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viernes, 10 de abril de 2009

BILL CALLAHAN



El arranca corazones

Aunque fue uno de los exponentes más claros de ese movimiento musical de los ’90 que se conoció como “lo-fi” (grabaciones caseras, canciones cortas, distorsión, letras absurdas), Bill Callahan excede por mucho ese espíritu que lo vio aparecer: al frente de la banda Smog durante casi veinte años, sus canciones cortan con su ironía, corroen con su cinismo y se convierten en bisturíes sangrantes que diseccionan relaciones humanas.

Por Mariana Enriquez

Se abusa tanto de la calificación de “original” para definir a ciertos artistas que, cuando se está en presencia de alguien francamente único e incomparable, resulta difícil describirlo. Bill Callahan, ex líder de Smog (en rigor, una banda/alter ego donde él tenía todo el control creativo y en ocasiones era único integrante), es un caso así. Difícil de describir y de aprehender. El propio Callahan es difícil, un tipo esquivo y mordaz hasta resultar cruel, un estilo de personaje del indie muy típico de los años ’90 y de Estados Unidos, pero llevado hasta límites exasperantes.

Quizá se podría empezar por definir el estilo que lo hizo surgir: el lo-fi. Se usó, en su momento, no sólo como una descripción de la calidad de la grabación de un disco sino como un género en sí mismo, integrado por rockeros indie que componían canciones ruidosas, distorsionadas, medio abstractas, muy libres, solos en sus casas, por lo general con una portaestudio. Las primeras grabaciones, entonces, con sus fragmentos y sus ruidos, se distribuyeron en casetes. Muchos de sus primeros representantes se “graduaron” más tarde hacia las grabaciones más convencionales, aunque introvertidas: es un género en el que se pueden ubicar grupos e intérpretes tan diversos como Magnetic Fields, Pavement, Lou Barlow, Daniel Johnston o Will Oldham. En síntesis: es un género medio agarrado de los pelos. Smog entra en esa categoría con sus primeros casetes, Macrame Gunplay o Sewn to the Sky (1990). Esos casetes estaban compuestos por canciones crudas, diseminadas, en ocasiones sólo instrumentales y muy breves; cuando había letras, eran extrañas, surrealistas: “Compré la lengua de un rey / Con un dinero preservado en agua de fuego”. Para 1991, sus EPs y grabaciones llamaron la atención del sello indie de Chicago, Drag City, que decidió incorporarlo a su catálogo, y relanzó el repetitivo y extraño Sewn to the Sky. El sello también es la casa de leyendas como Will Oldham, bandas tan influyentes como Royal Trux y nuevas promesas como Joanna Newsom (que, además, es la actual pareja de Callahan). El nunca se fue de Drag City, lugar que, en charla con Radar, describe como soñado: “La experiencia de trabajar en Drag City es de completa libertad, honestidad y sabiduría. Siempre están ahí para ayudarme en cualquier cosa que se me ocurra. No puedo pensar en una mejor situación ni en mis sueños más salvajes. No me sorprendió que me llamaran para tocar en Latinoamérica porque sabía que recientemente Drag City había encontrado un distribuidor allí que quería traer bandas. Durante años tuve propuestas para ir a Latinoamérica, pero creo que se trataba de gente que quería matarme. Me llegaban mails que decían: ‘Te vamos a dar 500 dólares y usaremos los cuchillos más afilados conocidos por la humanidad’. Eran propuestas tentadoras”.

En Drag City, entonces, hizo su carrera, que de a poco se fue acercando a la canción más convencional. Un camino bastante común para los representantes del lo-fi de los ’90. Pero entonces, ¿qué hace de Bill Callahan un artista tan distinto, tan especial?

Una lengua malevolente

Sobre todo, lo que diferencia a Callahan de cualquier compañero generacional es lo que dice, cómo lo dice, y en qué tipo de canciones plasma ese tono. Un tono que va de la ironía –la burla fina y disimulada, cuando se da a entender lo contrario de lo que se dice– al cinismo –la defensa de actitudes y temas, digamos, más que cuestionados– pasando por una desdicha distante, como si llegar al sentimiento doliera demasiado; la crudeza queda, entonces, para la música. Ejemplos: el cinismo de “Be Hit”, la canción más irritante del fantástico Wild Love (1995): “Todas las chicas a las que amé / querían ser golpeadas. / Todas las chicas a las que amé / me dejaron porque no lo hice. / Tengo un consejo para vos, amigo, / lastimalas, o las vas a perder. / Parece que el trato suave / lo puede dar cualquier estúpido”. Callahan rechaza hablar de la misoginia de esta letra, por qué necesitó expresarse así; y quizá lo hace porque hay mucha gente convencida de que el misógino es él, no la canción. O las canciones, porque de este estilo hay muchas. Otro ejemplo es “You Moved in”, la apertura de uno de sus mejores discos, The Doctor Came at Dawn (1996): “Te mudaste a mi hotel / Podrías haber conseguido algo mejor, pero bueno / pinché tus teléfonos / leí tus mails / nos dividimos el alquiler”. Sucede que no quiere tocar el concepto Smog dando explicaciones, aunque admite que había en ciertas canciones de la banda una “malevolencia que no fue entendida. Hay muchas interpretaciones de cada canción. Muchas veces se trata de cosas no dichas. No necesariamente la experiencia de una canción es tener letras que la acompañen. Una canción te va a atrapar o te va a tocar dulcemente. Toda la responsabilidad está en la canción. Las canciones están por sobre cualquier reproche y recriminación”. La especialidad de Callahan es la crónica de destrucción de parejas, la autocompasión, la desolación cotidiana, el espanto del amor cuando se pudre. “I Break Horses”, por ejemplo, de Acumulation: None (recopilación de rarezas de 2002): “Al principio su tibieza se sintió bien entre mis piernas. / Una carne que vivía, palpitaba, respiraba. / Pero pronto la calidez se transformó en picazón, / después en molestia. / Yo quiebro caballos, no los cuido. / Esta noche estoy nadando hacia mi isla favorita. / Y no quiero verte nadando detrás de mí”. Callahan también escribe sobre otras cosas, pero no lo hace mejor.

Sobre todo está la música, claro. Aunque parece ir por un carril distinto al de las letras. Callahan canta en un barítono plano, desapasionado, tan poco emocional que parece revelar una inseguridad profunda, un miedo atroz a desnudar en su voz esos sentimientos terribles que lo embargan. Como si todo fuera a desbordarse, o a quebrarse, si lo hiciera. Una intensidad contenida, travestida de distanciamiento.

Hay algo de eso en la música, que suele volver sobre sí misma, sobre todo en los primeros discos: en muchos (como el fantástico Red Apple Falls, 1997) parece haber una canción central, completa, que se fragmenta o impregna las demás; o una melodía que retorna y resuena. Red Apple Falls es un disco casi country, y “casi” porque Callahan tiene tanta personalidad que acomoda los estilos a su alrededor. Algo así hace con el clásico “In the Pines”, grabado para el reciente A River Ain’t too much to Love (2005): “Quería vérmelas con una canción que hubiera sido interpretada por cientos de personas”, cuenta. “Como una especie de desafío para ver si podía lograr una versión que valiera la pena editar. Es una canción bella y misteriosa. Casi psicodélica con su imaginería del tren y el paso del tiempo. Otro aspecto que me gusta de las canciones tradicionales es que las letras no son fijas. Cambian depende de quién las cante. Como una historia familiar, transmitida de generación en generación.” En los discos más recientes, como A River... (que se grabó en los estudios de Willie Nelson), parece haber abandonado la fragmentación y por fin dedicarse a la canción completa. Lo hace con mucho respeto, con gran éxito y con su marca. En el pop casi alegre del tema “Dress Sexy at my Funeral”, de Dongs of Sevotion (2000), canta, con su falta de pasión característica: “Vestite sexy en mi funeral, mi buena esposa. / Por primera vez en tu vida, usá tu blusa abierta hasta acá y tu pollera con un tajo”. No puede contenerse. Pero todos los burlones se cansan de sus propias rutinas. Y en su nuevo disco, Woke on a Whaleheart (2007), Bill Callahan ya no está detrás de Smog. Ahora usa nombre propio y es todo un cambio.

El corazón de la ballena

“Al principio, la idea era tener un nombre de banda, que me serviría como capa para cubrir cualquier tipo de configuración que eligiera tener para cada disco”, cuenta cuando responde a la pregunta de por qué ahora decidió usar su nombre propio. “Es lindo tener un nombre de banda, porque sirve como una especie de protección contra la crítica. Hay cierto anonimato allí. O una portada falsa. O un statement del tipo ‘éste es un statement’. Usé el nombre por un largo tiempo. Lo soñé en 1988 y empecé a usarlo un par de años después. Creo que sencillamente me cansé de Smog y quería hacer algo distinto.” Pero también admite que está viviendo una transición: “No sé en qué punto estoy, pero lo que es claro es que me estoy deshaciendo de la capa de Smog a todo correr; y no puedo creer lo fácil que es”. En Woke on a Whaleheart hay varias cosas distintas a simple vista. En su vida personal, éste es el primer año desde que es adulto –tiene 42 años– en que Bil Callahan no se muda: está afincado en Austin, Texas (nació en Maryland). Las canciones son menos oblicuas, y –oh sorpresa– menos irónicas. Son más rítmicas, como si necesitaran ser fijadas, como si estuviera haciendo “funk y western”, mezcla dudosa que es posible sólo bajo su visión. Por primera vez, además, decidió no producir su disco y darle todo el control a Neil Hagerty, de Royal Trux: “Fue un gran paso que el disco estuviera producido por alguien más. Pero creo que las buenas canciones son buenas canciones sin importar cómo fueron grabadas o qué arreglos tienen. Así que no estaba demasiado preocupado. Había hecho lo necesario para tener un buen disco: había conseguido buenas canciones. Sentí que podía volver a arreglar o grabar cualquiera de las canciones en algún punto de mi vida si no me gustaba lo que Neil hacía con ellas. Pero me gustó lo que les aportó. En la mayoría de los casos tomó decisiones que yo también hubiera tomado”. Muchos críticos han dicho que Woke on a Whaleheart –el primero que se consigue en la Argentina– es simultáneamente el disco más difícil y el más accesible de Callahan. Difícil, esa palabra otra vez. El se encoge de hombros, pero accede a hablar del extraño título (que puede ser traducido como “Despertó sobre un corazón de ballena”) y, de paso, muestra los dientes de ironía filosa: “No encontré a nadie que entienda el título del disco. Diría que es surrealista. Hay que imaginarse a un tipo despertándose sobre el corazón de una ballena después de haberse ido a dormir en su propia cama. Imaginate lo que sentirías si pasara algo así. Estarías mucho más arriba en el aire, por empezar. Con respecto a lo lejos del piso que se está desde una cama, quiero decir. Hablo de un corazón que fue arrancado de una ballena, no de un corazón dentro del animal. Sería cálido y sangriento, y la palpitación sería fenomenal. La gente te miraría como si estuvieras loco. Uno empezaría así su día. Pero, de noche, ¿volvería a dormir sobre el corazón? ¿O se iría a otra parte? Uno sentiría una gran sensación de tranquilidad después de dormir sobre semejante cosa”.

Esa sensación pulsante, de gran extrañeza, viscosa y vital, pero no obstante muerta, calma, enorme y sin hogar es una definición de Bill Callahan y su música, tan buena como cualquier otra.

Cinco Smog / Bill Callahan básicos

Sewn to the Sky (1990).

Un disco de veinte breves temas, que primero se lanzó como casete grabado, según Callahan, en “una portaestudio de la basura”. Un collage con trazos que pueden durar menos de cincuenta segundos, texturas pantanosas, guitarras distorsionadas, grabaciones intrincadas. Olor a espíritu adolescente, en fin. Fue relanzado en 1995 por Drag City, cuando ya el trabajo de Bill Callahan se había disparado en otra dirección. Pero es el mejor ejemplo de sus primeros y ruidosos años.

Wild Love (1995).

El lo-fi queda atrás (o se reduce significativamente) y en canciones muy peculiares aparecen cellos, teclados y otras instrumentaciones no tan convencionales. Cierta sensación atmosférica brilla en viñetas etéreas como la canción del título, que dura un minuto y medio y sólo dice: “Amor salvaje, alguien arrancó mi amor salvaje”. Este disco tiene “Bathysphere”, la canción clásica de Smog, y su marca de referencia, melancólica confesión de aislamiento: “Realmente no puedo sentir o soñar aquí abajo”.

The Doctor Came at Dawn (1996).

La crónica de un amor con final amargo que podría ser la obra maestra de Smog. “Somewhere in the Night”, con palmas, tarareo y guitarra acústica, recomienda: “Deberías dejarme atrás, y dedicar todo tu tiempo a besar la cuchara con que lo alimentabas a él”. Pero también hay ternura en la lentísima y tan triste “All your Women Things” (una honesta canción de soledad) y desolación en la repetitiva “Lize”, dúo con Cynthia Dall, ex novia y compañera musical de Callahan. La canción más impactante, “Whistling Teapot”, con guitarras acústicas y un falsete/aullido muy extraño: “Ustedes dos no podrían reunir un poco de compasión. Y entre los tres no podríamos concebir una sola razón. ¿Y tuviste que agarrar a mi mejor amigo?”.

Dongs of Sevotion (2000).

El noveno disco de Smog arranca con “Justice Aversion”, con sintetizadores y guitarra que marcan un tono de canciones bien redondas, excéntricas, pero de formato reconocible. Como “Dress Sexy at my Funeral”, donde Callahan parece citar a Lou Reed, especialmente gracias a un riff de guitarra que pudo haber sido concebido circa “Sweet Jane”. John McEntire de Tortoise acompaña en batería, y la gran canción del álbum es “Permanent Smile”, casi gospel verdaderamente devocional, donde Callahan le pregunta a Dios: “¿Podés escuchar mi corazón latiendo en mi lengua?”.

Woke on a Whaleheart (2007).

El primer disco de Callahan que se edita en la Argentina es también el primero en el que se desprendió de su alter ego/nombre de banda Smog, un gesto con implicancias que quizá todavía sea demasiado temprano predecir. Lo produce Neil Hagerty de Royal Trux, y desde la primera canción, “From the Rivers to the Ocean”, con un piano delicioso y un estribillo glorioso, se percibe cierta ¿paz?, con dulcimer y flautas y una letra que habla de ríos y pájaros y de ser un hombre decente. Pero enseguida, en “Footprints”, se insinúan ritmos, coros y arreglos estilo Motown. ¿Signos de un futuro más gospel, más luminoso? Tiempo al tiempo.

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