Apoya mis publicaciones con un ME GUSTA!

Mostrando las entradas con la etiqueta CONCERTS. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta CONCERTS. Mostrar todas las entradas

martes, 3 de julio de 2012

PEDRO AZNAR EN EL GRAN REX PRESENTO SU NUEVO DISCO AHORA.



Canciones para vivir en tiempo presente

El ex Seru Giran muestra su costado más cancionero y rockero en los temas de su nuevo álbum, recibido con calidez por el público que llenó el teatro. También hizo temas de Luis Alberto Spinetta, Gustavo Cerati, John Lennon y Elton John.

Por Sergio Sánchez
Pedro Aznar es unos de esos tipos cuya música trasciende la figura. No es mediático ni provoca la histeria femenina. Es un gran músico que hace grandes canciones. Y punto. Eso es lo que importa. ¿Para qué más? Durante la presentación oficial de su último disco, Ahora, el músico abrió sus brazos y entregó gestos y canciones que buscaron un diálogo genuino con el público. De forma recíproca, la platea lo recibió con la misma calidez: supo estallar en gritos con la medida justa, dejar caer algunas lágrimas y hacerlo salir un par de veces del camarín para los bises o sólo para un último saludo. Si bien Aznar abreva en el jazz, el tango, el folklore argentino y la MPB, lo que dejó entrever el jueves fue su costado más cancionístico y rockero. Es que de eso se trata el nuevo disco: once temas que se pasean entre un rock al palo y baladas acústicas, con toques de jazz, funk y finos arreglos de cuerdas. A esta altura, la versatilidad del ex Seru Giran ya no sorprende.










Que la música apela a las emociones es una obviedad. No tan obvio ni azaroso fue el clima que se vivió –y fue buscado– durante el concierto. Aznar centró su lista en canciones nostálgicas (“Pensaba en vos”), bellamente tristes (“Rencor”), reflexivas (acerca de este tiempo, como “Ahora”) y que evocaron al recuerdo de los que (casi) no están o están en otros mundos. Qué más da: si algo queda en la memoria, está, no desapareció. Así, Luis Alberto Spinetta renació en la hermosa versión de “Credulidad”, de Pescado Rabioso. Bastó que el rostro del Flaco apareciera en la pantalla para que el teatro estallara en aplausos. Lo mismo sucedió, pero esta vez con un aplauso más cerrado, esperanzador, cuando Aznar interpretó solo con su guitarra acústica “Lisa”, de Gustavo Cerati. El ex Seru es, además de un notable compositor, un creativo y amplio intérprete: por su garganta pasaron desde Atahualpa Yupanqui hasta Chico César. En esa sintonía invocó a la canción beat con “Jealous Guy”, de John Lennon, y se lució con su elevada y fiel versión de “Ya no hay forma de pedir perdón”, de Elton John, traducida al castellano por el propio Aznar. “¿Cómo voy a lograr que aún me quieras? / ¿Cómo lograr que quieras escuchar?”, entona Aznar, con el registro que mejor le queda. Y, ¿cómo no creerle a su música?












Sin embargo, el leitmotiv del show era presentar las nuevas canciones. Por eso, la lista abrió con la poderosa “Pantera del polvo” y se pegó inmediatamente con la melódica “Par”, una pieza con aire de hit. Aznar no tiene pinta de ser muy charlatán. Pero, cuando habían pasado apenas los primeros temas, quiso compartir con el público la esencia de su nuevo trabajo. “Este disco es uno de los más espontáneos y transparentes que hice. Fue un tiempo inspirador y sentí el placer de componer. Me propuse un desafío personal: cada día componer una canción. Fui por lo directo. Por ejemplo, la siguiente canción me despertó de una siesta.” Entonces, su acústica se encendió en la poética “Quiero decirte que sí”. Según Aznar, un mensaje atraviesa todo el disco: “Hay que vivir el presente, el ahora”. Mañana no se sabe qué pasará.
El concierto zigzagueó entre segmentos con su banda completa y momentos de Aznar solo con guitarra o teclado. Pero quizás el instante más rupturista haya sido durante los bises, cuando salió a escena con sus músicos y todos se sentaron al borde del escenario, sin micrófonos y con las guitarras desenchufadas. Sonaron “Hydra” y “Cuando el amor”. El teatro enmudeció. Sólo hubo lugar para la música. El diálogo con el otro se completó. Todo parecía haber terminado, era un gran final, pero aún quedaba una más. Entre gritos y aplausos, la banda se hizo nuevamente presente para tocar la clásica “Tu amor”, escrita por Aznar y popularizada por Charly García. “Tu amor me enseña a vivir / tu amor me enseña a sentir”, cantaron ellos. Todos. Ahora.

lunes, 15 de noviembre de 2010

EL INDIO SOLARI EN TANDIL: UN SHOW IMPACTANTE ANTE 80 MIL PERSONAS.



Tandil se rindió al Indio

Con una puesta impecable y un sonido poderoso, el ex cantante de Patricio Rey recalentó el hipódromo con un concierto en el que los temas propios y los clásicos ricoteros tuvieron el plus de un par de inéditos y covers inesperados de Manal y Pescado Rabioso.



Por María Daniela Yaccar


Tandil alberga a unos 123 mil habitantes. Los que la rockearon en la noche del sábado fueron más de 80 mil. Las cuentas dan una idea de lo que significó el único recital que el Indio Solari brindó este año: en el hipódromo local se juntó un número que representa al 65 por ciento del total de una ciudad. Hasta al Indio se lo notaba sorprendido. “No se puede creer”, repetía con insistencia, cuando se decidía a observar lo que ocurría detrás de sus anteojos negros. Era una auténtica misa india con hostias de ricota y momentos inesperados. Con sus palabras, el Indio respondía al gran interrogante que despierta su figura: ¿qué le pasa al artista que se define por el ostracismo acérrimo en su show más poblado?

Se sabe que la misa es pagana, pero los tandilenses lo ignoraron al caratular el fenómeno que el Indio desata por estos pagos cuando se presenta con Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado: es “la segunda Semana Santa”. La mayoría de los fanáticos llegó el día del recital, desde la provincia de Buenos Aires. No obstante, el movimiento había comenzado entre el miércoles y el jueves. Todo estaba colmado. De hecho, la oficina de turismo derivaba a la gente a ciudades cercanas. El diariero de la terminal hacía de eso una lectura sociológica: “Los ricos y los pobres se juntan, porque están los que alquilan una cabaña por 500 pesos y los que duermen en la calle”.

Tal cantidad de visitantes –los había también de Bolivia, Chile y Uruguay– hizo estallar Tandil horas antes del recital. La ciudad volvía a recibir al músico después de dos años, cuando reunió a poco más 30 mil espectadores. En esta oportunidad, la ansiedad se combatió en la calle, con la música del Indio a todo volumen y el flameo de enormes banderas. Había decenas de puestos improvisados. Un comerciante piola sacó el parlante a la calle y así absorbió a un buen número de consumidores. Claro que cuando sonó “Ji ji ji” se armó el pogo en plena avenida. No el más grande del mundo, pero sí una postal de lo que vendría después, en una velada que sedujo sobre todo a un público joven, de menos de cuarenta (¿cuántos de los que estaban ahí habrán visto a Los Redondos?).

Lo que vendría después sería la confirmación de que el Indio es el icono del sentimiento ricotero, ya que cánticos y remeras remitían por sobre todo a la banda, pero también la reafirmación de lo que puede dar en tanto estrella de lujo. Lo acompañaron Sergio Colombo (saxo), Miguel Tallarita (trompeta), Hernán Alamberri (batería), Pablo Sbaraglia (teclado, coros y guitarras acústicas), Baltasar Comotto (guitarra), Gaspar Benegas (guitarra) y Marcelo Torres (bajo). Cuando todos pedían el regreso, el Indio respondía con su capacidad de generar estados de ánimo, de pasar de la euforia a la emotividad sin escalas, durante dos horas. Pareciera haber una fórmula matemática: el Indio conoce el momento justo para dar el cambio. Sabe cuándo actuar como ladrón de cerebros, cuándo apuntar al corazón, cuándo pedir el agite. La veta visible de esa fórmula está en la mixtura que suele aplicar en sus presentaciones: clásicos ricoteros y temas propios. Pero hubo novedades interesantes.

El factor sorpresa estuvo desde el inicio, poco antes de las 22. Con pantallas gigantes que proyectaban llamaradas, el Indio ofreció lo que nunca: un cover de “Jugo de tomate frío”, de Manal. No sería el único tema ajeno: más tarde sonó “Post-Crucifixión”, de Pescado Rabioso, en la que arrasó con su potencia vocal. Al primero lo ensambló con un inesperado inédito de Los Redondos, “Un tal Brigitte Bardot”; al segundo, con el clásico “Vamos las bandas”. Y se reservaría otro viejo inédito para descoserla más tarde: “El regreso de Mao”.

“Se vinieron unos cuantos hoy”, recalcó antes de dar paso a la inquietante “Ramas desnudas”. En ese momento cambió la dirección de los elogios del campo: el cantito comenzó a dirigirse a su entidad como solista. Se lo siguió ganando con ese retrato de obsesiones personales que es “Martinis y tafiroles”, también de Porco Rex. Llegó luego el primer pack ricotero, con clásicos de distintas etapas: “Noticias de ayer”, “Me matan limón”, “Rock para el negro Atila”, hasta el clímax con “Divina TV Führer”. Lo cierto es que el campo estallaba con los temas de Los Redondos, a los que el Indio antecedió más de una vez con un “vamos a cantar una que sepamos todos”. Y así brillaron “Un ángel para tu soledad”, “El arte del buen comer”, “El infierno está encantador esta noche”, “Juguetes perdidos” y “Fuegos de Oktubre”.

“Asistamos con cariño a los amigos que andan con enfermedades malas” –algunos en el campo gritaron “Gustavo Cerati”, pero él no aclaró de quién hablaba–, expresó luego de “Bebamos de las copas lindas”. Como teoriza el tema, “donde hay dolor habrá canciones”, y parte de esa atmósfera en la que la sensibilidad se agudiza la completaron “Vuelo a Sydney” y “Flight 956” (de Porco Rex), “El tesoro de los inocentes (Bingo fuel)” y “Pabellón séptimo” (de El tesoro...), dedicado a “amigos, primos y cuñados que están pasando por un lugar espantoso”. Otro tema regalado fue “Héroe del whisky”, para Enrique Symns, “un viejo amigo que antes me odiaba y ahora parece que me quiere”.

En una noche de varios “increíble”, la puesta en escena mereció varios elogios: la figura del Indio estuvo enmarcada por proyecciones que eran verdaderas obras de arte, que actuaban como escenografía, pero que también tenían efectos narrativos. En este aspecto, el show superó al de julio de 2008 en esta ciudad, también en las luces y en el sonido. En medio de esa estética poderosa se encontraba el Indio con su semblante firme. Su conmoción se filtraba en las frases que pronunciaba entre tema y tema. Primó el buen humor, salvo en dos oportunidades en las se quejó porque arrojaban objetos al escenario. El punto final, claro, fue “Ji ji ji”. A la medianoche, la frase se seguía repitiendo: “No puedo creer lo que fue este recital”. Todos bien contentos, aun sin noticias del regreso. Todos contentos con el Indio solista. Todos contentos, a pesar de una salida del hipódromo terriblemente lenta. Todos contentos por el cielo poblado de fuegos artificiales... y por el anuncio del siguiente show, el 26 de marzo en Salta. Otra fecha, otra misa.

viernes, 4 de junio de 2010

DIVIDIDOS PRESENTO AMAPOLA DEL 66 EN EL LUNA PARK



El regreso de la aplanadora sensible

El dúo conformado por Ricardo Mollo y Diego Arnedo trasladó el concierto que hiciera en Tilcara al centro porteño y recuperó su vigencia después de años sin publicar un álbum. Con varios invitados, repasó todo el disco y sus clásicos.




Por Mario Yannoulas

Un solo de batería. La Ludwig blanca crujía delante de Catriel Ciavarella, con su estilo ’70, tributario de John Bonham, desde el minuto cero del recital de Divididos. Así empezaba la historia: Ricardo Mollo y Diego Arnedo recorrían el escenario agitando los brazos ante el público que semanas antes había agotado las localidades del Luna Park. Esta cita, que obligó a agregar dos más en el templo del box (la de ayer y la del primer sábado de julio), tenía como excusa la presentación de Amapola del 66, última entrega de estudio del trío, la primera después de ocho años. Pero lo que podía ser sólo un pretexto se transformó en el corazón del show del miércoles, el hilo conductor de las tres horas exactas que vieron al estadio repleto. Como para reafirmar la idea, en el fondo del escenario giraban las aspas de un molino como el que aparece en la portada del esperado álbum.

El del miércoles era el debut porteño de la placa. La presentación originaria había tenido lugar en Tilcara, Jujuy, con un show prácticamente idéntico –en la música, no en la escenografía, claro– y en concordancia con ciertas temáticas de Amapola del 66 que no son nuevas en el grupo: la presencia del folklore y la identidad de los pueblos originarios latinoamericanos. Hace diez años, en el mismo Luna Park, Divididos daba paso a una nueva etapa con la presentación de Narigón del siglo y una era más cancionera, melódica, menos power trío y con Mollo cada vez más preocupado por la técnica vocal. El transcurso de la noche del miércoles confirmó la vigencia de ese espíritu.

El minisolo de Ciavarella tuvo su desenlace lógico. “El arriero” desplegó una síntesis de todo lo que estaría por venir: folklore procesado por el sonido del rock, y viceversa. “Buscando un ángel”, “Hombre en U”, “Mantecoso” y “Muerto a laburar” entregaron un primer bloque prepotente, apretado, con un público que cantaba como si se tratara de temas viejos. Era el verdadero regreso a Buenos Aires de un grupo que parecía haber empezado a convertirse en una banda tributo de sí misma. Le faltaba esto: ponerse a prueba a sí mismo a través de nuevas creaciones. Esta vez, el material nuevo cayó como avalancha, y el primer bloque le devolvió a Divididos su categoría de banda realmente viva. “Después de ocho años... no pasó nada”, dijo el guitarrista y cantante. Hasta acá, la habitual Aplanadora.













Llegaron las sillas para Mollo y Arnedo. Empezó entonces uno de esos segmentos calmos que imaginan un público receptivo, y lo encuentran. La segunda cita a Yupanqui inauguró el set: “Vientito del Tucumán”. Después de “Par mil”, Mollo invitó a Micaela Chauque a tocar el siku. “Nos viene acompañando desde Tilcara y estaba intrigada por ver cómo eran ustedes”, jugó el cantante y guitarrista. Al mando de una criolla, Arnedo cantó “Avanzando retroceden” con sentimiento, quizás en la primera vez que se lo vea serio entonando algo. Juan Saavedra y Sandra Farías se sumaron a la chacarera “La flor azul” y “Qué ves”, con bombo legüero, danza y Peteco Carabajal en el violín.

Quena, criolla, charango, bajo y Arnedo en el legüero formaron “Guanuqueando”, del fallecido humahuaqueño Ricardo Vilca, interpretada por su última banda. Con temas del nuevo disco intercalados (“Boyar nocturno”, “Senderos”, “Caminando”) y excelentes puestas de luces prosiguió la reivindicación de los pueblos originarios. Después de “Cristóforo Cacarnú”, Rubén Patagonia protagonizó el inapelable clímax de la noche al ponerle voz a “Indio deja el mezcal” en una interpretación conmovedora y electrizante. Chauque le regaló coplas al público apoyada en el ritmo de su caja andina, y al sumarse el erke de Fortunato Ramos, descubrieron una versión alegre –lo más posible– de “Mañana en el Abasto”. Los músicos invitados, ajenos al mundo del rock, sintonizaron perfectamente con el formato.

Luego de “Todos” –mención inevitable a la tragedia de los alumnos del colegio Ecos– y “El perro funk”, “Sucio y desprolijo”, de Pappo’s Blues, inició el cierre ro-ckero propiamente dicho, tal vez en una versión, paradójicamente, demasiado prolija. “De ahora en más, un poco de rock and roll, que no viene mal, ¿no?”, bromeó Arnedo respecto de su propia lista de temas. Tanda de clásicos, entonces: “Rasputín”, “Ala delta” (Mollo tocó la guitarra ¡con un demo en CDR que le tiraron!), “El 38”. “Cuando tenía 13 años, o sea, hace una bocha, la película Woodstock me impactó mucho. Me tomaba el San Martín para verla una y otra vez, y había una parte que era de mis favoritas: la de Joe Cocker cantando ‘Con una pequeña ayuda de mis amigos’, de Los Beatles. Así que voy a convocar a unos amigos para que nos ayuden a tocar esta canción”, anticipó el cantante. El histórico Ciro Fogliatta de Los Gatos en Hammond, e Isabel de Sebastián, Fabiana Cantilo y Claudia Puyó en coros ayudaron a cantar una amable nueva versión de aquel tema.

“Gracias por fumarse el disco entero acá”, agradecieron y le dedicaron “Amapola del 66” a Gustavo Cerati, canción que terminó con gran parte de los invitados golpeando bombos legüeros sin amplificación sobre el escenario. De bonus track, comandados por la dosis extra de energía que aporta Ciavarella, un segundo tema de Sumo: “Nextweek”, diluido en una zapada hendrixiana entre el baterista y Arnedo, como corolario de tres horas clavadas de show ecléctico, impecable desde el punto de vista técnico, repleto de texturas, sonidos y códigos de algunas de las diferentes culturas que habitan la Argentina. Suele pasar que una banda de Buenos Aires lleve su show a las diferentes provincias. Esta vez, un concierto pensado para el noroeste argentino se trasladó a la Capital.


lunes, 31 de mayo de 2010

CAT POWER VOLVIO A CANTAR EN BUENOS AIRES




Esta vez el hechizo tuvo un tinte espartano







Por Roque Casciero

Algo pasó el año pasado entre Chan Marshall, la princesa indie también conocida como Cat Power, y sus seguidores argentinos: en el Gran Rex se selló el comienzo de una historia de amor. Ella, con su encantador flequillo, su rostro redondeado, sus ademanes de freak y su aspecto de girl next door, sedujo a toda la platea. Pero el sentimiento fue correspondido, porque fue Marshall quien insistió en volver tan pronto. Eso contaba después el promotor de la velada que, claro, ¿cómo iba a negarse a los deseos de la hechicera Cat Power? Si su voz puede lastimar cuando acaricia y ofrecer refugio en el dolor, mientras ella baila con un ritmo que sólo escucha en su mente o decide que es buen momento para bajar a cantar en los pasillos del teatro. Todo eso se repitió el sábado pasado en el Coliseo, a sólo diez meses de la visita anterior de la cantante: hasta tenía la misma camisa verde militar, la corbatita suelta y los jeans negros. También volvió sobre el ritual de regalarle rosas a su público al final (en el inicio la habían sorprendido entregándole una camiseta de la selección) y hasta repasó varias de las canciones que ya había transitado en su segunda visita. Pero las similitudes entre uno y otro show llegaron hasta ahí.

La diferencia más profunda fue que esta vez sólo la acompañaron dos músicos de Dirty Delta Blues, el cuarteto con el que grabara el disco de versiones Jukebox y que la acompañara en julio pasado. El guitarrista Judah Bauer (Blues Explosion) y el pianista Gregg Foreman (The Delta 72) construyeron, de manera sencilla, un entorno de blues y soul desnudos, casi esqueletos de canciones de la propia Marshall y de clásicos como “Sea of Love” (Phil Phillips) y “Satisfaction” (Rolling Stones). Los fans ya están avisados de que la cantante no sigue los parámetros convencionales a la hora de los covers, pero lo del sábado fueron versiones de versiones, reinterpretaciones ligeramente basadas en los originales... incluso en los temas que llevan la firma de Marshall. A “Lived in Bars” le sentó muy bien ir a la médula, pero “The Greatest” se contrajo tanto que perdió algo de encanto. “Song for Bobby” también se diluyó por el tratamiento espartano, aunque la voz resultara suficiente para mantener el encantamiento. Yclaro, esos desplazamientos de niña grandota incómoda con su cuerpo. “¡Qué lindo movés los piecitos!”, le gritaron. Es cierto: esas “dificultades”, como los chistes a medias y los gestos que intentan en vano una comunicación, aportan a su embrujo.

La ausencia más notable con respecto al show anterior fue la del enorme Jim White, hecho acentuado cuando un asistente de escenario se hizo cargo de la batería en un par de temas: los fills del batero de Dirty Three no son para cualquiera. En varias de las canciones, el tempo era marcado por la pandereta que pisaba Bauer, a la manera de los viejos bluseros. De todos modos, Marshall va a su propia velocidad, y a veces maravilla que logre fundirse con lo que tocan los músicos. Las melodías se desarman y reaparecen en fragmentos, como piezas de un rompecabezas mágico que sólo ella puede hacer encajar. No tiene por qué cantar exactamente lo que compuso y la “obligación” es incluso menor si se trata de un cover: costó reconocer el riff de “Satisfaction” y a “Fortunate Son” (Creedence Clearwater Revival) bien se le podía cantar “Sympathy for the Devil” encima. Además, si en la edición argentina de Jukebox incluía una versión en español de “Angelitos negros” (del venezolano Andrés Eloy Blanco), en el Coliseo eligió un spanglish difícil de seguir. Sin embargo, de algún modo misterioso, con el áspero terciopelo de su garganta y su aspecto de haber cerrado apenas vaya uno a saber qué heridas, ella se erigió una vez más en esa sirena adolorida por la que tantos no dudarían en dejar que sus naves se hicieran pedazos.

CAT POWER

Músicos: Chan Marshall (voz), Judah Bauer (guitarra) y Gregg Foreman (teclados y guitarra).eatro

Público: 1600 personas.

Duración: 90 minutos.

Lugar: Teatro Coliseo.

miércoles, 28 de abril de 2010

MOBY: "El éxito tiene muchos lados oscuros"


El neoyorquino que popularizó la música electrónica Adopta un bajo perfil y dice que mucho de su éxito fue por accidente. El jueves actúa en el Luna Park.


Por: Gaspar Zimerman












¿Quién podría odiar a Moby? Es demócrata, vegano, amante de los animales, paladín de causas justas, dibujante de unos personajitos simpáticos, sobrino de un argentino, supuesto pariente remoto de Herman Melville (autor de Moby Dick). ¿Será demasiada correción política junta? "Es bizarro ser detestado por tanta gente a la que nunca conocí. Es desconcertante, porque soy una persona relativamente inofensiva: no soy muy alto, ni muy grandote, ni muy brillante. No sé cómo me las arreglo para molestar tanto a la gente", dijo alguna vez. El origen de la cuestión puede remontarse a once años atrás, al éxito de Play, que le dio fama y fortuna con un cóctel de gospel, folk y tecno pop. Todas las canciones del disco se usaron en películas, programas de

televisión o publicidades, y tanta repercusión terminó por levantar críticas: se lo acusó de trivializar y diluir la música electrónica. ¿Cómo se defiende Richard Melville Hall? SDLqLo primero que diría -responde por teléfono desde Nueva York- es que me encanta la música electrónica, pero no me considero un músico tecno. Quizá tienen razón: al no ser un purista, por ahí la diluí. Los puristas no me interesan".

Si no sos un músico tecno, ¿qué clase de músico sos?

Tengo una formación musical muy loca: de chico estudié música clásica, de adolescente toqué punk rock, fui dj de hip hop, toqué el bajo en una banda de reggae, la guitarra en un grupo inspirado en Joy Division, en un grupo de jazz, fui dj de música house... Y me gusta escuchar de todo: hardcore, punk, jazz, disco.

O sea que preferís no definir la música que hacés.

Es que pienso en toda la gente extraña con la que trabajé: Metallica, Britney Spears, Public Enemy, David Bowie, New Order, Beastie Boys... También escribí música clásica para películas. No tengo idea de dónde voy a terminar clasificado en la Historia de la música,

Dijiste que al grabar "Wait For Me" quisiste hacer algo que amaras sin estar preocupado por el mercado. ¿Estuviste demasiado preocupado por el mercado últimamente?

Un poco. Mis mejores discos fueron los que hice cuando no esperaba que los oyera nadie. Cuando estaba trabajando en Play pensaba que nadie lo iba a comprar y que nadie lo iba a escuchar, lo cual me daba libertad. Después de eso, me di cuenta de que la gente me estaba prestando atención. Y empecé a pensar si la música iba a ser pasada en la radio, si iba a vender, si a los críticos, mis amigos y los fans les iba a gustar. Pensar de ese modo me confundió. Me di cuenta de que era mejor trabajar pensando que sólo una persona lo va a escuchar. Algunos músicos, cineastas y escritores son muy buenos en el arte de pensar para grandes públicos. Yo sólo funciono si trato de hacer música para una sola persona.

Esa preocupación por el mercado sería el lado oscuro del éxito.

El éxito tiene muchos lados oscuros. El peor es tomarte a vos mismo demasiado seriamente. Y pensar que de algún modo la fama, el dinero y el éxito pueden ser una cura para la condición humana. Nada es una cura para la condición humana. No importa cuánto éxito, dinero o fama tengas, todos terminamos en el mismo lugar. Mucha gente, al menos en Nueva York, piensa que si tiene el trabajo correcto, la cantidad correcta de dinero, el novio o novia correctos, la fama apropiada, de algún modo evitarán la condición humana. Y no es así.

¿Por eso vos tratás de mantener tu estilo de vida previo al éxito? Seguís viviendo en el mismo pequeño departamento de siempre...

Me mudé a un departamento más grande, pero no me gustó. Era un piso realmente lujoso en el Upper West Side de Nueva York, pero me di cuenta de que no me gustaba vivir en esa zona y volví a mi departamento anterior. Me gusta mi barrio, porque tengo mi estudio cerca y puedo ir caminando a todos lados. Es fácil vivir en este lugar.

¿Cómo fue recibido "Wait For Me"?

Trato de no leer las críticas, porque nunca entiendo el punto de vista del que escribe. A algunos periodistas capaz les gusto, otros quizá me odian, otros quizás odian el tipo de música que hago... Y pueden estar en un buen o mal día. La única manera en que las críticas tendrían sentido para mí es que pudiera sentarme con el periodista y que me explicara exactamente por qué escribió lo que escribió. Si alguien me odia, me van a hacer una mala crítica aunque haga el mejor disco de la historia. Si George Harrison dejaba de acostarse con alguna novia periodista y después Los Beatles hacían Abbey Road, ella igual le habría hecho una crítica mala.

¿Cómo influyó en tu carrera que "Extreme Ways" haya sido incluida en la trilogía Bourne?

Es interesante: Extreme Ways fue el segundo single del disco 18 y cuando salió resultó un gran fracaso. No sonó en las radios, a nadie le gustó demasiado. Después fue incluida en las películas de Bourne y ahora es una de mis canciones más conocidas. Creo que la incluyeron porque estaban apurados por terminar la película y no pudieron encontrar nada mejor. Fue muy accidental, pero estoy agradecido. Me ayudó mucho. Además, son películas muy entretenidas. Me gustan las películas de gran presupuesto de Hollywood: vas y no tenés que pensar por dos horas.

¿Por qué decidiste que "Wait For Me" fuera tu primer disco con uno de tus dibujos en la tapa?

En la cultura popular hay muchos músicos que tratan de presentarse a sí mismos como algo que no son. Los hiphoperos tratan de ser más duros de lo que son; los indie rockers, de ser más cool de lo que son; los pop stars, más sexies de lo que son. Pensé que con este disco sería tan honesto como pudiera. Y para mí no hay nada tan honesto como mis simples estúpidos dibujitos.

Fuiste uno de los primeros artistas en usar Internet para difundir tu trabajo. ¿La ves como una herramienta de marketing o algo más?

Veo Internet como una forma de avergonzarme a mí mismo en público. Es una gran herramienta para comunicarse; no la pienso en términos de marketing, porque no quiero que nadie me compre nada. Marketing es convencer a alguien de hacer algo que no quiere hacer. Odio la idea de ser deshonesto y tratar de convencer a alguien de hacer algo.

¿Y qué opinás sobre los famosos que cuentan detalles de su vida privada por Twitter, como Ricky Martin?

Me parece genial. No soy gay, pero vivo en Nueva York y tengo un montón de amigos gay: me encanta que en esta ciudad cualquiera pueda caminar de la mano sin importar si es gay, heterosexual o lo que fuera. Si hay un chico de 14 años en México que es gay y se avergüenza de serlo, escuchar a Ricky Martin puede hace que ese chico se sienta mejor.

¿Usarías Twitter para contar aspectos de tu vida privada?

Ya lo hago. Pero no tengo tanto material interesante ocurriendo en mi vida privada, así que en general uso Twitter para estupideces. Parece raro usar 120 caracteres para contarle al mundo algo tan íntimo como que sos gay, pero es el mundo en el que vivimos. La gente se separa con mensajes de texto, así que...

Simply Red: Soul, sí, pero con autoridad


Hasta la vista. La banda capitaneada por el colorado Mick Hucknall llenó de hits un Luna Park repleto de fans adultos.


Por: Guillermo Zaccagnini

LIDER POR HORA Y MEDIA HUCKNALL HIZO ALARDES VOCALES EN EL SHOW DE LA GIRA FAREWELL, CON LA QUE SE DESPIDEN TRAS 25 AÑOS.

Sí, sí, eso estuvo bien". Con la cabeza hacia abajo, el vocalista Mick Hucknall acepta la ovación de un Luna Park colmado. Si la gira Farewell se propone como la última, el imán no parece estar en la oportunidad de ver Simply Red en vivo por última vez. La separación después de 25 años de carrera es, ante este público adulto, nada más que un marketing pálido frente al soundtrack de sus viajes en auto. Veintiún canciones de despedida sin una fisura y con un sonido impecable.

Hablar de soul blanco es de una retórica descafeinada. Porque si el soul, el reggae blanco o el blues blanco sugieren un turismo racial por géneros ajenos, lo de Simply Red está recubierto de cierta autoridad. Más allá de lo anecdótico de que la base (batería y bajo) tenga el ADN groovero de los negros Pete Lewinson y su hermano Steve, hay un respeto y calidad que poco tienen que ver con una simple apropiación. Pasaron de resucitar el soul a mediados de los ochenta a acaparar el gusto adulto que exige cierto estándar y amabilidad a mediados de los noventa en detrimento de una postura artística tal vez más interesante. "Vamos a cantar muchos hits", propuso Hucknall apenas pisó el escenario, y llegó una docena de éxitos inconfundibles.

La rutina de siempre: el cantante es el último en aparecer en escena. Pero aunque las miradas caigan en ese pelirrojo enchalecado, la banda es excelente. Con todo lo Benetton de unos Black Eyed Peas, el trompetista con cara de latino se encarga también de las cornetas y la percusión, el guitarrista japonés de pelo para la publicidad aporta virtuosismo minimalista, y la base negra es sólida. A los 49 años, Hucknall tampoco perdió capacidad vocal y hacia el final del concierto, que duró poco más de hora y media, fue capaz de cantar como al comienzo. Con alardes vocales que van desde sonar fuerte con el lujo de microfonearse de lejos o hacer piruetas con las cuerdas vocales cantando apenas una "n". Basta escucharlo cantar Holding Back the Years igual a como suena la grabación de 1982 de los Frantic Elevators, su antigua banda. El sonido de mala calidad típico del Luna Park no apareció: el grupo podía estar sonando altísimo y no había problemas para escuchar con detalle hasta las maracas.

El comienzo con Out on the Range fue tibio, pero el crescendo asomó con Your Mirror, que se prestó para el karaoke de la platea (aún sentada) y alcanzó su primer pico algunos temas después. Fue con You Make Me Feel Brand New, que popularizaron los souleros The Stylistics a mediados de los setenta, el tema que levantó a la gente de sus butacas. Acaso los aplausos más fuertes de la noche que Hucknall aceptó con cierta timidez.

Los empleados de "prevención" ya no intentaron hacer que el público se volviera a sentar. Y si el buen gusto primó, los momentos flojos tuvieron que ver más con ciertas composiciones que no están entre los más notable del grupo que con la calidad del concierto. Por caso, ese estribillo para el sambódromo lounge que tiene Fairground. Pero si hasta el momento esa canción fue el único número uno de la banda en los charts británicos, es claro que no podía faltar en la cruzada por el hitazo. En el mismo bloque de los primeros bises, Ain't That a Lot of Love, tampoco de lo mejor del grupo, lanzó su tufillo disco para invitar al baile y al siempre polémico solo de saxo.

El Hucknall dueño de viñedos en Sicilia se mezcló con el cantante, y agradeció por "venticinque" años de buen recibimiento, y ya sudado y desprolijo abandonó la postura relajada para dedicarse al arte del saltito arengador en favor de terminar el concierto bien arriba. Pasó Something Got Me Started y antes de las "buenas noches" en español, otra vez y por última vez, apareció el soul de Filadelfia encarnado en If You Don't Know Me By Now.«

A lo largo de 25 años, Simply Red se elevó como una de las bandas más exitosas del rock y pop británico. El grupo vendió más de 50 millones de discos a nivel global y realizó más de 1.000 conciertos ante 10 millones de personas; 30 canciones entraron en los 40 principales de los rankings británicos y el disco Stars logró ser el disco más vendido del Reino Unido durante dos años seguidos. Hucknall, el líder, anunció que encarará una carrera solista y que el grupo se separará al final de la gira Farewell. El último concierto será en la O2 Arena de Londres, el próximo 19 de diciembre.

sábado, 24 de abril de 2010

LA GRAN DIONNE WARWICK EN BUENOS AIRES




LAS MIL Y UNA NOTAS


Por Juan Andrade


“Como un barco en miniatura dentro de una botella.” Con esa metáfora, Burt Bacharach definió ese prodigio de la naturaleza que Dionne Warwick conserva a la altura de sus cuerdas vocales. “Cuando canta con suavidad, tiene un tremendo lado fuerte y también una delicadeza única”, agregó el cantante, compositor y productor allá por 1967, cuando su alianza artística con la muchacha de los barquitos marchaba viento en popa y, hit tras hit, se erigía en una de las sociedades más fructíferas en la historia de la música popular. Esencialmente, son esas mismas canciones firmadas por la dupla Bacharach-Hal David y grabadas por Warwick las que pavimentan su llegada al país, para interpretarlas en vivo la noche del 20 de abril en el Gran Rex. Y ella larga la carcajada al otro lado del teléfono cuando se le pregunta cuántas fueron en total. “¡Oh, my goodness!”, exclama en su idioma natal antes de reírse nuevamente, ya tentada. “Bueno, digamos que fueron algunas pocas... No, en serio, ¡no tengo ni la menor idea!”.

Convertida en una leyenda viva de la corriente de raíz afroamericana que hoy cubre el mapa sonoro de Estados Unidos y mucho más allá también, esta señora que a fin de año alcanzará las siete décadas se toma las cosas con más sabiduría que calma. “Es maravilloso cuando se habla de mí como una voz ‘clásica’. Y, después de todos estos años, creo que de algún modo lo soy”, observa. Entonces confiesa cuál es la fórmula secreta para armar una lista de temas a partir de una cantidad casi infinita de posibilidades, una que seduzca a su audiencia pero que al mismo tiempo no la condene al embole de repetirse eternamente a sí misma: “Preparo cada show con bastante anticipación. Y elijo canciones con las que el público está muy familiarizado, las que ellos vienen con ganas de escuchar y que, a esta altura, ya forman parte de mi vida. Y también elijo otras que quizá no se esperan que haga, pero que tengo ganas de cantar porque me resultan emocionantes y refrescantes”.

En su lista de éxitos se anotan “Walk on by”, “I Just Don’t Know What To Do with Myself”, “I Say A Little Prayer”, “Heartbreaker” (resultado de su colaboración con Barry Gibb de los Bee Gees a comienzos de los ‘80, en plena fiebre disco), “That’s What Friends Are for” (registrado junto a Gladys Knight, Elton John y Stevie Wonder, para recaudar fondos en la investigación del VIH) y tantísimos otros que se metieron de cabeza en el Top 10 de su época, a un lado y al otro del Atlántico. Hoy se los reconoce al toque, junto con su voz. Warwick fue una de las figuras centrales del universo pop de su tiempo; sus grabaciones se escuchan casi como si fueran standards y se la promociona como una “diva del soul”, pero su figura trascendió más allá de los rankings, su registro no se amoldó a los cánones del jazz ni tampoco se conformó con ocupar un lugar de privilegio en el reino del R&B. ¿Cómo definiría a su estilo? “Soy una cantante de música hermosa. No podría categorizarla”, contesta. Así llegó a su primer Grammy en 1968, de la mano del single “Do You Know The Way to San José?”.

A pesar del largo camino recorrido, Warwick no se olvida de sus orígenes. Y no es una simple frase hecha, como lo demostró en Why We Sing, uno de sus discos más recientes. Fechado en 2008, el álbum cuyo título se podría traducir como “Por qué cantamos” documenta su vuelta al gospel después de casi medio siglo. Siendo una niña de apenas seis años, ya se lucía como solista en el coro de la iglesia baptista de Newark, Nueva Jersey, a la que asistía junto a su familia. La mayoría de edad la encontró presentándose con su grupo The Gospelaires en el mítico teatro Apollo de Harlem. “Un hombre entró corriendo frenéticamente en el backstage del Apollo y dijo que necesitaban coristas para una sesión con Sam ‘The Man’ Taylor. Y fuimos derecho para ahí. Ojalá me acordara el nombre de esta persona, porque fue el responsable del inicio de mi carrera”, se lamenta. “Por eso grabar Why We Sing fue una experiencia maravillosa”, agrega. “El gospel siempre va a ser mi primer hogar. Nací cantando gospel. Pero después me preparé y estudié para tocar el piano y para cantar y entender las letras. Seguí adelante con mi propio viaje”, dice la cantante que en 1973 obtuvo su doctorado en Música por el Hartt College of Music de Hartford, Conecticutt.

Fue durante una de aquellas primeras experiencias como corista con The Drifters, mientras el grupo vocal le daba forma a “Mexican Divorce”, que Bacharach paró su oreja de songwriter y productor afilado al intuir el potencial de esa joven que ya se destacaba por su talento. “Lo conocí en la primera sesión que compartimos, no sabía nada sobre él antes de ese momento. Y ahí me sugirió que podíamos hacer una prueba”, cuenta. “Me acuerdo muy bien de todo lo que pasó durante la sesión. El había escrito una canción para otro grupo, y me dijo: ‘Vamos a hacer ésta’. Y entramos al estudio a grabarla. También estaba por ahí Hal David, que era una persona muy educada y muy talentosa a la hora de hacer su trabajo. Así empezó todo”, cuenta la protagonista de la historia. El primer single compuesto y producido por la dupla BacharachDavid para Warwick, “Don’t Make Me over”, se lanzó en 1962 y un año más ya era un hit. Luego vendrían otros. Y otros más. “Me encantaría poder decir que nos imaginábamos lo que iba a pasar, pero no creo que nadie haya pensado entonces: ‘Esta combinación va a funcionar’. Llevó años de trabajar juntos conseguir lo que conseguimos”, confiesa. No sólo a partir de su trabajo con BacharachDavid, sino también con otros autores y productores, Warwick le cantó al amor de todas las formas posibles, a lo largo de casi medio centenar de discos y mil y una canciones. ¿Qué debe tener un tema para que ella quiera imprimirle el sello de su voz? “Primero leo la letra, porque tengo que creer en lo que dice. Y después, fundamentalmente, me tengo que sentir atraída para cantarla. Después de todo, las canciones me han hecho ser quien soy.”

MARIA JOãO OFRECIO DOS CONCIERTOS INCOMPARABLES EN LA TRASTIENDA




Fructífero territorio de mestizajes culturales


Por Diego Fischerman

Maria João es una de las intérpretes más extrañas que puedan imaginarse. Posee un virtuosismo único. Afina las notas más veloces y con los saltos más extremos entre graves y agudos, utiliza los extremos del registro y los lleva a alturas virtualmente incompatibles en una misma voz; susurra, hasta el punto de crear un silencio tal a su alrededor que los aplausos, entre canción y canción, suenan atronadores, o grita, o coquetea con la voz de una niña o la de una anciana. Navega por un territorio que puede acercarla a Egberto Gismonti –mérito también de su acompañante y compositor de la mayoría de los temas, el notable pianista Mario Laguinha–, al fado, al bolero, a la música de Mozambique o al jazz, y hasta a alguna habanera lindante con el tango. Y mientras tanto convierte movimientos de aikido en una inverosímil coreografía.

Como parte del Festival de Otoño que colocó en el centro de la escena musical porteña a varias músicas del mundo, desde los Klezmatics y Misia hasta Goran Bregovic, Maria João brindó, en su primera noche en La Trastienda, un show literalmente incomparable. Y es que su manera de interpretar canciones encuentra una especie de impensable expresividad en la ruptura casi permanente del hilo narrativo. Ella musicaliza –es decir encuentra el timbre, el fraseo, el color de la voz– casi palabra por palabra. Como una actriz capaz de cambiar de personaje en cada inflexión del texto, lo que construye se opone a toda pretensión autobiográfica. Las unidades de sentido, en todo caso, aparecen gracias a la propia comunicatividad de su voz y no a la pretensión de que su personaje (sus personajes) resulte creíble. Y sin embargo no existe en ella la menor impostura. Su tránsito imparable por paisajes vocales y musicales hasta contradictorios entre sí, lejos de dar la impresión de un show circense –algo así como “los secretos de la mujer de las mil voces”–, edifican un mapa hipnótico que, al cabo de algunos minutos, genera sus propias reglas y del que es casi imposible escapar.

El carisma de esta cantante, que trabaja con Laguinha desde sus primeros discos, no recurre a ninguno de los lugares comunes de las cantantes. Podría pensarse, incluso, que la seducción que ejerce se basa, precisamente, en su falta de impostación. El histrionismo es tan permanente que en un momento deja de notarse y se convierte en el propio material de la cantante. En la esencia de un estilo en que el artificio, a fuerza de exceso, pierde artificialidad. Si en las canciones propias –la bellísimas “Preto e branco” o “Ha gente aquí”, por ejemplo– las maneras interpretativas de Maria João son personalísimas, no resultan menos inconfundibles en los temas de otros. “Good Bye Pork Pie Hat”, de Charlie Mingus y con letra de Joni Mitchell, acabó siendo tan suya como el “Chorinho feliz” o la final “Um amor”, en que la dupla que conforma con Laguinha (ella escribe las letras sobre las músicas de él) explora un fructífero territorio de mestizajes culturales posibles. Y si la cantante abunda en exuberancias, la presencia pudorosa y austera del pianista no es menos significativa. Con una preferencia por trabajar en esa zona del pianismo de Gismonti en que se parece a Jarrett, sus intervenciones son tan esenciales para la construcción del estilo como la propia opulencia de Maria João.

BEBEL GILBERTO CANTARA POR EL DIA DE LA TIERRA





“Ahora tengo mi propia etiqueta: Bebel Music”

La brasileña será la gran figura en un festival en Figueroa Alcorta y Austria. Con el flamante All in One, la hija del gran Joao Gilberto logró despegarse del estereotipo de la electro bossa.


Por Yumber Vera Rojas

Ni la realeza se salva de los embates de la naturaleza. La llamada “princesa de la electro bossa”, Bebel Gilberto, se encuentra varada en el otro lado del mundo a causa de la nube de ceniza originada por un volcán islandés, que provocó la mayor crisis aeroportuaria en la historia de Europa. Mientras espera el avión que dentro de pocas horas la traerá a la Argentina, la artista brasileña le saca rédito al tiempo y atiende por teléfono a Página/12. “Quedamos presos aquí y perdimos un concierto en Nueva York”, se lamenta la dama, fruto de la relación entre la leyenda de la bossa nova Joao Gilberto y la cantautora Miúcha. Sin embargo, inmediatamente saca a relucir su envidiable paciencia y su buen humor, que serán dos constantes a lo largo de la charla. “Pero ahora está todo bien. Estoy contenta porque finalmente podemos ir a algún lugar”, completa. Luego de compartir la situación embarazosa que padeció, se da cuenta de que en esta parte de Occidente la gente recién comienza a almorzar. “Qué locura, ¿no? Acá es de noche y están yéndose a dormir.”

Gilberto disfruta de la madrugada singapurense. Antes de actuar en ese “tigre asiático”, recital que describe como “increíble”, lo hizo en Australia y Corea del Sur. No obstante, en el medio de su gira por ese limbo que aúna al sudeste del continente más extenso y poblado del planeta con Oceanía, quiso conocer la isla de Bali, y quedó tan fascinada con la vista que improvisó un show allí. “Entre Singapur y Corea del Sur tenía siete días libres. Entonces viajé a Bali. Cuando llegamos me pareció tan lindo el hotel donde nos hospedamos (Tugu) y la gente era tan buena onda que armamos un concierto. Fue fantástico y diferente a los que vengo dando.” El que ofrecerá esta tarde en Buenos Aires también será diferente al resto, pues será la figura internacional de un festival que tiene como objetivo celebrar el Día de la Tierra (ver recuadro). “Es la tercera vez que visito Buenos Aires, pero esta ocasión va a ser la más especial e importante, debido a que es un privilegio para mí poder participar en un evento políticamente correcto.”

Este recital servirá asimismo para presentarle al público local las canciones de su nuevo disco, All in One (2009), en el que mixtura el pop electrónico, el jazz y la música popular brasileña y que nació a partir de unas vacaciones en Jamaica. “Me invitó un amigo argentino, quien por cierto es el mismo que gestionó mi inclusión en el festival al que voy a tocar en Buenos Aires”, explica Gilberto. “Me puse a escuchar a Bob Marley y quedé muy impresionada con la letra de ‘Sun Is Shining’, del que hice una versión para este álbum. De pronto empecé a componer un montón de temas y lo demás sucedió solo.” El cuarto disco de estudio de la cantautora nacida en Nueva York tiene, entre otros atractivos, la participación de músicos y productores de la talla de John King (Dust Brothers), Daniel Jobim (nieto de Tom Jobim), Mark Ronson (Amy Winehouse y Lily Allen), Carlinhos Brown y Didi Gutman (Brazilian Girls), así como la adaptación de los clásicos “The Real Thing”, de Stevie Wonder, y “Bim bom”, de su padre.

–Grabado en Nueva York, Jamaica y Brasil, All in One es un trabajo quizá más cercano a lo orgánico que a lo electrónico. ¿Por qué decidió arriesgarse a alterar un concepto sonoro que le significó el reconocimiento en todo el mundo?

–En este disco me solté más, a pesar de estar en un sello multinacional (Verve, el mismo con el que su padre experimentó el éxito internacional). Tuve total libertad para elegir mi repertorio y las personas con las que trabajé. Eso trajo una cosa nueva y fresca que me ayudó como intérprete y que me gustó mucho. Si bien el gran ausente en este álbum es Seu Jorge, me ayudó en la previa escogiendo las canciones. Lo mismo hizo Didi Gutman, aunque él sí está. El es otro argentino al que quiero y admiro mucho. Pero este proyecto habría quedado incompleto si no hubiese participado Carlinhos Brown, que es familia (está casado con una de sus primas) y es la tercera vez que colabora conmigo. Y eso es siempre una alegría.

–En el disco también le rinde un homenaje a Carmen Miranda, quien, pese a que fue una de las primeras figuras en posicionar el samba e imaginería brasileña en Estados Unidos y Europa, en Brasil no tuvo el reconocimiento que se merecía. ¿Qué la motivó a plasmar esta ofrenda?

–Siempre tuve muchas ganas de brindarle un homenaje bastante especial a Carmen Miranda, que el año pasado hubiera cumplido cien años de nacida. Es alguien a quien llevo en mi corazón. Ella representa una gran alegría para mí y recordarla es necesario. “Chica Chica Boom Chic” (de Mack Gordon & Harry Warren, transformada en esta ocasión en una batucada electropop) es un tema idóneo para este momento, que es el de All in One. Todo salió muy natural y fue hecho con mucho amor y cariño. Además de Carmen Miranda, en este disco sentí la necesidad de rendirles tributo a otros artistas que han sido influyentes para mí como Stevie Wonder o mi papá.

–Desde lo lírico, es una producción que denota la alegría del enamoramiento en casi todas sus canciones. ¿Cuánto tuvo que ver su reciente matrimonio en el proceso compositivo?

–Mi matrimonio me ayudó mucho a escribir las letras de amor. Fue muy importante en la hechura de este disco. Mi marido está escuchando esta entrevista y me hace señas de que ahora quiere divorciarse (se ríe). Pero no le hago caso, soy muy feliz con él. Estar enamorado siempre te ayuda a ver al mundo a través de colores muy bonitos.

A comienzos de abril salió a la venta uno de los proyectos más ambiciosos de esta temporada: Here Lies Love, de David Byrne y Fatboy Slim. Se trata de una dramatización musical, compilada en un disco doble, sobre la juventud de la ex primera dama filipina Imelda Marcos. Al son del funk embalado, del pop optimista o de la salsa cruzada con el big beat, el dúo citó a un grupo de estrellas femeninas de la música popular contemporánea como Cyndi Lauper, Santigold, Tori Amos, Kate Pierson y Alice Russell, para que se encargaran de las voces del álbum. Ante la ausencia latina en este trabajo conceptual –quizá su punto en contra–, Bebel Gilberto podría haber sido llamada para tan inimaginable producción, considerando aparte que ha sido cómplice artística del ex Talking Heads. “Conozco el disco, pero lo no escuché”, confiesa esta brasileña que el próximo 12 de mayo cumplirá 44 años. “Soy gran amiga de David, hablo de vez en cuando con él y creo que la idea es de por sí increíble, porque proviene de una de las personas más curiosas de la escena musical global.”

–¿Le fue difícil salir del estereotipo de la electro bossa, que se hizo popular a fines de los ’90 y que la tuvo como referente?

–Salir progresivamente de ese estereotipo fue bueno, porque ahora puedo mostrarme como una cantante que hace música brasileña moderna, no sólo bossa nova electrónico. Ahora tengo mi propia etiqueta, que es la “Bebel Music”. Sin embargo, el disco Tanto tempo le abrió las puertas a otros artistas brasileños para que tuvieran éxito en el exterior y además permitió que la música de mi país fuera todavía más conocida en todo el mundo. Al final, Tanto tempo fue un disco importante. Su trascendencia fue importante.

–Justo este año se cumple una década de la aparición de ese álbum, que le dio un matiz aún más moderno e internacional a la música popular de Brasil y le permitió a usted consagrarse. ¿Analizó alguna vez todo lo que desencadenó?

–Ciertamente, ese disco fue importante para la repercusión de mi música en el resto del mundo. A pesar de estar bajo la sombra de mi padre (lo dice en inglés), venía trabajando desde hacía rato. Pero finalmente viví una trascendencia que para mi sorpresa me llevó hasta otro lugar. El éxito de Tanto tempo me permitió viajar y aprender muchas cosas. Aunque suene raro, la consagración me dio paz interior.

–¿Existe alguna nueva figura de la música popular brasileña que pueda entrar por esa puerta que ayudó a abrir?

–Si tuviera que decirle que hoy existe “la” nueva gran figura de la música popular brasileña estaría mintiéndole. Porque no es sólo un artista el que hace la movida, sino un conjunto. En ese sentido, destaco el trabajo de Vanessa da Mata y lo que hace Céu, que es interesante. A Seu Jorge podría incluirlo, pero creo que ya su obra habla por sí sola.

–La música popular brasileña que se baila y escucha en Brasil es generalmente diferente a la que se consume afuera. ¿A qué se debe ese contraste?

–Hay muchas cosas que están por suceder y al mismo tiempo existen algunas nuevas que ya acontecen. El hecho de que haya escenas que no son tan conocidas fuera de Brasil como el funk carioca es porque todo tiene su hora y su momento. El éxito de Tanto tempo tuvo que ver con el eclecticismo y la diversidad de su propuesta. En cambio, el funk carioca es muy agresivo, pese a su popularidad, quizá por eso existe cierta resistencia ante él. No obstante, hoy en Londres y Nueva York están enloquecidos con su cadencia. Eso demuestra que las cosas tienen su proceso de maduración.

–Si bien vive en Nueva York, frecuenta Brasil varias veces al año. ¿Esa imagen positiva que se tiene del país es coherente con lo que se vive adentro?

–Brasil se encuentra mucho mejor de lo que estaba hace diez años o dos días atrás. Políticamente, económicamente y artísticamente está muy bien. Creo que el problema radica en si va a tener la estructura suficiente para aguantar ese crecimiento tan rápido. Siempre fui de la idea de que ese sentimiento debe ser positivo. Ya era hora de que Brasil ocupara su espacio en el mundo y, por supuesto, me siento muy orgullosa de ser brasileña.

–Aparte del recital, ¿tiene algún itinerario armado de cosas para hacer en Buenos Aires?

–Voy a presentar temas de All in One, así como de mis trabajos anteriores. A pesar de que me encanta Buenos Aires, no voy a poder quedarme mucho, pues tengo que cantar luego en San Pablo. Pero voy a hacer tiempo suficiente para respirar un poco más, especialmente luego de toda esa locura que me pasó con este famoso volcán islandés.

lunes, 12 de abril de 2010

LILA DOWNS PRESENTO SU DISCO EN VIVO BLACK MAGIC WOMAN TOUR




Dos Gran Rex rendidos y eufóricos

Por Karina Micheletto





¿Qué es lo que provoca la euforia con la que dos teatros Gran Rex repletos –el viernes y el sábado– esperan a esta cantante que representa la mezcla de las dos orillas hermanas y desiguales del Río Grande, allá arriba del mapa? ¿Por qué este público, habitualmente esquivo a soltar el cuerpo, la recibe ya de pie, ya gritando, ya dispuesto al baile apenas se apagan las luces del teatro? Aquí está Lila Downs, con su colorido look Frida Kahlo siglo XXI, y no hace falta que empiece a cantar los primeros versos de “El relámpago” para que la fiesta comience. También en la Argentina, un público ávido de eso que la industria global de la world music propone con el valor primordial de la “autenticidad”, recibe entusiasmado a la mujer a la que el diario español El País incluyó entre “los cien iberoamericanos que han marcado el 2009”.

Lila Downs canta ranchera, bolero, corrido, cumbiamba, son calentano, huapango, canciones tradicionales y temas propios en los que pone el toque del compromiso social. Canta en español, en inglés, en mixteca (su lengua materna), en zapoteco (otra de las lenguas que se hablan en Oaxaca y al sur de México). La acompaña una nutrida banda que ha bautizado La Misteriosa Lila, en la que se lucen el acordeón, el clarinete y el saxo –a cargo de su marido y productor, Paul Cohen–, el arpa, el violín y el cajón. Usa atuendos que resaltan su origen mixteco, el cabello trenzado con cintas de colores. Y, sobre todo, baila con un ritmo que la identifica: no es sensual del modo tradicionalmente aceptado el contoneo con el que imita a una iguana en el tema que lleva ese nombre –una canción tradicional veracruzana que recoge la cosmogonía indígena de esa región que sabe a Caribe–, pero cautiva con una potencia personal.















La primera de las presentaciones de la cantante nacida en Oaxaca en Buenos Aires comenzó algo demorada, en parte por el revuelo que provocó a unas cuadras la concentración con la que los llamados “Autoconvocados” del programa 6, 7, 8 se manifestaron a favor de la aplicación de la nueva Ley de Medios. Y así fue como, en una noche de viernes atípica en la calle Corrientes, mientras unos miles silbaban en el Obelisco a Ernestina Herrera de Noble cada vez que aparecía en una pantalla gigante, a metros de allí otros tantos miles vivaban, con la misma apasionada convicción, a otra mujer que llegaba de lejos, pero que parecía representar algo con lo cual era posible identificarse.















El show arrancó intervenido por persistentes fallas de sonido. Con oficio escénico, Downs llamó a conjurar “el espíritu del grave”, ese que siguió amasando una bola de sonido que complicó los primeros temas, pero que no menguó la fuerza teatral del espectáculo. La participación de Chango Spasiuk como invitado en “La línea”, y su contrapunto con Rob Curto, acordeonista de la banda de Downs, también trascendieron las trabas del sonido y la falta de ensayo previo, para pasar a formar parte de la fiesta propuesta. El entusiasmo siguió cuando apareció el segundo invitado, Pedro Aznar, también ovacionado por el público. El tuvo a su cargo la versión de “Tierra de luz”, la canción que Downs grabó y llegó a presentar en vivo con Mercedes Sosa. La presentación de Black Magic Woman Tour –un disco grabado en vivo durante la gira que Downs hizo el año pasado por Francia y España– siguió con temas como el hit “Agua de rosas”, “La martiniana” y una versión de “La cucaracha”, reivindicado su origen de copla popular mexicana. “Este verso dicen que lo inventaron en la Revolución Mexicana”, contó la intérprete y mostró una cucaracha que “ya no quiere caminar porque le falta marihuana pa’ fumar”, y se vuelve rapeada en los versos aggiornados con crítica social.

En esa mezcla que Lila Downs representa y reivindica se actualizan las puntas musicales de sus orígenes, volcadas en un atractivo combo musical y escénico. La cantante creció entre Oaxaca, California y Minnesota, hija de una cantante de cabaret con raíces mixtecas y de un profesor de arte norteamericano de ascendencia escocesa, y el relato de ese origen forma parte de su carta de presentación. Su repertorio se mueve entre las raíces africana, indígena y española, la recopilación de coplas y ritmos tradicionales, y también la incorporación de letras con temática social –la lucha de los migrantes, el lugar de la mujer–, más otras influencias como el pop o el hip-hop. Con una voz oscura y una manera de cantar que se sirve de efectos como imitar pájaros o demorarse alargando una nota, en ese combo transmite lo más potente de su propuesta. Tanto, que en los bises del viernes tuvo que volver tres veces a escena.

lunes, 5 de abril de 2010

DISCOS: Peter Gabriel y su disco "Scratch my Back"


El clásico Peter Gabriel

Presentó su disco "Scratch my Back" en Londres Con un criterio orquestal, hizo los covers del CD y también sus éxitos.


Por: Eduardo Slusarczuk.

FINALE MOLTO VIVACE El cierre del concierto, previo a los bises, con "Solsbury Hill".

1

EL PODER DE LA ORQUESTA. "The Power Of The Heart" y "My Body Is A Cage", uno de los momentos más intensos del show del domingo.

Después de la edición de su nuevo CD, Scratch my Back, que reúne una docena de temas de otros compositores grabados con una orquesta de 50 músicos, Peter Gabriel salió a defender su propuesta en vivo, de local, con un resultado más que favorable.

Por si alguien no estaba avisado, hasta las remeras que exhibían los puestos de venta en el enorme hall del estadio O2 Arena londinense, lo advertían: "Ni guitarras ni baterías. Orquesta". Con ese concepto, ante 15 mil personas, Gabriel recorrió durante la primera parte el repertorio de su nuevo disco, respetando el orden de los temas y las orquestaciones de John Metcalfe.

Si había dudas acerca de cómo rendiría el nuevo emprendimiento del cantante fuera del estudio de grabación, se fueron disipando a medida que Heroes, de David Bowie y Brian Eno primero, y Boy in the Bubble, de Paul Simon luego, dejaban en claro que a Gabriel el formato le cae más que bien, más allá de las preferencias de sus fans por su etapa de Genesis, sus exploraciones etnomusicales o su costado pop.

Potenciado el tratamiento de cada canción respecto del CD, Power of the Heart, de Lou Reed, y Philadelphia de Neil Young, marcaron los momentos en los que, bajo la batuta de Ben Foster, la New Blood Orchestra alcanzó su mayor intensidad. Como My Body is a Cage de Arcade Fire, y Street Spirit de Radiohead, los de mayor oscuridad sonora, apoyados siempre en un impecable diseño de luces e imágenes.

Para la segunda parte, como si doblara la apuesta, Gabriel metió mano entonces a sus clásicos, con el mismo equipo. San Jacinto, Digging in the Dirt y Downside Up marcaron el comienzo de un repaso de parte de su material más preciado, que demostró resistir sin problemas su traspaso a la idea orquestal.

Destacable la sección de cuerdas en Digging y en Signal To Noise, cuyo dramatismo, a partir de la superposición de texturas, fue llevado al límite en un final pleno de tensión. Blood of Eden funcionó como una especie de remanso, antes de una potente versión de The Rhythm of the Heat, con un espacio de especial relevancia para los metales y las maderas, como marco para la crudeza de la voz del cantante, saludablemente desnuda.

En el tramo final, Gabriel contrastó la densidad de Darkness con la frescura de Solsbury Hill, con aires de fanfarria y participación del público. Algo que se prolongaría en una In Your Eyes con sabor a Philip Glass, antes del dueto con Ane Brun para Don't Give Up, y del cierre instrumental con The Nest That Sailed The Sky, ante un Arena 02 que despidió al ex Genesis con una ovación casi unánime. Mientras, el resto plantaba bandera en un debate con final abierto: "Orquesta, puede ser. Batería y guitarras, siempre". «

domingo, 28 de marzo de 2010

B. B. KING TOCO ANTE UN LUNA PARK REPLETO.



Por siempre Rey del Blues

Armado con su guitarra Lucille y sentado en el centro del escenario con su expresión beatífica, el músico de 84 años hechizó una vez más a los bluseros argentinos. El show fue de entrecasa, muy conversado y cálido, con varios recuerdos para Pappo.


Por Cristian Vitale

El 19 de septiembre de 2006, tres días después de cumplir 81 años, B. B. King daba lo que, muy en teoría, iba a ser el último concierto de su vida. Era en el Estadio D’Coque, de Luxemburgo, y la función –emotiva, por cierto– marcaba también el epílogo de una tournée que él mismo había bautizado con olor a premonición: Gira Despedida. No duró mucho la idea: a fines de ese año, Brasil lo recibió seis veces y Riley, hijo pródigo del Mississippi, volvió sobre sus pasos: “Nunca digas nunca jamás”, dicen que dijo. Anteayer, la aparición de su enorme y sonriente figura en medio de un Luna Park atiborrado de gente no hizo más que reconfirmar, por si hiciera falta, lo que trasciende como un secreto a voces: el rey del blues seguirá tocando hasta el mismísimo día de su muerte. Era la llegada a Buenos Aires –tras doce años de ausencia del músico– del One More Time Tour, especie de excusa-presentación de la joyita retro que B. B. lanzó al mundo bajo el nombre de One Kind Favor. “Estoy muy feliz de estar nuevamente aquí, en este país hermoso. Los he extrañado”, lanzó el carismático negro, comprándose a la platea de un soplido. “Quiero decirles también que nunca olvidaré a Pappo, un guitarrista maravilloso”, siguió de loas B. B., que nombró al Carpo más de una vez.

Así fue, de entrecasa, cálido y muy conversado, el show que superó por unos minutos la hora cuarenta pactada de antemano. Se vio a un King vital, lejano del devenir ruin –efecto de revientes y disgustos– que se cargó a muchos de sus contemporáneos; un gordo divino, expresivo, clavado en una silla, con traje floreado y chaleco gris. Lo rodeaba un séquito de músicos –ocho ya es big band– que se encendían y fugaban al ritmo de la demanda: un baterista exacto, un guitarrista al que B. B. no dudó en “comparar” con Pappo, teclas al tono y un ensamble de caños, con precisa ubicuidad para mostrar su lado más rhythmandbluesero. King, pese a los 84 años que lo separan de su cuna de Itta Bena, conserva cada uno de los atributos que lo impulsaron hasta llevar el cetro en el loco reino del blues. El principal: la axiomática y nítida claridad de Lucille, su legendaria guitarra. La sensación es que cada nota mágica que le saca empapa el alma. No hay quien meta, en la dinastía negra del género, el dedo así en las cuerdas. Tan preciso y sublime, tan económico en recursos en esos bluses aletargados y adrenalínicos, pero también en los otros que, por swing y sonar colectivo, se ubican más en la superficie.

Otro atributo: el manejo de silencios y climas. La precisión en este vaivén típico que identifica al total de su obra quedó muy expuesta en esa joyita llamada “I Need You So”, el cuarto tema de la noche, o más solapada en el que lo siguió: “Blues Man”. Tercero: el tacto de rhythm and blues que nace cuando al gordo le da por reemplazar ritmo por sentimiento, entretenimiento por magia. Eso quedó exhibido, y acompañado por un manejo de escena divertido, en aquel clásico de mediados de los ’50 que pasó de ser el lado B de otro –“Sneaking Around”– a convertirse en uno de los temas al que más versiones le hizo en su historia: “Every Day I Have the Blues”. También en otro que nació para mostrar que el blues no era sólo prisionero de su sufrimiento original, sino que también puede divertir cuando hace amistad con géneros como el boogie-boogie y el rock and roll: “Let the Good Times Roll”, registrado por primera vez en 1976 y “consagrado” en aquel concierto inolvidable de 1991 en San Quintín. Y, finalmente, en otros dos temazos que se contaron entre los más hechizantes de la noche: “The Thrill Is Gone” –imposible no claudicar ante su groove envolvente, ante el estiramiento infinito de las cuerdas de Lucille– y el infaltable “Rock Me Baby”, siempre con gran interacción con el público.

B. B. ha sido ungido con justicia, como suma y compendio de una historia, como el King entre los Kings. No por haber ganado 15 Grammy, sino por lucidez. No por ser mejor que muchos de sus congéneres, sino por permanencia. No por hablar mucho en los shows, sino por tocar mucho más. Y el blusero argentino medio, exigente pero expresivo, le ha sumado legitimidad a su condición... tal vez por última vez en la vida. ¿Habrá que decir nunca jamás?


-UN CONCIERTO CON GUSTO DESPEDIDA.

B. B. King. en el Luna Park El veterano blusero dio un buen show, donde primó el humor y la diversión cómplice.


Por: Marcos Mayer




Cuando nadie lo esperaba, B.B. King sacó un enorme reloj de pared de debajo del asiento y lo mostró mientras explicaba. "No es que esté cansado, simplemente me han puesto un plazo para tocar y ya me he pasado de la hora." Y señaló con un enorme sonrisa las agujas que marcaban una hora improbable. Detrás de la humorada -que no fue la única en una noche en la que abundó el buen humor- acechaba una verdad puesta en escena tras la clave de lo que ha sido su marca de estilo y seguramente la palabra más repetida de la noche: "diversión". Ese fue el signo que convocó a un Luna Park que se llenó a bote en lo que todos intuían como el último adiós sin melancolías a un músico que estableció raros vínculos con la Argentina.

El más evidente y copiosamente aludido durante el concierto, fue su amistad con Pappo ("estaría contento, si no fuera por la ausencia de mi amigo"), cuyas continuas menciones fueron siempre saludadas por un público dispuesto a la ovación permanente, por otra parte fomentada con entusiasmo y gestos desde el escenario.

Es notable la devoción que conquista este blusero, cuya propuesta estuvo siempre más cerca del boggie y del rock que de las tradiciones más melancólicas del blues, como quedó demostrado en su versión de Every Day I Have the Blues, cantada y tocada con una marcada inflexión rítmica y sin dar lugar a las tristezas que sugiere la letra. Y es claro que esa devoción -incansable, gozosa- generó el espacio que precisaba B.B. King para transformar un recital en una ceremonia de despedida. Fue mucho lo que habló, fueron muchas las alusiones a sus 84 años, quedó en claro que piensa que el tiempo de las giras ha llegado a su fin y que no importa tanto lo que diga la música sino la corriente que pueda establecerse entre espectadores y artista.

En función de esa comunicación el despliegue es permanente, desde el mismo ingreso de B.B. King: con un saco de colores sobre un chaleco dorado, con las solapas llenas de medallas, antes de sentarse en la silla de la que no habrá de levantarse nunca, lanza uñas al público con rostro entre impasible y amenazante.

Antes de eso, una banda de efectivos veteranos -en la que se destacan el bajista Reginald Richards y el baterista Anthony Coleman- había tocado una extensa introducción que sonó a una bluseada fanfarria para anunciar la llegada del gran prócer de la noche. Como una especie de muestra de los músicos antes de que el protagonismo excluyente de King se quedara con todas las miradas y las escuchas.

Tampoco hubo demasiada presencia de la mítica Lucille -su guitarra- y sólo muy de vez en cuando aparecieron esos punteos al borde lo imposible que le ganaron un lugar en el universo de los guitarristas. El B.B. King de aquella noche prefirió cantar antes que tocar y poner al público a sus pies sabiéndolo seducido de antemano. Para redondear esa actitud, promediando el recital, armó una especie de set con el bajo, la segunda guitarra y la batería, que tuvo por primeras destinatarias a las mujeres (con besos al micrófono incluidos) con el tema You are my sunshine, y luego, con mucho menos entusiasmo, encaró Rock me baby para los varones. Todo pidiendo a los asistentes que cantaran con él, exigiendo más compromiso cuando las voces sonaban débiles e intercambiando amenazas con sus músicos ("tengo un cuchillo por si no tocan como les digo").

La despedida fue planteada como un homenaje a Nueva Orleáns -a la que encontró familiar en muchos aspectos a Buenos Aires- y a Louis Armstrong. Pero se podría pensar que Los santos vienen marchando, con esa imaginación de un paraíso en perpetuo movimiento, fue lo que desea para sí mismo un artista que eligió decir adiós con una carcajada y a pura diversión. «