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sábado, 10 de octubre de 2009

EL CANTAUTOR IVAN NOBLE Y SU NUEVO DISCO, DICHO Y HECHO



“Yo ya no me como más la galletita de la gloria rockera”

El ex Caballero de la Quema grabó, en vivo, en Circo Beat, nuevas versiones de viejos temas. Lo hizo acompañado de músicos de jazz, con dirección de Mariano Otero. Noble dice que esta apuesta implica un “cambio de paradigma” y critica aspectos de la cultura rockera.

Por Luis Paz

“El rock le hizo cosas bellísimas a la canción: Los Beatles, Police, Pink Floyd. Pero hay mucho rock que termina tirándole un Marshall por la cabeza a la canción. Y Los Caballeros de la Quema le tirábamos la birra también.” Con un poco de humor, bastante de autocrítica y la barba de tres días de siempre, Iván Noble se sienta a explicar de qué la va Dicho y hecho, su nuevo disco (que tendrá edición extendida en un DVD), registrado en vivo en Circo Beat en compañía de un seleccionado de jóvenes intérpretes y compositores de jazz: Cruz de Urquiza, Carpossi, Jacinto, Giles, López Barrios y la dirección musical de Mariano Otero, que grabó coros, guitarras y contrabajos. “En el DVD hay un documental de 20 minutos y en dos o tres momentos aparece Mariano tratando de convencerme de cosas y yo mirando como diciendo ‘¿estás seguro?’. Me ves la cara y estaba convencidísimo de que no me iba a dar el cuero.”

Es que ahora que Noble estrenó el cuarto piso de su vida y va “Al grano”, como resume en una de las tres nuevas canciones del disco que se completa con versiones de sus canciones anteriores (caballerosas y nobles a secas), se encuentra, sino en el área contraria, al menos en el mediocampo, ese espacio trabado de juego por abajo y mucha técnica. El de la composición de canciones, no el de la interpretación de rock.

“Una banda es como una marca de fábrica, tenés que ir con la banda a todos lados. Podés intentar shows acústicos, pero sigue sonando como una banda de rock en formato acústico. Cuando te hacés solista, y más si tratás de moverte en el territorio del songwriter, importa más la canción que el envase”, expone su táctica como en un pizarrón, con una tiza que larga el polvo de cien frases riquísimas en una entrevista o de versos astutos en una canción. Un mediocampo también embarrado por las similitudes maliciosamente rastreables entre cualquier cantautor de rock argentino y Calamaro, mientras en los palcos siguen intactos Charly, Spinetta, Páez. ¿Cómo jugar frente a esos monstruos? “No se puede, están en otra liga”, se desmarca el autor de “Un minuto antes de dejar de quererte”, “A soñar un rato” y “Avanti morocha”.

Sin embargo, hace una década, él se mandó a jugar igual. Y ahora está “contento”, con obra nueva (aunque parezca vieja) bajo los tapones. “Fue el disco que más me costó cantar. No es lo mismo cantar arriba de un Do que sobre un Do alterado mientras el contrabajo hace un paseo. Sentía que me iba a ir al pasto en cualquier momento, creo que no pasó pero en gran parte porque Mariano fue muy buen productor artístico”.

Noble ya había editado un En vivo del show de Caballeros de la Quema en Obras en 1999. Pero “ya pasó una década”, repite, en palabras que serán referencia circular en toda la charla. Tal vez por eso, el año pasado estuvo a poco de registrar su show en el Gran Rex en DVD. O tal vez no. Pero en definitiva, y por suerte, se dio cuenta de que “iba a ser el típico DVD con aplausos cuando empieza el tema, que está tocado más rápido que en los discos, y cuando termina”. Y que eso no iba.

–¿Entonces?

–Pensé cómo hacer algo distinto y se me ocurrió reversionar de verdad las canciones, porque varias merecían una revancha. Hay una compulsión cuando grabás: juntás las que tenés y casi todas van al disco, aunque no estén maduras. A la larga decís: “A ésta le faltaba una vuelta”.

–¿Le parece que “Avanti morocha” también merecía revancha? Fue un hit con todas las letras.

–Fue un tema importantísimo, pero no es un momento ni una poética que me represente ahora. Sé que llegó a las tribunas, pero no lo vi. Estar en una cancha y escuchar tu canción debe ser fabuloso. Hay canciones de cancha que la voglio dire, pero en fin, no quería grabarla, no me entusiasmaba. Pero Mariano me insistió con hacer una prima lejana de la original. Yo quería sacarle lo que era cancha y arengue. Y bueno...

–¿Cómo llega un tipo del jazz, como Otero, a producir este disco?

–La idea de grabar en vivo en un estudio, nobleza obliga, me venía dando vueltas desde que escuché Arnaldo Antunes ao vivo no estudio. Me pareció que el productor tenía que ser alguien que no fuera del palo, que tuviera una impronta y una musicalidad distinta para darles una vuelta a los temas. Y a él lo conocí con el homenaje a Calamaro.

–¿Y con él se completa esta idea de encarar las canciones desde “lo jazzero” (que no habría que confundir con el jazz propiamente dicho)?

–Fue una sugerencia de él y me pareció que si queríamos cambiar el mapa musical necesitábamos otros marineros, gente que no fuera del rock. Cuando un músico que no es del palo versiona canciones de rock, les pone una pátina que las hace muy interesantes. Pienso en Sting, que es de esos que no tocan jazz pero termina sonando así. O al revés. Cuando laburás con gente de otro palo es distinto el paradigma. Miran tu canción, la tocan fenómeno y la línea de flotación es mucho más alta. Son tipos que se han preocupado por mejorar su producción musical. El rock tiene cosas que tal vez el jazz no tenga, enormes compositores, y por supuesto forma parte de la cultura popular, como el jazz tal vez en un país como éste y en este momento quizá no lo haga. Pero para mí cerrar los ojos y escuchar lo que sonaba fue cambiarme de colegio.

Larralde, Gieco, García, Páez, Spinetta, Calamaro. Equipo chico, de papi fútbol, el de los songwriters argentinos ligados al rock. Noble propone, al pensar en su oficio, definirse como músico antes que como cantante o compositor. “Nadie correría carreras con Calamaro o Charly, ellos juegan en otra liga como compositores”. Sin embargo, aunque sea en el ascenso, Iván también entra a esas canchas. No es el césped más corto, desde ya. Y el estadio tiene dos fosas extensas: la intención deliberadamente de al menos acercarse al guardrail de esos apellidos o la seducción de pegarse demasiado al alambrado calamaresco: “Hay referencias muy fuertes para las épocas y él es de las más grandes ahora. Hay como mamushkas de Calamaro, pero creo que con Caballeros no fuimos mamushkas de Los Rodríguez ni yo lo soy de Andrés. Es uno de los iconos para terminar clonando y no me parece una buena noticia. No por él, que es genial, pero terminás siendo un muñequito Jack de otro”.

–¿Y a usted qué le tocó en el chocolatín?

–Para Caballeros las referencias eran Sumo y Los Redondos. Si escucho Caballeros en la radio siento que estaban en esa clave, tenían la cosa aguerrida del garaje. De Sumo teníamos lo de tocar baladas, reggae, rock. Ojo, es muy difícil arrimarles el bochín a las grandes canciones del rock nacional, por eso soy tan prudente al definirme como músico. Es una época en la que las canciones hermosas no abundan y, a riesgo de ser un viejo choto, son infinitamente mejores las de los ’80 y ’90. No sé si volverá a haber una banda como Seru Giran, no en términos de popularidad porque han sido mucho más populares otras bandas, pero de los ’90 hacia acá hubo una degradación de la canción de rock, si las comparamos con Charly, Spinetta, el mejor Fito. Y no es casualidad.

–¿Cuál sería la causalidad?

–Hubo una decadencia general, se pauperizaron el país y el consumo cultural. Los que estábamos en banda en los ’90 éramos presos de la situación y del convenio tácito entre fans y bandas. Sentíamos que crecíamos si y solo si nos parecíamos a la gente. A la gente eso le daba un valor agregado grande y era más importante que la banda fuera “auténtica” y que la gente se sintiera identificada, que las canciones en sí. Era como cuando vas a la cancha y está la barra que no mira el partido y se miran entre ellos. La gente terminó yendo a recitales a mirarse y empujarse y no importaba otra cosa: podías tocar un bajo con dos cuerdas o cantar desafinado, pero si había camaradería, todo bien.

–¿Llegó a entrar en esa lógica?

–A ver... tenés 25, las chicas que antes no te miraban se quieren sacar fotos con vos, tenés un tema que suena en la radio y capaz que en la cancha. Creíamos que para la gente que iba a ver Caballeros era más importante que te tomaras una birra con ellos en la barra de Cemento que ponernos a hacer mejores canciones. Para un pibe de 16 o 17 años que te va a ver, forma parte de su proceso de construcción de héroes, que después se les caen, por suerte. No nos dábamos cuenta, honestamente, de que, a lo mejor, en lugar de quedarnos a tomar una birra teníamos que ir a practicar, a escribir, o a un profesor de batería o de bajo.

–Pero también tenían ganas de tomarse esas cervezas, ¿o no?

–Más bien. Pero a los 41 quiero ir a tocar a un teatro, volver a mi casa temprano y ver Dr. House. Listo. Ya la galletita de la masividad y la gloria rockera no me la como más. Creo que con Caballeros nos la comimos a medias, porque no llegamos a esta época de festivales.

El rock a los 41

–Y eran una banda candidata a todos, si seguía.

–Estuvimos en el de Rock Alternativo con Marilyn Manson, en el de las Madres en cancha de Ferro y en el Buenos Aires Vivo, pero no tenían esa cosa imponente de ahora. Imagino que ahora hay que sobreactuar, sobreexcitarse, porque pasás a otra escala, a la escala “estadios”. Y tendrá que ver con un momento personal o la edad y los gustos, pero me siento más cómodo en los teatros, con ese tipo de degustación musical. Pienso en el pogo y me imagino con un esguince. Mi hijo (el receptor de “Bienbenito”, incluida también en Dicho y hecho) quiere ver a AC/DC, pero si no, mi último show de estadio fue Rod Stewart, porque toqué de telonero. A Dylan lo vi, pero estaba en Córdoba y fui al Orfeo a verlo.

–¿No le genera conflicto equiparar pogo con esguince?

–Hay tipos como Juanse o Keith Richards que siguen rockeando y les creo que siguen disfrutando ese estado de ebullición todo el tiempo. Pero si a esta edad volviera a tener un grupo, me quedaría como Tom Petty, con la acústica colgada, y que salten los que tengan ganas. Si volviera a tocar con Caballeros no me imagino colgado de los parlantes en shorcito de jean. Y el pogo es una instancia de disfrute musical muy generacional: si tenés 18, 20, ok, andá; si tenés 30, ya sospecho.

–¿No se pregunta si será que ya está grande, Iván?

–Jajaja. Mi discurso no es que soy maduro y el rock es cosa de niños. Pero hace años que disfruto más de la música que se mueve en aguas más calmas. Por supuesto que pongo AC/DC en el auto y canto a los gritos, pero ponerme yo en esa situación de rock sería como una caricatura de hace un tiempo. También tiene que ver con esa relación entre rock y cancha, ¿no? Que para mí tuvo consecuencias artísticas enormes.

–¿Por ejemplo?

–Cuando pensamos en que lo que más importa es el ritual, lo que pasa abajo del escenario, el rock termina siendo una carrera de caballos para ver quién lleva más gente. Creo que tiene que ver con un modelo ya agotado. Es muy complejo, pero así como los ’60 y ’70 fueron las décadas del surgimiento del rock y el primer hormigueo de bandas, de lugares y de esa cosa quijotesca de tocar rock cuando acá no era nada y te cagaban a trompadas; los ’80 fueron década de experimentación, tal vez, con Virus, Soda, Sumo; y en los ’90 se da la consagración del rock como elemento fundamental de la industria cultural y de la del entretenimiento, en detrimento de la calidad artística. ¿Y a quién le importa la calidad artística cuando murieron 194 personas entre medio?

–Cromañón...

–Creo que lo que pasó en Cromañón es una horrible y cruel metáfora de que algo estaba pasando. Me alejé mucho del rock, como escucha y como partícipe de shows, no estuve, no frecuenté bandas ni lugares, no sé cuál habrá sido la percepción del resto. Leyendo a tipos que están en el rock, creo que hubo una autocrítica. Lamentablemente llegó luego de una desgracia terrible. Pero a la larga, tuvo mucho que ver.

–En consonancia con la revalorización de la canción en soporte rock, que muchos músicos se estén abriendo de bandas para dedicarse a las canciones, ¿es que empiezan a sanar aquellas consecuencias artísticas?

–Eso espero. Siento que muchas bandas de los ’90 teníamos canciones hermosas que quedaban ensombrecidas por el arengue, la actitud y el deseo de que eso fuera muy popular. Por eso siento que hay temas que tenían que tomarse revancha y que el punto es la canción. Me gustaría que mis letras sean cada vez mejores y que la música las acompañe también. Pero hoy le presto más atención a la letra. Y por eso busqué socios que aporten lo otro. Es eso o ser un genio como Costello o Spinetta, donde la jerarquía musical va de la mano de la literaria. No soy ni Costello ni Spinetta, así que pedí ayuda. Me encanta la música, claro, pero estoy más cerca de poder hacer canciones que de Miles Davis.

–La banda como estampa, la búsqueda de algo nuevo, la importancia de la canción. En algún punto Los Caballeros de la Quema fueron pioneros o al menos los primeros en desmembrarse para ir en busca de todo eso nuevo.

–A mí me sorprende que las bandas sigan juntas, no que se separen. Al hacerme solista sentí que podía darme permisos que en una banda se te complican. Si quería tocar con Serrat, Adriana Varela o Juanse, hacer acústicos o tres temas sin batería, los hacía. Te convertís en más todoterreno y los artistas que me gusta escuchar son así. Para mí en un momento la banda pasó a ser como un fórceps. Es lo que leés cuando ves las notas que dieron Cordera, Andrés Ciro, Ciro Pertusi. No fui un visionario, porque a cualquiera le pasa lo mismo en algún momento. Pero cuando pensás que Los Beatles estuvieron juntos 9 años y hay otras que llevan 35 años y siguen y siguen, ¿cómo será que hacen?

–¿Viven en ciudades distintas y se juntan cada cinco años?

–Claro. Los Stones o AC/DC son bandas que se juntan cada cinco años porque se aburren en sus castillos y dicen: “Che, ¿sacamos un disco?”. Por eso lo que hicieron los Bersuit me pareció reinteligente: “No sé si nos separamos, pero hacemos la de cada uno”. Está bárbaro.

–Cuando empezó a hacer música, Stones y AC/DC ya tenían castillos, ¿qué tan distinto de como terminó siendo imaginaba el camino del rock?

–Nunca fue mi sueño ser cantante de rock o escritor de canciones. La banda se formó en el ’90, yo era estudiante de sociología de cuarto año y me parecía bueno tener una banda porque escribía canciones y tocaba la batería, pero no me imaginaba ser frontman de una banda de rock. De carambola, terminé grabando el primer disco a los 26 y pudiendo vivir de la música a los 30. Pero no eran mis ambiciones, de pibe no tenía posters de Robert Plant. Iba a recitales, volvía a mi casa, estudiaba sociología. Si me preguntabas qué quería ser, era jugador de fútbol.

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