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miércoles, 15 de abril de 2009

"La música tiene poder sanador"


Oliver Sacks: "La música tiene poder sanador"


El neurólogo británico Oliver Sacks, que publica historias médicas sobre el impacto del fenómeno musical en la mente humana, señala que el "ritmo es exclusivo de los seres humanos", que le preocupa "la promiscuidad" de la música y sueña en voz alta: "Ojalá los hospitales se parecieran más a un jardín botánico que a un asilo".

Por: Antonio Lozano*

ATURDIDOS. Ahora en semana escuchamos más música que una persona del siglo XV en toda su vida. Me preocupa que la recibamos por imposición", advierte Sacks.

La vida de Oliver Sacks (Londres, 1933) dio un vuelco cuando sus ojos toparon con una tabla periódica. Transcurridos sesenta años, sigue llevando una diminuta en la cartera, donde el resto atesora las fotos de su prole. Coqueteó con la química y la biología, pero se decantó por la neurología, lo que le permitió desarrollar su don para tratar con los pacientes. Sabe más que nadie sobre las trampas y engaños que tienden los cerebros dañados o enfermos. En obras didácticas que se leen con la fruición de un relato detectivesco o fantástico, como Despertares (1973) o El hombre que confundió a su mujer con un sombrero (1985), ha ido recolectando casos clínicos que desafían a las mentes más incrédulas. Desde Nueva York contesta las preguntas de este cronista.

-¿Cómo ve la omnipresencia musical hoy en día?

-Uno ahora tiene a su disposición más música en una semana que una persona del siglo XV en toda su vida. Me preocupa un poco la promiscuidad de la música, que la recibamos no por elección propia sino impuesta. Inevitablemente la devalúa y la convierte en un elemento depravado. La música nació como una forma de celebración tribal, para practicarse en grupo, luego llegó la especialización con compositores y audiencia. Los servicios religiosos también entendían la música como experiencia comunitaria, pero ahora se está separando del contexto y nos lleva al aislamiento social. Escuchar música se ha convertido en una experiencia muy individual y existe el peligro de quedarse sordos al subir el volumen para bloquear la realidad exterior. El índice de sordera prematura en América es actualmente el más preocupante de su historia.

-En su libro "Musicofilia" argumenta hasta qué extremos la tecnología cotidiana, llámese móviles o iPods, acarrea un riesgo individual y social.

-Puedo tomarme a mí mismo como ejemplo. Hace un año me encontraba en los Pirineos paseando con mi bici frente al río y vi a lo lejos a una mujer hablando por el celular, que se disponía a cruzar el camino reservado para los ciclistas. Toqué el timbre, no me oyó, se atravesó en mi trayectoria, apreté los frenos y salí disparado. El resultado, créame, no fue nada bueno para alguien que ya rondaba los 70. Las relaciones sociales y la vida en la calle se han visto profundamente afectadas por la tecnología. Sospecho que en Nueva York muy especialmente la gente camina tan concentrada en las voces que le llegan por el teléfono o los auriculares, o absorta por las imágenes que le salen constantemente al paso, que se juega el físico. Sin ir más lejos, asomándome a la ventana de mi casa he sido testigo de más de un atropello. Creo que es algo por lo que preocuparse.

-¿Cuáles son los beneficios de la terapia musical?

-Puede ser clave para un espectro de pacientes muy amplio, aquejados de demencia o alzheimer, entre otras enfermedades. Lo descubrí por primera vez durante el tratamiento de mis pacientes que reflejé en mi libro Despertares, los cuales sólo se liberaban y adquirían movilidad cantando y danzando bajo el estímulo de las notas musicales. Creo que los beneficios de la música a veces se exageran y otras se niegan. Lo que es evidente es que puede hacer la vida más tolerable para muchos, impulsando la comunicación.

-¿Qué le reporta la música en lo personal?

-Me produce estados de ánimo muy intensos, es capaz de despertarme emociones profundísimas. Sin embargo, soy incapaz de convocar imágenes visuales al escucharla. Me sorprendió hablar con el pianista Alfred Brendel, después de su último concierto en EE. UU., y descubrir que él tampoco podía.

-¿Cuál de los casos expuestos en "Musicofilia" le impresionó más?

-El de Harry, cuyo cerebro resultó dañado tras un accidente de bicicleta que lo hizo entrar en un coma. Salió del mismo incapacitado para cualquier emoción, excepto cuando escuchaba música. Entonces su rostro se llenaba de gozo y lloraba de alegría. Con anterioridad había visto casos similares en autistas, a quienes la música despertaba emociones y les dotaba de la capacidad de moverse y articular palabras.

-En su último libro sólo la música clásica tiene poderes terapéuticos,¿quéme dice del pop o del rock?

-Podría ser que también ayudara al enfermo, reconozco mi ignorancia al respecto. Lo que sí sé es que ello significaría un sacrificio de la melodía en beneficio del ritmo. Aunque provoca una respuesta muy primaria, el ritmo es exclusivo de los seres humanos, no ves a los chimpancés bailar. Dudo que posea la narratividad y el poder emocional de la melodía. Una canción pop es capaz de rompernos el corazón, pero desconozco si puede sernos de alguna ayuda.

-¿Cuál diría que es la disciplina artística que se acerca más al poder sanador de la música?

-La danza con la que obviamente está relacionada. Además, a quienes padecen alzheimer pueden resultarles útiles las artes visuales. El contacto con la naturaleza y los jardines resulta muy recomendable para todo tipo de pacientes. Ojalá los hospitales se parecieran más a un jardín botánico que a un asilo.

-¿Qué tipo de relación suele establecer con sus pacientes?

-Paso mucho tiempo con ellos de cara a comprender a fondo sus problemas. A veces conozco a las familias y me apunto a celebraciones íntimas, o acudo a funerales. Entro en sus vidas hasta cierto punto, pero siempre con una cierta reserva, respetando unos límites de formalidad.
Resulta extraño, ya que se produce al mismo tiempo una mezcla de cercanía y distancia. Lo que es sagrado es que tu paciente no llega a ser tu amigo, se ha de levantar una frontera emocional.

-¿No es éticamente delicado escribir sobre personas enfermas?

-A lo largo de mi trayectoria profesional, he trabajado en diversos hospitales y residencias de ancianos y he constatado que las cosas han cambiado mucho con los años. Ahora, para evitar problemas legales, antes de escribir una sola palabra, hablo con el paciente para ver si se sentirá cómodo con ello y una vez tengo el texto se lo dejo leer para buscar su aprobación. No guardo secretos, procuro ser una persona completamente honesta y abierta. Musicofilia cuenta con una lista de agradecimientos compuesta de unos ciento cincuenta nombres.

-Sus textos son muy literarios, ¿tiene algún escritor en mente a la hora de escribirlos?

-Creo que de una manera inconsciente estoy influenciado por novelistas decimonónicos como
Trollope, Dickens o Thackeray. También por las aventuras de Sherlock Holmes, pues encuentro que las historias médicas tienen muchos vínculos con las historias detectivescas. Procuro conciliar la dimensión científica con el toque humano. Eso sí, sería incapaz de escribir una novela, ni he tenido nunca el menor interés. Ahora apenas leo ficción, me limito a las memorias y las biografías.
-¿Cómo le gustaría ser recordado?

-Mi legado es haber intentado no perder de vista la dimensión humana de la medicina y la ciencia.

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