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viernes, 14 de mayo de 2010

ENTREVISTA A FERNANDO RUIZ DIAZ, DE CATUPECU MACHU






“No entiendo por qué somos una banda popular”


Verborrágico imparable, mezcla de predicador y loco de plaza, Fernando Ruiz Díaz es capaz de convencer con una mirada y una ronda de copas. En esta empinada charla cuenta, entonces, la psicología interna de una banda que viene, curiosamente, a condensar sus sueños de ingeniero eléctrico y arquitecto frustrado. El 22 de mayo, en el Luna Park, Catupecu presenta Simetría de Moebius, su último, denso, desesperado y oscuro trabajo.

Por Daniel Jimenez

“Me gustan los bares de Buenos Aires, y éste es un bar de Buenos Aires”, dice apenas se sienta Fernando Ruiz Díaz. El bar, a pocas cuadras del Cementerio de la Chacarita, se conserva como uno de esos espacios nostálgicos que le ganaron a la sofisticación berreta de los ‘90, década donde el espíritu del viejo bodegón de crudo y queso fue desapareciendo ante nuevos diseños, cool y desabridos. Fernando mira las paredes, interpela al dueño –un gallego bonachón que jamás perdió su acento – y repara en pequeños movimientos de las otras mesas. “Mirá allá”, dice bajito. “Te sirven el vino con la jarrita... qué lindo... gracias por traerme acá.”

Quedan pocos días para que Catupecu Machu se presente en el Luna Park. Esta vez la excusa será Simetría de Moebius, el último, denso, experimental, desesperado, oscuro y personal disco del cuarteto que completan Martín Macabre, Javier Herrlein y Sebastián Cáceres. Simetría..., al igual que Laberintos entre aristas y dialectos, El número imperfecto y cualquiera de sus discos, ofrece una postal de la banda distinta, pero atravesada por el mismo instinto de búsqueda que crea piezaas sin tiempo, ni espacio. Un viaje en sepia por lugares nunca antes frecuentados por el rock nacional: desde Dialectos hasta En los sueños; si quieren ir más atrás, de La polca a Perfectos cromosomas. Cuando todos iban tras el chiche sonoro, Catupecu revalorizó a la guitarra criolla (y hasta la hizo un hit con Viaje del miedo), que llega como resultado de... seis computadoras conectadas en un brutal empacho tecnológico que son una muestra de la importancia del audio para el grupo, y especialmente para Fernando, que entre otras cosas está pensando en comprarse una batería cuando no terminó de estrenar su nueva adquisición: un teclado Moog.

Como frontman, la presencia y la voz desnuda, sincera y desgarrada de Ruiz Díaz es un rasgo definitivo en la personalidad de Catupecu: puede ser un loco y un predicador en la misma canción, y los dos te convencerían de lo mismo. Todo eso sobre un sauna de lava eléctrico que mañana se puede volver barroco. Eso es Catupecu Machu. Y es llamativo que en tiempos de devaluada creatividad hasta ahora no haya salido ninguna banda que se anime a copiar su estilo, porque quizá... no existe. “Es muy loco que pase eso con nosotros”, acepta Fernando. “A mí en los ‘90 me gustaba Pearl Jam, pero después me cansé de escuchar a los clones de Pearl Jam, hasta que en un momento dije: ‘No quiero escuchar más a los clones’. Mirá, a mí me encanta Calamaro, y escuchás la radio y decís ‘che, boludo, salió un tema nuevo de Calamaro’, y no es Calamaro. Cuando algo a la gente le gusta y crece, después ya es de la gente. A mí me extraña que eso no pase con nosotros. ¿Qué es Catupecu Machu? Cualquier cosa. Es decir, es Catupecu, pero siempre andamos por acá, por allá... Catupecu es más inspirador que copiable.”










–Hay características de los últimos años de la banda que ayudaron a que, por ejemplo, Catupecu tuviera un hit en las radios como Viaje del miedo, basado en una guitarra criolla sobre una estructura de canción retorcida, y aun así ser populares. ¿Se sienten cómodos en ese lugar?

–Es que en Catupecu no hay nada que ocultar. Mirá, la voz en este disco no tiene nada de cámaras, porque descubrí un método para grabar de esa manera. Nosotros siempre estamos en la búsqueda del audio. Es como un juego de niños, inconsciente, pero de adultos, el hacer música. Nosotros somos fieles representantes de la época de la electricidad; el rock nace con la electricidad. ¿Qué hace la electricidad? Te pone adrenalina, o una adrenalina extra, porque si escuchás Wagner o Beethoven hay una adrenalina heavy metal. Nosotros lo vivimos como algo normal, pero no es normal: si se corta la electricidad, no existe más el rock; sería el blues con una acústica, en todo caso. Cuando hicimos Laberintos..., por más que nos sometimos a la criolla, al piano, al bajo y a la batería, si veías el estudio era una locura. En un momento estaba grabando el bajo de Viaje del miedo y me había puesto en la compu la película Metrópolis. Cuando levanto la vista había seis laptops trabajando y dije: “Claro, es un disco de guitarras criollas, pero tiene estas máquinas”. Estamos en constante mutación. Y Simetría de Moebius es eso. Ahora se viene el Luna Park, entonces dijimos: “¿Qué hacemos?”. Y cambiamos todos los equipos.

–Existe en Catupecu Machu una forma de componer canciones casi arquitectónica, donde cada sonido, aunque sea mínimo, ocupa un rol fundamental, y por momentos los elementos que se combinan solamente son dos o tres, como sucede en Abstracto. ¿Cuánto importa el audio?

–Bueno, en Abstracto se ve justamente lo que vos decís. Es el último tema del disco y sólo tiene batería, un bajo y es el primer tema donde grabo un teclado, que ahora lo hago en vivo. En Víbora vientre pasa lo mismo: el tema suena tremendo, pero no tiene guitarras. Lo que vos decías va ligado al audio, porque a veces logramos crear como un haiku en la poesía: la mariposa, sobre la hoja en el lago, está en calma. Es decir, sintetizar a través de una poesía algo que leés y te estremece. A mí me gusta mucho la arquitectura y leo libros de arquitectura porque me enloquece. Yo hice cuatro años de ingeniería eléctrica y soy un arquitecto frustrado, y todo lo matemático que ves por ahí en Catupecu tiene una relación. También me gusta mucho el art déco, que es muy simétrico.

–¿Las canciones de Catupecu son incómodas?

–Sí, son incómodas. Una vez me dijeron: “Ustedes terminaron de entender lo que es la deconstrucción de una canción”. Las canciones de Catupecu son... despegadizas, no pegadizas, es una cosa rara. No entiendo por qué somos una banda popular (risas). Entiendo que hacemos un show que está bueno y todo eso, pero... qué sé yo... las condiciones estaban dadas en los medios y la televisión para que no pase nada con nosotros; pero pasó (risas).

–Después de haber conseguido tener tu banda, hacer tus propias canciones y sonar dignamente, como primer objetivo del músico, ¿cuál es la “próxima gran cosa”?

–Y... hay distintos momentos. En la secundaria no te importa un porongo estudiar porque estás en otra y la cosa se pone más seria cuando entrás en la universidad y te das cuenta de cómo son las cosas en realidad. En un grupo de rock pasa algo parecido. Primero sentís ese grito primal de pintar las paredes y hacer locuras como algo muy excitante minuto a minuto. Después empezás a descubrir más cosas, aunque yo toco desde muy chico. Las nuevas etapas siempre son alucinantes. Con los chicos, hasta cuando estaba Aprile, compartimos una premisa: todo nos chupa todo un huevo. Pero nos chupa todo un huevo en serio, ¿entendés?, en el buen sentido. Pasó lo de Gaby y todos esperaban que hagamos un nuevo Y lo que quiero es que pises. Y nosotros salimos con una criolla y Viaje del miedo.

Fernando se refiere cariñosamente a Abril Sosa, cantante de Cuentos Borgeanos y ex baterista de Catupecu, como “Aprile”. Desde que se fue del grupo tienen una muy buena relación y Ruiz Díaz además admira el trabajo artístico del actual cantante de Cuentos. En su despedida detrás de los parches con Cuentos decapitados, en 2000, el álbum generaría un pequeño sismo en las bases del rock argentino. De allí en adelante la lírica se volvería más críptica y compleja, la búsqueda de la perfección del sonido una obsesión y la potencia del trío se manifestaba en la sofisticación de canciones como Entero o a pedazos o Y lo que quiero es que pises sin el suelo. Casualmente, una canción donde Fernando se detiene unos segundos.










–¿Y lo que quiero... les abrió más puertas de lo que esperaban?

–¡¡¡Noooo!!! Fue un tema que no tuvo éxito, muy loco eso. El video ganó todo, pero con la canción no pasó nada. Como el video era tan lento nos puteaban todos y no lo pasaba nadie, salvo MTV y la Rock & Pop. El disco, que era Cuentos decapitados, explota con Eso vive y no con Y lo que quiero..., como cree la gente. Se equivocan. No lo pasaban en ningún lado porque para algunos era demasiado pesado, pero al mismo tiempo tenía melodía, entonces no entraba en ninguna radio, salvo la Rock & Pop. Era re loco porque en los shows el tema explotaba y en los medios no lo pasaban, pero eso también pasa porque nosotros no tenemos un parámetro. Cuando hicimos Perfectos cromosomas, que es un tema trabado donde no podés ni saltar, esperaban un Dale! 2. Catupecu es una banda que cuando sale el nuevo disco, pierde miles de seguidores (risas). Y está bien que sea así. A mí me encanta tocar la guitarra eléctrica, tengo varios equipos y cuando fui a tocar con Fito Páez en Ciudad de pobres corazones lo agarraron a nuestro manager y le dijeron: “Che, cómo toca la viola Fernando, y no la toca nunca”. Y después fui a tocar al Pepsi y usaron después una foto mía y una de Mollo y pusieron: “Mollo y Ruiz Díaz dieron cátedra de guitarras”. Entonces agarré y me dije: “¿Están esperando eso? Ahora no, ¿por qué tiene que ser eso? Yo ahora quiero tocar la criolla”.

–Pero el público de Catupecu se acomoda a los cambios.

–Sí, todo bien, pero el gran problema de Catupecu, para los que quieren el crecimiento de la banda, es que nos podamos convertir en un grupo tipo U2, y yo no quiero ser como U2. Los grupos se separan porque es difícil manejar el “no cambies nunca”, la exigencia y la presión de afuera. La mayor presión de Catupecu es nuestra; nosotros tenemos cerrada la olla a presión. Primero el tema nos tiene que volver locos a nosotros, lo demás es menos que eso, no ínfimo, sino menos. Y como grupo es lo que debería pasarte. Eso puede ser lo más inspirador de Catupecu, y no se puede copiar. Vos podés tener una energía inspiradora y te la puedo copiar, pero no me puedo copiar de tus ojos o de tu nariz. Nosotros somos una banda popular, nos pasan en todos lados y está todo bien, pero del disco anterior cortamos Dialectos como tema, que es alucinante, con imágenes del show del Opera, todo muy lindo, todo muy cuidado, pero Dialecto fue impasable; no llegamos a poner el video con la edición del Opera porque era impasable. Duró dos semanas en la radio y, en ese punto, te digo que me chupa un huevo y que me puse hasta contento, pero la gente no sabe que tuvimos un tema que duró nada en la radio porque era impasable (risas). Al seguidor de Catupecu le encanta Dialectos y en la radio no se puede pasar. Somos como una banda under grande (risas). ¿Entendés lo que te digo? ¡Dialectos no lo pasaron! Lo sé, es áspero, pero fue un corte, hicimos un disquito especial... bueno, qué va a hacer.

Fernando asegura que no hay canciones en el repertorio en vivo de Catupecu Machu que ya no lo representen desde la lírica. Cuando no se encuentra en las letras, la metodología es muy simple: no la tocan más. “La polca estuvo buena en su momento, no era un tema convencional y era rarísimo en vivo. Fue una de las grandes cosas que la gente esperaba cuando venía a los shows. Decían: ‘Hay un tema que tiene onomatopeyas y es muy raro’, y era La polca. Fue algo grande, pero ahora ya no”, dice. “Cuando lo hicimos no existía la pachanga en el rock. Nosotros hicimos algo que era raro y ya está, no lo tocamos más. A mí me gusta Apiere’ mapare piarolo’, por ejemplo, que fue un tema tremendo, pero después ya está, ya pasó.”

–¿Cómo se modificó la composición desde el accidente de Gaby?

–Te voy a contar una cosa: Gaby me preparó a mí como compositor y antes del accidente era un tipo que siempre me impulsaba mucho. Yo ahora estoy tocando mucho el bajo y se cree que lo hago como un homenaje por el accidente de Gaby. Bueno... no es así, muchachos. Gaby había ido a Londres a estudiar como enfermo que es, y cuando vuelve le digo: “Che, quiero tocar el bajo”. Y me dijo: “Listo, te voy a ayudar a encontrar un bajo bueno”. Y me compré un demonio. Yo ya venía con eso de ahí, porque él era un gran propulsor de mis cosas. Una vez leí una nota donde Spinetta decía que el mejor invento que hicieron para los músicos es la portaestudio. Gaby compró un día una máquina en Miami y cuando la vi, me volví loco. Y ahí salió Batalla. Si escuchás el tema Cuadros dentro de cuadros, son todas violas destrozadas. Después grabé Grandes esperanzas, porque vi la película y me emocionó. Y la frase “voy sin dormir adonde sea” es por Gaby, porque era el hombre que nunca dormía. Me decían: “Che, ese pibe no duerme... debe tomar merca”. Y Gaby no toma nada, es así. Recuerdo que nos armamos una quinta en el campo y nos fuimos cuatro meses. Estábamos rodeados por 2500 metros de tendido de cable, agujereamos la pared y todo estaba conectado: máquinas, cables, equipos. En un momento les digo: “Vengan a la pieza que les voy a mostrar los temas que grabé en la porta”. Y cuando Gaby lo escucha, me dice: “Está todo el disco acá, ya está”. Y Origen extremo, por ejemplo, es un tema de él y entró porque le exigí que estuviera, él no quería. Gaby a mí me acostumbró a eso. El número imperfecto fue una etapa mía terrible, endemoniada... era un diablo de lunes a lunes, me levantaba resacoso y soñando alguna melodía y la grababa. La mente siempre está adelante de lo que pasa, si no, no podés tocar en un show.

–¿Y cómo te llevás con el escenario?

–El escenario... es el lugar donde menos lo extraño a Gaby. Y vos me dirás: “¿Cómo puede ser eso?”. No sé como explicártelo, y pareciera que no me importa que él no esté. Gaby nos preparó a todos. Después del accidente, todavía ninguno de nosotros entiende como él podía hacer todo lo que hacía y encima tocar, porque no se puede hacer todo lo que Gaby hacía.

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