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jueves, 25 de febrero de 2010

A CINCO CALENDARIOS DEL SOLO FINAL DE PAPPO



Ultimo héroe de acción

Obviando posibles peleas con Cumbio, algún piñazo a los nuevos exponentes del electropop y las demoledoras canciones que podría habernos dejado, recordamos su “legado no reconocido” en el reggae, el rock folklórico, el indie, el pop de canciones, el rock mestizo y hasta una experiencia como... Miranda!

Por Matías Córdoba y Mario Yannoulas

Norberto se enamoró a primera vista en un andén británico. Después de pasar con ella menos tiempo del deseado, tuvo que despedirse. Después, decidió que el tema abriera un disco con un agresivo solo de batería, seguido de un símil shuffle blusero. Después, que el tema terminara con un fade out caradura. Así de simple salió El tren de las 16, la pieza que inaugura el Volumen 2 de Pappo’s Blues, un disco que integra, junto con el primer y el tercer volumen, una tríada vital para el rock argentino. Esa influencia de Black Sabbath, vestida con las telas de un Hendrix criollo y la esencia algo inocente de un Muddy Waters, entre otras fuentes, hicieron que Pappo se instalara rápidamente como el primer guitar hero argentino.

Sus temas habilitaban furiosos air guitar domésticos (Cementerio, Especies, Siempre es lo mismo nena); o eran piezas dulces y melancólicas (Desconfío); a veces tenían atributos de power trío (Algo ha cambiado, Sucio y desprolijo); y en otras ocasiones eran loas al “hombre común” (El hombre suburbano); o más bien psicodelia pringosa (Sandwiches de miga); o convides bucólicos (Blues de Santa Fe); o tal vez westerns de proletariado feliz (Trabajando en el ferrocarril). Wah-wah, slide, distorsión podrida, todo directo a la parrilla. Ese era Pappo a comienzos de los ‘70. Y ese siguió siendo después. Y sigue. Y seguirá.

A Spinetta lo versionaron desde Cerati hasta Iorio. Su último recital de las Bandas Eternas de diciembre convocó a 35 mil personas en Vélez, como una suerte de reeditado de lo que Pappo hiciera para la presentación en Obras de su (¿auto?) disco (¿tributo?) Pappo & Amigos, donde participaron, hace diez años, músicos de diferentes escenas del rock local. Pero, a diferencia del Flaco, amigo y admirador de aquellas épocas, Pappo carga con una etiqueta maldita que lo separa de ciertas franjas de la escena argentina. Como ser: Cerati nunca lo versionó, para su tranquilidad.

Ese estigma, producto de la imagen massmediatizada que se reforzó desde los ‘90, con el chiste de Mi vieja, hasta prácticamente sus últimos años –pasando por participaciones en tiras de Adrián Suar–, lo encalló en una zona gris de la historia, como un hombre de Neandertal siempre dispuesto al puño, cuya música era menos importante que esperar de él una grosería. Recién con Buscando un amor (2003), con una fuerte producción ejecutiva detrás y composiciones digeribles, el Carpo logró reinsertar su honor en ámbitos del rock argentino que lo habían eliminado de entre sus opciones. Y logró, también, autoasignarse el Olimpo al imaginarse como un ángel acompañado por Hendrix, Stevie Ray Vaughan y Robert Johnson.



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