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jueves, 23 de abril de 2009

JUNTOS PARA SIEMPRE, DE BEBO Y CHUCHO VALDES




La gran herencia afrocubana

El encuentro de dos generaciones logra plasmar el swing, el ritmo y la elegancia propios de la música popular de Cuba.

Por Karina Micheletto

A veces lo que tiene que pasar pasa sólo con vericuetos del destino de por medio. Tenía que pasar que Bebo Valdés abandonara su exilio en Estocolmo, donde trabajaba haciendo música de fondo, como pianista de hoteles, y terminara revolucionando el jazz con las raíces latinas de las que fue protagonista. Tenía que juntarse a grabar con su hijo Chucho, otro referente del filin, creador de Irakere, esa máquina cubana del ritmo. Pasaron 50 años. Finalmente se encontraron en un estudio de grabación. Juntos para siempre es ese diálogo tan exquisito como natural que padre e hijo entablan al piano. Con noventa y sesenta y seis años, respectivamente, muestran cómo suenan juntas dos generaciones que marcaron a la música de Cuba, y desde allí a la del mundo.

El regreso de Bebo Valdés a los escenarios del mundo fue casi una casualidad. Ocurrió que Paquito D’Rivera tenía que cumplir con el contrato de una discográfica y no llegaba con los plazos. Lo llamó. Le pidió material urgente; si eran músicas suyas, no importaba. Bebo pasó 36 horas sin dormir, logró lo que luego se llamó Bebo Rides Again. Fue en 1995 y de allí en más una cosa trajo la otra, y pronto aparecieron Grammys y reconocimientos varios. El documental Calle 54, donde Bebo tocó con su hijo “La comparsa”, y el sorprendente Lágrimas negras, donde mixturó su piano con el flamenco del cantaor Diego El Cigala, fueron los de éxito más resonante, de la mano de Fernando Trueba. El mismo productor de este disco, otra vez junto a Nat Chediak, y a Javier Limón, encargado de la grabación en sus estudios de Madrid.

Juntos para siempre es el encuentro de estas dos generaciones de Valdés que ponen en acto lo que cada uno representa: el ritmo implacable, la elegancia justa, el swing desde el corazón afrocubano –ese filin del que hablan en la isla–, la técnica que habilita a lo más complejo, y que por eso se demuestra en pocas notas. No hay ecos de jazz fusión ni la potencia electrizante de los ritmos afrocubanos que acuñó en su sonido Chucho. El centro está puesto, más bien, en una amable y elegante conversación de dos pianistas –en el canal izquierdo suena Chucho, por el derecho el padre– que discurren sobre su música preferida, jugando con las posibilidades de improvisar sobre ella. Que, en este caso, son amplias y fecundas.

Así pasa un clásico cubano, cuatro bolerazos, una descarga (esas jam sessions que patentaron los cubanos) de autoría conjunta, un par de standards de jazz, sendos temas dedicados de padre a hijo y de hijo a padre, una conga brillante compuesta por el dentista de Chucho –sí, los dentistas también tienen sentimientos–. Atención con el sentimiento de “Sabor a mí”, con la delicadeza de “Lágrimas negras”, de Miguel Matamoros, que se descubre mucho más suave y casi lánguido en esta versión, con la gracia del “Son de la loma”, del mismo autor, con el groove de “Tea for Two”. Por lo que se escucha, cuando Bebo y Chucho Valdés tocan juntos se divierten a lo grande. Y la música que hacen es cosa seria.

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