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lunes, 7 de diciembre de 2009

WALTER GIARDINO, EL PRESENTE DE RATA BLANCA Y EL AUTOEXILIO


“Ponemos toda la leña en lo que somos”

El grupo vivió un año que incluyó Luna Park llenos y la reedición de El reino olvidado para el mercado angloparlante. Pero Giardino se radicó en España: “Acá las cosas se manejan de una forma antigua. Llegó la hora de rever ciertos dogmas”, sostiene.

Por Juan Ignacio Provéndola

Que el último disco de Rata Blanca se llame El reino olvidado no es casualidad. Al menos, no en el contexto de una banda que siempre echó mano a la simbología medieval y, por otra parte, jamás ocultó su malhumor por considerarse subestimada en el plano local. El título deja un sabor a autorreferencia y el desafío por reivindicar su memoria queda planteado en The Forgotten Kingdom, la flamante versión inglesa en voz del cantante escocés Doogie White. “En performance no tenemos nada que temer, así que si no estamos en las grandes ligas es porque el negocio del rock en español no existe”, dispara Walter Giardino, guitarrista y líder del asunto. Y luego recarga: “La música latina está para Shakira, Cerati o Charly, así que si queremos trascender en el mundo tenemos que cantar en inglés porque en Europa, generalmente, tocamos para la comunidad latina. Es un proyecto pensado para el mercado europeo que no me planteo presentar acá”.

Acercados por la encargada de la revista oficial de Deep Purple en España, la conexión entre ambos fue instantánea: White fue cantante de Rainbow (también de Yngwie Malmsteen) y conoció a Giardino “como el alumno dilecto de Ritchie Blackmore”, según recuerda el guitarrista. De ahí en más, sólo hubo lugar para una relación de siete años que llegó a su punto de máximo rinde cuando ambos rearmaron en Buenos Aires el material que acaba de ser editado y con el que Rata pretenderá lanzarse a la conquista de nuevos territorios.

–¿Por qué planea un disco sólo para el exterior? ¿Se siente cuestionado acá?

–Ser cuestionado no es mi problema, sino que no se pueda discernir la diferencia de calidad entre una banda local y una de afuera. Hablan de mí como un tipo polémico, simplemente por decir las cosas que pienso. A veces es más fácil hacer música ligera que rock and roll. Podría meterme en un papel de guitar hero y nadie me lo podría reprochar, pero me molesta la falta de diversidad en las exposiciones de los supuestos número uno de nuestro país. Las cosas se manejan de una forma antigua. Llegó la hora de rever ciertos dogmas impuestos en las tribus. Siempre pusimos toda la leña en lo que somos: una banda de rock sobre el escenario y nada más.

Pese a ser una banda acostumbrada a vender discos y entradas en cantidades envidiables por varios capitostes del círculo rockero criollo –este año reventó dos veces el Luna Park–, Giardino nunca se sintió toro en rodeo propio: “El establishment no sabe diferenciar lo fashion de lo real, y te hace creer que el tema del verano es la máxima. Argentina es una picadora de carne un tanto irrespetuosa que me hizo sentir tonto y usado al no valorarse las cosas. Así que decidí irme del país”, dice, en el mismo tono firme con el que sostiene que “aunque digan que soy un soberbio, sigo sosteniendo que Rata es una de las pocas cosas dignas en este país”.

–¿Por eso decidió mudarse a España?

–Sentía que estaba estancado viviendo una película de rockstar muy cómoda. Hay un círculo retroalimentado de mala onda que no para nunca. Todos estamos buscando la culpa en otros y no nos hacemos cargo de lo que nos pasa porque no tenemos compromiso de nada. Es más fácil mover el culo para el costado en vez de enfrentar las cosas que pasan, y eso tiene un costo a la hora de conformar una sociedad. Pese a lo que digan, ocupamos nuestro lugar de forma legítima y nunca nos vendimos.

–¿Se reprocha algo?

–Artísticamente, no. Todo lo hicimos de corazón, aunque a veces haya que usar más la cabeza. Algunos nos critican por tocar canciones que pasan en las radios, ¿y cuál es el problema? Nunca buscamos eso. Tal vez seamos muy duros para los tranquilos, y muy blandos para los duros, pero no pertenecemos a ninguna tribu. The Beatles, que marcaron todo, nunca se pegaron a nada. Ellos son la libertad y fueron muy reales, mucho más que los Rolling Stones. Parecían los chicos buenos del barrio, pero fueron más malos que cualquier otro. Nunca hicieron bandera de su reviente.

–¿Advierte una cultura del reviente?

–Claro, la onda parece ser “toquemos cualquier cosa, que está todo bien”. No me voy a asombrar de nada porque estuvimos en todas, pero nunca hicimos alarde de nada. Siempre dimos una imagen pulcra. Los excesos acompañan a la música. El problema es cuando sucede al revés, como si los únicos vivos fuesen los que se drogan y tocan en la oscuridad. Yo me crié en eso, no me vengan a contar nada. No me parece sublime ni respetable. Sí respeto a los que hicieron lo suyo y fueron unos señores, pero jamás a los mamarrachos.

–Cuando volvió con Rata Blanca, en 2001, lo hizo a través de un disco como El camino del fuego, donde abandonaron por un tiempo aquella línea clásica que los popularizó. ¿Se había cansado de los castillos y las espadas?

–Siempre se relaciona demasiado a Rata con los magos y las hadas, y no es solamente así. Eso fue un pico altísimo de nuestra popularidad, pero nosotros tenemos otras cosas. Había una parte mía que tenía ganas de hacer hard rock, de alejarme un poco de lo clásico. El camino del fuego salió casi de primera toma, a la vieja usanza; lo grabamos de una forma muy cruda a la que no estábamos acostumbrados. Es el disco más distinto de todos y, a la vez, el favorito de mi hijo, que es baterista.

–Parece no llevarse bien con la cultura heavy metal local, pese a que integró una banda fundacional como V8...

–Hay gente que me increpa hablando de V8. Yo vi a la banda de abajo y de arriba, toqué ahí y fui amigo, pero hay gente que se cree más heavy que uno mismo, como si se tratara de una religión con un código de honor que hay que cumplir a rajatabla. Yo hago música y punto. Si vos querés dormir con la campera de cuero y te bancás el olor a huevo, es tu problema, pero no me vengas a vender ninguna historia. Ni la del heavy ni la del no heavy. Valorame como músico. Yo no sé si Bach era buen tipo. A juzgar por su cara seguro que no, pero le doy gracias a Dios por haberlo hecho nacer.

–¿Le molesta ser considerado un hombre de mal carácter?

–Muchos dicen que soy mal tipo sin conocerme, porque me ven arriba del escenario con cara seria y dando órdenes muy vehementemente. La vehemencia no es mala actitud, simplemente es una forma de ser con la cual expreso mi actitud y mi pasión. Me llamo Giardino y tengo sangre italiana, ¿qué quieren que sea? Soy así y me encanta, aunque a veces me paso de apasionado. Me lo dice mi mujer, sobre todo.

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