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jueves, 4 de noviembre de 2010

Gurbachan Singh Sachdev: Maestro de la sutileza.

A los 75 años, el más reconocido intérprete del bansuri regresa a Buenos Aires con un concierto que revela su destreza inusual en la improvisación y una conexión inmediata con el público, a través de la exploración sin límites de la música clásica tradicional de la India.

Por MARCELA MAZZEI


Gurbachan Singh Sachdev es un elegido. Así lo muestran una serie minuciosa de episodios que atravesaron su vida, y lo llevaron a ser una leyenda de la música clásica de la India, con su ejecución magistral del bansuri. Con este instrumento, precisamente, comienza la serie: un trozo de caña de bambú de siete orificios, uno para la boca y un corcho en el otro extremo. “Fue hecha por uno de los mejores artesanos de la India, que encontró la longitud exacta que necesitaba; y cuando la toqué me enamoré de ella”, relató él mismo, en un inglés cadencioso, sentado en Tandoor, el restaurante que regentea Shahrukh Merchant, llegado hace seis años de Estados Unidos pero con raíces en Punjab, en el cinturón del Himalaya, donde hace 75 años nació Sachdev.

“Es una tradición que cuando un músico recibe su mejor instrumento debe ofrecérselo al maestro”, prosiguió, vestido con túnica y dispuesto a revelar que su maestro lo rechazó. “Tuve suerte, porque dos años después me preguntó de dónde la había sacado, entonces la quería… pero su mujer se lo recordó y me dijo que Dios me la había enviado”.

Aunque toca desde los 14 años, realizó giras por el mundo entero, grabó varios discos y recibió premios y elogios hasta de George Harrison, no se dejó tentar por la fusión en su camino hasta convertirse en un intérprete genuino de la música indostánica (una de las dos vertientes de la música clásica de la India, que tiene 22 tonos cuando la occidental sólo 12), a través de un largo proceso de transmisión de maestro a alumno que llega desde una tradición milenaria y consiste, sobre todo, en escuchar. “Cada nota es muy importante, y está basada en una filosofía: si nos conocemos a nosotros mismos, conocemos a los demás”.

¿Cómo fue ese proceso de aprendizaje?


En principio, fueron cinco años que tardé en encontrar un maestro con quien pudiera conectarme, con el que luego me quedé doce años. Cuando lo conocí, me dijo: “no voy a cobrarte dinero, pero tienes que tocar la flauta de 8 a 12 horas por día”. Lo que no fue un problema, porque yo quería tocar la flauta todo el tiempo. Además tomaba alguna que otra clase pero no quedaba satisfecho: “tienes buen tono, pero hay que comenzar desde el principio”, me dijo después de cinco años. Es un aprendizaje de música, pero también del desapego. Recién cuando empecé a tocar solo, comencé a sentir la música en mi interior.

¿Y cuándo sucedió eso?


En la música clásica de la India hay sólo un 10% de componente fijo, el 90% restante es improvisación, pero conocer ese 10% me llevó 12 años. Luego comencé a tocar, durante 10 a 15 años, en la forma en que me había enseñado mi maestro, y recién después incluí de a poco mis sentimientos e ideas en la improvisación.

En algún momento de este proceso intenso, su vida cambió literalmente de rumbo: de Oriente a Occidente. “Una pareja llegó a Nueva Delhi a verme; ella quería escribir sobre la vida de un músico y grabó dos o tres de mis conciertos. En un momento preguntó si quería viajar a Estados Unidos… Yo pensé: ‘si pasa está okey, pero no es que yo tenga que ir’. Después ella pasó la grabación por radio y preguntó si alguien me daría trabajo. ‘tienes que estar en dos semanas aquí porque estás contratado para enseñar a tocar la flauta’, así fue que me mudé a Occidente”, relató otro de los episodios en los no existió nada parecido a la toma de decisiones, sino más bien un fluir de situaciones, así como fluyen en la música su tono, su ritmo sutil e ingenioso hasta vislumbrar la magia del raga, "una forma melódica básica concentrada en una emoción", según reza la definición.

¿Y cómo vivió el cambio y el desapego, sobre todo tratándose de Estados Unidos?


Cuando llegué a California me sentí como en mi casa, y se rompió mi apego por la India. La amo pero no la extraño, porque estoy haciendo música tradicional y con la fuerza de las raíces nada te pueda quebrar o sacudir.

En 1976 fundó en Berkley Bansuri, su propia escuela de música de la India, trabajó en la radio y en películas y hasta ganó un premio Billboard en 1992. Pero uno de sus galardones aparece de la mano de Ravi Shankar –hindú virtuoso, en su caso del sítar, gurú de The Beatles y padre de Norah Jones– que dijo de Sachdev: “admiro su habilidad para tocar el espíritu del raga que ejecuta y de mover emocionalmente a la audiencia, con su enfoque puro y clásico”. El encuentro entre ambos, revela desde su silla, también se produjo por la mediación de un maestro y las fuerzas del destino: “al sexto año de mi enseñanza, mi maestro –que fue discípulo de Ravi Shankar–, me pidió que fuera su segundo flautista. Allí me vio y quiso tocar conmigo, así que tuve la oportunidad de aprender también de él. Pero no es que lo haya elegido, sino que fue al revés, como la flauta”.

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