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lunes, 31 de mayo de 2010

CAT POWER VOLVIO A CANTAR EN BUENOS AIRES




Esta vez el hechizo tuvo un tinte espartano







Por Roque Casciero

Algo pasó el año pasado entre Chan Marshall, la princesa indie también conocida como Cat Power, y sus seguidores argentinos: en el Gran Rex se selló el comienzo de una historia de amor. Ella, con su encantador flequillo, su rostro redondeado, sus ademanes de freak y su aspecto de girl next door, sedujo a toda la platea. Pero el sentimiento fue correspondido, porque fue Marshall quien insistió en volver tan pronto. Eso contaba después el promotor de la velada que, claro, ¿cómo iba a negarse a los deseos de la hechicera Cat Power? Si su voz puede lastimar cuando acaricia y ofrecer refugio en el dolor, mientras ella baila con un ritmo que sólo escucha en su mente o decide que es buen momento para bajar a cantar en los pasillos del teatro. Todo eso se repitió el sábado pasado en el Coliseo, a sólo diez meses de la visita anterior de la cantante: hasta tenía la misma camisa verde militar, la corbatita suelta y los jeans negros. También volvió sobre el ritual de regalarle rosas a su público al final (en el inicio la habían sorprendido entregándole una camiseta de la selección) y hasta repasó varias de las canciones que ya había transitado en su segunda visita. Pero las similitudes entre uno y otro show llegaron hasta ahí.

La diferencia más profunda fue que esta vez sólo la acompañaron dos músicos de Dirty Delta Blues, el cuarteto con el que grabara el disco de versiones Jukebox y que la acompañara en julio pasado. El guitarrista Judah Bauer (Blues Explosion) y el pianista Gregg Foreman (The Delta 72) construyeron, de manera sencilla, un entorno de blues y soul desnudos, casi esqueletos de canciones de la propia Marshall y de clásicos como “Sea of Love” (Phil Phillips) y “Satisfaction” (Rolling Stones). Los fans ya están avisados de que la cantante no sigue los parámetros convencionales a la hora de los covers, pero lo del sábado fueron versiones de versiones, reinterpretaciones ligeramente basadas en los originales... incluso en los temas que llevan la firma de Marshall. A “Lived in Bars” le sentó muy bien ir a la médula, pero “The Greatest” se contrajo tanto que perdió algo de encanto. “Song for Bobby” también se diluyó por el tratamiento espartano, aunque la voz resultara suficiente para mantener el encantamiento. Yclaro, esos desplazamientos de niña grandota incómoda con su cuerpo. “¡Qué lindo movés los piecitos!”, le gritaron. Es cierto: esas “dificultades”, como los chistes a medias y los gestos que intentan en vano una comunicación, aportan a su embrujo.

La ausencia más notable con respecto al show anterior fue la del enorme Jim White, hecho acentuado cuando un asistente de escenario se hizo cargo de la batería en un par de temas: los fills del batero de Dirty Three no son para cualquiera. En varias de las canciones, el tempo era marcado por la pandereta que pisaba Bauer, a la manera de los viejos bluseros. De todos modos, Marshall va a su propia velocidad, y a veces maravilla que logre fundirse con lo que tocan los músicos. Las melodías se desarman y reaparecen en fragmentos, como piezas de un rompecabezas mágico que sólo ella puede hacer encajar. No tiene por qué cantar exactamente lo que compuso y la “obligación” es incluso menor si se trata de un cover: costó reconocer el riff de “Satisfaction” y a “Fortunate Son” (Creedence Clearwater Revival) bien se le podía cantar “Sympathy for the Devil” encima. Además, si en la edición argentina de Jukebox incluía una versión en español de “Angelitos negros” (del venezolano Andrés Eloy Blanco), en el Coliseo eligió un spanglish difícil de seguir. Sin embargo, de algún modo misterioso, con el áspero terciopelo de su garganta y su aspecto de haber cerrado apenas vaya uno a saber qué heridas, ella se erigió una vez más en esa sirena adolorida por la que tantos no dudarían en dejar que sus naves se hicieran pedazos.

CAT POWER

Músicos: Chan Marshall (voz), Judah Bauer (guitarra) y Gregg Foreman (teclados y guitarra).eatro

Público: 1600 personas.

Duración: 90 minutos.

Lugar: Teatro Coliseo.

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