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viernes, 24 de diciembre de 2010

ARGENTINA: DURANTE LA TEMPORADA 2010, EL JAZZ DEMOSTRO VITALIDAD Y DIVERSIDAD.





Mucho de lo más importante tuvo que ver con el Festival de Jazz de Buenos Aires, que dirige el músico Adrián Iaies: por las músicas que por allí circularon, por el nivel de exposición para los intérpretes locales y por los cruces con las visitas extranjeras.








El contrabajista Renaud García-Fons marcó uno de los puntos altos del año.


Por Diego Fischerman

Que el jazz en la Argentina amerite un balance anual para sí ya es un signo. También lo es que una parte considerable de las nuevas ediciones discográficas, los nuevos grupos y solistas y las actuaciones nocturnas estén albergados, aquí y ahora, dentro de las laxas fronteras de ese género. Están, por supuesto, los que cultivan estilos que fueron consolidados en el tronco central de esa música: el dixieland, el jazz à la Django Reinhardt, el be-bop más o menos estricto. Y, dentro de ese campo, las cantantes, que en algunos casos con muy buen nivel, circulan por el canon diseñado por Billie Holiday, Ella Fitzgerald, Sarah Vaughan, Carmen McRae y Betty Carter (por algún motivo, en Buenos Aires no aparecen demasiados cantantes masculinos). Pero, además, hay un sinnúmero de músicos creadores, que con mayor o menor distancia toman al jazz –o parten de su alfabeto– para encontrar gramáticas y lenguajes propios.

En un abanico que incluye movimientos de recogimiento y trabajos profundos de relectura de las fuentes –llámense Lennie Tristano, Andrew Hill, Herbie Nichols, John Coltrane, Bill Evans o Miles Davis– y, también, poderosas miradas hacia el afuera –el mundo del tango o el Cuchi Leguizamón, para poner en foco a dos de las producciones discográficas más importantes del año, las de Diego Schissi (Tongos. Tangos improbables, Untref Sonoro) y Guillermo Klein (Domador de huellas, Acqua)–, resulta significativo, también, que mucho de lo más importante haya tenido que ver con el Festival de Jazz de Buenos Aires, que dirige el músico Adrián Iaies. Por las músicas que por allí circularon, por el nivel de exposición que permitió para los músicos locales y por el estímulo que significaron las visitas extranjeras.

Pero, también, porque algunos de los frutos independientes de 2010 tuvieron que ver con siembras de ese festival en años anteriores. Iaies se enorgullece de que el 75 por ciento de su presupuesto se destina a artistas argentinos. Y no es un dato menor ni se trata de una cuestión evidente. En la mayoría de los festivales del mundo no es así. Un festival de jazz en España, por ejemplo, consiste en la contratación del máximo de figuras extranjeras de gran cartel que sea posible, más algún grupo de jazz flamenco o algo así. Y si en el campo de la repartición de protagonismo entre locales e invitados la proporción es favorable a los primeros, debe señalarse, asimismo, que cuando se trata de los extranjeros el criterio de programación rezuma originalidad e inteligencia.

Varios de los que llegan de afuera son integrados a grupos de aquí o integran músicos locales en sus formaciones (el baterista Barry Altschul tocó con el pianista Ernesto Jodos, que también actuó en dúo con el contrabajista John Hebert, que había llegado con el quinteto de Frank Carlberg; los argentinos Diego Urcola y Ramiro Flores fueron parte del quinteto de Enrico Pieranunzi). Y, además, no se trata de nombres obvios. La Mingus Dynasty, Carlberg, Pieranunzi o el extraordinario contrabajista Renaud García-Fons, que llegó al frente de un grupo notable, La Línea del Sur, no sólo mostraron la calidad de sus trabajos y el nivel técnico como instrumentistas, sino que significaron, en la mayoría de los casos, agradecibles descubrimientos para el público argentino.

Entre las consecuencias indirectas del Festival de Buenos Aires también estuvo la posibilidad de que los músicos que actuaban aquí se desplazaran a ciudades y países vecinos. Rosario, perdido su histórico festival de jazz, tuvo una suerte de minifestival internacional con la Mingus Dynasty, el trío de Marc Perrenaud y el cuarteto de Oscar Feldman, y también llegaron algunos de estos músicos a Mar del Plata, Córdoba y Montevideo. Los festivales que se realizaron fuera de Buenos Aires fueron, asimismo, un estímulo considerable. Un encuentro de música popular en La Plata, en el mes de noviembre, organizado por la carrera de música popular de la Facultad de Bellas Artes, aunque no centrado estrictamente en el jazz (pero es que el propio jazz hace rato que dejó de estar centrado en sí mismo) y los festivales de Ushuaia y El Bolsón, con características muy distintas entre sí, pero caracterizados en todos los casos por el inmenso esfuerzo personal de sus organizadores, que los llevan adelante casi como cruzadas, lograron que muchas de estas músicas y músicos circularan por un territorio más vasto que el delimitado por los clubes de Buenos Aires y, también, que cobraran visibilidad algunas experiencias trascendentes, como la de la cantante Patti Ramone, correntina de nacimiento y fueguina por adopción, junto al pianista colombiano Nicolás Ospina.

Las figuras consolidadas del jazz argentino estuvieron presentes en varios de esos encuentros y siguieron, desde ya, activas: Paula Shocrón, además de editar su disco El enigma (Acqua) junto al saxofonista Pablo Puntoriero, estrenó una notable orquesta, regida por una exacta fórmula de control (y de arreglos) y libertad; Ernesto Jodos tocó durante todo el año con diferentes formatos y grabó en vivo con su trío; el saxofonista Ricardo Cavalli editó el excelente For the Guv’nor Suite, el guitarrista Fernando Tarrés publicó su trabajo alrededor de Pia-zzolla (otro coletazo del Festival de Buenos Aires, que lo había encomendado) y Iaies editó Cinemateca finlandesa, con la cantante Roxana Amed. Y hubo, también, visitas extranjeras: un decepcionante David Murray, con un proyecto junto a músicos cubanos que careció de interés musical; una aburrida presentación del trío del guitarrista Kurt Rosenwinkel; Diana Krall, con un muy buen show en que fue, sobre todo, fiel a su personaje; McCoy Tyner, con una actuación que estuvo lejos de la grandeza de su historia, y el genial clarinetista Eddie Daniels, que tocó como solista junto a la Filarmónica de Buenos Aires el muy flojo Concierto para clarinete de jazz y orquesta de Jorge Calandrelli, pero deslumbró en cada una de sus intervenciones improvisadas y en el bis que tocó junto a Guillermo Romero en piano, Oscar Giunta en batería y Jerónimo Carmona en contrabajo. También fueron destacables las actuaciones del Overtone Quartett de Dave Holland, con el gran pianista Jason Moran, Chris Potter en saxo y Eric Harland en batería; de Medeski, de Martin & Wood, que renovó el pacto de fidelidad con su público y, aunque bastante más cerca del country y el rock indie que del jazz, de la cantante Norah Jones.


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