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miércoles, 27 de mayo de 2009

ESTELARES_NUEVO DISCO







“Tradujimos nuestras grandes pasiones como enseñanzas”

Manuel Moretti, líder de una banda que es al mismo tiempo popular y “de culto”, anticipa las claves de su último trabajo, que aparecerá el próximo viernes. “La figura es el amor como construcción, ni siquiera como pareja”, explica.

Por Roque Casciero

Manuel Moretti parece tener todo el tiempo del mundo cuando se sienta a la mesa de un bar a unas cuadras del Abasto, justo a la vuelta del lugar que quiere convertir en su bunker y estudio. Sin embargo, el cantante de Estelares vive por primera vez todo lo que implica estar a punto de publicar un disco cuando el anterior fue exitoso. Sistema nervioso central, de 2006, puso por primera vez al cuarteto en todas las radios gracias a temazos como “Aire” y “Ella dijo”. Eso provocó que Estelares llegara a lugares como el Opera, entre otros, y que abandonara definitivamente su estatus de secreto mejor guardado de un grupo selecto de fans. Por eso, Moretti disfruta de “todas esas novedades” que vive ahora, como que lo reconozcan por la calle y que el sello PopArt tenga como prioridad el lanzamiento del inminente Una temporada en el amor, que aparecerá el próximo viernes. Este juninense de cuarenta y pico confía en las canciones que registró con sus compañeros Víctor Bertamoni (guitarra), Pablo Silvera (bajo) y Carlos Sánchez (batería), y la única ansiedad que siente, confiesa, “es por responder a lo que ahora significa Estelares”.

Repaso rápido: el cuarteto se formó en La Plata en 1994, publicó dos discos muy elogiados por la crítica pero sin difusión (Extraño lugar y Amantes suicidas), y estuvo en el ostracismo hasta que, de la mano del perico Juanchi Baleirón como productor, Ardimos le dio la primera posibilidad de abrirse a más público. Lo demás ya se contó arriba: vino Sistema... y una popularidad que se tradujo, por ejemplo, en que tres canciones tuvieran versiones bailanteras. “Cuando lo pienso desde el presente, este camino tiene lógica”, reflexiona Moretti. “Los primeros dos discos tenían buenas canciones, pero eran de un narcisista. O sea, un tipo que laburaba encerrado en su habitación, sin relacionarse con el afuera, a pesar de que venía con una banda. A partir de Ardimos, fue como si dijera: ‘Quiero dejar de ganarme la vida con la gastronomía, quiero ser músico. Dejo todo y me voy a Buenos Aires, me como tres años sin un mango, exclusivamente componiendo y viviendo con lo que pueda’. No tenía más ganas de tener una banda de la que sólo se enteraban los entendidos.”

Una temporada... muestra a una banda más “expansiva”, con el agregado de invitados permanentes en guitarra y teclados que enriquecieron el sonido y potenciaron la natural capacidad cancionera del cuarteto original. Estelares ya no le tiene miedo al hit radial; es más, lo disfruta, pero no por eso se abandona a la obviedad, como tantos de sus colegas. “El disco tiene un costado de investigación”, asegura el cantante. “Es la primera vez que nos ponemos a improvisar sobre mis canciones y aparecen músicas, desde Wilco y Radiohead hasta Nino Bravo y Sandro, que siempre habían estado. A mí me genera mucho placer haber logrado traducir toda esa información.” Tres canciones del álbum (“Hoteles”, “Superacción” y “Tanta gente”) son versiones de la banda de canciones que Moretti había grabado en un disco solista que sólo circuló en CD-R, La mañana del aviador, y que había hecho para sacarse las ganas porque se dilataba la salida de Ardimos. En el texto que acompañaba a ese disco, el cantante reconocía que todos los temas hablaban “de la pérdida”. Pero ahora, explica Moretti, “el tipo de La mañana... pasó por Ardimos y Sistema..., y vuelve entendiendo la tristeza, pero sabiendo que se puede salir. Por eso el disco se llama Una temporada en el amor”.

–Es que el amor siempre es una temporada, aunque pueda ser más larga o más corta.

–Claro. La figura que pensé es la del amor como construcción, ni siquiera como pareja. Aunque tiene que ver el hecho de que me convertí en padre, la idea viene de antes: hace cinco o seis años empecé a pensar que había yeites míos que no quería repetir. Y con la banda pasó lo mismo. Por eso imaginé a Una temporada... como un lugar geográfico: una temporada en las Sierras de la Ventana, que es uno de los lugares que más me gustan de la Argentina. Es como decir: “Mirá esa geografía, las cuevas, ahí está lleno de luz, ahí hay viento”. Eso es lo que tiene el amor: lugares de disfrute y de contención, y el vacío de la nada cuando no uno no se encuentra a sí mismo ni encuentra al otro.

–Otro de los títulos posibles era ‘El mundo de Leonardo Favio’.

–Sí, sí, estaba como loco con Favio. Le escribí a Leonardo, le expliqué que para mí él es lo más, y su secretaria me respondió que él estaba emocionadísimo, que le parecía “demasiado honor”. Pero después pensé que iba a pasarme dos años hablando de Favio en lugar de hablar del disco... De todos modos, él me parece genial como cineasta y como autor de canciones populares. Porque, sí, yo arranqué con el rock, pero amo a los cantantes populares como Favio, Nino Bravo o Roberto Carlos. Creo que eso se nota mucho en “Las trémulas canciones”.

–Y también en su forma de cantar “No hay más”.

–Esa canción es de Pablo y es la más platense, con mucho de Virus, pero es verdad que mi forma de cantar tiene que ver con ese cantor italiano que tengo adentro. Es que para mí Nino Bravo o Roberto Carlos son tope de gama. Me mató cuando Andrés (Calamaro) hizo el cover de “La distancia” (de Roberto Carlos). Y me agarré una calentura bárbara porque nunca lo había pensado. Me acordé que era la canción que, de pendejo, más relacioné con la pérdida. De grande entendí que era porque mi viejo era viajante, entonces era un padre ausente muy seguido. Esa cosa de la distancia, de pérdida, hizo que fuera una canción muy fuerte para mí. Eran las canciones que escuchaba mi vieja. Hasta Julio Iglesias... (canta) “Me olvidé de vivir, me olvidé de vivir”. ¡Esas frases son las que me gustaría poner en mis canciones! Son un montón de descubrimientos que tienen que ver, entre otras cosas, con el ejercicio del oficio. Después de casi veinte años desde que empezamos con Víctor, ya tenemos un poco más de aire como para identificar nuestras grandes pasiones y traducirlas como enseñanza. Eso aparece en el disco y me gusta que así sea. Qué sé yo, “Un viaje a Irlanda”, que cierra el disco, es un tema que yo tocaba sólo, pero al segundo ensayo, sin hablar, salió la versión que hicimos en el disco. Y eso pasa por la personalidad de la canción: es ella la que elige.

–Esa canción tiene bastante de “Yankee Hotel Foxtrot”, de Wilco.

–¡Exactamente! El otro día decía Radiohead, pero yo no soy Radiohead aunque amé a esa banda. Sí estoy mucho más cercano a Jeff Tweedy (líder de Wilco). Es un master total. Y hay Wilco en el disco, es intencional.

–Usted ha dicho que su gran tema para las letras es la carencia. Y en esta canción habla de sus amigos... ¡y a todos les debe algo!

–(Se ríe.) Esa canción es de la época del menemato. Traté de hacer algo cariñoso y humano en un momento en que tenía una sensación muy fea de soledad. A veces me pasa que tengo mucha emoción y no sé de dónde viene, y tengo que relacionarla con algo. En ese momento, automáticamente la relacioné con mis amigos. Pero son amigos a los que hacía mucho que no veía. “Te debo un whisky con soda, Fer”: a Fernando hacía diez años que no lo veía, pero es irlandés y recordé que le gustaba chupar whisky. “Te debo un viaje a Irlanda, Andrés”: es otro descendiente de irlandeses a quien quiero por mi antigua relación con lo mejor del catolicismo. Silvia era una bailarina a la que de verdad le debía baile y noches de parranda. Y Julieta es una amiga, quedó perfecto decir que le debía porros y alcoba. Me puse a jugar con eso y aparecieron otras cosas, como que “veinte años no es nada si hubiesen sido decentes”: desde que soy chico viví con los militares y después con el menemato. “Vicky me llamó de España”, mentira, no me había llamado nada, pero todo el mundo estaba yéndose. Y la canción tiene algo que transmite una pertenencia, que es precisamente la no pertenencia.

–Claro: “No pertenezco a esto, a este momento horrible”.

–Exacto. Eran un montón de imágenes que me cerraban y que me venían como chorizo. “Lo que es peor hacer, mil veces ya lo hicimos/ Lo que es mejor hacer, lo saben dos o tres nomás”: me refiero a lo difícil que es ser constructivo, cosa que se liga con lo de una temporada en el amor. Pasa con esa letra, con la de “Superacción”, con la de “Tanta gente”, aunque no es tan pesada, con la de “Melancolía”, que es nueva...

–“Melancolía” da la sensación de que ya no se banca ese sentimiento que caracterizó tantas de sus letras.

–Es eso. “Melancolía, aquí otra vez, ¿no has tenido bastante?” ¿Qué querés de mí? (Se ríe) La idea tiene que ver con ese momento en el que estás mejorando pero te atrapan recuerdos de cómo dejaste a esta persona, de que estás solo como un perro y de que no hiciste nada con tu vida... En un momento, digo “les di mi vida a las canciones y no me arrepiento”. Entonces, lo que perdí por haber elegido las canciones ya está. La compuse en una noche de angustia existencial sin mucha lógica, porque ya habíamos publicado Sistema..., no era que no había hecho nada. Pero me acordaba de una piba que había sido adorable conmigo y con la que había hecho la cagada del siglo, entonces, me vino esa sensación de decir: “No podés cuidar nada”.

–En la elección siempre hay una pérdida y queda esa sensación de “qué habría pasado si hubiera elegido el otro camino”.

–Todo el tiempo. En términos psicoanalíticos, es el deseo, el hecho de estar vivos.

–¿Hizo terapia?

–Hago terapia desde hace mucho y soy bastante psicoanalítico, me parece uno de los conocimientos más brillantes de la modernidad. Hay bastante de eso en mis canciones.

–En Sistema... habían recuperado “Aire”, que estaba en La mañana..., y ahora retomaron otras tres canciones de ese disco solista suyo. ¿Por qué?

–Además, “Viaje a Irlanda” y “Autobuses” son de la misma época, y otras dos son del ’91. Y eso pasó porque hay canciones que ganaron por calidad. Casi todas las canciones de este disco son neurálgicas, testimoniales, de cosas que me pasaron en diferentes épocas, aunque no son “autobiográficas”. Ojo, casi no hay historias de amor, salvo “Cristal”, que es más de ruptura que otra cosa. Las demás son jugar con el verso, con la carencia y, en el caso de las de La mañana..., con el menemato. Y me parece que está muy bien que podamos poner sobre el escenario canciones que están vivas y a las que la banda recontra revitalizó.

–Ya que mencionó “Autobuses”, ¿cómo fue el contacto con Fito Páez, que canta allí?

–Un domingo estaba en casa de amigos, comiendo un asado, y me llamó Coki de Bernardi (líder de los Killer Burritos, que ahora acompañan a Páez): “Manu, Fito está enamorado de ‘Ella dijo’ y quiere que vengas a cantarla con él al Opera”. Justo un tipo como Fito, al que escuché tanto y del que aprendí tanto... Pegamos una onda tremenda, estuve en su casa, lo invitamos a nuestro Opera, y cuando decidimos grabar este disco le pedí que cantara.

–En esa canción usted menciona un traje beige, imagen que también aparece en “Las luces del sueño”. ¿Casualidad?

–(Se ríe.) Tengo ideas recurrentes, de dos o tres canciones, porque si me gustan no tengo problemas cuando vuelven a aparecer. Los trenes, por ejemplo. El traje beige apareció primero en “Las luces del sueño”, no sé por qué: era una imagen en la que veía a una chica joven caminando al reencuentro de alguien en una gran kermés y tenía puesto un traje beige. Se me representó en ese traje la ternura femenina. No sé, es rarísimo, no tiene ningún asidero. Y en “Autobuses”, cuando digo “me compré un traje beige”, es la ternura, precisamente.

–La letra de “Hoteles” no parece suya: ¿quién va a creerle que le encanta vivir en lugares tan impersonales como los hoteles?

–Es que, precisamente, se trata de una parodia de la soledad: la sensación de vivir en hoteles es la de estar más sólo que un perro. Mi idea era la de dos amigos aristocráticos que se van a un hotel. Uno de ellos es escritor y está escribiendo La mañana del aviador, que para mí era el mejor título que podía tener un libro.

–¿Y cuándo se animará usted a escribir ese libro?

–Es dificilísimo ser escritor. Es un oficio que entiendo porque leo mucho y me gusta meterme en los pensamientos del escritor cuando escribe, pero no sé cómo hacer el desarrollo de una trama ni armar un personaje. Puedo escribir versos porque me gusta, pero me parece que ser escritor es demasiado.

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