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martes, 29 de diciembre de 2009

Bandas que hacen folclore y rock: Desde adentro




Tendencia. Arbolito, Semilla, Tremor, Fanfarrón, Terraplén, Tonolec, Humahuaca Trío y muchos más, profundizan la línea iniciada por Arco Iris, León Gieco y Los Jaivas, entre otros. La movida ya tiene sus lugares de culto y está en pleno ascenso. En esta producción, las claves del fenómeno y sus protagonistas.



Por: Juan Manuel Strassburger

Un punk con cresta bailando una chacarera. Un coro de tobas cantando sobre bases electrónicas. Un carnavalito espacial. Una peña eléctrica. Y, en todos los casos, un público joven interesándose por los ritmos más tradicionales del país. ¿Qué está pasando con el folclore? ¿Revitalización? ¿Moda? ¿Redescubrimiento? Seguramente, un poco de todo eso. Pero sin duda la puesta al día de una música que hasta hace poco parecía recluida a la escuela o los festivales tradicionales y que hoy avanza -de la mano de nuevas fusiones y mestizajes inesperados- sobre espacios antes casi vedados para el género, como las fiestas rockeras, el circuito de música electrónica o los grandes festivales.

"Evidentemente hay una relectura, una intención de buscar algo hacia atrás, lo que todos llevamos adentro, pero teníamos latente", le dice a Clarín Leonardo Martinelli, más conocido como Tremor, el trío de folclore experimental que lidera y que ya cuenta con dos discos editados y varias giras por el exterior. Tremor se vale de las texturas electrónicas para elaborar una chacarera, un malambo o un huayno marca siglo XXI, e integra junto a otros exponentes como Tonolec, Fanfarrón y Terraplén (el nuevo proyecto de Gaby Kerpel), la avanzada de un folclore que no teme digitalizarse para evolucionar.

"A mí me parece que está bueno que la tradición no sea una pieza de museo. Hay que apropiarse de las tradiciones desde el hoy", remarca Tremor, en una postura que es compartida por sus pares. "Por ahí la música electrónica está vacía de contenido. Por eso cuando la dotamos del mensaje toba se da algo más espiritual", considera Charo Bogarín, cantante del dúo chaqueño que comparte con Diego Pérez y que, entre otros hitos, logró ser celebrado tanto en el Personal Fest (donde compartieron cartel con sus adorados Massive Attack, combo inglés de trip-hop) como en el tradicionalísimo Cosquín. "Así como el público canta Britney Spears sin saber inglés, a nosotros nos pasa con los cantos tobas: muchos cantan sin saber la letra. Hay una profundidad que va más allá del lenguaje", sostiene la cantante.

Sin duda, uno de los pioneros de esta avanzada de folclore electrónico es Gaby Kerpel, ex integrante del grupo de teatro experimental De La Guarda, que ya a principios de esta década -y bajo la dirección de Santaolalla, gurú del folclore de raíz alternativa- editó Carnabailito, un álbum que anticipó varias de las tendencias modernas y digitales que vendrían después y que le dio estatus global a las músicas del altiplano como el huayno, la baguala y el carnavalito. "En esa época me llamaban de afuera para hacer notas, porque para ellos eso era folclore argentino. Acá, no", distingue, a propósito de la tensión siempre latente entre tradición y modernidad cuando se apuesta por la fusión. Sin embargo, hoy ese debate tiene mucho menos peso. Fabio Rey, por ejemplo, cara visible de Fanfarrón, dejó un pasado de rock alternativo y tecno-pop (Los Brujos y Adicta, respectivamente) para saltar a un proyecto que combina folclore con todos esos elementos. Y no sufrió fuertes reproches por eso. Al contrario, sus dos discos (Fanfarrón y Volumen 2) fueron bien recibidos por la crítica. "El cambio tuvo que ver con redescubrir nuestra cultura, que es muy rica en cuanto a ritmos, poesía y pintura", explica.

Kerpel, por su parte, está por lanzar el debut de Terraplén, su nuevo proyecto de folclore electrónico que comparte con los productores Daniel Martín y Diego Vainer, y trae también el impulso de Santaolalla. "El nos animó y nos insistió en que concretáramos el disco", reconoce el ex De La Guarda.

"Yo siento que hubo una primera etapa donde la gente se enganchaba con la experimentación. Ahora, en cambio, aparecen muchos que se conectan más con la cosa tribal y la experiencia que se da en vivo", acuerda Tremor. Y es que el show, la experiencia "en vivo", es una de las grandes fortalezas de estas bandas electrónicas de raíz folclórica (o viceversa), pero también de aquellas que hacen folclore, pero desde una actitud y electrificación rockera. En esa corriente, se encuadran Arbolito y Semilla, dos grupos que, provenientes del rock, le marcaron el pulso a cierto folclore de la década, retomando las banderas de Arco Iris y Los Jaivas en los '70.

"El quiebre de 2001 nosotros lo vivimos en el '97. Ahí nos dimos cuenta de que ningún dueño de un sello o de un boliche nos iba a dar el espacio que necesitábamos", cuenta Agustín Ronconi, voz, guitarra, vientos y principal compositor de Arbolito. "Eramos demasiado quilomberos para una peña y demasiados folclóricos para un boliche rockero", detalla risueño, a propósito de la formación con bombo legüero, quena, charango y violín, que espanta a más de un ortodoxo. Sin embargo, los Arbolito lograron hacerse fuerte en plazas y fiestas de amigos. Y sus letras de reivindicación (de los pueblos originarios, pero también de la presente realidad social) tuvieron eco en todo un nuevo público post crisis de 2001. "La mayoría son jóvenes: rockeros, fiesteros y solidarios", cuenta Ronconi, con orgullo. "Aunque también varios vienen con sus padres", observa.

El caso de Semilla guarda algunas similitudes: no sólo porque también cuentan con excelentes canciones (disponibles en su homónimo disco debut de 2007), sino también por los espacios que debieron generar para poder mostrar su música. "Al principio nos miraban raro", confirma Bárbara Palacios, cantante de Semilla. Por eso, desde hace varios años, autogestionaron dos peñas con nombre propio que hoy son clásicos de esta promisoria escena: el Semillero y las Peñas Eléctricas.

En el primer caso, la cita es en La Catedral, reducto tanguero-folclórico de Almagro, y la idea es compartir una tarde de empanadas y vino con la banda, además de ensayar algunos pasos de baile. "Si vas a nuestras peñas todos bailan: los que saben, los que no y los que están aprendiendo", cuenta Bárbara.

Las Peñas Eléctricas, por su parte, componen la otra gran apuesta cultural de Semilla. El espacio donde su folclore electrificado pudo expresarse sin la desaprobación de los puristas ni el desconcierto de los no iniciados. Iniciativa original de Camilo Carabajal, batería de Semilla y nieto ilustre de Carlos, uno de los padres de la chacarera, las Peñas Eléctricas empezaron en el 2003 en un sótano del Abasto y poco a poco fueron creciendo hasta llegar a Niceto Club, en el corazón de Palermo Hollywood. Sin embargo, no perdieron identidad. Y hasta le abrieron las puertas a grupos que no sólo mestizan el folclore con el rock, sino que también incorporan ritmos y géneros del resto de Latinoamérica. Son los casos de Imperio Diablo (folclore andino más hip-hop, reggae), Doña María (folclore más dub, rap, cumbia) y Chancha Vía Circuito (folclore más cumbia latinoamericana).

"Yo nunca perdí mi raíz de familia, mi espíritu de bombista, por eso necesité generar algo como las Peñas Eléctricas", explica Camilo. Y puesto a comparar ambos eventos, evalúa: "El Semillero es más de vino tinto, mientras que en las Peñas Eléctricas circulan más las cervezas y los tragos". Dos espíritus festivos para el mismo público. "Un mix de provincianos, rockeros y estudiantes extranjeros", sintetiza Tremor, quien cuenta con el bombo de Camilo Carabajal en su propio proyecto.

Fabio de Fanfarrón sintetiza así la espontaneidad de la escena: "De repente podes ver a una chica de jeans y un chico con bermudas y zapatillas bailando folclore con una maquina de ritmos sonando o una banda con pulso de rock tocando un aire de chacarera".

Sin duda, la gran afluencia de estudiantes extranjeros que produjeron la devaluación de 2002 y el dólar alto posterior, le otorgaron a este nuevo folclore un marco más amigable y afín que el que hubiera tenido de haber mediado otra situación socio-económica. Y es lógico: tanto el rock como la electrónica son dos lenguajes afines a oídos occidentales. ¿Cuánto le debe al hostel este nuevo folclore? "Nos recordaron que lo nuestro es bueno", asevera el baterista de Semilla. "Aportaron una mirada más abierta a lo que sucede", agrega Kerpel, y marca una paradoja, que tal vez dé indicios del futuro: "Para nosotros este ambiente puede llegar a tener un sentido alternativo. Para ellos, en cambio, es nuestro color local. Y eso nos coloca en el mundo".«

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