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domingo, 14 de noviembre de 2010

ICA NOVO Y EL DISCO DOBLE QUE INTEGRA A CHACKA’N’ROLL Y TANGODELICA




“No aguanto a los gauchos disfrazados”

El músico de Deán Funes (Córdoba) no experimenta conflicto en su adoración por la chacarera y el rock and roll. Esa es la raíz de más de un entredicho con los fundamentalistas, lo que no le impide seguir adelante con un material que exige atención.











Por Cristian Vitale

No hay punto de vista que le pase inadvertido. Ya desde el nombre, que no es el de pila ni el de una marca de motos japonesa –como suele decir en chiste– sino el que lo nombra, Ica Novo esquiva la media. Anda por las calles con gorra, corbata corta, saco verde, chivita y un escudito de Independiente que resalta al mínimo brillo. Es, de entre la maraña de folkloristas endémicos de Cosquín, el que más fervientemente critica al festival de festivales. Es el que, nacido en Deán Funes (Córdoba) y criado en Corral de Bustos, hace chacarera y adora el rock and roll, el que se animó a ponerle Sawawó a un hijo, o el que se atrevió a enfrentar, en la cara y a lo macho, nada menos que a Horacio Guarany. “La verdad es que la contradicción entre renovadores y tradicionalistas me parece absolutamente retrógrada”, dispara. Y no hay vuelta atrás.

–¿Lo dice por la pelea con Guarany, que trascendió en la historia como de las más ásperas del festival?

–En parte. ¿Cómo iba a decir que Baglietto, Charly García y otros que imitaban a The Beatles desafinaban como ellos y vendían drogas en la puerta de las escuelas? Cualquier cosa dijo el viejo, estaba sacado (risas).

La riña fue en la sala de prensa del festival y detonó por una frase de Ica en público que determinó la reacción intempestiva de Guarany. “Dije que estábamos hartos del patrioterismo demagógico y se me vino al humo”, se ríe. “Me cagó a puteadas y me quiso pegar... pero bueno, algo había que hacer: había dicho un montón de barbaridades inaceptables.” La secuencia, por entrada en años (casi 20), no deja de ubicar en su órbita a un personaje pintoresco y agudo –autor de “Del norte cordobés”, la chacarera más visitada del folklore argentino– que les ha abierto una puerta a las nuevas miradas del género, no sólo desde una posición ideológico-discursiva sino también a través de un abordaje estético que, como él dice, sobrepasa la mera división entre modernidad y tradición. “Recién ahora, después de mucho combatir, están apareciendo lenguajes comunes entre el folklore, que yo llamo música criolla, con el rock, la música clásica o el jazz. Pero cuando yo era chico, era un enfermo de Los Beatles al que le gustaban Los Andariegos... soñaba con hacer el Sgt. Pepper de la chacarera, y me miraban muy torcido”, evoca. Por ahí anda hoy, tozudo, con ese disco soñado que está por ver la luz bajo el nombre de Chacka’n’roll que junto a Tangodélica –tango a su manera– saldrá en formato de CD doble. “Hasta hace poco éramos los loquitos que queríamos atentar contra la sacrosanta pureza del folklore ¿y?... yo, en lo existencial, soy más rockero que otra cosa”, relanza.

–¿Por qué prefiere llamar “música criolla” al folklore?

–Porque sabemos que es una palabreja con una connotación etnográfica como de lupa sobre el continente, con gente diciendo “vamos a observar lo que hacen estos indios ahí abajo” y no me gusta. Prefiero llamarla música criolla, porque expresa la fusión que le dio origen: la de los pueblos originarios con las influencias españolas y africanas. Y esta fusión se ha ocultado, porque ha sido socialmente estigmatizante. En el mundo del folklore te encontrás con absurdos como el que dice que, según ciertos cánones académicos, tal ritmo no es folklore sino música india, y esas pavadas. Decía Borges que Hamlet no era menos inglés porque Shakespeare haya sido príncipe de Dinamarca ¿no?... Bueno, en Argentina hay cierto cholulismo ilustrado que sigue colonizándonos, invisibilizando una cultura propia. Hay que mirar más la cultura de la naturaleza, estar más atentos a las expresiones regionales como las tonadas, que no son ni más ni menos que la entonación de los pueblos originarios.

–¿A qué llama cholulismo ilustrado, específicamente?

–A una clase intelectual que sigue teniendo una visión eurocéntrica del planeta. Yo no digo que no haya que oír Beethoven o leer a Hegel, sino que establezcamos puntos de vista relacionados con lo cotidiano de América, que tiene sus cosas que decir, incluso desde la filosofía, desde una cosmovisión que le da preeminencia a la relación con la naturaleza. Yo creo que estamos muy empecinados en ser occidentales.

Además de Chacka’n’roll y Tangodélica, Novo tiene entre manos Malambo Malambo, un disco de chacareras, zambas y malambos a bombo solo que define como su tesis de folklore del momento. “Cuando me preguntan qué hago, yo digo folklore psicodélico, porque no aguanto a esos tipos disfrazados de gauchos que quieren legislar sobre cultura nacional y no saben ni siquiera cómo tocar una chacarera. Es ese arquetipo de gaucho de fiesta patria en el peor sentido de la palabra, que se disfraza ese día, como si eso exorcizara su falta de solidaridad. Es como el tipo que va a las iglesias a hacerse el santo y es un terrible hijo de puta”, dispara. Ica, poeta, productor y docente además de músico, lleva una larga experiencia que se traduce más en toques con otros –Mercedes Sosa, Peteco Carabajal, Rubén Juárez, León Gieco, Leda Valladares, Jacinto Piedra, Liliana Vitale y Suna Rocha– que en cantidad de discos (apenas cuatro) y parte de su prédica constante es la de ubicar al músico en la condición de intelectual. “Acá, cuando se habla de intelectuales no se habla de los músicos, como si no pensáramos o no tuviéramos ideas. Siento que trabajamos con el lenguaje más sutil porque el sonido es significado y significante a la vez. Yo toco un Do y no tengo que explicarlo de ninguna manera”, sostiene.

–Otra constante son sus ataques a Cosquín. ¿Por qué?

–Porque debería ser Hollywood. Tendría que tener una productora de discos, una editorial, un canal de TV, estudios cinematográficos... ¡Es una marca mundial y lo manejan como la canchita de la esquina! Ni contar esa barbaridad que hicieron de construir esa tribuna para tapar el acceso visual y sonoro a la gente que caminaba por las calles, que también es parte del negocio. Se olvidaron de darse cuenta de que hace unos cuantos años los espectáculos se financian con la TV y no con la venta de entradas. Amo a Cosquín y, a la vez, veo lo que hacen y me da profunda pena.

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