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miércoles, 26 de diciembre de 2012

ADIOS A DAVE BRUBECK (1929 - 2012)



Fuera del tiempo

 




Por Diego Fischerman

Un cuadro abstracto en la tapa. Una serie de temas que experimentaban con compases inusuales en el jazz. Un cuarteto de notable interacción, con una infrecuente riqueza en la base rítmica –Eugene Wright en contrabajo y Joe Morello en batería–, un uso fluido de acordes disonantes y estructuras polirrítmicas por parte de su líder, el pianista Dave Brubeck, y cuyo saxofonista, Paul Desmond, había convertido en estilo la precisión extrema del fraseo, un melodismo preciosista y la expresa falta de sobreactuaciones. Era 1959 y ése era un disco intelectual y elegante, “cool” en el único sentido que tuvo para el jazz: fino y jamás frío; capaz de decir tanto de quien lo escuchaba –de quien lo compraba; de quien lo tenía– como de sí mismo. Se llamaba Time Out y con toda su modernidad autoconsciente llegó al número 2 en la lista de ventas de la Bilboard. Según dicen, todavía hoy es el álbum de jazz más vendido de la historia.

El single con dos de sus temas, “Take Five” y “Blue Rondo à la Turk”, se convirtió en la primera grabación de música instrumental en vender más de un millón de copias. Y los derechos de autor de la primera de esas piezas, donados a la Cruz Roja por Desmond, su compositor, poco antes de su muerte, en 1977, aún le reportan a la organización un promedio de cien mil dólares anuales. Cuando se publicó, el 28 de abril de 1960, la crítica de la revista Down Beat, la más importante entre las especializadas en jazz en ese entonces, fue lapidaria. La firmaba Ira Gitler y fundamentaba la calificación de dos estrellas sobre cinco posibles –casi un insulto para quien ya en 1954 había ocupado la tapa de la revista Time– con la siguiente reflexión: “En la música clásica existe una clase de tontería pretenciosa, llamada en ocasiones ‘semiclásica’, que, para alguna gente, reemplaza al objeto auténtico. Como un paralelo, Brubeck es un músico de ‘semijazz’. Existe un ‘jazz pop’ sin pretensiones, como el de George Shearing, por ejemplo, que uno acepta por lo que es. Pero Brubeck, en el otro extremo, lleva ya demasiado tiempo laureado como un músico de jazz serio”.

Gitler comentaba uno a uno los temas del disco –y las notas de su contratapa–, se refería al ostinato de “Take Five” como a la “tortura china del agua” y concluía diciendo: “Si Brubeck quiere experimentar con el tiempo, que deje de insultar al público con esa clase de recursos demoledoramente aburridos”. La furia del crítico no era nueva y reflejaba la reacción de la que Brubeck era objeto ya desde sus extraordinarias grabaciones junto a Carl Tjader, en octeto y en trío, y desde los impactantes primeros registros en vivo del cuarteto, de 1952 y 1953, en el club Storyville de Boston, en el Oberlin College, en el Wilshire-Ebell, en el club Black Hawk de San Francisco y en el College of the Pacific, de Stockton, California. En 1960, además de Time Out, otros discos de Brubeck fueron comentados por Down Beat: los excelentes The Riddle, Southern Scene y Bernstein Plays Brubeck Plays Bernstein. Ninguno de ellos obtenía más de tres estrellas y en todas las críticas era notoria la incomodidad con el hecho de que el pianista fuera inmensamente popular. Y, de paso, en todas ellas pasaba inadvertida la originalidad, la energía de las improvisaciones y la manera en que se trascendían los límites formales, rítmicos y armónicos de los solos. Un despliegue de modernidad que lejos de ahuyentar al público lo atraía y que, tal vez como consecuencia de esa gravitación, propiciaba una cólera simétrica de cierta crítica especializada y de gran parte del mundo del jazz.
Brubeck murió el miércoles pasado. El jueves habría cumplido 92 años y hasta hacía muy poco daba conciertos de piano. Time Out es apenas uno de los grandes discos de una carrera única por su extensión y calidad. Desde sus grabaciones tempranas en octeto, trío y cuarteto hasta los álbumes finales, ya con más de 80 años, hay allí infinidad de puntos altísimos. Time Out no fue el primer disco moderno de la historia. Ni tampoco el primero en exhibir esa modernidad como argumento –incidentalmente, el cuadro de la tapa pertenecía a Sadamitsu Neil Fujita, quien años después diseñó la tapa para El Padrino–. Ya las ediciones del sello Pacific, a fines de los ‘50, utilizaban cuadros originales en sus portadas. Y en 1959 se publicó ese otro mojón, Ah Um, de Charles Mingus, que también utilizaba la abstracción como señuelo. Pero Time Out, un disco que colocaba al tiempo en su título, lograba enfocarlo con una mira telescópica. Eran los años de las Variaciones Goldberg de Glenn Gould (publicadas en 1956), del culto al contrapunto y a la primacía de las formas puras. Era la época que desembocaría en el Sgt. Pepper de Los Beatles, en la Sinfonía collage de Luciano Berio y en un entramado social donde la cultura, y en particular, lo moderno, ocuparía un lugar central.

Una edición de discos de música académica contemporánea sería publicitada en la revista Time con un sugerente slogan: “Tenga una Navidad dodecafónica”. Y, en Buenos Aires, otro disco donde un discreto experimentalismo y el espíritu camarístico de las interpretaciones se entremezclaban con tradiciones populares para articular un exacto destilado de época ponía al tiempo en su título y a la pintura abstracta –un cuadro de Vicente Forte– en su frente. Nuestro tiempo, de Astor Piazzolla, recuperaba, además, aquello que Brubeck había formulado en su Fugue on Bop Themes. Los parentescos de Brubeck y Piazzolla (el primero era apenas unos meses mayor que el segundo, por otra parte) van, sin embargo, más allá. Por obra del talento, más que del programa estético, ambos estuvieron entre los muy pocos capaces de lograr el Gran Sueño de esa música de tradición popular que intentaba disputarle a la académica el cetro de lo artístico y profundo: complejidad y riesgo estético en la composición; fluidez y swing de la interpretación.

Mucho después, Brubeck contó que los críticos que lo despreciaron le habían ido pidiendo perdón, a lo largo de los años. También Gitler, que se defendió diciendo que su crítica “no había sido totalmente desfavorable”. Su familia lo describió, luego de su muerte, como un “hombre de lealtades firmes”. Estuvo setenta años junto a la misma mujer y su cuarteto, con pocas variantes –y a veces ampliado a quinteto o reducido a trío–, existió a lo largo de cuatro décadas. Improvisador sorprendente, compositor genial (como prueba bastaría “Rising Sun”, incluida en el disco Jazz Impresions of Japan, de 1964) y factor nuclear de una química extraordinaria en cada uno de los grupos que lideró, su música combinó, como muy pocas, la fantasía y el desafío con la más extrema de las cortesías. Como en la de Mozart, en la música de Brubeck la osadía jamás es declamada y se acomoda a la mayor de las elegancias. Y, como en Mozart, ese contraste resulta maravilloso. Su muerte tal vez coincida con la de toda una era en que la modernidad –aun cuando muchos consumieran apenas su pátina– fue atractiva y deseable. En que el tiempo, devorado y devorador, siempre consumiéndose a sí mismo y, a la vez, imparable –ese arma cargada de futuro–, podía estar en el centro de la escena. El músico y su época han muerto. La supervivencia de su obra permita, quizás, aventurar otros tiempos.


lunes, 27 de septiembre de 2010

HOMENAJE A ARIEL RAMIREZ: Falleció el 22 de febrero de 2010 a los 88 años.




Fue como consecuencia de una enfermedad degenerativa; tenía 88 años; fue el creador de la Misa Criolla









Murió Ariel Ramírez
A los 88 años, murió Ariel Ramírez Foto: Archivo / LA NACION

El músico Ariel Ramírez falleció el 22/02/2010 a los 88 años, informaron allegados a la familia a la agencia DyN. que Ramírez había sido internado hace una semana en una clínica privada de la localidad bonaerense de Montegrande, tras padecer una neumonía que se agravó con una descompensación general de su estado de salud.


***

Se fue un gran melodista del foklore. Se fue, tras una larga enfermedad degenerativa, Ariel Ramírez, el pianista y compositor que dejó importantes piezas para el repertorio de la música nativa.

Porque no se trata de determinar mejores o peores -Cuchi Leguizamón, Adolfo Abalos y Eduardo Falú, entre otros, han escrito obras muy bellas- sino de reconocer en este caso a un gran creador, a partir de su obra. Y su obra es "Alfonsina y el mar", "Zamba de usted" o las canciones de esas dos magnificas obras conceptuales, Cantata sudamericana y Mujeres argentinas, que Ramírez compuso sobre las letras de Félix Luna, y que el público escuchó en la magnífica voz de Mercedes Sosa.



Quizás por haber nacido en Santa Fe el 4 de septiembre de 1921-y no en alguna provincia del Noroeste o del Este chamamecero del Litoral (más predestinadas a cierto contexto musical) Ramírez supo ser un músico que recorrió el país en todas las direcciones.

Esta son las dos características centrales de su obra y de su legado: la musicalidad expresada en el melodismo y la concepción abierta del folklore argentino que le permitió abordar generos variados y crear obras que terminaron destacándose en cada uno de estos paisajes sonoros. La Misa Criolla es uno de los más claros ejemplos de esa diversidad que se fue dando casi desde el comienzo de su carrera.

Cuando era joven se trasladó de Santa Fe a Córdoba. Una vez allí, a instancias de Atahualpa Yupanqui, comenzó a recorrer el Norte argentino. Luego pasó un tiempo en Mendoza y después se instaló en Buenos Aires, donde su actividad como pianista fue mayor. Entre 1946 y 1956 grabó una veintena de discos para el sello RCA que incluyeron obras propias, como "La tristecita". Al mismo tiempo, estudió en el Conservatorio Nacional de Música.

Durante el primer lustro de la década del 50 viajó por Europa dando conciertos, especialmente en universidades, y luego vivió un tiempo en Perú. En la segunda mitad de esa década desarrolló, en Argentina y el exterior, el trabajo de su propia compañía de música y danza.

En su carrera, la década del sesenta estuvo caracterizada por la composición de grandes obras. La Misa criolla, con un gran elenco, se conoció en 1964. Desde entonces fueron aparecieron el resto de esos trabajos que hoy representan hitos dentro del cancionero de la música nativa: Navidad nuestra, Mujeres argentinas y Cantata sudamericana, y otras menos conocidas, como Los caudillos.

La Misa criolla es la obra de raíz folklórica argentina que más se ha interpretado en el exterior y más versiones tuvo, incluso la de tenores de la música clásica.

Además de su tarea como pianista y compositor, Ariel Ramírez fue, durante cinco períodos, hasta 2004, presidente de la Sociedad Argentina de Autores y Compositores (Sadaic).



















MAS DE ARIEL

A los cuatro años, un día me metí en un cuarto prohibido, donde entre un montón de animales embalsamados vi por primera vez un piano. Puse los dedos sobre las teclas ... y ya no los saqué más", contaba. Cuarto entre los seis hijos que tuvieron Rosa Blanca Servetti y Zenón Ramírez, nació en Santa Fe el 4 de septiembre de 1921. Era una casa-escuela, literalmente: los dos padres, los abuelos y los tíos eran maestros, y la familia vivía en la planta alta de la misma escuela donde trabajaba don Zenón. Ahí fue el descubrimiento del piano: enseguida, el padre lo puso a estudiar con Angélica Velarde.

Ella le enseñó un repertorio de clásicos -Beethoven, Schumann, Haydn, Mozart-, con el que de adolescente se luciría en tertulias familiares. Tenía que recibirse de maestro, ésa era la consigna familiar. Después podría hacer lo que quisiera. Y ocurrió uno de los encuentros que lo marcarían para siempre: conoció a Arturo Schianca. "Esa noche que lo escuché tocar el piano me cambió la vida. Me enteré de lo que era la música. Tendría sesenta y tantos años y un dominio de los ritmos folclóricos tradicionales sureños que me volvió loco. Cuando tocó su Danza de las espuelas yo no podía creer lo que estaba escuchando. Una estructura pianística perfecta y además una música que te tutea, habla tu lenguaje, el idioma de la llanura y la gente que vive allí. Fue una experiencia muy fuerte: yo era de una manera y a partir de Schianca fui de otra".

Dos días duró Ramírez como maestro: "Era cuarto grado. Varones. Todos pedían ir al baño. El primer día, yo accedí. Me llamó la directora: no debía dejarme engañar. Al otro día, un niño pidió ir al baño. Se lo negué. El chico se hizo encima ... Allí me di cuenta de que eso no era para mí". Radicado en Córdoba, prefirió tratar de vivir de la música. A cambio de un sueldito, tocaba folclore del sur y del litoral por LV3, cuando se produjo el otro encuentro decisivo: con Atahualpa Yupanqui. Era 1941.

"Vino a la pensión de estudiantes donde yo vivía con mis amigos Raúl y Chonchón Mothe. No sé cómo vino: creo que era conocido de ellos. Yo, por supuesto, me senté al piano y le toqué todo. Me escuchó con mucha atención y en una de esas me dijo: 'Tóquese una zamba'. 'Zambas no sé', le dije. "Me falta ir al norte para aprender con los guitarreros del lugar. Pienso hacerlo apenas junte unos pesos". Al día siguiente me mandó a la pensión un pasaje de tren a Jujuy, un billete de diez pesos, la indicación de un hotel donde cobraban dos por día y los nombres de tres personas que podían ayudarme. Le dije chau a LV3, me fui a Jujuy y el primero nomás que llamé me llevó con él a Humahuaca y me instaló en su casa".

Era el musicólogo Justiniano Torres Aparicio. Ramírez se quedó un año en su casa y viajó por Tucumán, Salta, Jujuy y Bolivia. Siempre con el objetivo de seguir aprendiendo los secretos del folclore, también vivió en la región cuyana, sobre todo en Mendoza. "A los pocos días de llegar a Tucumán compuse La tristecita. Cuando la dueña de casa oyó lo que estaba tocando, me dijo: "Pero qué zamba tan tristecita". Y así quedó. Cuando Ricordi me la editó sentí la mayor satisfacción de mi carrera". Esa zamba estuvo, en 1946, en el primero de los 21 discos que grabó para la RCA Víctor.

Ya era conocido en Buenos Aires como pianista de Radio El Mundo, pero todavía le faltaba Europa. En 1950 viajó a Roma: vivió ahí, también en Madrid, y tocó por todas partes. Barcelona, Santander, Roma, Cambridge, Utrecht, Amsterdam, Viena, Hamburgo, Londres fueron algunas de sus innumerables escalas; en el Vaticano lo recibió el Papa Pío XII. Después de haber vivido en Perú, en 1955 volvió a la Argentina para organizar la Compañía de Folklore Ariel Ramírez, donde brillaron, entre otros, Los Fronterizos y el charanguista Mauro Núñez. En esa etapa compuso temas como Los inundados, Volveré siempre a San Juan, La última palabra o Allá lejos y hace tiempo. En 1964, el impacto de la Misa Criolla terminaría de darle prestigio internacional, pero el éxito no impidió que quisiera seguir aprendiendo: en la década del '70 se puso bajo el ala del maestro Edwin Leuchter, con quien estudió durante doce años.

Autor de más de 300 canciones, dos de sus socios en la composición fueron sus grandes amigos Miguel Brascó y, sobre todo, Félix Luna. Con el historiador creó algunas de sus obras más populares, como Alfonsina y el mar, La peregrinación, Los Reyes Magos, La anunciación, Antiguo dueño de las flechas (Indio toba), Juana Azurduy o Navidad en verano. Pero su tarea excedió lo estrictamente musical: también se dedicó a la pedagogía, con una serie de estudios para facilitar la interpretación en piano de la música popular que fue material de consulta en conservatorios de todo el país. Además, se involucró en la defensa de los derechos de autor desde la presidencia de Sadaic, cargo que, desde 1970 hasta 2005, ocupó en cinco períodos. En la actualidad era presidente de la Junta Consultiva.

Tuvo tres matrimonios y tres hijos. Conversador, habitué de la confitería Las Violetas, su altura (1,90) imponía respeto, pero siempre estaba dispuesto a la charla amable, aun en los últimos años, afectado por el mal de Alzheimer.

Se fue un compositor único, un intérprete notable y una gran persona.





















Manolo Juárez: "Uno de los últimos grandes"

En el panorama de la música del interior, que equivocadamente llamamos folclore -porque el tango también es folclore- el compositor más importante fue Ariel (y eso que no me olvido del Cuchi Leguizamón y de Atahualpa). Todos los temas que ha compuesto tienen una impronta, se nota su mano. Pero son siempre distintos: no hay una repetición de un esquema o de una forma melódica. Las melodías las hacía en un solo trazo, era una cosa increíble, con una fluidez natural. Realmente fue uno de los últimos grandes del pensamiento popular de los argentinos.

Patricia Sosa: "Mucho más que un amigo"

Que a mí, a mí personalmente, Patricia, me falte Ariel, es que me saquen un pedazo de corazón. Yo de Ariel me hice muy amiga, igual que de su familia. Tuve el privilegio de viajar dos años con él siendo la cantante de su banda. Toqué hasta para la familia Imperial en Tokio. Fue para mi una experiencia tremenda. Pero lo más maravilloso fue cuando decidimos irnos de vacaciones juntos. Con mi hija y su esposa, como una familia. Yo a Ariel lo adoro, cuando hablé ayer con su hijo Facundo no pude parar de llorar. Ariel empezó a alejarse con su mente y su Alzheimer hace un tiempo, pero Facu me contó una anécdota hermosa: "Sabés que me puse a tocar el piano y le dije a papá, '¿querés que te enseñe?'. Y él dijo: 'Bueno'". Y le empezó a decir lo que era un Do, lo que era un Re, y él tocaba como un niño. Hasta que se despertó, y terminaron tocando un concierto a cuatro manos. Después se volvió otra vez para adentro. Lo voy a extrañar mucho, pero también sé que lo voy a llevar conmigo toda mi vida.

La Misa Criolla fue su obra más célebre

La Misa criolla de Ariel Ramírez es una obra de trascendencia universal. Sus cinco partes son los segmentos fundamentales que pauta la liturgia católica: Kyrie, Gloria, Credo, Sanctus y Agnus Dei, vertidos con ritmos de baguala, vidala, carnavalito, chacarera y estilo.

La primera grabación se realizó en 1964 y fue protagonizada por su autor en piano, Los Fronterizos, la Cantoría de la Basílica del Socorro dirigida por el presbítero Jesús Gabriel Segado, el Chango Farías Gómez, Domingo Cura, Jaime Torres y Alfredo Remus, entre otros. Su estreno en concierto fue el 12 de marzo de 1967 en Düsseldorf, Alemania. Ese mismo año, durante una audiencia privada de Los Fronterizos con el papa Pablo VI, éste destacó la importancia de la Misa criolla y recibió un ejemplar de la edición argentina de la obra. En octubre, se presentó en vivo en Buenos Aires. La época era propicia: en 1963 el Concilio Vaticano II había aprobado la misa en lenguas diferentes del latín. Esta era la primera "versión" de la misa cantada en español.

Desde entonces aquella grabación, ya editada en CD, alcanzó difusión en más de 40 países.

Entre sus numerosos intérpretes posteriores se cuentan desde Zamba Quipildor hasta el tenor español José Carreras.

lunes, 17 de mayo de 2010

A LOS 67 AñOS, MURIO EL CANTANTE RONNIE JAMES DIO






El adiós a una leyenda de metal

A los 67 años falleció Ronnie James Dio, por un cáncer estomacal. “Por favor, dennos algunos días de privacidad para lidiar con la terrible pérdida que hemos sufrido. Por favor, sepan que él los quería a todos y que su música nos acompañará para siempre”, expresó su esposa en la página oficial del legendario cantante de heavy metal. Nacido el 10 de julio de 1942 e integrante de grupos como Elf, Rainbow y fundamentalmente Black Sabbath, el pequeño vocalista de gran caudal de voz marcó a generaciones de rockeros, siendo el más digno de quienes ocuparon el lugar de Ozzy Osbourne en la célebre banda de Tony Iommi.

Hacia fines de los ’60, Dio se puso a la cabeza de The Elves, nombre que pronto mutaría a Elf. Luego de Rainbow, Dio ingresó a Black Sabbath para reemplazar a Osbourne, quien se encontraba haciendo tratamientos de rehabilitación por su adicción a la bebida. En contraste con el estilo que caracterizaba al grupo de Birmingham, Dio le aportó la impronta del heavy metal, que se plasmó en Heaven and Hell, Mob rules, Live Evil y Deshumanizer, y en temas emblemáticos como “Heaven and Hell”.

En 1983, tras abandonar Black Sabbath, Dio se embarcó en su carrera solista. En 2007-2008 se reunió con antiguos miembros de Black Sabbath (Tony Iommi y Geezer Butler) bajo el nombre Heaven and Hell. En 2009 grabaron The devil you know, excusa para una gira mundial, que los trajo inclusive a Buenos Aires, donde concretaron un notable recital en el Luna Park. Sin embargo, los planes quedaron truncos. “Quiero hacer pública mi gran desilusión por la cancelación de la gira de verano Heaven And Hell. Wendy, mis doctores y yo nos esforzamos mucho para realizarlo pensando en todos ustedes”, expresó en ese momento el presunto creador de la señal de los “cuernos” del heavy, gesto que habría adoptado de su abuela italiana.

BIOGRAFIA

Ronnie James Dio es un cantante que alcanzó la fama y el reconocimiento por su trabajo en grupos como Elf, Rainbow, Black Sabbath y DIO. Su inconfundible técnica, timbre y registro ha llevado a que muchos lo consideren la voz más emblemática de la historia del heavy metal. Dentro de los clásicos fundamentales de su discografía figuran Ritchie Blackmore's Rainbow (1975), Rising (1976) y Long Live Rock & Roll (1978) de su etapa en Black Sabbath; Heaven and Hell (1980), Mob Rules (1981) y Dehumanizer (1992); y Holy Diver (1983) y The Last in Line (1984), junto a su propia banda DIO.

Nació en Portsmouth, New Hampshire, Estados Unidos el 10 de julio de 1942, con el nombre de Ronald James Padavona. Dio sus primeros pasos en el rock and roll hacia 1956-57, cantando y tocando el bajo y la trompeta, en bandas como Red Caps y Ronnie and the Prophets. Durante la década de los sesenta, su música evolucionó del rock and roll cincuentero a un sonido con más influencias de Los Beatles, pero siempre con un toque Rythm & Blues. Hacia finales de los '60, su banda se convierte en The Elves, nombre que pronto mutaría a simplemente ELF. No es difícil entender por qué: Ronnie era el más alto del grupo, y eso que él apenas llega al metro sesenta de estatura.

























EN RAIBOW

En 1971, dos miembros del legendario grupo inglés Deep Purple -el baterista Ian Paice y el bajista Roger Glover- vieron una actuación de ELF y quedaron tan impresionados que les ofrecieron producirlos. Así, en 1972 la banda sacó su primer disco, titulado simplemente Elf, y luego acompañó a Deep Purple en una gira por Europa y Norteamérica. Más tarde, durante una gira que realizaron como teloneros de Deep Purple, el guitarrista de estos últimos, Ritchie Blackmore, vio un gran potencial en este grupo, y decidió grabar un disco al margen de Deep Purple con los miembros de Elf llamado Ritchie Blackmore's Rainbow. Al principio este grupo no iba a realizar giras ni conciertos, pero en 1976 Ritchie se separó de Deep Purple y decidió dedicarse en exclusiva a Rainbow, y entonces reclutó definitivamente a Ronnie James Dio. Aparte de Ritchie Blackmore's Rainbow 1975, Dio grabó con Rainbow Rising 1976, On Stage 1977 y Long Live Rock and Roll 1978, discos que dejaron un gran número de himnos como Man on the Silver Mountain, Long Live Rock and Roll, Stargazer, Sixteen Century Greensleeves, entre otros. Después de la grabación de Long Live Rock and Roll, Ronnie James Dio dejó el grupo, que más tarde pasaría a ser más comercial con la llegada de Graham Bonnet y dejaría de lado la imaginería medieval que abundaba en los discos que realizaron juntos Blackmore y Dio.
























EN BLACK SABBATH

Nada más dejar Rainbow Ronnie James Dio entró como vocalista en una de las más grandes bandas de los '70 y que había definido a principios de esa década los cimientos de lo que más tarde se denominaría heavy metal. Esa banda era Black Sabbath. Dio reemplazó a un Ozzy Osbourne que entró en tratamientos de desintoxicación por su afición a la bebida y otras sustancias. En este momento Ozzy Osbourne dijo a Dio que se asegurase de llevar chaleco antibalas si se atrevía a cantar «Paranoid» e «Iron Man» en vivo, ya que sería el mismo Ozzy quien lo matara.
Al grupo se le presentaba la difícil tarea de intentar seguir en la brecha habiendo perdido a su cantante original, no obstante, Ronnie infundió sangre nueva en la banda para acercarse más al hard rock ochentero. Con Ronnie, Black Sabbath grabó Heaven and Hell (1980), Mob Rules (1981), el directo Live Evil (1982) y Dehumanizer (1992), dejando grandes temas como Children of the Sea, Die Young, Heaven and Hell.

























COMO SOLISTA

Después de la edición del disco en directo, Ronnie James Dio abandonó definitivamente Black Sabbath (al que volvería fugazmente en 1992 para grabar Dehumanizer), para fundar su propio grupo, llamado Dio. Dio debutó en 1983 con Holy Diver, plástico con éxitos como Stand Up and Shout, Rainbow in the Dark, Don't Talk to Strangers, Holy Diver... En la portada se veía a un demonio lanzando a un clérigo encadenado al mar. Dio siguió sacando grandes discos de Hard Rock y Heavy Metal durante los ochenta: The Last in Line (1984), Sacred Heart (1985), Intermission (1986) y Dream Evil (1987). Y en los noventa: Lock up the Wolves (1990), Strange Highways (1994), Angry Machines (1996) y el directo Inferno - Last in Live (1998).
Sus últimos discos de estudio han sido el conceptual Magica (2000), Killing the Dragon (2002) y Master of the Moon (2004). Durante su última gira grabó el directo Holy Diver Live (2006), disco que está presentando actualmente. Desde finales de los 70 fue él quien ha venido popularizando el popular signo del Heavy Metal, la corna o mano sacando cuernos.


Ronnie James Dio, a pesar de tener 67 años, siguió grabando discos, realizando giras y conciertos.
Recientemente volvió a ser el cantante de Black Sabbath (su nombre ahora es Heaven and Hell por problemas legales)
En el 2006 tuvo una participación en la película Tenacious D: The Pick of Destiny (Tenacious D: La Uñeta del Destino) de Jack Black y Kyle Gass, componentes del grupo Tenacious D.
En 2009 grabaron el nuevo disco de la formación de Heaven and Hell llamado "The devil you know".

domingo, 16 de mayo de 2010

ADIOS A LENA HORNE (1917-2010), LA MUJER QUE PADECIO SER NEGRA, AUN PARECIENDO BLANCA



CON SU BLANCA PALIDEZ

Por Alfredo Garcia

Max Factor tuvo que diseñar un maquillaje especial para Lena Horne. Es que su tez era tan clara que el público podría confundirse y pensar que era blanca. Pero Lena Horne era negra, y no le hacía mucha gracia tener que usar ese maquillaje especialmente creado para ella por Factor, que lo bautizó “Dark Egyptian”.

Con el tiempo, alguna actriz blanca componiendo algún papel exótico –tipo esclava árabe– como Hedy Lamarr, daría el toque final a su caracterización étnica con el mismo “Dark Egyptian”. En el mercado latinoamericano, para que quede claro que la beldad no era blanca, a su exitosa película Stormy Weather (Andrew L. Stone, 1943) la tradujeron como Morena oscura. Desde el punto de vista actual cuesta entender la importancia que tuvo Lena Horne en la cultura popular: cantante, bailarina y actriz, Horne actuaba en el legendario Cotton Club siendo menor de edad, y tiempo después fue la primera artista negra en ser contratada a lo grande por un estudio como la MGM, que de todos modos no supo bien qué hacer con ella. La ironía del asunto es que esta chica apenas morena, casi como para pasar por blanca, se pasó su contrato con la Metro sin obtener ningún buen papel debido a su condición de negra. De hecho, esta primera estrella afroamericana del Hollywood mainstream terminó siendo incluida en las listas negras.

Lena Horne nació en Brooklyn el 30 de junio de 1917, y murió el 9 de mayo de 2010 en Manhattan. El presidente Obama expresó sus condolencias y elogió “su lucha incansable por la justicia y la igualdad”. La lucha empezó en su más tierna infancia: a los dos añitos, la pequeña Lena era la modelo de la portada del boletín mensual de la National Association for the Advancement of Colored People, en la que participaban sus abuelos, que la criaron cuando sus padres se separaron. Su madre se esfumó varios años en la vida nocturna de Harlem. Una década más tarde, ella se ocupó de conseguirle a su hija de 16 años una audición en el Cotton Club. Un año después, Lena debutaba en Broadway en el musical Dance with the Gods, como bailarina de una especie de baile vudú. En 1938 la contrató un estudio independiente, Million Dollar Productions, para actuar en una película, The Duke is Top. Años más tarde, la actriz contó que se negó a asistir a la première porque jamás le pagaron por su trabajo. Luego de casarse y tratar de ser una típica ama de casa suburbana, terminó volviendo a cantar en un club neoyorquino, donde un empresario la vio y decidió convertirla en la estrella del local que estaba por inaugurar en Hollywood, el Trocadero.

Ya en Hollywood, Lena Horne causa tal sensación que fue convocada por la MGM para firmar uno de los famosos contratos de siete años del estudio. Recordando aquellos tiempos, Lena confesó que su estrellato se lo debió casi por completo a la guerra: “Los soldados negros que estaban en el frente no podían pegar una foto de Betty Grable, pero sí podían poner la mía”. Su primer film como actriz para la Metro fue en la película de Vincente Minnelli, Cabin in the Sky (Una cabaña en las nubes, 1943), que protagonizó junto a Eddie “Rochester” Anderson, Ethel Waters, Rex Ingram, Louis Armstrong y Duke Ellington. Una escena con Lena cantando en una bañera resultó demasiado audaz para el estudio, que decidió cortarla.

Inmediatamente después, la Metro le prestó a Lena Horne a la Fox para su película mas famosa, Stormy Weather, en la que encabezaba un elenco que incluía a Cab Calloway y Fats Waller. La canción del título ha quedado como un tema clave en su carrera como cantante, y de hecho la película fue elegida entre los clásicos que merecen el cuidado del National Film Preservation Board de los Estados Unidos.

Por algún motivo, la carrera de Lena Horne como actriz no prosperó. Ella asegura que se debió a su fama de chica problemática, relacionada con artistas comprometidos como Paul Robeson, y debido a que en sus giras para el ejército se negaba a actuar sólo para soldados negros (hay una anécdota que asegura que terminó haciendo una función para soldados negros y prisioneros de guerra alemanes).

En todo caso, su carrera como actriz se terminó de golpe después de la guerra, y salvo algunas apariciones como cantante en algunos films, su siguiente papel importante lo tuvo recién en 1969 en el western con Richard Widmark, Pueblo sin ley, codirigido por Don Siegel y Robert Totten.

Olvidándose del cine, Lena Horne se convirtió en una estrella como cantante, y fue una eterna invitada a los más populares programas de TV. Entre sus discos más recomendables se puede citar Stormy Weather, que compila los temas de los años ’40, el LP en vivo Lena Horne at the Waldorf Astoria, de 1958 (¡el álbum de una cantante femenina más vendido en la historia de RCA Victor!) y el casi inconseguible Lena & Gabor, donde hace covers como “Rocky Raccoon” de Los Beatles junto al legendario guitarrista Gabor Szabo.

En 1981 resurgió en Broadway con el show Lena Horne: the Woman and her Music, que le dio un premio Tony y relanzó su carrera. Su última aparición fue en 1994 en el film de antología Erase una vez en Hollywood 3: ahí se la puede ver hermosa como nunca, cantando “Ain’t it the Truth”, en ese baño de espuma que el estudio prefirió cortar de Cabin in the Sky.

VIDEO

Recordá a Lena Horne cantar en "Stormy Weather":





sábado, 24 de abril de 2010

A CINCUENTA AñOS DE LA MUERTE DE ANDRES CHAZARRETA




Mucho más que “el patriarca”

Hoy se lo reconoce como padre del folklore moderno, pero en su arribo a la Capital el músico y maestro santiagueño debió lidiar con una elite espantada por su reflejo de lo que sucedía en las provincias. Su labor de composición y recopilación hizo historia.


Por Karina Micheletto



Se cumplen cincuenta años del fallecimiento de Andrés Chazarreta, el músico y maestro santiagueño que quedó fijado en la iconografía de la música argentina como el padre del folklore moderno. No sólo fue de los primeros en emprender una tarea de recopilación del cancionero popular, en tiempos en que una nación se estaba fundando y necesitaba sentar las bases que definirían su rumbo. Fue, además, el primero en crear y sostener su propia compañía de música y danza, llevando el género a la categoría de espectáculo y a ámbitos que hasta entonces le estaban vedados, como los teatros de las ciudades. Algo así como el primer empresario del folklore, dicho en términos más llanos que los de la ampulosa historiografía del género, esa que lo recuerda como “el patriarca del folklore”.

Andrés Chazarreta nació en Santiago del Estero el 29 de mayo de 1876, se graduó de maestro normal, desempeñó diversos cargos en la docencia y en la administración pública. Estudió música y tocaba guitarra, mandolín, violín, piano y bandurria. Desde 1901 se dedicó a la enseñanza de la guitarra y el mandolín, formando varias generaciones de folkloristas. En 1905, con la “Zamba de Vargas”, inició una tarea de recopilación que continuó por más de cincuenta años. En 1911 formó su primera Compañía de Arte Nativo, integrada por bailarines, cantores y músicos, con la que recorrió el país hasta 1936.

Pero hubo un hito que impulsó su nombre en la historia del folklore más allá de su región: el 17 de marzo de 1921, el santiagueño debutó con su compañía en Buenos Aires, en el teatro Politeama, de Corrientes y Paraná. La reacción fue inmediata y, como reflejo de la forma en que se recibía la música nativa en las ciudades, dividió opiniones. Entre las crónicas de la época aparece la imagen de una parte del público levantándose y abandonando el teatro espantado. Bajo el título “El coro de las selvas y las montañas”, sin embargo, Ricardo Rojas publicó en el diario La Nación una entusiasta crítica que ensalzaba la presentación como “un trozo de la vida del interior trasplantada a la ciudad cosmopolita”.

¿Qué había ocurrido? Desde el canon de la época, los espectáculos de Chazarreta eran acusados de “arte bárbaro”: se lo criticaba por mostrar hombres y mujeres descalzos en escena y hasta por mostrar ancianos. Lo suyo era una herejía inaceptable llevada a teatros consagrados a “las artes”. Esos mismos intentos ya habían sido resistidos en presentaciones previas a la del Politeama, en teatros de Tucumán y en su Santiago del Estero natal, donde en 1911 le había sido negado el Teatro 25 de Mayo contestando a su pedido que estaba destinado “únicamente a compañías de primer orden”. Hasta entonces, el orden de la música folklórica, que no era el primero, sólo podía ser mostrado como espectáculo en contextos como el del circo.

Mientras tanto, Ricardo Rojas, al igual que otros intelectuales orgánicos de su generación, estaba ocupado en fundar una idea de Nación en la que la promoción del folklore servía para sentar las bases de una floreciente argentinidad, rescatando los valores del gaucho y de las “artes olvidadas”, en el mismo proceso en que se combatía una extranjería cuya llegada al país, al fin y al cabo, no había arrojado los resultados esperados.

Como cabeza de una compañía explícitamente pensada como espectáculo, lo que intentaba Chazarreta, por su parte, era representar una escena gauchesca. Una escena que no apunta al naturalismo sino, justamente, a la representación: las chinas con moño en la cabeza, ataviadas con polleras floreadas con encajes, el zapateo florido de los gauchos, todo era producto de una representación que más tarde quedaría fijada, a su vez, como una idea acabada de “lo gauchesco”. Más tarde incorporaría a sus espectáculos un interludio de música “culta”, para mostrar que él también era un músico “de escuela”.

Chazarreta llegó a registrar 395 piezas musicales en Sadaic, entre obras de su autoría y recopilaciones. La más famosa, tanto por lo difundida como por el litigio judicial que no se resolvió del todo hasta 1982, fue sin dudas la zamba “La López Pereira”. Chazarreta la recopiló como zamba salteña, y la publicó en 1921, en su segundo álbum musical para piano, cuando aún no había sido creado Sadaic y, por lo tanto, no existían los derechos de autor. Años más tarde, el salteño Artidoro Creceri inició un juicio que falló a su favor y le devolvió los derechos sobre su obra.

De todas maneras, otro gran mérito del santiagueño fue el de cerrar el círculo como investigador: Chazarreta emprendió un trabajo de campo en el que recopiló los temas populares, es decir, de autor anónimo, de todos y de nadie –algo que se podría sostener hasta la creación de Sadaic–. Procesó ese trabajo, hizo puestas en escena y lo transmitió con un método, lo enseñó y difundió a través de su compañía o del Instituto de Folklore que llevó su nombre y llegó a tener 72 sucursales en todo el país.

Los bisnietos de Chazarreta han formado una agrupación que por estos días se presenta en Buenos Aires, a la que llamaron Los Chaza. En pleno centro de Santiago del Estero, el nieto de Andrés Chazarreta custodia la que fue la casa de su abuelo, transformada ahora en un museo que guarda la historia del “patriarca del folklore”, pero sobre todo invita a conocerla. Chazarreta es una parte fundamental del folklore argentino: lo conoció como pocos, lo rescató y lo difundió durante décadas con convicción militante. Será por eso que cada vez que se canta la “Zamba de Vargas”, entre tantas otras páginas que tienen que ver con su historia, su nombre surge en el recuerdo. Aunque no haya sido su autor.

domingo, 11 de abril de 2010

Murió Herb Ellis, ex guitarrista del Oscar Peterson Trío


También tocó con Ella Fitztgerald, Louis Amstrong y Stan Getz. Tenía 88 años.

JAZZ EN LA CABEZA. En este video, interpretando "Georgia (on my mind)" junto a músicos amigos, en 2008.

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El guitarrista Herb Ellis, un virtuoso del jazz que tocó junto a figuras como Ella Fitztgerald, Louis Armstrong y Stan Getz e integró el trío encabezado por el pianista Oscar Peterson, ha muerto a los 88 años en Los Ángeles, informó hoy el diario The New York Times.

Mitchell Herbert Ellis, que estaba casado desde hacía 52 años y tenía dos hijos y tres nietos, padecía Alzheimer y falleció el pasado domingo en su vivienda de Los Ángeles (California).

Aunque fue un discípulo del mítico guitarrista Charlie Christian, "siempre fue más que un imitador: Su estilo mezclaba la sofisticación armónica del bebop con la terrenal franqueza del blues, sazonado con un acento más típico de la música country que del jazz", explicaba hoy el diario neoyorquino para describir la música de Ellis.

Nacido en Farmersville (Texas) el 4 de agosto de 1921, este músico tocó el banjo y la armónica de niño, antes de tomar clases de guitarra en el North Texas State Teachers College, la actual Universidad del Norte de Texas y uno de los primeros centros del país en ofrecer lecciones de jazz.

En 1947 se unió al pianista Lou Carter y al bajista Johnny Frigo, ambos de la banda de Jimmy Dorsey, y formaron el trío instrumental Soft Winds, cuyo tema "Detour Ahead" se convirtió en un clásico y fue interpretado entre otros por Billie Holiday.

Cuando se alió con Oscar Peterson, entre 1953 y 1958, atrajo gran atención por la base rítmica que incluía en la música de ese conocido trío, que tampoco contaba con percusionista, así como por sus solos de guitarra.

Su fama internacional creció aún más cuando se fue de gira con Ella Fitzgerald y trabajó para el famoso productor de discos Norman Granz en grabaciones junto a Billy Holiday, Louis Armstrong, Dizzy Gillespie y Stan Getz, entre otros.

Tras varios años trabajando en televisión en Los Ángeles, regresó al jazz en 1973 y hasta los años 90 tocó junto a Barney Kessel y Charlie Byrd en el grupo Great Guitars.


Fuente: EFE.

sábado, 13 de marzo de 2010

ADIOS A LOS PADRES DE “SUSIE-Q” Y “MY SHARONA”



Dos muertes han sacudido a la música norteamericana, las de dos músicos sin apenas repercusión mediática pero compositores sobresalientes, creadores de temas imperecederos, ajenos al paso del tiempo y siempre presentes en las emisoras de música rock o en los repertorios de todo tipo de bandas. Hablo de Doug Fieger y Dale Hawkins.


El domingo 14 de Febrero, Doug Fieger, cantante de la banda The Knack, fallecía a los 57 años a causa de un cáncer en su casa de Woodland Hills (California), según informó su banda en un comunicado. Fieger era, junto con el guitarrista Berton Averre, el autor de <>>, una de las composiciones más radiadas y más características del pop californiano de los setenta. Averre puso la música, Fieger la letra, y ambos dieron forma a una canción eterna, que sigue sonando en cualquier emisora y logra despertar en el oyente los mejores propósitos. El truco: una letra de las de toda la vida, universal, que habla del amor deseado a un joven chica y, por supuesto, un solo de guitarra como un Ferrari en línea recta, trepidante y efectivo, marca del mejor power-pop de la historia.

En 1979, en pleno desarrollo del punk pero también con el dolor de cabeza de la música disco, The Knack surgieron como estrellas fugaces y protagonizaron uno de los debuts más exitosos de la historia con su álbum Get The Knack. Grabado en 11 días, con un presupuesto de 18.000 dólares, el álbum llegó a disco de oro antes de dos semanas, vendiendo millones de copias. Previamente, la lucha fue feroz por hacerse con sus servicios. Varias discográficas querían contar con una banda que había bebido de la fuente inagotable del rock más poderoso de Detroit y que había recorrido todo el circuito de salas de California haciéndose un nombre destacado.

Tras el éxito, los medios de comunicación pronto empezaron a compararlos con los Beatles, lo que trajo una campaña contra ellos desde sectores independientes llamada “Nuke the Knack” (Bombardear a the Knack). La comparación llegó en parte por su pop absorbente de magníficas melodías pero también porque en el interior del plástico los chicos de Los Ángeles imitaban a los Fab Four en el disco A Hard Day’s Night.

Sin embargo, The Knack quedaron lejos de ser los nuevos Beatles. Sus siguientes entregas decayeron y en 1981 ya estaban separándose aunque hubo una posterior reunificación que no tuvo nada que ver con los días dorados, cuando con <>> y el resto de píldoras pop de su álbum de debut representaron el más claro ejemplo de inocente pop de California de la generación de finales de los setenta.



También se ha ido Dale Hawkins, que moría a los 73 años el sabado 13 en su casa de Arkansas. Nacido en Goldmine, Lousiana, Hawkins, cantante y guitarrista, fue un pionero del género rockabilly. Influenció a grandes artistas como John Fogerty y de ahí que su composición más importante, <>, pasó a ser uno de los grandes himnos de la Creedence Clearwater Revival, que lo incluyó en su álbum de debut en 1968. El tema de la CCR parecía sacado más de un pantano, era más blues, pero el original de Hawkins era más cortante, guardaba un rasgueo de guitarra seco, propio del mejor rockabilly y contaba con la inestimable colaboración del guitarrista James Burton.

Chess Records, a través de su filial Checker, retrasó mucho el lanzamiento de la canción en 1957 y no fue hasta que Jerry Wexler, vicepresidente del sello Atlantic, se interesó por el trabajo de Hawkins que vio la luz. <> se convirtió en una de las primeras canciones de un artista blanco lanzada por Chess Records, casa del mejor blues negro de Chicago. Luego, sería versionada por la Creedence Clearwater Revival y Rolling Stones, entre otros.

Pese a su influencia directa en esos años en músicos como Elvis Presley y Buddy Holly y posterior en gente de otra generación como Fogerty, Hawkins nunca alcanzó una fama destacada. Aún así nunca paró de sacar discos de rockabilly y girar por Estados Unidos. Se rodeó de buenos músicos como el propio Burton o Scotty Moore, miembro de la banda de Elvis Presley. Durante años, sólo se volvería hablar de él en los círculos del rock con cada nueva recuperación de su tema <>.



Adiós, amigos, adiós

Hace quince días, el rock perdió a los compositores de dos de las canciones más importantes de su historia: Dale Hawkins y Doug Fieger, los padres de “Susie-Q” y “My Sharona”. Una, versionada por los Stones, Creedence, Gene Vincent, los Everly Brothers y hasta Luis Miguel, fue uno de los puentes entre el rock y la popularidad. La otra resucitó al rock cuando parecía morir asfixiado por la música disco. Mientras miles de personas las siguen bailando sin saber de dónde salieron, Radar despide a los dos compositores recordando sus historias, las de sus canciones y las de las dos chicas que los inspiraron para cambiar la historia del rock.

Por Alfredo Garcia











Hace dos semanas, con un día de diferencia, murieron Dale Hawkins (el sábado 13) y Doug Fieger (el domingo 14), dos músicos de rock vencidos por el cáncer, cuyos nombres, por sí solos, no dicen mucho –salvo que uno sea un fan obsesivo de los géneros que cultivaron, el rockabilly, la new wave–. Sin embargo ambos compusieron dos de las canciones más famosas de la historia del rock, “Susie-Q” y “My Sharona”.

Ambas canciones tuvieron una influencia importante en la historia de la música popular. “Susie-Q”, grabada en 1957, tuvo centenares de covers, incluyendo versiones de Los Rolling Stones y sobre todo la extensa interpretación que grabó Creedence Clearwater Revival en su primer disco (el tema, de más de 8 minutos, fue dividido en dos partes para el single, ocupando ambos lados del sencillo de 45 rpm). Los musicólogos aseguran que el tema de Dale Hawkins marca el inicio del swamp pop boogie, que podríamos llamar rock & roll sureño –de hecho, varios temas posteriores de Creedence compuestos por John Foggerty parecen variaciones sobre la base rítmica y el riff de “Susie-Q”–.

“My Sharona” vendió millones, igual que el primer LP del grupo The Knack. En 1979, fue el hit new wave que logró algo que el punk no había conseguido: destronar a la disco music de los charts. Doug Fieger, cantante y guitarrista de The Knack, conoció a una chica de 17 años (él tenía diez años más) y algo en ella llenó su cabeza de música... o al menos de cinco minutos de música, que es lo que dura el tema “My Sharona”, coescrito por el guitarrista líder de la banda, Berton Averre, que le dio al tema pop, casi beat, un ángulo hiper-rockero con el riff de su guitarra y un largo y memorable solo. “My Sharona” desplazó a los discotequeros chic de los rankings, apareciendo en el primer puesto casi de la nada... El rock había vuelto, y cuando un disco reemplazó a los Knack en la lista de los más vendidos, ya no tenía nada que ver con la disco music: ¡era Led Zeppelin!

Como sucede con tantos “one hit wonders”, “Susie-Q” y “My Sharona” superaron cualquier otra cosa que sus autores hayan intentado hacer a lo largo del resto de sus vidas. Pero a diferencia de casi cualquier otro “one hit wonder”, ambas canciones fueron inspiradas por musas de carne y hueso, la misteriosa, casi desconocida y tal vez inexistente Susie Lewis, y la totalmente pública y semifamosa Sharona Alperin, la chica de 17 años que aparecía en la foto del sobre interno del disco Get The Knack, y que al día de hoy sigue disfrutando de la rara fama que le dio la canción mientras trabaja en bienes raíces y vende mansiones a celebridades hollywoodenses como Nicolas Cage y Leonardo DiCaprio.

Pero para llegar a estas dos chicas, Susie y Sharona, hay que empezar por la historia de sus respectivas canciones; hay que contar la historia de estos dos músicos que las inmortalizaron con letra y música.

Dale Hawkins nació en Louisiana, USA, en agosto de 1936. Su nombre real era Dellmar Allen Hawkins, y el pueblo donde creció se llamaba Gold Mine, pero no había ninguna mina de oro, sólo el típico campo de algodón sureño. Casi todos sus familiares tocaban algún instrumento –su primo, Ronnie Hawkins, logró bastante fama, pero es una historia aparte– pero lo que apartó a Dale del típico “old cotton field back home” de la canción fue la guerra de Corea (mintió con la edad para poder enrolarse de la Armada, ya que sólo tenía 16 años). De vuelta en paisajes sureños, consiguió trabajo en una pequeña radio de pueblo y en una pequeña disquería especializada en rhythm & blues o “race music”, regenteada por un tal Stan Lewis, más tarde conocido como Stan “The Record Man” Lewis, que grabó varios artistas de blues para su sello Jewel. Hawkins tocaba en cuanto antro dejara entrar a sus blanquiñejos amigos adolescentes, entre los que figuraban nombres como su primo Ronnie (que luego les dio su primer trabajo a los integrantes de The Band, eterno grupo de apoyo de Bob Dylan) y futuros astros de la guitarra como Roy Buchanan y James Burton. Stan Lewis distribuía discos de Chess Records, la casa de blues de Chicago, y tenía una amistad con el dueño del sello, Leonard Chess, lo que lo animó a intentar grabar discos de cualquier artista local que se le pusiera a mano. Uno de los hits del momento era “See you later, Alligator” de Bill Haley, y a Hawkins se le ocurrió copiarlo cambiando el cocodrilo por un simio para “See you soon, baboon”, que salió por el subsidiario de Chess, Checker Records, sin el menor asomo de éxito, por lo que Leonard Chess prefirió archivar lo que sería el segundo single de Dake Hawkins. No lo archivó mucho tiempo, dado que el tema en cuestión era el legendario “Susie-Q”, recordado por Rock & Roll Hall of Fame como una de “las 500 canciones que le dieron forma al rock”.










En los días posteriores a la muerte de Dale Hawkins, un musicólogo explicó sintéticamente la importancia de “Susie-Q”: “El próximo viernes a la noche, igual que todos los viernes a la noche, en algún antro de alguna ciudad o suburbio ¡alguna banda de covers va a estar tocando ‘Susie-Q’!”. A Dale Hawkins le fascinaba Elvis y sobre todo Howlin’ Wolf, pero también había algo del sonido pantanoso del sur en la música que tocaba rabiosamente en cualquier escenario donde lo dejaran subir –el guitarrista James Burton dice que era tan chico que iba a sus shows en bicicleta–. Hay muchas versiones de cómo surgió “Susie-Q”. De hecho, el título del tema aparece deletreado de manera distinta a lo largo del tiempo, incluso en distintas ediciones de single y LP de Chess.

Según Stan “The Record Man” Lewis –que figura en los papeles como uno de los tres autores de la canción– la “Susie-Q” no es otra que su hija Susan Lewis, que por entonces tenía dos añitos. “Aparecí en mi tienda de discos, donde trabajaba Dale, con mi nena, y se la presenté. ‘Esta es mi Susie-Q’, le dije, y él se quedó balbuceando y repitiendo la frase. De ahí salió la canción.”

Entendiendo que la letra de “Susie-Q” parece propia de una declaración de amor o una oda de tipo romántico-erótico (“Me gusta cómo hablas, me gusta cómo caminas/ Vas a ser mía, Oh, mi Susie-Q, baby, te amo”) la idea de que pueda aplicarse a una nena de tan corta edad, y para colmo hija del jefe del compositor en cuestión, parece un poco dudosa. En distintas oportunidades Hawkins explicó que si bien él escribió el tema, en parte fue como si el tema se hubiera escrito solo, y que la referencia a Susie-Q surgió de un baile del jazz de los años ‘30 “Doing the Susie Q”, y que en alguna ocasión había visto una actuación de Howlin’ Wolf, de rodillas en el piso del escenario gritando como loco que “Susie Q hacía esto, Susie Q hacía aquello”, y que el nombre se le pegó. James Burton, una de las más notables guitarras sureñas, luego convertido en el guitarrista de Elvis desde fines de los ‘60 hasta la muerte del rey, en 1977, también cree recordar que la chica no existía y sólo era una referencia al baile que solía anunciarse en el legendario Cotton Club de Harlem –y que estaría nombrado en honor a una tal Susie Quantrill, cuya historia se nos escapa en el tiempo–. En todo caso, James Burton también asegura que él mismo compuso el tema sobre la letra de Hawkins, y más allá de que no hay coincidencia en esta aseveración, lo cierto es que la guitarra, tanto en el riff como en el solo, tiene una presencia salvaje que nunca antes se había escuchado en ningún tema de rock and roll –lo mismo se aplica a la percusión, ya que el tema comienza con una mezcla de batería y cencerro sumamente original–.









Chess se resistía a lanzar el single luego del fracaso anterior, pero Stan Lewis le dio un demo a un dj que se lo hizo escuchar a Jerry Wexler de Atlantic, quien convenció a su colega de Chicago para que lo editara. Esto provocó que el dj (usando un seudónimo) también figure como compositor del tema junto a Stan Lewis y Hawkins, que en los últimos años contó que nunca vio dinero de regalías, al menos hasta que MCA compró el catálogo de Chess. “Susie-Q” llegó al número 1 del chart de Rhythmn & Blues y al 27 de Billboard, pero no vendió acorde con su potencial debido a que los dj suponían que el cantante era negro, lo que en ese momento no ayudaba a la difusión. La suposición acerca del origen racial de Hawkins era entendible, ya que el autor de “Susie-Q” fue uno de los primeros músicos blancos en ser contratado por Chess, además de ser el primero en tocar en el famoso teatro Apollo ante una audiencia afroamericana.

Convertido en un ícono del rockabilly, Hawkins tuvo otros hits menores como “My Babe”, y un LP que los fans aseguran que está entre lo mejor del género, Rock Tornado, produjo grupos sixties como los Five American y siguió grabando discos memorables hasta el 2007. Pero obviamente nunca logro nada similar a “Susie-Q”, un tema que cobró vida propia y se hizo más y más conocido al ser grabado por Gene Vincent, los Everly Brothers, Los Rolling Stones (versión que decepcionó especialmente a Hawkins, que aseguró que Jagger y Richards no entendieron el estilo), Quicksilver y hasta Luis Miguel. Pero la versión que convirtió en hit al tema fue la de Creedence, que llegó a los primeros puestos de Billboard y que consolidó el estilo de rock sureño no sólo de grupo de John Foggerty sino de bandas de los ‘70 como los Allman Brothers y Lynyrd Skynyrd.

El caso de “My Sharona” es totalmente distinto. La canción que llegó al número 1 de los charts en el verano norteamericano de 1979 tenía como musa a una chica de carne y hueso, y en edad de merecer, aunque ligeramente menor de edad, lo que explica perfectamente la ansiedad del cantante Doug Fieger para que ella le entregue su amor, expresada contundentemente en el repetitivo, casi tartamudo “Ma ma ma ma My Sharona/ cuándo te vas a dar por vencida/ es sólo cuestión de tiempo/ nunca me voy a detener/ hasta que te entregues/ es el destino/ ma ma my Sharona”.






En una era donde la música disco, que hoy puede parecernos simpática con el paso del tiempo, pero que a fines de la década de 1970 era vista como un producto prefabricado –algo bastante cierto– que bastardeaba el soul en manos de productores y no de músicos, el punk seguía siendo un fenómeno demasiado marginal como para equilibrar la escena. The Knack venía recorriendo los clubes de Los Angeles tocando covers rockeros, a veces en compañía de músicos famosos de los buenos viejos tiempos como el tecladista de los Doors, Ray Manzarek. La idea de ser una banda famosa parecía un sueño imposible para los músicos de The Knack. El grupo estaba compuesto por Fieger en voz y guitarra, Berton Averre en guitarra, Bruce Gary en batería y Prescott Niles en bajo. Fieger había editado dos discos con una banda previa, Sky, que pasó sin pena ni gloria y lo dejó empezando de nuevo desde cero con The Knack, una banda del montón de la escena de LA. Pero en 1979 entró en un negocio de ropa y conoció a una vendedora de 17 años que literalmente lo volvió loco. Sharona Alperin rechazaba sus avances y así surgió la canción que llevó a la banda a la fama automática, fenómeno muchas veces vinculado con los “one hit wonders” pero que pocas veces se desarrolló en tan poco tiempo y con semejante contundencia. La influencia de The Kinks y Buddy Holly (cuyos temas tocaban en vivo cuando no eran famosos) fue importante tanto en “My Sharona” como en los demás temas del primer álbum Get The Knack, que devolvió el bajo, guitarra y batería a las radios en un momento en el que el rock & roll casi estaba siendo dado por muerto. El disco se grabó en once días con un presupuesto de 17 mil dólares, en unas pocas semanas se estaba vendiendo por millones. La imagen de los músicos, con camisas blancas y corbatas sesentistas en un videoclip en el que hasta imitaban escenas de A Hard Day’s Night de Los Beatles ayudó a remontar el fenómeno hasta sus últimas consecuencias.

Junto con el éxito, la canción también le valió a Fieger el amor de la chica deseada. Sharona aparecía en el sobre interno del disco, y pronto estaba saliendo con el cantante, y acompañando a la banda en giras. “Eran épocas de camperas de cuero, gafas oscuras, dormir de día y no llevar un estilo de vida precisamente sano”, recuerda actualmente esta agente inmobiliaria de residencias para celebridades que cuenta, entre otras cosas, haberle conseguido a Daniel Waters (guionista de films como Batman) la mansión donde había vivido Orson Welles, o una casona de estilo español para Nicolas Cage. La relación entre Sharona y Fieger duró tres años y medio, casi más de lo que duró el fenómeno de The Knack, que sucumbió ante la presión del público, la industria y los medios para que saquen otro hit que tuviera al menos la mitad de la contundencia de “My Sharona”.

“El acoso por que hiciéramos otro hit similar nos liquidó artísticamente, y también provocó en algunos miembros de la banda la atracción por todo lo malo que hay en este negocio”, explicó el guitarrista Averre en obvia referencia al mal comportamiento de Fieger, que en las largas giras de la banda para tocar su hit en vivo solía aparecer totalmente desencajado. Apurado por la discográfica, el grupo sacó otro disco en 1979, ...But the little girls understand, apenas una copia del anterior sin ningún tema pegadizo como el número 1 que todos esperaban. Ya en 1981, cuando editaron otro LP, la banda estaba olvidada, aunque nunca dejó de seguir grabando ni ofreciendo shows donde el público sólo quería escuchar un tema, “My Sharona”. Fieger murió a los 57 años, feliz de ser una estrella de rock pero traumado por el hecho de no haber logrado nada parecido a su único hit. Averre recordó en un reportaje reciente que más allá del dinero y al fama, los buenos viejos tiempos era cuando podían tocar rock & roll en cualquier club sin preocuparse por tener que sacar de la galera otro hit que vendiera millones.

Como sucede casi siempre con los “one hit wonders”, ambos temas aparecen en muchas películas. Pero hay un gran momento de celuloide para cada uno de ellos.

En Apocalypse Now de Coppola, unas chicas Playboy bailan al son de “Susie- Q” (interpretada por Flash Cadillac, la misma banda del film American Graffiti) y deben huir en helicóptero para no ser atrapadas por la horda de soldados cachondos.

Y en Generación X (Reality Bites) de Ben Stiller, Winona Ryder y Jeaneane Garofalo escuchan “My Sharona” en la radio de una estación de servicio, le piden al empleado que suba el volumen y convierten el lugar en una pista de baile recordando el hit de su niñez.

jueves, 25 de febrero de 2010

A CINCO CALENDARIOS DEL SOLO FINAL DE PAPPO



Ultimo héroe de acción

Obviando posibles peleas con Cumbio, algún piñazo a los nuevos exponentes del electropop y las demoledoras canciones que podría habernos dejado, recordamos su “legado no reconocido” en el reggae, el rock folklórico, el indie, el pop de canciones, el rock mestizo y hasta una experiencia como... Miranda!

Por Matías Córdoba y Mario Yannoulas

Norberto se enamoró a primera vista en un andén británico. Después de pasar con ella menos tiempo del deseado, tuvo que despedirse. Después, decidió que el tema abriera un disco con un agresivo solo de batería, seguido de un símil shuffle blusero. Después, que el tema terminara con un fade out caradura. Así de simple salió El tren de las 16, la pieza que inaugura el Volumen 2 de Pappo’s Blues, un disco que integra, junto con el primer y el tercer volumen, una tríada vital para el rock argentino. Esa influencia de Black Sabbath, vestida con las telas de un Hendrix criollo y la esencia algo inocente de un Muddy Waters, entre otras fuentes, hicieron que Pappo se instalara rápidamente como el primer guitar hero argentino.

Sus temas habilitaban furiosos air guitar domésticos (Cementerio, Especies, Siempre es lo mismo nena); o eran piezas dulces y melancólicas (Desconfío); a veces tenían atributos de power trío (Algo ha cambiado, Sucio y desprolijo); y en otras ocasiones eran loas al “hombre común” (El hombre suburbano); o más bien psicodelia pringosa (Sandwiches de miga); o convides bucólicos (Blues de Santa Fe); o tal vez westerns de proletariado feliz (Trabajando en el ferrocarril). Wah-wah, slide, distorsión podrida, todo directo a la parrilla. Ese era Pappo a comienzos de los ‘70. Y ese siguió siendo después. Y sigue. Y seguirá.

A Spinetta lo versionaron desde Cerati hasta Iorio. Su último recital de las Bandas Eternas de diciembre convocó a 35 mil personas en Vélez, como una suerte de reeditado de lo que Pappo hiciera para la presentación en Obras de su (¿auto?) disco (¿tributo?) Pappo & Amigos, donde participaron, hace diez años, músicos de diferentes escenas del rock local. Pero, a diferencia del Flaco, amigo y admirador de aquellas épocas, Pappo carga con una etiqueta maldita que lo separa de ciertas franjas de la escena argentina. Como ser: Cerati nunca lo versionó, para su tranquilidad.

Ese estigma, producto de la imagen massmediatizada que se reforzó desde los ‘90, con el chiste de Mi vieja, hasta prácticamente sus últimos años –pasando por participaciones en tiras de Adrián Suar–, lo encalló en una zona gris de la historia, como un hombre de Neandertal siempre dispuesto al puño, cuya música era menos importante que esperar de él una grosería. Recién con Buscando un amor (2003), con una fuerte producción ejecutiva detrás y composiciones digeribles, el Carpo logró reinsertar su honor en ámbitos del rock argentino que lo habían eliminado de entre sus opciones. Y logró, también, autoasignarse el Olimpo al imaginarse como un ángel acompañado por Hendrix, Stevie Ray Vaughan y Robert Johnson.



lunes, 8 de febrero de 2010

Muere la leyenda del jazz británico John Dankworth







En seis décadas de carrera tocó con los más grandes
El saxofonista John Dankworth protagonizaba su última actuación el pasado noviembre ante el público del London Jazz Festival. Figura legendaria del jazz británico, sir John compareció en el escenario en una silla de ruedas, la secuela de la larga enfermedad que acababa con su vida el pasado fin de semana, a los 82 años. Fue el epílogo de seis décadas de carrera que le llevaron a trabajar con los más grandes, como Ella Fitzgerald, Duke Ellington, Benny Goodman y Oscar Peterson, entre una larga nómina, y durante las cuales también compuso bandas sonoras para el cine y la televisión.

Su esposa, la cantante Cleo Lane, anunció su fallecimiento durante un concierto que había organizado con sus dos hijos —también músicos— en un teatro de Buckinghamshire, The Stables, fundado por el propio matrimonio 40 años atrás en el viejo establo de su vivienda campestre. A la desolación de la audiencia se sumaron los numerosos homenajes de otros artistas británicos que, como Jaime Cullum, consideraban a Dankworth un "genio", y la definitiva sentencia de la revista Jazzwise: "El principal músico de jazz de Reino Unido".

Si bien el origen de su vocación musical estuvo en el clarinete que le regaló su madre cuando era adolescente, y que acabó procurándole una plaza en la Royal Academy of Music a los 17 años, John Dankworth (Woodford, Inglaterra, 1927) cambió ese instrumento por el saxofón en homenaje a Charlie Parker, tras tocar con él en el festival de jazz de París. En aquel 1949 ya había sido proclamado Músico Británico del Año. Pronto formó su propia banda, la Dankworth Seven, y durante las pruebas para buscar a una cantante conoció a Claire, desde entonces su inseparable compañera.

En los años sucesivos actuaría en Nueva York con Ellington, Louis Armstrong, Sarah Vaughan y tantos otros, ejercería de director musical para Nat King Cole y Ella Fitzgerald, colocaría dos de sus álbumes entre los 10 más vendidos al otro lado del Atlántico y compondría, en los años sesenta, las bandas sonoras de películas como Saturday Night, El Sirviente o Modesty Blaise. También escribió la popular tonadilla de la serie Los Vengadores, gran éxito televisivo de la época. A lo largo de su dilatada singladura fue artífice de los conciertos de verano de la London Symphony Orchestra y director musical de la sinfónica de San Francisco y la filarmónica de Rochester, hasta acabar formando otra orquesta propia, la Dankworth Generation Band, junto a su hijo Alec.

Dankworth era un hombre entrañable y también muy popular desde su participación junto a su mujer en un famoso show televisivo de principios de los ochenta, The Two Ronnies. Cuando en 2006 le fue concedido un título nobiliario por la reina Isabel II, el flamante sir John lo acogió como un homenaje al universo del jazz y sus artistas. Poco antes de su muerte, así resumía él mismo su propia carrera: "He tocado jazz durante 65 años y con figuras de una talla extraordinaria. Por algún motivo, creo que siempre logré estar en el lugar preciso y en el momento adecuado".

Una leyenda del jazz

El jazz británico perdió a una de sus figuras legendarias: a los 82 años murió el saxofonista John Dankworth (foto). Compañero de Charlie Parker, Ella Fitzgerald, Nat King Cole, Benny Goodman, Herbie Hancock y Oscar Peterson, el músico británico fallecido el sábado y arrastraba una enfermedad que no fue revelada, desde hacía varios meses. Su última aparición musical fue en noviembre último, en un concierto en el que permaneció en silla de ruedas. El intérprete, nacido en Woodford, se inició como clarinetista y luego se decidió por el saxo, en honor a Parker. También compuso bandas de sonido para films y series televisivas.