período de recreación, cuando no había problemas en el campo o cuando había pocas posibilidades de que las SS entraran en el campo.

A veces, hasta los mismo miembros de las SS se encontraban entre el público buscando distracción. Incluso aquellos prisioneros que no tenían suficiente energía u oportunidad de estar presentes en dichos conciertos, luego de una nota de Stancl, estaban agradecidos por el ánimo y el espectáculo: “no puedo pensar en una sola aparición frente a mis camaradas que no fuera bien recibida, con satisfacción e incluso cierta cuota de agradecimiento”. Todos los miembros del grupo “Canten, canten, niños” fueron liberados por un programa de amnistía de prisioneros para la primavera de 1943.



En el campo de concentración de Buchenwald  en 1939 ya había planes para fundar un conjunto de jazz, pero recién se pudo llevar a cabo cuatro años más tarde con el apoyo del Comité Internacional del Campo de prisioneros ilegal. Esta organización había logrado ubicar prisioneros políticamente activos en posiciones clave de la burocracia del campo. Herbert Weidlich, activo administrativo, ahora podía designar a todos los músicos de la orquesta de jazz “Ritmo” al trabajo especialmente creado de “protección de transportes”. Esto daba suficiente tiempo para ensayos, que se realizaban secretamente durante el tiempo que oficialmente se destinaba al trabajo. Otra ventaja era que los músicos no estaban amenazados por tareas peligrosas o demandantes físicamente. Sobre todo, la ‘manipulación’ de traslados desde Buchenwald a otros campos garantizaba una provisión constante de personal. Con el tiempo, “Ritmo” se convirtió en una gran banda con personal multinacional que iba de amateurs a profesionales. Los prisioneros más grandes, quienes al principio habían rechazado este jazz burgués, reconocieron que las actuaciones servían para levantarle el ánimo a los prisioneros y también para camuflar los encuentros ilegales del comité del campo. Los conciertos se llevaban a cabo en cuadras específicas y, con el conocimiento de las SS, también en eventos de entretenimiento en las barracas de películas, para que allí también se pudiera escuchar jazz. A través de los músicos recién llegados y designados a la banda, los integrantes de la banda se familiarizaban con los últimos avances de estilo en el jazz. Según Jiri Zák, un piloto norteamericano que había sido baleado le contó a la banda sobre bebop y el taller de Gillespie y Parker en la calle 52.

Debido a su posición especial de “campo de espectáculos”, Theresienstadt  tenía a su disposición una extraordinaria libertad cultural y una prominente vida musical (cualitativa y cuantitativamente). Junto con las numerosas actuaciones de música clásica, había conciertos de jazz regularmente. Bedrich “Fritz” Weiss, combo de clarinetista y saxofonista de jazz, fue uno de los primeros grupos musicales que se formó allí. Además, los músicos de jazz y de baile encarcelados acompañaron espectáculos de cabaret y se agruparon para formar varias bandas. La más famosa de éstas fue “Músicos de swing del gueto”, que surgió de una banda amateur checa bajo el liderazgo del pianista Martin Roman y se convirtió en una gran banda. Su música habitualmente era rechazada por los prisioneros de mayor edad del campo, mientras que los más jóvenes, como Klaus Scheurenberg, pensaban que los músicos eran todo un éxito.

    Se presentaba extraordinario “Jazz negro” […] sin la objeción de las SS. Para nosotros, gente joven, la música del Café Vienés era aburrida, pero el nuevo estilo de los “Músicos de swing del gueto” nos mantenía a flote a través de las actuaciones semanales frente al café.

Esta popularidad e incluso su actuación en una película de propaganda sobre el campo no pudieron, sin embargo, proteger a los “Músicos de swing del gueto” de la deportación a Auschwitz-Birkenau.  Aquellos que habían sobrevivido a la selección formaron el corazón de la nueva banda del campo. El guitarrista Coco Schumann habló al respecto en una entrevista:

    Entonces el Kapo del campo [líder de trabajos comando] y el Lagerälteste [líder del campo] llevaron a cabo una fiesta para los Blockältesten [líderes de las barracas], etc. Y nosotros tocábamos. Ellos entraban con ropa y zapatos de mujer. Luego se embriagaban hasta estar borrachos. Uno de ellos se sacó el zapato y yo tuve que tomar champaña de ahí […]. Pero como suelen ser los criminales duros, cuando oyen música, empiezan a llorar como bebés. 

Mientras que los músicos de Theresienstadt podían crear un repertorio de jazz artísticamente ambicioso y puro, los músicos de Auschwitz se convertían en simples esclavos musicales y sus vidas dependían de la voluntad momentánea de las SS y los funcionarios. Puesto que los músicos les resultaban útiles, la banda del campo se salvó temporariamente de la cámara de gas. Luego, los músicos restantes fueron transferidos vía Berlín y Sachsenhausen al campo satélite de Dachau. Sólo algunos miembros del grupo “Músicos de swing del gueto” sobrevivieron a la Shoá.

Conclusión

Dependiendo del campo particular y la situación específica del campo, la función del jazz y de la música influenciada por el jazz variaba notablemente en los campos de concentración nazis. Por un lado, era un elemento esencial de la cultura ilegal y/o tolerada del campo; por otro lado, era un medio de propaganda y distracción para los secuaces del régimen nazi. En su propio campo de responsabilidad, algunos miembros de las SS prácticamente no se preocupaban por los lineamientos musicales del régimen. Por lo tanto, incluso el Rottenführer (un líder de las SS) Percy Broad tocó con el músico de jazz holandés en la sección de hombres de Auschwitz-Birkenau. Sólo a través de estas motivaciones diversas podía sobrevivir el despreciado jazz en los campos nazis. Asimismo, el saxofonista Miroslav Hejtmar resumió sus actuaciones con la orquesta de jazz “Ritmo” de Buchenwald:

    La música que estaba totalmente prohibida por el Tercer Reich por ser “racialmente impura” se tocaba frente a un público tan multinacional en composición que bajo cualquier otra circunstancia no se habría reunido. Y todos esos oyentes entendían de qué se trataba, pero las SS no.

 Guido Fackler


Referencias

Bergmeier, H.J.P., 1998. Chronologie der deutschen Kleinkunst in den Niederlanden 1933–1944., Hamburg: Hamburger Arbeitsstelle für Deutsche Exilliteratur. 

Fackler, G., 1994. Entartete Musik im KZ. In F. Ritter, ed. Heinrich Himmler und die Liebe zum Swing. Leipzig: Reclam, pp. 268-273. 

Fackler, G., 1996. Jazz im KZ. . In W. Knauer, ed. Jazz in Deutschland. Hofheim: Jazz-Instituts Darmstadt, pp. 49-91. 

Fackler, G., 1994. Zwischen (musikalischem) Widerstand und Propaganda – Jazz im „Dritten Reich“. In G. Noll, ed. Musikalische Volkskultur und die politische Macht. Essen: der Kommission für Lied-, Musik- und Tanzforschung in der Deutschen Gesellschaft für Volkskunde e.V., pp. 437-483. 

Kater, M.H., 1992. Different Drummers: Jazz in the Culture of the Nazis, New York: *. 

Kellersmann, C., 1990. Jazz in Deutschland von 1933–1945, Menden: Jazzfreund-Publikation. 

Kuna, M., 1993. Musik an der Grenze des Lebens: Musikerinnen und Musiker aus Böhmischen Ländern in Nationalsozialistischen Konzentrationslagern und Gefängnissen, Frankfurt/M.: Zweitausendeins. 

Muth, W., 1985. Jazz Behind Barbed Wire. Jazz Forum, 2(93), 44-9. 

Muth, Wolfgang: „Rhythmus” – Ein internationales Jazzorchester in Buchenwald. In: AG Jazz Eisenach (Hg.): 25 Jahre Jazz im Klubhaus AWE. Eisenach 1984 , 10-15, quote on 12.

Polster, B. ed., Swing Heil: Jazz im Nationalsozialismus, Berlin: Transit. 

Zwerin, M., 1985. La Tristesse de Saint Louis: Jazz Under the Nazis, New York: Quartet. 


Testimonios de testigos

Hejtmar, M., Rhythmus hinter Drähten [Rhythm behind barbed wire], Weimar: archive of the KZ-Gedenkstätte Buchenwald.

Laks, S., 1989. Music of Another World, Illinois: Northwestern University Press. 

Ritter, F. ed., 1994. Heinrich Himmler und die Liebe zum Swing. Erinnerungen und Dokumente., Leipzig: Reclam. 

Scheurenberg, K., 1982. Ich will leben. Ein autobiographischer Bericht, Berlin. 

Schumann, C., 1997. Der Ghetto-Swinger: Eine Jazzlegende Erzählt 2nd ed., Munich: Deutscher Taschenbuch Verlag. 

Walda, D., 1980. Trompettist in Auschwitz: Herinneringen van Lex van Weren, Amsterdam: De Boekerij. 

Wander, F., 1971. Der siebente Brunnen, Berlin/Weimar

Vogel, E., 1961a. Jazz in a Nazi Concentration Camp (Part I). Down Beat, 28(25), 20-22. 

Vogel, E., 1961b. Jazz in a Nazi Concentration Camp (Part II). Down Beat, 28(26), 16-17. 

Vogel, E., 1962. Jazz in a Nazi Concentration Camp (Part III). Down Beat, 29(1), 20-21.


Documentales

Ackerman, Roy / Jeremy, John: Swing under the Swastika. The Story of a Music That Could Kill and Save. GB: YTV Ltd., 1988 (Autor: Michael Zwerin, 2 Teile, 52 Min.).

Karalus, Paul / Segeth, Alfred: Deutschlandbilder: Aus einem Musikerleben. Coco [Schumann] der Ghetto-Swin­ger. D: WDR, 1986 (45 Min.)


sábado, 9 de julio de 2011

FEDERICO LLACH UN CONTRABAJISTA DE JAZZ...



CONTRABAJISTA “MIS INTERESES VAN MÁS POR EL LADO DE HACER MI PROPIA MÚSICA”.


Entrevista. Federico Llach. Se dedicó a la música tras abandonar Letras. El 21 presenta su disco.

Por Sandra De La Fuente

No es muy habitual que en la charla con un jazzero surjan nombres de la más nueva composición académica. Pero así son las cosas con el contrabajista Federico Llach. Los nombres de Helmut Lachenmann o Gerard Grisey se entremezclan con los de Ornette Coleman o Ellington no sólo en la conversación distendida, franca y sencilla que Llach sostiene en un bar palermitano, sino también en la música que compone.

Sin ir más lejos, La urgencia de lo incierto , el último disco que Brote, la agrupación que integra junto al trompetista Sergio Wagner, el saxofonista Misael Parola y el baterista Pedro Ahets Etcheberry, contiene un homenaje a Gÿorgy Ligeti bajo el poco rimbombante título Jorgito . Pero no sólo Jorgito puede enlazarse con la producción de los autores que Llach menciona sin petulancia. La libertad que da al grupo la ausencia de un instrumento armónico se complementa con la incansable búsqueda de timbres y combinaciones métricas, un eco de la producción contemporánea que repica en sus composiciones, pero también en las de los otros integrantes de Brote.

El apellido Llach tiene resonancias en el mundo de la política, de la economía y también de las letras. Juan, el papá, cuya melomanía seguramente influyó en la vocación de Federico, fue ministro de educación. Felipe, el ingeniero, trabaja en Mentira la verdad , en el canal Encuentro; Lucas es economista y tiene un blog visitadísimo dentro del diario La Nación ; Santiago es un reconocido poeta. “Yo ya tocaba la guitarra, había estudiado en el conservatorio Juan José Castro, pero cuando terminé la escuela secundaria me anoté en la carrera de Letras, tal vez un poco influenciado por Santiago”, cuenta. “No duré mucho ahí. En esos tiempos había una tensión con mi apellido porque mi papá era ministro de educación. Pero no me fui por eso. Aunque tengo que reconocer que ver esos carteles en contra de mi viejo no me resultaba lo más cómodo del mundo”.

Encontró un ámbito de aprendizaje en Berklee Buenos Aires, la escuela de jazz que dirige Jodos. Luego entró al IUNA, donde estudió composición y recibió premios por una de sus obras.

La Sinfónica Nacional te estrenó “Talampaya”.

Sí, fue bastante impresionante estar en el Auditorio de Belgrano con tanto público. Mi relación con mis obras escritas cambia todos los días, pero creo que Talampaya suena bien, creo que tiene un sonido bastante personal.

¿Y cómo congeniás la vida de un compositor serio con la del músico de jazz? Como músico de jazz estoy un poco corrido de la escena. Soy contrabajista y sin embargo toco en un solo grupo. En el jazz el contrabajo es un instrumento requerido y oportunidades laborales no me faltan, pero a mí no me gusta andar atrás de diferentes agrupaciones. Mis intereses van más por el lado de hacer mi propia música

viernes, 24 de diciembre de 2010

ARGENTINA: DURANTE LA TEMPORADA 2010, EL JAZZ DEMOSTRO VITALIDAD Y DIVERSIDAD.





Mucho de lo más importante tuvo que ver con el Festival de Jazz de Buenos Aires, que dirige el músico Adrián Iaies: por las músicas que por allí circularon, por el nivel de exposición para los intérpretes locales y por los cruces con las visitas extranjeras.








El contrabajista Renaud García-Fons marcó uno de los puntos altos del año.


Por Diego Fischerman

Que el jazz en la Argentina amerite un balance anual para sí ya es un signo. También lo es que una parte considerable de las nuevas ediciones discográficas, los nuevos grupos y solistas y las actuaciones nocturnas estén albergados, aquí y ahora, dentro de las laxas fronteras de ese género. Están, por supuesto, los que cultivan estilos que fueron consolidados en el tronco central de esa música: el dixieland, el jazz à la Django Reinhardt, el be-bop más o menos estricto. Y, dentro de ese campo, las cantantes, que en algunos casos con muy buen nivel, circulan por el canon diseñado por Billie Holiday, Ella Fitzgerald, Sarah Vaughan, Carmen McRae y Betty Carter (por algún motivo, en Buenos Aires no aparecen demasiados cantantes masculinos). Pero, además, hay un sinnúmero de músicos creadores, que con mayor o menor distancia toman al jazz –o parten de su alfabeto– para encontrar gramáticas y lenguajes propios.

En un abanico que incluye movimientos de recogimiento y trabajos profundos de relectura de las fuentes –llámense Lennie Tristano, Andrew Hill, Herbie Nichols, John Coltrane, Bill Evans o Miles Davis– y, también, poderosas miradas hacia el afuera –el mundo del tango o el Cuchi Leguizamón, para poner en foco a dos de las producciones discográficas más importantes del año, las de Diego Schissi (Tongos. Tangos improbables, Untref Sonoro) y Guillermo Klein (Domador de huellas, Acqua)–, resulta significativo, también, que mucho de lo más importante haya tenido que ver con el Festival de Jazz de Buenos Aires, que dirige el músico Adrián Iaies. Por las músicas que por allí circularon, por el nivel de exposición que permitió para los músicos locales y por el estímulo que significaron las visitas extranjeras.

Pero, también, porque algunos de los frutos independientes de 2010 tuvieron que ver con siembras de ese festival en años anteriores. Iaies se enorgullece de que el 75 por ciento de su presupuesto se destina a artistas argentinos. Y no es un dato menor ni se trata de una cuestión evidente. En la mayoría de los festivales del mundo no es así. Un festival de jazz en España, por ejemplo, consiste en la contratación del máximo de figuras extranjeras de gran cartel que sea posible, más algún grupo de jazz flamenco o algo así. Y si en el campo de la repartición de protagonismo entre locales e invitados la proporción es favorable a los primeros, debe señalarse, asimismo, que cuando se trata de los extranjeros el criterio de programación rezuma originalidad e inteligencia.

Varios de los que llegan de afuera son integrados a grupos de aquí o integran músicos locales en sus formaciones (el baterista Barry Altschul tocó con el pianista Ernesto Jodos, que también actuó en dúo con el contrabajista John Hebert, que había llegado con el quinteto de Frank Carlberg; los argentinos Diego Urcola y Ramiro Flores fueron parte del quinteto de Enrico Pieranunzi). Y, además, no se trata de nombres obvios. La Mingus Dynasty, Carlberg, Pieranunzi o el extraordinario contrabajista Renaud García-Fons, que llegó al frente de un grupo notable, La Línea del Sur, no sólo mostraron la calidad de sus trabajos y el nivel técnico como instrumentistas, sino que significaron, en la mayoría de los casos, agradecibles descubrimientos para el público argentino.

Entre las consecuencias indirectas del Festival de Buenos Aires también estuvo la posibilidad de que los músicos que actuaban aquí se desplazaran a ciudades y países vecinos. Rosario, perdido su histórico festival de jazz, tuvo una suerte de minifestival internacional con la Mingus Dynasty, el trío de Marc Perrenaud y el cuarteto de Oscar Feldman, y también llegaron algunos de estos músicos a Mar del Plata, Córdoba y Montevideo. Los festivales que se realizaron fuera de Buenos Aires fueron, asimismo, un estímulo considerable. Un encuentro de música popular en La Plata, en el mes de noviembre, organizado por la carrera de música popular de la Facultad de Bellas Artes, aunque no centrado estrictamente en el jazz (pero es que el propio jazz hace rato que dejó de estar centrado en sí mismo) y los festivales de Ushuaia y El Bolsón, con características muy distintas entre sí, pero caracterizados en todos los casos por el inmenso esfuerzo personal de sus organizadores, que los llevan adelante casi como cruzadas, lograron que muchas de estas músicas y músicos circularan por un territorio más vasto que el delimitado por los clubes de Buenos Aires y, también, que cobraran visibilidad algunas experiencias trascendentes, como la de la cantante Patti Ramone, correntina de nacimiento y fueguina por adopción, junto al pianista colombiano Nicolás Ospina.

Las figuras consolidadas del jazz argentino estuvieron presentes en varios de esos encuentros y siguieron, desde ya, activas: Paula Shocrón, además de editar su disco El enigma (Acqua) junto al saxofonista Pablo Puntoriero, estrenó una notable orquesta, regida por una exacta fórmula de control (y de arreglos) y libertad; Ernesto Jodos tocó durante todo el año con diferentes formatos y grabó en vivo con su trío; el saxofonista Ricardo Cavalli editó el excelente For the Guv’nor Suite, el guitarrista Fernando Tarrés publicó su trabajo alrededor de Pia-zzolla (otro coletazo del Festival de Buenos Aires, que lo había encomendado) y Iaies editó Cinemateca finlandesa, con la cantante Roxana Amed. Y hubo, también, visitas extranjeras: un decepcionante David Murray, con un proyecto junto a músicos cubanos que careció de interés musical; una aburrida presentación del trío del guitarrista Kurt Rosenwinkel; Diana Krall, con un muy buen show en que fue, sobre todo, fiel a su personaje; McCoy Tyner, con una actuación que estuvo lejos de la grandeza de su historia, y el genial clarinetista Eddie Daniels, que tocó como solista junto a la Filarmónica de Buenos Aires el muy flojo Concierto para clarinete de jazz y orquesta de Jorge Calandrelli, pero deslumbró en cada una de sus intervenciones improvisadas y en el bis que tocó junto a Guillermo Romero en piano, Oscar Giunta en batería y Jerónimo Carmona en contrabajo. También fueron destacables las actuaciones del Overtone Quartett de Dave Holland, con el gran pianista Jason Moran, Chris Potter en saxo y Eric Harland en batería; de Medeski, de Martin & Wood, que renovó el pacto de fidelidad con su público y, aunque bastante más cerca del country y el rock indie que del jazz, de la cantante Norah Jones.


miércoles, 3 de noviembre de 2010

ELLA FITZGERALD CON LOUIS ARMSTRONG: GRABACIONES.




Entre 1946 y 1957, dos de las figuras ejemplares del jazz grabaron juntas. Una edición nacional agrupa y ordena todos los registros conjuntos de Ella y Satchmo en un CD doble y lo hace con una restauración sonora extraordinaria.







Por Diego Fischerman

Dicen que Louis Armstrong alguna vez contestó, a alguien que inquiría acerca de qué era el jazz, que quien necesitaba preguntarlo nunca podría entender la respuesta. A mitad de camino entre picardía y sabiduría derviche, esa respuesta, sea verdadera o no, revela algo esencial y, eventualmente, no exclusivo del jazz: un cierto cuerpo de cuestiones casi intangibles, difícilmente catalogables y casi nunca enseñables del todo que hacen que un género –el jazz pero también el tango, el rock o alguna de las músicas que el mercado identifica como clásicas– sea lo que es y no otra cosa.

Hay algo en el jazz que se impone incluso a las cuestiones rítmicas, a los tipos de escala y a lo formal: el sonido. Para un músico de jazz el sonido es mucho más que el timbre. Y es que en esa música, sea cual fuere el estilo, un sonido casi nunca es igual cuando empieza y en el momento en que termina. Lo que en la música clásica constituye un valor –la homogeneidad en el cuerpo de una nota y la precisión de su altura– es exactamente lo que jamás se encontrará en el jazz. Y si Louis Armstrong, además de por esa supuesta frase, resulta un personaje fundante es porque nadie como él fue capaz de poner en escena de una manera tan clara esa característica del género. En Armstrong, el color de la nota, sus innumerables transformaciones en el espacio de unos pocos microsegundos y la idea de la construcción del sonido propio son inseparables de sus maneras de tocar y cantar. Ella Fitzgerald, también alguien que se nutrió del jazz –y lo nutrió como estética– pero que se convirtió en una gran figura del espectáculo, es, por su parte, una de las cantantes femeninas ejemplares del género. Ambos grabaron juntos cuatro discos de 78 RPM –cada uno con dos temas– para el sello Decca, entre 1946 y 1951, y luego, entre 1956 y 1957, y para Verve, dos discos de larga duración –Ella and Louis y Ella and Louis Again– con el acompañamiento del trío de Oscar Peterson, más su versión –con arreglos de Rusell García– de la ópera Porgy and Bess, de George Gershwin (con libreto de su hermano Ira, basado en el texto de DuBose Heyward).

Todo el material grabado en Verve se había agrupado hace años en un álbum triple y los ocho temas anteriores eran virtualmente inconseguibles en la actualidad. Pero un sello argentino acaba de darse el lujo de publicar un álbum notable, con el nombre Louis Armstrong & Ella Fitzgerald. The Complete Recordings 1946-1957 que no sólo incluye esos temas inhallables sino que lo hace con una restauración sonora asombrosa que, incluso, corrige algunos errores de la edición de Verve (la saturación del contrabajo de Ray Brown, por ejemplo). Esta publicación, en dos CD, fue impresa por el sello Lantower, que se caracteriza por sus cuidadosísimas publicaciones de tango y por algunas extraordinarias restauraciones de música clásica, como la que acaba de salir a la venta con la interpretación de las Sonatas para violín y piano de Beethoven por Joseph Szigeti y Claudio Arrau. El álbum, que llegará a las disquerías sobre el fin de esta semana, no reproduce el orden de los discos originales ni incluye todo su contenido, limitándose a los dúos y ordenándolos cronológicamente según su fecha de grabación, que consigna escrupulosamente al igual que los elencos participantes en cada una. El resultado es una clase de edición hasta ahora inexistente en la Argentina donde, con un trabajo casi amoroso sobre el sonido, respeto y rigor informativo, se pone en existencia un material tan valioso como de difícil acceso.

jueves, 14 de octubre de 2010

VIDEO: BIRELI LAGRENE




Biréli Lagrène (Alsacia, 1966), guitarrista francés de jazz con raíces en la música gitana.


Nacido en una comunidad de músicos gitanos, sorprendió con un talento precoz que le permitía repreducir, nota por nota, todos los temas de su admirado e inspirador Django Reinhardt. Tras esta fase de aprendizaje por emulación, Lagrène fue influido por Wes Montgomery y George Benson. Posteriormente, conoció a Jaco Pastorius y se introdujo en la música de fusión jazz rock e incluso llegó a tocar el bajo durante un tiempo antes de regresar a la guitarra.

Con varios discos (un total de casi 20 propios y numerosas participaciones en grabaciones de otros), Lagrène decidió regresar a las raíces y formó su banda Gipsy Project, con la que trabaja hoy en día. Con esta banda, ha regresado al espíritu de Reinhardt, revisitando los clásicos del maestro, pero con grandes toques personales, además de interpretar su propia música con el aire vertiginoso y gitano de sus orígenes.

Biografía por la Wikipedia


VIDEO

sábado, 25 de septiembre de 2010

DIANA KRALL EN CONCIERTO.



GRAN CONCIERTO DE LA PIANISTA Y CANTANTE EN SU CUARTA VISITA A BUENOS AIRES


Acompañada por la mejor banda que trajo a esta ciudad, la canadiense brilló ante un público incondicional y seducido de antemano. Aunque se suponía que sería la presentación de Quiet Nights, su último disco, el concierto fue más vital y poderoso.




Por Diego Fischerman

Si su último disco, Quiet Nights, transcurre entre el susurro y el silencio, enmarcado en una envolvente orquesta arreglada por Claus Ogerman, ya el comienzo del excelente recital con el que Diana Krall retornó a Buenos Aires puso en claro que, por lo menos esta vez, en vivo sería otra cosa. “I Love Being Here with You”, con un arranque instrumental a todo trapo y Krall pasando del piano a una voz un poco más aguardentosa –y un poco más vital– que de costumbre, fue, en ese sentido, un principio y una declaración de principios: el canto como un instrumento más y un destacado desarrollo instrumental con solos de cada uno de los integrantes, incluyendo a la propia Krall como pianista.

El grupo con el que llegó es, tal vez, el mejor con el que lo haya hecho hasta el momento (ésta es la cuarta incursión porteña y la anterior fue en 2007). En la guitarra eléctrica estuvo, como en aquella ocasión, Anthony Wilson, quien toca con ella desde hace ocho años, y se maneja con igual soltura y musicalidad en el papel de acompañante, con armonías ricas y contrapuntos exactos, y como solista, desarrollando líneas melódicas siempre con algo de sorpresa en su rítmica. Robert Hurst, que fue contrabajista de la banda de Wynton Marsalis y tocó con su hermano Branford y, también, con el saxofonista Steve Coleman, aportó una base de gran solidez, fue lírico en sus solos, mostró un poderoso impulso motor y cuando tocó con arco demostró un sentido melódico y armónico impecable. Karriem Riggins, habitual baterista del trío del pianista Mulgrew Miller, también aportó variedad e interés a los desarrollos de los temas y se mantuvo en perfecta comunión con la cantante. Eventualmente, si algo sigue emparentando a Krall con el jazz, aun en sus momentos más cercanos al pop, es la interacción que propone con sus grupos.

Aunque el show se publicitó como la presentación en vivo del último disco –que en realidad ya tiene más de un año– hubo bastante poco de él no sólo en relación con el material elegido sino, sobre todo, en el espíritu. Estuvo, sí, “Quiet Nights”, la versión en inglés de “Corcovado”, de Tom Jobim, que Miles Davis había grabado con arreglos de Gil Evans en 1962. Y estuvo también “Walk On By”, de Burt Bacharach, que forma parte del álbum. Pero el tono estuvo lejos del homenaje a la bossa nova que allí se buscaba. Volvió a ser, en esta ocasión, lo que siempre había sido: una bella balada capaz de acercarse al imaginario del jazz. En ese sentido tampoco Bacharach, un autor que Krall confiesa amar y que incluye con asiduidad en su repertorio, es ajeno al género: músicos como Wes Montgomery, Grant Green o Stan Getz tocaron sus temas en más de una oportunidad. Hubo asimismo dos canciones de Tom Waits, “Jockey Full of Bourbon” y, ya como bis, “Clap Hands”, y un tema de Walter Hirsch y Fred Rose, “Deed I Do”, en el que hubo un extraordinario solo de contrabajo.

Krall habló poco, bromeó algo, presentó a su banda, nombró a su marido (Elvis Costello) antes de cantar la notable “Abandoned Masquerade” que compusieron a dúo, y jugó a confundirse y cambiar de idea, como cuando anunció el final del show con un homenaje a Irving Berlin y después se corrigió. “No, mejor antes otra canción”, coqueteó. Y fue “A Case of You”, de Joni Mitchell, a solas con el piano, en uno de los momentos más logrados de la noche, antes de atacar con “Cheek to Cheek”, aquella canción que cantó por primera vez Fred Astaire en la película Sombrero de copa, de 1935. El público, que llenó el teatro, mostró una incondicionalidad que excede en mucho la que cualquier otra figura afín al jazz es capaz de lograr. Seducido de antemano, podría pensarse, respondió a los mínimos mohínes de la canadiense con adoración. Krall no abusa de ello. Confía, sobre todo, en la música. Y es que su glamour aparece, sobre todo, en los graves de su registro, en su manera de usar la rugosidad del timbre, en la forma de administrar el medio tono y en un swing sin sobreactuación. Domina, en todo caso, el arte de la sugerencia más que el de la explicitación. Y eso, en música, suele ser tan efectivo como en otros campos.

DIANA KRALL

Músicos: Diana Krall (piano y voz), Anthony Wilson (guitarra eléctrica), Robert Hurst (contrabajo) y Karriem Riggins (batería).

Lugar: Teatro Gran Rex, jueves 23 de septiembre

Público: 3300 personas

Duración: 90 minutos

jueves, 2 de septiembre de 2010

McCoy Tyner en Buenos Aires: “El jazz siempre debe evolucionar”


02/09/10





El pianista es uno de los más influyentes en el último medio siglo del género y fue parte esencial del fabuloso cuarteto de John Coltrane que grabó A Love Supreme.



Por Diego Fischerman

La frase publicitaria parece casi inevitable: “El pianista de John Coltrane”. Y pocas veces el trazo grueso y la apelación a lo más visible resultan tan injustos como en el caso de McCoy Tyner, junto a Bill Evans el pianista más influyente del último medio siglo del jazz. Y es que si bien es cierto que integró el cuarteto de Coltrane entre 1960 y 1965, también lo es que ese grupo fue lo que fue en gran medida gracias a él. “Tocar con John (Coltrane) fue una de las grandes experiencias de mi vida”, dice el pianista, nacido en Filadelfia en diciembre de 1938. Juega, claro, entre Trane, el apelativo del saxofonista, y el parecido fonético con “train”. Y habla de un viaje. “Sabíamos de dónde partíamos y, a veces, adónde deberíamos llegar. Lo demás era una aventura.”

Su manera de formar y encadenar acordes fue seguida por cada pianista nuevo que surgía en el jazz. Varios de sus discos están entre los mejores del jazz de todos los tiempos y una lista muy breve no podría dejar de incluir The Real McCoy, de 1967, con Joe Henderson, Ron Carter y Elvin Jones; Together, de 1978, con Freddie Hubbard, Hubert Laws, Bennie Maupin, Bobby Hutcherson, Stanley Clarke y Bill Summers; el exquisito Supertios, de un año antes, con Ron Carter y Tony Wiliams y con Eddie Gomez y Jack De Johnette; o, más cerca, It’s About Time, con Jackie McLean, de 1996; o el notable Guitars, de 2008, con guitarristas invitados como Carlos Santana, John Scofield y John Abercrombie. Y, es claro, discos en los que toca con Coltrane, como Transition, A Love Supreme o Quartet Plays, que ocupan un lugar en la historia por derecho propio. El estilo de Tyner, como el de Evans o el de Thelonious Monk, no ha cambiado demasiado: sigue teniendo la misma originalidad que cuando era un adolescente y empezó a tocar con el fantástico Jazztet de Benny Golson y Art Farmer.

Hoy, Tyner volverá a actuar en Buenos Aires, después de dieciséis años, y lo hará con un grupo excepcional: Eric Gravatt en batería, Gerald Cannon en contrabajo y, como invitado, Gary Bartz en saxo. El concierto será en el Gran Rex y contará con la actuación, también, de la excelente pianista y compositora argentina Paula Schocrón, que junto al saxofonista Pablo Puntoriero presentarán parte de su nuevo disco, El enigma. “El jazz es una forma de arte progresiva”, reflexiona el músico norteamericano. “Por su propia naturaleza, debe cambiar y progresar o dejará de ser jazz. Creo que mi personalidad cuadra bien con este género, porque no me gusta quedarme sentado mucho tiempo en el mismo lugar. Siempre estoy pensando en lo que viene después de mañana y en qué nuevo proyecto será el próximo. Para ser relevante, el jazz debe evolucionar, como siempre lo ha hecho. Y para que lo que uno hace dentro del jazz sea relevante sucede exactamente lo mismo.”

Tyner, en efecto, hizo desde discos con big band –entre ellos The Turning Point, de 1991, con arreglos suyos, de Slide Hampton, Howard Johnson y Steve Turre–, grabaciones solistas –Revelations y Soliloquy– y fue uno de los que motorizó una suerte de reafricanización del jazz, entre fines de los ’60 y comienzos de los ’70, con varios álbumes extraordinarios, en los que tocaban músicos como Woody Shaw, Wayne Shorter y Bartz, el saxofonista que lo acompaña en esta visita: Expansions, Cosmos, Extensions y Asante. También grabó en cuarteto con Sonny Rollins, dúos con Stéphane Grappelli o Jackie McLean, o en quinteto con David Murray y Arthur Blythe. En 2007 grabó McCoy Tyner Quartet, junto a Joe Lovano, Christian McBride y Jeff Tain Watts, y el año pasado publicó Solo: Live from San Francisco.

“Se habla de Coltrane como saxofonista, e indudablemente fue un grande en ese instrumento”, comenta el pianista. “Pero no se tiene en cuenta su importancia como compositor y como verdadero maestro de la armonía. Su concepto armónico puede escucharse en grabaciones como A Love Supreme, por ejemplo. Para mí fue siempre como un hermano mayor, que me cuidó muchísimo cuando entré al grupo. La conexión entre la sección rítmica era sumamente fuerte y había una gran comunicación entre todos nosotros mientras tocábamos. John era un gran líder y realmente lograba sacar lo mejor de cada uno de nosotros.” Para Tyner, un grupo es, necesariamente, más que un conjunto de individualidades. Y se siente orgulloso de los compañeros con los que llega a Buenos Aires. “Tuve la fortuna de tocar con grandes músicos. Con grandes artistas. Y eso a uno le enseña, porque el piano es como una orquesta, uno siente que puede hacer todo con él. Pero cuando se toca con creadores, se percibe que lo que uno hace se completa, se enriquece con lo que hacen los demás. Y este grupo, con el agregado de un viejo compañero como Bartz, es de esos en que todo se transforma y toma otra vida cuando transita entre uno y otro músico. Nada sería igual si no estuvieran ellos.”





"Me gusta tocar para públicos distintos"



Entrevista El ex pianista de John Coltrane Hoy toca en el Gran Rex. Cómo vive uno de los más grandes músicos de jazz vivos a los 71 años.









Por Sandra De La Fuente



Esta noche, después de 16 años, McCoy Tyner vuelve a tocar en Buenos Aires. El legendario pianista, definido como el león rugiente del jazz por su gran sonido y su fuerza percusiva, se presentará en el Gran Rex, con su trío que completan Gerald Cannon en contrabajo y Eric Kamau Gravat en batería y al que, en una suerte de evocación coltraneana, se sumará el saxo solista de Gary Bartz.

McCoy Tyner fue el gran pianista de John Coltrane. Se conocieron cuando Tyner tenía 17 años y todavía vivía en Filadelfia, donde había aprendido el instrumento gracias al incentivo de una madre apasionada por la música y la buena influencia de sus vecinos Bud y Richie Powell.

La noche de ese histórico encuentro, Tyner tocaba en el Red Rooster y Coltrane disfrutaba de unos días de descanso entre sus extenuantes sesiones con Miles. El sonido de McCoy no le pasó inadvertido. Coltrane no era todavía una gran referencia para el mundo del jazz, y McCoy fue el estímulo que necesitaba para dar su primer gran paso con una formación propia. En ese tiempo, McCoy tocaba con Art Farmer, pero apenas Coltrane abandonó el grupo de Miles, entendió que una nueva historia podía comenzar también para él. Todavía hoy Tyner habla de Coltrane como “su hermano mayor” y considera su música como “algo transformador y único que aún tiene mucho que mostrar, que merece seguir sonando” y sobre la que, por esa misma razón, improvisa una y otra vez.

Y lo mejor de Coltrane vino acompañado por el piano de Tyner: Africa Brass , Impressions , My Favorite Things y su exquisito A Love Supreme (65). Las innovaciones rítmicas de Tyner –muchas veces se denominó a sí mismo “percusionista frustrado”- y sus nuevos colores armónicos marcaron un punto de inflexión en la historia del jazz. Tyner no entiende el instrumento como un campo de pruebas sino más bien como la extensión de la propia personalidad. “Al principio, el piano es algo ajeno. Cuesta hacer una relación con él. Con el tiempo, se vuelve una extensión del propio cuerpo, y ya no puedes hacer con él nada muy diferente de lo que realmente sos”.

La revolución de McCoy fue progresiva: la serena comprensión y asimilación de un mundo nuevo o exploración de su propia tradición –el movimiento africanista lo tuvo de epicentro-. Ese modo de entender los cambios, marca un notable contrapunto con las fugas hacia el futuro y líneas plagadas de aristas que trazó la historia del impetuoso e inconformista Miles Davis.

Los tiempos en que McCoy ganaba presencia coincidieron con aquellos en los que Miles comenzaba a sentirse incómodo con ese papel de animador al que creía que los intelectuales blancos habían relegado a los músicos de la comunidad negra. La música de Miles aceleraba su salida del puro divertimento de salón, se volvía áspera mientras se apartaba de la tradición. Tal vez por eso, no era fácil para Miles encuadrar el estilo de Tyner. En su libro Miles y yo , Quincy Troupe, punzante -y seguramente conociendo por anticipado el juicio de Miles-, le exige una valoración pública sobre el sonido de McCoy Tyner. “Lo único que hace es aporrear el piano”, demuele Miles después de algunas reticencias. “Nunca ha tocado y nunca lo hará. Es un buen tipo, pero aunque le fuera la vida en ello, nunca podría tocar el piano”.

Tal vez ese juicio no haya influido en músicos y melómanos. De todas formas, tras su salida del cuarteto de Coltrane, en 1965, y la formación de su propio trío, Tyner tuvo que poner a prueba su tenacidad para tolerar las críticas.Recién con Sahara , su disco de 1972, apareció la llave que le abrió las puertas del mundo, que todavía quiere escucharlo en vivo y al que hoy, con 71 años, se entrega generosamente.

Sus giras son agotadoras y numerosas. Sin embargo, en un impasse que le deja un Festival de Jazz en la tórrida Mallorca, consigue responder algunas preguntas.

No es fácil encontrar un momento para entrevistarlo. Vive en Nueva York, pero viaja mucho. ¿No es así?

Sí, toco todo lo que puedo. Me gusta conocer lugares, tocar para distintos públicos, conocer gente, culturas, conversar…

¿Y consigue alguna vez estar en su casa, disfrutar de hacer nada, escuchar música o ir al cine?

A veces voy al cine. Eso ya es mucho para mí. Me gusta el cine y disfruto cuando actúa Danny Glover. Es un gran tipo, lo conozco personalmente, y le encanta la música.

¿Hay diferencias entre esas actuaciones tan libres, por los diferentes teatros del mundo, y un álbum pautado en el estudio? ¿Cómo se siente cuando finalmente entra en un estudio a grabar?

Sí, claro que hay diferencias. Cuando grabo quiero que las cosas queden muy bien, que el trabajo quede bien acabado. Pero también me gusta tocar en un club hasta cualquier hora, sin preocuparme demasiado por el paso del tiempo.

¿Toca en su casa?

Hace tiempo que no tengo piano en casa. Antes, cuando vivía en una casa más grande y criaba hijos, había espacio para un piano grande. Pero ahora no necesito tanto espacio, así que vivo en un lugar más pequeño. Tengo un teclado eléctrico, pero lo uso para componer. Cuando quiero tocar me voy hasta la casa Steinway, allí me prestan un piano. Después de todo, también venden pianos gracias a mí.

Entre los mas influyentes


Por Ernesto Jodos. Pianista Argentino

McCoy Tyner es uno de los grandes pianistas de jazz de la historia. Definitivamente está entre los mas influyentes surgidos en la década del ’60.

Es increíble escuchar cómo su concepción de lo que puede hacer el instrumento dentro de un grupo de jazz es a la vez tan única, tan personal, y al mismo tiempo tan flexible.

Cuando pienso en él (y es muy a menudo), se me vienen a la cabeza esos discos hermosos de principios de los sesenta: sus tríos para el sello Impulse!. Increíbles grabaciones muy cercanas al lenguaje del be-bop, pero con muchas muestras de un vocabulario personal e innovador.

Escuchando estas grabaciones, mas de una persona puede no creer que en el mismo momento Tyner era miembro de una de las mejores secciones rítmicas de todos los tiempos, la del cuarteto clásico de John Coltrane. Obviamente, con una escucha más profunda, es clarísimo que estamos ante la misma persona. Toda la energía que está desplegada en ese cuarteto lleno de intensidad rítmica está también presente en sus tríos.

Su gran capacidad para liderar una banda tanto desde los solos como desde el acompañamiento son algunos de los rasgos sorprendentes de él: siempre dentro del mas profundo “groove”, siempre haciendo que la música fluya tanto armónicamente como rítmicamente, y siempre escuchando a los demás músicos frase a frase.

Esto sumado a las innovaciones rítmicas y armónicas que trajo al jazz son las principales razones por las que podemos escucharlo en los mejores discos de solistas tan diferentes como Wayne Shorter, Joe Henderson y Bobby Hutcherson.

Seguramente será un placer escucharlo en nuestra ciudad, y poder vivir de cerca toda esa energía y esa música que aparece cada vez que él toca.

No sólo un pianista percusivo

Por Pablo Schanton


Hay una sección insoslayable en “Sahara” (1972) de McCoy Tyner: el paso de “A Prayer for My Family” a “Valley of Life”, que parecen piezas menores, pero no lo son. El tintineo impresionista de la primera, que en su máximo de martilleo salpica de tan móvil y acuática, le da lugar a la otra, donde Tyner elige el koto para una complejidad caleidoscópica que recuerda a Alice Coltrane. Las críticas de Davis a este pianista “percusivo” dejan de lado esa sensibilidad tímbrica y étnica, también aprendida de Coltrane.