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sábado, 6 de junio de 2009

Alejandro Balbis_Edith Piaf



MI CANCION FAVORITA

Los surcos de la infancia

Por Alejandro Balbis

Non, je ne regrette rien

(“No me arrepiento de nada”) Música de Charles Dumont, letra de Michel Vaucaire Compuesta en 1956 por Dumont exclusivamente para Edith Piaf (Edith Giovanna Gassion, París 19151963), la cantante conocida como El Gorrión de París se la dedicó a la Legión Extranjera durante la guerra de Argelia, donde el primer regimiento extranjero de paracaidistas la adoptó en 1961 como himno de resistencia. Interpretada con una rara amplitud, la canción también fue tomada por el ex soldado colonial Johan Cornelis Princen, quien desertó en 1948 para unirse a los rebeldes indonesios que buscaban independizarse de su país y se ganó por ello ocho años en prisión. Piaf la interpretó por primera vez en una serie de recitales –a los que se suele calificar de “inolvidables”– que tuvieron lugar en el teatro Olympia de la capital francesa, realizados para salvar ese espacio cultural de la quiebra económica. Luego fue grabada por al menos una docena de intérpretes –entre los que se cuentan Johnny Hallyday, Tina Arena, Isabelle Boulay, Garou, Patricia Kaas, Marc Lavoine, y Julie Pietri– y aparece en el final de la película La Vie en Rose, la biografía de Edith Piaf por la que la actriz Marion Cotillard ganó el Oscar dos años atrás.











Mis primeros recuerdos musicales provienen de mi infancia, de una época en la que yo todavía ni caminaba, y escuchaba los discos que ponían mis padres. La primera artista a la que conocí como cancionista fue a Edith Piaf, y su “Non, je ne regrette rien”. Lo que recuerdo bien clarito es que mi padre ponía el disco, empezaba la canción, y yo me espantaba. El disco empezaba no con ella cantando, sino con una ovación del público, una ovación tan increíble que yo me asustaba, me mataba del susto, me parecía que venía un monstruo a comerme. Era tal la ovación que estaba grabada en ese primer surco –porque estamos hablando, por supuesto, de un vinilo– que yo salía corriendo. Hasta que mi padre, al ver esto, empezó a ponerlo con más cuidado, levantando la púa para que arrancara un poco más adelante. Después, con los años, la empecé a digerir, y se me empezó a meter esta cantante. Para cuando empecé a caminar y ya pude poner yo mismo los discos –así rayé vinilos y rompí tocadiscos– puse Beethoven, y así fue toda mi niñez, pero lo primero fue esta mujer.

Mi padrino, Raúl Benedetti, siempre me recuerda una anécdota increíble. Dice que yo tenía una personalidad bastante jodida, desde chiquitito, y me cuenta de una vez me enojé mucho con mi viejo y me fui de casa. Yo tenía menos de seis años, no había empezado la primaria, y me fui de mi casa con mis cosas: agarré el disco de Edith Piaf, el disco de la Novena de Beethoven, y el de las ardillitas, y me fui. A media cuadra, que es donde vivía mi padrino; y le toqué el timbre. Así es como lo vuelve a contar él todo el tiempo.

Hoy Edith Piaf me gusta más porque la entiendo, y desde hace un año y pico, cuando vi la película sobre su vida, más todavía, porque me enteré de cosas que no conocía de ella, del esfuerzo impresionante que tuvo que hacer para ser quien fue. Pero así como me crié escuchando a Edith Piaf –también a Gardel, pero eso era distinto, porque a Gardel lo escuchaba por la radio, que estaba prendida todo el tiempo, mientras que para escuchar a Piaf era la voluntad de ir a escucharla, de poner el disco– en el momento en que yo crezco y empiezo escuchar más cosas, la dejé de lado. Muchos años después vuelvo a la fuente, a escucharla a ella, a curtirla. Fue un encuentro accidental por internet, hace algo menos de diez años. Antes del 2001, seguro: lo recuerdo con claridad porque yo estaba viviendo en un departamentito en Lavalle entre 25 de Mayo y Reconquista, del que me fui el 18 de diciembre del 2001, un día antes de que estallara el país. Y había empezado a bajar canciones, y se me ocurrió bajar “Non, je ne regrette rien”, y el reencuentro fue una conexión conmigo mismo. Yo creo que hay dos cosas que mueven mucho la memoria: los olores –hay olores que te llevan a otra vida tuya, a otra época de tu vida– y el oído, pero como yo tengo en la nariz la misma alergia desde hace veinte años, lo que más me conecta con mi pasado, lo que me lleva plenamente a una nostalgia que a veces me parte al medio, son las canciones. Además, ocurre que mis viejos murieron, no hace mucho. Y esta canción me devuelve a ese momento con ellos, a esa época, tan atrás, cuando ellos ponían el disco y yo me espantaba con el comienzo de la canción. Y a ellos dos, una gente que pertenece a una generación de uruguayos maravillosos, cultos, de mentes abiertas –beneficiados del batllismo, que convirtió a Uruguay en una punta cultural desde la década de 1910–. De un respeto por el otro, de una solidaridad y una hospitalidad que yo creo que no existe más, de una época de oro que no sé si vamos a volver a vivir alguna vez.

Radicado desde hace diez años en Buenos Aires, el cantautor uruguayo Alejandro Balbis (director de la murga Falta y Resto, autor de canciones de La Vela Puerca, arreglador y músico de discos de Bersuit Vergarabat, colaborador de Jaime Roos y Jorge Drexler) está presentando por estos días su primer disco solista, El gran pez, una obra ecléctica con temas que van de la milonga al rock, el pop y el candombe. La próxima fecha de presentación del disco será el martes 16 de julio en Niceto Club. A su vez, puede verse su obra musical Camorra en La Trastienda, Balcarce 460.

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