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lunes, 27 de diciembre de 2010

CAPTAIN BEEFHEART: LA MUERTE DEL DADAISTA DEL ROCK.



Creció en el desierto de Mojave, adonde se lo llevaron sus padres para evitar que se dedicara al arte. No lo lograron: muy joven, Don Vliet conoció a Frank Zappa, y a fines de los ’60, con su Magic Band y rebautizado como Captain Beefheart, lanzó discos de una complejidad que desbordaba el rock acercándolo a las vanguardias artísticas. El pico de su leyenda, como hombre intenso, paranoico y como músico excéntrico y sensacional, fue el fundamental Trout Mask Replica, de 1969, uno de los mejores y más raros discos jamás grabados. Su carrera continuó una década más, pero desde hacía treinta años se encontraba retirado y dedicado a su otra pasión, la pintura. La semana pasada murió después de largos años de sufrir esclerosis múltiple, desconocido por muchos y admirado profundamente por tantos que decidieron ser músicos gracias a él.



Por Martín Pérez

Un pescado con traje y sombrero. Y manos humanas. Aún hoy es imposible mirar la portada de la obra maestra del Captain Beefheart y su Magic Band sin sentir un pequeño escalofrío. De placer y de miedo. Al mismo tiempo.

A medio camino entre un personaje de Lewis Carroll y uno de Lovecraft, ahí es donde siempre se ubicará cómodamente el emblema de Trout Mask Replica, un disco de otro mundo, publicado casi al mismo tiempo que el hombre ponía por primera vez un pie en la Luna. Si aquel fue, al decir de aquellos astronautas, un pequeño paso para un hombre pero uno enorme para toda la humanidad, el tercer álbum firmado por Captain Beefheart siempre ha significado un salto enorme para todos los que han llegado a escucharlo, pero su existencia es casi imperceptible para el resto de la humanidad. Apenas un pez en el mar, eso es y será Trout Mask Replica. Pero siempre con traje y sombrero, por supuesto.

Un álbum de culto digno de un artista de culto. Porque eso siempre ha sido Don Van Vliet, a.k.a. Captain Beefheart, un nombre que –aun en tiempos de la inmediatez online, y en el que rock ya no es el sueño del pueblo elegido sino la música de las galeras, el ritmo con el que reman los esclavos de la civilización occidental– sigue funcionando como la clave a través de la que se reconocen los integrantes de una tribu perdida, parte de ese lenguaje secreto que sigue abriendo puertas a otra dimensión, a un mundo que aún parece existir del otro lado, donde la música es algo más que una mera banda de sonido de algo siempre más relevante.

Aquel pescado con traje y sombrero, la imagen de aquel avatar de otro mundo, era lo que su ocasional oyente en tiempos del vinilo sostenía entre sus manos mientras el disco giraba en la bandeja. Pero aun en su reedición en cd, aquella mano que parece saludar a quien escuche la música contenida en sus surcos –en sus bits– sigue generando la misma inquietud, un milagro del que pocos discos pueden vanagloriarse. Pero es que no hay casi discos como Trout Mask Replica, un mantra que merece repetirse una y mil veces. Y no hay muchos artistas como Captain Beefheart, que –sin ser conocido por el gran público, y habiéndose retirado de la música desde hace casi tres décadas– sean capaces de conmover al mundo con la noticia de su muerte.

Una leyenda de boca en boca, una contraseña apenas, con forma humana. Hasta el viernes pasado, al menos, en que la galería que vendía sus cuadros –porque después de una carrera musical que duró una década y media, y doce discos, lo había abandonado todo para dedicarse a pintar–- informó al mundo que Van Vliet había abandonado el edificio. “Una vez que uno ha escuchado a Beefheart, es difícil sacártelo de la ropa. Se impregna, como el café o la sangre”, aseguró alguna vez Tom Waits, uno de sus más fervientes admiradores. “Voy a extrañar hablar con él por teléfono, describiendo lo que veíamos por nuestras ventanas”, lo despidió el viernes pasado en el Los Angeles Times. “Era el alfa y el omega. La marca de agua más alta. El único que se acordaba de traer fósforos. Se fue y no volverá.”

Aunque, en realidad, hace tiempo que el Captain Beefheart ya se había ido. Y lo hizo tal como había llegado. Un tirano, un mitómano, un hombre siempre en llamas, cuenta la leyenda que el pequeño Don Vliet –el Van vendría mucho después– demostró desde muy pequeño dotes para el arte, y llegó a ganarse una beca para ir a estudiar a Europa. Pero como sus padres desconfiaban de todo lo artístico (“Pensaban que todos los artistas eran maricones”, explicó siempre Don), lo alejaron de esas tentaciones instalándose en medio del desierto del Mojave. Allí se dedicó a escuchar viejos simples de blues junto a un amigo llamado Frank Zappa, del que tomó el apodo con el que lo conocería el mundo. Para su primer disco su voz de blusero maldito tuvo la ayuda de un jovencísimo Ry Cooder, que lo ayudaría a dar forma a los temas de Safe As Milk (1967), pero saldría corriendo apenas pudo de la locura que siempre rodeó a sus grupos. “Es un fascista, uno se siente Anna Frank a su lado”, aseguró alguna vez el factótum de Buena Vista Social Club, que diez años más tarde se vengaría del Captain encerrándolo en un estudio durante 5 horas, hasta que finalmente dejó grabada su voz en una de sus primeras bandas de sonido, la de la película Blue Collar.












Después de aquel debut vendría Strictly Personal (1968), un disco arruinado en la posproducción, y más tarde la ayudita de su amigo Frank Zappa para grabar el legendario Trout Mask Replica (1969), el complicadísimo álbum doble que su Magic Band ensayó de manera casi dictatorial durante casi un año para terminar grabando en cuatro horas y media, ante la mirada atónita de Zappa, su productor. “Fue algo difícil de producir porque, desde el punto de vista técnico, era imposible explicarle algo a Don. Así que mantuve la boca cerrada y le dejé hacer lo que quisiera –dijo alguna vez–. Creo que si el disco hubiese estado a cargo de un productor profesional, podría haber habido varios suicidios.” Para muchos su sucesor, el aún hoy inconseguible Lick My Decals Off Baby (1970) es aún mejor, pero después el Captain aflojó un poco las riendas y trató de alejarse de los límites el universo musical con discos como el más convencional The Spotlight Kid (1972), e incluso los decididamente fallidos Unconditionally Guaranteed (1974) y Bluejeans And Moonbeams (1974). Rescatado por Frank Zappa en el pico de popularidad de sus Mothers of The Invention para cantar en una gira inmortalizada en Bongo Fury (1975), su disco a dúo, Beefheart recompuso su acto y arrancó la década siguiente rodeado de músicos jóvenes que lo idolatraban, y con el respeto y admiración del punk y las escenas subsiguientes, todos confesos deudores de su música.

“Me halaga, pero no los escucho –confesó el Captain, siempre paranoico y con temor de que le robaran su arte–. No es muy educado de mi parte, pero... ¿Para qué voy a querer mirar a través de mi propio vómito? Creo que no se dan cuenta de que vuelven a poner todo dentro del rock n roll: bomp, bomp, bomp. Justo de lo que yo trato de alejarme, de ese Mama Heartbeat. Pero bueno, supongo que tienen que ganarse el pan.” Su última obra maestra fue Doc at The Radar Station (1980), un curioso y fascinante álbum de ritmos poderosamente atípicos, en línea directa con el dadaísmo extremo de Trout Mask Replica. Todo el pospunk y la new wave más oscura pueden resumirse ahí, desde Pere Ubu hasta Talking Heads o PIL, cuyo líder John Lydon siempre fue un confeso fan de Beefheart.

Pero cuando parecía que podía haber encontrado su lugar, de pronto Don Van Vliet se olvidó del mundo de la música, y se retiró al Mojave a pintar sus cuadros. Con la ayuda de Julian Schnabel se había acercado al universo del arte, y su agente le recomendó que si quería ser tomado en serio como pintor, debía renunciar a la música. “Mucha gente no sabe esto, pero aunque siempre pinté consistentemente durante los ‘60 y los ‘70, nunca mostré mi trabajo porque no tenía ganas –explicó a comienzos de los ‘90–-. Estoy contento de mostrarlo ahora, porque el mundo del arte me permite vivir mejor que el mundo de la música. Ayuda el hecho de no tener que estar rodeado de fans, así que ahora estoy mucho mejor, pinto todos los días. Pintar es como un chaleco de fuerza de colores, y no puedo esperar a ponérmelo cada mañana.”

“¿No sentís que los objetos inanimados están vivos?”, le preguntó el legendario periodista de rock Lester Bangs en una nota publicada por el Village Voice a comienzos de los ‘80. “Por supuesto que sí, ¿vos no?”, le repreguntó Beefheart. “No lo sé”, dudó Bangs. “Vamos, vos también lo creés”, insistió el Captain, que detestaba a la humanidad y amaba a los animales, al punto de dejar azúcar en la puerta de su casa para las hormigas.

Aun tras tres décadas de silencio, el hombre que llegó a jugar con el idioma inglés como James Joyce y el único dadaísta del rock, como lo bautizó su amigo Lester, seguía siendo una leyenda. Aunque el mundo todavía no se había dado cuenta. Pero el Capitán Corazón de Bife tuvo la mala idea de morirse el viernes pasado, y –entonces sí– su nombre reapareció en el mundo, y se repitió hasta el infinito en las redes sociales, llegando su mención al primer puesto en todas las versiones posibles: Beefheart, Captain, Van Vliet. Una demostración de que tal vez ese mundo paralelo, de donde siempre pareció provenir su música, aún está ahí, esperándonos. “Lo único que detiene a un compositor de pensar en la música es el rigor mortis, y yo aún compongo todo el tiempo”, le confesó entonces a Bangs, explicándole que cada vez que esperaba que se secara un cuadro, componía su música. Pero que ya había terminado para siempre con el negocio de la música.

Parece que el mundo, sin embargo, aún no ha terminado con Beefheart. Siempre hay una Luna por pisar, después de todo. Y aún está ahí Trout Mask Replica, siempre disponible para explorar. Un pequeño paso para el hombre, pero otro también, enorme, bien lejos de la humanidad.













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