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domingo, 22 de noviembre de 2009

Cuartoelemento: Música en total libertad


Rubén Mono Izarrualde habla de Camino, el nuevo cd de Cuartoelemento. Y de la evolución del cuarteto.


INCOMPATIBILIDAD DE GENIOS

El proyecto nació hace unos siete años. Primero en trío y más tarde en cuarteto, formación que se mantiene sin alteraciones desde 2003, Cuartoelemento se fue consolidando como una banda cuya premisa es hacer música sin condicionamientos. A punto de presentar su tercer cd, Camino, Rubén Mono Izarrualde resalta la armonía que existe entre sus integrantes, y permanentemente apunta a ese componente que hace que no se trate sólo de la combinación de cuatro buenos músicos.

"Camino es el resultado de una búsqueda que se inició hace unos seis años, cuando comenzamos a tocar juntos. Ese era un momento de encuentro entre nosotros, como músicos y como personas. De hecho, cuando comenzamos a grabar nuestro primer cd, Horacio López llevaba apenas unos días con nosotros.

O sea que no tuvo mucho tiempo para ensayar.

Es que somos un grupo que no ensaya. Los temas se arman antes de tocar, abajo o inclusive sobre el escenario. Por eso es importante la convivencia. Porque se refleja en la música. Esa cotidianeidad, los viajes, las giras, hicieron que nos conociéramos más y que, a pesar de tener cada uno su manera de pensar, logremos una armonía en el día a día. Por eso el segundo cd se llamó Alquimia. Porque refleja esa química que se da entre nosotros.

El Mono habla de música, pero también de arreglárselas entre los cuatro para cocinar en casa prestada, "en esos lugares a los que nos llevan a tocar, pero que a lo mejor no tienen un hotel en el que albergarte". "Esas experiencias son las que hacen que uno se conozca más", señala el músico.

¿Cuál es el papel que cumple "Camino" en esa evolución?

Profundiza ese diálogo entre nosotros, y la idea de compartir una total libertad a la hora de tocar y de tratar de meter al público en el mismo juego que compartimos nosotros. Lo que hay en Camino, además, es una intención de compartir un viaje cuyas imágenes tratamos de trasladar a la música.

Así aparece Atahualpa Yupanqui abriendo y cerrando el disco. "Con esa simpleza que tiene La nadita, que la hace increíble". O Bill Evans, pero "llevado a una milonga", sin pretenciones jazzeras más que en el uso de las texturas, y en el "respeto por la esencia del tema". Y pasan Jobim y Bosco, junto a una baionga de Néstor Gómez. Y una Criollita santiagueña con trampa, durante la que los cuatro improvisan al mismo tiempo.

"Nos tiramos a la pileta", dice Izarrualde. "Pero sabiendo dónde estamos parados", aclara. De lo que se trata es de tomar el riesgo. "Si no lo tomás, hacés más de lo mismo", explica, y queda claro a qué se refiere. Sin embargo, admite que es ese mismo concepto estético el que acota el margen de acción del grupo. "Hay una tendencia de algunos artistas a jugar con la emoción de los otros desde un lugar que no está bien. Eso es algo que nosotros no hacemos. Lo que tratamos, siempre, es de meternos dentro del tema, vivirlo, sentirlo", dice.

Siete años junto a López, Néstor Gómez y Matías González, más unas tres décadas de trayectoria previa le dan al Mono una generosa plataforma desde la que mirar el panorama musical y cultural de la Argentina. Y en ese mapa prefiere ser fiel a su tradición de búsqueda de lo distinto, de exploración, de curiosidad. Aún a precios que a veces no son bajos. "Recuerdo que cuando fuimos con MPA a Santiago del Estero nos tiraron con todo lo que tenían. Y finalmente, los músicos santiagueños terminaron haciendo lo que hacíamos nosotros en aquel entonces", reflexiona.

Pero sólo como una cuestión cosmética, porque en esencia la propuesta musical no cambia.

Ahí está la diferencia. Porque esa incorporación de la guitarra eléctrica o la batería no modifica la tendencia a tocar lo mismo de siempre, que es lo que festeja el público. Por eso no somos un grupo festivalero. Porque, aún sin que nos hayan llamado de festivales, tendríamos que pensar mucho si queremos estar en un lugar al que la gente va a escuchar lo que quiere escuchar, y nada más. Es verdad que al público hay que ofrecerle alternativas, pero eso no depende sólo del músico, sino también de los programadores.

Sin apelar a tono de manifiesto, Izarrualde habla del pisoteo de la cultura. Y muestra cierta desazón cuando habla de lo que pasó un par de días atrás en Vélez. "Escuchamos otra cosa", dice, mucho más cerca de la comprensión que de cualquier tipo de condena. "Yo lo digo desde este lugar, del que tratamos de levarle a la gente algo de cultura, con una mirada distinta", declara.

Y sigue: "Somos gente muy sensible, y sigo creyendo en la música, en la poesía, y no en esas huevadas que se escuchan. Y siempre, cuando levantás la hojarasca, encontrás gente haciendo algo que vale la pena. Habrá alguna vuelta en algún momento. Trabajamos para eso". El Mono lleva más allá el horizonte de la charla, como cuando toca. Un ejercicio que seguramente será parte del concierto de esta noche en el Teatro Alvear.

¿La presentación estará concentrada en el estreno de "Camino"?

Vamos a presentarlo, con una intro que no está en el disco. Pero no será sólo eso. A nosotros nos gusta tocar. Y si tenemos dos horas, y la gente lo acepta, seguimos hasta que se termine el tiempo.


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