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viernes, 2 de diciembre de 2011

VIRUS: A TREINTA AÑOS DE WADU WADU.






La foto original que ilustró la tapa de Wadu-Wadu
 
 

Hace tres décadas, los Moura sacudieron la agonía de la dictadura con un disco que llegó para cambiarlo todo; este domingo lo celebran en el Teatro Ópera 

 
 Por Oscar Jalil 

Todo empezó el 11 de enero de 1981 en un club barrial de la ciudad de La Plata. En las instalaciones de la Asociación Universal, sobre la avenida 25, funcionaban los bailes de Musicomanía, fiestas con sabor social donde las madres que acompañaban a sus hijas mataban la espera mirando películas de Sandro y Palito Ortega en el salón del primer piso. Abajo, la cancha de básquet se convertía una vez a la semana en una pista gigante de música disco. Nunca antes había tocado un grupo en esas reuniones festivas y por esas cosas del azar y los buenos oficios de un discjockey de moda, Gustavo Z, una banda desconocida subió al escenario ante un público atónito. Primero sorpresa, luego rechazo y después de unas cuantas canciones tocadas a una velocidad inusual para la época, los saltos contagiosos de seis pibes flaquitos enfundados en unas remeras ajustadas ganaron la primera partida de una larga temporada ante audiencias hostiles. Ese día, la banda platense estrenó nombre y cantante. Así Virus, con la voz de Federico Moura, inició una carrera loca repleta de acciones de cambio, gestos estéticos cercanos a la modernidad y un coraje rockero a prueba de inquisidores, esclarecidos y tibios. Nada volvería a ser igual en el rock argentino, mucha ironía en tiempos solemnes y una máquina de rock al servicio de la fantasía. Eso inventó Virus en el ocaso de la dictadura, y Wadu-Wadu fue su arma de despabilamiento masivo y narcótico art-pop para combatir tantos años de represión interior.
"Sólo quiero sacudirte para que veas las cosas como son, sólo quiero sacudirte para que dejes la vacilación", imponía Federico a un ritmo infernal durante todo el 81. En fiestas privadas, festivales masivos o shows para unos pocos, los Virus volaban a la velocidad de los yeites de Chuck Berry, la energía de Dr. Feelgood o la sensualidad atrevida de Ney Matogrosso; por ahí pasaban sus gustos y esa mezcla de estilos para adelantar el futuro. "Es el rock rock rock en mi forma de amar, es el rock rock rock en mi forma de ser", cantaban. Pero casi nadie los aceptó en los territorios ganados por el rock, tal vez porque le hablaba a las entrañas mismas de nuestro monstruo aletargado. Algo pasó durante ese año. Las primeras notas en la revista Pelo mostraban a Federico como el vocero inteligente de una banda nueva y aún sin disco: "Hay que tomar el ejemplo del cine, que es un arte muy completo: hay música, textos, actuación, color, etcétera. Cada actuación debe ser un todo. Fantasía, diversión, realidad. Cada canción es una cosa distinta. Me parece muy importante la fantasía, porque a los argentinos es algo que les falta". El disco llegó en diciembre, gracias a un cazatalentos de la época: Horacio Martínez, del aCBS, había hecho lo mismo con Los Gatos en 1967. ¿Pero de dónde venía esa estética de pelo corto y remeras a rayas? Era new wave como Blondie y The Police, pero a la vez conectaba con el aquí y ahora de una banda nacida en una ciudad universitaria, culta y arrogante.
Puta, ninguno salio gerente de coca-cola", era la frase favorita de Pico Moura cada vez que se refería al rumbo elegido por sus hijos. Ni uno de seis salió abogado como él, pero tres se acercaron a los gustos de su esposa, Velia Oliva de Moura, maestra y pianista vocacional. Federico (1951), Julio (56) y Marcelo (60) empezaron a tocar distintos instrumentos desde muy chicos, pasión que, junto al fútbol y al rugby, formaban la trilogía lúdica de una típica familia platense de clase media. Gina (47), Jorge (49) y Estela (50) completaban el cuadro familiar de los Moura. "Cuando nos decidimos a hacer música, mi padre nos dijo: «Olvídense de mí». El tipo tenía una cabeza genial, porque armó una familia y la vida de una manera tal que... para los años 70, trabajaba muchísimo, y eso nos permitió acceder a cosas que hasta ese momento no teníamos. Era lógico que se opusiera a nuestros gustos, pero nunca desde un lugar jodido", explica Julio y los recuerdos se disparan a la casa familiar de la calle 53 entre 3 y 4, un punto estratégico dentro del cuadrado fundacional de La Plata, cercano al Colegio Nacional, donde estudiaron los Moura, el Bosque platense y también la cancha de Estudiantes. "Imaginate, yo tenía 12 años y Estudiantes sale campeón del mundo", recuerda el guitarrista. Marcelo aporta sobre ese costado oculto de la banda más glamorosa que produjo el rock nacional: "El fútbol fue el lenguaje de nuestra niñez. Volvíamos del cole y estábamos cuatro horas jugando, todos los días, lo cual nos llevaba a una conexión que se trasladó al campo de la música: Federico, Julio y yo no necesitábamos ni mirarnos para entendernos".




A los 14, Julio dejó la escuela. "Me quedé libre porque en tres materias me decían: «Si no te cortás el pelo, no podés entrar». Y así me quedé libre." La cosa no terminó ahí. "Mis padres se habían ido a Mar del Plata, y dejaron el auto; pasé a buscar a mis compañeros, aunque nunca me había subido a un auto. Subieron ocho, y a las dos cuadras me estrolé contra una agencia de remises. Me fui de mi casa. Mi viejo me iba a matar. Estuve cuatro meses viviendo en La Casita de la Luna, una de las tantas casas de La Cofradía de la Flor Solar. Estaba lleno de músicos: venía Pappo. era maravilloso."
La de La Cofradía forma parte de una serie de conexiones entre la prehistoria de los Redondos y Virus: Federico Moura integró Dulcemembriyo, una banda en la que participó como letrista el Indio Solari mucho antes del nacimiento de Patricio Rey. Rocambole, patriarca de La Cofradía y principal responsable gráfico de los Redondos, hace memoria: "La imagen que tengo es la de Federico tocando el bajo en el Dulce. Y, bastante más tarde, recuerdo encontrarlo en Buenos Aires en su negocio de ropa con sus finas camperas de cuero". En un posible árbol genealógico de Virus aparecen tantos actores como nombres que poblaban la pequeñísima escena platense, pero es imposible despegarlos del candente momento político que vivía la capital provincial en los tempranos 70: el Comedor Universitario ejercía un foco de influencia e intercambio; la Facultad de Bellas Artes, aún Escuela Superior, aportaba la estética y cierto delirio académico; y Radio Universidad era de las pocas emisoras con programas de rock (tres por semana).
Antes de Virus, los miembros originales pasaron por una serie de escalas preparatorias: por un lado Las Violetas (con Federico y los hermanos Serra, Mario y Ricardo) y, del otro lado, Marabunta (Julio y Marcelo Moura y Enrique Mugetti). El 18 de enero de 1979 tocaron las dos bandas en Pinamar. Fue debut y despedida: "Marabunta y Las Violetas fueron dos proyectos muy divertidos, ya un poco con la proyección y la sensación de querer hacer música diferente, más cerca de la new wave y el punk. Pero dentro de un contexto divertido. Tocábamos muy poco, y siempre se armaba quilombo. Todo terminó en un viaje a Pinamar, de las dos bandas; nos presentamos en el Gran Cine y fue un delirio porque no iba nadie. No teníamos plata para pagar el hotel y volvernos. Así que ahí, de la diversión se pasó a un replanteo: Federico viajó a España. Luego se fue a Brasil un tiempo con un amigo, esperando que los otros de la banda se decidieran. Y nunca se decidieron".
Casi dos años antes, la tragedia había marcado a los Moura. El 8 de marzo de 1977, un grupo de tareas disfrazado de operarios de segba secuestró a Jorge Moura. Los parapoliciales tomaron por asalto la casa familiar ubicada en City Bell, donde también vivían sus hermanos y padres. El hermano mayor militaba en el Ejército Revolucionario del Pueblo y había participado de varias acciones guerrilleras. La más resonante tuvo lugar en diciembre de 1975, en la llamada Masacre de Monte Chingolo. Julio conocía de cerca la militancia de su hermano y hasta legó a empaparse de cierto idealismo combativo: "Tuve participación, pero como era adolescente no me estaba permitido tener acceso a la metodología que utilizaban; así que, ya sobre el final, mi hermano hace toda una movida para dejarme afuera -de eso me entero mucho tiempo después-, porque él sabía que estaba jugado, tenía a la mujer en la cárcel, con sus dos hijas, y en el momento en que está terminando todo, un día viene y me cuenta que no encuentra a nadie. Y ahí nomás mi padre le ofrece que se vaya a Noruega. Y Jorge le responde: «No puedo irme. Cuando vuelva dentro de quince años, ¿cómo miro a mis hijas?»".
¿Y qué pasó con su mujer y sus hijas?
Julio: El tuvo tres hijos. El primero, Federico, tiene 40años [cantante de la banda platense LosNarcisos]. Y después tuvo dos nenas, que las criamos nosotros, porque su mujer, Perla, estaba en la cárcel. Pasado un tiempo, ella recuperó la libertad y se volvieron a encontrar. De Jorge nunca supimos más nada.
¿Por qué razón lo de Jorge aún permanece como un asunto familiar y totalmente desligado de Virus?
Marcelo: Siempre nos pareció morboso especular con ese tema, porque cuando uno saca un disco lo está vendiendo, o sea, nosotros nunca vamos a vender un disco diciendo "el tema al hermano desaparecido", que probablemente venda el triple. Un millón de veces nos dijeron: "¿Cómo no hacen un show a la memoria de Federico?". No, la memoria de Federico está acá, vos no podés vender una entrada con esa excusa. Pero bueno, hay gente que ha pasado años y años yendo a cantar por los desaparecidos, contratados por los gobiernos... ese mix que nosotros siempre vimos como algo morboso. Si algo estuvo siempre claro es respetar los códigos y poner el arte delante de todo.
Parte de esa rara mistica, mezcla de ferreos lazos de sangre y terquedad para defender una idea creativa, provocó la alineación de varios planetas y un destino manifiesto. Antes de ir a buscar a Federico a Brasil y desestimar el proyecto Duro (incluyendo a su cantante femenina, Laura Gallegos), Julio y Marcelo trabajaron como pintor escalificados en lazon a más acomodada de City Bell. Buena parte del dinero que ganaron lo invirtieron en la compra de equipos durante un viaje relámpago a Nueva York. "Con las tres primeras casas hicimos maravillas y nos empezaron a salir un montón de laburos, y una vez que juntamos toda la plata perdimos el entusiasmo, y justo aparece por medio de un conocido una casa gigante a estrenar. Al mediodía siempre hacíamos un parate, para comer un sándwich de salame. Y jugamos unos penales, con la desdicha de poner de poste un tacho de antióxido de litro. Pelota en el palo, y el antióxido cae por toda una escalera de madera cruda. Estuvimos una semana sacando la pintura; y ahí terminó nuestra experiencia como pintores. Igual pudimos viajar y comprar varias cosas. Cuando Federico, volvió hicimos tres o cuatro demos, que fue lo que presentamos a CBS", recuerda Marcelo la etapa previa a un sonido y una estética que cambió al rock argentino para siempre. Los discos de The Police, Devo, The Clash y The B-52's formaban parte de un amplio abanico de influencias que cruzadas con la audacia sensual de Ney Matogrosso y el glamour barrial de Sandro conducía directamente a un rock latino original, rápido y mordaz. Mientras el llamado rock nacional seguía pendiente de los últimos movimientos de Weather Report o Yes, Virus planteaba sacudir las caderas y las mentes. Era posible bailar y divertirse en plena dictadura. Del otro lado, coros de detractores se espantaron ante tanto desparpajo.
"Dentro del grupo había mucha apertura, y eso ayudó también para que no tuviera tanta influencia directa de algún artista o género específico", explica Marcelo. "Escuchábamos The Police, Alice Cooper, Lou Reed, Bowie o Ney Matogrosso. Creo que una de las pocas cosas que no nos echaron en cara es que nos pareciéramos a otro grupo. Eso era producto de una apertura, porque Ney Matogrosso y Alice Cooper no tienen nada que ver, pero los escuchábamos con la misma frecuencia."
Lo de "wadu-wadu" nace de un sonido de guitarra que producía Ricardo Serra, aunque Julio apunta a la cuestión fonética: "Salió del estribillo del tema, algo más impersonal. «Sábado a la noche te paso a buscar, a bailar el wadu-wadu», algo así como decir «a bailar el pata pata». Wadu-wadu suena a baile exótico". Y Marcelo cierra la idea: "Artísticamente no había que decir nada, porque era una imagen, no un baile".

 
 
Quince temas en menos de 37 minutos, un récord para un rock argentino en el que aún no había aterrizado la síntesis y la ansiedad del punk. Sin embargo, los primeros sonidos del teclado de Marcelo anuncian el ingreso a una era de pop electrónico, y la cadencia nasal de Federico inventa un estilo desconocido, el crooner elegante en la piel de un rockero revoltoso y de sangre latina. Toda una novedad.
Las letras componen otro rasgo innovador, de apariencia frívola pero con varias capas de interpretación. En cinco de ellas aparece la firma de Roberto Jacoby, sociólogo y artista conceptual criado en el Instituto Di Tella pero, por sobre todo, un amable provocador y pieza esencial de la ingeniería mental que producía el laboratorio Virus. Jacoby conocía a Federico Moura desde los días de Limbo, la boutique que dirigía Federico en Galería Jardín, en pleno centro porteño. "Un amigo, Daniel Melgarejo, recién llegado de Barcelona, donde había estado dibujando para revistas como El Víbora, se encontró con Federico, que le cuenta que tienen un disco listo pero que no le convencen las letras", cuenta Jacoby. "Nos juntamos en casa para que Federico viera lo que yo escribía.
" Así nació un tándem al estilo Bernie Taupin-Elton John. El mejor ejemplo está en "Soy moderno, no fumo", una frase de Felisa Pinto, otra amiga en común: "A Federico le había causado mucha gracia, y yo le agregué toda la broma de las marcas de cigarrillos encubiertas en el texto". En "Loco Coco" y "Caliente café", Jacoby se basó en los ritmos de la música ya compuesta. La primera "era todo un juego de palabras de la época que alude a actividades mal vistas o a un trago de moda". "Desconecta" es una transformación de una letra que ya existía: "Tomé varias palabras como «libertad» o «paz» y las convertí en calles o bares". "El rock es mi forma de ser" nació producto de un error: "Entre lo que yo había escrito, Federico eligió unas líneas en las que me burlaba de ese tipo de letras que tienen solamente una rima. Sobre esa letra Julio le agregó el estribillo y se convirtió en una especie de himno". Y "Cantante farsante" fue escrita también a partir de la música: "Satirizaba a las estrellas de rock, cosa que Federico interpretaba como una verdadera estrella de escenario. El era un artista extraordinario, exigente, divertido, energético y una gran persona". Todo en Wadu-wadu respira innovación: la foto de tapa, el diseño y hasta la marca Virus dibujada en rojo sobre un fondo grisáceo permanecen como pequeños íconos de un envase moderno en tiempo real. Obra del fotógrafo Rubén Andón y el diseñador Hugo Trípodi, la tapa es un trabajo colectivo bajo la dirección de Federico. "El tenía un concepto claro para la tapa, quería que salieran todos juntos, y como eran seis, decidimos hacer tomas con un fondo neutro para no sobrecargar de información", rememora el fotógrafo, que también hizo la foto de tapa de La grasa de las capitales (Seru Giran), entre otras. "Se hicieron muchas opciones, algunas muy divertidas de ellos saltando. Pero eran muchos y se hacía difícil encontrar una toma donde todos estuvieran sin muecas raras, con los ojos abiertos o no se taparan entre sí. En los 80 no existía el photoshop: la foto tenía que estar bien en la toma, porque de ahí se iba a la imprenta."
En cuanto al diseño, Trípodi recuerda que "todo se hacía a mano". "Las letras había que pedirlas en casas de imprenta, eso demoraba unos días; luego se pegaba letra por letra en cartones. Nos gustó cómo quedaba «Wadu-wadu» y Virus en rojo, hacían un buen contraste con el gris general. También dibujé la zapatilla con cuerdas de guitarra, la vieja Topper rockera de la tapa."
El 29 de septiembre de 1981, Virus empezó a grabar su álbum debut en los viejos estudios de CBS de la calle Paraguay al 1500. Los equipos eran un poco vetustos para el registro soñado por la banda. Casi todo se grabó en vivo y los Virus se hicieron cargo de la producción artística: "Sabíamos bien cómo queríamos sonar, muy potente, muy despojado. También hicimos cosas raras, desde jugar al fútbol en un estudio gigante hasta poner efectos a las voces, o reverb de cinta, algo muy poco usual para esa época", explica Marcelo.
Si bien había una idea clara, el debut de Virus escondía una prueba de aptitud y pericia para una banda novata. Los técnicos tuvieron que adaptarse: cintas que corren al revés, uso del delay y otros trucos de consola aparecen al lo largo de un disco que suena a show en vivo. Entre los invitados se destaca la presencia de Ricky Rodrigo en violín para "Amor o acuerdo", uno de los pocos temas de Wadu-wadu que se sale de la línea veloz y bailable. Cuenta Rodrigo: "Recuerdo que el edificio era de varios pisos, y en la sala del estudio, que era como para una orquesta sinfónica, me sentía como una hormiga en una catedral. Después de practicar en el descanso de una escalera, Federico me alentaba: «No te dejes amedrentar por los técnicos», me dijo. Para esa época, yo había regresado a tocar con Patricio Rey." Ricky Rodrigo pasaría a la historia como uno de los pocos músicos que participó en los momentos fundacionales de las dos bandas platenses que cambiaron al rock argentino.
La destreza de Mario Serra desde la batería, los modos directos y originales que se repartían Julio Moura y Ricardo Serra con sus espadas eléctricas, el patrón rítmico asegurado en la enorme presencia de Quique Mugetti y esos primeros detalles de color electrónico a cargo de Marcelo levantaron una enorme polvareda en el ambiente rockero cosecha 81. Y ni que hablar de los atrevidos movimientos de Federico con sus primeras traducciones de glamour para cantarles a las bandas chantas, las ciudades grises o al tiempo perdido. Durante todo el año que duró el período de gestación de Wadu-wadu, Virus sufrió ataques del público y la prensa. El más notorio se registró en ocasión del Prima Rock: allí el sexteto inauguró el costado de banda que aguanta paradas bravas y nunca abandona el escenario. Los proyectiles empezaron a caer cuando Federico invitó a la multitud a mover el culo. "Lo veo en retrospectiva y creo que él lo dijo de una forma muy natural, pero viendo los primeros ataques largó: «Está bien, cáguennos a naranjazos pero muevan el culo, hagan algo ustedes también»", señala Julio.
Virus tardó años en ser aceptado por sus pares y por la prensa especializada. Ni la muerte de Federico Moura, ocurrida en 1988 a causa del sida, cambió la situación, al menos en el ala más conservadora. "Siempre tenemos tanto por hacer -señala Marcelo-, y tanta sed de avanzar, y cambiar y mejorar, que todas esas cosas ni siquiera nos generaron rencor. Llegamos a un lugar por ser consecuentes con nuestros pensamientos. En Prima Rock, mucha gente se quedó sorprendida, porque mientras más naranjas nos tiraban, más rápido y más fuerte tocábamos."

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