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sábado, 23 de mayo de 2009

GEORGE CLINTON & PARLIAMENT FUNKADELIC EN ARGENTINA



EL FUNK COMO UN ABUSO SEXUAL





Clinton desencadenó el infierno y liquidó la faena con una lluvia de preservativos.

El legendario patriarca del género comandó a una selección de músicos que supo calentar a la audiencia con un inolvidable cóctel de sonidos negros. Al cabo, el local de San Telmo quedó chico para una ceremonia que hoy tendrá su último acto.

Por Luis Paz

El debut de George Clinton & Parliament Funkadelic en Argentina fue irreprochable y sobrepasó todas las expectativas, por despliegue (con 16 músicos sobre el tablado durante tres horas), musicalidad y puesta en escena. Y también porque fue uno de esos debuts inolvidables, un acercamiento tántrico, hormonal y hediento a la zona pélvica del funk; y a la vez reflejo del onanismo con el que se utiliza la psicodelia. Es que aunque Clinton ya no acaricia sintetizadores y teclados y le susurra al micrófono cada vez menos palabras, cuando él y su compañía estable desfloran oídos, las piernas se estremecen y la cabeza da vueltas de verdad. Mentores, padrinos y educadores de artistas de todas las músicas, bien podrían haber sido denunciados por abuso sexual en masa con el show que dieron en La Trastienda.

Verlos aparecer de a uno sobre el escenario da miedo. Y no porque no sean gente bella, sino porque cada ficha sobre el tablero va agregando volumen a lo que se espera: un detalle sintético pero experimental de una gigantesca carrera de cuatro décadas, 60 álbumes (compilaciones, rarezas y discos en vivo incluidos) y ningún registro certero sobre la cantidad de músicos ultracalificados que participaron de ella. Tocaron catorce de sus composiciones originales, y el resto fue una ostentación necesaria que ganó en elegancia gracias a la calidad musical que sostuvieron, más allá de que el pequeño boliche intimista les quedó chico en acústica y padecieron demasiados problemas de sonido.

La gente se aguantó sentada en las coquetas mesas sólo hasta que El Señor George Clinton hizo aparecer su cabello caleidoscópico frente al micrófono. O sea, sólo dos temas: “Funk And Intellirie” y “Boop Gun”. Sin negar saludo, convite humeante ni guiño de ojos, Clinton tomó así para la voladísima “Cosmic Slop” (“Are you ready to fly?”, se oyó en off) la batuta de esta gran “banda de bandas”, que incluye no sólo a sus dos históricos proyectos, sino también a James Brown, a Jimi Hendrix (con dos imágenes suyas perdidas y muchas otras referencias simbólicas en el vestuario) y a Sly Stone; a Kool & The Gang y Prince y, por decantación tardía, a John Frusciante, Tom Morello y Vernon Reid.

Ya con “Flash Light” quedó claro que el recital sería un nuevo parto de aquellas canciones fun(k)damentales, que aún habiendo sido casi desfiguradas en comparación a sus registros fonográficos, siguieron siendo esbeltas. En “Rneedeep” y “Tear The Roof Off The Sucker”, los fraseos de viola y voces de Garry “Starchild” Shider (¡con pañales históricos!) fueron una cama elástica para las líneas vocales que Boogie Mosson (alejado de la guitarra por completo) arriesgó al estirar las notas desde los vientos de Greg Thomas, que luego hizo de su trompeta una herramienta dañina para la sanidad mental colectiva.

Otros que solearon para el recuerdo fueron el guitarrista Michael Hampton (luego de siete minutos de stand by por problemas técnicos), tras una máscara de boxeador mexicano y bajo una peluca afro y lisérgica; la sensacional y cautivante Mary Griffin, las jóvenes y modositas coristas Kendra Foster y Kim Manning y el bailarín Sir Nose, que hacia el final del show montó al escenario a media docena de chicas. Mención aparte para Belita Woods, de una capacidad oral increíble.

Más desapercibidos pasaron el agitador Peanut Johnson, envestido de gangsta rapper; el tremendo bajista Lige Curry (perfecto doble de riesgo de Sasha Baron Cohen) y el batero Franie Waddy. No estuvo el trompetista king size Bennie Cowan. Tampoco Eddie Hazel, guitarrista fallecido, pero sí su homenaje a Hendrix (“Maggot Brain”), que estremeció luego del clásico “Free Your Mind (And Your Ass Will Follow)”, literalmente: liberá tu mente y tu trasero irá detrás.

Entonces llegó el momento del coro y el baile popular para “One Nation Under a Groove”, un manifiesto tardío del funk que funciona en plan metalingüístico, como todo el funk que habla básicamente del funk, pero también de las babies, el squeezing y la nocturnidad. Y el momento catártico de la cantante de rhythm & blues Mary Griffin, que terminó aceitada por el sudor pero zafó del mosh que los jóvenes de las primeras filas le obligaron a la provocadora Kimberley Manning.

El final fue con “Red Eyed Mama” y el perreo reggaetonero de las coristas del grupo y las valientes que subieron al escenario; y “Atomic Dog”. Fueron tres horas en las que los que quisieron el funk, tuvieron el funk; donde por momentos 30 cuerdas (cuatro guitarras y un bajo de seis cuerdas) masajearon el lóbulo izquierdo; que permitieron un seudo striptease de Mister Nose y que acabaron con preservativos arrojados desde el escenario como confeti. Al calor popular y el mensaje sensual (y subliminalmente sexual) del funk, el regalo cobró más valor y fue guardado en el bolsillo o la cartera, junto a los volantes de Tony 70 que entregaban al salir de La Trastienda.

Y allí, recién al salir, aparece la única duda que dejó el recital: ¿cuánto tiempo más llevará saldar la deuda autoral local con el funk?

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