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martes, 14 de diciembre de 2010

Liliana Felipe: “Ya no sé para qué es la música”





En Buenos Aires para presentar un recopilatorio de sus últimos 20 años de Carrera, la cantante y compositora afirma que le llegó el tiempo de repensar el lugar que ocupa en su profesión. Junto a su pareja, la actriz Jesusa Rodríguez, dice que los nuevos autores de canciones la aburren.

Por Diego Manso

"A mí me preguntaron mis papás qué quería estudiar. Yo tenía dos hermanos que estudiaban guitarra y una hermana que hacía danzas folclóricas. Dije que piano y me buscaron una maestra. Esto fue cuando tenía siete años...” Quien habla, casi medio siglo después de aquel instante iniciático, es Liliana Felipe, argentina de Villa María, cantante y compositora radicada en México, propietaria de un cancionero deslenguado, notabilísimo, que alcanzó difusión en todos los países de habla hispana, no sólo de su mano, sino también de intérpretes como la gran Eugenia León y Astrid Hadad. De vuelta en Buenos Aires con su pareja, la actriz Jesusa Rodríguez, para presentar el doble Que veinte años no es nada (Los años luz), recopilatorio de cuarenta canciones publicadas desde 1990 en la revista Debate Feminista –a razón de una cada seis meses–, entre las que se anotan desde clásicos de su repertorio como “Mala”, “Las histéricas”, “A su merced”, “Pero no te extraño” o “¡Ajo”!, hasta más nuevas, como “Los ladrones y Vaticano S.A de C.V” y “La mayonesa”; muchas de ellas, tal vez, algunas de las últimas canciones populares francamente políticas, bestialmente políticas, que existen en nuestro continente.

¿Y cómo fue eso del piano? ¿Tenías uno en tu casa?
No en ese momento. Aunque no pasó mucho tiempo hasta que tuve uno y me cambiaron de maestra y la cosa empezó a ser algo así como un acontecimiento: yo era buena o algo pasaba, porque la maestra propuso que viniera a tomar clases a Buenos Aires. Así que venía aquí una vez por mes. Luego se inauguró el conservatorio provincial en mi ciudad y ahí cursé toda la carrera. Más tarde, pasé a la Universidad de Córdoba a estudiar composición con un maestro que me fascinó, que creo que fue un pilar en mi vida, que se llamaba Cipolla...; nunca más supe de él. Y luego los militares cerraron la escuela y ahí ya me fui a México...

Pero en esos momentos iniciales, ¿qué era lo que te gustaba del piano? ¿Por qué lo elegiste?
No sé, la verdad. No tengo idea...

¿Se te daba fácil?
Fácil, fácil. Fue como mi juguete de la infancia... No sé si alguien me lo habrá sugerido... ¿Por qué yo, de repente, elegí estar ahí sentada frente al piano? Mi mamá y mi papá murieron y ya no me lo pueden decir. Y mis hermanos no creo que sepan.

¿Tus hermanos tocaban algún instrumento?
Guitarra. Ellos tocan muy bien.

¿Y vos?
Un poquito. Sé cómo funciona una guitarra, pero no soy diestra para nada. Para mí la música es horizontal, no vertical.

Entonces tu infancia fue, de alguna manera, el piano...
El piano, el río y la escuela. Pero para la escuela parece que yo era medio buena y no hice mucho esfuerzo en estudiar... Y cuando se aproximaban las vacaciones me iba con la maestra de piano a dar conciertos... Mi vida andaba siempre alrededor del piano y de mis estudios musicales.

¿Eras una especie de niña prodigio?
No... A la gente le gustaba que me saliera bien algo. Yo me acuerdo mucho de cuando empecé a venir a Buenos Aires, era muy bonito. Mi maestro era Antonio De Raco, que me hacía poner la mano para que sintiera el peso... Pon tu mano aquí... (El cronista levanta la mano derecha, extendida, y Liliana golpea con la suya como si los dedos del cronista fuesen teclas.) ¿Ves que sientes el golpe de un peso muerto? Es un peso bastante fuerte, ¿no? Yo llegaba a Villa María y mi papá me preguntaba “¿qué te enseñó?”. Yo le hacía lo de la mano y él: “¿Eso te enseñó?”. Claro, ellos le pagaban dinerales... Por eso, cuando yo veo un pianista que le hace a una tecla como si la acariciara, digo “¡olvídalo!, forget it! ”. El piano es un instrumento de percusión, no lo puedes acariciar, ¡eso es para un cello o un violín!

¿Y qué tocabas?
No tocaba, estudiaba. Estudiaba Mozart, Beethoven... Bartok me gustaba mucho. Estudiaba lo que rendía...

¿Y por las tuyas no tocabas música popular?
Tocaba “Tico-tico no fubá”, me lo enseñaba una vecina... En esas épocas mis hermanos oían Help!, de Los Beatles y empezó a circular uno de los primeros discos de Mercedes Sosa. Mi papá oía mucho a Julio Sosa... Tampoco era una costumbre andar poniendo música, se trataba más bien de un acontecimiento. No como ahora, que todo el mundo pone un disco. El primer equipo de sonido que hubo en mi casa lo mandé a hacer yo con un ingeniero, no me preguntes por qué. Oía música en el conservatorio, en las clases... Y oía la radio.

¿Y ahí ya te gustaba el tango?
No le prestaba mucha atención. Empecé a atender al tango fuera de la Argentina. Aunque el primer espectáculo en vivo que vi –debo haber tenido 12 o 14 años, no me acuerdo– fue Julio Sosa cantando en Villa María, en un cine. Muy impactante: él entró de atrás, diciendo: “¿Por qué canto tan triste? Porque desde pibe...” Y yo casi me desmayé, era muy emocionante.

¿Hoy te sigue gustando Julio Sosa?
Sí, mucho.

¿No te parece un cantante eminentemente machista?
¡Y sí! Mucho más que Gardel, ¿no? Por lo menos mucho más que Rufino, Goyeneche o Vargas... Pero me gustaba mucho su voz. Para mí, hay tangos que son por Julio Sosa...

¿Por ejemplo?
“María”... Tuve un acercamiento mucho más visceral con Julio Sosa que con Goyeneche. Goyeneche fue después...

Digamos que el tango te entró por Julio Sosa...
Exactamente eso. No había Libertad Lamarque ni nada. Yo siento que la vida es mucho quién te la muestra... Por ejemplo, nunca tuve a nadie que me enseñara a disfrutar del jazz . A mí el jazz me aburre mucho, lamento decirlo y sonar cuadrada... La parte de la improvisación, por mí, pueden evitarla: me parece patético.

Sorry.

¿Por los cantantes no te entra el jazz ?
Eso sí. Claro que no puedo meter en la misma bolsa a Thelonious Monk, que sí me gusta, ¿eh? Pero esta cosa de “vamos a hacer jazz porque hay una parte donde puedo mostrar mis habilidades”, eso me aburre mucho...

¿Y cuándo empezaste a cantar?
Empecé en Córdoba, cuando en la Universidad hicimos un grupo de música. Eramos como maoístas.

¿Como maoístas o maoístas?
El que medio dirigía era maoísta: “el viento del Este es un viento fuerte, pero el del Oeste...” , cosas así... Eso fue 1974, se llamaba “Nacimiento” el grupo. Hacíamos composiciones nuestras.

¿Qué fue de la vida de las canciones que compusiste en ese tiempo?
Ahí están... Nunca las grabé. Musicalicé a Nâzim Hikmet, a Elvio Romero, el poeta paraguayo... Ahí decidí tirar el piano, porque el piano era pequeño burgués...

¿Sí?
Claro, era pequeño burgués y había que dedicar la vida a la lucha de los obreros. Así que tocaba la flauta traversa.

¿Y esa idea de dónde salía?
No sé, es una estupidez. Todos los instrumentos son burgueses, salvo tocar una lata, como el steel drum de los jamaiquinos, que es una lata de petróleo... Un día Jesusa (presente en la charla, pero que por ahora sólo escucha) me dijo: “¡qué pequeño burgués ni las pelotas!”, alquiló un piano y me puso a tocarlo...












¿Durante cuánto tiempo dejaste de tocar?
Deben haber sido como cuatro años, pero en un momento clave de las neuronas...

¿Habías perdido la digitación?
Absolutamente, lo mío fue una estupidez...

Entonces con “Nacimiento” empezás a componer tus canciones y luego te vas a México...
Algo así. En enero del 76 recibimos una invitación de Perú y nos vamos. Ya no volví más. De todas maneras, cuando salimos de la Argentina nos dimos cuenta de dónde estábamos metidos: algo estaba mal aquí. Y al poco tiempo fue el golpe militar y las noticias eran del tipo: “No vuelvan”. Se fue hilvanando de otra manera un viaje que era simplemente de ida a Perú y luego de vuelta aquí...

¿De Perú pasaste directo a México?
Como Diarios de motocicleta, pero sin motocicleta, así hice yo. Fui subiendo a pie. A comer lo que fuera...

¿Cón quién estabas?
Con el grupo y con una teatrera muy conocida en Latinoamérica, que se llamaba María Escudero y que fue fundadora de “Libre Teatro Libre”, en Córdoba. Hacíamos música callejera, muy interesante la experiencia...

¿Dónde estabas cuando secuetraron a tu hermana?
En México. Me llamaron unas personas amigas, no me acuerdo quiénes, para contarme lo que había ocurrido. Llamé a mi casa y lo desmintieron, porque los tenían amenazados a mis viejos para que no dijeran nada.

¿Tus viejos a qué se dedicaban?
Mi papá era comerciante de verduras, tenía un puesto en el Mercado de Abasto de Villa María, y mi mamá era ceramista, tenía un horno muy grande...

¿Y cuál fue tu primera reacción cuando te enteraste de la desaparición de tu hermana?
La distancia era muy desesperante. Esther tenía 28 años y yo 24 cuando esto ocurrió. Quise venir, pero mi papá me pidió que no lo hiciera. Empecé a tratar de mover algo, pero era imposible porque en ese momento el Partido Comunista –que era lo único que había de izquierda en Latinoamérica– era un aliado de los milicos. Entonces, a todo lo que uno dijera le respondían: “¿Cómo? Si el Partido Comunista apoya a ese gobierno...” Luego conocí gente en México, se armó el Centro Argentino de Solidaridad, que ahí por lo menos empezamos a juntarnos. Yo no era una persona políticamente preparada para vivir lo que me tocó. Siguieron los años y los años y los años..., estábamos un día en España, en Barcelona, creo que era el 83, y una amiga me comunicó con una mujer por teléfono, que me dijo que había estado con mi hermana y que la habían matado a la semana de secuestrada... Entonces llamé a mis papás y les conté. Ahí, por lo menos, una historia del horror quedó cerrada: todas las semanas alguien llegaba y decía algo: “traigo un pedazo de bombacha que estaba en tal sitio...” , en fin, cosas así. Fíjate que acaba de ser mamá Paula, la hija de mi hermana, y ha sido muy impresionante. Hemos seguido ese tiempo muy de cerca, porque Paulita tenía 25 días cuando la separan los milicos de su madre... Así que durante esos días vivimos muy físicamente lo que le ocurría a Paula cuando la sacaron de la teta de su mamá. Fue muy impactante para ella.

¿En México te abriste camino con la música de entrada?
Sí, tenía el grupo, que luego se deshizo. Pero con Francisco Heredia, que es un compositor muy bueno cordobés, hicimos un dueto y anduvimos recorriendo el país. Ser extranjero tiene sus ventajas porque te sobra el tiempo y el estusiasmo que, muchas veces, a un local le falta. Andábamos por ahí, medio al pedo, íbamos a las plataformas petroleras... Nos pagaban poco, pero tampoco necesitábamos mucho para vivir.

¿Y cuándo entrás de lleno en la composición?
Cuando empiezo con Jesu, en 1980... Que inmediatamente abrimos un teatro, El Hábito.

¿Y van a venir a casarse acá, ahora que se puede?
¡Pero si ya nos casamos! ¿Otra vez querés que nos casemos? Nos hemos casado como cuatro veces... Te voy a dar un secreto: lo bueno del casamiento es tomarte la foto antes... Porque nosotras nos tomamos la foto en el 2002, que todavía estábamos medio jovencitas. Nos casamos seis años después, pero teníamos la foto. Hay que tomarse la foto más joven.

¿Jesusa es la que te destapa tu faceta de compositora?
Claro, porque mi carrera fue truncada cuando la dictadura cerró el Conservatorio. Sin embargo, a la vejez yo quise continuar el proceso de formación, porque lo que hace una escuela es ordenarte el coco... Pero no pude. Prefiero ponerme a sembrar aloe vera. Ha sido muy desgastante en México la tarea política, el avasallamiento de la derecha del espacio mediático. El cero absoluto de espacio para poderse expresar acerca de nada. Es muy agotador. Tengo ganas de reaprender a mirar de lejos, como dice un campesino de por donde estamos viviendo. Tengo ganas de darle una sacudida a mi vida con el campo. Creo que hay que recuperar la sorpresa de la vida. Nos compramos un pedazo de tierra y estoy sembrando.

¿Dónde?
En la zona más retrógrada de todo México, Guanajuato. Mucho persignado, mucho meapila ...

¿Y qué estás sembrando?
Aloe vera, te lo decía en serio. Yo creo que voy a terminar poniendo en la carretera un quiosco de aloe vera... Sirve para todo. Para las hemorroides, si te quemas... O si no, licuado en la mañana, sabe horrible, pero... ¿Nunca lo has hecho?

Jamás.

¡Pero cómo que no! Eso en la licuadora con jugo de naranja, te va a hacer mucho bien.

Aquí entra Jesusa: –Si tienes una fiesta donde vas a beber mucho, te tomas eso antes y no hay resaca...

¿Por qué vendieron El Hábito?
Porque nos cansamos. Nos cansaron los empleados, la burocracia administrativa de la ciudad, el Instituto Mexicano de Seguro Social y la puta que lo reparió... Es muy difícil ser la parte artística y administrativa al mismo tiempo.

Jesusa: Si tienes un lugar abierto eres culpable de todo. Pero también yo creo que “renovarse o morir”... Cerrar etapas y empezar cosas nuevas...

Liliana: Yo no sé. Siempre que oigo esa canción de “Cambia, todo cambia”, pienso que no es cierto.

Jesusa: ¿Y por qué te gustó tanto esa frase de Las mil y una noches ? –Liliana: Ah, eso me gusta mucho: “Parte, amigo mío. Abandona todo y parte. He visto que el agua cuando se estanca se pudre”. Eso es muy bueno, ¿no? ¡Entonces te gusta “Cambia, todo cambia”!...

Jesusa: Es que no es lo mismo. Cuando se empieza a estancar tu vida, hay que moverse, si no te pudres ahí por años...

¿Cómo fue que armaron este disco con las canciones de los veinte años de Debate Feminista?
Porque así fue, simplemente. En 1990 se creó la revista Debate Feminista y la directora, Marta Lamas, cada seis meses nos obligaba –a punta de bayoneta, cuchillo, el arma blanca que fuera– a que entregáramos una canción. Le dábamos la del espectáculo que estuviéramos haciendo en ese momento o la que pudiera entrar en el tema que trataba la revista en el semestre. El disco no es algo que nosotras hayamos armado, se armó en veinte años con esas canciones, en orden cronológico. Hay muchas que yo nunca hubiera puesto, pero tener un objeto después de veinte años de chinga es algo bastante interesante.

Jesusa: Es muy curioso, Liliana, que una de tus canciones más conocidas, que es “Mala”, haya sido la primera que publicaste ahí. Sigue siendo una canción muy emblemática.

¿Tenés alguna canción favorita, Jesusa?
A mí el disco de Liliana que me gusta más que todos es Lilith .

Liliana, si tuvieras que pensarte en una tradición de cantantes, ¿te sentís emparentada a quién?
Jesusa: A Palito Ortega, es la prima hermana.

Vamos a preguntarlo de otra forma: ¿qué cantantes te han gustado?
Liliana: Edith Piaf, Elis Regina, Amparo Ochoa, Mina... Tita Merello...

¿Y Libertad Lamarque?
Me gusta un poco, pero no mucho, porque dicen que era medio codito.

¿En México dicen eso?
Que no te daba nada... Así canta, fíjate. Yo creo que se les nota a los cantantes y compositores cómo cogen. Mozart cogía bien, por ejemplo... Eugenia León, mi comadre, es una cantante extraordinaria. ¿La conoces a Eugenia? Me parece que es una las cantantes vivas más grandes de Latinoamérica, pero no viene acá. Decile que venga... Vamos a hacer una cosa, ya sé. Nosotras hacemos un dueto, tenemos unas canciones muy buenas... Pon en youtube “Diosito santo” o “La culebra pollera”... Somos muy buenas. Le voy a decir que organicemos el dueto para venir acá...

Jesusa: El “Dueto Climaterio”, se puede llamar.

¿Como compositora, te pensás en la tradición de Brassens o Aznavour por ejemplo?
Liliana: Ahora estamos oyendo mucho a Jacques Brel... Todos esos son los que beben de la tradición de Satie, de Rameau...

En un punto, vos tenés casi la misma formación musical que ellos.
Ay, me encantaría...

Jesusa: Justo hablábamos de eso en el avión, que nos venían torturando con una música asquerosa... Decíamos cuán importante es que un compositor tenga formación musical, porque si no se llena todo de basura...

¿No será que el género canción –salvó excepciones– ha muerto?
Liliana: Yo también siento eso, ¿sabes? La pregunta es: ¿el género canción murió porque no tiene relación con la contemporaneidad o es sólo culpa de las disqueras que editan sólo lo que puede venderse pronto?

Jesusa: Es que han impuesto un tipo de canción popular inmunda, inofensiva. Y eso tiene que ver con los medios masivos, ¿no? Eso no es gratuito ni ocurre porque sí. La canción popular es una expresión política por excelencia, aun cuando sea romántica. Es una expresión de libertad emocional, mental. Y por ende, un bastión que hay que acallar...

Liliana: A mí me pasa que trato de oír y me aburro mucho. Te juro por dios que hago el ejercicio de ponerme a oír a Julieta Venegas o a las compositoras jóvenes y me aburren soberanamente. Pero no puedo andar por la vida diciendo que me parecen soporíferas las cosas que hacen. ¿A quién quieren interesar con algo así? Y bueno, es lo que a las radios les gusta. Y venden muchísimo. La equivocada soy yo.

¿No hay un contrasentido entre aburrido y canción popular?
Liliana: Es lo que yo digo: párate en un escenario y mantiene a la gente interesada dos horas con esos repertorios...

Jesusa: ¡Pero interesan!, porque el proyecto es transformar la cultura en entrenenimiento, desde la pintura hasta la música, el teatro y la danza. Mientras sea un entretenimiento, va a ser difundido por todos los medios posibles.

Liliana: Yo ya he perdido mucho el rumbo de qué significa o pa’ qué es la música. La verdad es que ya no lo entiendo mucho...

Por eso, tal vez, esto de “reaprender a mirar de lejos”...

Liliana: Eso mismo. Se me antoja mucho estar por estos días aquí, porque Argentina está vibrante, con las huellas dactilares abiertas...

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