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sábado, 22 de agosto de 2009

EL SENEGALES CHEIKH GUEYE EN EL SEGUNDO ENCUENTRO TSAVO ARTS


“En Argentina me siento integrado”

Tocará junto a su banda Daaradji Gaynde en el marco de un verdadero maratón de cultura afro que empezará mañana en el Teatro Verdi.

Por Facundo García

El senegalés Cheikh Gueye tocará junto a su banda Daaradji Gaynde en el segundo Tsavo Arts, una verdadera maratón de cultura afro que abrirá sus puertas mañana a las 16 en el Teatro Verdi de La Boca (Almirante Brown 726). Si la fiesta estuviera arreglada para dentro de un minuto, él reaccionaría de la misma manera: respetando los tiempos y la paz que se permite la gente de su tierra. Mientras toma mate parsimoniosamente, el percusionista y bailarín nacido en Dakar cuenta cómo surgió su deseo de venir al sur y por qué ha decidido traer el arte de los griots, es decir, la herencia milenaria de los artistas que se encargan de mantener la memoria y la unión tribal entre su pueblo.

“Me uní a una familia que tenía ese oficio a los siete años, por propia voluntad. Los veía cantar y bailar, y como vivía enfrente sólo tuve que cruzarme”, recapitula Gueye. De acuerdo con el libro Griots and Griottes: Masters of Words and Music, del investigador Thomas A. Hale (Indiana University Press, 1998), los viajeros blancos del siglo XIV y XV ya mencionaban en sus escritos que por el continente negro pululaban unos seres excéntricos, mezcla de genealogistas con consejeros, de músicos con cuentacuentos, de diplomáticos con historiadores barriales. “Son muy intensos –completa el percusionista–. Si vos te unís a ellos te enseñan a tocar tambores, a bailar, a cantar y hasta a cocinar. Esa fue mi rutina por más de dos décadas; practicando sin horario fijo.”

Tras iniciarse en la danza y la interpretación de instrumentos sabar, n’tama, djembé, djun djun y bougarabu –entre otros–, Cheikh se incorporó a varios ballets y recorrió Europa. Claro que las pompas no opacaron el recuerdo que le había quedado de cuando vio por TV el Mundial de Fútbol del ’78. “Lo que mostraban de Argentina por la tele me pareció espectacular”, sonríe. Eso, junto a varios apellidos que resulta gracioso escuchar tamizados por su acento, termina de redondear una justificación insólita de la mudanza: “Y bueno, qué querés. Pumpido, Ardiles, Passarella y Kempes eran mis ídolos, y vivían acá”, resume. De manera que las giras por España, Italia y Francia se desvanecieron frente al resplandor que mantenía la idea de tirarse un lance por latitudes australes. “No fue tan difícil –admite el andariego–. Después de todo, el aeropuerto de Buenos Aires es quizás el único fuera de Africa en el que no me he sentido perseguido ni discriminado.”

Gueye encarna una nueva ola inmigratoria que se concentra en el sur de Buenos Aires y el área metropolitana. Si en los ’90 la mayoría de los africanos venía de Cabo Verde, hoy arriban de Senegal, Nigeria, Costa de Marfil o Zambia, donde –a pesar de la mirada homogeneizadora en la que suele recaer Occidente– se cultiva una impresionante variedad de identidades que ya comienza a enriquecer las principales urbes del país. “Mirá, yo me siento integrado. No sólo me enganché con el mate amargo. Como vivo en Paternal, me hice hincha de Argentinos Juniors”, ejemplifica el entrevistado. ¿Lo que más le costó asimilar? La velocidad. “Apenas llegué –se queja– tenía que andar con cuidado, porque me parecía que los autos me iban a atropellar.” Aquí encontró una numerosa colectividad islámica, por lo que no se sintió un bicho raro. Y encima –factor fundamental– se topó con espíritus dispuestos a bailar sus ritmos. Casi como estar en casa.

Desde luego, el tambor no siempre es alegría. Cada tanto le trae nostalgias, y en consecuencia Gueye trata de ahorrar para volver a ver a los suyos periódicamente. La familia que lo educó en Dakar cuando era pibe aún existe, y cada visita deriva en festicholas a las que se incorpora el vecindario a pleno. Entonces se suspenden por un momento las tristezas que todavía campean por lo que durante siglos fue el principal centro de tráfico de esclavos hacia América. Se borra la evidencia de que la mitad de la población de ahí no tiene trabajo, y la corta esperanza de vida se exorciza bajo los cueros tronantes. “No importa lo que pueda estar pasando; allá aprendés a compartir. Se comparten no sólo las cosas, sino la vida. De eso se trata el concierto del domingo (por mañana): de que venga la gente que se nos parece y la que es distinta, y que podamos disfrutar lo que sale de juntarnos”, adelanta el negro.

Gueye insiste en que ese ánimo comunal es uno de los sentidos de Tsavo Arts (ver recuadro). Daaradji Gaynde, su banda, ya es de por sí multitudinaria. Son tres bailarinas, siete músicos y él, que hace ambas cosas. Su presentación durará cuarenta y cinco minutos y promete aportar un vibrante rincón afro a la tarde dominguera.

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