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sábado, 22 de mayo de 2010

JUANSE REVISITA LA LEYENDA FUNDACIONAL DE LOS RATONES PARANOICOS: LOS CHICOS QUIEREN ROCK CUMPLIO 21



DE RATONES Y HOMBRES


A fines de los ’80, en una Buenos Aires ardiente, un grupo de chicos callejeros hacía algo que no hacía nadie: darle un sonido y una voz al rock’n’roll puro y directo de la ciudad áspera. Herederos de Lou Reed, Iggy Pop y la escena neoyorquina de los ’70, sacaron por esos meses un segundo disco que se convirtió en un hito musical y cultural: Los chicos quieren rock. Desde entonces, a los Ratones Paranoicos se los emparentó más con los Stones, Juanse se convirtió en una estrella única, llegaron a la cima, bajaron un rato y ahora disfrutan de un regreso que los encuentra a la vez vivos y clásicos. Pero el año pasado, en el estudio Norberto Napolitano de la Rock & Pop, volvieron a grabar aquel disco mítico en vivo y en directo. Ahora, con la salida del disco, un DVD con la histórica presentación en Cemento y a punto de tocar en el Luna Park, Juanse y el productor Gustavo Gauvry recuerdan aquellos años en que refundaron el rock de acá más solos que un ratón paranoico.

Por Juan Manuel Strassburger

Imaginemos una realidad paralela en donde los Ratones Paranoicos no son la mejor banda stone sino la perfecta encarnación de un grupo callejero y cuasi punk. Una escena en la que Juanse se tiñe el pelo como Lou Reed, aporrea la guitarra como los New York Dolls y se tira al público como si fuera Iggy Pop o Johnny Rotten en sus visitas al CBGB, epicentro punk en Nueva York. Es cierto, por más buena voluntad que pongamos, la escena probablemente nos parezca falsa o irreal. Es tan fuerte el imaginario stone alrededor de la banda, está tan instalado, que resulta difícil imaginarse a Juanse, Sarco, Memi y Roy –los Ratones Paranoicos a pleno– enfundados en camperas de cuero y asolando la ciudad. Sin embargo, sucedió. Una realidad muchas veces olvidada (o prejuzgada) que ahora puede chequearse en un sorpresivo DVD que recupera la presentación en Cemento de Los chicos quieren rock, el segundo y fundamental disco del grupo.

“Grabé esas imágenes con la intención de editarlas en algún momento como video. Mi idea era hacerle justicia a ese show salvaje y muy punk que los Ratones tenían en vivo cuando empezaron. Por suerte, muchos años después, pude cumplir ese deseo”, cuenta Gustavo Gauvry, histórico productor y alma mater de la banda, además de fundador del entrañable estudio Del Cielito, sobre este material que incluye, a su vez, otro rescate: la reversión en vivo del mismo disco que los Ratones Paranoicos brindaron en la Rock & Pop el año pasado, de nuevo con Pablo Memi en bajo, tras su alejamiento por casi diez años. “La intención no fue nunca tanto reproducir el disco sino condimentarlo”, sostiene Juanse. “Con una banda que sabe dominar extraordinariamente bien el arte de los tres tonos, es lo mejor que podés hacer.”

De todos modos, lo más revelador, lo más jugoso del lanzamiento, está en el DVD: un viaje directo a la Buenos Aires árida y en descomposición de fines de los ‘80, una década en la que el rock nacional se debatió entre el pop alegre y masivo de Soda Stereo, Los Enanitos Verdes o Virus; o el más oscuro y “underground” de Los Encargados, La Sobrecarga; o incluso aquellos primeros Redondos de Gulp! y Oktubre en los que participaba Melero. En ese contexto, los Ratones Paranoicos irrumpieron con un rock crudo a la velocidad del post-punk –guitarras cortantes sobre bases nítidas y constantes–, que tenía poco que ver con la imagen que después se formó de ellos.

“Mick Jagger nunca se tiró al público como hacía Juanse cuando empezó con los Ratones. Nunca se tiñó de verde, ni se vestía de negro, ni lo escupían en los recitales”, enumera Gauvry. Y levanta la apuesta: “La escena de los Ratones del principio era más parecida a lo que había pasado en Nueva York en los ’70, con Lou Reed, los New York Dolls y los Stooges. El movimiento de Juanse cuando se descolgaba la guitarra, por ejemplo, era igualito al de Iggy. Y toda esa forma de vestirse, con esas camperas de cuero y esos lentes negros, era la misma que tenía Reed”.

Sin embargo, el malentendido terminó por imponerse: “La estética y el sonido imitando a los Rolling Stones tienen lugar desde el mismo momento en que Juanse decidió dedicarse a la música, y su semejanza con ese grupo hizo que su sonido fuera particularmente reconocido”, dice por ejemplo la página dedicada al grupo en Wikipedia. Y otro tanto puede escucharse en foros, blogs o cualquier conversación rockera de a pie cada vez que se recurre al asombroso parecido entre Juanse y Mick Jagger (“serás un rolling stone”, parece haberle ordenado la naturaleza al líder paranoico), o se cita aquella frase del Indio Solari cuando se le preguntó por la banda y contestó: “¿Los Ratones? Los Danger Four de los Rolling Stones”, alimentando una rivalidad que existió desde siempre.

Por supuesto, los propios Ratones Paranoicos aportaron su granito (y a veces todo un médano) de arena a la confusión con una serie de decisiones artísticas y hasta de management que luego de ese primer período más punk profundizaron hasta la hipérbole su veta stone. Principalmente después del éxito de “Rock del gato”, su primer hit nacional, y tras la asociación artística con Andrew Loog Oldham, el histórico productor de los Rolling Stones. Una veta que, no hace falta aclararlo, les sentó muy bien y que, más allá de algunos baches, pocas bandas llevaron con tanta gracia y personalidad.

Pero eso fue después. Bastante antes –entre el ’84, cuando se consolidaron como banda para empezar a tocar, y el ’90, cuando lanzaron Tómalo o déjalo, ya en una multinacional y con un logo stone creado por Marta Minujín–, los Ratones Paranoicos prácticamente inauguraron y llevaron a la cima ese rock de veredas rotas, alumbrado público y zapatillas de lona que marcaría un antes y después en la historia argentina del rock a secas. Y que, sin duda, tendría una influencia notable en las siguientes décadas: “Lo nuestro, con Los chicos quieren rock, fue el 17 de Octubre del rock and roll. El verdadero. Porque el cabecita se vino a lavar los pies a la fuente de nuestra plaza. La otra era una plaza llena de demagogia”, dice Juanse en un momento de la entrevista. Y lo que sigue es un poco la historia de ese acontecimiento.

Como empezo todo





1988

Es la grabación de Ratones Paranoicos, el homónimo primer disco de la banda. Y un jovencísimo Juanse le discute a Gauvry cómo quiere que suene el álbum. En realidad, la discusión no es tanto por el sonido en sí, ya que en ese punto ambos están de acuerdo, sino sobre cómo tienen que escucharlo. O sea, con cuáles parlantes. “Juanse estaba empecinado en usar los Audinac, una vieja marca nacional que había sido buena en su momento, pero que a mediados de los ’80, cuando grabábamos el disco, ya estaba en desuso”, recuerda Gauvry. “El tema es que me torturaba tanto con que en sus bafles los temas sonaban diferente, que un día me harté y le dije: ‘Mirá, flaco, me tenés podrido. ¿Por qué no traés los Audinac y hacemos la escucha ahí? ¡Pero por favor no me rompás más las pelotas!’. Y así fue que grabamos y escuchamos todo el primer disco de los Ratones.”

Si los Audinac fueron tan cruciales para las grabaciones de este primer disco y el siguiente, Los chicos quieren rock, tal vez nunca se sepa con certeza. Lo que sí es seguro es que momentos como ése fortalecieron el vínculo entre este productor respetado (que por esa época ya había grabado con Lebon, Spinetta y Charly García, entre otros) y ese rockero todavía casi adolescente que ya tenía claro lo que había venido a hacer al mundo. “Cuando lo conocí, enseguida me llamó la atención porque era alguien muy inquieto, muy personaje”, contó Gauvry en El Cabildo del Rock, el libro que recupera la historia de Del Cielito. “Tenía apenas 22 años, pero ya me mostraba la determinación de una estrella.”

El productor remarca que Juanse era “muy obsesivo y controlador. Estaba encima de cada detalle”. Y aporta pistas sobre esa manera adusta y recitada de cantar –muy en la vena de Lou Reed– que prácticamente no existía en el rock argentino: “Juanse me decía todo el tiempo que quería ‘sonar normal, como un tipo cantando delante de un micrófono’”, revela Gauvry. “¿Viste que hay como un tartamudeo antes de cada estrofa? Es porque le costaba entrar a tiempo en los temas. Y para repararlo hacía un especie de amague con la voz que terminó dándole un estilo muy especial a su manera de cantar. A mí me parece que en todo cantante de rock tiene que haber una identidad, un actor que interprete el tema, que lo diga. Y Juanse, sin duda, tenía eso.”

Sin embargo, la música en boga entonces no ayudaba. “Era la época de Soda Stereo y estaban todos con los pelos así”, retrata Juanse y hace el gesto de la cresta con la mano. “Parecía el Botánico”, suelta con malicia. Y sigue: “Hoy es muy fácil hablar de rock and roll. Pero en ese momento a nadie se le ocurría siquiera decir la palabra rock porque era un quemo”. Gauvry coincide: “Lo que pegaba era el pop de máquina, los grupos tecno y los discos con mucho clap y batería electrónica, ese sonido a tambor con cebita, como decía (el ex Color Humano) Rinaldo Rafanelli”.

El productor cuenta que llevó ese primer disco “a Grinbank, a Ohanian, a toda la gente de la productora Abraxas”, pero sin resultado. “No voy a decir que a nadie le gustó, porque es verdad que les caían simpáticos, pero no pasaban de ahí”. Y cuenta cómo Bernardo Bergeret, un reconocido hombre de la industria de entonces, productor de Viudas e Hijas de Roque Enroll y propulsor de la Z-95 (la FM que puso de moda al tecno), llegó incluso a jugar una apuesta contra la banda. “Me dijo que si los Ratones triunfaban, él se retiraba del negocio. Por supuesto, nunca lo hizo”, relata con sorna.

Ante ese panorama (y tras un breve intento con Umbral, el sello de Los Violadores), Gauvry hizo lo que desde sus inicios como productor se había resistido a hacer: fundar su propio sello, Del Cielito Records, con el cual editar a los Ratones. “Por ese tipo de cosas yo siempre le voy a estar agradecido –subraya Juanse–. Porque es el primero en darse cuenta de que somos los Ratones Paranoicos, el que se pone en el riesgo de no tener los resultados comerciales e igual apostar por nosotros.”







Los chicos quieren rock

Pese a que se grabaron en distintos momentos, el autor de “Enlace” ve a sus dos primeros discos como parte de un mismo proceso. “Se mezclan las aguas a la hora de definir cuáles son los temas de cada uno. Por ahí la diferencia es que en el primer disco tuvimos que adaptarnos un poco al sonido del momento para atrapar a alguien. En el segundo, en cambio, ya salimos con el sonido que realmente queríamos.”

Y esa diferencia se notó en el sonido un poco más opaco que tuvo el debut respecto de Los chicos quieren rock, que –como destacó el periodista José Bellas en el texto introductorio a un compilado especial sobre la banda– los emparentó con grupos de esa época como Los Pillos o Fricción, aunque –-en el caso de los Ratones– con un pulso decididamente más callejero, más Lou Reed, más palo y a la bolsa, que no tenían aquellos grupos. “Ya en el primer álbum dejamos en claro que no éramos hijos de nadie”, sostiene Juanse. “Los temas eran nuestros, el sonido era nuestro. Era la primera vez que se escuchaba algo así. No ibas a encontrar ese sonido en ninguna parte del mundo.”

Para muchos, esos primeros discos de los Ratones tuvieron algo de vanguardista, porque plasmaron un rock que no existía entonces y que recién fue asimilado después. ¿Coincidís?

–Sí, vanguardia total. Siempre lo fuimos. Y por eso muchos reaccionaban y no nos querían pasar por la radio. Pero al final fue peor, porque la gente quería saber de qué se trataba, cómo era eso de que yo me acostaba o me desnudaba en los recitales.

De alguna manera llamaron al malón...

–Mirá, nosotros encendimos la mecha de un explosivo terrible. Lo nuestro, con Los chicos quieren rock, fue el 17 de Octubre del rock and roll. El verdadero. Porque el cabecita se vino a lavar los pies a la fuente de nuestra plaza. La otra era una plaza llena de demagogia.

Juanse hace una pausa y sigue: “Yo al Indio lo respeto muchísimo, eh. Como músico y como corriente ideológica. Y ese mismo respeto que yo le tengo me hace ser muy sincero a la hora de saber que es uno de los mejores artistas pop que yo conozco. Eso está clarísimo y no tiene retorno”.

Cuando se le pregunta por las influencias locales de aquellos primeros discos, el cantante se detiene en Javier Martínez. “Y Javier Martínez solo, eh. Ni siquiera como Manal”, puntualiza. “El se despegó dentro de esa banda, se transformó en el único antecedente de lo que yo hice después, la referencia concreta. Creo que jamás se va a poder recuperar lo que él hizo. Yo lo intenté. Lo que pasa es que lo combiné con los New York Dolls y otras cosas.”

Escuchando los primeros discos de los Ratones, da la sensación de que también le prestaste mucha atención a esa escena callejera de los ’70 en Nueva York. ¿Es así?

–A mí Patti Smith nunca me gustó. Lou Reed, sí. Mucho. Los Sex Pistols, también. Los Ramones, no. Y eso que los fuimos a ver la primera vez que tocaron acá. Todavía tengo la entrada, eh. Eran callejeros, totalmente. Pero lamentablemente se involucraron con un aparato de merchandising cultural en el que nosotros no nos sentíamos incluidos. O sea, yo, como ellos, me ponía la campera de cuero negra. Pero generalmente la usaba con un par de jeans británicos. No me disfrazaba...

¿Y cuánto de la vida que llevaban acá se asemejaba a esa cultura callejera, de deambular sin rumbo por la ciudad?

–Y... vivíamos cosas desopilantes. Recuerdo estar hablando horas con un amigo que no tenía ventanas porque su casa estaba en construcción y vivía al lado de la vía. Yo trataba de convencerlo de que iba a ser una estrella de rock y él, que quería tener vidrios en su casa (risas). Nuestra vida era así. Salíamos de Devoto y por ahí no volvíamos durante días. Encima no había rock en ningún lado, ni música, ni nada. Y en los pocos lugares donde se podía tocar nos tenían como unos pendejos totalmente dados vuelta, que tomábamos ácido y la pasábamos bien. Por suerte nunca pasamos la necesidad de tener que lamerle el culo a alguien para que nos den bola. Nunca.



2009

Sin embargo, en su momento fueron bastante ignorados por la crítica especializada.

–Y... teníamos dos opciones: una, mandarlos a romper todo. Porque vos sabés que con 500 mangos podés hacer un desastre con cualquiera. Y la otra, romperles el culo tocando, que fue lo que finalmente hicimos. Lo que pasa es que siempre hubo totalitarismos en el rock. Ahora, por ejemplo, está este canal Arte, que tendría que llamarse canal Orto porque nunca nos llaman cuando hacen esos especiales sobre Pappo. Siempre consultan a otros, gente que tendría que estar en el catálogo del Temaikèn. Pero bueno, es la oligarquía del rock que todavía sigue, como ese golpe del campo que hubo hace poco. Como no hay violas corvas, a nosotros nunca nos entregaron nada. Cosa que tampoco pretendemos, por otra parte.

La posta de la antorcha

Pero, a años luz de aquella primera incomprensión, Los chicos quieren rock se convirtió en un clásico. Y esta reversión en vivo, grabada el 16 de abril de 2009 en el estudio Norberto Napolitano de la Rock & Pop, de alguna manera cierra el círculo. “Tuvimos la suerte de que Mario (Pergolini) tuvo esta brillante idea de hacer un broadcasting con nosotros tocando el disco de punta a punta, y salió bárbaro. Desde el nombre del estudio hasta el sonido y la vuelta de Pablo (Memi), todo coincidió”, dice Juanse. Y destaca: “No hubo que hacer ninguna corrección, ningún overdub. Por primera vez fui a la mezcla con la idea de corregir algunas cosas, como la voz, pero no fue necesario”.

La grabación contó el histórico guitarrista de Mick Jagger, Jimmy Rip, en “Rainbow”, “Líder algo especial” y “Una noche no hace mal”, además de una sección de vientos y las participaciones del tecladista –y a esta altura ya casi un quinto ratón paranoico– Germán Weidemer y del maestro armoniquista Rubén Gaitán. También se reprodujo el mismo arte de tapa del original, con Gabriel Rocca de nuevo a cargo de la sesión de fotos. “Queríamos un poco congratularnos, un poco decir: teníamos razón”, admite Juanse. “Una reconciliación con ese pasado.”

En el medio –un lapso de veinte años, nada menos–, los Ratones Paranoicos crecieron hasta volverse una banda de estadios con Fieras lunáticas y “Rock del gato”; coquetearon con el pobre glamour tinellista con Hecho en Memphis y “Vicio”; ampararon la naciente patria stone con la primera visita de Mick Jagger y Cía. en el ’95 (y antes, como teloneros de Keith Richards en el ’92); y se replegaron un tiempo tras el surgimiento de Los Piojos, La Renga y, sobre todo, Viejas Locas, que ostentaban un perfil barrial que el grupo liderado por Juanse nunca tuvo, ni pretendió tener. Fueron los años en que el líder paranoico descolgó frases como: “Hay gente que piensa que ‘Me gustas mucho’ es mío, y eso es horrible” (al Suplemento NO de este diario), y la convocatoria de la banda mermó al ritmo de la recesión económica y el deterioro social.














Sin embargo, en los últimos años, la situación cambió radicalmente. Y los Ratones Paranoicos no sólo recuperaron popularidad –primero con “Para siempre”, coescrito con Calamaro, y luego con “Sigue girando”, su último gran hit– sino que la propia figura de Juanse adquirió un status de performer rockero más allá de toda crítica, incluso de aquellas mal intencionadas que aprovecharon la parodia de Pomelo (nunca dirigida específicamente al cantante, según aclaró el propio Capusotto) para dañar su imagen cuando su música ya había triunfado. A ellos, a los contreras, Juanse cada tanto les devuelve momentos sublimes, como el histórico recital de Spinetta y las Bandas Eternas en Vélez el año pasado, cuando subió al escenario y dejó boquiabierto a todos con una actuación rockera para el recuerdo. “Imaginate que yo, a los 11 años, iba a ver todos los shows de Invisible, no me perdía ninguno; y hasta que no estaba lleno no me sentía bien”, asegura. “Fue uno de esos altos momentos que te da esta historia. Lo que soñás cuando sos chico.”

Conforme a lo anterior, la posición de Juanse ahora es mucho más matizada respecto de las bandas que los precedieron. “Los chicos quieren rock es genial, el primer disco nacional con ese sonido. A partir de ahí aparecieron un montón que birlaron nuestra inocente intención”, recapitula Juanse. “Es como cuando comprás un auto importado de alta gama y lo sacás unos metros a la calle. Automáticamente pierde el 20 por ciento de su valor. Y más si es robado. Y eso pasó con nosotros: se desarrolló un gran negocio autopartista. Algunos supieron reproducir muy bien las puertas, pero les quedó un poco alta la trompa. Y otros sacaron un buen motor y caños de escape, pero tanto anhídrido carbónico los ahogó. Nosotros somos responsables, no culpables.”

Igual, en el último tiempo, les reconociste mérito a varios de esos grupos...

–Sí, porque lograron vivir de eso. En Estados Unidos por mucho menos te ejecutan. Y acá podés ganar plata. Lo que pasa es que a mí la palabra herencia no me gusta. Porque la herencia está en la sangre y nosotros no pasamos la sangre, lo que me gusta es la idea de antorcha: pasarse la posta de la antorcha. Aunque igual... nuestra antorcha es muy difícil de llevar porque tiene mucha combustión (risas).

También existe todo otro sector del rock argentino, bandas como Babasónicos, Catupecu Machu, Fantasmagoria, Carca o los ex Látigos, que a priori tienen otros horizontes, pero que sin embargo te reconocen y hablan con admiración de los Ratones. ¿Cómo ves eso?

–Hay una erótica que compartimos con varios de ellos, que se parece muchísimo. Y también, en el caso de Babasónicos, una mirada del cine muy parecida. No por nada grabaron varios videos nuestros. O Carca, que cantamos un tema juntos. Lo que pasa es que nosotros no manejamos esa erótica de manera explícita. Aunque en un principio sí lo hicimos.

A punto de presentar en el Luna Park su último disco –en el que contaron con Andrew Loog Oldham otra vez en las perillas y estrenaron “Sacrificio japonés”, escrita junto a Spinetta–, no hay duda de que se trata de un gran momento para la banda. “Tenemos un buen recuerdo de todo lo que pasó. Lo bueno y lo malo”, reflexiona Juanse. “Y no porque al final hayamos tenido éxito sino porque fue divertido. Lo mires por donde lo mires”, remarca. “Aunque Los chicos quieren rock hubiese fracasado, igual lo recordaríamos con gracia porque seguiríamos siendo amigos.”

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