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sábado, 18 de julio de 2009

BRUCE SPRINGSTEEN CANTO ANTE 50.000 PERSONAS EN GLASGOW


El "Jefe", al frente de su legendaria E-Street Band, hizo enloquecer a una multitud. Cantó clásicos y mostró temas de su flamante "Working on a Dream".

A LOS BIFES EL ESTADIO NACIONAL DE HAMPDEN PARK -DONDE JUEGA LA SELECCION ESCOCESA- LUCIO ESPLENDIDO. SIN GRANDES ESCENOGRAFIAS NI JUEGOS DE LUCES QUE DISTRAYERAN EL ATRACTIVO PRINCIPAL: LA MUSICA DE SPRINGSTEEN.

La excitación podía palparse en el aire ya al cruzar los controles de la estación Glasgow Central. Pasos apurados, miradas expectantes y una lucha cuerpo a cuerpo para obtener una última plaza en el tren con destino a Neilston. Pero casi to dos los pasajeros se bajarían en la estación Mount Florida para iniciar el peregrinaje de ocho cuadras hasta el Estadio Nacional de Hampden Park, donde en apenas un par de horas Bruce Springsteen y su legendaria E-Street Band haría la escala escocesa de la gira de presentación de su nuevo álbum, Working on a Dream. El hermoso estadio techado es sede de las finales del campeonato escocés de fútbol y también donde se disputan los encuentros de la selección nacional del país.

A las ocho de la noche no cabía un alfiler en el campo de juego y las tribunas mostraban algunos pocos claros. Paró la garúa y empezó a clarear. De pronto, se encendieron las luces del escenario y todo Hampden Park se confundió en un grito de batalla: "¡¡Bruuuuuuce!!"

Con aplomo, pisando fuerte como quien sabe que juega de local en cualquier parte, Bruce gritó su clásico one, two, three! y Badlands inundó el estadio. Springsteen, de camisa y pantalones oscuros, no perdió tiempo y salió a abrazar de cerca al público, confundiéndose entre las primeras filas, cantando literalmente en medio de la gente. Enseguida vino uno de los puntos fuertes del último álbum, My Lucky Day, una de sus típicas canciones de melancolía y esperanza.

A todo esto, la E-Street Band funcionó con esa precisión natural que sólo consiguen los músicos que han tocado juntos durante décadas. Mientras el baterista Max Weimberg y el bajista Garry Tallent anclaban el cimiento rítmico rockero, el tecladista Roy Bittan ponía su rúbrica a los momentos melódicos y sustentaba el dramatismo de las baladas con sutiles líneas de órgano, sin olvidar el característico toque funky de su piano. Por delante, tres atacantes de punta: el gigantesco saxofonista Clarence Clemons -muy celebrado en sus intervenciones- agrega los arabescos de su saxo juguetón, al tiempo que los guitarristas Nils Lofgren y Little Stevie Van Zandt construyen la madeja de solos e intercambio de riffs que le da el eje punzante a los grandes rocks de la banda. Y además actúan como compinches cercanos del Jefe. Lofgren con los solos más distintivos y Little Stevie compartiendo micrófono con Bruce y hasta cruzando andanadas guitarreras con el propio Springsteen, quien no es reacio a mandarse en más de un solo a lo largo del recital.

El entramado del show es inteligente. No hay grandes escenografías ni juegos de luces que distraigan del atractivo principal, que fue y será la música de Bruce Springsteen y esas viñetas de muchacho sencillo de suburbio que en algún momento echó buena en el mundo del rock and roll pero que, a los ojos de su público, sigue siendo en última instancia ese chico de barrio que amaba a su novia de secundaria. Las canciones de Springsteen hablan del intento desesperado de romper con ese círculo vicioso de resignación y desesperanza. Su público lo sabe y por eso, cada escala de su repertorio es aceptada con una alegría cercana al delirio por la feligresía escocesa. Desfilan clásicos de todas las épocas: Johnny 99, The River, Thunder Road, Bobby Jean, Dancing in the Dark y una arrasadora versión de Born to Run, junto a nuevos favoritos como Outlaw Pete y el tema que titula su nuevo álbum.

Si a Springsteen se le pudiese achacar algún tic de complacencia para con su público, al menos hay que reconocer que lo hace con mucho estilo, como cuando le acercó el micrófono a una niña de unos seis años para que cantase una estrofa de Working on a Dream, cosa que la deliciosa rubiecita hizo muy bien, arrancando otra ovación general. Más tarde, Bruce bajó de nuevo entre la gente y recogió carteles con pedidos de temas. Comentó lo bien hecho que estaba el de Pink Cadillac y enseguida la banda se lanzó a tocar el tema. De allí en más, la fiesta de rock and roll no paró y después de varios bises, Bruce y la E-Street Band desataron un coro multitudinario en Hampden Park con una versión inolvidable, interminable de Twist & Shout unido con La bamba.

Han pasado casi tres horas. El escenario por fin queda vacío y la multitud comienza el largo regreso, que para muchos será a pie, dado la hora de la noche, al centro de Glasgow. Pero en los rostros se dibuja, invariablemente, una sonrisa. El Jefe ha pasado por Escocia. Vino, tocó y conquistó.

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