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lunes, 31 de mayo de 2010

EXILE ON MAIN STREET: THE ROLLING STONES EN LO MAS ALTO.


¿Recuerdas haberte molestado por alguna de las críticas negativas de Exile cuando salió?.
OH, yo veo todas aquellas como una maravillosa colección de equivocaciones. Cualquier tío que me entrevistase y hubiera escrito una de esas le decía: ¿Así que tú lo sabes todo?.
Pero es comprensible, teniendo los discos dobles un montón de cosas en contra. Sabes que va a haber un cierta confusión con tanto material. Al mismo tiempo, lo que hizo Exile fue ir creciendo hasta que dejó su marca sobre un cierta época. Lentamente se fue filtrando. Quiero decir que no quieres hacer este tipo de cosas muy a menudo. Al principio no pretendíamos hacer un disco doble. Sólo surgió "
(K. Richards a Barney Hoskyns, Mojo Noviembre 1.997)

Por: Enrique martinez

Lo queramos admitir o no, todos nosotros escogemos un desahogo de la miseria cotidiana que puede ser la vida. Ya sea un arte, un deporte o un vicio. Ya sea una persona, un animal o una cosa Ya sea convertir un arte, un deporte, una persona, un animal, o una cosa, en nuestro vicio. Y mi mayor vicio es la música. Pensar en cuantas horas y billetes he quemado (o aprovechado) en la música es algo que prefiero evitar: creo que me asustaría descubrir la verdad.

Y si uno tiene por vicio mayor la música, lo normal es que no sólo tenga un grupo, compositor, intérprete, género, estilo o periodo favorito. Además, y yo creo que sobre todo, tiene un disco favorito. Un disco con el que mantienes una relación que va mucho más allá de la contemplación admirada de una gran obra. Se trata, en realidad, de una relación sentimental profunda y duradera, tal vez eterna. Pues como dijo un sabio: "Se cambia de novia, pero no se cambia de equipo de fútbol". Pues de disco, tampoco.
Y la verdad, podría dar el nombre de muchos discos que me han acompañado todos estos años y de los que nunca me he cansado. Son esos selectos discos de los que no concibo vivir separado mucho tiempo, de los que necesito tener la absoluta certeza de que están a mano y de que en cualquier momento puedo recurrir a ellos. Esos discos que me impedirían en última instancia participar en algo como "Gran Hermano" o "Supervivientes" para no tener que dejar de escucharlos cuando quisiera. Esos discos que en caso de naufragar algún día y avistar tierra firme a mi alcance, pero con la terrible certeza de que no me iban a acompañar a mi isla desierta, seguramente me llevarían a optar por ahogarme con ellos sin remedio. Pero si, reducido al absurdo, tengo que decantarme por un único disco, elegiría sin duda ninguna "Exile On Main Street" de los ROLLING STONES, su L.P. doble de 1.972. Mi disco favorito.

Si recordamos cuándo, cómo y por quién se grabó, entonces hay que decir que pocas veces se ha acertado tanto con el título de un disco: este es la obra de unos músicos exiliados de algo más que los altos impuestos británicos, y en otro lugar que no era realmente la Costa Azul Francesa. Exiliados y encerrados en sus lujosas mansiones, en los mejores hoteles, de espaldas al mundo, imbuidos en su desquiciado y decadente modo de vida, los STONES abandonaban entonces definitivamente la vanguardia del rock, de la que se había ido alejando progresivamente y que sólo habían llegado a liderar cuando dejó de importarles hacerlo. Con Keith Richards perdido en sus drogas y obsesiones musicales (el country que le enseñaba Gram Parsons en aquella época, el fantasma de Robert Johnson que le visitaba de vez en cuando, el soul en el que reconocía a sus hermanos espirituales), con Mick Jagger disfrutando de su ingreso en la High Society internacional de la mano de Bianca Pérez, y con Charlie Watts y Bill Wyman frecuentemente ausentes de las sesiones, Sus Satánicas Majestades construyeron su obra maestra, su cumbre artística, sin casi darse cuenta.


Los STONES llegaron a la Riviera francesa en el año 1972, con el viento del éxito reciente de "Sticky Fingers" soplando a su favor, pero a la vez huyendo de la presión de las autoridades fiscales británicas y de una Scotland Yard y parte de la INTERPOL que estaba muy interesada en el enorme negocio de drogas que representaba toda la "familia gitana" que acompañaba a los STONES. Después de localizar cada Stone su respectiva mansión en la privilegiada zona, la peculiar lógica que representaba la dinámica interna del grupo decide que Villa Nellcôte, la mansión del matrimonio Keith Richards-Anita Pallemberg, se convierta en el centro de operaciones para todo, incluido (aunque tal vez no como máxima prioridad) grabar el nuevo disco. Así que el ROLLING STONES Mobile Unit (un camión, vamos), una joya para la grabación de conciertos y que también emplearon en alguna ocasión los propios LED ZEPPELIN, se instala en el exterior de la casa, alimentado por suministro eléctrico sustraído con un chapucero montaje a la red general, y se comienzan a grabar, con toda la calma y las interrupciones del mundo, un álbum que finalmente se hizo tan extenso e intenso que se convirtió en el único disco doble de estudio de su carrera. De ahí que el paralelismo a veces trazado con "The Basement Tapes" de BOB DYLAN no resulte nada gratuito.

Los estudios se improvisaron en los sótanos y, de hecho, en cualquier habitación de aquella casa poblada de gorrones y malas compañías. Porque, en realidad, la vida en Villa Nellcôte incluía de un modo casi accidental la grabación y composición de canciones, que era más bien parte de un estilo de vida que incluía todo el sexo y las drogas que se pudiese concebir. Por sus vastas dependencias pululaba todo el mundo en busca de diversión, STONES incluidos: desde John Lennon y Yoko Ono a los amigos más aristócratas de los STONES, pero también el camello más tirado o el último mono. De hecho Gram Parsons vivió dentro de Villa Nellcôte durante casi la mitad de la grabación, completando definitivamente el aprendizaje country que Richards terminó de plasmar en canciones como "Torn And Frayed" o "Sweet Virginia"

Pero la cruda realidad es que la situación interna del grupo durante la grabación de "Exile On Main Street" comenzaba a ser preocupante, sobre todo en lo referente al estado de salud de Keith Richards. Sin embargo la factura de sus excesos no la comenzó a pagar su música hasta después de este último festín de rock´n´roll music y rock´n´roll lifestyle sin parangón. Richards estaba tan enganchado a la heroína que por momentos parecía en ocasiones el Brian Jones de su peor época, acompañado en su descenso a los infiernos por Anita Pallemberg, aún más colgada del jaco. Ante el patético panorama de verlo desplomarse sobre su guitarra mientras estaba grabando, Jagger comenzó a considerar la posibilidad de plantear un ultimátum cuando finalizase una grabación en la que se involucró algo menos que su compañero, que pese a su estado físico y mental se adueñó del disco y de su proceso creativo para llevarlo a su terreno. A fin de cuentas aquel desmadre era, y lo seguirá siendo hasta que se muera, el hábitat natural de Richards, y además ya sabemos que en el caos no hay error. Como tampoco hay fallos en este disco.

Por eso y pese a toda esta dejadez, abandono y desenfreno (o tal vez debido a ello) "Exile On Main Street" terminó convirtiéndose en una obra repleta de una vitalidad desbordante y contagiosa que lo recorre de principio a fin. Desde el tópico "OH Yeah!" que acompaña a los aún más tópicos todavía primeros acordes de "Rocks Off" que te animan a decir tú también "sí", antes de que el redoble de la batería de Charlie Watts te invite a un irresistible "tour". Un viaje que pasará por la inefable y desafinada voz de Richards entonando ese himno definitivo a la mala vida que es "Happy", y que culminará en el siempre lamentado final del disco, el "fade out" de la guitarra de Keith en "Soul Survivor". Pero un "tour" que, sobre todo, explorará toda esa música que tanto fascinó a Richards y Jagger en la adolescencia y que, finalmente, había salvado sus vidas para siempre de la gris mediocridad que les correspondía por origen, del mismo modo que alivia momentáneamente de ella a algunos de nosotros.

Pero también es de justicia reconocer algunos méritos más ocultos y ya casi olvidados. Porque hay que tener en cuenta que ésta fue la última de las ocasiones en la que el dúo Jagger-Richards estuvo bajo la supervisión y el control del equipo formado por el siempre injustamente ignorado Jimmy Miller en la producción, y los Johns, Glyn y Andy, a los mandos, con los que ya es obvio a estas alturas que los STONES grabaron sus obras cumbres. "Exile On Main Street" es la última cumbre (tal vez la mayor) de una racha de L.P´s ("Beggar´s Banquet", "Let It Bleed" y "Sticky Fingers") que colocaron definitivamente a los ROLLING STONES en el panteón de ilustres. Y en cierto modo es el disco que mejor recoge el sonido que desde entonces es atribuido por la memoria colectiva como característico a los STONES, sin casi rastro de aquellas veleidades psicodélicas, o del pop de la British Invasion.


Ya no eran aquella pandilla de adolescentes fanáticos del blues de Chicago que intentaban calcar los discos que les gustaban. Tampoco aquellos aspirantes al codiciado y volátil trono del pop, perseguidores de la estela siempre adelantada de unos BEATLES que inevitablemente les dejaban atrás. Aquí estaban ofreciendo su visión, la plasmación de lo que realmente les gustaba, y además con una libertad completa para hacerlo. No había ya competidores para el disputado título de "la más grande banda de rock´n´roll del mundo": habían sobrevivido (y no sin pagar un precio) a todos y a todo, y ahora se podían dedicar tranquilamente a vivir su regalada existencia, ignorar todo lo que aconteciese fuera de ella y grabar aquello que les apeteciese.

Y así "Exile On Main St" es un disco tan emocionante que, por momentos (especialmente en la que antes de la desaparición del vinilo era conocido entre algunos como "La Cara 4 del Exile") desarrolla las virtudes espiritualmente curativas del mejor Gospel. Se introduce en tu interior y te eleva el alma de maneras incomprensibles pero ciertas, tan rotundas que resultan casi físicas. Por ejemplo en ese luminoso momento de "Shine A Light" en el que Mick canta aquello de "When you´re drunk... in the alley, baby,... with your clothes all torned....", y esas providenciales pausas son punteadas por golpes de batería que parecen más los latidos que te mantienen vivo que un sonido surgido de los altavoces de tu equipo de sonido. O como el solo de saxo de Bobby Keys en "Sweet Virginia", o las guitarras dobladas en mitad de "Tumbling Dice", o la manera de mezclarse las voces y la "steel Guitar" en "Torn And Frayed", o la entrada del piano y los coros en "Loving Cup"....

La amplia nómina de colaboradores (los impagables teclados de Nicky Hopkins y Billy Preston, los eufóricos vientos de Jim Price y Bobby Keys, esos coros negros que parecen sacadas de una Iglesia consagrada a la Perdición) y la profusión de instrumentos diversos (habituales en los discos de rock, aunque en algunos momentos situados en lugares inéditos pero nada desubicados) están aquí completamente al servicio de toda la emoción que la música rock es capaz de transmitir. Y ya sabemos que es mucha. Que, en realidad, es toda: como la que contiene ese largo coda de "Let It Loose", con el órgano, el piano, los vientos y las voces, al principio sonando al unísono con Mick, pero después separándose y a la vez resultando más armónicos de este modo.

De hecho cuando los Glimmer Twins se dirigieron a los Estados Unidos para ordenar aquel desorden de grabaciones y canciones, para mezclar aquel caos, dudaron de si debían editar un disco doble o no, de si realmente el material sostenía un repertorio lo suficientemente brillante. Incluso de si estaba a la altura de sus últimos discos. Finalmente se arriesgaron a publicar todo esto, y los palos de la crítica no se hicieron esperar. Pero los STONES acertaron en no editarse o censurarse, en no aplicar el pudor o la mesura. Es obvio que, en ese momento, comprendieron lo que sólo el tiempo y tantos cambios que no cambian nada han hecho tan evidente que resulta innegable: que este disco, como en realidad todo el rock´n´roll, no sólo es música, una mera colección de canciones; sino que también, y sobre todo, es un estado de ánimo, una inconsciente disposición del espíritu para abrazar la vida con tanta fuerza como desesperación por no dejarla escapar.

Por eso es más que probable que toda esa emoción de la que hablaba se contagie de un modo tan infeccioso e incurable porque "Exile..." es, sobre todo, una labor de amor. De un amor ya maduro, después de años de tonteos y flirteos, por una tierra mas imaginada que vivida (América) y una música más soñada que real (el Rock´n´Roll); elaborada por unos extranjeros a muchas millas de un país que añoran pero que, realmente, no es el suyo. Y que en esa, siempre relativa, distancia física y cultural incurren en la errática y confundida fascinación que es todo enamoramiento. Fascinación que les lleva a presentarnos al sujeto amado idealizado, deformado, transmutado en lo que creen ver en él, más que en lo que es realmente. Por eso aquí no hay ni country, ni folk, ni soul, ni gospel, ni siquiera blues en sus formas más puras: el Rock´n´Roll, la auténtica Tierra Prometida para estos peregrinos, es deconstruido en sus elementos constituyentes y vuelto a ensamblar, sonando de este modo más antiguo y eterno que las montañas, pero tal vez fingiendo esa autenticidad que creemos percibir en él.

Este truco, esta mentira, nos engaña también a nosotros, pues no somos pocos los que consideramos a éste, tal vez, como el mejor disco de Rock´n´Roll jamás grabado. Somos débiles, somos crédulos, gente de fe ciega e ignorante, presas de un autoinducido fervor. Pero también puede ser que hayamos bajado la guardia a propósito, que nos hayamos dejado engatusar de un modo sumisamente consciente y entregado, pues como cantan en "Torn And Frayed": "Mientras suene la guitarra, deja que te robe el corazón".

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