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lunes, 22 de noviembre de 2010

YES DESPEJO LAS DUDAS SOBRE SU PRESENTE GRACIAS AL CANTANTE BENOIT DAVID




Cómo hacer olvidar a Jon Anderson.
Casi un clon del histórico vocalista, el reemplazante se ganó al exigente público con versatilidad y seguridad.







Cristian Vitale

Luna Park semi lleno. Generación de 40 para arriba. Van treinta minutos de la hora anunciada y la banda no sale. Algo de calor, algo de color, algo de humedad y aplausos tibios. Cierta ansiedad y una sensación ambiental: la formación de Yes que visita esta vez la Argentina no es, a priori, la que todos quisieran. Sí, está Mr. Chris Squire, el bajista gigantón que la fundó cuando trabó relación con Jon Anderson, hace 43 años, en un extinto pub de Londres, y que nunca la dejó. También Steve Howe, ese guitarrista genial que suplió a Peter Banks cuando todo era casi nada –Time and a Word, 1970– y empezó a mostrar la hilacha al mes, con dos gemitas de inspiración propia que serían esenciales al The Yes Album: “The Clap” y la tercera parte de “Starship Trooper”, que se grabaría en el imaginario de los primeros seguidores bajo el nombre de “Wurm”. Y está Alan White, hombre de Pelton (Durham) que ya le había dado una oportunidad a la paz junto a Lennon y Yoko en la Plastic Ono Band cuando le tocó ocupar el pedestal que había ganado la bestia de Bill Bruford durante el período dorado (Fragile-Close to the Edge). Pero no está Anderson. Tampoco Rick Wakeman. Uno, enfermo de asma; el otro ¡conduciendo programas de televisión! Los huecos, en la previa, son un enigma. No tanto por el tecladista rubio de la capa a lentejuelas, porque al cabo es su hijo Oliver el que lo disimula, y muy bien, pero sí por el otro: un ignoto cantante de una banda de covers canadiense (Close To The Edge) al que Squire tuvo que recurrir para no cancelar la gira: Benoit David.

“¡Pero este tipo está clonado!”, grita alguien en la platea y el veredicto, visceral, contagia al resto. De arranque, “Firebird Suite”, la pieza clásica de Igor Stravinsky que la banda reprodujo en el mítico Yessongs (1973), esfuma de cuajo el prurito colectivo. David, además de llegar a todos los altos de Anderson con su refinada voz contra tenor, tiene personalidad y carisma. Mucha, y de ambas. Es seguro y no le pesa –al menos es lo que trasmite– ocupar el lugar del hombre que le imprimió el sello vocal a Yes. La llegada a un público para nada complaciente es directa y no admite discrepancias. Squire había dado en el punto vital, en el lado nítido del alma de Yes. David aguanta sin esfuerzo y con el cuerpo levemente danzante todos los temas que había inmortalizado Anderson, e incluso le sobra resto para adaptarse al capricho de Howe y Squire de reflotar temas de Drama, único disco sin el cantante –lo sustituyó Trevor Horn–, que la banda no tocaba desde 1980. El intenso, desarrollado y descomunal “Machine Messiah”, por caso, es de los picos más altos –y largos– en esta noche del Luna, en la que las aplausos tibios y timoratos del principio habían devenido en una aceptación sin contemplaciones. La sombra de Jon, para Benoit, tiene el peso de eso mismo: una sombra.

Atravesada la prueba central, entonces, el resto fue relajarse, gozar y constatar que ciertas veces pueden pasar los años, pero el talento jamás. White, siempre exacto, hace el solo de “Astral Traveller” (Yes, 1969) y tal vez no llegue, por duración y austeridad, a las alturas del que Neil Peart, de Rush, hizo hace poco en GEBA, pero no sobra. Howe refrenda su maestra versatilidad tocando todo lo que le den y tenga cuerdas: la acústica a los fines de recrear ese diamante de los cielos llamado “Mood for a Day” (Fragile, 1972); la mandolina cuando llega el turno de “I’ve Seen All Good People” (The Yes Album, 1971); la eléctrica y lacerante para que nadie recuerde al Trevor Rabin de “Owner of a Lonely Heart” (90125, 1983); o la diminuta para introducir la pieza tal vez más bella, emocional y acabada que haya construido el grupo en su historia, “And You and I” (Close to the Edge, 1972). Y Squire mantiene incólume su ser en sí. El bajista le puede tanto a la fulminante y cadenciosa versión de “Heart of the Sunrise” (Fragile) como al bis final que cerró perfectos todos los frentes abiertos durante 120 minutos, “Starship Trooper” y sus tres partes: “Life Seeker”, “Disillusion” y “Wurm”, como si el tiempo se hubiese congelado en Autumn, algún día del ’72. El 3 de diciembre, cuando este Yes dé su segundo concierto en Buenos Aires (en el Gran Rex), nadie osará dudar de las dudas... David despejó el camino.

Yes: viaje a las profundidades del rock progresivo.




A pocas cuadras de Costanera Sur y a contramano de la idea dominante de estar a tono con los tiempos que corren, el peso de la historia ocupó por algo más de dos horas el escenario de calle Bouchard. Como aquellas viejas noches del Luna, cuando la técnica no hacía milagros y el galpón de los deportes se resistía a ser domado, Yes ofreció un show de clásicos para honrar la etapa dorada del rock progresivo y celebrar la contundencia de una obra que viaja más allá de las categorías que impone el paso del tiempo. El público, en su mayoría, viejos militantes del detalle: tipos criados en las armonías perdurables, los viajes cósmicos y la psicodelia entendida como esa nave que te trasporta quién sabe adónde. También muchos sub-20 acompañando a sus padres y ubicando los tantos con remeras de Dream Theater. Como es sabido entre las huestes del gigante progresivo, un recital de Yes siempre incluye sorpresas en la alineación: desde 1968 sólo Chris Squire, bajista y fundador, ha resistido a todas las resurrecciones de la banda inglesa. Pero esta vez la previa señalaba un dato digno de la fabulosa película This Is Spinal Tap: un nuevo cantante, Benoit David, reclutado de un grupo tributo para ocupar el lugar de Jon Anderson, la voz sagrada de Yes; y la inclusión de Oliver Wakeman a cargo de los teclados, sí el hijo de Rick. Por el lado de las garantías, ver en vivo a Steve Howe, quizá uno de los mejores violeros vivos del planeta junto a los inmortales Alan White (batería) y Squire seguía siendo atractivo para los fanáticos más conspicuos.

Las dudas y los temores se despejaron cuando pasó la introducción de "Siberian Khatru" y la voz de David llegó sin problemas a los agudos conocidos de Anderson. Aún el sonido conspiraba y desde varios sectores del estadio llegaban pedidos de subir un poco más el volumen. Pandereta en mano y con tímidos pasitos de baile, el cantante nacido en Canadá empezó a ganar confianza mientras la sólida base instrumental recorría los intrincados cambios de ritmo de la joya oculta de Close To The Edge y Howe bajaba escalas con su técnica insuperable, más afinada en el buen gusto que el virtuosismo exacerbado. Todos tranquilos y más aún con los ajustes de sonido para "Seen All Good People", en donde los juegos vocales mandan para el tema incluido en The Yes Album, el disco que marcó la consagración de la banda en 1971 y también la del género progresivo en su idea de ir más allá de los límites del rock.

Un poco para marcar el territorio y confirmar que en Yes no existen los miembros imprescindibles, Chris Squire presentó a los nuevos integrantes y giró hacia "Tempus Fugit", aquel pasaje veloz de Drama, el álbum que marcó la ausencia de Jon Anderson y el ingreso de Trevor Horn, líder por entonces de la banda pop The Buggles. Aquel atrevimiento que incluía programaciones y mucho vocoder significó todo un sacrilegio para muchos fanáticos, hoy suena a tema menor frente a canciones como "Astral Traveler", una suite espacial registrada en Time and a World de 1970. En esa hendija del pasado permanece lo mejor de Yes y todos los que llenaron el estadio Luna Park esperaban más momentos del período 1970-1973, por eso cuando sonó el riff inicial de "Perpetual Change" o la bellísima sinfonía melódica que encierra "And You And I" los brazos extendidos y los coros casuales lanzaban devoción hacia el escenario, la misma que también acunó a bandas argentina como Aquelarre, Invisible y hasta La Máquina de Hacer Pájaros, entre muchas otras.

En la cuenta de imágenes retenidas gana Steve Howe, cambiando tres veces de guitarra en un mismo tema, utilizando un dispositivo para resolver cómo pasar de lo acústico a lo eléctrico sin descuidar un acorde o el uso del slide con fines espaciales. Nada de pirotecnia en el momento Howe, sólo los caminos flamencos de "Mood for a day", y una versión libre de "Clap" para seguir compartiendo su amor por el rag time. Pegadito al violero, la mole Squire, todo se sostiene en su bajo melódico y el exacto entramado que forma junto a White. Más atrás, sin el protagonismo de su padre, un sobrio trabajo orquestal de Wakeman y su imagen casi calcada a los años de juventud del tecladista insumiso. ¿Y David?: muy cercano a un clon de Anderson, pero en términos funcionales es la pieza necesaria, Yes con una voz distinta a la de su cantante original es otra banda, y anoche nadie deseaba eso.

Para los flashes finales de la quinta visita de Yes a la Argentina, una versión épica de "Heart of The Sunrise" entre un dueto de habilidades de Squire y Howe mientras David se recibía de Anderson, y la arenga vitalista que siempre provoca "Roundabout". El bis llegó con otra canción de The Yes Album, la perfecta melodía "Starship Trooper" y la gloriosa coda final de Howe: diez minutos para volver una y otra vez a esa época en donde sabíamos cómo formaba cada equipo progresivo y las tapas de Roger Dean casi siempre incluían viajes extras. Algo de eso pudo verse en el Luna cuando varios barrigones pelaban panzas y quedaban en cuero en busca del talle adecuado de la última remera de Yes.

Por Oscar Jalil

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