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lunes, 1 de junio de 2009

CESARIA EVORA_ENTREVISTA


“LA DIVA DE LOS PIES DESCALZOS”

“Me pasé toda la vida cantando”

La cantante, que llegó a las bateas de world music tras haber trajinado durante años los cafés de Cabo Verde, visitará el país por tercera vez. Traerá sus ritmos con influencias africanas y portuguesas. Y llegará, claro, su voz impregnada de encanto y nostalgia.

Por Karina Micheletto

Cesaria Evora es conocida en el mundo como “la diva de los pies descalzos”, y es probable que en ese apodo que recibió cuando dio el salto desde los cafés de Cabo Verde a las bateas de world music se sintetice gran parte del hechizo de su arte: es una diva sin brillos, despojada, al natural, una matrona negra que sorprende con un canto lánguido, directo y visceral, y a la vez refinadísimo. Por tercera vez, esta diva descalza visitará la Argentina. Sin novedad discográfica que sirva de excusa para esta presentación (pasado mañana en el Luna Park), será una oportunidad para repasar su carrera, además de incluir temas de sus dos últimos discos: Rogamar, de 2006, y Radio Mindelo, que es en realidad la reedición de viejas grabaciones para la radio de su ciudad natal, Mindelo, en el exótico y africano país-archipiélago de Cabo Verde. La banda que la acompañará está integrada por ocho músicos, siete de ellos caboverdianos (incluido el director, el pianista y arreglador Fernando “Nando” Andrade) y uno cubano, el violinista Julián Corrales Subida.

Cesaria Evora habla lo justo, más bien poco. Habla en criollo, el dialecto de Cabo Verde, una lengua que tiene alguna similitud con el portugués, aunque resulta incomprensible para los portugueses. Uno de esos tantos casos de resistencia lingüística frente al conquistador: Cabo Verde fue colonia portuguesa por cinco siglos, y el portugués es un idioma oficial que no se escucha en las calles. Se le propone una entrevista telefónica a la diva descalza, y la escena que describe la traductora, sentada a su lado en el living, es de lo más doméstica: ellas dos en la sala en la que está el teléfono, el resto de la familia esperando para comer, una familia de ocho integrantes en la que se cuentan viviendo juntos un hermano, una sobrina, una hija y las nietas (marido, nunca, aclara la cantante, sólo tres padres de sus hijos que se fueron más temprano que tarde, de diferentes maneras).

“¿Cuándo fue la primera vez que se subió descalza a un escenario?”, se le pregunta para romper el hielo. “Siempre. Pasé mi vida cantando. Pasé mi vida cantando, pasé mi vida descalza”, dice, tranquila, sintética, contundente. Así de simple. Se ha dicho y se ha escrito que ese gesto esconde una forma de rebelarse, de solidarizarse con los desprotegidos. Que en tiempos coloniales, a aquellos que no tenían plata para comprar zapatos se les prohibía caminar por la vereda. “No. Canto descalza porque no me gustan los zapatos. Nada más. No estoy acostumbrada, y si hace frío, a lo sumo puedo calzar unas sandalias, pero zapatos, no me acostumbro”, desmiente ella. Así de simple.

Esta es la tercera vez que Evora visita a la Argentina: la primera fue en 1999, en el escenario íntimo de La Trastienda, cuando recién sonaba su nombre como parte de la redituable expansión planetaria de la world music. Aquella vez se anunciaron tres funciones y Evora terminó haciendo cinco, con un boca a boca que pasó una noticia que quemaba, en tiempos en que las redes digitales de intercambio de música aún no hacían ese trabajo previo: hay que escuchar a esta mujer. Después vino al Gran Rex, y ahora llega al Luna Park. Distintos escenarios, tamaños de salas y contextos, que no forman parte de sus preocupaciones declaradas. “Para mí es lo mismo una sala grande o pequeña, el sentimiento cuando canto es exactamente igual –dice–. Me basta con imaginar que voy a encontrar en la Argentina el mismo público entusiasta de las visitas anteriores, esa energía que recuerdo que tienen ustedes. Ojalá se pueda repetir.”

En su repertorio estarán los ritmos de Cabo Verde, con nombres que suenan exóticos de este lado del mundo: mornas, coladeras, funanás. La música, sin embargo, suena al oído con cierto sabor ya familiar: reminiscencias de fado, de bolero danzón, ecos del Brasil, instrumentos como el cavaquinho, cierta melancolía –sodade, según el dialecto de Cabo Verde– conocida, pero distinta. Ritmos que tienen influencias africanas, y también de Portugal, y de todo el intercambio cultural propio de un enclave portuario. Y esa nostalgia o sodade que forma parte de la cultura de un país en el que la emigración forma parte del paisaje: el mar es el que lleva y trae a la gente, y algunos –muchos– se van para no volver.

Hace rato que Cesaria Evora superó el cartel de exotismo con el que fue lanzada al mundo en los ’90. Después de ganar un Grammy, de ser nombrada Caballero de la Legión de Honor de Francia este año, de vender más de cinco millones de discos en todo el mundo, el misterio sigue siendo el mismo: cómo logra ese canto lánguido, melancólico y aterciopelado, aparentemente sin esfuerzo, de dónde saca esa voz profunda, que tiene la cadencia del mar. Algo de eso, seguramente, le habrá llegado por vía de la herencia directa: ella aclara que viene de una cuna de artistas, artistas sin grandes escenarios ni marquesinas, pero reconocidos dentro de las fronteras de Cabo Verde: su padre, el cantante Armando da Cruz Evora, su tío, Francisco Xavier “B. Leza” (por belleza en portugués), uno de los más importantes poetas caboverdianos, al que incluye, por supuesto, en su repertorio.

–Muchos conocieron Cabo Verde, su cultura y sus costumbres a través de sus canciones. ¿Lo siente como una responsabilidad, se asume como una suerte de embajadora?

–No, no. Yo no sé si Cabo Verde es conocido por causa de mis canciones, no puedo afirmar eso, no puedo pensarlo tampoco. Somos muchos los cantantes caboverdianos girando por el mundo, algunos con más éxito, como es mi caso, pero somos muchos los que cantamos y de esa forma mostramos nuestra cultura. Solo sé que muchos turistas preguntan por mi casa, llegan a Mindelo y quieren visitarme.

–¿Y usted los recibe?

–Claro, ¿por qué no? Mi casa está en el centro de Mindelo, en la isla de San Vicente, y es fácil encontrarla, usted pregunta a cualquiera y le indican. A veces no estoy, estoy de gira, entonces queda mi hija o mi sobrina a cargo, cuidando. O el año pasado, cuando sufrí un infarto cerebral, entonces claro que no recibí a nadie, me disculpé. Alguna vez han venido argentinos a mi casa. Me gusta escucharlos hablar. Y cantar tangos.

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